Krishnamurti



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VII
Creo que si comprendemos la interrelación comprenderemos lo que para nosotros significa la independencia. La vida es un proceso de movimiento constante en la interrelación, y sin comprender la interrelación produciremos confusión, lucha y esfuerzo estéril. Resulta importante, pues, comprender lo que entendemos por interrelación; porque la sociedad está hecha de relaciones, y no puede haber aislamiento. El vivir en aislamiento es cosa inexistente. Lo que está aislado no tarda en morir.

Saber qué es la independencia no es, pues, nuestro problema, sino qué entendemos por interrelación. Comprendiendo la interrelación -que es la conducta de unos seres humanos con otros, sean ellos íntimos o extraños, cercanos o distantes- empezaremos a comprender todo el proceso de la existencia y el conflicto entre la sujeción y la independencia. Debemos, pues, examinar muy cuidadosamente lo que entendemos por interrelación. ¿No es ella, actualmente, un proceso de aislamiento, y por consiguiente de conflicto constante? La relación entre vosotros y los demás, entre vosotros y vuestra esposa, entre vosotros y la sociedad, es el producto de este aislamiento. Por aislamiento yo quiero significar que en todo momento buscamos seguridad, satisfacción y poder. Después de todo, cada uno de nosotros busca satisfacción en nuestras relaciones mutuas; y donde se busca la comodidad, la seguridad, ya se trate de una nación o de un individuo, tiene que haber aislamiento, y el estar en aislamiento provoca conflicto. Todo lo que ofrece resistencia tiene forzosamente que producir conflicto con aquello a lo cual resiste; y como nuestra interrelación es en gran parte uno forma de resistencia, creamos una sociedad que inevitablemente engendra aislamiento y por lo tanto conflicto dentro y fuera de ese aislamiento. Debemos, pues, examinar la interrelación tal como de hecho opera en nuestra vida. Lo que yo soy, después de todo -mis actos, mis pensamientos, mis sentimientos, mis móviles, mis intenciones- produce esa relación entre mí mismo y los demás que llamamos sociedad. No hay sociedad sin esa relación entre dos personas; y antes de que podamos hablar de independencia, tremolar la bandera y todo lo demás, debemos comprender la interrelación lo cual significa que debemos examinarnos a nosotros mismos en nuestras relaciones con los demás.

Ahora bien, si examinamos nuestra vida, nuestras relaciones con los demás, veremos que es un proceso de aislamiento. El prójimo, en realidad, no nos interesa; aunque hablemos bastante al respecto, el hecho es que no nos interesa. Sólo estamos relacionados con alguien mientras esa relación nos resulta grata, mientras nos brinda un refugio, mientras nos satisface. Pero no bien sufre ella una perturbación que a nosotros nos produce incomodidad, dejamos de lado eso relación. En otros términos: sólo hay relación mientras estamos satisfechos. Esto podrá parecer descomedido, pero si realmente examináis vuestra vida con atención, veréis que se trata de un hecho; y el eludir un hecho es vivir en la ignorancia, lo cual jamás podrá producir verdadera convivencia. De suerte que si echamos una mirada a nuestra vida y observamos la interrelación, vemos que ella es un proceso de erigir resistencias contra los demás, muros por encima de los cuales miramos y observamos al prójimo; y, ese muro siempre lo retenemos, y detrás de él permanecemos, ya se trate de un muro psicológico, material, económico o nacional. Mientras vivimos en aislamiento, detrás de un muro, no existe la convivencia con los demás; y vivimos encerrados porque resulta mucho más satisfactorio y creemos que es mucho más seguro. El mundo es tan desgarrador, hay tanto dolor, tanta pesadumbre, guerra, destrucción y miseria, que deseamos escapar y vivir dentro de los muros de seguridad de nuestro propio ser psicológico. De suerte que, para la mayoría de nosotros, la interrelación es en realidad un proceso de aislamiento; y es obvio que tal interrelación construye una sociedad que es, también aisladora. Eso, exactamente, es lo que ocurre a través del mundo: permanecéis en vuestro aislamiento y extendéis la mano por sobre el muro, llamando a eso nacionalismo, fraternidad o lo que os plazca, pero lo cierto es que los gobiernos soberanos y los ejércitos continúan. Es decir, aferrándoos a vuestras propias limitaciones, creéis que podéis establecer la unidad mundial, la paz del mundo; y ello es imposible. Mientras haya una frontera -nacional, económica religiosa o social- es un hecho evidente que no puede haber paz en el mundo.

Ocurre ahora que el proceso de aislamiento es el proceso de la búsqueda del poder. Y sea que uno busque el poder a título individual o para un grupo racial o nacional, tiene que haber aislamiento porque el deseo mismo de poder, de posición, es separatismo. Eso, en suma, es lo que cada cual desea, ¿verdad? Cada cual desea una posición fuerte en la que pueda dominar: en el hogar, en la oficina o en un régimen burocrático. Cada cual anda en busca de poder, y por el hecho de buscar el poder establecerá una sociedad basada en el poder: militar, industrial, económico. etc. Ello, una vez más, es obvio. ¿El deseo de poder no es aislador por su propia naturaleza? Creo que es muy importante comprender eso; porque el hombre que desea un mundo pacífico, un mundo en el que no haya guerras, ni espantosa destrucción, ni miseria catastrófica en escala inconmensurable tiene que comprender esta cuestión fundamental. ¿No es así? Mientras el individuo busque el poder, mucho o poco, ya sea como primer ministro corno gobernador o abogado, o simplemente como marido o mujer, en el hogar; esto es, mientras deseéis la sensación de dominar de compeler la sensación de que ganáis poder, influencia, es seguro que crearéis una sociedad que será el resultado de un proceso aislador. Por su propia naturaleza en efecto, el poder aísla y separa. El hombre afectuoso, bondadoso, no tiene sentido ninguno del poder y por lo tanto ese hombre no está atado a ninguna nacionalidad, a ninguna bandera. Carece de bandera. Pero el que busca poder en cualquier forma, ya sea derivado de la burocracia o de la autoproyección a la que llama Dios, continúa atrapado en un proceso de aislamiento. Si lo examináis con sumo cuidado, veréis que por su propia naturaleza el deseo de poder es un proceso de encierro. Cada cual busca su propia posición su propia seguridad; y, mientras exista ese móvil, la sociedad tendrá que estar basada en un proceso de aislamiento. Donde hay búsqueda de poder hay proceso de aislamiento, y lo que está aislado tiene forzosamente que engendrar conflicto. Eso, exactamente es lo que ocurre a través del mundo: cada grupo busca el poder: y así se aísla. Este es el proceso del nacionalismo, del patriotismo, que al final lleva a la guerra y a la destrucción.

