La asamblea plenaria. En publicación: Género en el trabajo parlamentario. La legislatura mexicana a fines del siglo XX



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De Barbieri, Teresita. La asamblea plenaria. En publicación: Género en el trabajo parlamentario. La legislatura mexicana a fines del siglo XX. Teresita De Barbieri. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. Becas CLASO/ASDI. 2003. 320 p.

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Capítulo 9

La asamblea plenaria
En el imaginario colectivo, y no sólo de la sociedad mexicana, se identifica a las asambleas de los plenos de las cámaras como el único lugar donde se lleva a cabo la tarea de legislar: un ambiente en el que coexisten, alternándose, la confrontación interpartidaria e interpersonal con el desinterés y el desdén por lo que ahí acontece; la marcada solemnidad en los actos y palabras con las trifulcas cuerpo a cuerpo. El salón de sesiones es en todos los países un espacio físico cargado de simbolismos: banderas y escudos que refieren al Estado, objetos e inscripciones que evocan la historia de la nación o naciones que lo integran. En el caso particular del Palacio Legislativo de San Lázaro, la arquitectura interior recoge, de alguna manera, la tradición de los espacios públicos de los grandes centros ceremoniales prehispánicos, con las dimensiones necesarias para albergar a 500 representantes de la ciudadanía y los juegos de proporciones entre las distancias, los volúmenes y las alturas de los techos, galerías, podio y tribuna, las dos inmensas banderas, los nombres de los héroes y personajes ilustres en letras de oro.

Por otra parte, la solemnidad es propia del hacer parlamentario como ente del Estado. Porque para que sus actos tengan validez –esto es, se integren en el cuerpo jurídico– deben seguir una normatividad muy estricta tanto en las secuencias como en las formalidades y el lenguaje. La ley, los reglamentos y los acuerdos parlamentarios específicos determinan los periodos ordinarios de sesiones; la integración de la Mesa Directiva y las atribuciones de quienes la componen (presidencia, secretarías y prosecretarías); la elaboración del orden del día; la manera en que la presidencia debe conducir las sesiones; el otorgamiento y uso de la palabra en tribuna y desde la curul; los tiempos máximos disponibles para las y los legisladores en los diferentes tipos de intervenciones; el contenido de algunas de éstas; los plazos mínimos en que las iniciativas y orden del día deben ser publicados en la Gaceta Parlamentaria para que puedan ser tratados en cada sesión. De este modo, las relaciones entre legisladores y entre éstos y quien ejerce la presidencia de los debates están mediadas por oraciones y gestos de un protocolo específico. Toda referencia personal se realiza en términos de “señor presidente”, “la señora diputada”, “tiene la palabra el señor diputado fulano de tal”; el inicio en el uso de la palabra en tribuna está marcado por la frase: “con su permiso señor Presidente”.

Se trata pues de un ambiente distante, frío, racional, donde las emociones y los sentimientos son relegados a los límites de la interacción, que para lograr eficacia propicia y al mismo tiempo requiere ciertos rasgos teatrales de sus actores en la entonación y modulación de la voz, gestos y ademanes. Todos estos elementos hacen de la intervención de los y las legisladores un oficio para el cual no bastan las experiencias previas en asambleas masivas o numerosas, ni militancias disciplinadas, ni el conocimiento en las materias sustantivas a discusión. Son necesarias también disposiciones personales –innatas y adquiridas– de rapidez mental y capacidad de síntesis que aseguren parlamentos contundentes en el tiempo breve de que disponen, conocimiento y agilidad para el manejo de las normas del debate; condiciones que pueden ser aderezadas con el empleo dosificado y oportuno del humor, la ironía y el sarcasmo. Teóricamente, la discusión en el pleno de las cámaras es una confrontación de ideas y proyectos a propósito de las materias sustantivas de sus atribuciones. Por lo tanto, las argumentaciones de las y los diputados están orientadas a convencer a las y los otros, mostrando la bondad de la posición de quien argumenta y los errores y consecuencias negativas de las propuestas contrarias. Ahí se resolverá en definitiva el trabajo realizado en las comisiones y comités, y el menos formal que tiene lugar en los grupos parlamentarios y entre ellos.

