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EL MITO VERDADERO:

TOLKIEN Y LA CONVERSIÓN DE C. S. LEWIS


«antes que los hechos, la verdad.»81
«Tolkien era inmensamente tierno y comprensivo como padre —escribió Humphrey Carpenter—, jamás le avergonzó besar a sus hijos en público, aunque fueran ya hombres, y jamás se mostró reservado en la expresión de su calidez y su cariño.»82 Siendo así las cosas, no es extraño que sus hijos recuerden los años que pasaron con su padre con evidente afecto. En las calurosas tardes de verano remontaban el río Cherwell hasta Water Eaton e Islip, donde podían merendar en la arena; hacían paseos por el campo en los que su padre demostraba un conocimiento sobre árboles y plantas aparentemente ilimitado; y pasaban las vacaciones de verano junto al mar, en Lyme Regis, a donde el padre Francis Morgan venía desde Birmingham para estar con ellos. Los niños recordaban que el párroco los abrazaba de la misma manera ruidosa y bulliciosa en que besara a su padre y su hermano durante las vacaciones en Dorset veinticinco años antes. También recordaban vividamente cuando iban en bicicleta a la misa matutina de St. Aloysius, o a St. Gregory's por Woodstock Road, o al convento de las Carmelitas que había en las cercanías. Recordaban el barril de cerveza que se guardaba en la carbonera, detrás de la cocina, y que goteaba regularmente, y las quejas de su madre de que hacía que la casa oliera como una cervecería. Los niños se acordaban también de que su madre y su padre eran hábiles jardineros y cultivaban una gran cantidad de vegetales, y de que a su padre le gustaban especialmente las rosas.

Estas visiones de días felices pueden dar la impresión de que el matrimonio de Tolkien era un lecho de rosas. Quizá lo fuera, al menos en comparación con otros. Sin embargo, todo lecho de rosas está coronado de espinos, y el matrimonio de Tolkien tuvo malos momentos además de alegrías. Por desgracia, actualmente es hoy muy común la obsesión de concentrarse en las espinas y excluir las rosas. Lejos de ser objetivos, quienes tienen este punto de vista suelen descuidar o incluso negarse a reconocer las facetas positivas y más importantes de las peculiaridades de un sujeto, prefiriendo en cambio la búsqueda ciega de los misterios de la fantasía.

El matrimonio de Tolkien no ha escapado a este escrutinio crítico. Uno de los peores ejemplos fue la visión distorsionada que proyectó John Carey en una reseña de la biografía de Humphrey Carpenter publicada en The Listener. Carpenter escribe que Edith Tolkien «casi dejó de ir a la iglesia» en los años que siguieron a la boda: «Cuando llevaba una década casada sus sentimientos anticatólicos aumentaron, y ya de vuelta en Oxford, en 1925, le disgustaba que Ronald llevara a los niños a misa.»83 Carpenter afirma que el resentimiento de Edith se debía en parte a su disgusto por la confesión. Siempre «había odiado confesar sus pecados a un sacerdote», mientras que su esposo utilizaba el sacramento con frecuencia. De estos hechos Carey dedujo lo que el crítico Brian Rosebury llamó una «fantasía farisaica». «Tolkien —escribió Carey— compartía hasta cierto punto la opinión del padre Francis sobre el sexo. Incluso las relaciones maritales tenían que ser expiadas mediante frecuentes confesiones, una exigencia que la señora Tolkien consideraba desagradable y a la que se oponía con vehemencia.»84 Rosebury, a su vez, consideraba desagradable esta «fantasía farisaica» de Carey y se le opuso con vehemencia en su estudio crítico sobre Tolkien:
De ahí se deduce (al amparo de una ambigüedad teórica en la frase de Carey) que a lo que se oponía la señora Tolkien, con una vehemencia comprensible, no era la confesión per se, sino la confesión de las «relaciones maritales» o provocada por ellas. Los lectores de The Listener que no hayan leído el libro de Carpenter —es decir, casi todos— supondrán naturalmente que esta extraña insinuación se apoya en la biografía, lo cual es falso: Carey, con una ingenuidad familiar para los conocedores de sus reseñas biográficas, la ha introducido él mismo. Insinúa que Tolkien, padre de cuatro hijos, y «un consumado maestro de obscenidades en varias lenguas» (Carpenter, The Inklings, p. 55), se sentía culpable debido a la práctica del sexo; pero aquí es Carey, no Tolkien, quien da por supuesto que la sola práctica del intercambio sexual puede ser motivo de confesión para un católico.85
La extraña fantasía de la insinuación de Carey queda mejor manifiesta citando al propio Tolkien. En una carta dirigida a C. S. Lewis, Tolkien escribió: «El matrimonio cristiano no es una prohibición del contacto sexual, sino la manera de su temperancia; de hecho, probablemente la mejor manera de obtener un placer sexual más satisfactorio, así como la temperancia alcohólica es la mejor manera de disfrutar el vino y la cerveza».86