Ahora bien, sin interrelación no hay posibilidad de existencia en la vida; y mientras la interrelación se base en el poder, en la dominación, tiene que existir el proceso de aislamiento, que inevitablemente provoca conflictos. Vivir en el aislamiento es cosa inexistente: no hay país, ni pueblo, ni individuo, que pueda vivir aislado. Ello no obstante, como buscáis el poder de tantas maneras diferentes, engendráis aislamiento. El nacionalista es una maldición porque con su espíritu de nacionalismo, de patriotismo, erige un muro de aislamiento; está tan identificado con su patria que construye un muro contra las demás. ¿Y qué ocurre, señores, cuando levantáis un muro en contra de algo? Ese algo golpea constantemente contra vuestro muro. Cuando resistís a algo, esa misma resistencia indica que estáis en conflicto con lo otro. De suerte que el nacionalismo, que es un proceso de aislamiento, que es el resultado del afán de poder, no puede traer paz al mundo. El hombre que es nacionalista y habla de fraternidad dice una mentira, vive en estado de contradicción.

La paz del mundo es, pues, esencial; de otro modo seremos destruidos. Unos pocos podrán escapar, pero habrá mayor destrucción que en toda otra época a menos que resolvamos el problema de la paz. La paz no es un ideal; un ideal, como lo hemos discutido, es ficticio. Lo que existe tiene que ser comprendido, y esa comprensión de lo existente se ve impedida por la ficción que llamamos ideal. El hecho es que cada cual busca poder -títulos, posiciones de autoridad, etc.-, y todo ello se encubre en diversas formas con palabras bien intencionadas. Este es un problema vital, no un problema teórico ni que pueda ser diferido; requiere acción ahora mismo, porque es obvio que la catástrofe se avecina. Si no llega mañana, llegará el año próximo o poco después, porque el impulso del proceso aislador ya está actuando; y el que piense realmente al respecto tiene que atacar el problema en su raíz, que es el afán individual de poder, el cual da origen a la agrupación, a la raza, a la nación ansiosa de poder.

Veamos ahora si se puede vivir en el mundo sin deseo de poder, de posición, de autoridad. Es obvio que sí se puede. Uno lo hace cuando no se identifica con algo más grande. Esta identificación con algo más grande -el partido, la patria, la raza, la religión, Dios- es la búsqueda de poder. Como en vosotros mismos sois vacíos, torpes, débiles, gustáis de identificaros con algo más grande. Este deseo de identificaros con algo más grande es el deseo de poder. Por eso es que el nacionalismo, o cualquier espíritu “comunal”, representa tal maldición para el mundo; porque es siempre el deseo de poder. Lo importante, pues, para comprender la vida y por lo tanto la interrelación, es descubrir el móvil que nos impulsa a cada uno de nosotros; porque lo que es ese móvil, es el medio ambiente. Ese móvil trae paz o destrucción al mundo. Y es por ello muy importante que cada uno de nosotros se de cuenta de que el mundo se halla en un estado de miseria y destrucción, y comprenda que si consciente o inconscientemente buscamos poder, contribuimos a esa destrucción, y que por lo tanto nuestra relación con la sociedad será un proceso de constante conflicto.

Hay múltiples formas de poder; no se trata tan sólo de adquirir posición y riqueza. El deseo mismo de ser algo es una forma de poder que causa aislamiento y por lo tanto conflicto; y a menos que cada cual comprenda el móvil, la intención de sus actos, la mera legislación gubernativa será de muy poca importancia, porque lo interior se sobrepone siempre a lo externo. En lo externo podréis construir una estructura pacífica, pero los hombres que habrán de dirigirla la alterarán conforme a sus intenciones. Por eso es muy importante, para los que desean crear una nueva cultura, una nueva sociedad, un nuevo Estado, comprenderse primero a sí mismo. Al darse cuenta de sí mismo, de los diversos movimientos y fluctuaciones íntimas, uno comprenderá los móviles, las intenciones, los peligros que están ocultos; y sólo en esa alerta percepción está la transformación. La regeneración sólo puede producirse cuando cesa la búsqueda de poder; y sólo entonces podemos crear una nueva cultura, una sociedad que no se base en el conflicto sino en el entendimiento. La convivencia es un proceso de autorevelación; y si uno no se conoce a sí mismo, si no conoce las modalidades de la propia mente y corazón, el mero hecho de establecer un orden externo, un sistema, una fórmula sagaz, tiene muy poco sentido. Lo importante, pues, es comprenderse uno mismo en relación con los demás. Entonces la interrelación no se convierte en un proceso de aislamiento, sino que es un movimiento en el que descubrís vuestros propios móviles, vuestros propios pensamientos, vuestros propios empeños; y es ese descubrimiento, precisamente, que constituye el comienzo de la liberación, de la transformación. Sólo esta transformación inmediata puede producir la revolución fundamental, radical, tan esencial para el mundo. La revolución dentro de los muros del aislamiento no es revolución. La revolución sólo llega cuando los muros del aislamiento quedan destruidos, y eso puede ocurrir tan sólo cuando ya no buscáis el poder.