Sin embargo, la tendencia que se observa en los distintos parlamentos en las últimas décadas muestra el declive de la argumentación discursiva en las asambleas plenarias frente al privilegio cada vez mayor otorgado a las concertaciones y acuerdos entre las más importantes fracciones. Las confrontaciones argumentativas y las confluencias de soluciones se realizan en ámbitos más reducidos, más acotados y menos formales, como las comisiones legislativas, las reuniones de las mesas directivas y los acuerdos entre las cúpulas de los grupos parlamentarios. O como es la regla en México, con las secretarías de Estado, espacios todos ellos menos sujetos al escrutinio de los medios de comunicación y de la ciudadanía. Como resultado, los asuntos que llegan a las sesiones plenarias ya han sido pactados previamente y las intervenciones de las y los diputados son para fijar las posiciones de las distintas bancadas. De modo que al iniciarse las sesiones se sabe de antemano que las iniciativas y propuestas cuentan con el voto aprobatorio en lo general y si existe controversia, se fincará en algunos artículos específicos, impugnaciones que se dirimen en cada caso; pero se sabe el sentido de la votación de los grupos parlamentarios y se puede estimar el rango de los votos disidentes en cada bancada104. En otras palabras, la orientación más reciente de los parlamentos busca minimizar la incertidumbre que genera el debate in extenso en las sesiones plenarias, reducir los tiempos del mismo y fortalecer la disciplina de los grupos parlamentarios. Con una consecuencia: la erosión de la esfera pública.

Este capítulo incluye un relato de los avatares sufridos por la iniciativa de ley sobre violencia doméstica, discutida y votada el 27 de noviembre y el 2 de diciembre de 1997, que desde mi punto de vista, constituyó la mejor expresión del estado de las fuerzas políticas en relación con el conflicto de género en la sociedad mexicana de fines del siglo XX.

Los trabajos en las sesiones del Pleno

Los periodos ordinarios de sesiones están normados por el art. 4º de la Ley Orgánica del Congreso-Cámara de Diputados y el Acuerdo parlamentario relativo a las sesiones, integración del orden del día, los debates y las votaciones (1997). Según éste (arts. 2º y 3º), el inicio de las sesiones está fijado a las 10 de la mañana con cinco horas de duración, que podrán prorrogarse hasta que termine la discusión en curso. Los días viernes de cada semana, el presidente de la Mesa Directiva y la CRICP enlistan los puntos básicos de la orden del día de las siguientes sesiones (art. 2º), debiendo publicarse con 24 horas de anticipación al inicio de la sesión respectiva, diferenciar los asuntos sujetos a votación de los deliberativos o informativos, y acompañarse de los documentos necesarios para la información de los diputados (art. 11º). Una vez publicada la orden del día, sólo pueden incluirse otros puntos si media acuerdo de la CRICP. Los dictámenes de las comisiones tienen que aparecer en la Gaceta Parlamentaria con 48 horas de anticipación al inicio de la sesión en que se discutirán (art. 12º).



Orden del día, asistencia y permanencia

Según las y los entrevistados, entre los puntos sujetos a votación se distingue un conjunto de asuntos que como parte del trámite administrativo requieren la aprobación formal de la HCD: nombramientos de ciudadanos mexicanos en cargos del servicio exterior de otros países, aceptación de condecoraciones, las bajas y altas de la Cámara, notificaciones de los estados, etc. A estos se los llama los “corcholatazos”. Distinta es la llamada agenda legislativa, en la que se enlistan las iniciativas de leyes y los dictámenes de las comisiones, dando lugar a la parte sustantiva de la tarea de legislar. A su vez, los puntos deliberativos e informativos constituyen la agenda política de la sesión. En ella se ventilan cuestiones de muy distinto alcance en los niveles municipal, estatal y federal, cumpliendo el papel de caja de resonancia de la vida pública que tiene la HCD, y más extensamente todos los parlamentos en los estados republicano-democrático-representativos.

