Joseph pearce


EL MANANTIAL Y LOS BAJÍOS



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EL MANANTIAL Y LOS BAJÍOS:

TOLKIEN Y LOS CRÍTICOS


Hemos ido de los bajíos y los baldíos hasta un profundo manantial, y la Verdad está en el fondo242
Ocho meses antes de la publicación de El Señor de los Anillos, el padre Robert Murray había escrito una carta a Tolkien expresando sus dudas sobre la acogida del libro. Murray temía que muchos críticos no supieran qué hacer con él, convencido de que «no dispondrán de un casillero previo para situarla».243

«Me temo que ... es demasiado probable como para que resulte verdadero —respondió Tolkien—. La publicación me está asustando, porque será imposible no tener en cuenta lo que se diga. He expuesto mi corazón para que se le dispare. Creo que los editores también están angustiados; y están muy interesados en que tanta gente corno sea posible lean copias de antemano y se formen una especie de opinión antes de que los críticos adocenados hinquen el diente ...»244

Los críticos, los adocenados y los que no, dispensaron a La Compañía del Anillo, el primer volumen de El Señor de los Anillos, una acogida muy variada después de su publicación en agosto de 1954. Peter Green, biógrafo de Kenneth Grahame, escribió en el Daily Telegraph el 27 de agosto que era una «obra informe» y que «oscila entre los prerrafaelistas y el Boy's Own Paper». También impuso el tono de superioridad que adoptarían muchos otros críticos, tanto entonces como en los años que siguieron: «Supongo que la intención era que lo tomaran en serio, y me temo que no encuentro ninguna razón para hacerlo...»

Green no fue el único incapaz de descubrir lo que había bajo la superficie del mito de Tolkien. J. W. Lambert, en un artículo publicado en el Sunday Times el 8 de agosto, afirmó que la historia «carecía de cualquier tipo de espíritu religioso», y se preguntaba si no era más que «un libro para niños inteligentes».

La acusación de que el libro era de carácter juvenil, adecuado para el «Boy's Own Paper», se debió en parte a la relación de Tolkien con C. S. Lewis, cuyas historias de «Narnia» estaban siendo publicadas en la época despertando a la vez un coro discordante de aclamación popular y la hostilidad de los críticos. El «contrabando de teología» que hacía Lewis en sus historias infantiles lo habían convertido en una personalidad impopular en círculos seculares, y sus obras de apología cristiana popular provocaron una gran hostilidad. De hecho, cuando el editor de Tolkien pidió a Lewis que redactara un breve texto para la sobrecubierta de la primera edición de El Señor de los Anillos, Lewis escribió las siguientes palabras a Tolkien: «Aunque tú y él aprobéis mis palabras, pensad dos veces antes de usarlas: soy sin duda un hombre odiado, quizá cada vez más, y mi nombre podría hacer más daño que bien».245 La advertencia de Lewis fue profética. Algunos de los críticos que reseñaron el libro en agosto de 1954 sentían «una extraordinaria animosidad personal contra Lewis» y dedicaron una «buena cantidad de espacio para burlarse de su comparación entre Tolkien y Ariosto».246 Edwin Muir, que escribió en The Observer el 22 de agosto, fue uno de los que se burlaron de las alabanzas de Lewis: «Este libro notable hace su aparición con una desventaja. Sólo una obra maestra podría sobrevivir al bombardeo de alabanzas que se le dirigen desde la nota de presentación».

El 9 de setiembre, Tolkien escribió a su editor sobre la hostilidad que había despertado Lewis:


En cuanto a las críticas, son mucho mejores de lo que me temía, y creo que habrían sido mejores aún si no hubiéramos citado la observación sobre Ariosto o, en verdad, no nos hubiéramos inmiscuido con la extraordinaria animosidad que C. S. L. parece despertar en ciertos círculos. Me había advertido hace ya mucho que su apoyo podría hacerme tanto daño como hacerme bien. No lo tomé en serio; aunque, en cualquier caso, no habría deseado nada más que se me asociara con él, pues sólo por su apoyo y amistad fui capaz de luchar hasta el final de mi obra. De todas formas, muchos comentaristas parecen haber preferido ridiculizar sus observaciones a leer el libro.247
La razón de que Tolkien creyera que la recepción de La Comunidad del Anillo había sido mucho mejor de lo que temía fue la presencia de unos pocos críticos muy positivos entre los que se burlaron del libro. «Se trata de una obra asombrosa —escribió A. E. Cherryman en Truth el 6 de agosto—. Es una gran aportación no sólo a la literatura mundial, sino a su historia.» Howard Spring, en la edición de Country Life del 26 de agosto, expresó la misma opinión: «Es una obra de arte ... Tiene fantasía e imaginación ... Es una profunda parábola de la eterna lucha del hombre contra el mal». Un crítico del Manchester Guardian había descrito a Tolkien el 20 de agosto como «uno de los narradores que logran que sus lectores, como los niños, abran los ojos como platos y pidan más». La reseña del Oxford Times publicada el 13 de agosto acertó al pronosticar que el libro de Tolkien dividiría la opinión en dos bandos opuestos: «A los prácticos les parecerá una pérdida de tiempo. Pero los más imaginativos quedarán absorbidos por el libro, se convertirán en parte de la misión y lamentarán que sólo haya dos libros por venir».

Los miembros del bando a favor de Tolkien no tuvieron que esperar mucho tiempo el segundo libro. El segundo tomo, Las dos torres, fue publicado a mediados de noviembre y recibió un conjunto similar de críticas diversas. En Estados Unidos, donde La Comunidad del Anillo, se había publicado en octubre y Las dos torres poco después, los comentarios fueron todavía más negativos que en Inglaterra. El máximo defensor de Tolkien en Estados Unidos fue el poeta W. H. Auden, quien escribió artículos entusiastas en el New York Times. La afirmación de Auden de que «es la obra de ficción con la que más he disfrutado en los últimos cinco años» animó las ventas, y el año siguiente los lectores norteamericanos compraron un buen número de ejemplares.

