La canica azul



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La canica azul



Escrito por Carlos Eduardo Maldonadoen 13 octubre 2013 0:01 am / sin opiniones 
Categorías: Ensayo, SLIDE

CARLOS EDUARDO MALDONADO |

A simple vista parece lo que es: una pequeña esfera de fondo azul, rodeada de manchas blancas, informes, pinceladas aleatorias. Sobre un fondo negro, negro profundo.

Canica, esfera, pelotita azul. (El original de la foto, tomada por la NASA, es justamente ese: The Blue Marble). Un objeto de juego, un objeto de divertimento. Nada serio. Nada profundo o trascendental. Cuando los nombres se superponen a las cosas, y las definen.

Una canica azul. Un pequeño objeto visto desde la perspectiva de alguien (o algo) muy grande. Esto es, el observador de esta pequeña pelotita azul se asume a sí mismo como grande; colosal. Eso en cuanto al título de la obra que tenemos ante nosotros.

Es una esfera casi perfecta. Pitágoras estaría orgullo de sí mismo. Y después de él, Platón y los místicos: Plotino el primero. La esfera, la figura perfecta. 2π. Como si fuera poco. Aquello que le costó tanto —¡su propia vida!— a algún griego que lo descubrió, el número irracional —π, pi—, pues se le sirve ahora dos veces. Como quien dice: ¡para que tenga! Eso es la esfera, la circunferencia, el círculo, lo forma perfecta. Aquella que fue usada para designar al Ser (con mayúscula) [¡qué susto!].

Lo irracional de los griegos. Lo prohibido, lo no dicho, y no porque fuera inefable. Pues bien: la esfera es 2π: dos veces irracionalidad. Un banquete para la sin-razón. Estamos al filo de la locura, literalmente.

Tenemos una pequeña (¿o grande?) esfera de color azul. Un color primario, en verdad. Un azul turquesa, constante, sin degradés visibles en la imagen. Pero sobre el azul están superpuestas manchas blancas. ¿Cumplen alguna función esas manchas blancas? Quizás se trate de alguna curiosa estética de uno de estos artistas modernos o contemporáneos. Tan dados a combinar figuras precisas con manchas alocadas. Arte conceptual, sin duda. Una jugarreta de algún artista en búsqueda de oficio, incluso.

Una figura alongada de tonos verdes y ocre atraviesa, sin ninguna razón especial, a la esfera, como definiendo su centro. Pero hay un avance. Esa figurada alargada se pliega sobre la circunferencia, como abrazándola, o como surgiendo de ella. En la parte superior se ve claramente, y lo mismo en la superficie en punta que termina en el hemisferio sur. Una figura alongada que se pliega sobre los vórtices de la circunferencia.

Cuatro colores se destacan, por tanto. Azul profundo, azul turquesa, con blanco, verde y ocre. Pero lo que verdadera impacta no es este juego. Sino el negro, el negro profundo, el negro absorbente de cualquier otro cromatismo, en el fondo. Recortado tan sólo por la cámara (si de fotografía se trata), o por los marcos del cuadro (si es una pintura).

Porque esta es otra clave. Manifiestamente se trata de arte realista y abstracto, al mismo tiempo. Una combinación creativa, sin duda. Pero ese negro resuena desde el fondo, como un bajo continuo…

El cuadro expresa gracias a las manchas blancas claramente la idea de movimiento. Pero no necesariamente la de vida. Por lo menos a escala visible. Como tantas pinturas que demandan descubrir la perspectiva o la distancia perfecta, esta no permite en modo alguno adivinar vida en ella. Al fin y al cabo, hay un capítulo de la ciencia que habla, en efecto, de replicación, sin que necesariamente haya reproducción. Que es una cosa distinta de aquella.

Ese capítulo hace referencia a sistemas que se replican, y que se expresan en las ecuaciones Belousov-Zhabotinsky (BZ), o las células de Bénard, y otros ejemplos similares. Que son estructuras disipativas, pero no por ello admiten la idea de reproducción. Y por derivación, menos la de crecimiento. La replicación es movimiento, pero no aún vida.

