Joseph pearce


ORTODOXIA EN LA TIERRA MEDIA



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ORTODOXIA EN LA TIERRA MEDIA:

LA VERDAD DETRÁS DEL MITO


No puedes permitirte desdeñar las creencias filosóficas y teológicas de Dante, o saltarte los pasajes que las expresan con más claridad; pero... por otro lado, no estás obligado a creerlas tú.188
A pesar de la afirmación de Tolkien de que «ni en sueños pretendo seriamente compararme con él»,189 estas palabras de T. S. Eliot acerca de la lectura de Dante son también aplicables a cualquiera que lea El Señor de los Anillos.

Uno no puede permitirse desdeñar las creencias filosóficas y teológicas de Tolkien, pues son fundamentales para su concepción entera de la Tierra Media y las luchas que se desarrollan en su interior, pero, por otro lado, uno puede disfrutar de la épica de Tolkien sin compartir las creencias que la originaron. Por supuesto, así lo demuestran los muchos millones de personas que han leído los libros de Tolkien y han disfrutado de ellos sin compartir su cristianismo. No obstante, como observó su amigo George Sayer, «El Señor de los Anillos habría sido muy distinto, y su reacción muy diferente, si Tolkien no hubiera sido cristiano. Él lo consideraba un libro profundamente cristiano».190

En una carta a otro amigo, Tolkien escribió «El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión».191 Estas palabras fueron dirigidas al padre Robert Murray el 2 de diciembre de 1953, más de cuatro años después de que Tolkien hubiera terminado El Señor de los Anillos y ocho meses antes de que el primer volumen fuera publicado al fin. El padre Murray era nieto de sir James Murray, fundador del Oxford English Dictionary, y era amigo íntimo de la familia de Tolkien. A petición de Tolkien, Murray había leído parte de El Señor de los Anillos en un texto mecanografiado y en galeradas, y había respondido aportando comentarios y críticas. Escribió que el libro le había despertado un gran sentimiento de «una compatibilidad positiva con el orden de la Gracia» y comparaba la imagen de Galadriel con la de la Virgen María.192 Los comentarios de Murray provocaron una cálida respuesta de Tolkien:
me animó especialmente lo que tú has dicho ... pues eres más perceptivo, especialmente en ciertas direcciones, que ningún otro, y aun a mí me has revelado con mayor claridad ciertos aspectos de mi obra. Creo que sé exactamente lo que quieres decir con el orden de la Gracia; y, por supuesto, con tus referencias a Nuestra Señora, sobre la cual se funda toda mi escasa percepción de la belleza tanto en majestad como en simplicidad.193
Prosiguiendo con su afirmación de que El Señor de los Anillos era «una obra fundamentalmente religiosa y católica», Tolkien añadió que se sentía «agradecido por haber sido educado (desde los ocho años) en una Fe que me ha nutrido y me ha enseñado todo lo poco que sé; y eso se lo debo a mi madre, que se atuvo a su conversión y murió joven, en gran medida por las penurias de la pobreza, que fueron las consecuencias de ello».

La referencia a la conversión de su madre pudo deberse a que el propio padre Murray era converso y había sido recibido en la Iglesia algunos años antes, en gran parte por influencia de Tolkien. Murray había llegado a Oxford en 1944 y no había tardado en descubrir «el placer de la amistad de Tolkien». «Menos de dieciocho meses antes, cuando se dieron cuenta de que empezaba a sentirme atraído por su fe, me presentaron al padre Cárter, hecho que significó el inicio de una larga amistad con un hombre y predicador maravilloso.»194



