La abstinencia tan temida



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Juan Carlos Onetti

LA ABSTINENCIA TAN TEMIDA

A principios de 1974, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti fue encarcelado por ser parte del jurado que premió el cuento “El guardaespaldas”, de Nelson Marra. La dictadura de ese país encontró en el cuento elementos condenables de todo tipo. La cárcel fue para Onetti un infierno. La anécdota sirve para recordar, a diez años de su muerte, a un escritor que siempre se las ingenió para escapar de los estereotipos del llamado boom latinoamericano y de tener a mano un cigarro y un vaso de whisky.

Por Ramón D. Tarruella



El gol de Onetti

El actor Vittorio Gassman, en una biografía, había confesado que entre los personajes públicos que admiraba estaban Saúl Bellow y Elsa Morante, Ricardo Mutni, el novelista Juan Carlos Onetti y el jugador francés Michael Platini. Al poco tiempo de editarse las confesiones del actor italiano, Onetti había declarado que le entusiasmaba la idea de estar al lado de Platini. “Me llena de ilusión la idea de que un día seamos ‘el futbolista Onetti y el novelista Platini’, porque con el correr del tiempo, se van a entreverar los términos y no faltará alguno que diga: ‘Aquel gol de Onetti... ¡Inolvidable!’”.

Más allá de cualquier suspicacia o de un desinterés intencional, Juan Carlos Onetti fue un escritor que siempre se mantuvo a las márgenes de los ambientes literarios, se distanció de los compromisos políticos que la izquierda intelectual impuso como moda en los años ‘60 y cuando adoptó un mínimo compromiso, la moda ya había pasado, rezongaba ante cada entrevista... Y tuvo pocos amigos escritores. En realidad, tuvo pocos amigos. Al igual que sus personajes, desoyó al éxito; de mirada hosca y poco efusiva, prefirió encerrarse en una habitación a tomar alcohol y a leer una novela por décima vez que a salir en público o asistir a la entrega de algún premio que terminaba perdiendo.

Cuando en la década del ’60 las editoriales europeas comenzaron a difundir a los nuevos escritores latinoamericanos, muchos autores que ya venían publicando décadas atrás se sumaron, sin querer queriendo, al llamado boom. En esa lista estaba Juan Carlos Onetti, que había editado su primer novela, “El Pozo”, en 1939, cuando vivía en Buenos Aires. Para Mario Vargas Llosa, se trató de la primer novela moderna de Hispanoamérica.



Onetti compartió conferencias, entrega de premios, congresos en diferentes ciudades del mundo con escritores del boom latinoamericano como Gabriel García Márquez, los peruanos Vargas Llosa y José María Arguedas, el paraguayo Augusto Roa Bastos, los mexicanos Carlos Fuentes y Octavio Paz, Julio Cortázar, el guatemalteco Miguel Angel Asturias. Sin embargo fue muy amigo del mexicano Juan Rulfo, con quien disfrutó largas horas de charlas y de alcohol. Onetti buscaba amigos reacios a los micrófonos, entre ellos el peruano José María Arguedas, quien había retratado esos ambientes como bien lo podía haber hecho Onetti: “Perdónenme los amigos de Fuentes (Carlos), entre ellos Vargas Llosa y este Cortázar que aguijonea con su ‘genialidad’, con sus solemnes convicciones de que mejor se entiende la esencia de lo nacional de las altas esferas de lo supranacional”.
El cuento de Mister Curtis

En junio de 1939 salió el primer número del semanario Marcha, una idea original de Carlos Quijano. Durante décadas fue un lugar de expresión de la izquierda uruguaya y de los escritores y periodistas que iban surgiendo. El secretario de redacción fue Juan Carlos Onetti, encargado de la sección literaria. Entre ese año y hasta 1974, cuando la dictadura militar clausuró el semanario definitivamente, Onetti publicó sus principales obras: las novelas La Vida Breve (1950), Los Adioses (1953), El Astillero (1961), Juntacadáveres (1964), entre otras, y la mayoría de sus libros de cuentos.

El Astillero le permitió a Onetti ser leído en otros países del mundo, luego de acumular reconocimientos internacionales. Poco tiempo después, su agente literario pasó a ser la española Carmen Balcells, la madame de los escritores del boom latinoamericano.

