Jose emilio pacheco



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JOSE EMILIO PACHECO
Narrador, poeta y crítico literario. Nace en la Ciudad de México en 1939. Su vena narrativa inicia con La sangre de Medusa (1958) y El viento distante (1963), ambos, libros de cuentos; les siguen las novelas Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981), nostálgica visión del México de barrio del fin de los cuarentas, en una crítica reflexión sobre nuestras señas de identidad; entre estas dos novelas Pacheco publica en 1972 el libro de relatos El principio del placer. Como poeta inicia con Los elementos de la noche (1963), para proseguir con El reposo del fuego (1966), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976) y Desde entonces (1980), todos estos títulos reunidos en el volumen Tarde o temprano (1980); posteriormente, han aparecido Los trabajos del mar, Miro la tierra, Ciudad de la memoria y una compilación de poemas traducidos: Aproximaciones; en sus poemas iniciales Pacheco incursiona con soltura en formas clásicas (sonetos, églogas) y muestra preocupación por el ser de la poesía para, posteriormente, en obras más maduras ir derivando hacia composiciones de estructura más libre y con mayor profundidad lírica y humana. El gran tema de José Emilio Pacheco es la paradoja del tiempo: lo permanente a través de lo cambiante, lo eterno en función de lo fugaz. Como crítico literario, destaca la producción semanal, durante casi treinta años de su columna Inventario en diversos suplementos culturales y actualmente en la revista Proceso, así como sus antologías del modernismo y de la poesía mexicana del siglo XIX.


LAS BATALLAS EN EL DESIERTO (fragmento)
I. El mundo antiguo
Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? Ya había supermercados pero no televisión, radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarzán, El Llanero Solitario, La Legión de los Madrugadores. Los Niños Catedráticos, Leyendas de las calles de México, Panseco, El Doctor I.Q., La Doctora Corazón desde su Clínica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert era el cronista de futbol, el Mago Septién trasmitía el beisbol. Circulaban los primeros coches producidos después de la guerra: Packard, Cadillac, Buick, Chrysler, Mercury, Hudson, Pontiac, Dodge, Plymouth, De Soto. Ibamos a ver películas de Errol Flynn y Tyrone Power, a matinés con una de episodios completa: La invasión de Mongo era mi predilecta. Estaban de moda Sin ti, La rondalla, La burrita, La múcura, Amorcito Corazón. Volvía a sonar en todas partes un antiguo bolero puertorriqueño: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti.

Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lanchas. Dicen que con la próxima tormenta estallará el canal del desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda.


La cara del Señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada. Escribíamos mil veces en el cuaderno de castigos: Debo ser obediente, debo ser obediente, debo ser obediente con mis padres y con mis maestros. Nos enseñaban historia patria, lengua nacional, geografía del DF: los ríos (aún quedaban ríos), las montañas (se veían las montañas). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos.

Decían los periódicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra final se proyecta en el horizonte. El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin embargo había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia. Para el impensable 1980 se auguraba -sin especificar cómo íbamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodinámica (palabras de la época). A nadie le faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada.

Mientras tanto nos modernizábamos, incorporábamos a nuestra habla términos que primero habían sonado como pochismos en las películas de Tin Tan y luego insensiblemente se mexicanizaban: tenquíu, oquéi, uasamara, sherap, sorry, uan móment pliis. Empezábamos a comer hamburguesas, páys, donas, jotdogs, malteadas, áiscrim, margarina, mantequilla de cacahuate. La cocacola sepultaba las aguas frescas de jamaica, chía, limón. Unicamente los pobres seguían tomando tepache. Nuestros padres se habituaban al jaibol que al principio les supo a medicina. En mi casa está prohibido el tequila, le escuché decir a mi tío Julián. Yo nada más sirvo whisky a mis invitados: Hay que blanquear el gusto de los mexicanos.




