Juan Guillermo Saldarriaga Ríos



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LA GLOBALIZACIÓN Y LA COMPETITIVIDAD DE LAS EMPRESAS FAMILIARES: UNA APROXIMACIÓN TEÓRICA *

Juan Guillermo Saldarriaga Ríos**

Recibido: Diciembre 15 de 2006 Aprobado: Enero 30 de 2007
RESUMEN

Este artículo es el resultado de un proceso de investigación adelantado en el año 2006 acerca de los factores determinantes de la competitividad de las empresas familiares antioqueñas en el contexto de la globalización. Basado en aspectos de orden teórico, se trata de realizar una reflexión acerca de las diferentes intersecciones existentes entre la globalización y la competitividad de las empresas familiares en el momento histórico actual, razón por la cual se inicia ofreciendo una serie de elementos conceptuales acerca de cada una de las categorías claves de la investigación y realizando una relación entre ellos con el fin de establecer un planteamiento hipotético acerca de la incidencia de la globalización en la competitividad de las empresas familiares.


PALABRAS CLAVE:

Globalización, Competitividad, Empresa familiar.



ABSTRACT

This essay represents one of the final products obtained from a research process carried out during 2006. This research’s objective was to describe the competitivity elements implied in the globalization context for the family industries in Antioquia.


This essay provides a group of elemental concepts about the main categories of analysis considered in the research and raises an issue related to the real influence globalization have on the competitivity of the Family industries.
KEY WORDS:

Globalization, Competitivity, Family Industries.


INTRODUCCIÓN

La globalización como fenómeno sociológico no se circunscribe meramente al aspecto económico, aunque en el imaginario social pareciera quedarse allí, pues cuando se hace referencia a ella comúnmente se relaciona con el crecimiento económico de las naciones (Villagrasa; 2003), con las tramas de intercambios de bienes y servicios y con la productividad de las empresas que los producen y comercializan, lo que, de suyo, supone un incremento en los parámetros de competitividad que deben enfrentar las organizaciones para sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo y con una mayor oferta de esos bienes y servicios a menor precio y con mayores estándares de calidad.


La globalización es un fenómeno de orden económico sí, pero también y más aún, es un hecho social de carácter político y cultural en el que intervienen una multiplicidad de factores que conducen a la homogenización de procesos sociales, económicos y políticos alrededor del mundo, del cual la expresión aparentemente más visible es la conformación de bloques económicos y la entrada en vigencia de diferentes tratados comerciales en los que las naciones pretenden explotar las ventajas competitivas y comparativas que poseen con respecto a las otras y sacar la mayor ventaja posible. Es éste un movimiento en doble vía en el que cada uno de los países participantes desea obtener el mayor beneficio posible, el mejor posicionamiento en el mercado con base en sus ventajas competitivas (Porter; 1991) y el crecimiento económico que le permita invertir capital en el desarrollo social. En este sentido, al hablar de globalización es necesario entonces remitirse 1) al intercambio sociocultural que atraviesa todo tipo de relación comercial; 2) a la mezcla y a la yuxtaposición de valores que permean toda cultura cuando entra en contacto con otra, y 3) a los patrones de roles y a las pautas de orientación de valor (Parsons; 1976) que son importantes en cada sociedad y que la diferencian de otras, pero que se recrean en la interacción con otras sociedades y culturas.
Esta visión sesgada de la globalización, que hace que solamente se tenga en cuenta su aspecto económico, ha dado origen al pensamiento ampliamente compartido de que la competitividad de las empresas y las naciones solamente es posible en la medida en que se logre penetrar exitosamente los mercados internacionales con productos y servicios de excelente calidad y bajo precio, lo que de una u otra manera tiene incidencia en el imaginario que las empresas crean y recrean acerca de lo que es la competitividad y cuáles son las estrategias competitivas que deberían implementar para ser exitosas en el mercado nacional e internacional.
Básicamente sobre este aspecto se trabaja en este artículo, sin dejar de lado la concepción de que tanto la globalización como la competitividad y las empresas familiares en sí mismas son conceptos y realidades abstractas que no pueden ser encasilladas en una manera unidimensional de interpretación ni de comprensión y que sin importar el recorte privilegiado que el investigador pretenda realizar sobre un concepto o una realidad, ésta siempre será mucho más amplia y desbordará algunos postulados y realidades empíricas que la evidencian. Así, se pretende aquí abordar estos conceptos desde su complejidad y realizar la reducción necesaria al aspecto económico, posibilitando una adecuada comprensión de lo que un fenómeno como la globalización (en sus diferentes dimensiones) puede contribuir al desarrollo de la competitividad de las empresas familiares.
ALGUNAS CONCEPTUALIZACIONES