Hay fuerza en el cuadro, mucha fuerza. En medio de un color cuya psicología es apaciguadora, tranquilizante. El azul como color primario, que es fuente de amplios cromatismos, pero no se deriva de ninguna otra fuente. Es un axioma en la dimensión de los colores. Al mismo nivel o en el mismo rango que esos otros dos axiomas o postulados cromáticos: el amarillo y el rojo.

Un rasgo especial de este cuadro es que el nombre del autor no aparece en ninguna parte. Y tampoco aparece, eventualmente, el número de la copia si es que se trata de una serigrafía. Así que cabe especular o bien que no tiene autor, o que el autor no quiere que se le conozca. Que lo importante es la obra, que debe hablar por sí misma, y no por referencia a un ocasional argumento ad hominem. (Quizás el autor leyó en algún momento la Obra abierta de Umberto Eco; especulamos.)

Como tampoco es claro si —suponiendo que sea una serigrafía—, se trata aquí de un original o una copia de tantas. Quizás, pero no disponemos de información confidencial, esté firmado de alguna manera al espaldar, en el espaldar de la tela; o del grabado. Lo cual entonces sería cuestión de conocimiento de los curadores, por ejemplo.

En la misma medida, cabe especular que quizás en el respaldo de la lámina esté indicado si la serigrafía es original o una copia con producción cerrada, o abierta. Si es serie limitada y exclusiva o ampliamente reproducida, que es lo que sucede cuando hay necesidad de ganar dinero para sobrevivir o pagar algunos gastos o deudas. Claro que si está expuesta, la originalidad se presume. Es cuestión de honestidad, al fin y al cabo. Aunque no aparezca la autoría.

Porque pudiera tratarse, ocasionalmente, de un autor individual, o también de un colectivo de artistas, e incluso de una escuela artística. En cualquier caso, ante la ausencia de información explícita, cabe esperar lo mejor y más discreto. Esto es, una obra singular con autoría oculta. Desconocida. Perfectamente ignota.

“NASA” debe ser el coleccionista, sin duda. Porque si fuera el autor habría estampado su nombre en el extremo inferior derecho, como ha sido desde siempre la costumbre. Porque, en efecto, existen otras obras muy semejantes, siempre la misma canica azul (nombre curioso el dado por el coleccionista), con los mismos cromatismos básicamente, sólo que con otras figuras irregulares de una geometría que no es enteramente clasificable. No es geometría fractal, ni tampoco, en absoluto, euclidiana. No es geometría de taxis, pero tampoco Riemanniana, hiperbólica, de Lobachevsky ni tantas otras conocidas. La única diferencia central son los montones de manchas blancas, expresando siempre movimiento y fuerza. Porque por debajo de esas manchas blancas, los verdes y ocres, y el azul mismo permanecen impasibles.

Es como si el movimiento se superpusiera a la pasividad o tranquilidad del fondo. Como si el movimiento le cayera desde arriba. O al revés, cómo a pesar del movimiento y fuerzas de las manchas blancas, en el fondo se quiere adivinar un remanso y un fondo calmo. Estabilidad y constancia no obstante la dinámica y el movimiento.

Con lo cual, en cualquier caso, salta ante la imaginación una conclusión evidente: la canica azul es un juego de muy poca riqueza cromática. Tal y como se observa.

Con una salvedad. Siempre, siempre, aparece la esfera sobre un profundo negro oscuro. Existe incluso alguna imagen de esta canica azul acompañada en el extremo superior izquierdo por una pequeña bolita de color gris claro, que no alcanza a distinguirse bien. Quiere dar a entender la idea de acompañamiento o de juego composicional por parte del artista. Un capricho, seguro, de la creatividad artística. Una jugarreta de tantas, cabe imaginar.

