Kalpa imperial Angélica El cazador de jaguares Lucius Shepard El ejecutivo



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Kalpa imperial

Angélica
El cazador de jaguares

Lucius Shepard

El ejecutivo

Thomas M. Disch
El hombre que pintó al dragón Griaule

Lucius Shepard

El tapiz del vampiro

Suzy McKee Chamas


Un lugar agradable y tranquilo

Peter Beagle

La ascensión secreta

Michael Bishop

Colección «Narrativa fantástica»Michael Bishop

La ascensión secreta
Llorad, Philip K. Dick

ha muerto

Traducción de Eduardo G. Murillo

ALCOR

Título original: The Secret Ascension or, Philip K. Dick is Dead, Alas

Colección dirigida por Alejo Cuervo y Albert Solé

Cubierta: Romi Sanmartí

Ilustración: Barclay Shaw/Thomas Schlück

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autori­zación escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendi­dos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamos públicos, así como la expor­tación e importación de esos ejemplares para su distribución en venta, fuera del ámbito de la Comunidad Económica Europea.



© 1987 by Michael Bishop

© 1991, Ediciones Martínez Roca, S. A.

Gran Via, 774, 7.°, 08013 Barcelona

ISBN 84-270-1549-6

Depósito legal B. 28.567-1991

Fotocomposición: Pacmer, S. A., Lepanto, 264, 08013 Barcelona

Impresión: Libergraf, S. A., Constitució, 19, 08014 Barcelona



Impreso en España - Printed in Spain

Este libro está dedicado a los herederos, biológicos y literarios, de Philip K. Dick

«La esencia de la responsabilidad moral es de­terminar de antemano las consecuencias de nuestra acción o inacción.»

Richard Nixon, Nunca más otro Vietnam

Agradecimientos

Esta novela nació de mi respeto y afecto por las novelas del fa­llecido Philip K. Dick. En mi opinión, la mejor sigue siendo El hombre en el castillo, pero también admiro Tiempo desarticula­do, Tiempo de Marte, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Ubik1 Una mirada a la oscuridad, Sivainvi y La transmigración de Timothy Archer. Me parece importante, aunque sea más o me­nos redundante, admitir que la influencia de estas novelas, así como la de otros muchos títulos de Dick, impregna este home­naje literario.

Por otra parte, no creo que La ascensión secreta, o Ay, Philip K. Dick ha muerto, sea un pasiche servil de la obra de Dick. Es cierto que utilizo muchas técnicas literarias favoritas de Dick (por ejemplo, la narración en tercera persona desde un punto de vista múltiple) y algunos de los «elementos» de la CF típicos Dick (por ejemplo, el resquebrajamiento de la realidad) para estructurar la novela, pero en ningún caso los manipulo como haría Dick. Mi omisión a este respecto puede ser o no lamenta­ble, pero woes un accidente.

Estos libros me fueron de gran ayuda a la hora de escribir mi novela: Only apparently Real, de Paul Williams; Philip K. Dick: The Last Testament, de Gregg Rickman; The Novéis of Philip K. Dick, de Kim Stanley Robinson; La verdadera paz y No más Vietnams, de Richard Nixon; Peopk ofthe lie, de M. Scott Peck, M. D.; The Demonologist, de Gerard Brittle; Engines of Creation, de K. Eric Drexler, y dos títulos que plasman en clave de sátira la persona­lidad de Richard Nixon, Ourgang, de Philip Roth, y The Public Burning, de Robert Coover. Doy las gracias a los autores.



Finalmente, agradezco la contribución fundamental de Geoffrey A. Landis, a quien conocí en julio de 1985 mientras impartía uno de los cursillos semanales del Taller de Escritura de Ciencia Ficción y Fantasía del Clarion en la Universidad Es­tatal de Michigan (East Lansing). A lo largo de nuestra poste­rior correspondencia, Geoff me proporcionó abundantes páginas de buen material (dibujos, cuadros sinópticos, especulaciones personales) sobre la probable evolución del programa espacial norteamericano si nuestro país hubiera logrado una victoria militar en Vietnam en 1974. Nunca he sido un escritor de CF «dura», o sea, plagada de datos técnicos y/o científicos, y Geoff es el principal responsable de la exactitud y/o verosimilitud que puedan poseer los fragmentos de Braunville de mi novela. Por otra parte, que nadie le culpe por mis lapsos surrealistas en esos mismos pasajes. Te reitero de nuevo, Geoff, mi gratitud.

