La ciudad de la furia. Anotaciones en torno a “el roto” de joaquín edwards bello1



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Revista Ciencias Sociales 29 /Segundo Semestre 2012

LA CIUDAD DE LA FURIA. ANOTACIONES EN TORNO A “EL ROTO” DE JOAQUÍN EDWARDS BELLO1
Sergio Witto Mättig2 y Andrea Kottow3
Era mi calle, mi barrio. Existían antes que yo

(Jabès, 1990: 237).
Situado en el cruce entre literatura y filosofía, nuestro artículo resulta de un análisis exploratorio de El roto (1920) de Joaquín Edwards Bello. A partir de una teoría general de la escritura, la novela ingresa en la estrategia de la deconstrucción y se remite a una serie de contradicciones que reseñan una exégesis interesada en explicitar el flujo de la asunción periférica de la modernidad en Chile. La novela es atravesada por diversos tópicos: el perímetro urbano que ciñe a Santiago a comienzos del siglo XX, el cuerpo como epicentro del cansancio y la actividad onírica, la patología de la clase proletaria, su luminosidad fragmentaria y la formación subjetiva del roto, todos los cuales componen una trama cuyo dinamismo y líneas de fuga rebosan los límites discursivos que el propio texto impone a su economía interna.
Palabras claves: modernización, ciudad, cuerpo, sueño, enfermedad, luz.

Situated in the intersection between literature and philosophy, our paper results from the exploratory analysis of Joaquin Edwards Bello’s novel El roto (1920). From the perspective of a general theory of writing, the novel enters a deconstructive strategy, presenting a number of contradictions that synthesize an exegesis interested in showing the marginal assumption of modernity in Chile. The novel displays diverse topics: the body as the center of exhaustion and fantasizing, the urban extension of Santiago in the first decades of the twentieth century, the pathology of the proletarian class with its luminescence and subjective formation of the roto. All these elements compose a plot steeped in dynamism and fugitive lines that overflow the discursive limits that the text itself imposes on its internal economy starkness.
Keywords: Body, City, Dream, Luminescence, Modernization.
NOTAS INTRODUCTORIAS

“De modo explícito, pero subrepticiamente…” (Nancy, 2003b: 9), el presente artículo transita por las relaciones habidas entre literatura y deconstrucción. Se trata de un pasaje acotado por el trazo desigual de ambas producciones. Dicho derrotero aventaja, además, el deslinde de estas páginas; apremia, por tanto, cierta sobriedad que favorezca “una especie de puesta en escena, esta es acaso un buen método para resolver el problema” (Deleuze, 2005: 188). El sesgo viene precedido por una hipótesis restringida: la novela El roto de Edwards Bello —1920— reproduce el proyecto modernizador suscrito por la clase dirigente chilena de principios del siglo XX a pesar de sus pretensiones críticas. A la postre, la fe en el progreso indefinido inspira el ámbito reservado a la novela neutralizando el factor residual del avance. En Chile, desde hace cien años, los dispositivos de planificación articulados en torno al Estado multiplican, paulatinamente, un anhelo regional en pos del incremento económico y las mejoras sociales. Si bien “entre las regiones subdesarrolladas del mundo, América Latina es la que más ha reflexionado sobre su propia situación” (Iñiguez, 1982: 11) y que resulte indesmentible que distintos sectores de la cultura latinoamericana solidarizan en la referencia a un trasfondo común: “las preocupaciones sociales de las que surgieron” (Franco, 1993: 15), la vieja consigna de Bloch según la cual “para que valga algo como respuesta, hace falta que previamente exista la pregunta” (1983: 71) permanece inconclusa. El roto (Edwards Bello, 2006) no es “sino la fundación práctica de un teatro del futuro” (Foucault, 1995: 66) en el entendido que su trama escritural recorre un campo imperceptible que se reserva a una estrategia de lectura que subvierte el canon de las disciplinas, teniendo en cuenta que la deconstrucción “hace gran consumo de los conceptos (…) pero solo hasta el punto en que cierta escritura pensante excede (…) el dominio conceptual” (Derrida y Roudinesco, 2005: 13).