El segundo tomo terminaba de pronto con Frodo prisionero en la Torre de Cirith Ungol, hecho que llevó a un articulista del Illustrated London News a declarar que «el suspense es cruel». Sin embargo, transcurriría casi un año antes de que el tercero y último tomo, El retorno del Rey, saliera a la luz el 20 de octubre de 1955. Tras su publicación, los críticos pudieron juzgar El Señor de los Anillos en su conjunto y C. S. Lewis, el más entusiasta de sus críticos, se reafirmó en sus alabanzas. «Cuando reseñé el primer tomo de esta obra —escribió en el Time and Tide el 22 de octubre—, no me atrevía a esperar que tendría el éxito que yo sabía que merecía. Por fortuna, me equivocaba.» En la conclusión de la misma reseña Lewis hizo una predicción que posteriormente se cumpliría a ojos de millones de lectores de todo el mundo: «El libro es demasiado rico y original para hacer un juicio definitivo tras una primera lectura. Pero sabemos que nos ha afectado. Ya no somos los mismos. Y aunque tenemos que racionar las relecturas, no tengo la menor duda de que el libro no tardará en ganarse un lugar entre los indispensables».

Por otro lado, W. H. Auden no cejó en su clamoroso apoyo a Tolkien, y en un debate radiofónico sobre El Señor de los Anillos que tuvo lugar el 16 de noviembre afirmó que «Si a alguien le disgusta, nunca más volveré a confiar en su juicio literario sobre nada».248 Bernard Levin añadió su formidable voz al coro de alabanzas y escribió en Truth que creía que el libro de Tolkien era «una de las obras literarias más notables de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Es reconfortante, en estos agitados días, recibir de nuevo la seguridad de que los mansos heredarán la tierra».249

Otros disentían y fueron tan irrecusables en sus críticas como Lewis, Levin y Auden lo habían sido en sus alabanzas. Edmund Wilson dijo de El Señor de los Anillos en The Nation el 14 de abril de 1956 que eran «tonterías juveniles» y Edwin Muir empleó una línea de ataque similar en una reseña publicada en The Observer el 27 de noviembre de 1955, titulada «El mundo de un niño»; «Es sorprendente que todos los personajes sean niños disfrazados de héroes adultos. Los hobbits, o medianos, son niños corrientes; los héroes completamente humanos han llegado a la quinta forma; pero casi ninguno de ellos sabe algo de mujeres, excepto de oídas. Y los elfos, enanos y ents son, de un modo irrevocable, niños, y jamás llegarán a la pubertad».

«Malditos sean Edwin Muir y su adolescencia demorada —escribió Tolkien en una carta a su editor el 8 de diciembre—. Es lo bastante mayor como para estar mejor enterado. Le haría bien saber lo que las mujeres piensan de su "sapiencia de las mujeres", especialmente como test de su mentalidad adulta.»250

Es irónico que Edwin Muir se convirtiera en uno de los críticos más francos de Tolkien, sobre todo teniendo en cuenta que ambos hombres tenían muchas cosas en común. En su Autobiografía, publicada en la misma época que El Señor de los Anillos, Muir afirmaba que había un misterio trascendente en el corazón de la vida, lo que significaba que la verdad encontraba su mejor expresión en el lenguaje del cuento y la fábula. Esto, por supuesto, coincide notablemente con las creencias subyacentes a la obra de Tolkien. Pero las similitudes no acaban ahí. Como Tolkien, Muir había sido arrancado de los días felices de una niñez rural y arrastrado a una existencia alienante en una ciudad industrializada (sus padres habían emigrado de su Orkney natal a Glasgow en 1901, casi al mismo tiempo que Tolkien y su hermano se habían trasladado a Birmingham alejándose de su idilio rural en Sarehole). Como a Tolkien, esta experiencia de desarraigo le había dejado una marca indeleble en el intelecto, modelando en gran medida su concepto creativo. Como a Tolkien, la experiencia le había llevado a las conclusiones cristianas tradicionales.

Sin embargo, si Tolkien había encontrado en Muir a un enemigo improbable, la crítica de Muir de que El Señor de los Anillos era «infantil» fue utilizada por algunos otros críticos. Anteriormente, Tolkien se había defendido de esa crítica en su ensayo «Sobre los cuentos de hadas», y es evidente que C. S. Lewis lo tenía en mente cuando escribió el artículo titulado «A veces los cuentos de hadas pueden decir mejor lo que hay que decir» para la New York Times Book Review el 18 de noviembre de 1956:


Advertirán que a lo largo de todo el artículo he hablado de cuentos de hadas, no de «historias de niños». En El Señor de los Anillos, el profesor J.R.R. Tolkien ha demostrado que la relación de los cuentos de hadas y los niños no es tan estrecha como creen editores y educadores. Hay muchos niños a los que no les gustan, y muchos adultos a los que sí. La verdad, según su opinión, es que actualmente se asocian a los niños porque están pasados de moda en los adultos; se han retirado a los cuartos infantiles del mismo modo que solían retirarse los muebles viejos, no porque los niños hayan empezado a disfrutar con ellos, sino porque sus mayores han dejado de hacerlo...

La fantasía y el mito son adecuados para algunos lectores en todas las edades; para otros, en ninguna. Tienen el mismo poder en todas las edades, siempre que el autor los utilice bien y encuentre al lector adecuado: el poder de generalizar a la vez que concretar, de presentar de forma palpable no conceptos ni experiencia, sino tipos completos de experiencia, dejando a un lado lo irrelevante. Pero en el mejor de los casos puede hacer más: puede proporcionarnos experiencias que nunca hemos vivido y, de este modo, en lugar de «hablar de la vida», puede aportarle algo...

«¡Infantiles!» ¿Tengo que menospreciar el sueño porque los niños duermen profundamente? ¿O la miel porque gusta a los niños?251
A pesar de los argumentos de Tolkien y Lewis contra la acusación de inmadurez, ésta sigue siendo una de las críticas más comunes de su obra. La incapacidad por parte de muchos críticos modernos de reconocer el valor universal del mito fue situada en un contexto psicológico por Úrsula K. Le Guin, quien escribió sobre la «profunda desconfianza puritana por la fantasía» que experimentan aquellos que «confunden la fantasía, que en sentido psicológico es una facultad universal y esencial de la mente humana, con el infantilismo y la regresión patológica».252 Esta desconfianza del medio de Tolkien ha dado como resultado que las obras de referencia «serias» minimicen su importancia como escritor influyente. Patrick Curry, en su estudio inédito de «Tolkien y sus críticos», subrayó la anomalía inherente en el espacio que se le concede en las principales obras de referencia en relación a su indudable posición como uno de los escritores más populares e influyentes del siglo xx. Curry señala que The Oxford Compartían to English Literature de Margaret Drabble concede a Tolkien «exactamente trece líneas de 1.154 páginas»; el Oxford Concise Companion to English Literature dedica doce líneas a Tolkien, mientras que en el The Short Oxford History of English Literature de Andrew Saunder no se lo menciona en ninguna de sus 678 páginas. Curry lo llama «una negligencia desmedida por parte de gente cuya profesión es supuestamente comprender la literatura».253