MICHAEL BISHOP


Pine Mountain (Georgia)

Del 14 de enero al 19 de mayo de 1986

Prólogo

La luna rosada alienígena escudriña el interior del apartamento de Philip K. Dick en Santa Ana (California). Corre el año 1982 (aunque es posible que no se trate del 1982 descrito en casi todos los libros de historia), y Dick acaba de sufrir un fulminante ataque de apoplejía.

La luna le enfoca en el suelo dentro de un círculo de luz rosada. Proyecta, de una forma sobrenatural, un arco de superficie lunar sobre su espalda. Cráteres, mares y bahías se ondulan sobre la chaqueta que llevaba cuando el ataque le sorprendió. Todavía la lleva mientras, consciente subconscientemente, yace a la espera de que alguien (un amigo, un vecino, la policía) le encuentre y le conduzca al hospital.

Un robusto gato se adentra en el círculo de luz rosada y se sienta junto al hombre caído. El gato maulla una vez, frota con el hocico la frente de Dick, le lame la mejilla con una lengua parecida a un velero húmedo. Al cabo de un rato, el gato trepa con cautela sobre a chaqueta de su amo, avanza por el impreciso mapa lunar y se acomoda en el viscoso pantano superpuesto en la región lumbar de Dick para echar una siesta invernal.

Febrero, piensa la semiinconsciente víctima del ataque, es una época muy jodida para morir...

Pasados unos segundos, diminutas máquinas ocultas en la sangre del escritor caído empiezan a construir un simulacro, en parte corporal y en parte astral, a fin de almacenar su mente y sus recuerdos.

Yen parte capullo también, piensa Dick, notando el zumbido en sus venas. Esto es muy raro. Es jodidamente raro.

Su segundo yo es una especie de fantasma material, que surge desnudo como un gusano y tembloroso del cuerpo mortal del escritor. Tan veloz, silenciosa e imperceptiblemente sale Philip K. Dick 1 de Philip K. Dick 2 que Harvey Wallbanger, el gato, ni siquiera se mueve. Los demás gatos del apartamento tampoco se enteran.

Dick 2 tiene la impresión de que alguien se ha dejado abierta la puerta de un congelador, y contempla a su yo caído con estupefacta compasión.

—Pobre bastardo —dice—. Siempre te pasan chuminadas como ésta. Ha vuelto a ocurrir.

Dick 2, un fantasma tangible, sabe que nanoordenadores in­tangibles inmersos en el sistema circulatorio de Dick 1 utilizaban ese cuerpo como modelo de su propia y maravillosa forma.

La piel resurrecta de Dick 2 se pone de gallina y el simula­cro empieza a temblar, tanto de compasión como de frío. Dick 1 no se ha levantado —nunca volverá a levantarse— y Dick 2, acon­gojado, le quiere tanto como Dick 1 quiso a sus amigos a lo largo de su vida.

Una vida, se da cuenta Dick 2, que ha terminado demasia­do pronto. Una vida que, llegada la madurez de Dick, la nefas­ta política del rey Ricardo transformó en una parodia grotesca. Una vida que Dick 2 deplora mientras tiembla, bañado por la glacial luz rosada de la luna.

Ésta es otra ascensión secreta, reflexiona Dick 2. Mi segunda y jodida ascensión secreta. Comprendo, una vez más, que este mundo es irreal, y que por encima o más allá de él mora una Enti­dad oculta pero bondadosa que desea quitarnos las vendas de los ojos. Aunque estamos ocluidos, esta Entidad quiere que veamos, a través de nuestra oclusión, la realidad eternamente pertinente...

El tiempo y el espacio son meras ilusiones, se dice Dick 2, acercándose a un armario ropero para buscar algo con que cu­brir su desnudez. Lo que Dick 2 desea de momento no son profundas disquisiciones ontológicas, sino calor. Cuando abre la puerta del armario, descubre que la parte astral de su cuerpo puede golpearse con las formas sólidas de este mundo. ¿Y por qué no? Si el mundo de Dick 1 es irreal, ¿por qué no ha de po­der un fantasma, la mismísima esencia de la irrealidad, en suma, funcionar en su seno?