Tengo varias preguntas, y trataré de contestar tantas como me sea posible.
Pregunta: ¿Puedo continuar siendo funcionario del gobierno si quiero seguir las enseñanzas de usted? La misma pregunta podría formularse con relación a muchas otras profesiones. ¿Cuál es la verdadera solución para el problema de la subsistencia?
Krishnamurti: ¿Qué entendemos, señores, por subsistencia? ¿No es el ganar lo necesario para las propias necesidades: alimento, vestido y albergue? La dificultad de la subsistencia surge tan sólo cuando empleamos las cosas esenciales de la vida -alimento, vestido y albergue- como medio de agresión psicológica. Es decir, cuando me valgo de las cosas necesarias como medio de engrandecerme a mí mismo, surge el problema de la subsistencia; y nuestra sociedad se basa esencialmente, no en el suministro de lo esencial, sino en la exaltación psicológica, empleando lo esencial como expansión psicológica de uno mismo. Esto, señores, tenéis que meditarlo un poco. Es obvio que el alimento, el vestido y el albergue podrían ser producidos en abundancia, pues hay suficientes conocimientos científicos para satisfacer la demanda; pero la demanda para la guerra es mayor, no solo por parte de los traficantes de guerra sino de cada uno de nosotros, porque cada uno de nosotros es violento. Hay suficiente conocimiento científico para proveer al hombre todas sus necesidades; ello ha sido estudiado, y todo podría producirse de modo que ningún hombre sufriese necesidad. ¿Por qué no ocurre tal cosa? Porque nadie está satisfecho con el alimento, el vestido y el albergue, y cada cual desea algo más; y, expresado en otros términos, ese “más” es el poder. Sería cosa de brutos, empero, conformarse con satisfacer esas necesidades físicas. Estaremos satisfechos con lo necesario en el verdadero sentido “que es estar libre del deseo de poder” tan sólo cuando hayamos encontrado el tesoro íntimo que es imperecedero, y al que llamáis Dios, la verdad o lo que os plazca. Si podéis hallar dentro de vosotros mismos esas imperecederas riquezas, entonces os satisfaréis con pocas cosas, las cuales pueden seros suministradas.

Pero, desgraciadamente, los valores sensorios nos seducen. Los valores de los sentidos han llegado a ser más importantes que los valores de lo real. Después de todo, es en los valores sensuales que se basa esencialmente toda nuestra estructura social, la actual civilización. Valores sensorios no son tan sólo los valores de los sentidos sino los del pensamiento, porque el pensamiento es también el resultado de los sentidos; y cuando se cultiva el mecanismo del pensamiento, que es el intelecto, hay en nosotros predominio del pensamiento, el cual es también un valor sensorio. Por eso, mientras busquemos el valor sensorio, ya sea del tacto, del gusto, del olfato, de la percepción o del pensamiento, lo externo se vuelve mucho más significativo que lo interior; y la mera negación de lo externo no es el camino hacia lo interior. Podréis negar lo externo y retiraros a la selva o a una caverna para allí pensar en Dios; pero esa misma negación de lo externo, ese pensar en Dios sigue siendo sensorio porque el pensamiento es sensorio; y todo valor basado en lo sensorio causa forzosamente confusión, que es lo que ocurre en el mundo actualmente. Lo sensorio es lo dominante, y mientras la estructura social esté erigida sobre eso, los medios de subsistencia tórnanse extraordinariamente difíciles.

¿Cuales son, pues, los buenos medios de subsistencia? A esta pregunta podrá responderse tan sólo cuando haya una revolución completa en la presente estructura social, no de acuerdo a la fórmula de la derecha ni de la izquierda, sino una completa revolución en los valores, que no se basarán en lo sensorio. Ahora bien, si los que disponen de tiempo -como las personas de edad que cobran sus pensiones, que han pasado sus años jóvenes buscando a Dios o entregadas a diversas formas de destrucción- consagrarán realmente su tiempo y su energía a descubrir la verdadera solución, actuarían como intermediarios o instrumentos para producir la revolución en el mundo. Pero ellos no se interesan. Quieren seguridad. Han trabajado muchos años para jubilarse, y desean vivir cómodamente el resto de su existencia. Tienen tiempo, pero son indiferentes; sólo se interesan por alguna abstracción a la que llaman Dios, y que nada tiene que ver con lo real. Su abstracción no es Dios sino una forma de evasión. Y los que llenan su vida con incesante actividad están imposibilitados; no disponen de tiempo para encontrar respuesta a los diversos problemas de la vida. De suerte que sólo es posible cifrar esperanzas en los que se interesan por estas cosas, por producir una transformación radical en el mundo mediante la comprensión de sí mismos.

Podemos ver con seguridad, señores, cuál profesión es mala. Ser soldado, policía, abogado, es evidentemente una mala profesión porque ellos medran con los conflictos, con la discordia; y el opulento hombre de negocios, el capitalista medra con la explotación. Gran negociante puede ser un individuo o puede ser el Estado; si el Estado toma a su cargo los grandes negocios, no deja de explotarnos a vosotros y a mí. Y como la sociedad se basa en el ejército, en la policía, en la abogacía, en el gran negociante, es decir, en el principio de la discordia, de la explotación y de la violencia, ¿cómo podemos sobrevivir vosotros y yo, que queremos una profesión justa y decente? Hay desocupación creciente, ejércitos y fuerzas policiales cada vez mayores, con sus servicios secretos; y los grandes negocios se vuelven cada vez más grandes, formando vastas corporaciones que eventualmente pasan a manos del Estado, pues el Estado ha llegado a ser una gran corporación en ciertos países.

Dada esta situación de explotación, de una sociedad erigida sobre la discordia, ¿cómo habréis de encontrar rectos medios de vida? Es casi imposible, ¿verdad? O tendréis que marcharos y formar con unas cuantas personas una comunidad -una comunidad cooperativa que se baste a sí misma- o simplemente sucumbiréis ante la vasta máquina. Pero, ya lo veis, la mayoría de nosotros no se interesa realmente por hallar buenos medios de vida. Casi todos andan preocupados por encontrar trabajo y aferrarse a él en la esperanza de progresar, de conseguir cada vez mayor paga. Como cada uno de nosotros desea protección, seguridad, una situación permanente, no se produce la revolución radical. No son los que están satisfechos, contentos de sí mismos, sino tan solo los intrépidos, los que quieren poner a prueba su vida, su existencia, quienes descubren las cosas reales, una nueva manera de vivir.