II. Los desastres de la guerra
En los recreos comíamos tortas de nata que no se volverán a ver jamás. Jugábamos en dos bandos: árabes y judíos. Acababa de establecerse Israel y había guerra contra la Liga Arabe. Los niños que de verdad eran árabes y judíos sólo se hablaban para insultarse y pelear. Bernardo Mondragón, nuestro profesor, les decía: Ustedes nacieron aquí. Son tan mexicanos como sus compañeros. No hereden el odio. Después de cuanto acaba de pasar (las infinitas matanzas, los campos de exterminio, la bomba atómica, los millones y millones de muertos), el mundo de mañana, el mundo en el que ustedes serán hombres, debe ser un sitio de paz, un lugar sin crímenes y sin infamias. En las filas de atrás sonaba una risita. Mondragón nos observaba tristísimo, seguramente preguntándose qué iba a ser de nosotros con los años, cuántos males y cuántas catástrofes aún estarían por delante.

Hasta entonces la fuerza abolida del imperio otomano perduraba como la luz de una estrella muerta: Para mí, niño de la colonia Roma, árabes y judíos eran "turcos". Los "turcos" no me resultaban extraños como Jim, que nació en San Francisco y hablaba sin acento los dos idiomas; o Toru, crecido en un campo de concentración para japoneses; o Peralta y Rosales. Ellos no pagaban colegiatura, estaban becados, vivían en las vecindades ruinosas de la colonia de los Doctores. La calzada de la Piedad, todavía no llamada avenida Cuauhtémoc, y el parque Urueta formaban la línea divisoria entre Roma y Doctores. Romita era un pueblo aparte. Allí acecha el Hombre del Costal, el Gran Robachicos. Si vas a Romita, niño, te secuestran, te sacan los ojos, te cortan las manos y la lengua, te ponen a pedir caridad y el Hombre del Costal se queda con todo. De día es un mendigo; de noche un millonario elegantísimo gracias a la explotación de sus víctimas. El miedo de estar cerca de Romita. El miedo de pasar en tranvía por el puente de avenida Coyoacán: sólo rieles y durmientes; abajo el río sucio de La Piedad que a veces con las lluvias se desborda.

Antes de la guerra en el Medioriente el principal deporte de nuestra clase consistía en molestar a Toru. Chino chino japonés: come caca y no me des. Aja, Toru, embiste: voy a clavarte un par de banderillas. Nunca me sumé a las burlas. Pensaba en lo que sentiría yo, único mexicano en una escuela de Tokio; y lo que sufriría Toru con aquellas películas en que los japoneses eran representados como simios gesticulantes y morían por millares. Toru, el mejor del grupo, sobresaliente en todas las materias. Siempre estudiando con su libro en la mano. Sabía jiu-jit-su. Una vez se cansó y por poco hace pedazos a Domínguez. Lo obligó a pedirle perdón de rodillas. Nadie volvió a meterse con Toru. Hoy dirige una industria japonesa con cuatro mil esclavos mexicanos.

Soy de la Irgún. Te mato: Soy de la Legión Arabe. Comenzaban las batallas en el desierto. Le decíamos así porque era un patio de tierra colorada, polvo de tezontle o ladrillo, sin árboles ni plantas, sólo una caja de cemento al fondo. Ocultaba un pasadizo hecho en tiempos de la persecución religiosa para llegar a la casa de la esquina y huir por la otra calle. Considerábamos el subterráneo un vestigio de épocas prehistóricas. Sin embargo en aquel momento la guerra cristera se hallaba menos lejana de lo que nuestra infancia está de ahora. La guerra en que la familia de mi madre participó con algo más que simpatía. Veinte años después continuaba venerando a los mártires como el padre Pro y Anacleto González Flores. En cambio nadie recordaba a los miles de campesinos muertos, los agraristas, los profesores rurales, los soldados de leva.