“El hombre […] está solo frente al texto” (Jabès 2001: 90) y en los bordes de esa soledad se gesta la sujeción a la escritura. No se sabe nunca lo que contendrá un libro. Aun cuando las palabras carezcan de la candidez necesaria para delinear el horizonte de su porvenir, el libro, siempre, se debe a su ocultamiento —es en virtud de la intuición del lector que se puede llegar a “juzgar que el escritor se ha acercado efectivamente o, por el contrario, se ha alejado del libro que anhelaba escribir” (Jabès, 2001: 98). Mientras uno de los rasgos que hacen posible toda escritura sea su espaciamiento, dicha extensión convoca un origen que no es más que la confusa voluntad de abrirse paso a intervalos: leer es el pasaje al acto por el cual “siempre hay una palabra viviendo secretamente bajo la palabra” (Jabès, 2001: 107). Sean las discontinuidades casi imperceptibles del libro, estas ya no responden a principios conscientes. Hay que admitir, finalmente, que las vicisitudes de toda escritura se juegan en su relación consigo misma. “De ahí la necesidad de reconvertir el lenguaje reflexivo. Hay que dirigirlo no ya hacia una confirmación exterior —hacia una especie de certidumbre central de la que no pudiera ser desalojado más— sino más bien hacia un extremo en que necesite refutarse constantemente […]” (Foucault, 1997: 24). Cuando se escribe ya no es posible conjugar un elenco de signos empeñados en posponer el juicio o considerar los datos como un recurso fácilmente disponible —los desplazamientos figurativos de la imaginación se ordenan para evitar las interrupciones del sentido. Garantizada grupalmente, dicha experiencia responde a cierta abstracción fonética que rivaliza con la materialidad de la escritura —mediada por argumentos económicos (Thompson: moneda) o políticos (Vernant: ciudad), la razón venidera opera a distancia respecto de su “política de archivo” (Derrida, 1997: 12).

En los confines del proyecto modernizador decimonónico el debate sobre el rol del Estado parece confundirse con el anacronismo —correlativamente el concepto de identidad nacional hace parte del debate. “De ahí resulta a la vez una fusión, una concentración cuyo sino parecería ser la uniformidad y el anonimato” (Nancy, 2006: 61). Un elenco indeterminado de asuntos emerge toda vez que el espíritu republicano conjuga sentimientos, creencias y hábitos supuestamente chilenos. La celebración mediática acoge la novedad de los cambios y somete al escrutinio público la organicidad de un interés transversal: los subconjuntos etáreos, étnicos, de género, del espectáculo, tanto como los hábitos alimenticios e higiénicos se evocan bajo el expediente de un campo unificado. A posteriori se afirmará que la nación no está constituida exclusivamente por el territorio, ni por el lazo social o el nudo comunitario de los habitantes (Subercaseaux, 2007), sino también por su incesante actividad productiva. Tras la primera guerra europea y bajo el signo del relevo se inicia un ciclo de estancamiento y limitación en la tendencia expansionista del mercado financiero, asimismo, se rompe el patrón oro y la continuidad de las prácticas económicas anteriores: durante el primer tercio del siglo XX casi desaparecen las características que tutelaron los flujos de financiamiento internacional durante la época más auspiciosa del liberalismo. Una vez terminado el conflicto bélico se resiente la movilidad alcanzada por la mano de obra; “a partir de 1920 comienzan a imponerse restricciones que conducen a la fijación de cuotas de inmigrantes en diversos países, incluso en aquéllos que aceptaron un fuerte influjo migratorio europeo” (Sunkel y Paz, 1973: 344). Al contraerse la economía de los países industrializados, al contener sus exportaciones e inversiones en el extranjero, se desata una crisis de envergadura en los países dependientes —situación que contrasta con el florecimiento de la economía norteamericana en los últimos años de la década de 1920. Dicho período da inicio a un proceso creciente de desequilibrios originados en la acumulación de existencias en los países exportadores de productos básicos (Rowe, 1965). Esta es la coyuntura político-económica global en la cual se publica la novela de Edwards Bello.

