Joseph pearce


DEL PADRE FRANCIS A PAPÁ NOEL



Descargar 1,21 Mb.
Página4/14
Fecha de conversión23.05.2017
Tamaño1,21 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14

DEL PADRE FRANCIS A PAPÁ NOEL:

EL PADRE DETRÁS DEL MITO


El padre Francis Morgan se convirtió en un padre sustituto para los dos muchachos huérfanos en los días que siguieron a la muerte de su madre. Tolkien describió al sacerdote como «un tutor que había sido un padre para mí, más que la mayoría de los verdaderos padres».50 Todos los veranos los llevaba a Lyme Regis, donde se alojaban en el Three Cups Hotel, un lugar que años después sería muy apreciado por G. K. Chesterton. Durante aquellas vacaciones visitaban a algunos amigos del padre Francis que vivían en los alrededores. También hablaban extensamente y fue en una de aquellas visitas a Dorset cuando el padre descubrió que los dos muchachos no eran felices en el alojamiento triste y sin amor que les proporcionaba su tía Beatrice. Cuando regresaron a Birmingham, emprendió la búsqueda de un sitio mejor. A principios de 1908 los hermanos se trasladaron a Duchess Road, detrás del Oratorio, a la casa de una tal señora Faulkner, una amiga del padre Francis que ofrecía veladas musicales a las que asistían el párroco y otros sacerdotes del Oratorio. Poco imaginaba Tolkien que el traslado a la casa de la señora Faulkner cambiaría el curso de su vida.

Tolkien compartía una habitación del segundo piso con su hermano. En el cuarto de abajo vivía otra inquilina, una muchacha de diecinueve años que pasaba la mayor parte del tiempo en su máquina de coser. Era muy guapa, pequeña y delgada, con ojos azules y cabellos cortos y negros con raya en medio. Se llamaba Edith Bratt y Tolkien no tardó en descubrir que tenían muchas cosas en común. Ella también era huérfana, pues su madre había muerto cinco años atrás y su padre, al parecer, algún tiempo antes. De hecho era hija ilegítima. Su madre nunca se casó y su padre no se mencionaba en el certificado de nacimiento. A pesar de que ella era tres años mayor, Edith y Tolkien se hicieron grandes amigos en seguida. Para el verano de 1909 se habían enamorado.

En una carta que Tolkien le escribió muchos años después, recordó «mi primer beso, y la primera vez que me besaste tú (de forma casi accidental), y cómo nos dábamos las buenas noches y tú a veces tenías tu camisón blanco, tan pequeño, y nuestras conversaciones de ventana a ventana, absurdamente largas; y cómo mirábamos subir el sol sobre la ciudad a través de la niebla y el Big Ben que daba las horas una tras otra, y las polillas que casi te espantaban, y nuestro silbido, y nuestros paseos en bicicleta y nuestras conversaciones como fuegos artificiales».51

Fue uno de aquellos «paseos en bicicleta» lo que causó los primeros problemas de la joven pareja y lo que terminó, al menos temporalmente, con su cortejo clandestino. Hacia el final del trimestre de otoño de 1909, Tolkien había arreglado en secreto con Edith un paseo en bicicleta por el campo. Edith salió antes, en teoría para visitar a su prima, y Tolkien lo hizo un poco después con el pretexto de que iba al campo deportivo de la escuela. Pasaron la tarde en las colinas de Worcestershire antes de tomar un té en la aldea de Rednal. Regresaron a casa por separado para no despertar sospechas. Sus complejas precauciones no sirvieron de nada cuando la mujer que les había servido el té en Rednal le dijo al ama de llaves de la Casa del Oratorio que había visto a Tolkien con una muchacha desconocida. Las murmuraciones sellaron su destino. El ama de llaves se lo dijo a la cocinera y ésta al padre Francis.

El párroco se enfureció. El muchacho en quien había invertido tanto afecto y dinero lo había engañado y, además, descuidaba sus estudios muy poco tiempo antes del examen para obtener la beca que le permitiría entrar en Oxford. Llamó a Tolkien al Oratorio y le exigió que pusiera fin a su romance con Edith. De mala gana, Tolkien accedió a terminar con la relación y el párroco hizo preparativos para trasladar a su pupilo a un nuevo alojamiento, lejos de la muchacha.