Los que no se han limitado a eliminar a Tolkien negándose a reconocer su importancia se han ido al otro extremo, recurriendo al ridículo o al abuso de la mordacidad. Curry enumera los siguientes epítetos entre los empleados para describir El Señor de los Anillos: «paternalista, reaccionario, antiintelectual, racista, fascista y, quizá lo peor de todo en términos contemporáneos, irrelevante».254 Además de estos improperios, se ha utilizado el ridículo. John Goldthwaite, en su reciente libro The Natural History of Make-Believe que afirmaba ser «una guía de las obras más importantes», describía El Señor de los Anillos como «una respuesta fantasiosa a Conan el Bárbaro».255 De igual modo, aunque más divertido, el poeta John Heath-Stubbs señalaba que la obra épica de Tolkien era «una mezcla de Wagner y el Flautista de Hamelin».256 Por último, además de lo ridículo y lo abusivo, tenemos como colofón la combinación de ambas cosas: el abuso de lo ridículo. En esta categoría, Patrick Curry cita el ejemplo de Humphrey Carpenter: «Aun el biógrafo de Tolkien (Et tu, Brute?) ha opinado fatuamente que "en realidad no pertenece a la literatura ni al arte, sino a la categoría de la gente que hace cosas con maquetas de trenes en el cobertizo del jardín"».257

Una alegación más seria, por más irrecusable, si no cierta, es la afirmación de que Tolkien y su subcreación son en cierto modo «racistas» o «fascistas». Las palabras del propio Tolkien demuestran la falsedad de esta afirmación. Rara vez hablaba de sus ideas políticas, pero cuando lo hacía dejaba muy claras sus convicciones libertarias y su desconfianza por los abusos del gobierno central: «Mis opiniones políticas se inclinan más y más hacia el anarquismo (entendido filosóficamente, lo cual significa la abolición del control, no hombres barbados armados de bombas) o hacia la monarquía "inconstitucional"».258 Estas palabras fueron escritas en noviembre de 1943, cuando Tolkien se encontraba inmerso en la redacción de El Señor de los Anillos. Por tanto, no debe sorprendernos que Mordor aparezca como un estado de esclavos al estilo fascista o comunista sometido al tiránico control de Sauron el Dictador, mientras que las tierras más allá de sus dominios son felizmente rústicas y están libres de la «planificación estatal» o del «control directo del gobierno». Esta adversión a las interferencias estatales encuentra expresión en una carta que escribió en 1956: «No soy "socialista" en sentido alguno —pues soy contrario a la "planificación" (como debe de ser evidente), sobre todo porque los "planificadores", cuando adquieren poder, se vuelven malos... El presente plan de destruir Oxford con el fin de dar cabida a los automóviles es un ejemplo. Pero nuestro principal adversario es un miembro del Gobierno "Tory"».259 Es evidente que Tolkien no estaba preparado para tomar partido en lo que el escritor católico Christopher Derrick ha llamado la «absurda dicotomía de la izquierda y la derecha».260

Tolkien tampoco era imperialista. Despreciaba el imperialismo británico y el imperialismo cultural de Estados Unidos, tal como se desprende de una carta que escribió a su hijo poco después de que los líderes en la época de la guerra de Gran Bretaña, Estados Unidos y Rusia se reunieran en la Cumbre de Teherán en noviembre de 1943:


Debo admitir que sonreí con tristeza ... cuando me enteré de que Josef Stalin, ese viejo asesino sediento de sangre, invitaba a todas las naciones a unirse a la feliz familia de los pueblos consagrados a la abolición de la tiranía y la intolerancia. ... Cuanto más grandes se vuelven las cosas, más pequeño, deslucido y chato se vuelve el globo. Se está convirtiendo todo en un pobre suburbio provinciano. Cuando hayan introducido las medidas sanitarias americanas, el brío moral, el feminismo y la producción en masa en el Cercano Oriente, el Medio Oriente, el Lejano Oriente, la URSS, las pampas, el Gran Chaco, la cuenca del Danubio, el África Ecuatorial, Aquí y Allá, Mumbolandia, Gondhwanalandia, Lhasa y las aldeas del más oscuro Berkshire, ¡qué felices seremos! De cualquier modo, se acortarán los viajes. No habrá sitio alguno a donde ir. De modo que la gente (opino) irá tanto más de prisa.
En referencia al informe aparecido en la prensa de que una octava parte de la población mundial hablaba inglés, Tolkien prosiguió en términos lastimeros:
Si es verdad, ¡vaya lástima, digo yo! Que la maldición de Babel caiga sobre todas sus lenguas hasta que sólo puedan decir «bee, bee». Significaría acaso lo mismo. Creo que tendré que negarme a hablar todo lo que no sea el dialecto inglés antiguo de Mercia. Pero en serio: el cosmopolitismo americano me parece aterrador ... no estoy seguro de que su victoria vaya a ser tanto mejor para el mundo en su conjunto y a la larga ... Porque amo a Inglaterra —no a Gran Bretaña y por cierto no al Commonwealth británico (¡grr!)—, y si estuviera en edad militar, supongo que me estaría quejando en algún servicio activo y dispuesto a ir hasta las últimas amargas consecuencias... siempre en la esperanza de que las cosas le fueran a Inglaterra mejor de lo que ahora parecen.261
Estas son palabras fuertes, pero difícilmente propias de un «fascista». De hecho, Tolkien reservaba algunas de sus palabras más fuertes para atacar el fascismo. «Sé ahora mejor que la mayoría cuál es la verdad de este disparate "nórdico"», escribió Tolkien en una carta a su hijo Michael el 9 de junio de 1941, poco después de que el último se hubiera convertido en oficial cadete en el Royal Military College de Sandhurst:
De cualquier modo, guardo en esta guerra un ardiente rencor privado —que me haría probablemente mejor soldado ahora, a los 49, que lo fui a los 22— contra ese cabal ignorante, Adolf Hitler... Arruina, pervierte, aplica erradamente y vuelve por siempre maldecible ese noble espíritu nórdico, suprema contribución a Europa, que siempre amé e intenté preservar en su verdadera luz. Entre paréntesis, nunca fue más noble que en Inglaterra, ni más tempranamente santificado y cristianizado...262
Años más tarde, cuando dos escritores sugirieron que la Tierra Media de Tolkien «corresponde espiritualmente a la Europa nórdica», Tolkien intentó rectificarlo:
¡No nórdica, por favor! Una palabra que personalmente me disgusta; aunque de origen francés, se la asocia con teorías racistas...