La globalización puede ser entendida como el proceso económico, político y social que tiene como aspecto central la relación de interdependencia (básicamente económica, aunque también sociocultural) entre unos territorios y otros. Es una expresión avanzada de la expansión del capitalismo apoyada por los avances de la tecnología. En este sentido entonces, aunque uno de sus ejes centrales es el aspecto económico, puede decirse que cuando se habla de globalización es pertinente utilizar un término que la contiene: mundialización (Morin; 1982), lo que significa que hoy más que nunca, los grupos y las personas se relacionan directamente a través de las fronteras sin la intervención del Estado (Annan; 2006) y comparten valores, normas, leyes, patrones comportamentales que se yuxtaponen y que en última instancia terminan por subsumir muchos de ellos en los que son más fuertes, haciendo así que paulatinamente se conviertan en patrones culturales transmitidos, aprendidos y compartidos por los miembros de las diferentes culturas o sociedades que se encuentran en interacción.


En este mismo sentido, Castells (1994; 2002; 2004) afirma que la globalización es un proceso multidimensional y no sólo económico, del cual la expresión determinante es la interdependencia global de los mercados financieros, favorecida por la desregularización y liberalización de dichos mercados, lo que sitúa a la globalización como un fenómeno económico del cual no se han abordado sus aspectos sociológicos y han pasado casi inadvertidas sus consecuencias en lo social, político, deportivo e incluso en la salud pública.
Abordando los aspectos sociológicos de la globalización, Bauman (2002) enfatiza en el hecho de que en la globalización dependemos los unos de los otros, en que las distancias no importan ahora, ya que lo que suceda en un lugar puede tener secuelas mundiales y a consecuencia de los procesos de globalización las barreras mundiales tienden a desaparecer, siendo la primera expresión de ello que en el mundo económico fronteras nacionales se derrumban con mayor rapidez que las que se presentan en aspectos de orden sociocultural y tras resaltar esta interdependencia, enfatiza en criterios éticos.
Estos mismos postulados son compartidos por Stiglitz (2002) en la medida en que afirma que más allá de los aspectos puramente económicos, la globalización presenta dos dimensiones que pueden ser observadas en el escenario social, dependiendo del lugar en el que se esté ubicado. Estos aspectos pueden ser positivos o negativos y dependen de forma directa de las maneras como se ha manejado y adoptado el proceso de globalización y del lugar que ocupan las naciones en el escenario geopolítico, ya que no puede negarse que lo que para algunas ha resultado benéfico en cuanto a los procesos de internacionalización de la economía para otras ha resultado devastador. Ejemplo de ello es que como este autor afirma que “la globalización ha sido manejada mediante procedimientos antidemocráticos y desventajosos para las naciones en desarrollo, en especial las que son pobres”, lo que da como resultado no sólo un deterioro en las condiciones económicas de estas naciones, sino en sus condiciones sociales y económicas y un crecimiento en estos mismos aspectos para las naciones poderosas.
Ramoneda (2002) por su parte, al igual que Morin (1982), habla de la globalización en términos de mundialización y haciendo eco de los postulados de Stiglitz (2003), enfatiza en que este proceso puede resultar benéfico para todos, pero en tanto se tengan en cuenta sus aspectos meramente económicos y se siga manejando de manera inadecuada, sólo podrán verse sus efectos devastadores en el aspecto económico y no aportará en nada para el avance sociopolítico de las naciones, como es su función.
Centrándose en los aspectos económicos de la globalización, pero relacionándolos íntimamente con otros aspectos de orden social, Beck (2002) señala que la relación entre economía, Estado y movimientos sociales fue siempre un juego de poder en el que las reglas estaban controladas por el Estado de la nación. Pero el nuevo orden mundial en el que las fronteras tienden a desaparecer, la economía global es la que cobra el poder que antes correspondía al Estado y para ello tiene un medio eficaz: las inversiones que posibilitan a un Estado, a una nación o a los particulares establecerse en otros territorios, tomar el control y ejercer el poder sin necesidad de estar allí; es éste el caso de las empresas multinacionales y transnacionales, que cada vez tienen más poder en los territorios en los que se instalan y desplazan al Estado en aspectos de vital importancia, ejerciendo el dominio y por consiguiente, incidiendo en aspectos de la vida cotidiana de las sociedades en las que se asientan, haciendo que carezcan de autonomía.
Así las cosas, la autonomía no es ya, en la sociedad globalizada, una cuestión individual sino social (Castoriadis: 1986) que se encuentra relacionada con las estructuras heterónomas que se crean en la trama de intercambios relacionales que potencia la globalización y que tienen su raíz en la dependencia económica de las empresas y naciones hacia con relación a empresas y naciones más desarrolladas y que manejan a su antojo el curso de la globalización, determinando a su vez los parámetros de competitividad que han de seguir las empresas y naciones, con el fin de posicionarse adecuadamente en el mercado internacional.