El padre Douglas Cárter era el sacerdote de la parroquia de Tolkien, y Murray recordaba que Tolkien tenía un elevado concepto de él y que uno de sus sermones «le inspiró una extensa carta de gran contenido teológico que escribió a su hijo Christopher».195 Es necesario citar una parte de esa carta porque arroja una importante luz sobre la fe y la filosofía de Tolkien en la época de la escritura de El Señor de los Anillos. En ella afirma que él y su hija Priscilla habían ido en bicicleta a St. Gregory, donde habían escuchado «uno de los mejores sermones del Fr. C (y el más largo)». Había sido «maravilloso comentario del Evangelio el domingo (la curación de la mujer y la hija de Jairo)» que había estado «intensamente vivificado por comparación de los tres evangelistas... y también por sus vividos ejemplos tomados de los milagros modernos»:
El caso similar de una mujer igualmente afectada (por causa de un gran tumor uterino) que se curó instantáneamente en Lourdes, de modo que ya no pudo encontrarse el tumor y el cinturón le quedó demasiado grande. Y la historia sumamente conmovedora del niño que padecía peritonitis tuberculosa y que no se había curado; sus padres lo llevaban en tren tristemente de regreso, prácticamente agonizante y al cuidado de dos enfermeras. Mientras el tren se alejaba, pasó a la vista de la Gruta. El niño se sentó. «Quiero ir a conversar con la niña»; en el mismo tren viajaba una niña que había sido curada. Y se puso en pie, fue a donde la niña estaba y jugó con ella; luego regresó y dijo: «Ahora tengo hambre». Y le dieron pastel y dos cuencos de chocolate y enormes sandwiches de carne aderezada, ¡y él se lo comió todo! (Esto fue en 1927.) Del mismo modo, Nuestro Señor dijo que le dieran a la pequeña hija de Jairo algo que comer. Así de sencillo y simple, como son los milagros. Son intromisiones (como decimos errados) en la vida real u ordinaria, pero sí que se entrometen en la vida ordinaria, de modo que lo que hace falta son comidas igualmente ordinarias ... Pero la historia del niño (que es un hecho del que existen plenos testimonios, por supuesto), con su final aparentemente triste y su inesperado final feliz, me conmovió profundamente y sentí la peculiar emoción que todos sentimos, aunque no a menudo. Es del todo distinta de cualquier otra sensación. Y de pronto me di cuenta de lo que era: exactamente lo mismo sobre lo que había intentado escribir y explicar en el ensayo sobre los cuentos de hadas que tanto me habría gustado que hubieras leído, y que creo que te enviaré. Pues acuñé el término «eucatástrofe»: el súbito giro feliz en una historia que lo atraviesa a uno con tal alegría que le hace saltar las lágrimas (lo cual, argüía, es la más alta función que cumple un cuento de hadas).196
El ensayo al que se refería Tolkien, «Sobre los cuentos de hadas», fue originalmente una conferencia Andrew Lang pronunciada en la Universidad de St. Andrews el 8 de marzo de 1939. Cuando escribió esta carta a su hijo todavía no se había publicado, pues no apareció en imprenta hasta la presentación del libro de homenaje Essays Presented to Charles Williams, en 1947. En este ensayo, Tolkien detalló su opinión de la función de los cuentos de hadas, formulando la teoría que intentó poner en práctica con El Señor de los Anillos. Los cuentos de hadas procuraban «consuelo» a través de «la satisfacción imaginativa de viejos anhelos» pero, lo que es más importante, el cuento de hadas proporciona «el Consuelo del Final Feliz». Mientras que la Tragedia era «la auténtica forma del Teatro, su misión más elevada», lo contrario era cierto del cuento de hadas: «Ya que no tenemos un término que denote esta oposición, la denominaré Eucatástrofe. La eucatástrofe es la verdadera manifestación del cuento de hadas y su más elevada misión». Esta catástrofe buena, este «repentino y gozoso "giro"» que representa una «gracia súbita y milagrosa con la que ya nunca se puede volver a contar», no negaba la existencia «de la dicatástrofe, de la tristeza y el fracaso». Por el contrario, «la posibilidad de ambos se hace necesaria para el gozo de la liberación». En lugar de eso, negaba «la completa derrota final, y son por tanto evangelium, ya que proporcionan una fugaz visión del Gozo, Gozo que los límites de este mundo no encierran y que es penetrante como el sufrimiento mismo»:
Lo que caracteriza a un buen cuento de hadas, a los mejores y los más completos, es que por muy insensato que sea el argumento, por muy fantásticas y terribles que sean sus aventuras, en el momento del climax puede hacerle contener la respiración al lector, niño o adulto, puede acelerarle y encogerle el corazón y colocarlo casi, o sin casi, al borde de las lágrimas, como lo haría cualquier otra forma de arte literario, pero manteniendo siempre sus cualidades específicas.197
Tolkien escribió un epílogo para este ensayo porque el «gozo» que había descrito corno «carácter o sello del auténtico cuento de hadas (y del de aventuras) merece mayor atención»:
La cualidad específica del «gozo» en una buena fantasía puede así explicarse como un súbito destello de la verdad o realidad subyacente. No se trata sólo de un «consuelo» para las tristezas de este mundo, sino de una satisfacción y una respuesta al interrogante: «¿Es esto verdad?» ... en la «eucatástrofe» la respuesta puede ser más importante; puede ser un lejano destello, un eco del evangelium en el mundo real...

Me atrevería a decir que al aproximarme desde este ángulo a la Historia del Cristianismo he tenido siempre la impresión —una impresión jubilosa— de que Dios redimió a los hombres, criaturas caídas y a su vez creadoras, en una forma que respondía a éste tanto como a los otros aspectos de su extraña naturaleza. El Nuevo Testamento ofrece un relato maravilloso, o un relato de género más amplio, que abarca toda la esencia de las historias de fantasía. Contiene muchas maravillas, particularmente artísticas, hermosas y emotivas, «míticas» en su significado intrínseco y absoluto; y entre esas maravillas está la mayor y más completa eucatástrofe que pueda concebirse. Pero esta historia ha entrado ya en la Historia y en el mundo primario; el deseo y las aspiraciones de la subcreación se han sublimado hasta la plenitud de la Creación. El nacimiento de Cristo es la eucatástrofe de la historia del Hombre. La Resurrección es la eucatástrofe de la historia de la Encarnación. Una historia que comienza y finaliza en gozo. Posee de manera preeminente la «consistencia interna de la realidad». Nunca los hombres han deseado más comprobar que el contenido de una historia resulta cierto, ni hay relato alguno que por sus propios merecimientos tantos escépticos hayan dado por verdadero. Porque su Arte ofrece la índole suprema y convincente del Arte Primario, es decir, de la Creación. Rechazarlo sólo conduce a la tristeza o a la ira.198


En conclusión, Tolkien subrayó que el cristianismo, el mito verdadero, había acomodado a sí todos los mitos menores. Éstos, en forma de cuentos de hadas o relatos de aventuras, proceden «de la Realidad» o fluyen «hacia ella». Aunque sean inadecuados en sí mismos, ofrecen un atisbo de la verdad mayor de la que proceden o hacia la que fluyen. Puesto que «la alegría cristiana, la Gloria» ha redimido al hombre, también ha redimido su sub-creatividad:
Ésta es una historia excelsa. Y cierta. El arte se ha autentificado. Dios es el Señor, de los ángeles y de los hombres... y de los elfos. La Leyenda y la Historia se han encontrado y fusionado.

Pero en el reino de Dios la presencia de los fuertes no subyuga a los débiles. El Hombre redimido sigue siendo hombre. La narración, la fantasía, todavía continúan y deben continuar. El Evangelio no ha desterrado las leyendas; las ha santificado, en particular el «final feliz». El cristiano ha de seguir trabajando, en cuerpo y alma, ha de seguir sufriendo, esperando y muriendo. Pero ahora puede comprender que todas sus inclinaciones y facultades tienen una finalidad, que pueden ser redimidas. Se lo ha tratado con tanta munificencia que quizás ahora se atreva a pensar con cierta razón que en Fantasía podrá asistir realmente a la floración y multiplicación de la Creación. Quizá todos los cuentos se tornen reales; mas con todo, una vez redimidos, se parecerán tanto y al mismo tiempo tan poco a las formas con que salen de nuestras manos como el Hombre, una vez salvado, a la criatura caída que ahora conocemos.199


Tolkien reflejó imaginativamente las ideas expresadas en este último párrafo en el cuento Hoja de Niggle, que escribió durante la guerra, en una época en que estaba teniendo dificultades para avanzar en El Señor de los Anillos. Por tanto, no fue desacertado el hecho de que «Sobre los cuentos de hadas», Hoja de Niggle y su poema «Mythopoeia», las tres obras en las que expresa su opinión sobre la relación entre el mito y la verdad, se publicaran juntas bajo el título Árbol y hoja muchos años después.