Auden ha afirmado que para mí «el Norte es una dirección sagrada». Eso no es cierto. El Noroeste de Europa, donde yo (y la mayoría de mis antepasados) he vivido, tiene mi afecto como es propio que lo tenga el hogar de un hombre. Amo su atmósfera y sé más de sus historias y sus lenguas que de otras partes, pero no es «sagrado» ni agota mis afectos. Por ejemplo, siento un particular amor por la lengua latina, y entre sus descendientes, por la española. Que no es verdad en relación con mi historia, debería demostrarlo la mera lectura de las sinopsis. El Norte era el asiento de la fortaleza del Diablo. El avance de la historia culmina con lo que se parece mucho más al restablecimiento de un Sacro Imperio Romano eficaz con su asiento en Roma que a nada que hubiera sido concebido por un «nórdico»263


La defensa más convincente de Tolkien contra la acusación de «fascismo» o «racismo» data de 1938. En el verano de ese año la editorial alemana Rutten & Loening de Postdam mostraron interés en publicar la traducción alemana de El hobbit escribieron a Tolkien, a través de los editores británicos, para preguntarle si era de origen arisch, es decir, ario. Los editores de Tolkien, Allen & Unwin, le dieron la carta y Tolkien respondió a Rutten & Loening el 25 de julio:
Lamento no tener muy claro a qué se refieren con arisch. No soy de extracción aria: eso es, indo-iraní; que yo sepa, ninguno de mis antepasados hablaba indostano, persa, gitano ni ningún otro dialecto afín. Pero si debo entender que quieren averiguar si soy de origen judío, sólo puedo responder que lamento no poder afirmar que no tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo. Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra desde Alemania en el siglo xviii; la mayor parte de mi ascendencia, por tanto, es puramente inglesa, y soy súbdito de Inglaterra; eso debería bastar.264
Refiriéndose a la carta de los editores alemanes en una carta a Allen & Unwin, Tolkien preguntó: «¿Tengo que soportar esta impertinencia porque llevo un apellido alemán, o la lunática ley que los rige exige un certificado de posesión de un origen arisch por parte de todas las personas de todos los países?» Visiblemente enojado, Tolkien pidió a sus editores «demorar la traducción al alemán». «De cualquier modo, objetaría fuertemente que semejante declaración apareciera impresa. No considero la (probable) ausencia de toda sangre judía como necesariamente honorable; tengo numerosos amigos judíos y lamentaría dar cualquier fundamento a la idea de que suscribo la doctrina racista, perniciosa y del todo anticientífica.»265

Ni la falta de pruebas ni el peso apabullante de las evidencias que demuestran lo contrario han evitado que algunos críticos tilden a Tolkien de fascista o, cuando lo contrario es demasiado evidente, de simpatizante del fascismo. Fred Inglis, en su ensayo «Gentileza y falta de poder: Tolkien y la nueva clase», intentó demostrar que El Señor de los Anillos era un mito protofascista:


La otra faceta del individualismo contemporáneo es la añoranza de un Edén de pertenencia, comunidad, ceremonia... aun a expensas de la racionalidad. Todos los dirigentes políticos necesitan mitos que despierten ese deseo; el fascismo, en cambio, está basado en ellos. Tolkien no es fascista, pero puede decirse que su gran mito, igual que el de Wagner, prefigura los ideales y la nobleza genuinos de los que el fascismo es la negación oscura. En lugar de los roncos gritos de Il Duce, el pentámetro; en lugar de tanques y marchas militares, caballos, capas y lanzas; en lugar de Nuremberg, la despedida de Frodo. Pero ya he apuntado el carácter inglés de Tolkien, y si el fascismo tenía que entrar en Inglaterra lo haría, en palabras de E. P. Thompson, por «la continua presión de las hortalizas» en lugar de asesinando y quemando la Casa de los Comunes.266
Es evidente que Inglis no logró captar la esencia de El Señor de los Anillos; la «añoranza de un Edén perdido» y el sentimiento de exilio presentes en el corazón del mito de Tolkien constituyen una expresión mística del deseo por el Cielo, de una unión más estrecha con Dios más allá de este mundo: lo contrario de los credos tanto de la izquierda como de la derecha, que ofrecen soluciones fáciles para las necesidades del mundo. Para Tolkien, y para Frodo, Galadriel y Gandalf, no hay paraíso en la tierra; ellos no habrían escuchado a ningún demagogo de izquierdas o derechas, fuera Hitler, Mussolini, Marx, Mao, Lenin, Sauron o Saruman, que sugirieron lo contrario.

Tal vez convenga dejar el tema citando las palabras de Evelyn Waugh, otro escritor que ha sido falsamente acusado de fascista. Waugh se había quejado en una carta publicada en el New Statesman el 5 de marzo de 1938, cuatro meses antes de que Tolkien escribiera a los editores alemanes:


Hubo una época a principios de los veinte en que se empleaba con frecuencia la palabra «bolchevique». Se utilizaba de modo indiscriminado para designar a los escolares obstinados, a los empleados que pedían un aumento de sueldo, a los criados impertinentes, a quienes pedían una ampliación de los derechos de propiedad de los pobres, y a cualquier cosa o persona que el hablante desaprobara. Su único propósito era impedir el debate razonable y la reflexión.

Creo que corremos un peligro similar, el uso del término «fascista». Hace poco se envió una petición a los escritores ingleses... para que se definieran de modo categórico a favor del bando republicano de España o de los «fascistas». Una encarcelación de manifestantes se describe como una «sentencia fascista»; investigar la situación económica de alguien es fascista; la colonización es fascista; la disciplina militar es fascista; el patriotismo es fascista; el catolicismo es fascista; el buchmanismo es fascista; el antiguo culto japonés al emperador es fascista; el antiguo odio de las tribus de Oromo por los suyos es fascista; la caza del zorro es fascista... ¿Acaso es demasiado tarde para llamar al orden?