Durante las semanas siguientes, Tolkien estuvo loco de inquietud. «Como siempre, deprimido y en la tiniebla», apuntó en su diario el día de Año Nuevo de 1910. «Que Dios me ayude. Me siento débil y agotado.»52 Quizás en aquellas circunstancias no fuera sorprendente que le resultara muy difícil mantener su promesa, sobre todo porque el nuevo alojamiento al que se había trasladado con su hermano no se encontraba muy lejos de la casa de la señora Faulkner. La tentación era demasiado grande y Tolkien recurrió a un razonamiento desesperado para justificar su decisión de volver a ver a Edith. Pensó que la exigencia de su tutor de que interrumpieran su relación amorosa no le prohibía específicamente verla como amigo. Aunque odiaba tener que engañar al párroco, retomó los encuentros clandestinos. Durante el mes de enero él y Edith pasaron una tarde juntos, tomaron un tren hasta el campo y hablaron sobre sus planes. También visitaron una joyería, donde Edith le compró un bolígrafo por su decimoctavo cumpleaños y Tolkien un reloj de pulsera para el vigésimo primero de ella. No obstante, tenían poco que celebrar y Edith, aceptando lo inevitable de su separación, había decidido irse a vivir a la casa de un amigo de Cheltenham. Tolkien se tomó la noticia con estoicismo y escribió «Gracias a Dios» en su diario. Aquélla le parecía la única solución práctica para su situación, si bien no era muy apetecible.

Sin embargo, mientras tanto habían vuelto a ser vistos. Esta vez el padre Francis le dio un ultimátum en términos que no dejaban el menor lugar a dudas. Tolkien no podía ver a Edith ni escribirle, excepto para despedirse el día que se fuera a Cheltenham. A partir de entonces no podrían volver a comunicarse hasta que Tolkien cumpliera los veintiún años, día en que el párroco dejaría de ser responsable de él. Aun entonces, al enamorado de dieciocho años le resultó duro obedecer los deseos de su tutor. Lo que escribió en su diario el 16 de febrero ilustra cuánto deseaba volver a verla antes de que partiera hacia su nuevo hogar: «Anoche recé suplicando ver a E. por casualidad. Plegaria respondida. La vi a las 12.55 en el Príncipe de Gales. Le dije que no podía escribirle y arreglamos encontrarnos dentro de dos jueves, para la despedida. Me siento mejor, pero querría tanto verla una vez más para darle ánimos... No puedo pensar en otra cosa».53 El 21 de febrero escribió haber visto «una figura pequeña y triste chapoteando con un impermeable y un sombrerito de tweed y no pude resistirme a cruzar y decirle una palabra de amor y aliento. Durante un rato esto me animó. Recé y pensé mucho».54 Edith también rezaba y pensaba mucho, porque dos días después Tolkien escribió en su diario que la había encontrado «cuando venía de rezar por mí en la catedral».

El 26 de febrero Tolkien recibió «una carta tremenda del P. F. diciendo que yo había sido visto otra vez con una muchacha, lo cual era malvado y estúpido. Amenaza con dar por terminada mi carrera universitaria si no acabo con eso. Significa que no puedo ver a E. Ni escribirle. Dios me ayude. Vi a E. a mediodía, pero no quise quedarme con ella. Le debo todo al P. F. y tengo que obedecer».55

Edith le escribió, lamentándose de que «ha llegado nuestro peor momento», y el 2 de marzo partió de Duchess Road en dirección a su nuevo hogar de Cheltenham. Tolkien desobedeció la prohibición del padre Francis por última vez y rezó para volver a verla. Recorrió las calles a la hora de su partida y al cabo su plegaria fue respondida: «Pasó por mi lado, en su bicicleta, camino de la estación, en Francis Road. Tal vez no la vea durante tres años» .56

Al comentar este triste episodio de la vida de Tolkien, Humphrey Carpenter sugiere que «tal vez parezca extraño [que Tolkien] no desobedeciera de forma lisa y llana al padre Francis y continuara abiertamente su romance [y que] un joven con más valor podría haberse negado».57 Sin embargo, a pesar de su incapacidad de cumplir la voluntad de su tutor en un primer momento, Tolkien obedeció absolutamente las estrictas condiciones del párroco después de que Edith partiera a Gloucestershire.