Con este marco de referencia que aporta la globalización, puede introducirse en el discurso a la competitividad, que entre sus múltiples acepciones significa la capacidad de respuesta o de acción de un país, una empresa o un individuo, para afrontar la competencia abierta, ya sea entre naciones, empresas o individuos. Puede también definirse como la capacidad que tienen las empresas para ofertar sus productos y servicios de una manera sostenible y sirve para comparar el estado de estas empresas, naciones o individuos entre sí. Pérez Infante (1994) define la competitividad de una economía, con relación al resto del mundo, como la capacidad que tiene dicha economía (y por lo tanto sus empresas) para el abastecimiento y suministro de su mercado interior y para la exportación de bienes y servicios al exterior.
Como puede observarse en estas conceptualizaciones, la competitividad hace referencia directa a la capacidad de las empresas de penetrar en nuevos mercados, colonizar espacios y mantenerse en ellos desplazando a otras empresas, lo que se relaciona directamente con los aspectos meramente económicos de la globalización y las tramas de intercambios y movimientos que ella permite, posibilita, fomenta y determina.
Cuando se habla de competitividad en nuestra región, casi siempre y sin excepción se hace referencia en primer término a Michael Porter (1996) como paradigma último de que lo que en este sentido se ha producido y se hace referencia a los cinco factores de competitividad descritos por él y por toda la teoría económica moderna: (tierra, localización, recursos naturales, trabajo y tamaño local de la población), los cuales podrían ser resumidos en cuatro, trabajados por el mismo Porter (la dotación del país, la naturaleza de la demanda interna, la existencia de una estructura productiva y las condiciones prevalecientes en el país en materia de creación, organización y manejo de las empresas). Estos factores, más que a las empresas en sí mismas, hacen referencia a la competitividad del país y aunque éste es el modelo más utilizado para determinar y analizar la competitividad, no es necesariamente la única forma de mirar la realidad del objeto de estudio abordado en este trabajo: (la competitividad de las empresas familiares de una región con particularidades económicas, sociales, políticas y culturales como es Antioquia), ni la realidad de la inserción de las empresas de esta región en un entorno cada vez más globalizado.
Por su parte, el Consejo Nacional de Competitividad (1997) la define como “la capacidad de la sociedad colombiana para hacer frente al desafío de la economía global y, al tiempo, incrementar sus niveles de bienestar”, en este mismo sentido, Fajzylber la conceptualiza como la “capacidad de un país para sostener y expandir su participación en los mercados internacionales y elevar el nivel de vida de su población”. Esto quiere decir que de una u otra manera la competitividad está también relacionada íntimamente con procesos sociales de desarrollo o deterioro de las condiciones de un país o región y para unos países y empresas se ve favorecida por la globalización, pero no es así para otros, en virtud de su nivel de desarrollo político, social y económico y de su posición en el mapa del comercio mundial.
Desde otra perspectiva, Rivas Villatoro (1999) se enfoca no sólo en la producción y comercialización cuando habla de la competitividad, sino que se centra en los aspectos conexos a ellas y que se enmarcan en lo social. Una conceptualización de competitividad que tiene en cuenta estos aspectos es la que la concibe como “La capacidad estructural de una empresa de generar beneficios sin solución de continuidad a través de sus procesos productivos, organizativos y de distribución" (Fea: 1995), lo que quiere decir, según este mismo autor, que “el nivel de competitividad de una empresa está siempre definido por su intrínseca ‘manera de ser’ dentro de un determinado contexto socieconómico” y no sólo por las dinámicas exógenas en las que se desarrolla, ante lo cual Rivas Villatoro (1998) concluye que: 1) la competitividad es una característica interna al sistema empresa; 2) un mercado, o mejor un entorno sociopolítico y económico, determina el nivel temporal de su capacidad competitiva intrínseca y 3) una empresa tiene continuidad sólo si es capaz de adecuarse constantemente a las nuevas condiciones del entorno, el que puede estar determinado por factores institucionales más que por la oferta y la demanda. Estas conclusiones de una u otra forma remiten la competitividad a factores endógenos de la organización como por ejemplo su diseño, ya que “una empresa puede ser competitiva en el proceso de transformación y no serlo en el de distribución o tener gastos generales o financieros desproporcionados, o estar gravada por un exceso de personal de estructura, etc” (Rivas Villatoro: 1998).