Con esto Tolkien no hacía más que repetir las doctrinas de la Iglesia, procedentes de la Ética de Aristóteles vía santo Tomás de Aquino. El placer sexual es algo bueno y un don de Dios, pero la temperancia sexual es necesaria porque el hombre no sólo vive de sexo. La temperancia es el camino moderado entre la mojigatería y la lascivia, los dos extremos de la obsesión sexual. Al acusar falsamente a Tolkien de lo primero, Carey peca de lo segundo.

En la misma reseña, Carey demuestra una opinión igualmente deformada cuando describe a las mujeres de la mitología de Tolkien como «perfectamente asexuadas». Quizá diga algo de la lascivia de Carey el hecho de que olvide mencionar que los hombres de la mitología de Tolkien también son «perfectamente asexuados», al menos en el sentido al que se refiere Carey. Los personajes de Tolkien no son asexuados en el sentido de que sean asexuales sino, por el contrario, son sexuales de un modo arquetípico y estereotipado. No obstante, no hay descripciones de actividad sexual, o de lo que los materialistas modernos llaman «química sexual», y una ausencia de actividad sexual implícita o explícita es considerada en sí misma inmoral por los críticos actuales. No obstante, la omisión no dice nada de la visión subconsciente del sexo por parte de Tolkien, tal como sugieren Carey y otros, sino que muestra su intención consciente de centrarse en aquellos aspectos de la vida que son más importantes que la actividad sexual. Como escritor, Tolkien era consciente de que la introducción de la carnalidad sexual en la Tierra Media desvirtuaría las cuestiones más importantes que intentaba enfocar. Su caracterización «perfectamente asexuada» era un recurso literario necesario y nada más.

Para una mejor comprensión de la visión de Tolkien del matrimonio y las relaciones entre los sexos no hace falta andar buscando fragmentos tentadores en las páginas de El Señor de los Anillos, sobre todo porque una búsqueda tal probablemente lleve a conclusiones equivocadas. Basta con leer la extensa carta que escribió a su hijo en marzo de 1941:


En nuestra cultura occidental la tradición caballeresca romántica es todavía fuerte, aunque, como producto del cristianismo (de ningún modo lo mismo que la ética cristiana), los tiempos le son enemigos. Idealiza el «amor» y, por tanto, puede ser muy buena, pues tiene en cuenta mucho más que el placer físico, y abraza, si no la pureza, al menos la fidelidad y, por consiguiente, la autonegación, el «servicio», la cortesía, el honor y la valentía. Su debilidad es, por supuesto, que empezó como un juego cortesano artificial, una manera de gozar del amor por sí mismo sin referencia (y en verdad opuesto) al matrimonio. Su centro no era Dios, sino unas Deidades imaginarias: el Amor y la Señora. Tiende todavía a hacer de la Señora una especie de estrella conductora o divinidad... Esto es, por supuesto, fácil y, en el mejor de los casos, un artificio. La mujer es otro ser humano caído con el alma en peligro. Pero combinado y armonizado con la religión... puede ser muy noble. Por tanto, produce todavía en los que retienen algún vestigio de cristianismo lo que se considera el más alto ideal de amor entre el hombre y la mujer. Sin embargo, aun así considero que tiene sus riesgos. No es del todo verdadero y tampoco es del todo «teocéntrico». Evita, o cuando menos en el pasado ha evitado, que el hombre joven vea a las mujeres tal como son: como compañeras de naufragio, no como estrellas conductoras. (Uno de los resultados es que el hombre joven se vuelve cínico con la observación de la realidad.) ... Inculca una exagerada noción del «verdadero amor», como fuego venido desde fuera, una exaltación permanente, sin relación con la edad, la parición de hijos y la vida cotidiana, y sin relación tampoco con la voluntad y los objetivos. (Una de las consecuencias de esto es que los jóvenes busquen un «amor» que los mantenga siempre abrigados y confortables en un mundo frío, si esfuerzo alguno de su parte; y el romántico empedernido se empeña en seguir buscando aun en la lobreguez del tribunal de pleitos matrimoniales.)87
Habiendo comentado en general las relaciones entre los sexos, Tolkien se embarca en una digresión sobre el sacrificio dentro del matrimonio:
Sin embargo, la esencia de un mundo caído consiste en que lo mejor no puede obtenerse mediante el libre gozo o mediante lo que se llama «autorrealización» (por lo general, un bonito nombre con que se designa la autocomplacencia, por completo enemiga de la realización de otros «autos»), sino mediante la negación y el sufrimiento. La fidelidad en el matrimonio cristiano implica una gran mortificación ... No hay hombre, por fielmente que haya amado a su prometida y novia cuando joven, que le haya sido fiel ya convertida en su esposa en cuerpo y alma sin un ejercicio deliberadamente consciente de la voluntad, sin autonegación. A muy pocos se les advierte eso, aun a los que han sido criados «en la Iglesia». Los que están fuera de ella rara vez parecen haberlo escuchado. Cuando el hechizo desaparece o sólo se vuelve algo ligero, piensan que han cometido un error y que no han encontrado todavía la verdadera compañera del alma. Con demasiada frecuencia la verdadera compañera del alma es la primera mujer sexualmente atractiva que se presenta. Alguien con quien podrían casarse muy provechosamente con que sólo... De ahí el divorcio, que procura ese «con que sólo» ... Pero el «verdadero compañero del alma» es aquel con el que se está casado de hecho ... sólo la más feliz de las suertes reúne al hombre y la mujer que están, por decirlo así, mutuamente «destinados», y son capaces de un amor grande y profundo. La idea todavía nos deslumbra, nos coge por el cuello; se han escrito sobre el tema una multitud de poemas e historias, más, probablemente, que el total de tales amores en la vida real (sin embargo, los más grandes de esos cuentos no nos hablan del feliz matrimonio de esos grandes enamorados, sino de su trágica separación; como si aun en esta esfera lo en verdad grande y profundo en este mundo caído sólo se lograra por el «fracaso» y el sufrimiento). En este gran amor inevitable, a menudo amor a primera vista, tenemos un atisbo, supongo, del matrimonio tal como habría sido en un mundo que no hubiera caído. En éste tenemos como únicas guías la prudencia, la sabiduría (rara en la juventud, demasiado tardía en la vejez), la limpieza de corazón y la fidelidad de voluntad...88
Esta carta contiene mucha información de importancia crucial para todo aquel que quiera comprender a Tolkien. Ilumina su propio matrimonio, y su actitud hacia él, e ilustra muchas de las virtudes y gran parte de la filosofía en que se basó la creación de la Tierra Media. La influencia del matrimonio de Tolkien en su obra fue comentada perspicazmente por Brian Rosebury:
Su matrimonio, aunque a veces problemático, duraría cincuenta y cinco años, desde 1916 hasta la muerte de Edith en 1971. Si las dificultades se advierten débilmente en su obra, en el tema recurrente del enfrentamiento de los intereses del esposo y la esposa (los Ents y las Ents-mujeres en El Señor de los Anillos, y la tardía, triste e inconclusa historia de «Aldarion y Erendis»), el romance que lo sustentó también se conmemora en la historia de Beren y Lúthien (cuyos nombres se leen en las lápidas de los Tolkien), y en varias obras más breves, desde poemas tempranos tales como «Tú y yo» hasta el último cuento, El herrero de Wootton Mayor. Es evidente que subyace también en El Señor de los Anillos, en el que Elrond (en el papel del padre Francis) prohíbe a Aragorn casarse con Arwen mientras no obtenga el título de rey: la postergada boda de Sam Gamyi y Rosita Coto duplica el tema a un nivel hogareño.89
Para Tolkien, que se apoyaba en una honda comprensión de la teología ortodoxa y en la profundidad de su propio misticismo cristiano, la rosa del matrimonio cristiano estaba unida inextricablemente a las espinas de la mortificación. Las alegrías y las tristezas de la vida, como en los misterios de dolor y de gozo del rosario, no debían de contemplarse por separado, sino que constituían las hebras oscuras y luminosas de un mismo tejido. «La alegría cristiana —escribió Tolkien a uno de sus hijos— provoca lágrimas porque es cualitativamente equivalente al dolor, porque proviene de los lugares donde la Alegría y el Dolor son lo mismo, reconciliados al perderse en el Amor el egoísmo y el altruismo.»90 Su esposa, que nunca llegó a esa profundidad teológica o mística, no podía aceptar los pesares de la vida de casada con esa resignación filosófica. Por el contrario, para ella eran causa de frustración y resentimiento.