El sentido de responsabilidad de las y los legisladores, acicateado por la amenaza de coerción monetaria ante faltas reiteradas, hacen que la asistencia a las sesiones plenarias sea asidua, aunque el comienzo de las mismas tiene lugar entre una hora y una hora y media posterior a la marcada en el acuerdo citado. El llamado pase de lista es un trámite que se registra en el sistema electrónico, al igual que cada una de las votaciones y verificaciones de quorum que son solicitadas en el transcurso de las sesiones.

La presencia en ellas, sin embargo, es selectiva durante el transcurso de la jornada, según manifestaron la mayoría de los y las entrevistadas, después de distinguir tres tipos diferentes de sesiones. En primer lugar, las que dirimen asuntos polémicos: las comparecencias de algunos secretarios de Estado, que tienen lugar durante el mes de septiembre, en las que presentan los aspectos contenidos en el informe presidencial del 1ro. de ese mes relativos a la materia de su secretaría; las iniciativas de Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de la Federación, a partir de mediados de noviembre y hasta su aprobación, por lo general más allá del 15 de diciembre; iniciativas de leyes controvertidas, en las que existen discrepancias en las comisiones dictaminadoras respectivas; coyunturas políticas particulares. Estas son sesiones de gran asistencia y permanencia en el salón del Pleno, en que la atención se concentra en el debate y donde, según el conocimiento del tema, las y los diputados buscan participar lo más activamente posible, ya sea en el uso de la palabra, o aportando puntos de vista, argumentos y datos a quienes llevan la voz del grupo parlamentario, la comisión o la alianza coyuntural. En segundo lugar, las que tratan las iniciativas dictaminadas en las comisiones que integran –muchas de ellas originadas y procesadas allí– o que tienen puntos de contacto con las que están trabajando. Dada la experticia en el tema que han desarrollado, las y los legisladores siguen con atención e intervienen cuando es necesario. Así también se encuentran las sesiones donde se debaten iniciativas de interés del grupo parlamentario de pertenencia. En tercer lugar se ubican los corcholatazos, momento en el que la apatía domina la sesión.

No es muy diferente el acontecer cuando se llega a la agenda política, puesto que si bien en ocasiones se plantean temas de interés general, la mayor parte se ocupa en la denuncia de conflictos en municipios o entidades federativas entre autoridades, los distintos partidos y sus actores:

“...una materia que debe resolverse en el ámbito local se convierte –por intereses partidistas– en una materia federal, a la que se le busca dar resonancia nacional en este foro, que le interesa a muy pocos legisladores, que no trasciende para nada, que no resuelve nada. Logra la nota periodística del día siguiente y el golpe al adversario político, pero nada más”. Felipe Vicencio (PAN, mayoría).

Ya en el último año de la legislatura predominan criterios selectivos para la permanencia en la sesión. En sus inicios, esto es, en el primer periodo de sesiones y en el primer año, varios de los y las novatas asistieron atenta y puntualmente y hasta el final a todas las sesiones. Pero la experiencia les ha llevado a evitar el aburrimiento que les producen los corcholatazos, el tratamiento de temas que desconocen y son ajenos a sus campos de interés, los debates pactados y asuntos muy locales de conflicto político. Rubén Fernández (PAN, plurinominal) describe la actitud generalizada:

“Yo creo que una regla es el desinterés en el Pleno: ‘salvo que sea mi tema, me vale gorro’. Eso se ve en las inasistencias, pero aún cuando se ve más o menos llenito de diputados, todo mundo anda en otras cosas. Además, en el caso del PAN, por ejemplo, estamos sentados por sorteo. A mí me asignaron la curul 256 y no tengo junto al compañero de temas de toda la vida con el que puedo estar platicando, conversando, discutiendo asuntos. Tengo junto a un abogado y no tenemos temas en común que comentar”.