Su estilo, mas allá de las variaciones entre una y otra obra, se mantuvo fiel y no necesitó aggionarse al mercado que imponían los nuevos lectores de Europa. En El Pozo el personaje Elanio Linacero descubrió su entorno, su mugre y la soledad, encerrado en su pensión un día antes de cumplir 40 años. Linacero reunía las características de sus otros personajes que se fueron repitiendo en futuras novelas y cuentos. Onetti construyó un mundo con personajes que deambulaban en uno y otro relato, Larsen, Jeremías Petrus, el doctor Diaz Grey. Y como el Macondo de García Márquez o el Pedro Páramo de Juan Rulfo, Onetti inventó una ciudad, Santa María, donde sus personajes podían derrochar su escepticismo, su mirada del mundo gris y ácida, donde todo podía suceder y a la vez donde todo podía permanecer como si entonces. Los personajes deambulaban por ese mundo con un cigarro en la boca, solos y apesadumbrados, buscando un bar para pasar el resto del día bebiendo, como su propio inventor.

La coyuntura política internacional que acompañó la edición de El Pozo desparramó un escepticismo del que Onetti nunca pudo desprenderse. En 1933 se produjo el primer golpe militar en Uruguay que, al igual que el que derrocó a Yrigoyen en 1930 en la otra orilla del Río de La Plata, despojó del poder a las políticas sociales con las que Onetti simpatizaba. Unos años después, la derrota de los Republicanos en la Guerra Civil Española fue otro revés que debió padecer.

En 1973, el presidente Juan María Bordaberry disolvió el parlamento uruguayo y se rodeó de las altas esferas militares para darle una nueva forma a su gobierno. El semanario Marcha había lanzado la convocatoria para un concurso de cuentos. El jurado estaba integrado por Mercedes Rein, el editor y crítico Jorge Ruffinelli, el periodista Carlos Quijano y Juan Carlos Onetti.


Por esos años, Nelson Marra pensaba cruzar el charco para estudiar cine en la Universidad de la ciudad de La Plata. Mientras esperaba la concreción de su objetivo, mandó al concurso organizado por Marcha el cuento “El Guardaespaldas” con el seudónimo “Mr. Curtis”. Tenía 31 años y había publicado dos libros de poemas, uno de ensayo y uno de cuentos.

El jurado había pautado el anuncio del veredicto del concurso para septiembre de 1973. Onetti, antes de viajar a España para dar unas conferencias, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica, había dejado en claro que el cuento “El Guardaespaldas” era el que más le gustaba.

Había llegado diciembre, Onetti regresaba de España y el jurado aún no había definido al ganador. Mercedes Rein se juntaba con Jorge Ruffinelli pero sin llegar a un acuerdo. Apenas iniciado el año 1974, el gobierno de Bordaberry diseñaba un plan más duro con la oposición y contra la participación política. Entre las medidas que adoptó fue limpiar las calles de Montevideo de inscripciones políticas.

El 25 de enero Ruffinelli anunciaba que el cuento de Nelson Marra era el ganador. Entre los finalistas estaban los argentinos Sergio Sinay y Noemí Ulla, y los uruguayos Napoleón Baccino Ponce de León, Ramiro Bulla y Carlos Casacuberta.

Antes del anuncio se desataron ciertos roces entre Ruffinelli y Juan Carlos Onetti. Mientras Ruffinelli escribía que el concurso había sido estimulante, por la cantidad y la calidad de los participantes, el autor de El Astillero había exigido a la redacción de la revista que junto al veredicto se dejara en claro que “el cuento ganador, aun cuando es inequívocamente el mejor, contiene pasajes de violencia sexual desagradables e inútiles desde el punto de vista literario”.

La breve acotación, publicada a regañadientes por los integrantes de Marcha y sólo por tratarse de Onetti y su particular carácter, cayó en el absoluto olvido luego de que el primer viernes de febrero se editará, finalmente, el cuento ganador.
Onetti, el anarquista

Mercedes Rein dejaba en claro, a todo aquel que se le cruzara, que no se trataba de un cuento tupamaro, en referencia a la organización guerrillera urbana uruguaya nacida en 1967. Tampoco su autor, Nelson Marra, pertenecía a la organización. La confusión surgió a partir de que en el relato se describía, detalladamente, el atentado a un inspector de policía, Morán Charquero, ocurrido en 1970. Los autores habían sido los Tupamaros.