Colín Gunton, teólogo del King's College de Londres, creía que la opinión de Tolkien sobre los cuentos de hadas en general era especialmente verdadera con El Señor de los Anillos en particular: «¿Es posible, pues, que una de las razones para tomarse en serio desde un punto de vista teológico la maravillosa historia de Tolkien sea que constituye en muchos aspectos un atisbo o eco lejano, o quizá no tan lejano, del evangelium?»200

Por otra parte, Stratford Caldecott, en su ensayo sobre «Tolkien, Lewis y el mito cristiano», comentaba las ideas de Tolkien sobre los cuentos de hadas con profundidad e intensidad a la vez:
Los Evangelios contienen un cuento de hadas: de la suma de todos los cuentos de hadas, ésa es la historia en toda la literatura que más querríamos creer que es cierta. Pero aunque no podemos hacer que la historia sea verdadera con desearlo, y no debemos engañarnos creyendo que es cierta porque así lo deseamos, tampoco podemos descartar la posibilidad de que sucediera realmente. Es posible que la razón de que deseemos que sea cierta es que fuimos hechos para desearlo, por el Único que la hizo cierta. Dios nos creó incompletos, porque la criatura que sólo puede perfeccionarse mediante sus propias decisiones (y por tanto mediante la Búsqueda y el desafío) es más gloriosa que la que sólo tiene que ser lo que otra hizo que fuera.201
Tolkien lo afirmó explícitamente en una carta que escribió a su hijo:
Por supuesto, no quiero decir que los Evangelios cuentan lo que es sólo un cuento de hadas; pero sí quiero decir decididamente que cuentan un cuento de hadas: el mayor de ellos. El hombre en cuanto cuentista debería ser redimido de un modo acorde con su naturaleza: mediante una historia conmovedora. Pero como el autor de ella es el supremo Artista y el Autor de la Realidad, también ésta cobró Ser, tuvo verdad en el Plano Primordial. De modo que en el Milagro Primordial (la Resurrección) y también en los milagros cristianos menores, aunque en menor escala, no sólo se tiene el súbito atisbo de la verdad tras la aparente Ananke de nuestro mundo, sino un atisbo de que es realmente un rayo de luz a través de las grietas mismas del universo que nos rodea.202
Estas, pues, eran las teorías que Tolkien se proponía llevar a la práctica en la escritura de El Señor de los Anillos. De hecho, no es ninguna coincidencia que su conferencia sobre los cuentos de hadas, su extensa carta a su hijo sobre la cuestión y Hoja de Niggle, el cuento que trata del mismo tema, fueran todos escritos en los años de la redacción de El Señor de los Anillos. Por tanto, no debe resultar sorprendente que en El Señor de los Anillos resuene la misma ortodoxia cristiana que impregnaba El Silmarillion, pues el último es a la vez su ascendiente y la fuente de mitos de la que se nutría.

Charles Moseley escribió en su estudio sobre Tolkien que «la visión cristiana de la naturaleza del mundo que tenía Tolkien fue fundamental para su pensamiento y su gran obra de ficción». Luego procedió a describir la metafísica cristiana en la que está basada la subcreación de Tolkien:


No se trata de una obra divulgativa ni de una alegoría: su esencia es el modelo cristiano de un mundo amado al que infundió existencia un Creador, cuyas criaturas gozan de libre voluntad para apartarse de la armonía de ese amor en pos de su propia voluntad y sus propios deseos, en lugar de darse en amor a los demás. Este es un mundo de causas y consecuencias, donde todo tiene importancia, por insignificante que parezca: una acción lleva a otras acciones, y el desenlace de este amor propio es la reducción de la libertad, el confinamiento en el propio ser y la incapacidad de dar o recibir el amor que es lo único deseado ... El cristianismo ve el universo como escenario de lucha entre el bien y el mal, donde los individuos son cruciales.203
Paul Pfotenhauer expresó una opinión similar en su artículo sobre «Temas cristianos en Tolkien».204 El hecho de que la presencia maligna de Sauron se sienta siempre en el ambiente, arguyó Pfotenhauer, puede ayudarnos a reconocer lo demoníaco entre nosotros. Por otro lado, la presencia del Único, más significativa pero más oculta, que en última instancia determina el resultado de los acontecimientos, puede ayudarnos a reconocer la Divina Providencia. Al igual que otros escritores, Pfotenhauer subrayó la importancia de la teología agustiniana en El Señor de los Anillos, además de señalar el terna recurrente del Siervo Doliente que se sacrifica voluntariamente, aun hasta la muerte, para que otros puedan vivir.

En los años transcurridos desde su publicación, muchos otros escritores han escrito sobre la ortodoxia cristiana que da vida a El Señor de los Anillos. Entre ellos destacan el ensayo de Willis B. Glover, «El carácter cristiano del mundo inventado de Tolkien»205 y la conferencia de C. S. Kilby sobre «La interpretación cristiana de Tolkien».206

No obstante, el hecho de que Tolkien rechazara la alegoría conscientemente y prefiriera que el cristianismo estuviera implícito y no explícito en su obra ha provocado muchos malentendidos. Patrick Curry, autor de Defending Middle Earth, afirmó que el cristianismo de Tolkien «no puede limitar las interpretaciones de su obra a interpretaciones cristianas. La mía, como verá, es una lectura explícitamente no teísta, y creo que es más común entre sus lectores que la contraria».207 Independientemente de si la opinión de Curry es compartida por muchos lectores de Tolkien, lo cierto es que no lo era por el propio Tolkien. En la misma carta en que describió El Señor de los Anillos como una obra «fundamentalmente religiosa y católica», Tolkien explicó que, paradójicamente, su decisión de eliminar todas las referencias a la religión institucionalizada fue consecuencia de su deseo de que el libro fuera ortodoxo desde un punto de vista teológico: «Ésa es la causa por la que no incluí, o he eliminado, toda referencia a nada que se parezca a la "religión", ya sean cultos o prácticas, en el mundo imaginario. Porque el elemento religioso queda absorbido en la historia y en el simbolismo».208 En otra carta, escrita poco después de la publicación de El Señor de los Anillos, Tolkien dio la razón práctica definitiva para omitir las referencias evidentes a la religión: «La Encarnación de Dios es algo infinitamente más grande que nada que yo me atreviera a escribir».209 Superó el problema y al mismo tiempo intensificó el misterio del mito situando la historia de la Tierra Media mucho tiempo antes de la Encarnación.