Tolkien creía de verdad que se lo debía todo al padre Francis y que por tanto debía «obedecer», pero el conflicto había empañado la otrora buena relación entre ellos y resulta difícil no considerar reprensible la aparente falta de comprensión del párroco. Hasta muchos años después, Tolkien no pudo poner todo lo ocurrido en una especie de contexto:
tenía que elegir entre desobedecer y hacer sufrir (o engañar) a un tutor que había sido un padre para mí, más que la mayoría de los verdaderos padres ... o abandonar el asunto amoroso hasta que tuviera veintiún años. No lamento mi decisión, aunque fue muy duro para mi enamorada. Pero ello no fue por culpa mía. Era perfectamente libre y ningún voto la unía a mí, y no me habría quejado ... si se hubiera casado con otro. Durante casi tres años no vi ni escribí a mi amada. Fue extraordinariamente difícil, doloroso y amargo, sobre todo al principio. Los efectos no fueron del todo buenos: recaí en la locura y el ocio y desperdicié gran parte del primer año pasado en la universidad. Pero creo que nada habría justificado el matrimonio sobre la base de un amor juvenil; y probablemente ninguna otra cosa habría fortalecido la voluntad lo bastante para dar permanencia a un amor semejante (por genuino que fuera ese amor verdadero).58
«Cuando el padre Francis le arrancó la promesa de no volver a contactar con Edith —sugiere Charles Moseley en su estudio de Tolkien—, ninguno de los dos se planteó la posibilidad de romperla. Al parecer, el período de espera, que coincidió con los años de mayores cambios en la vida de cualquier hombre y durante el cual bien podría haber trasladado su afecto a algún otro objeto, llegó a ser para Tolkien casi una prueba de amor: obedeció la prohibición, la geas que le había sido impuesta, y demostró su honor con la obediencia y la fidelidad para con Edith.»59

El apego de Tolkien al honor, la obediencia y la fidelidad estaba arraigado en el cristianismo: Tolkien creía que estas características eran virtudes a las que aspirar, en oposición a sus contrarios, el deshonor, la desobediencia y la infidelidad, que eran vicios que se debían erradicar. El cristianismo que había aprendido tanto de su madre como del padre Francis conformó toda su visión de la vida hasta el punto que soportaba los sacrificios voluntariamente, si bien de mala gana, cuando los consideraba necesarios para alcanzar la virtud. Esta idea se había fortalecido a causa de su amor por la literatura medieval. « Trouthe is the hyeste thing that man may kepe», dice el Arveragus de Chaucer. Tolkien digería las palabras de Chaucer con avidez desde el momento en que su antiguo profesor de la escuela King's Edward, George Brewerton, le había enseñado la pronunciación correcta y le había prestado una gramática anglosajona. A partir de ese momento, Tolkien añadió el amor por Chaucer y por la primera literatura anglosajona al amor por la fantasía.

Moseley cree que el gusto literario de Tolkien tuvo importantes efectos en su actitud ante su relación amorosa con Edith:
Es evidente que nadie escapa a la influencia de sus lecturas. Si te pasas la vida leyendo libros y poemas de un mundo donde se honra a las mujeres, se las pone en un pedestal e incluso se las adora, donde las virtudes masculinas más importantes son el valor, la honestidad, el honor y la generosidad, al final llegas a pensar en estos términos (sin que eso suponga ningún perjuicio). Desde muy temprana edad, la dieta intelectual de Tolkien había sido exactamente ésa: las obras fantásticas de George Macdonald La princesa y los trasgos (1872) y La princesa y Curdie (1882), los cuentos de hadas recogidos por Andrew Laing en sus doce Fairy Books y su versión de la Saga de los Volsungos, y luego, en la madurez, la corte de Arturo y los salones de Asgard, la tragedia de Deirdre y los hijos de Usna y el amor de Pwyll y Rhiannon.60
Éstas eran las raíces y los arquetipos de la visión de Tolkien del amor romántico, una visión que encontró expresión en su propio sacrificio durante tres años de separación de Edith. También eran raíces que en última instancia darían fruto en el amor heroico de Aragorn y Arwen y de Beren y Lúthien en la mitología de Tolkien. «Éstos eran los valores, ahora pasados de moda y quizás inconcebibles, que tenían muchos miembros de la generación de Tolkien, y muchos de generaciones posteriores —escribió Moseley—. Son los valores que encierra el corazón de las historias de la Tierra Media.»61