Los redactores del New Statesman titularon la carta de Waugh «Fascista», presumiblemente con el infantil propósito de enojar a su lector hostil. Haciéndolo sólo consiguieron reforzar su punto de vista. De hecho, mientras Waugh escribía, la reductio ad absurdum de etiquetar a todas las personas y cosas como «bolcheviques» o «fascistas» hallaba una expresión tragicómica en España. Los comunistas y los anarquistas, antes aliados contra los fascistas de Franco, habían empezado a volver las armas contra sí, acusándose mutuamente de «fascistas». En tales circunstancias era de veras «demasiado tarde para llamar al orden» porque el orden mismo era considerado «fascista».

La locura provocada por este reduccionismo se hallaba en su punto álgido cuando a mediados de los años cincuenta se publicó El Señor de los Anillos. Cuando la guerra fría amenazaba con el desastre nuclear, y con el bloque del Este acusando al del Oeste «fascista» y el del Oeste al del Este de «bolchevique», no es sorprendente que muchos advirtieran la importancia de la dimensión política del mito de Tolkien. Aunque Tolkien subrayó que la parábola del poder presente en El Señor de los Anillos sólo era un tema secundario entre los grandes temas religiosos que componían el corazón de la obra, muchos encontraron en la Tierra Media la misma sensación de cordura en un mundo cada vez menos cuerdo que habían hecho del 1984 y de Rebelión en la granja de Orwell obras tan conmovedoras y populares.

«Fascista» no fue el único epíteto con el que los críticos atacaron El Señor de los Anillos. Para Nigel Walmsley, la clave para comprender la Tierra Media no era ver a Tolkien como fascista, sino como una moda:
La popularidad de El Señor de los Anillos debe entenderse en el contexto del grupo en el que sin lugar a dudas se labró su reputación: los jóvenes rebeldes de la clase media industrial occidental de mediados de la década de los sesenta. El libro influyó en la subcultura popular de aquella época y desde un punto de vista comercial era tan atrayente como un disco de Bob Dylan. Como aparente éxito literario, ha sorprendido a numerosos académicos, y en 1967, en la columna de cartas de The Times, tuvo lugar una correspondencia sobre los méritos del libro entre profesores de la British University, inquietos ante lo que consideraban un signo del colapso del juicio crítico de los estudiantes que abrazaban la Tierra Media. Los años clave en el establecimiento de la popularidad de Tolkien como escritor fueron desde 1965 hasta 1968, período durante el cual El Señor de los Anillos vendió 3.000.000 de ejemplares en edición de bolsillo.267
Como numerosas estrellas del pop, el éxito de Tolkien sería breve y Walmsley afirma que en 1968 «el estilo de la Tierra Media había pasado de moda»:
Quienes un año antes querían parecerse a Bilbo Bolsón ahora buscaban credibilidad política y aceptación de la subcultura convirtiéndose en clones del Che Guevara; las botas hasta la rodilla reemplazaron a los pies desnudos; los gorros paramilitares, a los sombreros de lana étnicos; las barbas imitaban el estilo descuidado de dos meses de vida dura en la selva boliviana en lugar de los afloramientos gnómicos de vello facial de tipo púbico ... Piel áspera y agresiva, colores oscuros y sombríos, suaves desahuciados, lanas rurales y los brillantes colores hobbits de caleidoscopio del 67; la acción desplazó a la contemplación, los blues eléctricos al folk acústico. Y las lecturas: Marx, Engels, Regis Debray y la obra de 1966 de Herbert Marcuse, La ética de la revolución. Tolkien había vuelto a las estanterías.

Éstos eran los signos, los indicadores superficiales, de un agudo cambio en la actitud cultural que pondría fin al breve tiempo de la chispeante relevancia contemporánea de Tolkien.268


Uno se pregunta si «Nigel Walmsley» es en realidad un seudónimo de John Cleese y su ensayo «Tolkien y los sesenta», un pastiche al estilo Monty Python; pero si, como parece, el autor habla completamente en serio, no sólo no ha captado la esencia de la obra sino que ni siquiera ha comprendido el argumento. Walmsley termina su ensayo con la afirmación de que el éxito de El Señor de los Anillos se debió a su «atractivo radicalmente imaginativo para un atavismo subcultural pasajero y un hedonismo alucinógeno que lo llevó a la primera fila de la popularidad internacional y la aceptabilidad académica». Quizá no precise contestación alguna, o no haya ninguna posible, pero uno no sabe cómo encuadrar su teoría con la popularidad continuada de Tolkien en los glamourosos setenta, los cínicos ochenta y los tecnos noventa, que culmina en su elección como el escritor más popular del siglo en varias encuestas nacionales.

Otros críticos que no han conseguido penetrar en su profundidad filosófica han tropezado en los bajíos sexuales del «análisis» freudiano. Tal vez la más cómica, y trágica, de estas lecturas «sexuales» del mito de Tolkien es la de Brenda Partridge «Nada de sexo, por favor, somos hobbits: la construcción de la sexualidad femenina de El Señor de los Anillos». La obsesión sexual de Partridge, omnipresente a lo largo de todo el ensayo, es evidente sobre todo en la interpretación de la batalla de Frodo y Sam con la araña gigante, Ella-laraña:


El antro de Ella-laraña, al que se llega entrando por un agujero y recorriendo largos túneles, puede considerarse también el orificio sexual femenino. En la entrada, Frodo y Sam tienen que abrirse paso a través de unas hebras espesas y pegajosas (el vello púbico)... Estas hebras resultan ser telas de araña que enredan a la víctima, pero Frodo, con el símbolo obviamente fálico de la espada, atraviesa la red ... Las palabras utilizadas para describir el desgarro de la red, «rasgadura» y «velo», se asocian tradicionalmente con el desgarro del himen.

La redoma de Galadriel... representa también un falo más potente que las espadas ...

A pesar de los poderes de la redoma, Frodo, en tanto que hombre, es superado en última instancia por la hembra Ella-laraña; paralizado por su veneno, yace indefenso aguardando que ella lo sacrifique a voluntad. Sólo la valerosa lucha de su compañero masculino, Sam, consigue salvarlo.