Antes, pues, de que pueda haber rectos medios de vida, es preciso ver cuáles son los medios evidentemente falsos de ganar la subsistencia: el ejército, la abogacía, la policía, las grandes corporaciones de negocios que esquilman a la gente y la explotan, sea en nombre del Estado, del capital o de la religión. Cuando veis lo falso y lo extirpáis, hay transformación, hay revolución; y sólo esa revolución puede crear una nueva sociedad. Que un individuo busque rectos medios de vida está bien, es excelente; pero eso no resuelve el vasto problema. El vasto problema se resuelve tan sólo cuando vosotros y yo no buscamos seguridad. La seguridad es cosa inexistente. ¿Qué ocurre cuando buscáis seguridad? ¿Qué sucede en el mundo actualmente? Toda Europa desea seguridad, clama por ella, ¿y qué ocurre? Todos quieren seguridad por medio de su nacionalismo. Después de todo, sois nacionalistas porque queréis seguridad y creéis que mediante el nacionalismo la tendréis. Una y otra vez ha quedado demostrado que no podéis tener seguridad mediante el nacionalismo, porque el nacionalismo es un proceso de aislamiento que provoca guerras, miseria y destrucción.



Así, pues, la recta subsistencia en vasta escala debe empezar por aquellos que comprenden lo que es falso. Cuando batalláis contra lo falso, creáis rectos medios de vida. Cuando batalláis contra toda la estructura de discordia, de explotación -por la izquierda o por la derecha- o contra la autoridad de la religión y de los sacerdotes, esa es la profesión conveniente en la época actual; porque ella creará una nueva sociedad, una nueva cultura. Mas para batallar es preciso que veáis con toda claridad y de un modo bien definido lo que es falso, y que así lo falso se os desprenda. Para descubrir lo que es falso, tenéis que daros cuenta de todo lo que hacéis, pensáis y sentís, y observarlo; y con ello no sólo descubriréis lo que es falso, sino que de ello surgirá una nueva vitalidad, una nueva energía, y esa energía os dictará qué clase de trabajo haréis o no haréis.
Pregunta: ¿Puede usted enunciar brevemente los principios básicos sobre los cuales debería edificarse una nueva sociedad?
Krishnamurti: Puedo enunciar los principios, pues ello es cosa muy simple; pero carecería de valor. Lo que tiene valor es que vosotros y yo descubramos juntos los principios básicos sobre los cuales puede edificarse una nueva sociedad, porque, no bien descubramos juntos cuáles son los principios fundamentales, habrá una nueva base de relaciones entre nosotros. ¿Comprendéis? Entonces ya no seré yo el instructor y vosotros los alumnos, o vosotros el auditorio y yo el conferenciante; empezaremos en condiciones del todo diferentes. Eso significa que no hay autoridad, ¿no es así? Somos asociados en el descubrimiento, y por lo tanto cooperamos; vosotros no me domináis ni influís sobre mí, ni yo sobre vosotros. Unos y otros descubrimos. Y cuando existe por parte vuestra y mía la intención de descubrir cuáles son los principios básicos de una nueva cultura, es obvio que no puede haber espíritu autoritario, ¿verdad? Por consiguiente ya hemos establecido un nuevo principio, ¿no es así? Mientras haya autoridad en la convivencia, hay compulsión; y nada puede crearse mediante la compulsión. Un gobierno que compele, un maestro que compele, un medio ambiente que compele, no produce convivencia sino un estado de esclavitud. Hemos, pues, descubierto una cosa juntos, pues sabemos que por ambas partes deseamos crear una nueva sociedad en la que no pueda haber autoridad; y eso tiene una enorme significación, porque la estructura de nuestro actual orden social se basa en la autoridad. El especialista en educación, el especialista en medicina, el especialista militar, el especialista en leyes, el burócrata: todos ellos nos dominan. Los “Shastras” lo dicen, y por lo tanto tiene que ser verdad; mi “gurú” dice tal cosa, y por consiguiente ella ha de ser justa y yo voy a seguirla. En otras palabras, en una sociedad en la que exista la búsqueda de lo real, del entendimiento, en la que se busque establecer la debida relación entre dos seres humanos, no puede haber autoridad. En cuanto descartáis la autoridad, os halláis en asociación; y por eso hay cooperación, hay afecto, todo lo contrario de la presente estructura social.

Actualmente confiáis vuestros hijos al educador, mientras el propio educador necesita que se lo eduque. En lo religioso sois simples máquinas de imitar, de copiar. En todo sentido estáis dominados, influenciados, compelidos, forzados; ¿y cómo puede haber convivencia entre el explotador y el explotado, entre los que están en el poder y los que están sujetos al poder, a menos que vosotros mismos deseéis la misma clase de poder? Si la deseáis, entonces estáis en relación con ese poder. Pero si veis que cualquier deseo de poder es en sí mismo destructivo, no hay convivencia alguna con los que buscan el poder. Así empezamos a descubrir los principios básicos sobre los cuales una nueva sociedad puede edificarse. Es obvio que una convivencia basada en la dominación deja de ser convivencia. Y cuando no hay dominación, ni autoridad, ni compulsión, ¿Qué es lo que ello significa? Es obvio que hay afecto, que hay ternura, que hay amor, que hay comprensión. Para que eso ocurra, la dominación tiene que desaparecer. Pero esto podemos discutirlo enseguida, si queréis escucharme. Parecéis irritados; tal vez he arruinado un poco vuestros planes. Luego saldréis y haréis exactamente lo mismo que antes hicisteis, porque no os interesa realmente encontrar un nuevo orden básico. Deseáis estar en seguridad, ocupar puestos o mantener los que tenéis, y queréis utilizarlos para vuestros propios fines, que llamáis nobles; pero eso sigue siendo una forma de autoexpansión, de explotación.