Tras las “Notas introductorias” se sigue una hipótesis sobre la proximidad ―heterogénea e inestable― habida entre literatura y filosofía. Se trata de un pliegue transversal que recorre la superficie de lo que ha sido el vínculo secular entre saberes afines. Más que una suerte de sincretismo depurado, se trata de un cálculo que resulta de la apertura de dos prácticas que han devenido producciones autónomas pero que no renuncian al diálogo intentando alcanzar una “zona de vecindad […] a condición de crear los medios para ello” (Deleuze, 1996: 12-13). Tanto es así que las referencias que conforman nuestro elenco bibliográfico han de ser examinadas bajo el mismo tenor: no comparecen como adorno, ni dan por concluido un intercambio permanente, antes bien, posibilitan la elección de una herencia. Atenta a una serie de rasgos propios del texto, la escritura rebasa lo que cualquier producción discursiva busca cautelar. Aun en obras cuyo sentido se enmarca en una coyuntura específica y sobre la que se instala una funcionalidad canónica, el acto escritural fuerza el texto a un tránsito inédito, a una invención extraña y desconsiderada. Dicho curso guía nuestro paso a través de la novela de Edwards Bello, en la medida que el texto es resituado bajo coordenadas diferenciales que lo asocian al movimiento político verificado en Chile, al ascenso de los ideales modernos pero cuyo reverso no hace más que incrementar el caudal de las contradicciones. Visto lo anterior, el presente artículo confina una problemática que registra un cúmulo de discusiones significativas para las primeras décadas del siglo XX. Desde el punto de vista de su deconstrucción, El roto hace parte de una narrativa abrupta tensionada por diversas facciones: ciudad, cuerpo, dolencia, rotería, destello; todo ello da lugar a un excurso sobre la claridad que alude a ciertos núcleos conjeturales en nuestro análisis de la obra. Casi al concluir, se propone un acceso a El roto que convoca el género del Bildungsroman, la escena urbana de su trama y el tópico de la enfermedad.

EL MOVIMIENTO DE LA DESMESURA

Del encuentro entre literatura y filosofía resulta algo muy distinto de lo que pudo anunciarse, alguna vez y con cierto entusiasmo, como un nuevo límite disciplinario. Y no solo porque parece evidente que dicha concurrencia responde a una ley cuyo origen deviene inasible, sino por lo difuso de una iniciativa que no claudica ante el imperativo de su economía interna. La pretensión más ostentosa querría hacer de esta hospitalidad la experiencia decisiva de un cúmulo de intereses compartidos que subsume lo singular hasta convertirlo en trascendente. Pero también es posible que literatura y filosofía establezcan una complicidad diversa a la que pueden solventar los individuos. No es inusual, incluso, que una existencia singular pueda diferir de su propio registro identitario, que las especies presenten entre sí, por ejemplo, un alto grado de semejanza sin por ello sacrificar sus características individuales, tal como lo consignan los investigadores de campo que en más de una ocasión “se han cruzado con la mirada de un animal posada sobre ellos” (Derrida 2008: 29). No es sorprendente que un hombre trueque sus convicciones para conquistar aquello que vive antes que él —aquí funda toda su plausibilidad el acto psicoanalítico— o que sea necesario un golpe de suerte para enfrentar el espectro nocturno donde pudo albergarse la claridad de una mirada. En cualquier caso, sin embargo, solo acaece el dato que arroja la experiencia de un tacto adolescente entre literatura y filosofía a condición de reconocer la paradoja de una larga historia compartida. “Es la escritura la que va a permitir imponer al lenguaje mismo una especie de quiebre, de descomposición” (Safouan, 2008: 317). Desde un comienzo esta ruptura arroja una reciprocidad de movimientos aunque soporte la contractura del cálculo metodológico (Said 2004).

La producción literaria sabe, no obstante, que ha nacido emparentada con necesidades arcaicas e intereses sectoriales, todos los cuales encarnan la rectitud de una herencia hegemónica. Que la coyuntura socio-política en torno al primer tercio del siglo XX elija la novela para confrontarse con el reverso de su soberanía, hace parte de nuevas formas de censura y autoinmunidad que reivindican un estado de excepción orientado solo al ámbito modificable de su factura privada —allí donde los géneros pudieron consolidar su encabalgamiento con una conciencia específica y un ideario iluminista a fuerza de emplazar el carácter ficticio del ejercicio, discutir su estatuto científico o entenderla “como auténtico arte” (White, 1992: 13).