El cuento tomó el hecho como punto de partida para retratar, en su momento de agonía y a modo de confesión, la vida y conducta de un típico torturador que actuó en aquel país.

“Desfilan imágenes, imputaciones genéricas de cualidades criminales o viciosas, más que de hechos concretos, referidas a las víctimas y no a la institución policial. El léxico empleado es obsceno y escatológico, abundando las expresiones más crudas del lunfardo vernáculo...”, decía una parte de la declaración del fiscal que justificó la detención de los integrantes del jurado, de los responsables de la edición del semanario Marcha y del autor del cuento.

Entre la noche del 8 de febrero y la madrugada del 9, estaban todos detenidos, encapuchados y golpeados por las fuerzas de seguridad del régimen. En los primeros días iban de un lugar a otro, siempre incomunicados, sufriendo interrogatorios. La dictadura quería hallar pruebas de que el cuento era de origen tupamaro y que el semanario Marcha era su órgano de difusión. Ni en los interrogatorios más duros lograron la declaración buscada, aunque pudieron conseguir la confesión de un Onetti anarquista, no tanto por convicción sino más bien por piedad ante tamaño embrutecimiento:

-¿A ver usted, a quién hubiera votado?

- Yo no hubiera votado a nadie.

-¿Pero usted no cree en ningún partido político?

-En ninguno.

-Pero entonces, ¿en qué cree?

-Yo no creo en nada.

-Entonces yo pongo “anarquista”.

-Si, ponga anarquista, concluyó Onetti.
Los suicidios de Quiroga y Arguedas

Juan Carlos Onetti tenía 65 años cuando fue detenido. Los lugares por donde pasó, lúgubres, con secuelas de sesiones de torturas y gritos que se agudizaban por las noches, eran tan o más escépticos que los escenarios de sus historias. Insultaba a desmedro contra todas las autoridades; las veces que le tocó compartir momentos con los integrantes de Marcha nunca se mostró seguro y menos aún amable.

Los días de detención se fueron sucediendo. Los abogados que había convocado Dolly, su última y cuarta esposa, violinista y alemana, seguían pidiendo audiencias y exigían traslados argumentando su delicado estado de salud. Su rostro se volvía más demacrado que de costumbre y sus ojeras más holgadas. Arrastraba un problema sin solución: la falta de alcohol. La abstinencia lo estaba abatiendo.

En Buenos Aires, Jorge Luis Borges le preguntaba por enésima vez a su amigo Adolfo Bioy Casares si estaba seguro de que Onetti no era comunista. Al confirmar que no lo era, firmó la solicitada pidiendo la libertad del escritor uruguayo. En otra parte del continente, el mexicano Octavio Paz organizaba un llamado internacional por el mismo motivo. Las autoridades policiales se preguntaban quién era ese tipo de lentes y ojeroso, flaco y hosco, que gran parte del mundo se solidarizaba con él y condenaba su detención.

El New York Times publicaba la noticia informando, con asombro, que entre los cinco detenidos estaba el escritor Juan Carlos Onetti. Otra publicación que se hizo eco de la noticia fue el diario argentino La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman, que por esos años conservaba un lugar para la intelectualidad y las agrupaciones de izquierda.

El 24 de febrero de 1974, un nuevo traslado despertó una ilusión de que recuperarían la libertad. A Onetti lo llevaron al Cilindro, un estadio de básquet que funcionaba como centro de detención. En el lugar había unos ciento cincuenta detenidos, todos hacinados, compartiendo jugadas de truco y mate, partidos de voley o básquet. Pero a Onetti nada de eso le cambió el humor. Agudizó su depresión y se las rebuscaba para deambular solo, fumando, con la corbata y el traje negro, leyendo novelas policiales que le acercaba su esposa Dolly.

Días después los abogados consiguieron que las autoridades policiales autorizaran el traslado de Onetti a una clínica psiquiátrica. La abstinencia continuaba y por lo tanto, la depresión. Seguía fumando y leyendo novelas policiales. Días después, Mercedes Rein llegó a la clínica.