Así, pues, nuestra dificultad en estas discusiones y pláticas es que no tomamos todo esto muy en serio. Desearíamos que las cosas se alteren, pero lentamente, gradualmente, y de acuerdo a nuestra comodidad. No queremos vernos demasiado perturbados, y por eso nuestro interés en una nueva civilización no es realmente básico. El hombre que sí se interesa ve como falsas las cosas evidentemente perniciosas, tales como la autoridad, la creencia, el nacionalismo, el espíritu jerárquico en su totalidad. Y cuando se prescinde de todo eso, ¿qué sucede? Sois simples ciudadanos, seres humanos sin autoridad; y cuando no tengáis autoridad, tal vez entonces tendréis amor, y por lo tanto comprensión. Eso es lo que se requiere; un grupo de personas que comprendan, que tengan afecto, cuyo corazón no esté lleno de palabras huecas y frases vacías, cosas de la mente. Resulta pues muy importante que cada uno de nosotros se vea en el espejo de la convivencia, puesto que solamente de ahí puede surgir una nueva cultura.
Pregunta: ¿Qué debemos hacer para tener un gobierno realmente bueno, y no tan sólo gobierno propio?
Krishnamurti: Señores, para tener un buen gobierno debéis empezar por comprender qué entendéis por gobierno. No usemos palabras sin “referente”, palabras sin sentido, sin algo detrás de ellas. La palabra “reloj” tiene “referente”, pero “buen gobierno” no lo tiene. Para encontrar el “referente”, tendremos que discutir lo que entendemos por “gobierno” y lo que entendemos por “bueno”; pero decir, simplemente, qué es un buen gobierno, carece de sentido. Primero averigüemos, pues, qué entendemos por “bueno”. No estoy fijándome en minuncias ni quiero discutir como en un centro de estudiantes. Esto lo planteo porque es muy importante averiguar de qué hablamos, y no simplemente emplear palabras que tienen poco sentido. Sé que se nos entretiene con palabras; nos impresiona el hablar de que tenemos gobierno propio y agitar la bandera. Bien conocéis eso de hallar hechizo en las palabras cuando nuestro corazón y nuestra mente están vacíos. Averigüemos, pues, qué entendemos por “buen gobierno”.

¿Qué entendemos por “bueno”? Es obvio que “bueno” tiene un “referente” basado en el placer y el dolor. “Bueno” es lo que os da placer; malo, aquello que os causa dolor, ya sea exterior o interiormente, por dentro o por fuera de la piel. Ese es un hecho, ¿verdad? Discutimos el hecho, no lo que os gustaría que él fuese. El hecho es este: mientras busquéis placer en diversas formas (seguridad, comodidad, poder, dinero), ese placer es lo que llamáis “bueno”; y a todo lo que perturbe ese estado de placer le llamáis “no bueno”. Esto no lo trato con criterio filosófico sino tomando en cuenta los hechos. Placer es lo que deseáis, por lo cual resulta obvio que llaméis “bueno” aquello que os brinda seguridad, comodidad, posición, poder, protección. ¿Entendéis? Es decir, “buen gobierno” es ese cuerpo que puede suministraros lo que deseáis; y si el gobierno no os da lo que queréis decís “hay que derrocarlo” -a menos que sea un gobierno totalitario. Pero aún los gobiernos totalitarios pueden ser destruidos si el pueblo dice “esto no lo queremos”. Es claro que hoy día resulta casi imposible producir la revolución física, porque los aviones y otras máquinas de guerra, sin las cuales no puede haber revolución moderna, están en manos de los gobiernos. De suerte que lo “bueno” es lo que deseáis, ¿verdad? No nos engañemos, señores, con una sarta de palabras acerca del “bien” y del “mal” en abstracto. El hecho real en nuestra vida diaria es que a los que os dan lo que queréis les llamáis “buenos”, “nobles”, “eficaces” y otras cosas más, empleando diversos términos. Lo que deseáis es satisfacción en diferentes formas, y a aquello que os la puede brindar le llamáis beneficioso.

El gobierno es, pues, el cuerpo que creáis con vuestros propios deseos. Es decir, el gobierno sois vosotros. Lo que vosotros sois, lo es el gobierno, hecho obvio a través del mundo. Odiáis determinado país, y elegís a los que apoyarán vuestro odio. Tenéis inclinaciones “comunalistas”, y creáis un gobierno que comparte vuestros puntos de vista “comunalistas”, hecho también obvio sobre el que no necesitamos extendernos. Siendo que lo que vosotros sois lo es vuestro gobierno, ¿cómo podéis tener “buen” gobierno? Sólo podréis tener buen gobierno cuando os hayáis transformado. De otro modo, el gobierno es una simple agencia, un grupo de personas a quienes habéis elegido para que os provean lo que deseáis. Decís que no queréis guerra, pero fomentáis todas las causas que engendran guerra, como el nacionalismo, el “comunalismo”, etc. Siendo esa vuestra condición, creáis un gobierno, como creáis una sociedad, a vuestra imagen y semejanza; y habiendo creado ese gobierno, éste a su vez os explota. Es, pues, un círculo vicioso. Puede haber gobierno sano -no quiero llamarlo “bueno”- tan sólo cuando vosotros mismos seáis sanos. No sonriáis, señores. Se trata de un hecho; somos insanos, no somos seres humanos racionales, completos. Somos desequilibrados, y por lo tanto nuestros gobiernos son desequilibrados. ¿Pretenderéis, señores, que viendo al mundo entero atrapado en la espantosa catástrofe de la guerra y de la producción de máquinas guerreras, un ser humano cuerdo no deseará acabar con todo eso? Averiguará cuáles son las causas de la guerra y no dirá “bueno, es mi patria y tengo que defenderla”, lo cual es demasiado necio y falto de madurez.

Ahora bien, una de las causas de la guerra es la codicia -la codicia de grandeza- que os hace identificaros con la patria. Decís “soy hindú”, “soy budista”, “soy cristiano”, “soy ruso”, o lo que os plazca. Esa es una de las causas de la guerra. Pero un hombre cuerdo dice: “voy a despejarme de esa imitación insana que termina en la destrucción”. Lo primero que debemos hacer, por consiguiente, es crear cordura, no formular un plan para un nuevo gobierno, o para un así llamado “buen” gobierno; y para ser cuerdos, tenéis que saber qué sois, tenéis que daros cuenta de vosotros mismos. Pero, uno vez más, bien se ve que ello no os interesa. Os interesa agitar banderas, escuchar discursos que carecen de sentido; os interesa la excitación. Todo eso es indicio de insensatez. ¿Y cómo podéis esperar que haya un gobierno sano cuando los ciudadanos no están del todo despiertos, cuando están semialertas y son desequilibrados?