De ahí la práctica ya reseñada de la permanencia en los cubículos con el televisor prendido y los aterrizajes en el Pleno para alcanzar a votar. Otra alternativa al tedio y la pasividad es llevar trabajo a la sala de sesiones. Las computadoras portátiles les permiten atender los mensajes del correo electrónico, estudiar, redactar y corregir documentos e informes. O cargan expedientes o libros que leen y revisan.

Otra conducta frecuente es dialogar y acordar con los colegas sobre algún punto sustantivo específico de las comisiones, los grupos parlamentarios, la entidad federativa, o por qué no hablar de temas frívolos e intrascendentes:

“...es un Pleno tan grande que lo que haces es aprovechar a veces, para platicar hasta con tus mismos compañeros, porque hay veces que todo es ir y venir, agobiante. En el Pleno es cuando puedes platicar un poco más. Hay veces que eso también se da con los miembros de otros partidos”. Patricia Espinosa (PAN, plurinominal).

No se descartan algunas informalidades, como salir al encuentro de personal subalterno para efectuar transacciones de alhajas y otros objetos valiosos, prácticas de la vida cotidiana de las oficinas del sector público que llegan hasta las puertas de donde se aprueban las leyes.

Una excepción a la selectividad son las diputadas priístas, quienes afirmaron asistir de principio a fin a todas las sesiones. Pero la constancia no incentiva la atención. Adoración Martínez (PRI, mayoría) reconoce: “A veces [estoy] muy distraída, pero es según el tema que se está tratando. A veces el tema es candente y la sesión está que arde. A veces te estás durmiendo. Pero generalmente todo lo que se ve en la Cámara es muy interesante”. Una compañera de fracción pone énfasis en el contenido y diversidad de asuntos del orden del día: “A veces no se tiene el conocimiento con mucho tiempo de anticipación de los temas a tratar, entonces no puedes venir aquí con todo el conocimiento acerca de esos temas”, dice Antonia García (PRI, mayoría).

De lo anterior se desprende que son los asuntos y problemas a debate los que determinan el interés y la atención de las y los legisladores, el clima de las sesiones, la profundidad e intensidad de las discusiones. Así lo expresa Felipe Vicencio (PAN, mayoría): “Los momentos importantes son los de debates serios, de fondo, de propuestas y deliberaciones de leyes. Son contados en el trabajo del Pleno, pero también los hay y por eso vale la pena”. Buena parte de los y las entrevistadas coinciden con el punto de vista anterior en que a pesar de los altibajos y las rutinas, hay “tiempos” y “temas muy interesantes”, “momentos muy intensos”. La instalación de la Cámara en los últimos días de agosto de 1997; las leyes de ingresos y los presupuestos de egresos, cada año al final del primer periodo ordinario; todo lo relacionado con el conflicto en Chiapas; derechos humanos; FOBAPROA e IPAB; las iniciativas aprobadas por la HCD, posteriormente congeladas en el Senado, orientadas a la reforma del Estado; la nueva Ley Orgánica de la HCD, son señalados como los hitos más importantes en el desarrollo de la LVII legislatura. “En esas sesiones no se siente el tiempo”, dice María Elena Cruz (PAN, plurinominal). Hay que agregar el ejercicio didáctico que significan esos debates, aunque sólo sea en silencio desde la curul: “Ahí se aprende mucho, sobre todo cuando llegan los buenos oradores. Escuchar a Pablo Gómez o a Porfirio [Muñoz Ledo] o a algunos panistas es bueno, [se] aprende bastante” afirma Olga Medina (PRD, mayoría).