Ya lo creo que puedo funcionar, piensa Dick 2, el prefantasma del todavía vivo Philip K. Dick. Al menos, por un tiempo. Hasta que la Entidad invisible nos retire su apoyo...

El prefantasma rebusca en el armario como la encargada de los accesorios en el baúl de una compañía teatral. Lo único que quiere es calentarse. Arroparse con prendas confortables que no supongan ninguna declaración de principios, excepto, tal vez, que no es partidario de un sentido frívolo del estilo.



Por fin, se decide por unos pantalones desgastados, una ca­misa de dril holgada y una chaqueta plateada. Es una chorrada de una marca conocida, con una pretenciosa etiqueta de dise­ño, pero Dick 1 la compró por puro capricho, porque necesita­ba una chaqueta y le gustó su corte deportivo, y él, Dick 2, se la ciñe con placer en cuanto termina de ponerse los pantalones y la camisa.

Falta la ropa interior.

¿Para qué necesito yo ropa interior?, se pregunta el prefantasma dickiano. Para nada, está claro. Paso de biología. Los se­res semiastrales ya no somos esclavos de las secreciones y las exudaciones...

Dick 2 se deja caer en un sillón, se calza unas zapatillas de tenis cómodas y mira otra vez a Dick 1.

Estás perdido, piensa. Siempre lo estuviste. Conseguiste lle­gar tan lejos sólo porque eras demasiado orgulloso para sucum­bir a la mentira de la realidad consensuada. No quisiste retraer tus antenas. Mira lo que has logrado, Phil. Fíjate bien.

Dick 2 se levanta, pasea por el apartamento y acaba por sen­tarse ante el escritorio sobre el cual descansa la máquina de es­cribir de Dick 1. Empieza a escribir. Sus dedos, silenciosa pero obsesivamente, bailan sobre las teclas. Los brazos de las letras retumban dentro de la caja, como un centenar de colibrís que martillearan las mentiras de la noche. El tiempo se comprime, la realidad se altera.

Los vecinos irrumpen en el apartamento y encuentran a Dick 1 tendido sobre la alfombra de la sala de estar, incons­ciente. Harvey Wallbanger maulla, y llegan los amigos para transportar al escritor en estado de coma a un centro médico cercano. Alguien entra en el apartamento cada dos por tres para llevarse un gato, una novela de bolsillo o un cepillo de dientes, pero Dick 2 sigue escribiendo a máquina todo el rato.

Febrero muere y marzo nace, y el prefantasma se convierte en un verdadero fantasma cuando una nueva serie de despia­dados ataques desencadenan el fallo cardíaco que arrancan a Philip K. Dick 1 de la irrealidad alternativa del flujo temporal en el que vivía.

Pobre bastardo de mierda, se lamenta la febril conciencia ante su máquina de escribir, mientras los dedos siguen teclean­do furiosamente. A la velocidad de Dios.

Imágenes extrañas se abren paso en el cerebro de Dick 2. Escribe en un pergamino borrable, nexo invisible, y se teletransporta a la Luna. Se abre un túnel en el punto donde debe­ría estar la Luna y lo aprovecha para trasladarse a la estrella binaria Omicrón Ceti, distante setenta parsecs, donde se en­cuentra con la Entidad que sostiene todo este Cosmos irreal. Dios y el fantasma sentado ante la máquina charlan y, terminada su conversación, Dick 2 es enviado de vuelta por las circunvolu­ciones de su conciencia hasta un apartamento de Santa Ana (California).

El fantasma deja de escribir. Su memoria se ha borrado. En algún lugar de la Amérika del rey Ricardo (en uno de los esta­dos de las montañas, al parecer), capta una imagen inquietante del entierro de su original, pero ya no recuerda la identidad de esa persona: es decir, ya no recuerda su propia identidad.

Si supiera leer, una habilidad que ha olvidado, se daría un nombre sacando el permiso de conducir de XI, o examinando las cubiertas de sus libros, o intentando encontrar algún che­que cancelado. Por desgracia, todo cuanto sabe de sí mismo, tras regresar de su charla con la Deidad, es que ha sido víctima de una cruel variedad de amnesia.

Necesito ayuda, piensa X2. Por Dios que necesito ayuda.