Así, la competitividad es vista desde el punto de vista meramente organizacional, subsumiéndola en la productividad y haciendo referencia a aspectos de orden sociopolítico que inciden directamente en ellas. Charlier (2000; 5) afirma que un territorio adquiere carácter competitivo si puede afrontar la competencia del mercado y garantizar al mismo tiempo viabilidad medioambiental, económica, social y cultural, aplicando lógicas de red y de articulación internacional y determina que la competitividad social es la capacidad de los agentes para actuar eficazmente de manera conjunta sobre la base de una percepción consensuada y fomentada por una concertación entre los distintos niveles institucionales.
Esta perspectiva de asumir la competitividad no está contrapuesta a los postulados de integración mundial ni a las dinámicas del mercado: más bien las complementa en procura de que los procesos de intercambio y relación propiciados por la globalización sean integrales y traspasen los aspectos meramente económicos, llegando al trasfondo social que los contiene y logren que todas las naciones que participan de un mundo globalizado puedan obtener los beneficios que este proceso de integración les pueda ofrecer.
En lo que hace referencia a la conceptualización de las Empresas Familiares puede afirmarse que son empresas como cualquier otra, presentando algunas particularidades que las hacen diferentes y que están directamente relacionadas con su origen como un negocio de familia, por lo que es ésta, sus variaciones y relaciones las que determinan esas diferencias.
Para Puig (2001) una empresa familiar es aquélla en que una familia controla la compañía mediante los derechos de propiedad, y con frecuencia mediante una implicación directa en la gestión. En una empresa familiar, por ejemplo, los propietarios tienen el derecho de decidir quiénes han de desempeñar los papeles de alta dirección: por ejemplo, presidente del consejo, presidente y, por supuesto, director general. También tienen que aprobar el diseño definitivo de su sistema de gobierno, así como la dirección estratégica de la compañía. Y señala que “una virtud fundamental de las empresas familiares es el hecho de que los propietarios pertenezcan a un grupo familiar, por tanto, tengan una identidad y una biografía en común; comparten una narrativa, por decirlo así, que crece a partir de un cúmulo de experiencias provenientes de administrar juntos un negocio durante generaciones. Esta identidad compartida, y los valores que de ella nacen, se hallan en el núcleo mismo de las compañías creadas por familias emprendedoras. Estas familias saben cómo construir un entorno de trabajo en el que tanto el personal como los ejecutivos se sienten como miembros adoptados de una familia extensa”. Por su parte Lozano Posso (1992; 1993; 1996; 1997) señala que los cambios y rupturas que se han dado en la familia como institución a lo largo del tiempo inciden de forma directa y radical en la configuración de este tipo de empresas y en las formas como se asumen a sí mismas y como enfrentan los retos que a diario se les presentan.
Lo anterior evidencia que existen algunos parámetros de competitividad que son dados a las empresas por aspectos exógenos globales, pero que existen también otros factores potenciadores de la competitividad que se encuentran en el interior de las empresas y que dependen de su propia dinámica (para este caso de aspectos de orden familiar en la conformación y mantenimiento de la organización), siendo éstos bastante importantes en este tipo de empresas, ya que las estrategias de gestión utilizadas en la mayoría de las ocasiones se encuentran mediadas por las relaciones familiares.
Teniendo en cuenta estos postulados, puede decirse entonces que la globalización como fenómeno social mundial que se encuentra en constantes cambios y mutaciones, incide en las relaciones y negociaciones entre unos territorios y otros, afectando no sólo estas relaciones, sino aspectos de orden económico, político y social de las naciones implicadas. Así, aunque pareciera que solamente se relaciona con aspectos del orden de la producción y comercialización de bienes y servicios que pretenden incrementar la productividad y competitividad de las empresas y las naciones, la globalización va mucho más allá, pues tanto éstas, como todos los movimientos de las economías enmarcados en la cada vez más sólida economía mundial, contribuyen de forma decisiva a que se de o no el desarrollo social en un país.
En términos de Stiglitz (2002; 58) “el mundo de las finanzas y la economía es pasmoso. Ciertos principios que parecerían básicos, y hasta evidentes, con frecuencia se ven desmentidos. Uno pensaría que el dinero fluye de los países ricos a los pobres, pero año tras año ocurre precisamente lo contrario”. Esto es lo que la globalización no ha podido lograr. Ciertamente ha impulsado la competitividad y la productividad, pero no necesariamente el desarrollo (al menos en los países pobres), ya que, como este mismo autor menciona “la globalización ha distorsionado la asignación de recursos, a favor de los bienes privados y a expensas de los bienes públicos” […] “las injusticias asociadas a la globalización son evidentes hace mucho tiempo para quienes se preocupan por la justicia social desde una perspectiva global” (Stiglitz; 2002: 59). Es así que la globalización incide en aspectos económicos, políticos, sociales y culturales, y en el primer aspecto determina formas como las empresas deben enfrentar los desafíos que ella supone y que no siempre contribuyen al incremento de su competitividad.