Cuando se dan esos momentos, la tensión en el salón de plenarias sube y en cada grupo parlamentario en conjunto se insinúan actitudes que refuerzan las distancias entre las distintas posiciones. Esto es particularmente marcado en la fracción priísta, que cuenta con un grupo de legisladores de ambos sexos llamado el “Bronx”105, el cual hace su aparición cada vez que en el debate se atacan sus puntos de vista y a sus personeros de dentro y fuera del Poder Legislativo. Olga Medina (PRD, mayoría) evoca:

“Recuerdo que la primera vez que subí fue para tratar un asunto sobre el gobierno del estado de México. Estaban golpeando mucho a diputadas [locales] y me tocó ir a hacer la defensa y claro, todos los priístas gritaban: ‘¡Ya, bájate! Tiempo. Eso no es verdad’. Terrible. Cuando atacas a su gobernador, pues ahí sí responden”.

Varias diputadas se refirieron a la sesión en que la andanada del Bronx culminó en pellizcones de María del Refugio Calderón (mayoría) a Dolores Padierna (PRD, mayoría) durante una de las tantas discusiones sobre el FOBAPROA. En esos momentos, los presidentes de debate decretan un cuarto intermedio como medida de distensión.

Intervenciones en la tribuna

Me parece oportuno iniciar la descripción con un rodeo acerca de los sentimientos, estados de ánimo, emociones que afloran en los actores, mujeres y varones, cuando usan de la palabra en este espacio, puesto que desde mi punto de vista su incorporación en la escena permite agregar algo más de comprensión al sentido de algunos comportamientos en este ámbito específico de actividad.

El mayor impacto emocional se produce la primera vez que suben a la tribuna. Felipe Cantú (PAN, plurinominal) cuenta:

“Porque es un escenario que impone. El salón de sesiones, a diferencia de lo rascuache que está el resto de la Cámara, es un escenario muy imponente. Sí te fuerza el nerviosismo. Yo sentí la presión, no obstante que debo haber tenido en mis tres años de diputado local unas trescientas participaciones, aquí sí sentí la presión”.

Un compañero de bancada, para quien tampoco fue una novedad hablar ante un público del tamaño de la HCD, expresa otra perspectiva:

“Tengo mi experiencia por mi trabajo como maestro. Tengo experiencia de hablar frente a público, conferencista, etcétera. Pero para mí, la primera vez que subí a la tribuna, fue una experiencia cualitativamente distinta. Quizá por el valor simbólico que tiene este lugar. No es cualquier micrófono, no es cualquier espacio. Siente uno una carga de responsabilidad emotiva especial. Me puse nervioso como pocas veces me había puesto frente al público”. Felipe Vicencio (PAN, mayoría).

A la vez, el peso simbólico y la percepción del espacio lo brinda una diputada:

“...la primera vez que subí sentía una como carga... una carga histórica de la tribuna y de toda la gente que había pasado por ahí. Con muchos nervios de tanta gente que está ahí, porque se ve totalmente diferente. De abajo se ve como medio lejos la tribuna; de ahí, yo los veía a todos cerquitita y todos me estaban viendo. Pero sobre todo muy emocionada”. Sandra Segura (PAN, plurinominal).

Otros testimonios refieren sentimientos ligados a la representación:

“Me sentí apoyado por los trescientos mil habitantes de mi distrito. Cada vez que subo a tribuna veo los rostros de los mítines que tuve allá en mi distrito y eso me da la entereza y lo que se necesita para subir a tribuna, me sentí con mucha seguridad”. Santiago Padilla (PRD, mayoría).

El General (R) Samuel Lara (PRD, plurinominal) recuerda:

“Es emotivo. Siente uno que está haciendo algo importante porque está cumpliendo con una obligación. Siente uno que está con la oportunidad de hacer algo por el compañero, por el que nunca ha tenido voz, por el que nunca se ha visto representado en la Cámara y que siempre ha tenido que cargar con el papel de receptor de la voluntad de los superiores”.