Señores, cuando vosotros mismos estáis confusos, el conductor que erigís está confuso; y es la voz del que está confuso la que escucharéis. Si no estáis confusos, si en vosotros hay claridad, serenidad, no tendréis ningún líder; si sois claros, no esperaréis que el gobierno os diga lo que hay que hacer. ¿Por qué un hombre quiere que haya gobierno? Algunos de vosotros sonríen, señores; y esto lo desecharéis. Es porque no sabéis amar racionalmente, humanamente, que necesitáis que alguien os diga lo que hay que hacer; por eso se multiplican las leyes. Leyes y más leyes, lo que debéis y lo que no debéis hacer. De modo que es culpa nuestra, señores. Sois responsables del gobierno que tenéis o que vais a tener; porque, a menos que os transforméis radicalmente, vuestro gobierno será lo que vosotros sois. Si tenéis espíritu “comunalista”, crearéis un gobierno que será como vosotros. ¿Y ello qué significa? Más perturbación, más destrucción.

Sólo puede haber, pues, una sociedad sana, un mundo sano cuando vosotros como parte de esa sociedad, de ese mundo, os desprendáis de lo actual, es decir, os volváis cuerdos; y sólo puede haber cordura cuando rechacéis la autoridad, cuando no estéis en las redes del espíritu nacionalista, patriótico, cuando tratéis a los seres humanos como seres humanos, no como brahmanes o pertenecientes a alguna otra casta o nación. Y resulta imposible tratar a los seres humanos como seres humanos si les ponéis rótulo, si los definís, si les dais nombres tales como hindúes, rusos o lo que os plazca. Es mucho más fácil poner rótulo a la gente, pues entonces podéis pasar a su lado y darles puntapiés, o arrojar una bomba en la India o el Japón. Mas si no tenéis rótulos, y simplemente tratáis a la gente como a seres humanos, ¿qué ocurre? Que tenéis que estar muy alertas, tenéis que ser muy prudentes en vuestras relaciones con los demás. Pero como no queréis hacer eso, creáis un gobierno que cuadra con vosotros.


Pregunta: ¿Qué es eterno, el amor o la muerte? ¿Qué le ocurre al amor cuando la muerte le corta el hilo? ¿Qué le ocurre a la muerte cuanto el amor hace valer sus derechos?
Krishnamurti: Una vez más, averigüemos lo que entendemos por muerte y lo que entendemos por amor. Lo lamento, pero a algunos de vosotros esto les aburre. ¿Estáis aburridos?
Comentario del auditorio: No, señor.
Krishnamurti: Estoy sorprendido, porque hemos abordado cosas muy serias. La vida es seria, la vida es cosa grave. Sólo la gente de cabeza hueca y corazón insensible es trivial, y si las cosas serias de la vida os fastidian, ello indica vuestra falta de madurez. Este es asunto que a todos interesa, ya se trate del totalitario, del político o de vosotros; porque la muerte a todos los espera, nos guste o no. Podéis ser altos funcionarios del gobierno, con títulos, riquezas, posición, y una alfombra roja; pero aquella cosa inevitable está al final de todo eso. ¿Qué entendemos, pues, por muerte? Por muerte entendemos, evidentemente, el poner fin a la continuidad, ¿no es así? Está la muerte física, y ella nos causa cierta angustia; pero eso no importa si podemos superarlo continuando en alguna forma. De modo, pues, que cuando preguntamos acerca de la muerte, nos interesa saber si hay o no continuidad. ¿Y qué es lo que continúa? No es vuestro cuerpo, evidentemente, puesto que a diario vemos enterrar o quemar a los que mueren. Lo que queremos significar, por consiguiente, es una continuidad supersensoria, una continuidad psicológica, del pensamiento, del carácter, de eso que se define como alma o lo que os plazca. Queremos saber si el pensamiento continúa. Es decir, yo he meditado, he practicado tantas cosas, no he terminado de escribir mi libro, no he completado mi carrera, soy débil y necesito tiempo para llegar a ser fuerte, deseo continuar con mi placer, etc. Temo que la muerte ponga fin a todo eso. La muerte, es, pues, una forma de frustración, ¿verdad? Estoy haciendo algo, y no quiero que ello termine; deseo continuidad para encontrar mi plena satisfacción. ¿Pero hay realización de uno mismo mediante la continuidad? Es obvio que existe cierta clase de realización por medio de la continuidad. Estoy escribiendo un libro, y no deseo morir hasta que lo haya terminado; necesito tiempo para desarrollar cierto carácter, etc. Sólo hay, pues, miedo a la muerte, habiendo deseo de autorrealización; porque la plena satisfacción de uno mismo requiere longevidad, continuidad. Pero si podéis realizaros de instante en instante, no le tenéis miedo a la muerte.

Ahora bien, nuestro problema consiste en tener continuidad a pesar de la muerte, ¿no es así? Y queréis de mí una seguridad. Si yo no os aseguro al respecto, os dirigís a otra persona, a vuestros “gurús”, o recurrís a vuestros libros o a diversas formas de distracción y de escape. De suerte que, al escucharme vosotros a mí y yo al hablaros, vamos a descubrir juntos lo que realmente entendemos por continuidad, qué es lo que continúa y qué es lo que deseamos que continúe. Aquello que continúa es evidentemente un anhelo, un deseo, ¿no es así? No soy poderoso, y me agradaría serlo; no he edificado mi casa, pero desearía hacerlo; no he conseguido aquel título, pero me gustaría conseguirlo; no he acumulado bastante dinero pero dentro de poco lo haré; desearía encontrar a Dios en esta vida, y así sucesivamente. De suerte que la continuidad es el proceso del deseo. Cuando a esto le llega el fin, le llamáis muerte, ¿verdad? Queréis continuar con el deseo como medio de lograr, como proceso por el cual hallaréis plena satisfacción propia. Esto, sin duda, es bastante sencillo, ¿no es así? Ahora bien, es obvio que e1 pensamiento continúa a pesar de vuestra muerte física. Esto ha sido probado. El pensamiento es una continuidad; porque, después de todo, ¿vosotros qué sois? No sois más que pensamiento, ¿verdad? Sois el pensamiento de un nombre, el pensamiento de una posición, el pensamiento del dinero; sois una simple idea. Suprimid la idea, suprimid el pensamiento, ¿y qué es de vosotros? Sois, pues, la personificación de un pensamiento en calidad de “yo”. Y decís que el pensamiento tiene que continuar porque el pensamiento me va a permitir realizarme a mí mismo, que el pensamiento terminará por encontrar lo real. ¿No es así? Por ese es que queréis que el pensamiento continúe. Queréis que el pensamiento continúe porque creéis que el pensamiento habrá de encontrar lo real, eso que llamáis felicidad, Dios o lo que os plazca.