Durante los tres años que pasó exiliado de Edith, Tolkien retomó sus estudios. En 1910 obtuvo una beca en el Exeter College, Oxford, pero para el elevado nivel del King Edward's la concesión era «más aceptable que digna de elogio».62 Lo cierto es que no había signos de las capacidades excepcionales que posteriormente lo convertirían en uno de los illustrissimi de Oxford. Al recordar esta época de su vida, Tolkien atribuía su bajo rendimiento a «la locura y la negligencia», describiéndose a sí mismo como «uno de los muchachos más perezosos que tuvo Gilson (el director)».63 De hecho, su fracaso tenía más relación con su interés extracurricular en el gótico, el anglosajón y el galés y con su temprana fascinación por la invención de sus propias lenguas que con la mera pereza. La misma «debilidad» por estas pasiones intelectuales privadas tuvo efectos también en sus estudios en Oxford. Se examinaba de clásicas, pero sólo obtuvo un segundo grado en los Honour Moderations, el primero de los dos exámenes para obtener el título, pues había descuidado los estudios en favor del «antiguo nórdico, las fiestas y la filología clásica». «Mi amor por los clásicos —recordaría después—, tardó diez años en recuperarse de las clases sobre Cicerón y Demóstenes.»64

Dejando a un lado las clases de latín y griego, Tolkien se concentró en su propia lengua privada. Fue en esta época cuando empezó el proceso de invención del élfico. «No era un galimatías arbitrario —se decía en su necrológica en The Times—, sino una lengua realmente posible con raíces coherentes, reglas fonéticas e inflexiones en la que volcó todas sus capacidades imaginativas y filológicas; y por extraño que parezca, fue sin duda la fuente de este esplendor incomparable y concreto lo que posteriormente lo distinguiría de los otros filólogos. Había estado dentro de una lengua. No había avanzado mucho cuando descubrió que todas las lenguas presuponen una mitología; y de inmediato emprendió la tarea de crear la mitología necesaria para el élfico.»65

Así despertó la pasión de Tolkien por la subcreación de mitos y se concibió la Tierra Media, aunque sólo de forma embrionaria.

Cuando se aproximaba su vigésimo primer cumpleaños, volvió a pensar en Edith, dejando el élfico, los clásicos y el antiguo nórdico en un segundo plano. Cuando tocaron las doce de la noche del 3 de enero de 1913, Tolkien celebró su mayoría de edad sentándose en la cama y escribiendo a Edith por primera vez en tres años. Era una nueva declaración de amor que culminaba con la pregunta que ocupaba el primer lugar en su pensamiento: «¿Cuánto tiempo pasará antes de que podamos unirnos otra vez, ante Dios y el mundo?»66

La respuesta de Edith fue devastadora. Se había prometido al hermano de una antigua compañera de escuela.

Una vez superada la sorpresa inicial, Tolkien advirtió insinuaciones en la carta de ella que le daban esperanzas de volver a ganarla. Sólo se había comprometido con su novio porque había sido amable con ella. Sentía que estaba «desperdiciando» su vida, y había dejado de confiar en que Tolkien todavía quisiera verla después de que hubieran transcurrido los tres años. «Empecé a dudar de ti, Ronald —había escrito—, y pensé que no te preocuparías más por mí.»67

El 8 de enero Tolkien viajó en tren hasta Cheltenham. Edith se encontró con él en el andén y caminaron por el campo de los alrededores. Al final del día había decidido romper su compromiso para poder casarse con Tolkien. Él empezó el nuevo trimestre en Oxford con «una explosiva felicidad».68

Obedientemente, escribió al padre Francis para informarle de que iba a casarse con Edith. Aguardó la respuesta del sacerdote con ansiedad, en parte porque todavía confiaba contar con su apoyo económico y en parte porque deseaba verdaderamente su bendición. El padre Francis respondió con ánimo resignado, si bien muy poco entusiasta, anunciándole su aceptación de lo inevitable. Aquello no podía considerarse una bendición incondicional, y Tolkien advirtió que difícilmente obtendría la bendición del sacerdote, o incluso la de la Iglesia, a menos que su futura esposa se convirtiera al catolicismo. En los meses que siguieron a su reencuentro, aquélla fue una de sus preocupaciones más acuciantes.

En teoría a Edith le gustaba la idea de convertirse al catolicismo, pero en la práctica el hecho comportaba varios problemas. En los tres años que había estado separada de Tolkien, había sido un miembro muy activo de la Iglesia de Inglaterra. En consecuencia, tenía numerosos amigos en la iglesia anglicana local y disfrutaba de cierto prestigio en la parroquia, y las rutinas de la vida de la parroquia local estaban entretejidas con la sustancia misma de su existencia. Renunciar a todo aquello no sería fácil. Además, la casa donde vivía era propiedad de un amigo que era un ferviente anticatólico. ¿Seguiría teniendo un techo bajo el que dormir si se convertía en «papista»? Edith se encontraba en una situación difícil y sugirió a Tolkien que sería más fácil retrasar la conversión hasta que se aproximara el momento de su matrimonio. Tolkien no quiso oír hablar de ello e insistió en que actuara con rapidez y decisión.

