José fernando garcía cruz, Badajoz. Las fuerzas militares nativas procedentes del Protectorado de Marruecos. Transcendencia política de su aplicación en las operaciones militares durante la Guerra Civil española



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La Guerra Civil española y las relaciones hispano-marroquíes. La mutua empatía entre los sublevados y el naciente nacionalismo del Norte de África.
Desde el primer momento parece evidente que las autoridades marroquíes se decantaron por apoyar a los insurgentes; el mismo 18 de julio de 1936 varios aviones gubernamentales bombardearon Tetuán, en una operación de castigo a la zona levantada, la poca precisión del arma de aviación, y la limitada tecnología del momento, hicieron del hecho un desastre político, dado que en el bombardeo murieron 15 marroquíes y fueron seriamente dañadas dos céntricas mezquitas de la ciudad[20], de forma que los mandos militares sublevados temieron por un estallido popular contra ellos; sin embargo el entonces Gran Visir del Sultán, que se equiparaba a un jefe de gobierno en la nomenclatura europea, se desplazó urgentemente desde Tánger a Tetuán para calmar los ánimos de la población, su intervención fue proverbial para los intereses de Franco[21], y podemos entender que no fue arbitraria y, de cualquier forma, no habría de ser gratuita.
Por otro lado, un notable de la parte de los rifeños coordinada por el primo de Abd-el-Krim, Suliman Al-Jatabbi, se reunió el mismo día 19 de julio de 1936, en la reunión participó un grupo considerable de caides de la región en Ajdir, y tuvo por objetivo predisponerles a favor de Franco y de su movimiento táctico en el Protectorado; el hecho de que Mª. Rosa de Madariaga lo califique en algún momento como "el partidario español en el Rif", nos hace pensar que este personaje bien pudiera ser un agente del Sultán, ya que continuaba siendo notable en la zona y no había sufrido los rigores políticos de la deportación a que se sometiera a Abd-el-Krim y el resto de los miembros activos y significativos de su familia, esto es a aquellos varones involucrados en actividades políticas no avaladas por el Palacio.
Si bien, como hemos anotado, las autoridades nativas simpatizaron con los sublevados, de los cuales podían sacar mejor partido, pues en principio no estaban en buena relación con los franceses que eran los verdaderos generadores del bloqueo de las expectativas nacionalistas - siendo la República española un apéndice de esta estrategia -. No se puede decir que el apoyo a los militares insurgentes fuese unánime; se presionó a los miembros de la familia de Abd-el-Krim que eran sospechosos de no simpatizar con la situación creada tras la llegada de Franco al Protectorado, e incluso hasta septiembre de 1938 se sucedieron las detenciones de elementos desafectos a los militares, así fueron detenidos los caides de las tribus Beni Aros y Beni Lait, y el caid de Sumata, con ser un hombre prestigioso y notable en la zona, fue arrestado y trasladado hasta la Península, llegando a estar encarcelado por largo tiempo en Zaragoza. Sobre la situación de los disidentes al nuevo estado creado en el Protectorado habla, aun en tono propagandístico, el periódico El Sol del 27 de agosto y del 7 de octubre de 1936 al hacerse eco de las deserciones de algunos soldados marroquíes - aunque es posible que fuesen capturados y ellos hiciesen esa pirueta exculpatoria -, que narraron cómo fueron obligados a alistarse, por presión política, por amenazas familiares y a causa de la perentoria necesidad económica, así como que existía un considerable descontento entre los moros de Franco a causa de la represión a que los antiguos colaboradores de Orgaz sometían en la retaguardia del Rif a los Banu Urriagel, la tribu de Abd-el-Krim, que era muy respetada y prestigiosa entre ellos.
Los militares involucrados en el levantamiento habían arrestado a sus mandos naturales, cuando éstos permanecieron fieles a la legalidad republicana o cuando se mostraron dubitativos o simplemente cautos, e igualmente se procedió a la detención de los marroquíes considerados como peligrosos u hostiles a la sublevació; y además, en un primer momento, se puso bajo vigilancia domiciliaria a los más destacados dirigentes nacionalistas, entre los que destacaba Abd-el-Jalak Torres. Parece claro en el nacionalismo magrebí que los sublevados estaban dispuestos a reconocer no había de ser otro que el institucional, coordinado y mandado por el Palacio de Fez, dado que los intelectuales y nacionalistas progresistas, y muy especialmente en especial los rifeños, habrían de ser acosados, por un supuesto filoizquierdismo; en concreto el ejército sublevado hostigó a Al-Lal El Fassi, que sería el gran dirigente del partido Istiqal, quien desde un primer momento opinó en contra de la colaboración de las tropas indígenas en los asuntos internos españoles[22].