Qué sea el límite del texto i) si una teoría sobre el sujeto cuyas determinaciones han de ser purificadas del imperativo de la lengua o de la época; ii) si la expedición en pos de un acontecimiento asignificante cuyos filamentos enunciativos han podido someterse a las leyes de la comunicabilidad; iii) si diálogo disciplinario tras haberse dado él mismo unos cauces a fin de ordenar técnicamente sus dichos; iv) si ejercicio crítico sumergido en un laberinto epistemológico con pretensiones de ciencia. Toda alternativa parece insuficiente porque con frecuencia omite el desencuentro del texto consigo mismo. Aun antes que el orden universitario curse las invitaciones para que las facultades concurran a exponer sus puntos de vista en beneficio de una transversalidad cada vez más disuasiva, previo incluso a la conciencia desventurada cuando el nombre propio insiste en volver sobre la superficie transparente de la rutina académica, solo excepcionalmente el vínculo entre los textos constituye una garantía que gusta referirse a las múltiples exigencias del ritmo institucional: acumula, casi todas las veces, una pura variabilidad a no ser por el auxilio que deriva siempre de un régimen pospuesto. Un cierto vencimiento del caos que proporcionan los conceptos, sean disciplinarios o no, sigue celebrando hasta hoy una afinidad desafiante por inconclusa o rival. El rasgo inadministrable del texto, aquel que lo hiere con la potencia de la ruptura y la afirmación, invoca un modo que disuelve toda inmunidad en favor de una demanda que se organiza en la contingencia, esto es, omitiendo todo aquello que no se identifica con el lleno vulgar de la opinión. Llegado el momento —cuando la gramática comienza a fluir arrastrada por actos cuyo efecto colateral será el fracaso de la atribución identitaria del yo— emerge un inventario teórico en tanto que la certidumbre individual no se corresponde con la escucha de la subjetividad contemporánea.

Pronto a cumplir medio siglo, el artículo de Susan Sontag, “Nathalie Sarraute y la novela” (1984), mantiene su vigencia. Y no tanto en beneficio de un estado de cosas que tributa a la anticipación el mayor de los méritos porque puede sospecharse que un móvil de este tipo coincide con la evolución del arte refutado por Sontag. Es atendible que la novela moderna se haya dejado persuadir por la pedagogía y que el pliegue de ese avance se oriente hacia el progreso del género mismo. La sensibilidad, en consecuencia, quedará subordinada a los imperativos de la técnica a objeto de asegurar su sobrevida. Bajo la consigna de lo enseñable, la representación se remite a exhibir el artificio de un montaje compuesto por recursos narrativos provisionales, aleatorios, incluso vanguardistas, pero a condición de mantener incólume las antiguas divisas del exhorto y la amonestación. La potencia del intervalo, tanto en la música de Boulez como en el psicoanálisis acuñado por Lacan, asociado en ambos casos con el silencio y la variabilidad del tiempo, enseña la insubordinación del ritmo y de la vida inconsciente, según corresponda. Es necesario reconocer, empero, que salvo las típicas excepciones, los criterios de inteligibilidad de la novela conservan su vigor en comparación con “la pintura expresionista abstracta y la musique concrète” (Sontag, 1984: 118). Sontag parece afirmar que si el propósito consiste en demandar un suelo común para la novela, a fin de dejarse instruir, con algún apremio quizá, por su actualidad, no está demás cierta cautela. Bajo el diagnóstico de un “arte arquetípico del siglo XIX” (Sontag, 1984:118) se equilibran una serie de discursos de calibre muy desigual. No se trata, por tanto, de explicar el trabajo del escritor de modo que los conceptos en juego respondan a una herencia única. Que por razones nada simples, el destino de la novela moderna se halle ligado, irrevocablemente, a lo real resulta significante a la hora de evocar su historia. No es casual que se la convoque para insinuar la crisis, la patología o la esterilidad de los signos del presente. Todo parece haber comenzado por el envío desde el cual se impone cierta insistencia para que la novela recobre su nombre propio y su sentido. Pero lo que deviene problemático, finalmente, no es la novela como institución, sino el desafecto que la precede, en otras palabras, que no brinde especial interés por aquello que se sustrae a los criterios historicistas según los cuales la institución constituye el fin de la voluntad —al hilo de tales argumentos, la voluntad determina el acceso al sujeto moderno pero dicha contractura no constituye un modo particular de la institución sino su rasgo distintivo.