No obstante, Tolkien describía el emplazamiento histórico de El Señor de los Anillos en términos específicamente teístas: «La Caída del Hombre se da en el pasado y fuera de escena; la Redención del Hombre está en el futuro distante. Nos encontramos en una época en la que los sabios saben del Único Dios, Era, pero no es asequible salvo por la mediación de los Valar, aunque todavía se lo recuerda (tácitamente) en la oración de los hombres de ascendencia númenóreana».210 Aunque el mundo de la Tierra Media es nominalmente «pagano», en el sentido de que sólo es posible aproximarse a Dios a través de los que se perciben como «dioses», es «precristiano» sólo en un sentido temporal y periférico. En el sentido eterno que interesaba principalmente a Tolkien, se trata de un mundo cristiano creado por el Dios cristiano que, de momento, no se ha revelado en la plenitud de la verdad hecha explícita en la Encarnación y la Resurrección. En consecuencia, aunque los personajes de la Tierra Media tienen un conocimiento de Dios menos completo que el revelado en el mundo cristiano, el Dios que se distingue débilmente en la Tierra Media es el mismo Dios que adoraba el propio Tolkien. El Dios de la Tierra y el Dios de la Tierra Media son uno. Esto se sigue, desde un punto de vista tanto lógico como teológico, de la creencia de Tolkien de que su mundo secundario subcreado era un reflejo, o un atisbo, de la verdad inherente al mundo primario creado.

Una vez hemos determinado que la única lectura «verdadera» de El Señor de los Anillos es específicamente teística, hay una gran riqueza de significados espirituales en estas páginas. Reiterado en palabras de Tolkien, la cuestión es distinguir «el elemento religioso... absorbido en la historia y en el simbolismo».

En términos generales, el elemento religioso se divide en tres áreas distintas pero interrelacionadas: el sacrificio que acompaña el ejercicio desinteresado de la libre voluntad, el conflicto intrínseco entre el bien y el mal, y la eterna cuestión del tiempo y la eternidad, sobre todo en relación a la vida y la muerte.

El espíritu de sacrificio está omnipresente en los tres libros de El Señor de los Anillos, sobre todo en las acciones de los héroes principales. Llega a lo sublime cuando Sam y Frodo se aproximan a las puertas de Mordor:
Frodo parecía cansado, cansado hasta el agotamiento. No decía nada, en realidad casi no hablaba; tampoco se quejaba, pero caminaba como si soportara una carga cuyo peso aumentaba sin cesar; y se arrastraba con una lentitud cada vez mayor, al punto de que Sam tenía que rogarle a menudo a Gollum que esperase a fin de no dejar atrás al amo.

Frodo sentía, en efecto, que con cada paso que lo acercaba a las Puertas de Mordor, el Anillo, sujeto a la cadena que llevaba al cuello, se volvía más y más pesado. Y empezaba a tener la sensación de llevar a cuestas un verdadero fardo, cuyo peso lo vencía y lo encorvaba. Pero lo que más inquietaba a Frodo era el Ojo: así llamaba en su fuero íntimo a esa fuerza más insoportable que el peso del Anillo que lo obligaba a caminar encorvado. El Ojo: la creciente y horrible impresión de la voluntad hostil, decidida a horadar toda sombra de nube, de tierra y de carne para verlo: para inmovilizarlo con una mirada mortífera, desnuda, inexorable. ¡Qué tenues, qué frágiles y tenues eran ahora los velos que lo protegían! Frodo sabía bien dónde habitaba y cuál era el corazón de aquella voluntad: con tanta certeza como un hombre que sabe dónde está el sol, aun con los ojos cerrados. Estaba allí, frente a él, y esa fuerza le golpeaba la frente.211


Los paralelismos con el Cristo que carga con la Cruz son obvios. Además, tanto es el poder de la prosa y la naturaleza del misticismo de Tolkien que la parábola del fardo de Frodo puede llevar al lector incluso a una mayor comprensión del fardo de Cristo. De pronto uno ve que no era tanto el peso de la Cruz lo que hacía que Cristo tropezara, sino el peso del mal, simbolizado por Tolkien como el Ojo de Sauron.

La respuesta de Frodo al fardo que le había sido impuesto no fue deshacerse de él, sino aceptarlo voluntariamente, aunque con miedo, y llevarlo hasta el mismo corazón de Mordor. No lo había buscado, pero una vez la responsabilidad había caído sobre sus hombros reluctantes aceptó el fardo y el sacrificio que suponía, convirtiéndose en un siervo doliente en aras de un bien mayor. No obstante, en muchos aspectos, el compañero de Frodo, Sam Gamyi, es un héroe todavía mayor, tanto más cuanto que su papel es el de siervo de Frodo, sirviendo a su amo con amor desinteresado: «Y Sam, preocupado como estaba por su señor, casi no había reparado en la nube que le ensombrecía el corazón. Ahora caminaba detrás de Frodo, y observaba con mirada vigilante cada uno de sus movimientos, sosteniéndolo cuando vacilaba, procurando alentarlo, con palabras desmañadas».212