La descripción de la batalla de Sam y Ella-laraña no es sólo un combate a muerte, sino que también representa una violenta lucha sexual entre el hombre y la mujer. El «cuerpo blando y pegajoso» de Ella-laraña es una metáfora de los genitales femeninos, húmedos de excitación sexual ... Su piel impenetrable cuelga en pliegues como las capas de los labios...

Así pues, Sam golpea valientemente al monstruo, que retrocede indefenso ... El órgano masculino, en contraste con la vasta y apestosa masa de la hembra, se describe en términos eufemísticos como «pequeña insolencia» ...

De este modo, Sam y Ella-laraña alcanzan el climax en un orgasmo en el cual el órgano masculino inflige un gran dolor y un profundo golpe al órgano sexual femenino ... Después del climax, cuando la erección cesa, el hombre, aunque victorioso, se presenta de nuevo frágil y superado por la mole de la mujer.

Entonces Ella-laraña se aleja en su agonía y Sam, como gesto final, levanta la redoma, afirmando una vez más la supremacía masculina, esgrimiendo el falo, el símbolo del poder masculino...

A primera vista, la imaginería de este gesto parece más abiertamente religiosa: la victoria cristiana sobre el paganismo. No obstante, como hemos visto antes, en El Señor de los Anillos las implicaciones sexuales están entretejidas con el simbolismo religioso ... Una vez más, Tolkien interpreta el mito de un modo que revela su temor o aborrecimiento interior por la sexualidad femenina, pero su actitud está reforzada por los prejuicios inherentes en el simbolismo religioso mismo.269


Resulta irónico que una obsesión similar haya afectado a numerosos escritores posteriores de género fantástico con resultados que Brenda Partridge habría encontrado sin duda horrorosos. Estos escritores han abandonado el «simbolismo religioso» por completo, de modo que la «lucha» entre el bien y el mal se ve reducida en gran parte de la fantasía moderna del «sadismo de voyeur, donde lo bueno es "hermoso", musculoso (si es masculino) y escasamente vestido (si es femenino), y lo malo, repugnante e increíblemente feo, en un mundo en el que, al final, lo correcto es correcto porque vence.270 Este tipo de «fantasía», tan frecuente en los cómics actuales, los juegos informáticos y el cine, además de en la literatura de ficción, son imitaciones de Tolkien que parodian el original tanto como los orcos a los elfos.

En última instancia, lo que las interpretaciones sexistas y antisexistas tienen en común, aparte del énfasis exagerado en el sexo, es la ceguera a lo espiritual. Ignoran la parte más importante del cuadro porque son incapaces de verla. El «alma» que da vida y significado al mito de Tolkien es la dimensión religiosa, y es la ignorancia de este hecho lo que provoca gran parte de la incapacidad de comprender El Señor de los Anillos. Muchos críticos que no han visto esta dimensión han buscado el significado del libro en los lugares equivocados, mientras que otros han asumido que no tiene significado en absoluto. «El problema es —escribió el crítico Derek Robinson— que el mensaje de Tolkien es que no hay ningún mensaje.»271 En ambos casos, la ignorancia del mensaje más profundo lleva a pensar que el mito de Tolkien es «poco realista» y «escapista». «Quizá sea el escapismo que su mitología ofrece —escribió el editor literario de The Times después del triunfo de El Señor de los Anillos en la encuesta de Waterstone—, la causa de su popularidad constante, el mismo escapismo que ha mantenido el Star Trek de Roddenberry durante décadas.»272

Como «escapismo» es probablemente la etiqueta más recurrente que los críticos cuelgan a El Señor de los Anillos; es una suerte que Tolkien comentara el tema en su ensayo «Sobre los cuentos de hadas»:
Terminaré ya hablando de la Evasión y el Consuelo, que están, claro es, íntimamente relacionados. Aunque desde luego los cuentos de hadas no son en forma alguna la única fuente de Evasión, hoy resultan una de las más obvias y (para algunos) más bochornosas manifestaciones de la literatura de «evasión». Así que es razonable añadir a las consideraciones que sobre ello hagamos algunas otras sobre el término «evasión» tal como lo entiende la crítica en general.

He alegado que la Evasión es una de las principales funciones de los cuentos de hadas y, puesto que no los desapruebo, está claro que no acepto el tono peyorativo o condescendiente con el que tan a menudo se emplea hoy en día el término Evasión. Tono que no está en absoluto justificado por los usos de esta palabra fuera del ámbito de : la crítica literaria ... Es evidente que nos enfrentamos a un uso erróneo de las palabras y al mismo tiempo a una confusión de ideas. ¿Por qué ha de despreciarse a la persona que, estando en prisión, intenta fugarse y regresar a casa? Y en caso de no lograrlo, ¿por qué ha de despreciársela si piensa y habla de otros temas que no sean carceleros y rejas? El mundo exterior no ha dejado de ser real porque el prisionero no pueda verlo. Los críticos han elegido una palabra inapropiada cuando utilizan el término Evasión en la forma en que lo hacen; y lo que es peor, están confundiendo ... la Evasión del prisionero con la huida del desertor.273


Esta incisiva respuesta a los críticos ayuda a iluminar tanto El Señor de los Anillos como su escasa comprensión por parte de los críticos. Tolkien advierte que los críticos «realistas» emplean el término escapismo en un sentido negativo, desdeñoso o irónico porque están en contra de lo que consideran una deserción deliberada de las «realidades» de la vida por parte de los escritores «escapistas». Para estos «realistas», todos los puntos de vista de la vida que no se ciñen al corsé de su propio escepticismo y su humanismo filosófico implícito es «escapista», una deserción del dogma modernista. Sin embargo, Tolkien no aceptaba ese dogma, lo consideraba fundamentalmente imperfecto y por tanto no «realista» en absoluto. Para Tolkien, la verdadera realidad, la plenitud de la realidad, había de encontrarse más allá de lo físico, en lo metafísico; más allá de lo natural, en lo sobrenatural. «Sin duda, la Naturaleza precisa de toda una vida de estudio —escribió Tolkien—, o de un estudio (para los más dotados) de toda una eternidad; pero hay en el hombre una parte que no es "Naturaleza", que no se siente por lo tanto compelida a estudiarla y que de hecho se muestra totalmente insatisfecha con ella.»274

