La amistad espiritual en elredo de rieval



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LA AMISTAD ESPIRITUAL

EN ELREDO DE RIEVAL





  1. Punto de partida: el sacramentum de la amistad.

Como todas las realidades fundamentales de la vida humana, la amistad, para Elredo, fue, asumida y redimida por Cristo y por eso pertenece al mundo de lo sacramental y allí tiene su fundamento y plenitud. Para Elredo la amistad “comienza en Cristo, progresa en Cristo y es perfeccionada en Cristo” (cfr. L 1, 10)1:


En efecto, ¿qué se puede decir acerca de la excelencia, la verdad y el provecho de la amistad, sino lo que dijiste: que nace en Cristo, en Cristo crece y por él se plenifica? (Libro 2, 5)
Y también:
Quisiera ver avalado por la autoridad de la Escritura todo lo que se dijo sobre la amistad, aunque sea conforme a la razón, como así también todo lo que ahora podamos añadir con utilidad; de qué modo esa amistad, que necesariamente debe existir entre nosotros, comienza en Cristo, se conserva en él y a él se dirige, ya que es su meta y su culminación. Así lo deseo porque consta que Tulio ignoraba la virtud de la verdadera amistad, pues desconocía del todo a Cristo, que es su principio y su fin. (Libro 1, 8)
Y, finalmente, parafraseando un texto litúrgico que fue redactado por motivo de la discusión antipelagiana, Elredo dice:
Por ello, en la amistad se unen la honestidad y la suavidad, la verdad y la fiesta, la dulzura y la firmeza, el afecto y las obras. Todas estas virtudes nacen en Cristo, por Cristo crecen y en Cristo se perfeccionan. No es, pues, difícil ni contrario a la naturaleza que ascendamos de Cristo -inspirador del amor con que amamos al amigo- a Cristo -que a sí mismo se nos ofrece como amigo para que lo amemos-, a fin de que a una suavidad siga la Suavidad, a una dulzura, la Dulzura y a un amor, el Amor. Así, si un amigo se adhiere a su amigo, en el espíritu de Cristo, llega a ser con él un solo corazón y una sola alma, y si asciende por este escalón de amor a la amistad con Cristo, se hace con él un espíritu en un beso. Por este beso cierta alma santa suspiraba diciendo: “Béseme con el beso de su boca” (Cant 1,1). (Libro 2, 20-21)
En el pensamiento de los Padres de la Iglesia (incluyo a Elredo como a Bernardo) lo sacramental, más allá de los sacramentos individualmente considerados, se refieren a Cristo mismo como sacramento por excelencia en quien, por eso mismo, sus acciones revisten el carácter de ejemplos para la imitatio, que permiten su concreción en la vida del cristiano. Recientemente el Papa Benedicto XVI se refirió a ello en la obra Jesús de Nazaret (Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección). Al analizar el lavatorio de pies de Cristo a sus apóstoles (cfr. Jn 13) Cristo dice a sus discípulos que les deja esta realidad como “ejemplo” que brota del “sacramentum” de la Última Cena. De este modo los apóstoles, obrando conforme a ese “exemplum”, realizarán el sacramento que Cristo les ha dejado como memorial y, por ello, será Cristo quien obre en ellos2. Dice así:
Los Padres han resumido la diferencia de los dos aspectos, así como sus relaciones recíprocas, en las categorías de “sacramentum” y “exemplum”: con “sacramentum” no entienden aquí un determinado sacramento aislado, sino todo el misterio de Cristo en su conjunto —de su vida y de su muerte—, en el que Él se acerca a nosotros los hombres y entra en nosotros mediante su Espíritu y nos transforma. Pero, precisamente porque este “sacramentum” «purifica» verdaderamente al hombre, lo renueva desde dentro, se convierte también en la dinámica de una nueva existencia. La exigencia de hacer lo que Jesús hizo no es un apéndice moral al misterio y, menos aún, algo en contraste con él. Es una consecuencia de la dinámica intrínseca del don con el cual el Señor nos convierte en hombres nuevos y nos acoge en lo suyo.

Esta dinámica esencial del don, por la cual Él mismo obra en nosotros ahora y nuestro obrar se hace una sola cosa con el suyo, aparece de modo particularmente claro en estas palabras de Jesús: «El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al Padre» (Jn 14,12). Con ellas se expresa precisamente lo que se quiere decir en el lavatorio de los pies con las palabras «os he dado ejemplo». El obrar de Jesús se convierte en el nuestro, porque Él mismo es quien actúa en nosotros3.
Hoy día nosotros reducimos lo sacramental a una realidad litúrgica que, con mucho, nos da fuerzas para tratar de vivir por nuestra cuenta el misterio cristiano. Y cuando se nos habla de “ejemplos” pensamos en gestos que se nos han dejado para imitar nosotros, y que hacen referencia a un plano principalmente exterior. En cambio, en el pensamiento de la Iglesia en el sacramento se encierra el ejemplo concreto de vida que, obrando conforme a ello, ya no es el cristiano, sino Cristo mismo quien obra en él (cfr. Gal 2, 20). Y esto es lo que Elredo refiere a la amistad cuando dice:
Podría contarte otros muchos ejemplos (exempla), pero sería de no acabar. Su misma abundancia nos impone silencio. Pero lo anunció Cristo Jesús; Él lo enunció y se multiplicaron incontablemente: “Nadie tiene, dijo, mayor dilección, que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). (Libro I, 30)4
Es en Cristo que los “exempla” de amistad tuvieron su origen, se multiplicaron y se siguen realizando en quienes lo imitan al Maestro. Y, de este modo, es Cristo quien sigue haciéndose presente como “el amigo” del hombre.

Cristo ha dejado en los sacramentos el dinamismo mismo de la vida de amor y amistad y, quien obra conforme a ello, como Él obró y amó, ya no es él, sino Cristo quien obra y ama en él. En efecto, él mismo dijo a sus apóstoles:


12 Este es el mandamiento mío:

que os améis los unos a los otros

como yo os he amado.

13 Nadie tiene mayor amor

que el que da su vida por sus amigos.

14 Vosotros sois mis amigos,

si hacéis lo que yo os mando.