La insistencia de él y las vacilaciones de ella provocaron su primera gran discusión, pero Tolkien no estaba dispuesto a transigir en lo que él consideraba la verdad. Despreciaba a la Iglesia de Inglaterra, de la que afirmaba que era «un batiburrillo patético y fantasmal de tradiciones recordadas a medias y creencias mutiladas».69 Tampoco comprendía los temores de Edith de ser perseguida o condenada al ostracismo. El recuerdo de los sacrificios de su madre estaba todavía demasiado fresco en su memoria para soportar aquella «cobardía». «Creo también firmemente —escribió a Edith—, que ninguna reserva o temor mundano deben apartarnos de seguir sin vacilación la luz.»70 Para Tolkien, la conversión de Edith sería un acto de heroísmo, un valioso sacrificio en el altar de la verdad. Quizá, tal como indica Humphrey Carpenter, fuera «en parte, aunque no quisiese admitirlo, una forma de probar su amor tras la infidelidad» al comprometerse con otro hombre. Fuera cual fuese la razón, la impaciencia de Tolkien dio amargo fruto. Edith entró en la Iglesia con sentimientos más confusos que si él hubiera estado dispuesto a esperar y ella lo hubiera hecho más tarde. El resentimiento que le causó el haber sido obligada a tomar una decisión antes de estar preparada pervivió en Edith durante muchos años, tal vez durante el resto de su vida. Por supuesto, extraer conclusiones no es más que especular, pero cuando menos es posible que si Tolkien hubiera sido mejor católico en 1913, Edith habría sido mejor católica en los años que siguieron.

Edith hizo lo que Tolkien quería, pero al demostrar su amor y «pasar la prueba» también pagó el precio que temía. Su amigo reaccionó con ira cuando Edith le anunció su intención de convertirse al catolicismo y le ordenó que dejara la casa en cuanto encontrara un lugar alternativo. Desesperada, encontró un alojamiento temporal en Warwick.

Tolkien la visitó por vez primera en junio de 1913 y la primera impresión que le causó la ciudad fue favorable sin reservas. Admiró los árboles, la colina y el castillo. Él y Edith pasearon a orillas del río Avon, disfrutando del buen tiempo, y asistieron a misa en la iglesia católica. Tolkien escribió que él y Edith salieron «serenos y felices, porque era la primera vez que podíamos ir juntos a una iglesia».71 Es posible que esta experiencia ayudara a Edith a olvidar sus temores, porque pocas semanas después regresó a la misma iglesia para pedir al padre Murphy que la instruyera en la fe católica.

El 8 de enero de 1914 Edith fue recibida en la Iglesia. Fue exactamente un año después de que se reencontrara con Tolkien. Poco después, el padre Murphy comprometió formalmente a la pareja en la iglesia. Edith se confesó y comulgó por primera vez, lo cual le produjo «una grande y maravillosa felicidad».72 Por desgracia, la felicidad inicial no duraría mucho. Cayó en una tibia aceptación de su credo adoptado que contrastaba completamente con la pasión y la profundidad de la fe de Tolkien.

Mientras Edith languidecía tristemente en Warwick, Tolkien regresó a Oxford. Hacía mucho tiempo que había abandonado los «clásicos» en favor de la escuela «inglesa», cuyo fuerte énfasis histórico y filológico era más de su gusto y más adecuada para su entusiasmo por el estudio de las lenguas septentrionales de Europa, en contraste con el latín y el griego. Ahora que había encontrado su sitio intelectual, empezaba a destacar en los estudios. Cuando empezó la guerra todavía le faltaba un año y, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, decidió quedarse en Oxford en lugar de alistarse. «En aquellos días los muchachos se ofrecían como voluntarios, de lo contrario se los despreciaba públicamente —recordaba en una carta que escribió a uno de sus hijos muchos años después—. Era ésa una posición desagradable, especialmente para un joven de mucha imaginación y escaso coraje físico. No había obtenido grado alguno; no tenía dinero; estaba prometido. Soporté el vilipendio y, al volverse explícitas las sugerencias de mis parientes, me mantuve firme y obtuve Honores de Primera Clase en los exámenes finales de 1915. En julio de ese mismo año fui empujado al ejército. La situación me resultó intolerable y me casé el 22 de marzo de 1916. Mayo me sorprendió cruzando el Canal (todavía guardo los versos que escribí en esa ocasión) a tiempo para la carnicería del Somme.»73