Para unos pocos diputados, ni en la primera ni en las restantes veces, el subir a la tribuna les ha producido nerviosismo. A Rubén Fernández (PAN, plurinominal), por ejemplo, no le causa “mayor problema. Estoy acostumbrado de alguna manera a hablar ante auditorios y no tengo problemas para eso”. Visión opuesta a la anécdota del compadre de una entrevistada, cuatro veces legislador: “La primera vez que subí a la tribuna se me caían los calzones. Ahora mejor subo sin calzones”. Las diputadas, en cambio, no dejan de hacer hincapié en los temores a equivocarse, aún las más experimentadas, que hacen uso de la palabra con frecuencia y con gusto. Por eso prefieren llevar por escrito la intervención y leer ante sus colegas. Una vez iniciado el debate, es decir, en las rondas de argumentación a favor y en contra, y cuando la discusión se vuelve ágil o ríspida, algunas de ellas, pocas, pueden improvisar e incluso se les quitan los nervios, puesto que al final de cuentas “pasar a tribuna es una prueba de fuego que uno tiene en la actividad política”, sostiene la perredista Lenia Batres (plurinominal).

La normatividad que rige las sesiones del Pleno actúa como factor desestimulante de la participación en la tribuna, porque las intervenciones deben ajustarse al punto en discusión contenido en la orden del día, porque sólo pueden hacerse cuando llega el turno en la lista de oradores, porque son lapsos breves, sin sobrepasar los minutos permitidos so pena de interrupción del presidente o porque –como dice Lenia Batres (PRD, plurinominal)– “llega a suceder que los presidentes [de debates] sienten que su responsabilidad es eliminar la discusión más que propiciarla”. ¿En qué ocasiones y cuántas veces suben las y los diputados a la tribuna?

Cuando se presenta en sesión del Pleno un proyecto de ley por uno o varias legisladores o que se haya originado en una comisión, alguna de las personas firmantes debe exponerlo en tribuna, donde puede ser comentado hasta en dos intervenciones, con derecho a réplica de quien lo expuso. En las iniciativas dictaminadas la discusión se inicia con la posición de cada grupo parlamentario, después de la cual pueden usar la palabra cuatro oradores a favor y cuatro en contra. En cada uno de los artículos impugnados, rige también el dispositivo de intervenciones a favor y en contra. En ellas, el uso de la palabra se deja por lo general en manos de las y los integrantes de las comisiones que analizaron la iniciativa y elaboraron el dictamen. En la agenda política la reglamentación parece ser menos rígida y suben a tribuna las y los representantes de los distritos y entidades federativas en cuestión.

El uso de la palabra también depende de la importancia de los asuntos tratados. Cuando los temas son propios de los dos primeros círculos de jerarquía y prestigio –es decir, los referidos a la estructura medular del Estado, el gobierno y las finanzas públicas– suben a tribuna los coordinadores o vicecoordinadores de los grupos parlamentarios. Las argumentaciones a favor y en contra también están a cargo de los pesos pesados de cada partido que integran la o las comisiones en cuestión, las y los que más experiencia tienen, aunque pueden abrirse espacios para novatos de valía en proceso de formación. En las materias restantes, de menor jerarquía, son las y los integrantes de la o las comisiones que dictaminaron quienes presentan las posiciones de sus grupos parlamentarios y defienden y cuestionan la iniciativa a debate.

Como existe acuerdo previo, las voces en contra se reducen hasta desaparecer. Pero si el acuerdo no llega a todo el cuerpo del dictamen y las y los diputados se reservan uno o más artículos de la iniciativa para la discusión en lo particular, el debate puede extenderse con la intervención de legisladores en tribuna, a la que se agregan aclaraciones de hechos, respuestas a alusiones personales, preguntas al orador, mociones de orden, etc., algunas de ellas desde las curules, interrumpiendo el orden de la lista de oradores para el uso de la palabra. Se trata de intervenciones que cualquier diputado o diputada puede solicitar106.