LA MODERNIDAD PUESTA EN OBRA

¿Es posible pensar el estatuto de la ciudad con estilos de producción asignados tradicionalmente a la escritura? ¿O es que sobre el trazo material de los enunciados encuentra lugar, acaso de manera definitiva, la serie de gestos imaginarios que reparte el sentido de su herencia? En la década de 1910, Santiago de Chile se prepara para celebrar el primer centenario de la República; un sinnúmero de publicaciones coinciden en la serie de problemas que rivalizan con su puesta en escena —discursos políticos, tratados médicos, artículos de prensa y textos literarios abundan en el examen crítico del orden emergente. Lo que constituye dicha actualidad aviva la creencia cada vez más generalizada que su advenimiento ha de hallarse avalado por el curso arrollador del progreso, único capaz de balancear la arremetida perniciosa de enfermedad e ignorancia. La así llamada cuestión social, tematizada en periódicos de a fines del siglo XIX por Augusto Orrego Luco, incluye los tópicos de la pobreza en los arrabales, las condiciones de vida miserables, la prostitución, la brecha que separa a la elite dirigente de la clases bajas, las epidemias —viruela, cólera, tifus, tuberculosis y sífilis. Dicho panorama propicia la criba de los procesos modernizadores. La nación es vista como un organismo enfermo impedido, como está, de acceder a un bienestar necesario. Pero más allá de la evidencia, lo mórbido parece conectarse con el espacio patógeno que conjuga la propia ciudad. El borde interno de la ciudadanía no coincide con el plano de sus definiciones y muy incidentalmente con el vínculo lábil de su progreso.

La voluntad modernizadora ha de mostrarse obediente a los criterios de intervención asimilados a la razón de estado. Iniciado el siglo XX, un elenco indeterminado de reformas aparece subsumido por trazos de salubridad en desmedro de estrategias menos apremiantes. Los datos estadísticos empiezan a orientar el trabajo de la burocracia estatal sin atender, programáticamente, al examen crítico de sus presupuestos. Urge el acopio de aportes inéditos referidos al estudio de los problemas sociales que establecen prioridades, urgencias y asignación de recursos. En este contexto, mantiene toda su vigencia pensar el rol de la medicina y sus soportes auxiliares en la productividad humana. Y en virtud de tales propósitos, los proyectos de intervención favorecen un cruce disciplinario sin reserva y no escatiman esfuerzos para traducir pautas prescriptivas en meras referencias difícilmente disociadas de su porte histórico-político. La que puede considerarse una de las realizaciones más estimadas de las políticas públicas de la época no puede escindirse de la complexión singular que conquista, modernamente, trazos de identidad nacional. No obstante, prevalece cierta teleología sobre lo político que alcanza para establecer alguna semejanza con aquel régimen identitario que desconoce el contexto, las cadencias y la transformación del entorno. Resulta inevitable considerar que la medicina encarna una alternativa radical a los problemas que anuncia el nuevo siglo. No es otra sino esta solicitud creciente la que se percibe en la arquitectura de la ciudad. Se trata, finalmente, de un estado de cosas que subvierte las fronteras entre la teoría y la práctica, entre lo plural y lo singular. Queda por saber si este porvenir transversal no es la herencia que habrá recibido la ciudad de manos de la literatura.