15 No os llamo ya siervos,

porque el siervo no sabe lo que hace su amo;

a vosotros os he llamado amigos,

porque todo lo que he oído a mi Padre

os lo he dado a conocer. (Jn 15)
Esta inserción de la amistad en el plano de lo sacramental y ejemplar da tres connotaciones esenciales de la amistad que se deben puntualizar:


  1. la ubicación del tema de la amistad dentro del mundo de lo sacramental lleva a recordar que detrás de la amistad humana lo que está verdaderamente en juego es la amistad con Cristo.




  1. Que Cristo ha dejado las huellas inconfundibles (exempla) y muy concretas de cuál es el camino de toda verdadera amistad: dar la vida por el amigo.




  1. La no realización de la amistad en la vida de alguien debe ser un llamado de atención a recapacitar sobre su vida cristiana.

Es sobre esta base que las reflexiones de Elredo sobre la amistad adquieren su consistencia y coherencia.



  1. La amistad y la sacramentalidad de la Palabra.

Como ha señalado J. Leclercq en sus estudios sobre estos Padres cistercienses, la forma literaria de un escrito muchas veces dice más sobre el tema que se trata que los mismos conceptos. Por eso no es de extrañar que para abordar el tema de la amistad Elredo lo haga a través de un diálogo (en latín usa collatio y colloquium) en el cual, como dice, espera que no sea sólo entre dos (Elredo e Ivo) sino entre tres, pues debe estar Cristo. Detrás de este punto de partida metodológico y retórico, Elredo está dando la base de la sacramentalidad de la Palabra entre los amigos, como pilar que construye y sostiene toda la relación. Cristo es la Palabra hecha carne (Jn 1, 14-15) y por eso la relación fundamental que establece con todo hombre es una relación de Palabra, de diálogo. No es de doctrinas y conceptos, sino de locución y escucha, en un diálogo que es activo y dinámico, pues es Palabra viva y eficaz (cfr. Heb 4), no abstracta y conceptual. Y al decir sacramentalidad de la Palabra queremos decir el reconocimiento de que, detrás de las palabras del amigo, de su coloquio, es la Palabra de Cristo, es Cristo quien, en realidad, se hace presente.

Por eso, detrás del género literario del diálogo Elredo está diciendo tres cosas:


  1. En el diálogo se construye y consuma la relación de amistad pues es, ante todo, una transparencia, en la palabra, del uno con el otro (revelación de Dios a nosotros y de nosotros a Dios).

  2. En el diálogo se da la fuente del conocimiento de sí mismo (sólo nos conocemos en la palabra, no en la simple introspección).

  3. En el diálogo se manifiesta la pertenencia mutua con el amigo.

  4. En el diálogo se da la percepción de la dulzura de la Palabra y de la amistad.

Este último punto ha recuperado todo su valor gracias a los estudios que ha realizado De Lubac acerca de la exégesis medieval. En ellos afirma que el sentido más profundo que los Padres reconocían en la Palabra de Dios (y por eso también en la humana) es el sentido anagógico. El sentido anagógico de la Palabra (es el sentido contemplativo de las Escrituras) es el poder percibir en la Palabra la dulzura de las cosas y, en el caso particular de Elredo, la dulzura de la amistad y del afecto que encierra, lo que hace repetidas veces con las palabras del salmo 132 (“Ved qué dulzura qué delicia…”). Este rasgo es eminentemente bíblico pues es en la Palabra que está la res (realidad) de la cosa, no en el simple factum (hecho). Y ese sabor se descubre en el diálogo, en el que se hace actual la percepción de la dulzura de la palabra que se habla entre amigos5.

Y por eso el diálogo es, ante todo, fuente de verdad en su sentido más pleno y completo que pueda entenderse:
Si hay quien tenga de tal modo clausurado sus oídos a la verdad (aures veritati clausae sunt), que no quiera oír a su amigo decir lo verdadero (ut ab amico verum audire nequeant), desesperemos de su salud. Al respecto, dice Ambrosio: “Si sorprendes algún vicio en tu amigo, repréndelo secretamente; si no te escucha, corrígelo públicamente” (cfr. Mt 18, 15 ss.). Buena es la corrección, ciertamente mejor que amistad permisiva. Y si tu amigo se siente herido, corrígelo igual. Y si la amargura de la corrección lastima su corazón, corrígelo igual. Porque más tolerable es la herida que causa el amigo, que el beso del adulador." Por tanto, corrige al amigo que yerra. (Libro 3, 105-106)
Por otra parte, en muchos pasajes de su obra Elredo relaciona la amistad con la correptio que el amigo debe hacer al otro y que uno debe saber recibir del otro. Sin embargo es importante aprovechar este tema de la corrección, tan común en la tradición patrística y monástica (Elredo cita incluso el característico texto de Mt 18, 14), para resaltar el matiz propio y específico que tiene en Elredo. En efecto, la corrección y la amistad no son ninguna novedad en la tradición cristiana y monástica. Elredo conoce el tratado de Cicerón y, parece ser también, la Colación 16 de Casiano sobre la amistad. Sin embargo la gran novedad que introduce Elredo y el grupo de monjes cistercienses –y que ha sido calificado como el descubrimiento del individuo – es que la corrección ahora, y tal como se dio en Cristo, es fuente de amistad. ¿Por qué decimos esto? Porque en la Regla de san Benito, en Agustín y otros Padres, la corrección conduce a la santidad y a la caridad fraterna. Sin embargo no estaba en la mira esta situación tan particular que apunta a la profunda subjetividad de la persona: la corrección es fuente de amistad entre los dos que la aceptan y la viven por Cristo.

Es aquí donde se da la novedad del tema de la amistad tal como es tratado en el siglo XII: descubrir los movimientos más íntimos del alma en su subjetividad intransferible y, por eso mismo, estrictamente personales. Lo decimos con palabras de uno de los discípulos de J. Leclercq: Mientras el monacato de la época precedente había producido una teología de los misterios, o sea, una consideración prevalentemente objetiva de las diversas celebraciones litúrgicas correspondiendo a los diversos momentos de la historia de la salvación, con los Cistercienses tenemos ahora una teología de los estados místicos (=amistad), o sea, una atención y una descripción de los reflejos particulares, de las vibraciones que tales celebraciones suscitan en el alma creyente y orante. En Cluny el hombre entraba en el misterio, en Citeaux el misterio entra en el hombre. A la consideración de los aspectos objetivos se agrega, entonces, en un equilibrio delicadísimo y, podemos decir, único, la consideración de aquellos aspectos subjetivos, al “sacramentum” se une el “affectus”, a la “historia” de la Sagrada Escritura se une ahora la “pietas” y la “devotio”6.