Existen paralelismos con la obra del poeta jesuita Gerard Manley Hopkins, cuyo concepto de «paisaje interior» es tan relevante para comprender a Tolkien como cualquier concepto de «evasión». Hopkins era uno de «los más dotados» que hizo de la observación amorosa de la Naturaleza «un estudio de toda una eternidad». Para Hopkins, igual que para Tolkien, la verdadera realidad de una cosa, sea un árbol, un cernícalo, una nube, una puesta de sol o un hombre, había de buscarse en su belleza, no en las propiedades físicas definidas por su composición molecular. Hopkins desarrolló el concepto de «paisaje interior», el diseño metafísico que confiere a una cosa su belleza, a partir de sus lecturas filosóficas, sobre todo de los textos metafísicos de Duns Scotus, quien subrayaba que todas las cosas tienen una esencia, algo intrínsicamente esencial, más allá de su aspecto exterior. Lo llamó el haecceitas, su «estez». En julio de 1872 Hopkins escribió en su diario algo que es igualmente válido para los críticos de Tolkien: «Pensé cuánta belleza del paisaje interior era tristemente desconocida y oculta para la gente simple, y cuan cercana estaría si tuvieran ojos para verla».275

En su ensayo sobre Tolkien, Stephen R. Lawhead enfatizó la penetración en lo metafísico que puede recogerse en El Señor de los Anillos:
... lo mejor que nos ofrece la fantasía no es una huida de la realidad, sino una huida a una realidad elevada, a un mundo más vivido, intenso y real, donde la felicidad y el dolor existen en doble medida, donde el bien y el mal luchan en conflictos épicos, donde la alegría es más poderosa por la posibilidad de la tragedia y la derrota universal.

En la mejor literatura fantástica, como El Señor de los Anillos, nos escapamos a un mundo ideal donde los héroes y las heroínas ideales (que en realidad sólo son parte de nuestro verdadero ser) se comportan de un modo ideal. La obra describe la vida humana tal como podría ser vivida, quizá tal como tendría que ser vivida, en un escenario no de felicidad y luz, sino de dificultades abrumadoras y aflicción insoportable.276


En opinión de Lawhead, el logro de Tolkien en El Señor de los Anillos era transportar al lector a una «realidad elevada» que sólo era débilmente perceptible en la realidad parcial en que vivimos. Esta realidad acerca al lector a la verdad última que para Tolkien era Dios mismo. Por tanto, puesto que la verdad propiamente dicha era perfecta, es a la perfección a donde debe dirigirse nuestra búsqueda de realidad o realismo. Las imperfecciones de la vida, las ambigüedades y ambivalencias de la existencia cotidiana, aunque reales en un sentido limitado, sólo desvirtúan la realidad mayor, empañando la visión. Ésta era la opinión que el sacerdote jesuita James V. Schall expresó en su ensayo «Sobre la realidad de la fantasía»: «El lector desprevenido que piensa que al leer a Tolkien sólo está leyendo "fantasía", se encontrará de pronto meditando sobre el estado de su propia alma, porque la reconoce en cada uno de los cuentos».277

La opinión del padre Schall ilustra también el abismo que separa el «escapismo» de El Señor de los Anillos y el de las obras de ciencia ficción como Star Trek. La última, por mucho que base su lenguaje en una «realidad» científica, ofrece una huida de nosotros mismos y un distanciamiento de nosotros con respecto al «mundo real». Ésta es la «huida» que Tolkien asocia a la huida del desertor. El Señor de los Anillos, en cambio, es una huida a nosotros mismos, la búsqueda para redescubrir la esencia del propio ser entre las distracciones de la vida, la «huida» que Tolkien asociaba con el prisionero que intenta escapar para «regresar al hogar». Mientras que Star Trek expresa el deseo de abandonar el hogar y explorar el universo, El Señor de los Anillos expresa el deseo de encontrar el hogar y descubrir lo universal.

A este deseo de escapar a la verdad espiritual va ligada la comprensión de que la «huida» completa es imposible en esta vida. De ahí el sentimiento de añoranza y la sensación de exilio que son parte de la búsqueda espiritual.

Tolkien expresó esta aflicción presente en el corazón de la vida poco después de la publicación de El Señor de los Anillos, en una carta fechada el 15 de diciembre de 1956: «Soy, de hecho, cristiano, y católico apostólico romano por lo demás, de modo que no espero que la "historia" sea otra cosa que una "larga derrota", aunque contenga (y en una leyenda puede contener más clara y conmovedoramente) algunas muestras o atisbos de victoria final».278 Estos atisbos están ciertamente presentes en El Señor de los Anillos, pero siempre mitigados por el dolor de la «larga derrota», sobre todo en la sensación de exilio de Sam cuando Frodo parte de los Puertos Grises.

Tolkien intentó expresar teológicamente el dolor y el sufrimiento que están entretejidos en la sustancia de la vida en El Silmarillion, personificando su naturaleza perenne en el mito de Nienna, una de las reinas de los Valar angélicos:
Más poderosa que Esté es Nienna, hermana de los Fëanturi; vive sola. Está familiarizada con el dolor y llora todas las heridas que ha sufrido Arda por obra de Melkor. Tan grande era su pena, mientras la Música se desplegaba, que su canto se convirtió en lamento mucho antes del fin, y los sonidos de duelo se confundieron con los temas del Mundo antes que éste empezase. Pero ella no llora por sí misma; y quienes la escuchan aprenden a tener piedad, y firmeza en la esperanza ... pues fortalece los espíritus y convierte el dolor en sabiduría. Las ventanas de su casa miran hacia afuera desde los muros del mundo.279
En este pasaje, Tolkien vuelve a presentarse como místico, pues ve el sufrimiento como resultado de un mal más allá del poder del hombre, la obra de Satán, «la mácula de Melkor». Sin embargo, como Dios siempre puede volver en bien los malvados designios del Enemigo, este sufrimiento, bien comprendido y aceptado, enseña «a tener piedad, y firmeza en la esperanza», además de procurar fortaleza a «los espíritus» y convertir «el dolor en sabiduría». Lo más profundo y poético es la imagen de que el dolor y el sufrimiento enseñan a ser generoso, impulsando a quienes soportan las aflicciones de la vida a buscar las alegrías más allá del mundo: «Las ventanas de su casa miran hacia afuera desde los muros del mundo».