En los primeros años del matrimonio, y sobre todo durante los cuatro años que vivieron en Leeds, Edith se sintió bastante feliz y asentada. Fue después de su regreso a Oxford en 1925, después de que Tolkien reemplazara a sir William Craigie como profesor de anglosajón, cuando Edith empezó a sentirse sola y aislada. Nunca se encontró cómoda en los círculos académicos y desde el principio hizo pocos amigos entre las familias de los otros profesores. Su esposo, al contrario, se sentía completamente en casa en Oxford y disfrutaba de su elevada atmósfera intelectual. Edith empezó a pensar que la dejaba de lado, aun cuando Tolkien pasaba mucho tiempo en casa y realizaba desde allí gran parte de su labor docente. No solía salir más de una o dos tardes a la semana y siempre era «tierno y considerado con ella; se preocupaba mucho por su salud (eso era recíproco), y por los asuntos domésticos».91 No obstante, Edith sentía que sus afectos estaban en otra parte y que tenía necesidades que ella no podía satisfacer. Tristemente, empezó a darse cuenta de que había una faceta del carácter de su esposo que sólo salía a la luz cuando se encontraba en compañía de hombres como él. Se sentía celosa del tiempo que pasaba con ellos. Su opinión ha sido compartida y apoyada por algunos críticos posteriores de Tolkien, como por ejemplo Valentine Cunningham, quien afirmó que «es evidente» que Tolkien «dejaba de lado» a su esposa al asistir a dos reuniones semanales con sus amigos, o «compinches», como Cunningham prefería llamarlos.92



En concreto, Edith tenía celos de la amistad de su esposo con un joven profesor llamado C. S. Lewis, un compañero del Magdalen College. Lewis gozaba de una gran popularidad entre los hijos de Tolkien, pues nunca les hablaba con tono de superioridad y les regalaba libros de E. Nesbit que a ellos les gustaban mucho, pero era tímido y no se sentía cómodo con Edith. Su incomodidad ante ella hacía que Edith comprendiera todavía menos el evidente placer que su esposo hallaba en compañía de Lewis y esto, a su vez, alimentó los celos que sentía por su amistad. Tolkien era consciente del resentimiento de su esposa y lo lamentaba, pero insistía en la legitimidad de la compañía masculina. Años después, cuando uno de sus hijos estaba pensando en casarse, intentó explicarle las dificultades:
Hay muchas cosas que un hombre siente legítimas aunque provoquen discusiones. ¡Que nunca mienta acerca de ellas a su esposa o amante! Evítalas o —si valen la pena— insiste. Cosas de este tipo se producen con frecuencia: la cerveza, la pipa, no escribir cartas, otra amiga, etc., etc. Si las exigencias de la otra parte no son realmente razonables (como ocurre a veces, incluso entre los amantes y las parejas casadas que más se quieren) es mucho mejor afrontarlas sobre la mesa con una disputa que con subterfugios.93
Años después, C. S. Lewis intentó explicar en su libro The Four Loves las diferencias entre el amor en el matrimonio y la amistad. Mientras que «la importancia y la belleza» del amor sexual se había «acentuado y casi exagerado una y otra vez, muy poca gente moderna considera la amistad como un amor de valor comparable o incluso un amor en absoluto».
Para los antiguos, la amistad era el más feliz y más completamente humano de todos los amores; el punto culminante de la vida y la escuela de la virtud. El mundo moderno, por el contrario, la desdeña. Por supuesto, se reconoce que además de una esposa y una familia el hombre necesita unos pocos «amigos». Pero el mismo tono de este reconocimiento, y el tipo de relaciones que quienes lo hacen describen como «amistades», muestran con claridad que de lo que hablan tiene muy poco que ver con la Philia que Aristóteles clasificó entre las virtudes o la Amicitia sobre la cual Cicerón escribió un libro.94
Quizá no sea de extrañar, teniendo en cuenta el espíritu de la época —o, mejor dicho, la falta de espíritu—, que al menos un crítico haya sugerido que la amistad de Lewis y Tolkien era sexual. Brenda Partridge, en su crítica feminista «The Construction of Female Sexuality in The Lord of the Rings» [La construcción de la sexualidad femenina en El Señor de los Anillos],95 deduce, en un vuelo lamentable e ilusionado de la imaginación, que Lewis y Tolkien tenían una relación homosexual. La mejor respuesta a este punto de vista procede del mismo Lewis y se encuentra en su ensayo sobre «Amistad» en The Four Loves:
De hecho, en nuestra época ha llegado a ser necesario rechazar la teoría de que todas las amistades serias y firmes son en realidad homosexuales.