Por eso, aunque Elredo aborde un tema ya conocido en la tradición de la Iglesia y en la monástica, sin embargo el enfoque es nuevo y con resonancias en la mística, en la teología y en la consideración comunitaria. Los mismos textos de los Hechos de los Apóstoles sobre la comunión primitiva de los cristianos ahora son vistos a una luz nueva: la interioridad y el mundo de sentimientos subjetivos que acompañan los distintos actos y situaciones de la vida de un cristiano. Y al ser una consideración sacramental no se trata de un simple cambio en las interrelaciones personales, sino de un nuevo modo de enfocar la unión con Cristo y su momento más pleno: la amistad, la participación de cada uno en el mundo interior del otro. Y, por eso mismo, a la vez que se descubre la propia interioridad, se descubre también la de Cristo y su amistad con sus discípulos. Elredo al final de su escrito sobre la amistad nos deja un ejemplo de esa relación de amistad con uno de los monjes del monasterio, entendida como una comunicación de los movimientos más íntimos del alma:
Rememorando ahora estas amistades, veo que la primera se apoyaba más en el afecto y la segunda en la razón, aunque aquella no carecía de razón, ni ésta de afecto. [120.] Además, el primero se me fue en los comienzos de nuestra amistad, lo elegí, pero no tuve tiempo de probarlo. El otro vivió entregado a mí y amado por mí desde la niñez hasta la mitad de su vida. Juntos ascendimos en la amistad hasta donde lo consintió nuestra imperfección. Sus virtudes inclinaron mi afecto hacia él. Yo lo había traído desde los países del sur a esta soledad norteña y lo había iniciado en la disciplina monástica. Desde entonces fue vencedor de su cuerpo, paciente en los trabajos y ayunos:- ejemplo para muchos, admiración de los más, mi gloria y mis delicias. Consideré que debía nutrirlo con los principios de la amistad, intuyendo que no sería carga para nadie y grato a todos. [121.] Iba y venía, dócil a las órdenes de los mayores, humilde, manso, de austeras costumbres, de poco hablar, desconocedor de disputas, murmuraciones y rencores. Alejado de la detracción, caminaba como sordo que no oye y mudo que no abre su boca.35 Se hizo semejante a un jumento: 36 marchando según el freno de la obediencia y llevando infatigablemente en su cuerpo y en su alma el yugo de la disciplina regular:7

Cierta vez, siendo todavía un niño y encontrándose en la enfermería, fue amonestado por mi santo padre y predecesor. 38 Le dijo éste que cómo era posible que siendo tan joven se entregara al descanso y la inercia. Quedó tan avergonzado que en seguida salió de allí, y tan fervorosamente practicó la disciplina del cuerpo, que durante muchos años ni urgiéndole graves enfermedades se consentía aminorar el rigor:"

[122.] Todo esto me conmovía entrañablemente y me inclinaba hacia él. De tal modo que, de inferior lo hice mi compañero; de compañero, amigo, y de amigo, amiguísimo! O Viendo que aventajaba a los ancianos en virtud y gracia, con el consejo de los hermanos le impuse la carga del supriorato. Tal cosa lo contradijo, pero, como se había entregado en total obediencia, se sometió modestamente. Sin embargo, cuando estábamos solos, para que le permitiera dimitir, alegaba su edad, su ignorancia y nuestra misma amistad ya iniciada, temiendo que el nuevo cargo pudiera acarrearle el amar menos o el ser menos amado. [123.] Al ver que nada obtenía con tales razonamientos" optó por manifestarme sus temores en lo que a nosotros nos concernía. Con toda humildad y modestia me dijo qué cosas había en mí que no le gustaban del todo. Cosa que hizo, según me confesó después, con la esperanza de que, por tamaña osadía, más fácilmente ceoiera yo a su pedido. Pero precisamente fue su libertad de juicio y expresión lo que estrechó del todo nuestra amistad, no siendo ya para mí el menor de mis amigos. Viendo que me complacía lo que hablaba, que respondía humildemente a todo, que le daba la razón en todo y que, en vez de ofenderme, sacaba mucho provecho, comenzó a amarme todavía más que antes, a ser más espontáneamente afectuoso y a volcarse en mi corazón." Así pudimos comprobar, yo, su libertad, y él, mi paciencia.

[124.] Cuando oportunamente tuve ocasión de reprenderlo, creí mejor reconvenirlo duramente; pero mi libertad no le causó impaciencia ni resentimiento. A partir de entonces, comencé a manifestarle mis secretos y se mostró fiel. Así creció el amor, entre nosotros, ganaron en calidez nuestros sentimientos y se fortaleció nuestra caridad hasta llegar felizmente a ser un solo corazón y una sola alma,42 un mismo querer, y un mismo no querer." Nuestro amor carecía de temor y desconocía la ofensa, no daba entrada a la sospecha y se horrorizaba de la adulación. [125.] Ninguna simulación [existía] entre nosotros, ninguna afectación, nada deshonestamente blando, nada inconvenientemente duro, ningún rodeo, nada anguloso. Todo [era] desnudo y abierto. Yo consideraba mi corazón como suyo, y el suyo como mío, lo mismo que él.

Así, rectilíneamente, ascendíamos en la amistad. La corrección no daba lugar a la indignación, ni el consentimiento a la culpa. Me daba pruebas de su amistad, mirando en todos sus actos a mi paz y tranquilidad. Se exponía a los peligros y obviaba los obstáculos que surgían. [i26.] Estando ya enfermo, quería procurarle un poco de alivio en las cosas temporales, pero él me lo prohibía diciendo que debíamos estar vigilantes para que nuestro amor no fuera medido por los consuelos, ni éstos atribuidos a un sentimiento carnal de mi parte, cosa que habría menguado mi autoridad.

Era como mi mano, como mi ojo y como báculo de mi senectud." Era el descanso de mi espíritu, el dulce solaz de mis dolores. En el seno de su amor me acogía cuando me pesaba el cansancio, sus consejos me recreaban cuando me invadían la tristeza y la angustia. [127.] Si estaba turbado, me pacificaba; si enojado, me aplacaba. Le refería mis contratiempos y lo que solo no podía, fácilmente cargaban nuestros hombres conjuntamente.