Maurice Baring, otro escritor católico, se hizo eco de esta idea de Tolkien en palabras de uno de los personajes de su última novela, Darby and Joan:


«Uno tiene que aceptar el dolor para que tenga poder curativo, y eso es lo más difícil del mundo ... Un sacerdote me dijo una vez: "Cuando comprendas lo que significa el dolor aceptado, lo comprenderás todo. Ése es el secreto de la vida."»
Entre Baring y Tolkien hay algunos paralelismos más que ayudan a iluminar la recepción crítica de la obra de Tolkien. Como Tolkien, Baring fue difamado y malinterpretado por los críticos, entre los cuales destacó Virginia Woolf, que atacó lo que ella consideraba «superficialidad». A Baring esta crítica le pareció frustrante, sobre todo porque creía que la causa de esta mala interpretación de su obra era precisamente la superficialidad. En el libro ¿ Tiene usted algo que declarar? dejó dolorosa constancia de su frustración y la superficialidad que era su causa:
Es completamente inútil escribir sobre la fe cristiana desde fuera. Un buen ejemplo de esto es la concienzuda novela de la señora Humphry Ward llamada Helbeck of Bannisdale. Se trata de un estudio del catolicismo desde el exterior, y la autora ha intentado escrupulosamente que sea preciso, detallado y exhaustivo. El único inconveniente que tiene es que, incapaz de ver la cuestión desde dentro, se deja lo más importante.280
Por supuesto, éste el destino que sufrieron Baring y Tolkien a manos de los críticos que no comprendieron los fundamentos filosóficos en los que se basan sus obras. G. K. Chesterton, en una carta a Baring de 1929, poco después de la publicación de la novela de Baring La túnica sin costura, expuso el problema sucintamente: «Como tú dices, es extraordinario el modo en que el mundo exterior es capaz de verlo todo menos lo esencial. Así sucede, curiosamente, con gran parte de las buenas obras católicas que se están haciendo en literatura, sobre todo en Francia ... Sólo soy un vulgar periodista controvertido y nunca pretendí ser novelista; mis escritos no pueden ser en ningún caso tan sutiles o delicados como los tuyos. Pero incluso yo veo que cuando descubro el punto esencial de una historia sobresaliendo como un clavo, ellos van y se empalan en alguna otra cosa».281

Sin embargo, el escritor católico François Mauriac le dijo al actor y escritor Robert Speaight: «Lo que más admiro de la obra de Baring en la sensación que te da de penetración de la gracia».282 Lo mismo podría decirse de las obras de Tolkien, sobre todo del hilo teológico que recorre todo El Señor de los Anillos. Esto nos hace pensar en cuando Tolkien aprobó sinceramente la afirmación del padre Robert Murray de que El Señor de los Anillos le dejaba una fuerte sensación de «una compatibilidad positiva con el orden de la gracia».283

El agudo contraste entre las críticas de cristianos y de no cristianos, entre quienes son capaces de ver la cuestión desde «dentro» y los que no, está ilustrado por el padre Ricardo Irigaray, un sacerdote argentino que ha escrito un extenso estudio sobre Tolkien que por desgracia aún no ha sido traducido al inglés. El estudio del padre Irigaray es una exposición exhaustiva del mundo de Tolkien, que abarca la relación entre el mito y la verdad; el principio monoteísta presente en el centro de la creación de la Tierra Media; el origen y la naturaleza del mal; el modo en que el mal moral, consecuencia del pecado original, encuentra expresión en la posesividad y el rechazo de la esperanza; la relación del destino, la libertad y la providencia; el papel de la humildad y la exaltación de lo humilde; el camino a la santidad a través de la formación de la personalidad en el proceso de maduración, sobre todo en relación con las tribulaciones interiores y la purificación en el sacrificio; y concluye con el misterio de la fe y la «atmósfera de fe» del mundo tolkieniano.284

El padre Charles Dilke, sacerdote del Oratorio de Londres que relee El Señor de los Anillos con regularidad «intentando evitar aprenderlo de memoria», expresó una opinión similar:


Lo leí por vez primera cuando estaba en Cambridge, a finales de los años cincuenta ... En aquel entonces estaba en proceso de conversión al catolicismo y me pareció que el mundo de Tolkien era básicamente católico y apoyaba, si bien indirectamente, lo que yo estaba haciendo ... Cuando lo leí por vez primera me impresionó el modo en que Frodo es incapaz de deshacerse del Anillo sin la ayuda del desdichado Gollum. Me pareció una expresión de la doctrina de la gracia... Otra parte de gran significación teológica es Galadriel y la tierra de Lórien, que constituyen una visión casi transparente de la Inmaculada. «No hay mancha sobre Lórien.»285
Por otro lado, el escritor y poeta Charles A. Coulombe concluyó su ensayo, «El Señor de los Anillos: una visión católica», con la siguiente afirmación, que resume la importancia del libro:
Se ha dicho que la nota dominante de la liturgia católica tradicional era una intensa añoranza. También es cierto de su arte, literatura y vida entera. Es la añoranza de cosas que no pueden existir en este mundo: la verdad sobrenatural, la pureza sobrenatural, la justicia sobrenatural, la belleza sobrenatural. Por todos estos indicios, El Señor de los Anillos es una obra católica, como creía su autor; pero es algo más. Es la gran obra épica católica de nuestra época, al mismo nivel que las leyendas del Grial, Le Morte d'Artur, y The Canterbury Tales. El hecho de que Tolkien creara esta obra es a la vez un gran consuelo para los católicos, y un tributo al poder y la grandeza permanentes de la tradición católica. En una época en que hemos visto un rechazo casi total de la fe por parte de la civilización que ella creó, una pérdida de fe en numerosos católicos legos y una aparente incertidumbre entre su jerarquía, El Señor de los Anillos nos garantiza, con su existencia y mensaje, que la oscuridad no puede triunfar eternamente.286
En comparación con las posturas y los postulados de muchos de los críticos de Tolkien, estas percepciones profundamente cristianas representan un viaje de los baldíos a las profundidades, de lo superficial a lo hondo. Sin embargo, El Señor de los Anillos es disfrutado por muchos miles de lectores que no son cristianos pero que advierten en sus páginas, quizás inconscientemente, un «lejano destello, un eco del evangelium en el mundo real».287 Para muchos de los millones de lectores de Tolkien, cristianos o no, el mito que subcreó no es una huida de la realidad, sino una escapatoria a la realidad.
CAPÍTULO 9


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