Aunque el apartamento le retiene durante unos cuantos días más, hace acopio de fuerzas esnifando rapé y bebiendo café ca­liente muy concentrado. Por fin, se aventura en el exterior. La cartera de XI rebosa de billetes verdes, dato intrigante, y él, X2, es capaz de sacarlos a voluntad, un don kármico de sor­prendentes proporciones. Al salir a la acera, bajo el pálido sol de marzo, él, el fantasma, adquiere completa sustancia. De re­pente, posee una sombra y una voz.

Impresionado por esta segunda demostración de vida, X2 para un taxi.

Se detiene con un chirrido de neumáticos.

—¿Adonde vamos, tío? —pregunta el conductor.

Es un auténtico ser humano, observa el antiguo fantasma. Un fulano de calva brillante. Un fulano cuyo aliento huele a pi­mientos de Jalapa y a queso Cheddar muy fuerte.

—Al aeropuerto —dice X2—. Lléveme al aeropuerto.



1
Con el fin de limpiar la jaula, Cal Pickford cogió dos de los bi­chos denominados osos Brezhnev. Aunque no apestaban (al menos, no olían peor que la mayoría de los ejemplares reuni­dos en el Emporio de los Animalitos Felices), ni devoraban como ratones, ni chillaban como demonios, ni segregaban ve­neno o almizcle, ni necesitaban arduos cuidados, ni se enfure­cían si se olvidaba de alimentarlos, ni repetían como loros cualquier taco que soltara sin darse cuenta, Cal arrugó la nariz y tiró sin ceremonias a los «osos» en una caja de cartón honda llena de astillas de cedro.

La caída no les hizo daño, pero era una forma muy poco delicada de tratar a los animales, el artículo que proporciona­ba más ganancias a la tienda desde que Cal había llegado.

Cal sabía por qué le desagradaban, desde luego, pero mien­tras trabajaba en la parte posterior de la tienda, situada en las galerías West Georgia Commons, vaciando la capa de astillas de cedro meadas de la quinta jaula de cristal que limpiaba aquella mañana y reemplazándola por una nueva de papel de periódico y astillas limpias, trataba de no pensar en las popu­lares pero grotescas bestias. Que esos bichos feos y encantado­res a un tiempo correteen a sus anchas, y que los jóvenes eje­cutivos de la nueva hornada (los PostMo) que los habían adop­tado como símbolo de su estatus social, suelten la pasta y los compren.

Lia monopolizaba hoy los pensamientos de Cal. Era su ter­cera semana como psicoterapeuta privada en Warm Springs, pero si los clientes tardaban mucho en acudir a su consulta, su paga como empleado de la tienda de animales no bastaría para cubrir la cantidad que los Bonner-Pickford necesitaban para pa­gar el nuevo coche «precomprado» de Lia o el alquiler de su apartamento de Fine Mountain. Cal tenía un Dodge Dar del 68, ya pagado, para trasladarse diariamente a LaGrange, pero Lia había hipotecado su éxito como psiquiatra a un Mercury Cougar del 79. Lo que ganaban entre ambos sólo les servía para ir tirando.

Que vivieran a casi cuarenta kilómetros de sus respectivos trabajos era absurdo, pero después de trasladarse a vivir a Geor­gia desde Colorado, donde se habían conocido en un concier­to de Fol.-rock celebrado en Red Rocks, Lia había insistido en vivir lo más cerca posible de sus familiares aún vivos (su madre inválida Emily, su hermano Jeff y la familia de éste). Comojeff dirigía una granja dedicada a la cría de caballos en Pine Mountains, Pine Mountains les había atraído, pero Cal aún se pre­guntaba cómo demonios había terminado, siendo como era un vaquero hippy acérrimo, en el Sólido Sur del rey Ricardo, tierra de algodón, bailarines de claque y Coca-Cola.

De pronto, Cal se dio cuenta de que no estaba solo en la trastienda. Levantó la vista y vio a un hombre de inmenso ta­maño que paseaba por el pasillo y escrutaba todo cuanto había a su alrededor. De vez en cuando, este hombre bien vestido (su traje no concordaba en absoluto con su físico de jugador de béisbol) cogía un objeto de las estanterías —una almohaza o un envase de matapulgas—, lo examinaba brevemente y volvía a dejarlo en su sitio. Miraba el techo y los rincones de la tienda, al igual que las mercancías, y se movía con un aire autoritario y amenazador.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó Cal, agachado junto a una bolsa de astillas de cedro.