¿Entonces, qué? ¿Acaso no fue tener ya parte en la beatitud este así amar y' ser amado, así ayudar y ser ayudado, así volar alto desde la dulzura de la caridad fraterna hasta aquel lugar sublime en que resplandece la divina dilección y, por la escala de la caridad, subir unas veces juntos hasta el abrazo del mismo Cristo, descender otras al amor del prójimo para reposar suavemente allí? (Libro 3, 119-127)
Elredo es muy conciente del paso que está señalando dentro de la tradición espiritual de la Iglesia. Ya no se trata simplemente de un amor de hermandad más grande, sino de un amor de amistad inaugurado por Cristo en el marco de la Eucarística, tal como es vivida en las vísperas de su Pasión:
Te contaría otros muchos ejemplos, pero sería de no acabar. Su misma abundancia nos impone silencio. Pues lo anunció Cristo Jesús, y habló y se multiplicaron incontablemente:' Nadie tiene, dijo, mayor dilección, que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13).

[31.] JUAN. - ¿Concluimos, entonces, que no se distingue la caridad de la amistad?

[32.] ELREDO. - Al contrario, se distingue, y mucho. Por ley de la autoridad divina, son muchos más los que debemos recibir en el regazo de la caridad, que en el abrazo de la amistad. Manda la caridad que en el seno del amor deben entrar amigos y enemigos. Pero sólo damos el nombre de amigos a los que no tememos confiar nuestro corazón con todo que hay en él, a los que, por su parte, se sienten ligados a nosotros por la misma fidelidad y confianza. (Libro 1, 30-31)


  1. La amistad como fruto de la estabilidad

Tanto al comienzo como al final de su obra Elredo afirma, con palabras de san Jerónimo (Ep. 3, 6), que la amistad que puede terminar nunca lo fue. Esta constatación implica una observación que nos parece importante resaltar. En efecto, habitualmente la amistad, como el amor, se coloca al comienzo de un proceso y la estabilidad es su manifestación visible y concreta. En cambio, tal como lo presenta Elredo, y conociendo la base de su pensamiento teológico, que siempre tuvo la estabilidad monástica como modelo, el amor de amistad se presenta al final de un itinerario que está marcado, ante todo, por la estabilidad y la perseverancia.

En el Libro II, 88, al hablar del cultivo de la amistad dice así:
EL CULTIVO DE LA AMISTAD

[88.] Ya es tiempo de tratar sobre la manera de cultivar la amistad. El fundamento de toda amistad estable y constante es la fidelidad. El infiel no puede ser estable". Los amigos deben ser sencillos, comunicativos, concordes, atraídos por las mismas cosas. Tales cualidades son propias de la fidelidad. Pues no puede ser fiel el de intención doble y tortuosa. Tampoco los que no se sienten atraídos por lo mismo ni concordes pueden ser fieles y estables" (Firmamentum igitur stabilitatis et constantiae in amicitia, fides est: nihil est enim stabile, quod infidum est. Simplices quippe, et communes, et consentientes, et qui iisdem rebus moveantur, esse debent amici ad invicem; quae omnia pertinent ad fidelitatem. Non enim fidum potest esse multiplex ingenium et tortuosum. Neque vero hi qui non eisdem rebus moventur, nec eisdem consentiunt stabiles esse possunt, aut fidi.) (Libro 2, 88)
El itinerario que Elredo señala al amor de amistad tiene un componente realista, una realidad exterior en común, que normalmente se pasa por alto al hablar del amor y de la amistad, a tal punto que queda reducido a un tema de sentimientos interiores, sin sustrato exterior que lo sostenga. Elredo presenta un itinerario cuyas etapas podrían presentarse así:



  1. de compartir las mismas cosas y el “estar con”:

De hecho todos sabemos que es así como crece el amor en la vida: alguien entra en contacto con otra persona por un trabajo, ocupación o cualquier situación que los lleva a estar juntos. Al principio se encuentra el “estar con”, como forma primera de amor. Se da un gusto o amor por las mismas cosas, sea lo que sea. Este es, para Elredo, el proceso mismo del amor de Cristo. Cristo, en cuanto Hijo de Dios hecho carne, “aprendió por los padecimientos…” (cfr. Heb 5, 5) lo que es obedecer y amar. Nosotros estamos habituados a considerar que Cristo, al ser Dios, rebosó de amor por los apóstoles y por los hombres desde el comienzo de su misión y obra apostólica. Dios sí, pero Cristo creció en el amor con el mismo dinamismo que ese amor tiene en todo hombre: de la participación con los apóstoles en una tarea común hasta el amor y la amistad con ellos. Cristo comenzó llamando a los suyos, viviendo con ellos, compartiendo tareas y fatigas, propósitos y objetivos, sufrió la incomprensión de ellos y las mismas ambiciones humanas mezcladas con su seguimiento, hasta llegar la Semana Santa en la que los apóstoles hacen manifiesto la fragilidad de sus promesas por Cristo. Lo que se celebra en Pascua es, ante todo la perseverancia de Cristo hasta el fin en una total obediencia a la voluntad del Padre, sin vivir un rechazo por aquellos mismos que lo entregaban o traicionaban.



b. el triunfo del amor sobre el pecado
Ante la revelación del fracaso y vacío del amor de los apóstoles por Cristo, Él les revela, por el contrario, no sólo que los sigue amando, sino que los ama más que antes porque, como le dirá a san Pablo, su amor triunfa en nuestra debilidad (2Cor 10). Lo que encierra el Misterio Pascual de Cristo no es simplemente un amor que supera todos los obstáculos, sino un amor que se forma a partir y gracias a los obstáculos. Y ese amor supera el pecado de ellos y, por eso mismo, supera la muerte y el sepulcro. Es ante la manifestación de ese amor suyo, que se ha hecho fuerte gracias al mismo pecado de los apóstoles, que Cristo los llama “amigos” (Jn 15). El amor es una victoria sobre el rechazo que podría haberse dado con sus mismos apóstoles y que, normalmente, lleva a la ruptura y la separación entre los hombres. En Cristo, en su Pascua, se celebra lo contrario: ante todos los elementos que en los hombres llevan al fin de una relación, en Cristo, por el contrario, hizo nacer el verdadero amor de amistad por los suyos. La victoria de Cristo sobre la muerte es la victoria de Cristo sobre todo lo que pudo haberle llevado a rechazar a aquellos que le habían prometido mucho, pero finalmente le vendieron, negaron y abandonaron. Cristo resucitado vuelve a los suyos, no los deja y, a su vez, les pregunta si lo aman (cfr. Jn 21).