El carácter de Sam Gamyi es representativo de otro gran subtema presente en todo El Señor de los Anillos: la exaltación del humilde. «Mi Sam Gamyi —escribió Tolkien— es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron muy superiores a mí mismo.»213 Esto se reflejó en El Señor de los Anillos, donde Sam aparece, en algunos aspectos, como «muy superior» a Frodo. Cuando se aproximan al Monte del Destino, Frodo empieza a desesperar de llevar a buen término la misión y sólo la fuerza y los ánimos de Sam le permiten continuar. Cuando el propio Sam se enfrenta a la tentación del desespero, diciéndose a sí mismo que es inútil continuar, lo supera y decide cargar con su señor hasta las Grietas del Destino si es necesario: «Llegaré, aunque deje todo menos los huesos por el camino ... Y llevaré al señor Frodo a cuestas, aunque me rompa el lomo y el corazón».214

Cuando, por causa del agotamiento físico de Frodo, Sam se ve obligado en poner en práctica su decisión, ocurre algo muy extraño:


Frodo se le colgó a la espalda, echándole los brazos alrededor del cuello y apretando firmemente las piernas; y Sam se enderezó, tambaleándose; y entonces notó sorprendido que la carga era ligera. Había temido que las fuerzas le alcanzaran a duras penas para alzar al amo, y que por añadidura tendrían que compartir el peso terrible y abrumador del Anillo maldito. Pero no fue así. O Frodo estaba consumido por los largos sufrimientos, la herida del puñal, la mordedura venenosa, las penas, y el miedo y las largas caminatas a la intemperie, o él, Sam, era capaz aún de un último esfuerzo: lo cierto es que levantó a Frodo con la misma facilidad con que llevaba a horcajadas a algún hobbit niño cuando retozaba en los prados o los henares de la Comarca.215
Antes, Sam había experimentado una sensación similar cuando, creyendo que Ella-laraña había matado a Frodo, había tomado el fardo del Anillo: «Luego, inclinándose, se pasó la cadena por la cabeza y al instante el peso del Anillo lo encorvó hasta el suelo, como si le hubiesen colgado una piedra enorme. Pero poco a poco, como si el peso disminuyera, o una fuerza nueva naciera en él, irguió la cabeza y haciendo un gran esfuerzo se levantó y comprobó que podía caminar con la carga».216

De nuevo, las imágenes de la Cruz son indiscutibles, sobre todo la promesa de Cristo de que quienes carguen con su Cruz para seguirlo hallarán la carga ligera.

Otra imagen cristiana del sacrificio que subyace durante todo El Señor de los Anillos es la reflexión de la enseñanza de Cristo de que no hay amor más grande que dar la vida por un amigo. Entre otros ejemplos notables se incluye la muerte heroica de Boromir para salvar a sus compañeros, poco después de su arrepentimiento por haber intentado arrebatarle el Anillo a Frodo por la fuerza. También tenemos la aparente muerte de Gandalf en el Puente de Khazád, cuando luchaba por salvar al resto de la compañía del Balrog, seguida, por supuesto, de su «resurrección».

El tema recurrente del sacrificio desinteresado fue comentado por Sean McGrath en un ensayo que tituló con acierto «La Pasión según Tolkien»:


El mito de El Señor de los Anillos representa la dinámica de la opción fundamental de entregar nuestra vida en aras de un bien más elevado que radica en el corazón de la ética humana. El hermoso veneno que nos arrastra hacia una especie de efímera omnipotencia personal, alejándonos de los designios de Dios, es más sutil que el mal que opera en la Tierra Media. En mi vida cotidiana de clase media norteamericana, ningún Nazgúl alado cubre el sol con sus enormes alas negras; ningún Smeagol demacrado nos recuerda el precio del egoísmo desenfrenado; ¿o acaso sí lo hacen? Esta literatura «escapista» presenta en vividos cuadros dramáticos lo que de otro modo sería intangible o inexpresable: nuestro combate por la salvación, por vencer el omnipresente y abrumador legado del pecado. Da forma y sustancia a nuestra verdadera misión y la proyecta en un universo imaginario donde las cuestiones esenciales están brillantemente claras...

... en la peregrinación agónica de Frodo a Mordor y las grietas del Destino, la profundidad de nuestro sacrificio se ve retratada de un modo cuando menos correcto. Porque cuando Dios nos pide que trascendamos nuestro estado del ser nos está pidiendo que nos rompamos y nos consumamos implacablemente, del mismo modo que Frodo entrega todo su ser a la misión.217


No obstante, quizá la profundidad del sacrificio de Frodo esté mejor retratada en la humilde figura de Sam Gamyi. Stratford Caldecott afirma que «en algunos aspectos, Sam es más importante en la historia que Frodo, y sin duda mucho más que Aragorn»:
En cuanto empezamos a leer la misión de Sam, advertimos que la maduración de Sam y el saneamiento de la Comarca están estrechamente relacionados. Esto tiene sentido si, como Tolkien escribió una vez (Cartas, n.° 181), el argumento trata de «el ennoblecimiento (o santificación) del humilde». En el fondo se trata de un mito cristiano, en el que «los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros». Sam es un hombre humilde, cercano a la tierra, sin pretensiones. Para él, dejar la Comarca por amor a su señor requirió un gran sacrificio. La fidelidad a ese sacrificio y a su relación con Frodo es la estrella que lo guía a lo largo de todo el libro. Los planes de los Sabios y el destino de la Tierra Media nunca le preocupan. Él sólo sabe que tiene que hacer lo que pueda para ayudar a Frodo, por desesperada que pueda parecer la tarea. En un momento crucial en Mordor, se ve obligado a cargar con el Portador del Anillo, e incluso a llevar el propio Anillo. Se mueve de la inocencia inmadura a la inocencia madura y, en última instancia, en su propio mundo (es decir, en el mundo interior de la Comarca de Tolkien), este «jardinero» se convierte en «rey», o al menos en alcalde.218
En otras cuestiones, la interpretación que hace Caldecott de los aspectos de El Señor de los Anillos recuerda a la de MacGrath. Igual que él, Caldecott cree que la obra épica de Tolkien constituye un espejo mágico de nuestro mundo que «penetra bajo la piel para exponer los arquetipos de dentro». «Socava nuestros hábitos normales de percepción y pone al desnudo la naturaleza y la escala de la misión universal en la que todos nosotros estamos embarcados: lo que podemos perder, y lo que podemos ganar.»219 Caldecott afirma que El Señor de los Anillos es un «mito cristiano» porque es «una historia que expresa la sabiduría cristiana». Tanto el cristianismo como El Señor de los Anillos traían de modo explícito de «la decisión, la libre voluntad y el sacrificio».220 Caldecott también coincide con McGrath en advertir un paralelismo entre la Pasión de Tolkien y la Pasión de Cristo: «Los cuatro héroes principales experimentan una especie de muerte y renacimiento como parte de su misión, un descenso al infierno. De este modo, todos participan, en mayor o menor grado, en el viaje arquetípico de Cristo.»221