Yo no entendía nada: la guerra, cualquier guerra, me resultaba algo con lo que se hacen películas. En ella tarde o temprano ganan los buenos (¿ quiénes son los buenos ?). Afortunadamente en México no había guerra desde que el general Cárdenas venció la sublevación de Saturnino Cedillo. Mis padres no podían creerlo porque su niñez, adolescencia y juventud pasaron sobre un fondo continuo de batallas y fusilamientos. Pero aquel año, al parecer, las cosas andaban muy bien: a cada rato suspendían las clases para llevarnos a la inauguración de carreteras, avenidas, presas, parques deportivos, hospitales, ministerios, edificios inmensos.

Por regla general eran nada más un montón de piedras. El presidente inauguraba enormes monumentos inconclusos a sí mismo. Horas y horas bajo el sol sin movernos ni tomar agua -Rosales trae limones; son muy buenos para la sed; pásate uno- esperando la llegada de Miguel Alemán. Joven, sonriente, simpático, brillante, saludando a bordo de un camión de redilas con su comitiva. Aplausos, confeti, serpentinas, flores, muchachas, soldados (todavía con sus cascos franceses), pistoleros (aún nadie los llamaba guaruras), la eterna viejecita que rompe la valla militar y es fotografiada cuando entrega al Señorpresidente un ramo de rosas.


Había tenido varios amigos pero ninguno le cayó bien a mis padres: Jorge por ser hijo de un general que combatió a los cristeros; Arturo por venir de una pareja divorciada y estar a cargo de una tía que cobraba por echar las cartas; Alberto porque su madre viuda trabajaba en una agencia de viajes, y una mujer decente no debía salir de su casa. Aquel año yo era amigo de Jim. En las inauguraciones, que ya formaban parte natural de la vida, Jim decía: Hoy va a venir mi papá. Y luego: ¿Lo ven? Es el de la corbata azulmarina. Allí está junto al presidente Alemán. Pero nadie podía distinguirlo entre las cabecitas bien peinadas con linaza o Glostora. Eso sí: a menudo se publicaban sus fotos. Jim cargaba los recortes en su mochila. ¿Ya viste a mi papá en el Excélsior? Qué raro: no se parecen en nada. Bueno, dicen que salí a mi mamá. Voy a parecerme a él cuando crezca.



Las batallas en el desierto

LA MATERIA DESHECHA
Vuelve a mi boca, sílaba, lenguaje

que lo perdido nombra y reconstruye.

Vuelve a tocar, palabra el vasallaje

que con tu propio fuego te destruye.


Regresa pues, canción hasta el paraje

en donde el tiempo acaba mientras fluye.

No hay monte o muro que su paso ataje:

lo perdurable, no el instante, huye.


Ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera,

me reconozco: vi en tu llamarada

lo destruido y lo remoto. Era
árbol fugaz de selva calcinada,

palabra que recobra en el sonido

la materia deshecha del olvido.
Los elementos de la noche


ALTA TRAICION
No amo a mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (auque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques de pinos,

fortalezas,

una ciudad desecha,

gris, mounstrosa,

varias figuras de su historia,

montañas

-y tres o cuatro ríos.



No me preguntes cómo pasa el tiempo


YA TODOS SABEN PARA QUIEN TRABAJAN
Traduzco un artículo de Esquire

sobre una hoja impresa de Kimberley-Clark Corp.

en una antigua máquina Remington.

Corregiré con un bolígrafo Esterbrook.

Lo que me paguen

aumentará en unos cuantos pesos las arcas

de Carnation, General Foods, Heinz,

Colgate-Palmolive, Gillette

y California Packing Corporation.
No me preguntes cómo pasa el tiempo

DISERTACION SOBRE LA CONSONANCIA
Aunque a veces parezca por la sonoridad del castellano

que todavía los versos andan de acuerdo con la métrica;

aunque parta de ella y la atesore y la saquee,

lo mejor que se ha escrito en el medio siglo último

poco tiene en común con La Poesía llamada así

por académicos y preceptistas de otro tiempo.