Este es el gran itinerario que se desarrolla en la historia de la salvación que comienza con un Dios que desde la zarza le dice a Moisés, “Yo Soy El que soy”:


Moisés dijo a Dios: « ¿Quién soy yo para ir al faraón y sacar de Egipto a los israelitas?» Dios le respondió: «Yo estaré contigo y ésta será la señal de que yo te envío: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte.»

Contestó Moisés a Dios: «Si voy a los israelitas y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”; y ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?» Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.» Siguió Dios diciendo a Moisés: «Así dirás a los israelitas: Yahvé, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre, por él seré recordado generación tras generación. (Ex 3, 11-15)
El mismo ser de Dios garantiza su “presencia con” Moisés y el pueblo, y promete esa presencia, saliendo de Egipto y peregrinando por el desierto hasta Palestina. Y al final de todo ese recorrido, de toda esa historia de salvación plagada de infidelidades de parte de Israel, Dios termina revelando en Cristo que los ama hasta el fin (Jn 13, 1-3; 1Jn 4). El mismo evangelio de san Juan sintetiza ese recorrido al decir al comienzo, en el Prólogo: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1 ,15). Al principio se da el “estar con”; luego se da la perseverancia y estabilidad hasta el fin; y finalmente, como fruto, nace un amor que supera o ha superado todas las causas de muerte. Y termina con esa triple confesión de Pedro sobre su amor por Cristo (Jn 21). Pero ese amor de Cristo superó el rechazo y el resentimiento por todo lo vivido. Es así como se recuerda en cada Eucaristía esa historia de Dios con nosotros y que está contenida en la gran Anáfora eucarística. Se trataría de una burda simplificación el pensar que el amor de Dios estuvo desde el comienzo como una fuerza invencible e inconmovible, que nada lo pudo con-mover ni hacer vacilar, lo que haría de Él un Dios más cercano a la Estoa y la filosofía griega, que al Evangelio. De no verse así el proceso del amor, la presentación de Elredo queda debilitada de raíz.
c. La amistad que supera el pecado y la muerte
Es por eso que la forma primera del amor es un estar-con y compartir las mismas cosas (realidades, no simples sentimientos), y por el crecimiento, la estabilidad y la paciencia en todos los avatares de la vida y la superación del desamor (en todas sus múltiples formas) no sólo nace el verdadero amor de Dios por nosotros, sino que se revela que ese amor es una amistad con el hombre: la filantropía. Ése es el amor que señala Elredo: no el amor que llega hasta la Cruz, sino el amor que surge de la Cruz y por la Cruz, y que deja atrás la misma muerte en todas sus formas (rupturas, hartazgos, rechazos, incompatibilidades, inmadurez, limitaciones). No se trata del desarrollo de un sentimiento preexistente, sino del fruto de una estabilidad en algo real y concreto (diríamos el día a día, sea cual sea), que lleva a amar a aquel con quien estamos compartiendo esas realidades de la vida y, superando las habituales causas de ruptura y separación. Por ese camino se llega a un amor con causas y motivos que nunca antes podrían haberse reconocido ni descubierto. Podríamos parafrasear a san Juan diciendo así:
Nadie tiene amor más grande que el que dio la vida por sus amigos. (Jn 15, 13)
Varias veces Elredo presenta este texto de san Juan. Sin embargo su traducción admite esta variante que, por otra parte, nos parece que hace manifiesta la verdadera revelación del amor que se hace en la Pascua de Cristo. El amor y la amistad no son un presupuesto para dar la vida, sino que son su fruto:

[33.] ELREDO. - El mismo Cristo fijó cierta meta cuando dijo: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13) Aquí tenéis hasta dónde debe llegar el amor en la amistad: hasta dar “la vida por el amigo”. ¿Os basta?

[34.] GRACIANO. - ¡Claro que sí! Porque la amistad no puede ser más grande.

[35.] WALTER DANIEL. - ¿Y si los malos o los paganos, viviendo concordes en la infamia y la torpeza, se amaran hasta dar la vida, tendremos que admitir que alcanzaron la cumbre de la amistad?
LA AMISTAD SÓLO EXISTE ENTRE LOS BUENOS

[36.] ELREDO. - En absoluto. No puede existir amistad entre los pésimos.

[37.] GRACIANO. - Por favor, dinos entre quienes puede nacer y conservarse.

[38.] ELREDO. - En pocas palabras: la amistad puede nacer entre los buenos, progresar entre los mejores y consumarse entre los perfectos." Tiene su origen en el aprecio de la virtud. Por eso, ¿cómo podría aspirar a ella el que se deleita deliberadamente en el mal? (Libro 2, 33-38)
Elredo aclara que la amistad no es principio de estabilidad y virtud, sino el fruto de ellas. Esto da a la amistad un contenido real, en el cual ser perseveró, se luchó, y no queda reducida a un simple sentimiento interior. Son esas virtudes y esas disposiciones las que dan a luz la amistad, no al revés. Y por eso, al referirlos a Cristo hay que decir: es la Cruz la que da a luz la amistad de Cristo por sus discípulos y los hombres, y no al revés.


  1. La sacramentalidad del cuerpo (caro salutis cardo)

Desde el comienzo de esta exposición hemos insistido en la dimensión sacramental que Elredo le atribuye al amor de amistad. Sin embargo no siempre somos consecuentes con lo que significa la economía de lo sacramental. Repetimos palabras de Burton quien comenta la obra de Elredo sobre la amistad diciendo: “No es preciso insistir. En estas líneas sentimos cómo resuena el eco de las aspiraciones más profundas de Elredo, las mismas que enunciaba en el libro 2 del Espejo, cuando hacía decir a uno de sus novicios que en Rieval existía: “tal unidad y armonía, que lo que era de cada uno pertenecía a todos (singula omnium) y que todo era de cada uno (omnia singulorum; Libro 2, 43)”. ¿Y no es precisamente este “principio” de compartir y poner en común los bienes (materiales y espirituales) – en una palabra, la “reciprocidad de conciencias” – lo que desea constantemente establecer, en la amistad y en la vida comunitaria, como fundamento de todas las relaciones humanas, y cuyo “modelo” y “plenitud” encuentra ahora en la comunión de los santos?”7.