Exámenes finales... matrimonio... la carnicería del Somme. Con la comodidad y la complacencia que da la visión retrospectiva, Tolkien fue capaz de describir el que posiblemente fuera el año más crucial de su vida con unas pocas frases taquigráficas y poco sinceras. De hecho, es evidente que los tres acontecimientos lo afectarían de modo irrevocable. El triunfo de Tolkien durante la segunda semana de junio de 1915 al obtener Honores de Primera Clase en los exámenes finales de lengua y literatura inglesas prácticamente le garantizaba una carrera académica cuando terminara. Fue «empujado al ejército» el mes siguiente con el temor de que su éxito en Oxford se convirtiera en tragedia en Francia. Cumplió su misión como subteniente de los Lancashire Fusiliers y soportó la calma precedente a la inevitable tormenta. Su instrucción tuvo lugar en Bedford y Staffordshire, donde aprendió a entrenar un pelotón y asistió a cursos militares.

A principios de 1916 el embarque hacia los campos de muerte de Francia parecía inminente. Temiendo que tal vez no regresara jamás, él y Edith decidieron casarse antes de que partiese. Habían transcurrido ocho años desde que empezara su relación adolescente. En la cruda realidad de 1916 todo indicaba que su matrimonio no duraría tantos meses como años había durado su noviazgo. Parecía que era ahora o nunca si, como Tolkien había escrito tres años antes, querían unirse «ante Dios y ante el mundo».

Él tenía veinticuatro años y ella, veintisiete. Tenían poco dinero aparte del sueldo del ejército y Tolkien decidió pedir al padre Francis que pusiera su modesto capital en acciones a su propio nombre. Con esta idea, viajó a Birmingham para ver al padre Francis, con la intención de hablarle de sus planes de boda. Resolvió lo primero de modo satisfactorio, pero no se atrevió a mencionarle la boda. Hasta dos semanas antes del enlace no encontró al fin el coraje para escribirle. La respuesta del padre Francis estaba llena de ternura y el sacerdote les deseó a ambos «felicidad y todas las bendiciones». Como gesto final de reconciliación se ofreció a oficiar la ceremonia en persona en la iglesia del Oratorio. Si Tolkien hubiera abordado el tema durante su visita, todo habría salido como pretendía el padre Francis y su boda podría haber servido de reconciliación simbólica entre las partes antes enfrentadas. Para entonces ya habían concluido los preparativos para que la ceremonia se celebrara en la iglesia católica de Warwick y el padre Murphy casó a la pareja después de la primera misa el 22 de marzo de 1916. Después de la boda disfrutaron de una semana de luna de miel en Somerset pero, tal como esperaban, al cabo de unas semanas la noticia de que el batallón de Tolkien estaba destinado «a la matanza del Somme» empañó su felicidad.

«¡Piensa en tu madre!», escribió Tolkien a su hijo Michael en 1941:
Sin embargo, no creo ahora ni por un momento que estuviera haciendo más de lo que se le habría podido pedir; tampoco que ello le reste mérito. Yo era un hombre joven con un grado universitario medio, capaz de escribir en verso, propietario de unas pocas libras menguantes p.a. (£20-40), y sin perspectivas, un subteniente de infantería a 7/6 por día, donde las oportunidades de sobrevivir eran muy escasas (como subalterno). Se casó conmigo en 1916 y John nació en 1917 (concebido y cargado durante el año de hambruna de 1917 y la gran campaña de submarinos alemanes), cuando la batalla de Cambrai, tiempo en el que el fin de la guerra parecía tan remoto como lo parece ahora.74
No obstante, si la partida de Tolkien a las trincheras fue dura para la recién desposada, también lo fue para él. Humphrey Carpenter describió gráficamente sus primeras impresiones de los horrores del frente en su biografía: «Lo peor eran los muertos; en cada rincón había cadáveres espantosamente destrozados por las granadas. Los que aún tenían rostro, miraban con ojos terribles. Más allá, la tierra de nadie estaba sembrada de cuerpos hinchados y descompuestos. Todo era desolación. La hierba y el trigo habían desaparecido en un mar de fango. De los árboles sólo quedaban unos troncos mutilados y ennegrecidos. Tolkien no olvidó jamás el "horror bestial" de la guerra de trincheras».75