Entonces debe plantearse a la asamblea

una redefinición que amplíe los límites

(si aún existen límites);

algún vocablo menos frecuentado por el invencible desafío

de los clásicos.

Un nombre, cualquier término (se aceptan sugerencias)

que evite las sorpresas y cóleras de quienes

-tan razonablemente- leen un poema y dicen:

"Esto ya no es poesía."

No me preguntes como pasa el tiempo
AUTOANALISIS
He cometido un error fatal

-y lo peor de todo

es que no sé cuál.
No me preguntes cómo pasa el tiempo
MAR ETERNO
Digamos que no tiene comienzo el mar

Empieza donde lo hallas por vez primera

y te sale al encuentro por todas partes
Irás y no volverás


CONTRA LOS RECITALES

Si leo mis poemas en público

le quito su último sentido a la poesía:

hacer que mis palabras sean tu voz

por un instante al menos


Irás y no volverás
ESCRITO CON TINTA ROJA
La poesía es la sombra de la memoria

pero será materia del olvido

No la estela erigida en plena selva

para durar entre sus corrupciones

sino la hierba que estremece el

prado por un instante

y luego es brizna polvo

menos que nada ante el eterno viento.



Irás y no volverás

EL MAR SIGUE ADELANTE
Entre tanto guijarro de la orilla

no sabe el mar

en donde deshacerse
¿Cuándo terminará su infernidad

que lo ciñe

a la tierra enemiga

como instrumento de tortura

y no lo deja agonizar

no le otorga un minuto de reposo?

Tigre entre la olarasca

de su absoluta impermanencia

Las vueltas

jamás serán iguales

La prisión

es siempre idéntica a sí misma


Y cada ola quisiera ser la última

quedarse congelada

en la boca de sal y arena

que mudamente

le está diciendo siempre:

Adelante


Islas a la deriva

CIUDAD MAYA COMIDA POR LA SELVA
De la gran ciudad maya sobreviven

arcos


desmanteladas construcciones

vencidas


por la ferocidad de la maleza

En lo alto el cielo en que se ahogaron sus dioses

Las ruinas tienen

el color de la arena

Parecen cuevas

ahondadas en las montañas

que ya no existen

De tanta vida que hubo aquí

de tanta

grandeza derrumbada

sólo perduran

las pasajeras flores que no cambian


Islas a la deriva

UNA ROSA, LAS ROSAS
Nadie corte a la rosa que está allí

detenida en su trémulo esplendor

para el que no hay mañana
Nadie la corte

Déjenla morir

para que exista siempre en el jardín

una rosa


otra rosa
Islas a la deriva

NOMBRES
El planeta debió llamarse Mar

Es más agua que Tierra


Desde entonces

TRADICION
Aquí yacen tus pasos:

en el anonimato de las huellas


Desde entonces

LOST GENERATION
Otros dejaron a la "posteridad"

grandes hazañas o equivocaciones

Nosotros

Nada dejamos

Ni siquiera espuma
Desde entonces


ANTIGUOS COMPAÑEROS SE REUNEN
Ya somos todo aquello

contra lo que luchamos a los veinte años


Desde entonces

FIN DE SIGLO
La sangre derramada clama venganza.
Y la venganza no puede engendrar

sino más sangre derramada.

¿Quién soy:

el guarda de mi hermano o aquel

a quien adiestraron

para aceptar la muerte de los demás,

no la propia muerte?

¿A nombre de qué puedo condenar a muerte

a otros por lo que son o piensan?

Pero ¿cómo dejar impunes

la tortura y el genocidio y el matar de hambre?

No quiero nada para mí.

Sólo anhelo

lo posible imposible:

un mundo sin víctimas.

Cómo lograrlo no está en mi poder.

Escapa a mi pequeñez, a mi pobre intento

de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo

con el cuenco trémulo de la mano.

Mientras escribo llega el crepúsculo.

Cerca de mí los gritos que no han cesado

no me dejan cerrar los ojos.


Desde entonces

JOSE EMILIO PACHECO


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