Nuevamente es necesario invertir los términos de la relación causal. Estamos habituados a pensar que la amistad lleva a compartir todo, tal como lo testimonian los textos de la comunidad de los Hechos de los Apóstoles, que Elredo cita con tanta frecuencia:
No te digo que entre los creyentes te pueda citar tres o cuatro, sino miles de amigos, prontos a morir los unos por los otros al modo de Pílades y Orestes: cuyo mutuo amor celebran los paganos como un milagro. ¿Acaso, según la definición de Tulio, no poseían la virtud de la verdadera amistad aquellos de quienes se escribió que “la multitud de los creyentes era un solo corazón y una sola alma; ninguno decía que algo fuese suyo, sino que todas las cosas les eran comunes” (Hech 4, 32)? (Libro 1, 28)
Sin embargo el orden de lo sacramental revela la verdadera naturaleza de este proceso y del camino de la amistad: es en la capacidad de poner en común las cosas propias con el otro lo que lleva a la profunda amistad espiritual, interior. O, dicho al revés, normalmente las rupturas de amistad se da por lo que llamamos “cosas materiales” y sus efectos sobre nosotros (gustos, preferencias, horarios, hábitos). El no poder poner todo lo nuestro a disposición del otro termina generando disposiciones interiores que hacen terminar la relación. Por el contrario, la capacidad de que todo lo de uno sea del otro, renunciando a cada paso a apropiarnos, imponer gustos, horarios, etc. va generando una libertad interior y una caridad que es como oro pasado por el crisol.
La economía de la salvación inaugurada por la Resurrección de Cristo es netamente sacramental y por eso tiene un dinamismo que, por la cultura espiritualizada de hoy, se rechaza sin saberlo. Ese dinamismo, que es el que Elredo conoció en la vida monástica y va de las cosas exteriores (bienes, cosas en común, hecho y circunstancias, estabilidad) hacia las interiores (alma, afectos, virtudes). La amistad, para Elredo, tiene en esas cosas exteriores su vitalidad, pero también sabe que suele ser el origen de su destrucción. En el siguiente pasaje podemos ver cómo Elredo describe este proceso:
Por consiguiente, de tal modo debes dar a tu amigo que no lo avergüences, sin esperar mercedes, no con cara de piedra, sin darle vuelta la cara, no apartando tu mirada, sino con faz serena, semblante afable y palabras festivas, sal al encuentro de su demanda. Ve hacia él con benevolencia para que no parezca que te haces rogar para darle lo que pide... Al que tiene un alma pudorosa, nada le causa tanta vergüenza como tener que pedir. Si debes ser “un solo corazón y una sola alma con tu amigo”, sería injurioso no poner en común también tus bienes. Al respecto, guárdese esta norma entre amigos: de tal modo deben ofrecerse a sí mismos y dar sus cosas, que el que da conserve la alegría y el que recibe no pierda toda seguridad. [100.] Cuando Booz advierte la pobreza de Rut, la moabita, que espiga detrás de sus segadores, le habla, la consuela, la invita a comer con sus empleados y, para evitarle toda vergüenza, manda a sus obreros que vayan dejando caer espigas que ella pueda recoger sin rubor: Es así como debemos nosotros indagar sutilmente las necesidades de nuestros amigos y prevenir su pedido de favores, guardando un modo tal de dar, que, más que el que lo hace, sea el que recibe quien piense que presta un servicio. (Libro 3, 99)
Es por la forma de manejarse en este compartir las cosas exteriores que nace y se consolida en el fondo del alma la amistad firme y estable.
Este orden de lo sacramental es el que se revela en la Pasión de Cristo que, sin embargo no lo hacemos extensivo al resto de la vida de cada día. Con ello queremos decir que las disposiciones de amor más grandes y generosas se generan en el interior por la forma en que asumimos los padecimientos en el cuerpo, sea por cansancio, por entrega, por molestias que produce el amigo, tal como Cristo lo vivió por los suyos. Y ello tiene su punto final de convergencia en la entrega de la propia humanidad, del propio cuerpo, por lo que Elredo equipara el amigo al mártir, tal como dice al comienzo del Libro 1:

[28.] No te digo que entre los creyentes te pueda citar tres o cuatro, sino miles de amigos, prontos a morir los unos por los otros al modo de Pílades y Orestes: cuyo mutuo amor celebran los paganos como un milagro. ¿Acaso, según la definición de Tulio, no poseían la virtud de la verdadera amistad aquellos de quienes se escribió que la multitud de los creyentes era un solo corazón y una sola alma; ninguno decía que algo fuese suyo, sino que todas las cosas les eran comunes? 22 [29.] ¿Cómo entre ellos, que eran un solo corazón y una sola alma, no se iba a dar un sumo consenso en las cosas divinas y humanas, con caridad y benevolencia? ¿Cuántos mártires entregaron sus vidas por sus hermanos? i Cuántos no ahorraron bienes, ni trabajos, ni el tormento de sus propios cuerpos! Creo que habrás leído muchas veces, y no sin lágrimas, la historia de aquella joven antioquena, librada de un lugar infame por la treta feliz de un militar, que después tuvo como compañero de martirio al que, en el prostíbulo, fue guardián de su pudor:" (Libro 1, 28)
En varios otros pasajes Elredo repite este punto culminante y máximo de la amistad como capacidad para dar incluso el propio cuerpo por el otro. Con ello podemos entender el martirio o, en una escala menor, el cansancio, el stress, agotamiento, el desgaste nervioso. Todo ello hace al cuerpo y pone a disposición del amigo lo más grande que tiene todo amigo: toda su humanidad, no sólo su alma, sino su propio cuerpo. De este modo el amor humano, que siempre conlleva una referencia al cuerpo, sale de los estrechos límites del repliegue sobre sí que le impuso el pecado. Mientras el pecado busca en este orden del cuerpo que el del amigo sea puesto a disposición del mío, ahora nos encontramos con su verdadero orden y sentido. No es que la amistad se agote en un puro plano espiritual, siempre conlleva lo corporal. Pero ahora el cuerpo es vivido como ofrenda que es capaza de soportar todo por el amigo: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por su amigo (Jn 15, 13). Esto es lo que en el vocabulario patrístico recibía el nombre de amor “casto”: más que buscar el cuerpo del otro para mí, ofrezco el mío en la Cruz de cada día por el otro.