Los apoyos para la participación en tribuna varían según el momento: lectura para la presentación de una exposición de motivos y para los posicionamientos de las respectivas fracciones; en las rondas a favor y en contra. Cuando la intervención es desde la curul, las y los oradores se apoyan en anotaciones o de plano sin ninguna ayuda. Entonces se hace uso de los recursos innatos y adquiridos de los que se habló anteriormente y se recurre al reglamento y los acuerdos parlamentarios para fundar la argumentación en términos formales. Al respecto, dice Lenia Batres (PRD, plurinominal): “A mí me ha tocado pasar a tribuna varias veces y anotarme para hechos. Entonces tengo que estar todo el tiempo con mi reglamento encima para ver sobre qué artículo me amparo para que me den la palabra cuando no me la quieren dar”.

Para tener una idea aproximada de la dinámica de las intervenciones en la tribuna, se han calculado los promedios de las mismas en cada uno de los tres años de la LVII legislatura.



Cuadro 9.1

LVII legislatura: promedio de intervenciones

en tribuna por sexo según partido
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Fuente: elaboración propia a partir de los registros electrónicos de la Dirección General de Crónica Parlamentaria de la HCD, LVII Legislatura, 2000.

Se observa el máximo en el segundo año, con una caída pronunciada en el tercero. Los promedios anuales por representante varían entre 1,6 en el tercer año y 2,6 en el segundo. Vistas por partidos, los promedios se ubican en proporción inversa al tamaño de los grupos parlamentarios, con sus extremos en el PRI durante el tercer año (0,4) y en los otros partidos en el segundo año (7,5); pero aún en el tercero, la relación entre ambos es de diez veces más.

Al introducir la variable sexo, no se presentan promedios significativamente distintos en los totales año a año. Observados según los partidos, el PRI muestra un menor promedio de intervenciones de las mujeres que de los varones, el PRD y el PAN mantienen cifras más o menos similares, y en los otros partidos las diputadas superan en los tres años a sus compañeros.

El porcentaje de legisladores varones y mujeres que no pasaron a la tribuna en cada uno de los tres años es de 31,2% en el primero, 23,4% en el segundo y 52,4% en el tercero. Con 20 intervenciones y más fueron respectivamente dos, dos y uno.

Las y los entrevistados muestran una gama amplia de frecuencias en el uso de la palabra en tribuna. La mayor participación corresponde a Bernardo Bátiz (PRD, plurinominal), con 24 en los tres años (9, 10 y 5), quien además de haber presentado iniciativas interviene en los debates. Le siguen dos diputadas del mismo grupo parlamentario: Lenia Batres (plurinominal) con 22 (4, 11, 7) y Clara Brugada, quien subió a tribuna 18 veces con regularidad (7, 5 y 6). En la fracción panista, el máximo, 16, lo registra Patricia Espinosa (plurinominal) (4, 4, 8), seguida de Felipe Cantú y Rubén Fernández, ambos plurinominales y con 14 cada uno (3, 7, 4 y 4, 3, 7 respectivamente). En la bancada del PRI va a la cabeza Francisco Loyo (mayoría), quien totaliza 12 idas a la tribuna con regularidad (4, 5, 3); en segundo lugar, Sara Esthela Velázquez (plurinominal) con siete (1, 4, 2). El que Bernardo Bátiz y Francisco Loyo intervengan con frecuencia no es de extrañar. Ambos poseen experiencia parlamentaria, trayectorias partidarias destacadas y formación en derecho público; esto es, forman parte de los llamados pesos pesados en sus grupos parlamentarios. No ocurre lo mismo con Patricia Espinosa, novata en los espacios legislativos.