El hombre se detuvo y le miró.

—Sólo estaba echando un vistazo.

—Bien, adelante. Nos encantan los curiosos.



—No he dicho que estuviera curioseando —replicó el hombretón, acercándose a la hilera de jaulas de cristal—. He dicho que estaba echando un vistazo.

—Eso también nos encanta. Adelante, eche un vistazo.

El intruso examinó a Cal como si fuera una almohaza o un envase de matapulgas.

—Yo nunca curioseo. Creo que nunca seré su típico «curio­so» de mierda.

Más bien un matón, pensó Cal, decididamente incómodo por el giro que había tomado la conversación. ¿Por qué seguía mirándole aquel tipo, por el amor de Dios, y por qué había en­trado en la tienda y lo manoseaba todo, si no buscaba algún tipo concreto de animal o producto?

—Avíseme, si puedo servirle en algo —dijo Cal.

—Será el primero en enterarse, amigo —replicó el hombre.

Sus labios insinuaron una sonrisa, pero la sonrisa se desva­neció y el hombre retrocedió poco a poco hacia la puerta de la tienda, alzando y examinando varios artículos mientras cami­naba. Por fin, dejó a sus espaldas la caja informatizada y salió a la calle principal de las galerías.

Cal, tembloroso, intentó recordar qué estaba pensando an­tes de la interrupción.

—¡Pickford! —gritó el señor Kemmings, propietario de este concesionario del Emporio de Animales Domésticos—. ¡Pickford, venga aquí, por favor!

Cal tenía astillas de cedro, rojas y aromáticas, hasta en los codos. Se pegaban a sus brazos como pétalos de flores. Gritó «¡Ya voy!», tiró las astillas al interior del saco y corrió a asearse en el lavabo de la tienda. Cuando volvió a la parte delantera del comercio, el señor Kemmings, que estaba tratando de ven­der un par de tórtolas a una anciana ataviada con un vestido de tweed, le indicó que atendiera a una segunda dienta.

La mujer acababa de entrar. Aunque era décadas más joven que el personaje salido de una novela de Agatha Christie al que concedía su atención el señor Kemmings, se acercaba más a los cuarenta que Cal, a quien todavía faltaban seis años para alcan­zar aquel pavoroso hito. Treinta y nueve, calculó Cal. Cuarenta y uno, como máximo. Vestía una capa negra, gafas de sol y pan­talones de montar escarlata, embutidos en altas botas de piel.

De incógnito, pensó Cal. Va por ahí de incógnito.

—A esa señora le gustaría comprar un animal doméstico, Pickford —dijo el señor Kemmings—. Quiere que le recomende­mos algo. Ayúdela.

—Sí, señor.

En Colorado, se dice «sí», o «muy bien», o «claro». En Geor­gia, se dice «sí, señor», o «sí, señora».

La mujer de las gafas de sol estaba mirando un acuario de peces tropicales.

—¿Le gustan los peces? —preguntó Cal.

—Sólo al horno y servidos con limón y una rama de laurel. Preferiblemente sobre un lecho de arroz.

—Tendría que cocinar todo un colegio de esos para lograr una comida decente —dijo Cal—. Hasta un lucio rojo le saldría más barato.

La mujer irguió la cabeza. Sus gafas le recorrieron de pies a cabeza.

—No estoy terriblemente preocupada por el gasto.

—Ojalá lo hubiéramos sabido antes. Habríamos encargado algunos ejemplares de animales en peligro de extinción.

Cal se arrepintió del sarcasmo al instante. Si el señor Kemmings oía una parida como aquélla le pondría de patitas en la calle, y entonces, ¿qué harían Lia y él?

La mujer, ante su sorpresa, sonrió.

—Para ser un dependiente, sus comentarios son muy agu­dos, señor Pickfbrd.

—Lo siento muchísimo. No debería haberlo dicho.

—¿Por qué no? Vivimos en un país libre.

La mente de Cal reprodujo una inquietante imagen del hombretón que había entrado en la tienda antes que esta mujer.

—Si se es rico, blanco y republicano, tal vez. De lo contrario, más vale que la persona con quien estés hablando no lleve un micrófono oculto.