Esto no debe sorprendernos pues es así como Cristo lo manifestó en la Cruz a sus discípulos. Fue lo que Pedro no pudo hacer por su Maestro y los demás discípulos que huyeron. Todos participaban de la doctrina del Señor, pero ninguno pudo llevar ese amor hasta entregar por él su propio cuerpo en la cruz, salvo como lo harán después de la Resurrección del Señor, por obra del Espíritu que ha transfigurado sus propias humanidades.

Elredo es totalmente fiel a la doctrina de la Iglesia que, en los primeros siglos del cristianismo, sólo aplicó el título de “amigo” de Cristo a los mártires. En efecto, fue el mártir quien recibió primero el título de “amigo de Dios”8, título que Doroteo de Gaza aplicará a estos primeros monjes santos (Antonio y Pacomio) porque ofrecieron su pobreza y su castidad, es decir, su cuerpo a Dios:
Esto es cosa sabida de los santos. Por una vida entera de humildad buscaron unirse a Dios. Hubo amigos de Dios que, siguiendo el santo bautismo no sólo renunciaron a los actos a los que los impulsaban las pasiones, sino que también quisieron vencer a las pasiones mismas, llegando a la impasibilidad: así San Antonio, Pacomio y otros Padres teóforos (οἷος ἦν ὁ ἅγιος ᾿Αντώνιος καί Παχώμιος καὶ οἱ λοιποὶ θεοφόροι Πατέρες). Por ello concibieron para ellos una vida apartada, una conducta especial, es decir la vida monástica, y así empezaron a abandonar el mundo para habitar en los desiertos, viviendo en medio de ayunos, incomodidades, vigilias y otras mortificaciones, en una total renuncia a su patria, a sus familiares, a las riquezas y a los demás bienes... Y es por esta razón por la que los Padres, no contentos con guardar los mandamientos, ofrecieron también regalos a Dios (προσήνεγκαν τῷ θεῷ); esos regalos son la virginidad y la pobreza. En realidad no son mandamientos sino regalos. En ninguna parte está escrito: “No tomarás mujer ni tendrás hijos”. Cristo no dio un mandamiento cuando dijo: Vende todo lo que posees. Pero sí cuando el doctor de la Ley le preguntó: Maestro, ¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?, El le respondió: Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio contra tu prójimo, etc. Pero al decirle que todo eso ya lo había guardado desde su juventud, Cristo le dijo: Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees, dáselo a los pobres, etc. (Mt 19, 16-21). (Did. 1,11-12)

Esa referencia al joven rico refuerza lo que estamos diciendo. Cristo lo llamaba a la amistad más grande con Él, y para ello le pidió vender sus bienes y seguirlo (Mt 19, 16), y el joven no pudo. Es llamativo: el joven rico había alcanzado las cimas más elevadas de la espiritualidad de la Ley Antigua, pero no pudo con la nueva, es decir, dar sus bienes y su cuerpo a Cristo.



Elredo muestra que no hace falta llegar al martirio sangriento por el amigo. Bastan las pequeñas “mortificaciones” de cada día que el amigo sabe soportar por el amigo, pero que sabemos no son las más fáciles. Elredo cuenta lo que hizo con su último amigo:
Consideré que debía nutrirlo con los principios de la amistad, intuyendo que no sería carga para nadie y grato a todos. Iba y venía, dócil a las órdenes de los mayores, humilde, manso, de austeras costumbres, de poco hablar, desconocedor de disputas, murmuraciones y rencores. Alejado de la detracción, caminaba como sordo que no oye y mudo que no abre su boca. Se hizo semejante a un jumento: marchando según el freno de la obediencia y llevando infatigablemente en su cuerpo y en su alma el yugo de la disciplina regular: Cierta vez, siendo todavía un niño y encontrándose en la enfermería, fue amonestado por mi santo padre y predecesor. Le dijo éste que cómo era posible que siendo tan joven se entregara al descanso y la inercia. Quedó tan avergonzado que en seguida salió de allí, y tan fervorosamente practicó la disciplina del cuerpo, que durante muchos años ni urgiéndole graves enfermedades se consentía aminorar el rigor:"

Todo esto me conmovía entrañablemente y me inclinaba hacia él. De tal modo que, de inferior lo hice mi compañero; de compañero, amigo, y de amigo, amiguísimo!... Así pudimos comprobar, yo, su libertad, y él, mi paciencia. Cuando oportunamente tuve ocasión de reprenderlo, creí mejor reconvenirlo duramente; pero mi libertad no le causó impaciencia ni resentimiento. A partir de entonces, comencé a manifestarle mis secretos y se mostró fiel. Así creció el amor, entre nosotros, ganaron en calidez nuestros sentimientos y se fortaleció nuestra caridad hasta llegar felizmente a ser “un solo corazón y una sola alma”, un mismo querer, y un mismo no querer." Nuestro amor carecía de temor y desconocía la ofensa, no daba entrada a la sospecha y se horrorizaba de la adulación. Ninguna simulación [existía] entre nosotros, ninguna afectación, nada deshonestamente blando, nada inconvenientemente duro, ningún rodeo, nada anguloso. Todo [era] desnudo y abierto. Yo consideraba mi corazón como suyo, y el suyo como mío, lo mismo que él. (Libro 3, 121-125)
[133.] A esto hay que añadir la oración de uno por otro, que es tanto más eficaz cuanto más afectuosamente se remite a Dios el recuerdo del amigo con el correr de las lágrimas que provoca el temor, excita el afecto o engendra el sufrimiento. Así, orando a Cristo por el amigo y queriendo ser escuchado por Cristo, en su favor tenderá a Cristo mismo, anhelante y diligentemente cuando, de manera súbita e insensible, pasando de afecto a afecto, como si estuvieran próximos, como si tocase la dulzura de Cristo mismo, comenzará a saborear qué dulce es y a sentir cuán suave es.
Podemos preguntarnos si nosotros hubiésemos soportado ese trato y si algún día hubiésemos llegado a ser amigos de este Elredo, abad y maestro de Rieval.