Las políticas modernizadoras acuñan una nomenclatura compleja para convenir en un asunto fundamental: el devenir de una soberanía que se declina, gradualmente, hacia el Estado-nación. Lo que no termina de arribar configura un lugar eximido de fundamento pero que no obstante señala el sentido de lo esperable: un rol preventivo y rehabilitador de carácter público. No es posible desagregar los conceptos de cultura, de salud, de buenas costumbres, de ciudadano, de emprendimiento y de responsabilidad, todos los cuales hacen parte del espíritu de las reformas. Pero la distancia con los hechos abre otra vía, allí donde la literatura moderna alberga una experiencia menos análoga con la emancipación. Este articulado está dispuesto a ilustrar la idea que el límite de lo político se monta sobre una diversidad de inscripciones —unas afines como las del humanismo y el progreso, otras más peculiares como las del delirio y la anormalidad (Bornhauser y Andahur, 2009). Se trata del despliegue de una franja discursiva que obedece a la paradoja en tanto que para las tesis humanistas es dudoso que el comportamiento ciudadano rebase lo político, aunque en épocas donde el sistema republicano de gobierno entra en crisis, el restablecimiento del estado de derecho empieza por reivindicar el soporte comunitario de toda acción humana, del mismo modo que lo normal en la herencia del siglo XIX —como discurso que le otorga unidad orgánica a la salud— encuentra acogida no solo entre médicos y pedagogos sino en un grado nada despreciable entre arquitectos e industriales. La fisonomía residual de la modernización, sin embargo, funda una práctica editorial donde la literatura encuentra cabida bajo una multiplicidad de fórmulas, algunas de las cuales favorecen un movimiento de resistencia autoinmunitario respecto de su legitimidad sin otro argumento que una patología sentida como trascendental.

En 1920 se publica El roto, la novela más emblemática de Joaquín Edwards Bello. Constituye la escritura cifrada de prácticas discursivas cuyo exoterismo se encabestra a dispositivos ideológicos de fines del siglo XIX y comienzos del XX. El roto —estereotipo identitario que sintetiza la imagen de la elite chilena sobre el mundo popular— sufre continuos travestismos en el curso de su historia. Durante el siglo XIX soporta el peso de todo aquello que la incipiente república establece como alteridad indeseable: sujeto marginal de consuno con el exceso que lo excluye del proyecto modernizador que ensaya el Estado. Con anterioridad, la Guerra del Pacífico convierte al roto en ícono de las tesis nacionalistas devenidas etnocéntricas, hipostasiando su plasticidad en beneficio de la beligerancia (Cid, 2009). Seguidamente, es emplazado en el centro del oficialismo; hacia 1920 —cuando Edwards Bello lo enviste como héroe de su novela— encarna un doble vínculo: capitaliza el segmento residual de los discursos modernizadores y, a un tiempo, participa del linaje heroico que adorna el sustrato ideológico de la confrontación bélica en torno a 1879. En la novela, el protagonista es figura tanto singular como colectiva. El niño Esmeraldo consuma un destino personal a la vez que refleja sus contradicciones de clase. Pero no es posible descifrar lo que ha llegado a ser esa autenticidad sino a través de un capítulo fragmentario cuyo exergo genealógico puebla diversas hipótesis. Dicha historia, aun cuando debamos diferir su rasgo original, obedece a un esbozo de apertura que se manifiesta a saltos. Una vez más, se trata del hábito que distribuye sin miramientos una verdad invariable, a no ser por el parpadeo de aquello que se resiste a ingresar como mera opinión; a un tiempo, es el traspaso de las fronteras disciplinarias y la acogida del afuera y su porvenir. Es esta intermitencia la que coopera en favor de un protagonismo cuya primicia consagra la necesidad de respetar, cabalmente, un protocolo inconcluso.