GRÁFICO 1

RELACIÓN DE LOS CONCEPTOS
Fuente: elaboración propia
En este panorama se desenvuelven las empresas familiares en el mundo, debatiéndose entre ser o no competitivas en los entornos locales y globales y aplicando diferentes estrategias que en ocasiones son acordes con las exigencias de una comunidad mundial cada vez más demandante y en otras tantas considerando sólo los aspectos locales que les permiten sobrevivir. Estas empresas, en palabra de Ward (2004) “poseen características especiales que les permiten aplicar estrategias comerciales distintas y originales con respecto a aquellas implementadas por las compañías que no son familiares”, favoreciendo en muchos casos la productividad y el logro de los objetivos estratégicos de la organización y en este sentido, volviéndose cada vez más productivas y competitivas en el concierto internacional y contribuyendo de forma decisiva al logro del desarrollo de sus comunidades.
¿CÓMO INCIDE LA GLOBALIZACIÓN EN LA COMPETITIVIDAD DE LAS EMPRESAS FAMILIARES?

Teniendo como base las conceptualizaciones realizadas y recurriendo a la verificación empírica de la manifestación de los fenómenos en la realidad social, pueden realizarse algunos planteamientos hipotéticos cuya función es ayudar a dilucidar cuál y cómo es la incidencia de la globalización en las empresas familiares. Estos planteamientos parten de un proceso investigativo cuyo objetivo es describir las estrategias competitivas y de gestión utilizadas por las empresas familiares antioqueñas para afrontar exitosamente los retos que impone la globalización.