  1. La consumación de la amistad plena en el Cielo?

Finalmente me atrevo a hacer una puntualización sobre el final de la obra de Elredo y el modo en que es interpretada hoy. El texto dice así:


Así, del santo amor con que se abraza al amigo, nos elevamos a aquel amor con que se abraza a Cristo, saboreando con gozo y a boca llena el fruto de la amistad espiritual cuya plenitud esperamos en la eternidad cuando desaparezca el temor que ahora sentimos unos por otros y nos llena de cuidados, expoliadas todas las contrariedades que ahora debemos soportamos, destruido el aguijón de la muerte por la muerte misma, cuyas punzadas ahora nos infligimos. Entonces, nacido ya el sosiego, gozaremos de aquel sumo Bien de la eternidad. Esta amistad, a la que aquí a pocos admitimos, se trasvasará a todos y desde todos se vertirá en Dios para que Dios sea todo en todos. (Libro 3, 134)
Habitualmente cuando oímos palabras como estas, referidas a la vida del Cielo solemos interpretarlas en un sentido reductivo. En efecto, si bien en esa vida se dará, como dice Elredo, “el gozo del Sumo Bien” y una amistad sin límites de personas, sin embargo con ello está suponiendo todo lo anteriormente dicho en su obra acerca del valor salvífico del camino de la amistad en Cristo en la vida presente. Y lo que fue muy claro a lo largo de toda su obra es que lo propio de la amistad se realiza en esta vida y sólo tendrá su consumación en la otra. Y, como es lógico, no habrá “consumación” de lo que no hubo iniciación.

En efecto, como dijo el Señor mismo: “el Reino de Dios está en medio de vosotros” (Lc 17,21). Por eso, si bien se puede encontrar en la vida futura una restauración y un encuentro con Cristo pleno, sin embargo nunca podrá rehacerse lo que significa el haber pasado a su lado y no haberlo reconocido como Aquél que, desde ahora pedía nuestra amistad. Por eso, si bien en el futuro se dará ese encuentro de amistad con Cristo, sin embargo nunca podrá rehacerse el llamado que nos hizo Cristo a verlo como amigo en nuestros hermanos tal como Él dirá: “Lo que hicisteis con ellos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25). Y, por eso mismo, nadie podrá dar lo que vivió aquél que supo verlo y encontrarlo tal vez desde una edad temprana de su vida y haber recorrido todo el camino de esta vida con Cristo como compañero y amigo entrañable:


ELREDO. - Esta es aquella admirable y magnífica felicidad que esperamos. Dios mismo la realiza entre él y su creatura redimida, y derrama tanta caridad y amistad entre los mismos grados y órdenes que distinguió, entre todos los que eligió, que cada uno puede amar al otro como a sí mismo y regocijarse por la felicidad ajena como lo hace de la propia. Esta beatitud de cada uno es de todos, y toda la beatitud universal es de cada uno. Allí no hay pensamientos secretos ni afectos disimulados. Esta es la verdadera y eterna amistad incoada aquí y que allá se perfecciona. Que es de pocos, donde son pocos los buenos, y es de todos, donde todos lo son. Aquí es necesaria la prueba, porque andan mezclados los sabios y los tontos; allá no es necesario probar a los que santifica aquella perfección angélica y, en cierto modo, divina.

Según este modelo, procurémonos amigos a los que podamos amar no de modo distinto de lo que nos amamos a nosotros mismos, ante quienes podamos exponer todos nuestros secretos -siéndonos patentes, al mismo tiempo, todas sus cosas-, que se muestren firmes y estables y constantes en todo. ¿Crees acaso que puede haber algún mortal que no quiera ser amado”. (Libro 3, 79-80)


1 Por eso dice también Elredo que la amistad verdadera se da entre tres, pues cuando ella se da se hace presente el tercero, Cristo (cfr. Libro 1,8.10).

2 Elredo presenta el mismo pasaje y su referencia ejemplas en el Libro III, 117.

3 Cfr. Jesús de Nazaret, desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Madrid 2011, 78-80. El texto sigue diciendo: A partir de esto se entiende también el discurso sobre el «mandamiento nuevo» con el que, tras las palabras sobre la traición de Judas, Jesús vuelve a retomar la invitación a lavar los pies unos a otros, elevándolo a rango de principio (cf. 13,14s). ¿En qué consiste la novedad del mandamiento nuevo? Puesto que, a fin de cuentas, aquí entra en juego la novedad del Nuevo Testamento y, por tanto, la cuestión sobre «la esencia del cristianismo», es muy importante escuchar con especial atención. Se ha dicho que la novedad, más allá del mandamiento ya existente del amor al prójimo, se manifiesta en la expresión «amar como yo os he amado», es decir, en amar hasta estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro. Si consistiera en esto la esencia y la totalidad del «mandamiento nuevo» entonces habría que definir el cristianismo como una especie de esfuerzo moral extremo. Así interpretan muchos también el Sermón de la Montaña. Respecto al antiguo camino de los Diez Mandamientos, que indicaría algo así como la senda normal para el hombre común, el cristianismo habría inaugurado con el Sermón de la Montaña el camino más elevado de una exigencia radical, en la cual se habría manifestado en la humanidad un grado superior de humanismo.

4 Elredo pone su amistad con Ivo como “exemplum” que lleva a la “imitatio”: Inserté aquí la narración de aquella amistad nuestra, a modo de ejemplo, por si veis algo digno de imitación que os pueda aprovechar. (In hac igitur amicitia nostra quam exempli gratia inservimus, si quid cernitis imitandum, ad vestrum id retorquete profectum. Sed ut tandem collationem hanc nostram, Libro 3, 127).

5 Basta para ello ver la cantidad de veces que Elredo se refiere a la “dulzura” y “suavidad” que es el diálogo entre los amigos.

6 PENCO G., Senso dell’ uomo e scoperta dell’ individuo nel monachesimo dei secoli XI e XII, en Benedictina 37/2 (1990) 311.

7 ELREDO DE RIEVAL, La amistad espiritual, Burgos 2002, LIII-LIV.

8 DELEHAYE H., Sanctus. Essai sur le culte des saints dans l’antiquité, Bruxelles-Paris 1927, 248.




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