En los ratos que les permitían estar juntos, Rein observaba que Onetti estaba obsesionado con dos escritores: Horacio Quiroga y José María Arguedas. Ambos se habían suicidado, un dato que solía recordar cada vez que sacaba el tema. También solía repetir que la policía lo iba a liberar para luego acribillarlo en plena calle. Continuó con esa obsesión incluso mucho tiempo después de haber recuperado la libertad.
Morir en Madrid

El 14 de mayo de 1974 fueron liberados Juan Carlos Onetti, Hugo Alfaro y Carlos Quijano, estos dos últimos responsables de la edición de Marcha. El semanario volvió a editarse en noviembre de ese año pero por unos pocos números hasta su definitiva clausura. Nelson Marra fue liberado recién en febrero de 1978. De inmediato se fue a Suecia y luego a Madrid.

Cuando Onetti llegó a Madrid, en marzo de 1975, para radicarse definitivamente, aprovechando una beca que le otorgaron, su nombre era muy poco conocido. Los autores más leídos del boom latinoamericano eran Julio Cortázar, García Márquez y Vargas Llosa. Las editoriales hacían esfuerzos por un reconocimiento mayor de su obra. En Barcelona se editaban los Cuentos Completos.

Madrid asfixiaba a Onetti. Extrañaba Montevideo, al bar Metro, a la 18 de Julio. En España se encontró con otros compatriotas también exiliados como Alfredo Zitarrosa, Mario Benedetti, el escritor Enrique Estrázulas, el periodista Homero Alsina Thevenet, a quien le dedicó “Bienvenido, Bob”, uno de sus mejores cuentos.

Las universidades europeas comenzaban a descubrir la obra de Onetti y a ubicarlo como el pionero y el más original de los escritores del boom latinoamericano. Su obra comenzaba a ser traducida en diferentes idiomas.

Sin embargo, a Onetti no hubo algo más gratificante, una vez que recuperó la libertad, que la de volver a tomar alcohol. En los últimos años no hizo otra cosa que quedarse tirado en una cama, leyendo, bebiendo whisky y fumando, durmiendo de día, olvidándose de los homenajes y rechazando las entrevistas. En la cama escribió su última novela, “Cuando ya no importe”, editada en abril de 1993.

En esa posición, con el vaso de whisky al borde de la cama, le llegó la muerte el 30 de mayo de 1974, a los 85 años, el marido de la violinista alemana, tal como lo conocían en el edificio de la Avenida de las Américas.

El premio al segundón


En agosto de 1967, cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa recibió el primer premio del concurso “Rómulo Gallegos” por su gran novela La Casa Verde, confesó que “otros escritores latinoamericanos, con más obras y más méritos que yo, hubieran debido recibir la distinción en mi lugar; pienso en el gran Onetti, por ejemplo, a quien América Latina no ha dado aún el reconocimiento que merece”. Las obras de Onetti, en una decena de veces, se alzaban con una importante mención o un segundo premio, pero nunca el galardón máximo.

Por eso, cuando el escritor uruguayo supo que los candidatos al Premio Cervantes del año 1980 eran Octavio Paz, Juan Rulfo y Ernesto Sábato, estaba convencido de que el jurado iría a elegir a cualquier de los otros nombres.

A fines de ese año recibió, en su casa de Madrid, el llamado que le anunciaba que había ganado el Premio Cervantes. Al principio pensó que se trataba de una broma y no hizo caso. Cuando se repitieron los llamados de felicitaciones y de periodistas buscando una entrevista, confirmó la veracidad del llamado. Por primera vez, lejos de su tierra natal, ganaba un primer premio.

R.D.T.
¿Vargas Llosa Tupamaro?

En uno de los tantos interrogatorios que recibió Nelson Marra durante su detención, un coronel, ofuscado y con el cuento en su mano, le preguntó:

-¿Quién le influyó para escribir esto?

-Creo que la influencia principal es la de Mario Vargas Llosa.

El coronel dejó el libro sobre la mesa, le pegó un puñetazo al aire y gritó:

-¡Requiéranme inmediatamente a mi presencia a ese Vargas Llosa!

Tiempo después, uno de los ayudantes que acató la orden, con cierta vergüenza ajena, le informó:



-Dicen que ese Vargas Llosa es escritor, peruano, vive en España y no tiene nada

que ver con los Tupamaros.

R.D.T.


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