En primera instancia podría decirse de forma simplista que los efectos de la globalización en la competitividad de las empresas familiares se encuentran ubicados en dos vertientes: una positiva y una negativa. La primera de ellas es la que potencia el incremento de la productividad y por ende, de la competitividad de estas empresas y la segunda es aquella que determina la crisis y el cierre de las empresas por su incapacidad de competir exitosamente (en su propia región) con los productos que llegan a ella desde el exterior y/o de incursionar en los mercados internacionales.
Es bien sabido por todos que una u otra de estas alternativas se encuentra relacionada no sólo con las empresas y con sus estrategias de gestión, sino con el lugar que ocupan sus países en la geopolítica mundial. Es decir, es más factible que las empresas exitosas y que logran ser competitivas en el contexto de la globalización estén ubicadas en países con más poder y desarrollo, lo que les otorga en un principio una ventaja comparativa con aquellas que se encuentran ubicadas en países de menor desarrollo. Pero esta no es una condición obligatoria para que las empresas familiares sean o no competitivas.
Es así que como ejemplo de ello Stiglitz (2002; 58) afirma que “Uno pensaría que los países ricos, por ser mucho más capaces de asumir los riesgos de la volatilidad de las tasas de interés y de cambio, asumirían el grueso de esos riesgos cuando prestan recursos a los países pobres. Sin embargo, a los pobres les toca soportar las cargas”. Esta afirmación es válida no sólo para este aspecto, sino para todos los relacionados con la negociación internacional, en la que los países pobres que tienen relaciones comerciales con países ricos son los que asumen los riesgos en una relación desigual que muchas veces lo que hace es empobrecerlos y subyugarlos más de lo que ya están, contribuyendo al incremento de la riqueza de las empresas multinacionales y transnacionales y aportando realmente poco al desarrollo de la economía y la sociedad de la que hacen parte.
Este hecho se encuentra enmarcado en que en los postulados de la globalización se evidencia la necesidad de que “todos seamos uno” en la medida en que los productos y servicios puedan transitar libremente a escala mundial y los seres humanos puedan acceder fácilmente a ellos y satisfacer sus necesidades en colaboración directa de unos con otros. Pero aunque esta es una intención loable, las dinámicas de su implementación no han permitido llegar a su cumplimiento, pues la competencia (más que la competitividad) es la que ha jalonado el proceso y en esta competencia el aspecto económico es la punta de lanza que todos quieren poseer. Es por ello que la competitividad que ha propiciado la globalización es meramente económica y no tiene en cuenta el aspecto social que la constituye.
La competitividad social hace de la proximidad física de los agentes e instituciones que trabajan en el ámbito local un activo para construir una “inteligencia colectiva” en el contexto de un proyecto de territorio; contribuye a que el territorio sea más competitivo con relación al mundo exterior, desarrollando al mismo tiempo sus vínculos de solidaridad internos (Charlier: 2000; 6) y esto es lo que los países en vía de desarrollo no han logrado hacer y los países desarrollados no les han permitido. Lo mismo sucede con las empresas (familiares o no), pues a pesar de agremiarse, no han logrado llevar a la práctica el concepto de competitividad social que les permita unirse para lograr sus objetivos individuales y grupales para volverse progresivamente más competitivas.