Tolkien fue rescatado del «horror bestial» por una «fiebre de origen desconocido», como lo llamaron los oficiales médicos. Para las tropas era simplemente «fiebre de las trincheras». Lo licenciaron y regresó a casa, agradecido por haber escapado de la pesadilla. Muchos de sus amigos no tuvieron tanta suerte y se unieron a las filas de los cuerpos que cubrían la tierra de nadie.

Entre las persistentes imágenes negativas que lo acosarían durante años, Tolkien guardó al menos una imagen positiva que inspiró uno de los personajes más entrañables de El Señor de los Anillos: «Mi "Sam Gamyi" —escribió muchos años después—, es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron muy superiores a mí mismo».76

John, el primero de los cuatro hijos de Tolkien, nació el 16 de noviembre de 1917 en una enfermería de Cheltenham. El segundo, Michael, lo hizo en octubre de 1920, Christopher en noviembre de 1924, y Priscilla, la única niña, en 1929. La importancia de estos cuatro acontecimientos en la vida de Tolkien no puede exagerarse. Lo cierto es que su significación no debería ser menospreciada o, lo que es peor, dejada de lado. Por desgracia, así sucede demasiadas veces.

Charles Moseley, en su estudio sobre Tolkien, comenta los aspectos de la vida de Tolkien «que pueden iluminar sus textos narrativos». «Entre ellos —escribe—, hay tres cosas especialmente importantes: la religión de Tolkien, la experiencia de la guerra de 1914-1918 y la naturaleza de la sociedad y la vida académica de Oxford.»77 Sin denigrar ninguna de ellas, que influyeron en su obra en mayor o menor grado, su papel de narrador de cuentos y paterfamilias con sus hijos fue igualmente significativo, al menos en un primer momento. Cuando Tolkien garabateó «en un agujero en el suelo vivía un hobbit», la oración inicial de El hobbit, en torno a 1930, lo hizo para divertir a sus hijos además de a sí mismo. De hecho, es justo presuponer que si Tolkien hubiera sido soltero y no hubiera tenido hijos nunca habría escrito ni El hobbit ni El Señor de los Anillos. Quizás habría escrito El Silmarillion, pero con toda probabilidad nunca hubiera sido publicado.

Poco después de empezar los primeros esbozos de lo que se convertiría en El Silmarillion y mucho antes de haber pensado siquiera en hobbits, Tolkien se divertía él y divertía a sus hijos transformándose en Papá Noel una vez al año. Era un artista de talento además de un narrador dotado y cada Navidad utilizaba ambas capacidades con grandes resultados, en lo que serían las «Cartas de Papá Noel». La primera data de 1920, cuando John tenía tres años y la familia estaba a punto de mudarse a Leeds, donde Tolkien había sido designado lector de lengua inglesa en la universidad. Uno se pregunta si su hijo sabía leer en ese entonces o si necesitó la ayuda de sus padres para descifrar la letra de Papá Noel:


Casa de la Navidad

Polo Norte



1920

Querido John:

Me he enterado de que le has preguntado a papá cómo era yo y dónde vivía. Me he dibujado a MÍ y Mi Casa para ti. Cuida bien el dibujo. Estoy a punto de salir para Oxford con mi paquete de regalos, y algunos son para ti. Espero llegar a tiempo: la nieve está muy espesa esta noche en el polo norte.
A partir de entonces, cada Navidad, a medida que John iba creciendo y nacían los otros niños, las Cartas de Papá Noel eran cada vez más elaboradas e imaginativas. Desde la primera breve nota firmada «Te quiere P. N.», fueron apareciendo nuevos personajes con cada año que pasaba. Estaba Oso Polar, el ayudante de Papá Noel que, la mayor parte de las veces, servía más de estorbo que de ayuda; estaba el Muñeco de Nieve, el jardinero de Papá Noel; Ilbereth el elfo, su secretario; y numerosos personajes menores que incluían elfos de las nieves, gnomos y trasgos malvados.