Además de los temas de «la decisión, la libre voluntad y el sacrificio», otro de los preceptos centrales sobre los que se construye El Señor de los Anillos es el conflicto intrínseco entre el bien y el mal. La guerra espiritual entre las fuerzas de la oscuridad y las de la luz en el mundo de Tolkien da forma al paisaje en el que los personajes ejercen su libre voluntad y realizan sus sacrificios. De hecho, es el conocimiento de este conflicto, y la forma de enfrentarlo, lo que da significado a los sacrificios de los héroes. «El mal y el bien no han cambiado desde ayer —le dice Aragorn a Éomer—, ni tienen un sentido para los Elfos y Enanos y otro para los Hombres. Corresponde al hombre discernir entre ellos.»222



«El Señor de los Anillos —escribe el teólogo Colín Gunton—, no puede ser un libro teológico, pero trata de la salvación en un sentido amplio: trata de la liberación de la Tierra Media de los poderes del mal.»223 Gunton creía que el papel de Frodo en la misión de destruir el poder del Señor Oscuro tenía «una fuerte influencia de las ideas cristianas»:
Si recordamos cuando el demonio tentó a Jesús para que lo adorara ofreciéndole poder sobre todas las ciudades del mundo, vemos el objeto del comportamiento de Frodo. Una y otra vez, los actores del drama se ven tentados a utilizar el Anillo para derrotar al Señor Oscuro. Pero Frodo, instruido por Gandalf, que, como él, posee algunas de las características de la figura de Cristo, advierte que usar el mal, aun para luchar contra el mal, significa ser esclavizado por él. El Señor Oscuro podía ser derrotado, pero quienes lo vencieran serían corrompidos también y desempeñarían su mismo papel.224
Gunton también subrayó la observancia de Tolkien de las doctrinas cristianas ortodoxas en el tema de la naturaleza del mal:
... el mal es parasitario del bien: tiene un poder terrible, corrompe y destruye, y sin embargo carece de una verdadera realidad propia. Lo mismo ocurre en la descripción del mal que hace Tolkien. Los espectros del anillo representan una de las entidades más terriblemente malignas de la literatura. Son espectros, sólo reales en parte, pero cuentan con un poder mortal y horrible. Sus gritos provocan desespero —la incapacidad de actuar— y terror en las fuerzas de la luz. Su tacto causa un frío terrible, como el frío del infierno de Dante. Y, sin embargo, en última instancia son insustanciales. Cuando el anillo se funde en los hornos del Monte del Destino, «crepitaron, se consumieron, y desaparecieron» (iii, p. 298). De igual modo, así como los demonios de la mitología cristiana son ángeles caídos, todas las criaturas del Señor Oscuro son parodias horribles de las criaturas de la verdadera creación: los trasgos de los elfos, los trolls de esas espléndidas criaturas los ents, etc. (ii, p. 114). El mal es la corrupción del bien, de monstruoso poder pero esencialmente parasitario.225
La naturaleza parasitaria del mal es la clave de su debilidad inherente. Puesto que, por naturaleza, es contra-creativo y sólo puede destruir, suele destruirse a sí mismo en la ceguera de su malicia. «A menudo el odio se vuelve contra sí mismo —dice Gandalf, expresando una opinión que comparte Théoden—: «¡Extraños poderes tienen nuestros enemigos, y extrañas debilidades! Pero, como dice un antiguo proverbio: El daño del mal suele volverse contra el propio mal»226

Gunton también advirtió «paralelismos interesantes y préstamos de la teología cristiana» en el modo, semejante al de Cristo, en que Frodo triunfó contra toda probabilidad: «Como Jesús, Frodo se introduce en el corazón del reino enemigo para derrotarlo. Y como él, es esencialmente débil e indefenso en términos mundanos, pero en última instancia fuerte e invencible porque rechaza el uso de los métodos del enemigo».227

El otro precepto central que hallamos en el corazón de El Señor de los Anillos radica en la relación entre el tiempo y la eternidad, sobre todo en relación con la cuestión de la vida y la muerte. El propio Tolkien destacó la importancia de este aspecto en más de una ocasión. En abril de 1956 comparó el efecto relativo sobre los hombres y los elfos de la mortalidad y la inmortalidad respectivamente. «No creo que ni siquiera el Poder o el Dominio sean el verdadero centro de mi historia —escribió—. El verdadero tema para mí se centra en algo mucho más permanente y difícil: la Muerte y la Inmortalidad; el misterio del amor por el mundo en los corazones de una raza "condenada" a partir y aparentemente a perderlo; la angustia en los corazones de una raza "condenada" a no partir en tanto su entera historia no se haya completado.»228

Esta sensación de la «condena» de la muerte presente en el núcleo de la historia de Tolkien fue comentado por Kevin Aldrich en su ensayo sobre «El sentido del tiempo en El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien». «Un buen lugar para iniciar un examen sobre el terna de la muerte y la inmortalidad —escribió Aldrich—, es el poema del Anillo con el que empieza cada uno de los libros de El Señor de los Anillos.» En particular, Aldrich subrayó la importancia del verso «Nine for Mortal Men doomed to die...» [Nueve para los Hombres mortales condenados a morir] : «Las sílabas aliteradas "Mortal Men" y "doomed to die", fuertemente acentuadas, suenan ominosas. Y en el espacio de seis sílabas se menciona tres veces la mortalidad del hombre. Somos "mortales", estamos "condenados", y vamos a "morir". La característica principal de la existencia humana, pues, en este poema aparentemente simple, es la mortalidad».229