¿Pero es que por la continuidad del pensamiento encontraréis lo real? Para expresarlo diferentemente, ¿el proceso del pensamiento descubre lo real? ¿Comprendéis lo que quiero decir? Deseo la felicidad, y ando en busca de ella por varios medios: la propiedad, la posición, la riqueza, las mujeres, los hombres, o lo que sea. Todo eso es lo que reclama un pensamiento en busca de felicidad, ¿no es cierto? Ahora bien, ¿puede el pensamiento hallar la felicidad? Si 1o puede, entonces el pensamiento tiene que tener continuidad. ¿Pero qué es el pensamiento? El pensamiento no es más que la respuesta de la memoria, ¿verdad? Si no tuvierais memoria, no habría pensamiento. Os hallaríais en estado de amnesia, de completa vacuidad, tal como la mayoría de la gente desea estar. El pensamiento se hipnotiza a sí mismo y permanece en un estado de amnesia, sino averiguar qué es el pensamiento. El pensamiento, si lo consideráis con un poco de atención, es evidentemente la respuesta de la memoria; y la memoria es el resultado de una experiencia no completada. Creéis, pues, que por medio de una experiencia incompleta habréis de hallar lo completo, lo íntegro, lo real. ¿Cómo es posible tal cosa? ¿Entendéis lo que quiero decir? Probablemente, señores, esto no lo pensáis a fondo. Deseáis saber si hay o no hay continuidad, eso es todo; queréis una seguridad. Cuando buscáis una seguridad, lo que buscáis es autoridad, satisfacción; no deseáis conocer lo real. Y es sólo lo real que os libertará, no una seguridad, ni el hecho de que yo os la brinde. Tratamos de descubrir qué es lo verdadero en todo esto.

Puesto que el pensamiento es el resultado de una experiencia incompleta -en el sentido psicológico no recordáis una experiencia completa- ¿Cómo puede el pensamiento, mediante su propio estado condicionado, incompleto, encontrar aquello que es completo? ¿Entendéis? Nuestra pregunta es, pues, ésta: ¿puede haber renovación, regeneración, frescor, calidad de cosa nueva, por la continuidad del proceso de pensar? Después de todo, si hay renovación no le tenemos más miedo a la muerte. Si para vosotros hay renovación de instante en instante, no hay muerte. Pero hay muerte, y hay miedo a la muerte, si reclamáis la continuidad del proceso de pensar. Es obvio que sólo el pensamiento, una idea acerca de vosotros mismos, es lo que puede continuar. Esa idea es el resultado del pensamiento, de una mente condicionada porque el pensamiento es el resultado del pasado y se basa en el pasado. ¿Y a través del tiempo, mediante la continuación del pasado, encontraréis lo atemporal?

Esperamos, pues, que la continuidad sea un medio de renovación, un medio de hacer surgir un nuevo estado. De otro modo no desearíamos la continuidad, ¿no os así? Es decir quiero continuidad tan sólo si ella promete el nuevo estado; no siendo así no la quiero, porque mi estado presente es miserable. Si mediante la continuidad puedo hallar la felicidad, entonces deseo continuidad. ¿Pero es que puedo hallar la dicha mediante la continuidad? Sólo hay continuidad del pensamiento, siendo éste la respuesta de la memoria; y la memoria siempre es condicionada, siempre está en el pasado. La memoria siempre está muerta: sólo surge a la vida a través del presente. El pensamiento como continuidad, por lo tanto, no puede ser medio de renovación. Que el pensamiento continúe, pues, es simplemente la continuación del pasado en una forma modificada, y por consiguiente no es renovación; de ahí que por ese conducto no haya esperanza. Sólo hay esperanza cuando veo la verdad de que a través de la continuidad no hay renovación. ¿Y qué sucede cuando veo eso? Que entones solo me interesa terminar el proceso del pensamiento de instante en instante; ¡ello no es una locura! El proceso del pensamiento cesa tan sólo cuando veo la falsedad de dicho proceso como medió de lograr un fin deseable o de evitar algo doloroso. Cuando veo lo falso como falso, lo falso se desvanece. Y cuando lo falso se desvanece, ¿cual es el estado de la mente? La mente se halla entonces en un estado le alta sensibilidad de clavada receptividad, de gran quietud, porque el miedo no existe. ¿Qué ocurre cuando no hay miedo? Que hay amor, ¿verdad? Tan sólo en el estado negativo puede haber amor, no en el estado positivo. El estado positivo es la continuidad del pensamiento hacia un fin, y mientras eso exista no puede haber amor.

El interlocutor también desea saber que le ocurre al amor cuando la muerte le corta el hilo. El amor no es una continuidad. Si os vigiléis, si observáis vuestro propio amor, veréis que el amor es de instante en instante; no pensáis que deba continuar. Aquello que continúa es un estorbo para el amor. Sólo el pensamiento puede continuar, no el amor. Podéis pensar acerca del amor y ese pensamiento puede continuar; pero el pensamiento acerca del amor no es amor -y ésa es vuestra dificultad. Pensáis acerca del amor, y deseáis que ese pensamiento continúe: por eso preguntáis “¿que le ocurre al amor cuando llega la muerte?” Lo que os preocupa, empero, no es el amor; es el pensamiento acerca del amor, que no es amor. Cuando amáis no hay continuidad. Sólo e1 pensamiento desea que el amor continúe, pero el pensamiento no es amor. Eso, señores, es muy importante. Cuando amáis, cuando realmente amáis a alguien, no pensáis, no calculáis: todo vuestro corazón, todo vuestro ser, está abierto. Pero cuando sólo pensáis en el amor, o en la persona a quien amáis, vuestro corazón está seco; y por lo tanto ya estéis muertos. Cuando hay amor no hay temor a la muerte. El temor a la muerte es simplemente miedo de no continuar, y cuando hay amor no hay sentido de continuidad. Es un estado de ser.