Cal escuchó con incredulidad sus propias palabras. Saltaba de la sartén para caer en el infierno. Lia tendría que comprar­le un mitón de asbesto para la lengua, su apéndice más incen­diario.

La sonrisa cálida de la mujer dejó paso a otra de ironía.

—No, señor Pickford, es libre hasta para gente como usted. En los Estados Unidos de hoy, una de cada tres personas posee un título universitario. Se puede conseguir todo, incluso pros­perar a menos que sea un conspicuo antipatriota.

—Sí, señora.

—Preferiría que dijera «sí, señorita».

—Sí, señorita.

—Doy por sentado que lo dice con entera libertad..., sin sen­tirse obligado.

—Sí, señora. Quiero decir, sí, señorita.

—He venido a comprar un animal doméstico, un amigo que me haga compañía cuando no haya otra cosa a mano.

¿Con cuánta frecuencia ocurrirá eso?, se preguntó Cal, por­que la mujer, próximos o rebasados los cuarenta, tenía una bo­nita figura y un rostro bien proporcionado. Las gafas de sol no podían ocultar la agradable simetría de sus facciones.

—¿Es usted una persona perro o una persona gato? —pre­guntó en voz alta—. Saberlo me ayudaría a concretar la elec­ción.



—Confío en no ser ninguna de ambas, señor Pickford. Ha conseguido que los dos apelativos suenen como títulos nobi­liarios.

—¿Títulos nobiliarios?

—Su Alteza Real, el príncipe de Gales, Persona Perro. Jardine­ro Central de All-Star Murph Dailey, Persona Gato. ¿Se imagina esas palabras impresas en invitaciones para una cena?

De repente, Cal se sintió asustado. ¿Con quién estaba ha­blando? ¿Llevaba esta persona un micrófono oculto? ¿Y el tío que había entrado antes que ella? La mayoría de los clientes del señor K. se comportaban de una manera afable, sencilla, familiar. No se veían muchos peces gordos asomando la jeta por West Georgia Commons. Aunque tuvieran dinero, educa­ción, o ambos a la vez, también tenían lo bastante de lo uno o los dos para comportarse como norteamericanos normales, y no como los personajes rimbombantes de una obra de Osear Wilde. Cal ya estaba completamente convencido de que el co­mentario «rico, blanco y republicano» había sido un gran error. Esta mujer se lo estaba dejando entrever. Quería verle sudar. Ésa era la única «elección» respecto a ella que intentaba su­gerirle.

Quizá le gustaría comprar una serpiente, pensó Cal. Una cascabel, o tal vez una boa constrictor.

—Me han hablado mucho de los osos Brezhnev —dijo ella—. Tienen algunos, ¿verdad? Me gustaría verlos.

—Acompáñela —alentó a Cal el señor Kemmings. El jefe ha­bía perdido la batalla con su dienta, pero, al parecer, no que­ría escamotearle a Cal su venta en potencia—. En este momen­to tenemos una buena provisión, señorita, pero nos los quitan de las manos como tortitas calientes. Llévese uno o dos antes de que las multitudes nos invadan este fin de semana.

Tortitas calientes. Cal se imaginó los lomos pelados de los osos Brezhnev recubiertos de almíbar Log Cabin.

Procuró olvidar la imagen y guió a su dienta hacia las plata­formas de exhibición situadas en la trastienda. Había seis acua­rios, y cada uno acogía a dos o más de los populares animales, si bien no flotaban en agua, sino que descansaban sobre un lecho de astillas de cedro. Faltaba cambiar las astillas de un acua­rio, pero Cal se interpuso para que la mujer no lo viera, por lo que ella se puso a examinar los «osos» de las otras jaulas.

—Caramba, qué animalitos más extraños, ¿verdad?

Cal no dijo nada.

—¿Desde cuándo los venden?

—¿Yo en persona, o la tienda del señor Kemmings? Sólo lle­vo aquí desde mediados de enero. Unos ocho meses.

—Me refiero a la tienda, por supuesto.



—Bien, el Emporio de los Animalitos Felices los tiene desde que llegó el primer cargamento procedente de la Unión Sovié­tica. Hará unos seis meses. La razón estriba en que el secreta­rio de agricultura de Nixon, Hiram Berthelot, es oriundo de Woodbury, cerca de aquí, y quiso, en mi opinión, que las tien­das de animales de la región fueran las primeras en ofrecer a la venta los bichos.