Entre las y los diputados pertenecientes a la fracción del PRI se registran los promedios más bajos, y aunque la totalidad ha usado de la palabra en tribuna por lo menos una vez, hay cinco que no lo hicieron en uno o dos años: Cupertino Alejo, Joel Guerrero, Antonia García, Emilia García y Adoración Martínez, todos de mayoría. Esta situación no se presenta en los otros dos grupos parlamentarios, donde nadie dejó pasar un año sin hacerlo. En el PRD los de menor participación son Víctor Galván y Mariano Sánchez, cuatro veces cada uno. En el PAN, María Elena Cruz y Juan Miguel Alcántara (plurinominales) usaron cinco veces la tribuna. Éste último, como vicecoordinador jurídico-político, presenta la posición de su bancada “en los temas clave, en temas de trascendencia nacional, por ejemplo el proceso de paz en Chiapas, las iniciativas que hemos tenido en materia de reformas constitucionales, me toca darles realce si se quiere decir de alguna manera”. E inmediatamente precisa: “Pero damos mucho juego. Soy muy dado a permitir que muchos participen y no a acaparar las oportunidades de tribuna”.

Las razones que aducen para la baja participación son varias. “Para nosotros es muy difícil porque somos muchos. A mí me ha tocado dos veces”, dice Emilia García (PRI, mayoría), en ocasión del aniversario de la muerte de Ricardo Flores Magón y cuando presentó la iniciativa de ley elaborada por la Comisión de Artesanías que preside. Víctor Galván (PRD, mayoría) señala que sus probabilidades son bajas porque integra comisiones que “no son las preferidas”. Sandra Segura (PAN, plurinominal), quien tiene registradas nueve intervenciones, expresa:

“A mí me gusta participar en el Pleno, aunque es difícil. Y es difícil porque hay una multiplicidad de temas. Como para que un día en el Pleno toquen uno, por ejemplo, Distrito Federal o Protección civil, sólo que venga el huracán Paulina o que haya un sismo o cosas así y generalmente son pronunciamientos que hace el presidente o la presidenta de la comisión”.

En el capítulo 7 se expusieron algunas de las tensiones y conflictos que se generan dentro del grupo parlamentario del PRD a raíz de la selección de los y las oradores y en particular en temas económicos, coyunturas políticas específicas y en ocasión de las comparecencias de ciertos secretarios de Estado. Para Clara Brugada (PRD, mayoría) su intervención en la glosa del IV Informe del presidente Zedillo de 1997 en materia de desarrollo social fue decisiva dentro de su fracción en momentos en que estaba en juego su candidatura a la presidencia de esa comisión y “todo mundo peleaba por subir a contestarle”.

“Se preguntó quién quería subir a contestarles y como yo quería ser presidenta, pues obviamente, yo tenía que subir. Nos propusieron al compañero este que no aceptó ser secretario y a mí para que contestáramos y que yo hablara en primer lugar. Era la primera vez que yo iba a usar la tribuna, ¡contestarle a un secretario de Estado! y, además, con derecho a réplica. Es decir, que el esquema no era tan sencillo, pero yo dije: ‘pues me aviento’. Todo mundo pensaba que me iba a poner nerviosa al hablar y llegaban y me decían que no me fuera a poner nerviosa, porque además, yo representaba ahí al PRD y todos se morían de miedo de que yo subiera a hablar porque no me conocían. ¡Hasta risa me daba! Ya después de esa presentación y de cómo contesté y todo eso, haz de cuenta que ya hubo un cierto reconocimiento. Todo mundo dijo: ‘¡Ah! ¡No estuvo tan mal!’ Todo mundo me felicitaba y pasaban los días y me seguían felicitando. Es decir, como que hubo mucho impacto”.

Como resultado, su candidatura a la presidencia de la comisión se consolidó.

De los otros dos partidos no se registraron testimonios en ese sentido. Pero los conflictos en la fracción perredista por el uso de la palabra en tribuna indican la importancia en las carreras políticas de las y los actores y sus corrientes de pertenencia. Sus intervenciones pueden ser recogidas por la prensa, están a merced de quien sintonice el Canal del Congreso que trasmite en vivo cada sesión y, como se vio anteriormente, es una cierta arma de control que las y los representados esgrimen sobre sus representantes. Al final de cuentas, los reflectores están puestos en las sesiones plenarias y refuerzan el imaginario colectivo sobre el Poder Legislativo.


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