El interlocutor también pregunta: “¿Qué le ocurre a la muerte cuando el amor hace valer sus derechos?” Señores, el amor no invoca derechos; y esa es la belleza del amor. Aquello que es el más alto estado de negación nada pretende, nada reclama: es un estado de ser. Y cuando hay amor no hay muerte: sólo hay muerte cuando surge el proceso de pensar. Cuando hay amor no hay muerte, porque el temor no existe; y el amor no es un estado continuo, el cual, una vez más, es el proceso de pensar. El amor no es sino ser de instante en instante. El amor, por lo tanto, es su propia eternidad.

Agosto, 15 de 1948.

GLOSARIO
Atman: Espíritu universal. El alma suprema.

Bhagavad-Gita: Literalmente “El canto del Señor”. Es un episodio del Mahabharata, el gran poema épico de la India.

Comunalismo: Una organización social y política en la que la vida del individuo se amolda a la de la comunidad a que pertenece a tal punto que ésta y no el individuo tiene importancia; a la vez estas comunidades tienen un espíritu separatista entre sí (en la India).

Gurú: Instructor espiritual; maestro o protector religioso cualquier persona venerable.

Harijau: Miembro de una secta que adora a Hari; uno de los 12 dioses creados por Brahma.

Mantrams: Versos de las obras védicas usadas como encantamiento.

Puja: Servicio devocional en honor de una divinidad; adoración, fiesta religiosa.

Puranas: Nombre de una clase de libros sagrados que se supone fueron compilados por el poeta Vyâsa.

Parabrahman: El principio absoluto, supremo, impersonal, sin nombre, más allá, del tiempo; atemporal.

Paramatman: El Gran Alma o Espíritu Supremo o Alma Universal.

Ramakrishna Paramahamsa: Ramakrishna (l836-l886) maestro de Vivekenanda.

Shankaracharya: Filosofo-Santo. Considerado por algunos como el sucesor y reencarnación de Buda (Siglo VIII y IX).

Shastras: Cualquier libro o tratado religioso de los hindúes

Upanishads: Tratado filosófico concerniente al hombre y el universo.
ÍNDICE DE PREGUNTAS
¿Qué puede hacer el común de los hombres decentes para poner fin a nuestro problema “comunal”? 10

Antes de que pueda conocer a Dios, el hombre tiene que saber qué es Dios. ¿Cómo podrá usted presentar al hombre la idea de Dios sin traer a Dios al nivel del hombre? 17

¿La mente es diferente del pensador? 20

¿Cómo podemos resolver nuestros caos políticos y la crisis del mundo? ¿Hay algo que un individuo pueda hacer para atajar la guerra que se avecina? 46

La familia es el armazón de nuestro amor y codicia, de nuestro egoísmo y división. ¿Qué lugar ocupa ella en su esquema de las cosas? 51

¿Cómo se propone usted justificar su pretensión de ser el Instructor del Mundo? 57

¿Tiene usted un mensaje especial para la juventud? 98

¿Su confianza en sí mismo nace de que usted está libre del miedo, o proviene de la convicción de que se halla sólidamente respaldado por grandes seres como Buda y Cristo? 101

¿Podemos llegar a lo real a través de la belleza, o la belleza es estéril en lo que atañe a la verdad? 103

¿Por qué desacredita usted la religión, que evidentemente contiene granos de verdad? ¿Por qué tirar al niño con el agua del baño? ¿No es necesario reconocer la verdad dondequiera se la encuentre? 106

Algunos de nosotros, que le hemos escuchado a usted durante muchos años, estamos de acuerdo -sólo verbalmente, tal vez- con todo lo que usted dice. Pero de hecho, en la vida diaria somos torpes, y no conocemos ese vivir de instante en instante de que usted habla. ¿Por qué hay una brecha tan enorme entre el pensamiento, o más bien las palabras, y la acción? 110

¿Qué lugar ocupa el poder en su esquema de las cosas? ¿Cree usted que los asuntos humanos pueden ser dirigidos sin coacción? 131

¿Por qué somos tan duros unos con otros, a pesar de todo el sufrimiento que ello involucra? 135

¿No puede usted hacerse de secuaces y emplearlos convenientemente? ¿Tiene que seguir usted siendo una voz en el desierto? 138

Granos de verdad pueden hallarse en las religiones, teorías, ideas y creencias. ¿Cuál es el verdadero modo de separarlos? 141

Habla usted mucho acerca de la necesidad de una incesante vigilancia. Yo encuentro que mi trabajo me embota de un modo tan irresistible que el hablar de un estado de alerta después de un día de trabajo es simplemente echar sal en la herida. 154

¿Ama usted a la gente a quien dirige la palabra? ¿Ama usted la torpe y fea multitud, los rostros informes, la atmósfera hedionda de rancios deseos, de recuerdos pútridos, la de generación de tantas vidas inútiles? Nadie puede amarlas. ¿Qué es lo que le hace a usted trabajar como esclavo a pesar de en repugnancia, que es a la vez evidente y comprensible? 159

¿Toda caricia no es sexual? ¿No es todo lo sexual una forma de “revitalización” mediante la interpretación y el intercambio? El mero cambio de miradas amorosas es también un acto sexual. ¿Por qué castiga usted al sexo vinculándolo con la vacuidad de nuestra vida? ¿La gente vacía conoce el sexo? Lo único que conoce es la evacuación. 163

¿Está usted seguro de que no es el mito del Instructor del Mundo lo que mantiene a usted en actividad? Para expresarlo diferentemente ¿no es usted leal a su pasado? ¿No hay en usted un deseo de realizar las muchas esperanzas que en usted se han cifrado? ¿Ellas no le resultan un estorbo? ¿Como puede usted continuar a menos que destruya el mito? 168

¿Puedo continuar siendo funcionario del gobierno si quiero seguir las enseñanzas de usted? La misma pregunta podría formularse con relación a muchas otras profesiones. ¿Cuál es la verdadera solución para el problema de la subsistencia? 181

¿Puede usted enunciar brevemente los principios básicos sobre los cuales debería edificarse una nueva sociedad? 187

¿Qué debemos hacer para tener un gobierno realmente bueno, y no tan solo gobierno propio? 190



¿Qué es eterno el amor o la muerte? ¿Qué le ocurre al amor cuando la muerte le corta el hilo? ¿Qué le ocurre a la muerte cuando el amor hace valer sus derechos? 195

ÍNDICE
Páginas

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  3. 60

  4. 88

  5. 116

  6. 146

  7. 173

Glosario 205
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