El 18 de julio se hizo provisionalmente cargo de la Alta Comisaría el coronel Sáenz de Buruaga, que la entregó a Franco el 19 de julio tras su llegada desde Canarias, quien retuvo tal puesto, que a la sazón le convertía en el comandante de las fuerzas militares de Marruecos, así como del Ejército de Operaciones del sur de España, cargo que conservó hasta el 1º de Octubre en que se convirtió en Jefe del nuevo estado, momento en el cual se decretó la desaparición de la administración civil sobre Marruecos, ya que se creó el cargo de Gobernador General de los Territorios del África Occidental española, para el cual se nombró a un duro africanista de pro: el general Orgaz Yoldi[23], mientras en la Península se creó una Secretaría de Marruecos, directamente dependiente de la Junta Técnica del Estado, que constituía el nuevo gobierno.
Los efectivos militares y las consecuencias políticas.
La labor de Orgaz, pues, durante aquel verano consistió en organizar el entusiasta concurso de los indígenas para ayudar a los rebeldes. Apenas consolidada la sublevación, se inició la movilización de voluntarios en los territorios marroquíes, alentados por una soldada interesante, en pocos meses se organizaron 4 tabores de los grupos de Fuerzas Regulares Indígenas y de la Mehala, que fueron enviados a la Península el 2 de octubre de 1936, una vez que se controló el Estrecho con la ayuda aérea alemana e italiana y los nacionales restablecieron el tráfico marítimo. Para la primera quincena de ese mismo mes se sumaron diez nuevos tabores de la Mehala, pero esta vez procedían del propio ejército marroquí, dado que eran tropas procedentes del Majzen, esto es: efectivos gubernamentales marroquíes. Por un Dahir Jalifiano[24] de 18 de noviembre de 1936 se establece un presupuesto de 3.328.838 pesetas para crear nuevos regimientos, e incluso en 1937 se crean los de artillería y las compañías de morteros de los Regulares, armamento de superior importancia que siempre se habían mantenido lejos de las fuerzas nativas, de las cuales se podía prever una falta de lealtad hacia el Ejército español.
Se ha estimado en unos 75.000 marroquíes[25], de los cuales sólo una décima parte provenían de la zona de control francés, el número de los que se enrolaron en las filas del ejército español rebelde; esta fue una muy considerable participación dado que se trataba del 7,5 % de la entonces población de la zona controlada por España; buena parte de los hombres de edades comprendidas entre los 15 y los 50 años se vieron involucrados, de una u otra forma, en el esfuerzo de guerra nacional[26]. Posiblemente no habría sido tan exitosa la convocatoria para el alistamiento si no hubiese sido porque el Protectorado, con la gestión de la administración española, no había superado los problemas económicos endémicos: la miseria agrícola y el paro; de forma que el conflicto español hubiera sido motivo de una nueva y grave crisis de repercusiones excepcionales, pero los salarios de los combatientes marroquíes debieron de actuar sobre la débil economía del Norte marroquí como una inyección de divisas extras, aunque no se evitó el colapso de los servicios ya exiguos, y la inflación afectó a las finanzas locales de forma muy especial. El viajero inglés Seddon detalla que en 1935 la libra se cotizaba en la zona a 40 pesetas, en diciembre de 1936 pasó a 50 pesetas, a 60 pesetas estaba en septiembre de 1937 y en febrero de 1939 llegaría a alcanzar las 70 pesetas.
Hemos de apuntar que sobre el número total de efectivos marroquíes en la contienda, aún hoy hay diversidad de criterios por parte de los historiadores de las cuestiones militares de la época; de cualquier forma las cifras barajadas fluctúan entre los setenta y los cien mil hombres, cantidad más que considerable si se tiene en cuenta que durante la Primera Guerra Mundial fueron unos mil los soldados marroquíes que formaron parte del ejército francés, y unos dos mil en la Segunda Guerra. De éstos en torno a setenta mil hombres, la mayoría, fueron reclutados en las cercanías de Melilla, en la región de Kelalia, ya que estas zonas estaban muy asimiladas a la relación con la administración española, en el Djebala o zona montañosa de la comarca de Xauén, lugar que aunque conflictivo y beligerante tradicionalmente había sido un área de captación de efectivos, dado que la fiereza de los locales se imponía sobre otros grupos, ya que sólo los rifeños del interior de la zona Ahnul podían superarlos en combatividad, pero estos segundos no eran fieles a los europeos. Finalmente un tercer punto importante de alistamiento se situó en la Gomara, pero en esta zona los dirigentes locales, ávidos de hacer méritos frente a las autoridades españolas e imperiales, utilizaron métodos coercitivos para forzar a los hombres al alistamiento, pues se sabe que se ejecutó al caid de los Beni Hamed, tribu próxima a la zona de Protectorado francés que había opinado desfavorablemente sobre la colaboración con los españoles en sus conflictos internos[27].