Los elfos, por otro lado, son inmortales y, en palabras de Tolkien, están «condenados a no abandonar» el mundo. Esta diferencia entre los elfos y los hombres desempeña un importante papel en el transcurso de los acontecimientos de El Señor de los Anillos y, al igual que el resto de la historia, tiene sus raíces en El Silmarillion:
Uno y el mismo es este don de la libertad concedido a los hijos de los Hombres: que sólo estén vivos en el mundo un breve lapso, y que no estén atados a él, y que partan pronto; a dónde, los Elfos no lo saben. Mientras que los Elfos permanecerán en el mundo hasta el fin de los días, y su amor por la Tierra y por todo es así más singular y profundo, y más desconsolado a medida que los años se alargan. Porque los Elfos no mueren hasta que no muere el mundo, a no ser que los maten o los consuma la pena (y a estas dos muertes aparentes están sometidos); tampoco la edad les quita fuerzas, a no ser que uno se canse de diez mil centurias; y al morir se reúnen en las estancias de Mandos, en Valinor, de donde pueden retornar llegado el momento. Pero los hijos de los Hombres mueren en verdad, y abandonan el mundo; por lo que se los llama los Huéspedes o los Forasteros. La Muerte es su destino, el don de Ilúvatar, que hasta los mismos Poderes envidiarán con el paso del Tiempo. Pero Melkor ha arrojado su sombra sobre ella, y la ha confundido con las tinieblas, y ha hecho brotar el mal del bien, y el miedo de la esperanza. No obstante, ya desde hace mucho los Valar declararon a los Elfos que los Hombres se unirán a la Segunda Música de los Ainur; mientras que Ilúvatar no ha revelado qué les reserva a los Elfos después de que el Mundo acabe, y Melkor no lo ha descubierto.230
En este solo párrafo de El Silmarillion hay mucho a tener en cuenta para obtener una mayor comprensión de El Señor de los Anillos.

El hecho de que el Único no haya revelado sus propósitos para los elfos después del final del mundo, mientras que ha afirmado específicamente que el hombre tiene un destino más allá de la tumba que comparte con los angélicos Ainur, ilustra el interés de Tolkien en que este mito concordara con la ortodoxia cristiana. De hecho, el que se niegue tajantemente a otorgar un destino eterno de los elfos, los enanos o los orcos, en oposición a un destino temporal, ilustra que, contradiciendo las afirmaciones de C. S. Lewis, no tenía la intención de subcrear una nueva teología. Se limitó a subcrear criaturas míticas e historias legendarias, sin entrometerse en el arte primario del Creador, que, para Tolkien, había sido revelado por la Encarnación, las escrituras y las doctrinas tradicionales de la Iglesia a lo largo de los siglos.


La otra «verdad» que encuentra expresión en este pasaje clave de El Silmarillion es el hecho de que la muerte, lejos de ser una maldición para la humanidad, es un don de Dios. Sólo se considera maldita porque ha sido maldecida por Melkor, o Morgoth, que maldice todos los dones del Único. Por tanto, «Melkor ha arrojado su sombra sobre ella, y la ha confundido con las tinieblas, y ha hecho brotar el mal del bien, y el miedo de la esperanza». Esto se repite en el relato de la Caída de Númenor, cuando los hombres de Númenor empezaron a maldecir su mortalidad y a envidiar la inmortalidad de los elfos y de los Valar angélicos. «¿Por qué no hemos de envidiar a los Valar o aun al último de los Inmortales?», preguntan los númenóreanos a los mensajeros angélicos que les han enviado los Valar. «Pues a nosotros se nos exige una confianza ciega y una esperanza sin garantía, y no sabemos lo que nos aguarda en el próximo instante.» A esto, los mensajeros respondieron:
En verdad los Valar no conocen qué ha decidido Ilúvatar sobre vosotros, y él no ha revelado todas las cosas que están por venir. Pero esto sabemos de cierto: que vuestro hogar no está aquí, ni en la Tierra de Aman ni en ningún otro sitio dentro de los Círculos del Mundo. Y el Destino de los Hombres, que han de abandonar el Mundo, fue en un principio un don de Ilúvatar. Se les convirtió en sufrimiento sólo porque los cubrió la sombra de Morgoth y les pareció que estaban rodeados por una oscuridad, de la que tuvieron miedo ... si ese dolor ha vuelto a perturbaros, como decís, tememos que la Sombra se levante una vez más y crezca de nuevo en vuestros corazones.231
Los mensajeros angélicos advirtieron entonces a los hombres de Númenor que su muerte era la voluntad del Único y que debían «mantener la confianza» en aquello a lo que estaban llamados.

Los númenóreanos no escucharon la advertencia y Tolkien utiliza su rebelión para ilustrar el impacto sociológico de su ignorancia teológica:


Pero el miedo que tenían a la muerte era cada vez mayor, y la retrasaban por cualquier medio que estuviera a su alcance; y empezaron a construir grandes casas para los muertos, mientras que los hombres sabios trabajaban incesantemente tratando de descubrir el secreto de la recuperación de la vida, o al menos la prolongación de los días de los Hombres. No obstante, sólo alcanzaron el arte de preservar incorrupta la carne muerta de los Hombres, y llenaron toda la tierra de tumbas silenciosas en las que la idea de la muerte se confundía con la oscuridad. Pero los que vivían se volcaban con mayor ansia al placer y a las fiestas, siempre codiciando más riquezas y bienes; y después de los días de Tar-Ancalimon, la ofrenda de las primicias a Eru fue desatendida, y los hombres iban rara vez al Santuario en las alturas de Meneltarma, en medio de la tierra.232
Es significativo que fuera en esta época de decadencia cuando «Sauron se levantó de nuevo en la Tierra Media».233

No obstante, a pesar de los esfuerzos de Melkor por ensombrecer la cuestión con confusión y desesperanza, la mortalidad del hombre sigue siendo un don que forma parte de su esencia y orienta su voluntad en la dirección correcta. Fue voluntad del Único «que los corazones de los Hombres buscaran siempre más allá y no encontraran reposo en el mundo; pero tendrían en cambio el poder de modelar sus propias vidas, entre las fuerzas y los azares mundanos, más allá de la Música de los Ainur, que es como el destino para toda otra criatura; y por obra de los Hombres todo habría de completarse, en forma y acto, hasta en lo último y lo más pequeño».234 De este modo, los tres temas centrales de El Señor de los Anillos están entrelazados, conectando la naturaleza esencial de la mortalidad del hombre con la importancia de la libre voluntad y el conflicto intrínseco del bien y el mal.