La peligrosa expresión «en realidad» es aquí significativa. Decir que todas las amistades son consciente y explícitamente homosexuales sería cometer una equivocación demasiado evidente; los sabihondos se refugian en la carga menos palpable de que es en realidad —inconsciente, críptica y retorcidamente— homosexual. Y aunque no puede demostrarse, tampoco puede demostrarse lo contrario. El hecho de que no se descubran evidencias positivas de homosexualidad en el comportamiento de dos amigos no desconcierta un ápice a los sabihondos: «Eso —dicen con seriedad—, es precisamente lo más lógico». La misma falta de evidencias se considera, pues, una evidencia; la ausencia de humo demuestra que el fuego está muy bien escondido. Sí, si existe realmente. Pero primero debemos demostrar su existencia. De lo contrario, nuestros argumentos serían como los del hombre que decía: «Si hubiera un gato invisible en esta silla, la silla parecería vacía; la silla parece vacía; por tanto, hay un gato invisible en ella».96


Tolkien había llamado la atención de Lewis el u de mayo de 1926 durante una discusión de trabajo de facultad en un «té inglés» del Merton College. «Hablé con él después —apuntó Lewis en su diario—. Es un tipo suave, pálido, locuaz... No parece peligroso: a lo sumo necesitará uno o dos golpes.»97 De estos inicios indiferentes y desfavorables no tardó en surgir una amistad que iría creciendo en importancia para ambos.

Poco antes de que se conocieran Tolkien y Lewis, Tolkien había formado los Coalbiters, un club de profesores dedicado a la lectura de las sagas y los mitos islandeses. El nombre provenía del islandés Kolbítar, término humorístico que designaba a quienes se acercaban tanto al fuego en invierno que mordían el carbón.*98 En un principio, sus miembros se limitaban ante todo a quienes tenían un conocimiento razonable del islandés, pero el club no tardó en verse reforzado por principiantes entusiastas, entre los cuales se encontraba C. S. Lewis. En enero de 1927 Lewis asistía regularmente a las reuniones de los Kolbítar y las encontraba estimulantes. La influyente amistad entre Lewis y Tolkien había empezado.

Como Tolkien, a Lewis le gustaba la mitología nórdica y el carácter nórdico desde la infancia. Siempre lo había seducido lo que Tolkien llamaba místicamente «el Norte innombrable» y ahora, en la persona del profesor de anglosajón, había hallado un espíritu similar además de un mentor. El 3 de diciembre de 1929 Lewis escribió a su amigo Arthur Greeves: «Estuve levantado hasta las 2.30 el lunes, hablando con el profesor de anglosajón Tolkien, quien regresó conmigo al College para conversar sobre los dioses y los gigantes de Asgard durante tres horas y luego partir con el viento y la lluvia. Quién hubiera podido echarlo, con lo brillante que estaba el fuego y lo agradable que era la conversación».99

Unos pocos días después de esta conversación nocturna, Tolkien decidió enseñar a Lewis su poema sobre Beren y Lúthien. El 7 de diciembre Lewis le escribió una carta expresándole su entusiasmo:


Puedo decir con honestidad que no pasaba una noche tan deliciosa desde hacía mucho tiempo, y que el interés personal por leer la obra de un amigo no tiene la menor relación con esto: habría sentido lo mismo si se hubiera tratado de la obra de un autor desconocido recogida al azar en una librería. Las dos cosas que mejor revela son la sensación de realidad de la historia y el valor mítico: la esencia del mito consiste en que no tiene el menor matiz alegórico para el hacedor y sin embargo sí sugiere alegorías incipientes al lector.100
Cuando menos, Tolkien había encontrado un oyente atento y comprensivo y en las semanas y los meses que siguieron empezó a leer más partes de El Silmarillion en voz alta para Lewis. «La deuda, imposible de pagar, que tengo con él —escribió Tolkien de Lewis años después—, no es la "influencia" tal como se suele comprender, sino el aliento. Fue durante largo tiempo mi único auditorio. Sólo de él recibí por fin la idea de que mis "cosas" podían ser algo más que un entretenimiento personal.»101

Si la deuda de Tolkien con Lewis se debió al aliento y entusiasmo del último, la deuda de Lewis con Tolkien sería mucho más profunda. La amistad de Tolkien, escribió Lewis en Surprised by joy, «señaló el derrumbe de dos viejos prejuicios. Cuando llegué al mundo se me advirtió (explícitamente) que nunca debía confiar en un papista; cuando llegué a la English Faculty se me advirtió (explícitamente) que no debía confiar nunca en un filólogo. Tolkien era ambas cosas».102

No le llevó a Tolkien mucho tiempo atraer a Lewis a la filología, y en parte si Tolkien consiguió que le aceptaran su programa reformado en 1931 fue gracias a él, pero los prejuicios de Lewis contra el catolicismo eran demasiado profundos, estaban arraigados en su educación sectaria en el Ulster.

Cuando se conocieron, Lewis empezaba a advertir los errores del agnosticismo en el que había caído después de rechazar lo que quedaba del cristianismo de su infancia. Para el verano de 1929 había renunciado al agnosticismo y se definía como teísta, convencido de la existencia de Dios pero renunciando al cristianismo. Según Walter Hooper, amigo y biógrafo de Lewis, «el darse cuenta de la verdad que encierran las mitologías desencadenó la conversión de Lewis» al cristianismo:


Sucedió después de una larga discusión en 1931 con Tolkien y Hugo Dyson, que prosiguió hasta las cuatro de la mañana. Al final de esta conversación maratoniana Lewis creía que los mitos eran reales y que los hechos tomaban su brillo de la verdad, despojándola de su gloria. A partir de entonces fue un excelente apologista del cristianismo.103
Esta reunión, que habría de tener un impacto tan revolucionario en la vida de Lewis, tuvo lugar el 19 de setiembre de 1931, después de que Lewis invitara a Tolkien y a Dyson a cenar en el Magdalen. Dyson, que era profesor de literatura inglesa en la Universidad de Reading, era un buen amigo de Lewis y visitaba Oxford con frecuencia, y Tolkien lo conocía desde que coincidió con él en el Exeter College en 1919. Después de cenar, los tres hombres salieron a pasear junto al río y comentaron la naturaleza y el propósito del mito. Lewis explicó que él sentía el poder de los mitos, pero que en última instancia eran falsos. Según explicó a Tolkien, los mitos son «mentiras y por tanto carecen de valor, aunque sean dichas a través de la plata».

«No —dijo Tolkien—. No son mentiras.»

En ese momento, recordaría Lewis después, «el viento sopló de repente en el atardecer quieto y cálido arrastrando tantas hojas que creímos que estaba lloviendo. Contuvimos el aliento».

Tolkien resumió arguyendo que los mitos, lejos de ser mentiras, son la mejor manera de expresar verdades que de otro modo serían inefables. Venimos de Dios, argumentó Tolkien, e inevitablemente los mitos que tejemos, aunque contienen errores, reflejan también un fragmento astillado de la luz verdadera, la eterna verdad de Dios. Los mitos pueden estar equivocados, pero se dirigen hacia el puerto verdadero, en tanto que el «progreso» materialista conduce sólo al abismo y al poder del mal.

«Al exponer esta creencia en la verdad inherente a la mitología —escribió Humphrey Carpenter—, Tolkien revelaba su credo filosófico como escritor, el mismo que se encuentra en el corazón de El Silmarillion.»104

Lewis escuchó a Dyson reiterar a su propia manera lo que había dicho Tolkien.

Basándose en esta filosofía del mito, Tolkien y Dyson continuaron manifestando su creencia de que la historia de Cristo es simplemente un mito verdadero, un mito que opera del mismo modo que los otros, pero un mito que ha sucedido de verdad. Esta revelación cambió por completo la concepción que tenía Lewis del cristianismo.