Cada Navidad, Tolkien escribía una carta para sus hijos con la letra temblorosa de Papá Noel, o en las mayúsculas de Oso Polar, semejantes a runas, o en la fluida escritura de Ilbereth, explicando las últimas noticias del Polo Norte. 1925 fue desastroso: Oso Polar subió al Polo Norte para recuperar el gorro de Papá Noel. El polo se rompió por el medio y fue a caer en el tejado de la casa de Papá Noel, con resultados catastróficos. Oso Polar también fue el responsable el año siguiente de encender todas las Luces del Norte para dos años de una vez, lo que movió todas las estrellas e hizo que el Hombre de la Luna cayera en el jardín trasero de Papá Noel.

Tolkien llegaba a extremos considerables para dar «realismo» a las cartas. Añadía dibujos, coloreados y esbozados con esmero. Pegaba un sello del Polo Norte pintado a mano en el sobre, y escribía «Por portador gnomo. ¡Urgente!» para añadirle importancia. También llegaba a extremos considerables a la hora de entregar la carta. Los primeros años la dejaba en el hogar para que pareciera que la habían echado por la chimenea. En otra ocasión dejó una ostentosa huella de nieve en la alfombra, prueba irrefutable de que Papá Noel había entregado la carta en persona. En años posteriores el cartero local se convirtió en cómplice y entregaba las cartas él mismo.

Las cartas de Papá Noel fueron publicadas con carácter póstumo por su familia en 1976, medio siglo después de que fueran escritas. Su considerable encanto está acentuado por el hecho de que las escribió un padre sólo para sus hijos y nunca con la intención de publicarlas. También representan los fundamentos familiares sobre los cuales se construyó el edificio de la Tierra Media. «Aquellas hermosas cartas —escribió Simonne D'Ardenne, filóloga y amiga de la familia—, fueron el origen de El hobbit, que no tardó en hacer famoso a Tolkien, y el punto de partida del posterior "cuento de hadas para adultos", la gran trilogía de El Señor de los Anillos. »78

Aunque D'Ardenne se equivocaba al creer o recordar que Tolkien había introducido a los hobbits en las Cartas de Papá Noel, sus opiniones tienen un gran valor. Ella fue una de las relativamente pocas personas que logró ser a la vez compañera académica y amiga de la familia. Antes de convertirse en profesora de la Universidad de Lieja, trabajó en Oxford y Tolkien colaboró considerablemente en su edición de La vida y pasión de santa Juliana, una obra religiosa medieval escrita en el dialecto del Ancrene Wisse. Al mismo tiempo, llegó a ser una buena amiga de la familia, tanto de Edith como de Tolkien. Cuando, después de la muerte de Tolkien, le pidieron que participara en un libro conmemorativo de ensayos, ella se basó en «los vividos recuerdos que guardo de varias visitas que realicé a aquella casa, y de una amistad que duró más de cuarenta años ... Durante aquellas visitas obtuve un conocimiento de primera mano del hombre y del erudito».79 De entre todos los «muchos aspectos de él» que conoció, la faceta de su «humanidad» que escogió como enfoque fue su papel como padre de sus hijos:


Entre los diferentes aspectos de la humanidad de Tolkien, hay uno que merece una atención especial, el de paterfamilias. Todas sus cartas, escritas a lo largo de más de cuarenta años, hablan de su preocupación por la salud de sus hijos, su bienestar y su futuro; de cuál podría ser la mejor manera de ayudarlos a triunfar en la vida, y de cómo hacer sus vidas lo más perfectas posible. Empezó ofreciéndoles una infancia muy placentera, creando para ellos un profundo sentimiento de hogar que a él le había sido negado, pues perdió a su padre cuando era pequeño y a su maravillosa madre pocos años después. Y para proporcionarles todo esto, Tolkien aceptó la pesada y tediosa tarea de examinar en varias universidades inglesas, lo cual, evidentemente, le ocupaba una gran cantidad de tiempo que podría haber dedicado a la investigación. Sin embargo, por muy atareado que estuviera, siempre encontraba un momento para correr a casa y dar a sus hijos más pequeños un beso de buenas noches. Y fue este gran amor por sus hijos lo que le llevó a inventar y crear a los deliciosos hobbits y su mitología, de los que se hablaba alborotadamente en la mesa del desayuno y en el cuarto de los niños.80
No obstante, Tolkien fue el padre del mito que creó en sentido literal y literario a la vez. Su subcreación estaba arraigada en lo familiar, también en sentido literal y literario a la vez: en el corazón mismo de la familia que amaba.

CAPÍTULO 4




1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   14


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2019
enviar mensaje

    Página principal