Como es habitual, Tolkien intentó demostrar que la teología de su mundo subcreado no contradecía la teología de la Iglesia. En octubre de 1958 escribió:
En esta «prehistoria» mítica, la inmortalidad... era parte de la naturaleza dada a los Elfos; más allá del Fin, nada había sido revelado. Se habla de mortalidad... como propia de la naturaleza dada a los Hombres: los Elfos la llamaron el Don de Ilúvatar (Dios) ... Ésta es, por tanto, una perspectiva «élfica» y no necesariamente tiene algo a favor o en contra de creencias, como la cristiana, de que la «muerte» no forma parte de la naturaleza humana, sino que es un castigo por el pecado (la rebelión) y una consecuencia de la «Caída». Debería considerársela como la percepción que tienen los Elfos de lo que la muerte —por no estar vinculada con los «ciclos del mundo»— significaría para los Hombres, sea cual fuere su origen. Un divino «castigo» es también un divino «don» si se lo acepta, pues su objetivo es la bendición final, y la suprema inventiva del Creador hará que los «castigos» (es decir, el cambio de designio) produzcan un bien no alcanzable de otro modo.235
Por supuesto, desde un punto de vista cristiano, la «bendición final» del don de la muerte no era el final de la vida sino, paradójicamente, su plenitud. Como explicó Kevin Aldrich: «El Señor de los Anillos trata de la inmortalidad y la huida de la muerte. Pero no hay escapatoria de la muerte si no es por medio de la muerte, si hay alguna ... Lo que El Señor de los Anillos dice en última instancia es que si los mortales han de hallar la verdadera felicidad, no será en el tiempo, sino en la eternidad».236 Ésta fue la fuente y la esencia de la imaginería de las «tierras de tinieblas» que impregna gran parte de la obra de Tolkien, y de su amigo C. S. Lewis. Para ambos escritores, este mundo no era sino una tierra de sombras, un velo de lágrimas además de un valle de lágrimas, que ocultaba la plenitud de la luz de Dios a los hombres mortales. En la obra de Tolkien esto se ve sobre todo en la historia Hoja de Niggle, donde todo es más real después de la muerte que durante la vida.

Sin embargo, esta imaginería de las «tierras de tinieblas» domina también las últimas páginas de El Señor de los Anillos. El libro termina cuando Frodo y Gandalf dejan la Tierra Media para siempre, rumbo al Reino Bendecido más allá del mundo de los hombres:


Frodo besó entonces a Merry y a Pippin, y por último a Sam, y subió a bordo; y fueron izadas las velas, y el viento sopló, y la nave se deslizó lentamente a lo largo del estuario gris ... Y la nave se internó en la Alta Mar rumbo al Oeste, hasta que por fin en una noche de lluvia Frodo sintió en el aire una fragancia y oyó cantos que llegaban sobre las aguas; y le pareció que, como en el sueño que había tenido en la casa de Tom Bombadil, la cortina de lluvia gris se transformaba en plata y cristal, y que el velo se abría y ante él aparecían unas playas blancas, y más allá un país lejano y verde a la luz de un rápido amanecer.237
Esta escena también se narra en El Silmarillion, aunque de un modo más metafísico: «Y últimos de todos, los Guardianes de los Tres Anillos partieron también... En el crepúsculo del otoño partió de Mithlond, hasta que los mares del Mundo curvo cayeron por debajo de él, y los vientos del cielo redondo no lo perturbaron más, y llevado sobre los altos aires por encima de las nieblas del mundo fue hacia el Antiguo Occidente, y el fin llegó para los Eldar de la historia y de los cantos».238

Mientras tanto, los otros tres hobbits que habían acompañado a Frodo en la misión de destruir el Anillo quedaron atrás, contemplando cómo el barco desaparecía por el horizonte. Su sensación de exilio es intensa:


Pero para Sam la penumbra del atardecer se transformó en oscuridad, mientras seguía allí en el Puerto; y al mirar el agua gris vio sólo una sombra que pronto desapareció en el oeste. Hasta la entrada de la noche se quedó allí, de pie, sin oír nada más que el suspiro y el murmullo de las olas sobre las playas de la Tierra Media, y aquel sonido le traspasó el corazón. Junto a él, estaban Merry y Pippin, y no hablaban.239
La sensación de exilio es aún mayor cuando la ponemos en el contexto metafísico de la Creación, tal como se describe en El Silmarillion: «Y dicen los Eldar que el eco de la Música de los Ainur vive aún en el agua, más que en ninguna otra sustancia de la Tierra; y muchos de los Hijos de Ilúvatar escuchan aún insaciables las voces del Mar, aunque todavía no saben lo que oyen».240

Aunque El Señor de los Anillos termina con el eco de la música de los ángeles acentuando el exilio del hombre de la plenitud de la verdad más allá de la tumba, Tolkien añade un apéndice que concluye con la sensación de que el regreso al hogar aguarda a aquellos que aceptan el don de la muerte. Las últimas palabras de Aragorn antes de su muerte encierran el sentimiento de esperanza presente en el corazón de la subcreación de Tolkien: «Con tristeza hemos de separarnos, mas no con desesperación. ¡Mira! No estamos sujetos para siempre a los confines del mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos. ¡Adiós!»241

CAPÍTULO 8



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