El roto ordena uno de los borradores de las tesis higienistas del siglo anterior, en este contexto, dichas tesis constituyen el epicentro de la hausmannización de la ciudad propugnada por Vicuña Mackenna. El problema de la vivienda y las condiciones sanitarias de Santiago saturan la atención de la clase gobernante. Mientras la vanguardia ilustrada se siente arribada a la modernidad y protagonista de su devenir local, la pobreza amenaza con desmoronar la imagen de país progresista y cosmopolita de fin de siglo. El debate se desplaza, no obstante la paradoja, hacia el porvenir de la raza chilena contrahecha por los índices de mortalidad, todo lo cual encuentra suelo en la hipótesis del contagio. El Consejo de Higiene, creado en el año 1889 bajo el Gobierno de Balmaceda, obedece a la necesidad de contar con un dispositivo de Estado encargado de implementar una política de salud pública cuyo cometido explícito consista en erradicar las epidemias del territorio nacional —viruela, cólera, fiebre tifoidea, tuberculosis, así como las afecciones venéreas, principalmente la sífilis. Consecuentemente, en las últimas décadas del siglo XIX la intendencia capitalina decide aislar las zonas “peligrosas” y mórbidas de aquellas “cultas y sanas” —Vicuña Mackenna instruye el establecimiento de un “cordón sanitario destinado a delimitar la culta capital de Chile”, que denomina “Santiago Propio”, de las “influencias pestilenciales de los arrabales”” (Espinoza, 2000: 120).

La trama de El roto transcurre en el barrio posterior a la Estación Central, en “la desolación de esa ciudad doliente” (Edwards Bello, 2006: 17), cuya arquitectónica constituye la escena de una subjetividad que se aliena cada vez más decididamente en lo colectivo. Inmune a los planes modernizadores de la fachada capitalina permanecen las calles barrosas y sucias que integran el “barrio sórdido, sin apoyo municipal” (Edwards Bello, 2006: 2) que muestra la fractura del frontis capitalino —mientras que su cara moderna tiene “[un] poco de la vida de Europa” (Edwards Bello, 2006: 3); los conventillos, los prostíbulos, la estrechez y la suciedad hacen adivinar “los parásitos y bichos nocturnos espiando el sueño pesado de la carne proletaria” (Edwards Bello 2006: 5)4. No es posible ponderar las vicisitudes históricas de lo moderno sin vincularlas con el acomodo contemporáneo de la ciudad, en la justa medida que los límites de su representación parecen ceder al régimen productivo de la plusvalía. Si esto es así, se hace cada vez menos pertinente esgrimir una topología relativa al estado de la ciudad o un dispositivo de recambio —el barrio o la comuna— cuando los índices diferenciales señalan el descrédito de cualquier estructura de contención. Ya no basta, en obediencia a una premisa lógica otrora compartida, la comprensión cotidiana de lo vivible —imaginarlo como un sistema compuesto por individualidades que recorren una y otra vez diversos lugares. La novedad consiste en el desplazamiento radical de los puntos cardinales en favor de un paso fáctico carente de toda finalidad que no sea el exceso recaído sobre la posesión colectiva de lo acumulable. Es precisamente esta perspectiva de análisis sobre una ciudad tardíamente globalizada pero confundida con la desmesura del goce, lo que debe abrirse paso al momento de examinar el estatuto efectivo de los procesos modernizadores. ¿En qué consiste aquí tal iniciativa sino en la experiencia del carácter desértico, radicalmente a-humano de su residencia?

Edwards Bello repasa estas coordenadas cuando convoca el continuum que sutura la infección y el cuerpo —compone un plano de inmanencia que anula la distancia entre “parásitos y bichos” (5) por un lado, y “carne proletaria” (5) por el otro. La triangulación del espacio mórbido propuesto por Foucault (1975) regula el dispositivo de la salud a partir del siglo XIX en tanto que i) produce el aislamiento de la enfermedad a partir de su inclusión en una tabla de clasificación patológica; ii) la espacializa con relación al paciente y iii) la ordena al interior de la sociedad. Es este espacio múltiple el que conforma un sistema biopolítico a partir del cual se decide la supervivencia del grupo a condición de excluir sus segmentos indeseables. Sin embargo, el personaje de la novela —cuyos rasgos identitarios se construyen por tramos— no logra explicarse por la espacialización foucaultiana de la enfermedad en tanto que no existiría, en rigor, un cuerpo unario, sino el emplazamiento deforme de la “carne proletaria” (Edwards Bello, 2006: 5) acosada, esta vez, por la actividad microscópica nocturna; Edwards Bello recurre a la imagen de la “noche” para evocar el triunfo inhallable del iluminismo periférico —la existencia marginal del roto accede a la soberanía en tanto ha lugar la proletarización de su carne.


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