—Las ventajas de tener amigos en las alturas.

—Supongo que sí. En cualquier caso, los neoyorquinos tu­vieron que esperar uno o dos meses más que los habitantes de Atlanta para comprar los suyos.



La mujer alzó con elegancia las alas de su capa y se agachó ante un acuario. Apoyó la punta de un dedo sobre el cristal, a dos centímetros y medio de la cabeza, coronada por un me­chón de color tostado, de un animal.

—Sé que no son osos, en realidad. ¿Qué son?

—Son cobayas, señora. —Cal tragó saliva—. Quiero decir, se­ñorita.

Experimentó de nuevo la sensación de que la mujer estaba jugando con él. Una persona que no supiera nada de los osos Brezhnev era una persona que debía de haber naufragado en una isla ignota y permanecido en ella durante los últimos seis meses.

—¿Cobayas?

—Conejillos de Indias. A la mayoría de los científicos ya no les gusta llamarlos así. «Conejillo de Indias» tiene malas con­notaciones.

—Pero si están desnudos, a excepción de los mechones. Los conejillos de Indias tienen pelo. Algunos tienen mucho pelo. Cuando era niña, una amiga mía tenía dos conejillos de Indias peruanos, y parecían bolas de chocolate, o de hilo color hollín. Tenía que esquilarlos cada mes para poder distinguir sus cabezas de sus patas.

—Estos conejillos de Indias, o cobayas, fueron criados espe­cialmente para los laboratorios de investigación por científicos soviéticos, señorita. Por eso se les llama osos Brezhnev. Una es­pecie de homenaje a la distensión y a los éxitos del presidente Nixon en materia de política exterior.

Cal se detestó por escoger sus palabras con una cautela que nacía de la cobardía, pero esta dama, así como el tipo extraño que había entrado antes que ella, le había acojonado. Si perdía su empleo en la galería, cabía la posibilidad de que Lia dejara de rescatarle de sus impulsos suicidas. Ella no quería que su traslado a Georgia supusiera una repetición de antiguos pro­blemas, sino un nuevo comienzo.

La mujer se incorporó, soltándose la capa al mismo tiempo.

—¿Por qué no tienen pelo?



—Para reducir la necesidad de cuidados. Por eso son tan adecuados para gente joven muy dedicada a su trabajo. Ade­más, así se suprime el mal olor que desprenden los conejillos de Indias vulgares, y existe aún otra explicación. A causa de los intercambios culturales y tecnológicos que se efectúan actual­mente con los soviéticos, era casi inevitable que el secretario Berthelot ordenase importar algunos de esos cobayas comu­nistas calvos para los laboratorios norteamericanos.

—¿Y los mechones?

—Creo que es para embellecerlos. El Kremlin posee una es­pecie que carece por completo de pelo. Por desgracia, repug­na a la mayoría de la gente. Sin embargo, el aspecto de los osos Brezhnev da ganas de reír, despierta sentimientos protectores y anima a comprar un par para llevarlos a casa como animales de compañía, o como objetos que sirven de tema de conver­sación.

—¿O como símbolo del nivel social?

—También.



—Señor Pickford, ¿cree que soy el upo de mujer que necesi­ta símbolos de nivel social para reforzar su yo?

—No, señorita. Usted pidió verlos.

—Ya lo sé. Y voy a comprar un par, pero no por el nivel so­cial, sino porque son bonitos. Para que me hagan compañía.

Seleccionó dos cobayas. Cal le enseñó algunos acuarios desocupados para que comprara uno..., junto con una bolsa de comida para conejillos de Indias, una botella de agua y un saco grande de astillas de cedro. La cuenta ascendió a 122 dólares, más impuestos. El señor Kemmings, radiante, permitió que Cal se encargara de teclear la cantidad en la caja.

A lo mejor averiguo su nombre ahora, pensó Cal. Daba por sentado que su dienta le tendería un talón o una tarjeta de cré­dito. Quería saber su nombre, en parte porque pensaba que se sentiría menos intimidado, y en parte porque tenía la curiosa sensación de que ya lo sabía.

Pero la mujer, en lugar de darle un talón o una tarjeta de cré­dito, pagó en metálico. Un billete de cien dólares, uno de veinte y uno de diez.