El cuadro está pintado desde el ecuador de la esfera o la circunferencia. Algunas protuberancias o pequeños efectos tridimensionales se adivinan en varios lugares de la obra. Seguramente manchas abultadas de óleo, si es que de óleo se trata. Un pincel long liner o un spotter, o recogido con una espátula como para dar una rápida sensación de barrido.

Pero siempre, rodeando al cuadro, ese negro negruzco. Negro sordo y pesado. No es claro si la canica azul emerge del negro, como con entidad propia, o bien si el negro la envuelve y no termina de abrazarla. En todo caso, el perímetro de la esfera es claro y simple, y la circularidad no se difumina para nada en el negro-bajo-continuo-de-fondo.

Isaac Asimov, en un libro ya clásico, acuñó una idea hermosa y profunda que permanece. El volumen, La tierra: nuestra superpoblada nave espacialEarth: our  crowded spaceship (1975)— introdujo una luz sobre el planeta: los seres humanos se encuentran en una nave espacial, a la deriva, en un viaje cósmico. Desde entonces son numerosos los autores, filósofos y científicos que han acogido la metáfora de Asimov. La tierra es nuestra nave. Y sólo debemos y podemos mantenernos en ella, sin saber, sin importar, a dónde llegamos.

Una magnífica odisea, sin comienzo ni fin. Presente puro que se prolonga, se perpetúa, a cada instante, como presente continuo.

Frente a lo cual cabe pre-ocuparse acerca del buen mantenimiento de la nave. Cuidar su biomasa. Y sus buenas condiciones de navegación. Pues si se hunde la nave todos sus pasajeros tendrán un final desafortunado. Sólo que en la vastedad del espacio la nave no se cae a ninguna parte. Porque en el espacio exterior no hay arriba ni abajo.

Con un esfuerzo acaso supremo de imaginación, algunos podrán ver en la imagen de la canica azul un mundo. Un mundo. Pero con una extraña dificultad al mismo tiempo cognitiva y psicológica, o incluso de tipo experiencial. Estamos disociados pues no vemos lo que vemos.

En efecto, debemos evitar ver —y leer— lo que ya ha sido interpretado. Es el dilema entre si vemos lo que conocemos, o si vemos lo que conocemos. La inmensa mayoría de la gente sólo ve lo que ya conoce. Es decir, reduce lo visto a lo (ya) conocido. Por el contrario, se trata de conocer aquello que vemos. Y en lo posible, verlo sin las interpretaciones existentes o habidas sobre lo visto. Pues entonces no estaríamos viendo nada novedoso.

Crear nosotros mismos, cada quien individualmente, y cada generación de nuevo una y otra vez, nuestra propia primera experiencia del mundo y de la realidad, de los otros y de nosotros mismos. Nacer a cada momento. En eso consiste la absoluta libertad e inocencia.

Una imagen semejante como La canica azul sería inimaginable para un habitante del siglo XVII, XI o antes, por ejemplo.

La tecnología de la época no le habría permitido figurarse o representarse una obra semejante. Y si algún artista la hubiera concebido hubiera pasado un mal momento, y no habría sido comprendido. Un adelantado, quizás, a su época.

Pero a su vez, ninguna otra época habría podido imaginarse una obra semejante. Ciertamente no como sociedad o como época. Pues incluso la imaginación tiene uno de sus polos vinculado a la cultura y las costumbres.

El coleccionista —la NASA— nos ofrece una obra singular. Que no deja de generar arrobamiento que cautiva cuanto más se lo mire y aprecie. Es como si, desde la distancia, ejerciera sobre el espectador una atracción que nos empuja desde el exterior hacia el cuadro o la pintura; o la fotografía; o el grabado, o la serigrafía.



Como quiera que sea, ver esa pepita azul no deja de generar una tierna especie de saudade. Saudade por el hogar, por el vientre materno, por el espacio propio, por los nuestros. Este es exactamente el sentido de la lucha por la tierra.


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