De hecho, si esta línea de razonamientos afectó de un modo tan profundo a Lewis fue porque él había estudiado la historicidad de los Evangelios y había llegado a la conclusión, contra su voluntad, de que estaba «casi seguro de que había sucedido».105 De hecho, la conversación con Tolkien y Dyson estaba presagiada desde que cinco años atrás tuviera lugar una conversación anterior. En ese entonces, Lewis acababa de leer El hombre eterno de Chesterton, «y vi por primera vez todo el esquema cristiano de la historia expuesto de una manera que me pareció tener sentido», revelación que sacudió su agnosticismo hasta los cimientos.


No hacía mucho que había terminado de leer El hombre eterno cuando me ocurrió algo mucho más alarmante. Un día, a principios de 1926, el más convencido de los ateos, que se encontraba en mi habitación al otro lado del fuego, comentó que las evidencias de la historicidad de los Evangelios eran sorprendentemente buenas. «Es extraño —prosiguió—. Todo el material de Frazer sobre el Dios moribundo. Qué cosa más rara. Casi parece que hubiera sucedido realmente.»106
«Para comprender la gran impresión —que le causó la afirmación del ateo, escribió Lewis— habría que conocer al hombre (que desde entonces no ha mostrado ningún interés por el cristianismo).» Era «el más cínico de los cínicos, el más terco de los tercos».

Ahora, cinco años después, parecía que Tolkien había conseguido hacérselo entender todo. Le había mostrado que los mitos paganos eran de hecho la expresión de Dios de Sí mismo a través de la mente de los poetas, utilizando las imágenes de su «mythopoeia» para revelar fragmentos de Su verdad eterna. No obstante, lo más sorprendente de todo era que Tolkien sostenía que el cristianismo era exactamente lo mismo, con la enorme diferencia de que el poeta que lo había inventado era el propio Dios, y las imágenes que Él empleaba eran hombres reales e historia verdadera. La muerte y la resurrección de Cristo correspondían al antiguo mito del «dios moribundo», excepto en que Cristo era el verdadero Dios Moribundo, con una localización precisa y comprobable en la historia y con consecuencias históricas definidas. El antiguo mito se había convertido en un hecho, sin perder el carácter de mito.

Los argumentos de Tolkien tuvieron un efecto indescriptible en Lewis. El edificio de su incredulidad se desmoronó, instalando los fundamentos de su cristianismo. Doce días después, Lewis escribió a Arthur Greeves: «He pasado de no creer en Dios a creer definitivamente en Cristo, en el cristianismo. Trataré de explicártelo en otro momento. Mi larga conversación nocturna con Dyson y Tolkien tuvo mucho que ver con esto».107

El completo alcance de la influencia de Tolkien en Lewis puede verse en la carta que el último escribió a Greeves el 18 de octubre:


Ahora bien, la historia de Cristo es simplemente un mito verdadero: un mito que opera en nosotros de la misma manera que los otros, pero con la tremenda diferencia de que sucedió realmente: uno debe conformarse con aceptarlo del mismo modo, recordando que se trata del mito de Dios y que los otros no lo son: lo que quiero decir es que en las historias paganas Dios se expresa a través de la mente de los poetas, empleando las imágenes que Él encontró allí, mientras que en el cristianismo Dios se expresa a través de lo que llamamos «cosas reales». Por tanto, es verdadero, no en el sentido de que sea una «descripción» de Dios (que ninguna mente finita puede abarcar), sino en el sentido de que es el modo en que Dios decide (o puede) aparecer en nuestras facultades. Las «doctrinas» que extraemos del mito verdadero son, por supuesto, menos verdaderas: se trata de traslaciones a nuestros conceptos e ideas de lo que Dios ya ha expresado en una lengua más adecuada, es decir, la encarnación, la crucifixión y la resurrección.108
Ahora que Tolkien y Lewis se habían puesto de acuerdo y compartían la misma filosofía, su amistad floreció como nunca. En octubre de 1933 Tolkien apuntó lo siguiente en su diario: «La amistad con Lewis compensa muchas cosas; y aparte del placer y el bienestar constantes, me ha hecho un gran bien el entrar en contacto con un hombre a la vez honesto, valiente e intelectual, un erudito, poeta y filósofo, y finalmente, después de una larga peregrinación, un amante de Nuestro Señor».109
CAPÍTULO 5


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