Cal le devolvió tres dólares y doce centavos, con cierta sen­sación de embarazo, o de haber sido burlado de una manera sutil. Observó, como siempre, que en los centavos estaba gra­bado el perfil de Richard Nixon, el único presidente que había alcanzado en vida ese honor. Los hombres del rey Ricardo no se habían apuntado ese tanto después de su retiro, sino duran­te el primer año de su tercer mandato. Ambas monedas eran de aquel año, 1977. A la izquierda de la efigie de RN se leía la palabra libertad, y había una D (por la casa de moneda de Denver) bajo su nariz parecida a una pista de tenis.

—¿Debo saber algo más sobre el cuidado de esos animales? —preguntó la mujer, guardándose el cambio.

—Les conviene una temperatura alta, alrededor de los vein­te grados; de lo contrario, se resfrían y la diñan sobre las as­tillas.

(Un ripio digno de un capullo.)

—No hay problema. Sin embargo, la temperatura exterior sólo es de catorce grados. ¿Cómo los transporto al coche?



Cal recordó que, por la mañana, un feroz viento en contra había zarandeado su Dart durante todo el trayecto hasta la ga­lería. Los «osos» soportarían unos cuantos minutos en esas condiciones, desde luego, pero si uno de ellos era un poco dé­bil, hasta la más breve exposición al frío amenazaría su vida. Y como el señor K. garantizaba la buena salud de sus animales hasta una semana después de la compra, cualquier oso Brezhnev que muriera durante aquel período significaría una pérdida de beneficios.

El jefe, sin embargo, tenía el radar puesto.

—Pickford le ayudará, señorita —dijo, dejando por un mo­mento a los hamsters y a los gerbos para acercarse a ellos—. Suba al coche y vaya por la parte de atrás. Aparque frente a una puerta de servicio señalada con el nombre del establecimien­to. Nosotros trasladaremos sus compras.



¿Nosotros? ¿Qué cono significaba el nosotros? El señor K. te­nía cincuenta y ocho años, que igual podían ser ochenta y cin­co, un corazón birrioso y un asma crónico. Cal no esperaba de él que transportara pesadas cargas hasta los automóviles de los clientes, pero le ofendía su uso de ese «nosotros» mayestático, casi tanto como le ofendía ver el careto de un hombre vivo en las monedas de curso legal del reino.

Al salir, después de pasar a duras penas por la puerta, carga­do con un acuario por el que corrían como locos dos asustados osos Brezhnev, Cal se encontró ante un enorme Cadillac de co­lor rojo oscuro. Intentó mantener una expresión imperturba­ble en el rostro mientras depositaba la jaula sobre el asiento ta­pizado en piel e introducía todo lo demás en el maletero del Fleetwood.

—¿Le gusta mi coche?

—No gano para pagarme la gasolina, ni mucho menos el se­guro.

—¿Por qué un hombre atractivo de su edad (¿alrededor de los treinta?) no ha encontrado un trabajo más interesante, más lucrativo? —Hizo un ademán significativo en dirección a la tien­da de animales—. ¿Ha tenido alguna vez problemas con las autoridades?



El viento que agitaba la sudada camisa de Cal le heló la san­gre en las venas.

—No, señora... Quiero decir, señorita. Es que me gustan los animales.

—Ah.

—Pero mi mujer es psicóloga —barbotó Cal.

—Debe de ser muy práctico para usted. ¿Dónde tiene la con­sulta?

—En Warm Springs. Gracias a Dios, su hermano es el pro­pietario del despacho, y no tenemos que pagar alquiler. Mi mujer se llama Lia. Doctora Lia Bonner.

—Me alegra saberlo. —La mujer, sonriendo, se quitó las gafas de sol. Brillantes ojos azules, de iris caracterizados por una fría falta de profundidad. ¿Lentillas de color?—. Me alegra mucho sa­berlo.

Se volvió a poner las gafas, dio a Cal una propina de cinco dólares, entró en el Cadillac y se alejó de la parte posterior de las galerías para adentrarse en una densa zona crepuscular de niebla o bruma. Un momento después, otro coche, un Plymouth último modelo, siguió al Cadillac hasta desaparecer en la misma oscuridad espectral.

Al menos, ella tiene sus osos Brezhnev, pensó Cal. Lo único que tengo yo es mi terror indefinido...

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