GRÁFICO 2

EFECTOS DE LA GLOBALIZACIÓN EN LA COMPETITIVIDAD DE LAS EMPRESAS FAMILIARES

Fuente: elaboración propia


La globalización entonces se ha constituido en un paradigma a seguir, en una forma de visionar las relaciones y negociaciones internacionales. Pero esta visión se encuentra sesgada por la forma de concebir el mundo de los países desarrollados y su afán colonizador, más que por el ideal de justicia social. Así, mientras las empresas familiares de los países desarrollados florecen e incrementan sus niveles de competitividad con la globalización, las empresas familiares de los países pobres o en vía de desarrollo corren diferente suerte. En el caso colombiano, la fragilidad de las empresas familiares se profundiza a medida que se acelera el proceso de globalización (Dinero: 2001) y muy pocas empresas colombianas han resuelto la principal amenaza que se cierne sobre su supervivencia de largo plazo; la mayoría de ellas ni siquiera ha entendido que el problema existe. Se trata de un progresivo debilitamiento interno que pone en entredicho la esencia misma de su capacidad empresarial y de decidir sobre su propio futuro; si no encuentran una solución, será difícil que sobrevivan en la economía totalmente globalizada y rápidamente cambiante de la próxima década. La fuente de la amenaza es simple: son empresas familiares (Dinero: 1999).
Lo anterior no quiere decir que ser una empresa familiar es de suyo una debilidad o amenaza. Lo que se resalta es que este tipo de empresas en países como Colombia (con toda la carga política y social que esto implica y los acelerados cambios que se han dado en las tipologías de familia en las últimas tres décadas) no han podido aún encontrar las alternativas que les permitan ser viables y sobrevivir en momentos como el actual y no hayan introyectado en su cotidianidad que para ser competitivas en un mercado global, deben cambiar y evolucionar, sin dejar su esencia familiar, sin perder su identidad y aprovechando las ventajas que poseen por ser familiares.
Algunas de estas ventajas son descritas por Ward (2004; 4), señalando que las empresas familiares poseen coherencia estratégica, diversificación, integración vertical, satisfacción de las expectativas, visión a largo plazo, confianza y dirección. Estas ventajas consisten en que las empresas familiares mantienen un mayor grado de estabilidad en sus inversiones estratégicas durante períodos de recesión; son empresas que regularmente aplican estrategias de diversificación para adaptarse con mayor facilidad a los ambientes y condiciones en los que se desarrollan, superando en desempeño a otras empresas; son empresas que por su tamaño y recursos optimizan los beneficios de la integración vertical. De igual forma, la visión a largo plazo posibilita que la empresa se proyecte al futuro y genere acciones tendientes al logro de esa proyección, con la base de la confianza y la dirección adecuada. Estas ventajas, sumadas a las estrategias de gestión utilizadas por las empresas y a las oportunidades que ofrece para ellas la globalización, pueden posibilitar que estas organizaciones sean cada vez más competitivas y exitosas en el mercado internacional.
Puede decirse que las empresas familiares tienen rasgos que las caracterizan y las diferencian de las que no lo son, pero en gran parte de su estructura y su funcionamiento no hay diferencias significativas, ya que en la mayoría de los casos utilizan las mismas estrategias que cualquier otra empresa. Pero es un hecho que en la medida en que sus particularidades cobren importancia y sean capitalizadas, la globalización es para ellas una oportunidad de crecimiento y desarrollo. En este sentido y teniendo en cuenta las ventajas mencionadas, las estrategias originales de gestión propuestas por Ward (2004; 5) pueden contribuir de forma decisiva a que la incidencia de la globalización en la competitividad de estas empresas sea positiva. Estas estrategias son: mantener la coherencia estratégica, diversificarse, integrarse verticalmente, ser muy pacientes, ir contra la corriente, asumir riesgos percibidos como altos, tomar decisiones rápidas, hacer lo que a otros no les gusta, fortalecer las relaciones, aprovechar la memoria, la madurez y la perspectiva histórica. Estas estrategias no garantizan el éxito de ninguna empresa, pero pueden evitar el fracaso.
Para Ward (2004; 5) estas estrategias comparten tres principios comunes: 1) una visión de largo plazo que permite a las empresas romper con los paradigmas de la sabiduría convencional y de la mentalidad de “seguir al rebaño”; 2) confianza que estimula el valor para pensar a largo plazo; y 3) una excelente estructura de dirección que genera confianza con respecto a las intenciones de la gerencia. En el gráfico 3 puede apreciarse la forma como Ward entiende este proceso.
Es un hecho que la globalización puede incidir de forma positiva en una empresa familiar que se conozca a sí misma, a sus clientes y las dinámicas del mercado, que se apropie de de los procesos y aproveche al máximo sus ventajas comparativas y competitivas; que optimice recursos y minimice las amenazas externas por medio del fortalecimiento interno. Pero también es un hecho que una empresa por sí sola logrará menos resultados que aquellas que se encuentran agremiadas, que realizan alianzas estratégicas y que entienden que las condiciones de sus países de origen y del mundo en general inciden en su desarrollo. Por ello, sin importar el sector productivo en el que se inscriben, todas ellas se ven influenciadas de una u otra forma por la competencia que ha propiciado la globalización.
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