Ha de pensarse que esta aportación no podía quedar sin pago, puesto que las consecuencias políticas y militares de este apoyo, aunque mercenario, eran muy relevantes, y si bien administrativamente se trató de un asunto más o menos interno del ejército español, entre los marroquíes, como entre los mandos españoles - recuérdese la cita de Sanjurjo a que hacíamos alusión con anterioridad - subyacía el tirayafloja de los intereses independentistas latentes.
Lo cierto es que el 18 de julio de 1936 había en el territorio del Protectorado español 40.000 hombres, de los cuales no menos de 9.000 eran tropas nativas, e, inmediatamente, el tradicional orden que para estas tropas establecieran las administraciones de la monarquía se vio sensiblemente alterado, pues al sistema de Tabor(brigada) / mehalla(regimiento) / makhaznia(compañía) se incorporó un orden más flexible y adecuado a las necesidades logísticas de las operaciones que se preveían para la guerra en la Península, dado que se adecuaron a las otras unidades del ejército regular español, e incluso se motorizó a las unidades de caballería de los Regulares o Mías, que fueron concebidas para operar y patrullar por las zonas montañosas del Rif con caballerías y mulos, se las dotó de algunos vehículos ligeros, al uso italiano.
El general Orgaz[28] recibió al Comité de Acción Nacionalista, explicándole que las autoridades constituidas en el área de la sublevación respetarían absolutamente todos los tratados, pero excluyendo toda pretensión de explotación de los recursos del Protectorado, lo que constituía un significativo paso atrás en la presencia española en el Norte de África. También les aseguró la disposición de los militares a atender las demandas de los grupos nacionalistas, e indicó que se proseguiría, incluso acelerándola, la labor ya iniciada de adecuación de los cuadros nativos destinados a hacerse cargo de la administración del país al final del mandato español, lo cual era mucho decir, dado que se nombraba la existencia posible de un fin para la presencia española allí. Al parecer este Comité quedó muy esperanzado por lo que oyeron de los rebeldes, que en definitiva eran los interlocutores tradicionales en el Protectorado, los cuales, en ese momento, estaban necesitados del apoyo marroquí así como de soltar el lastre de los compromisos sobre la zona. Debieron intuir los nacionalistas que Franco y sus socios políticos, habiendo perdido toda capacidad de explotación de Marruecos, veían la presencia española en África como una forma de colaboración con Francia que, dirigida por un Frente Popular, era paradójicamente un aliado natural de la República española, por lo cual, era probable que tarde o temprano, el grupo de los militares africanistas -paradójicamente- fueran quien se aviniera a una cesión de su Protectorado a los nacionalistas locales, que serían los aliados en el Sur del nuevo estado establecido en Burgos. Por ello el jefe de ese Comité nacionalista - Mekki-el-Nasiri - desde el momento mismo de la entrevista con Orgaz entró en una estrecha colaboración con la Alta Comisaría, lo cual facilitó y decantó la leva de contingentes marroquíes para enviar a la Península.
Sin embargo, el grupo nacionalista no era un todo homogéneo, menos aún desde que Abd-el-Krim, enunciase y configurase el incipiente Estado rifeño, de diseño republicano, como una alternativa real al poder tradicional del sultanato y a la presencia europea, por lo que Franco preferiría entenderse con los nacionalistas que podemos denominar institucionalistas, esto es, aquéllos que se aglutinaban en torno a las pretensiones de un estado totalmente soberano bajo el mandato de la atávica monarquía alauita. Posiblemente el planteamiento era un tanto pragmático por parte del general, por cuanto en la idiosincrasia magrebí, la fórmula monárquica apoyada en un basamento religioso, era más efectiva que las veleidades republicanas de los rifeños y de los intelectuales europeizados; como era un planteamiento emocional pues, en los militares africanos españoles, el rechazo al republicanismo operaba como una seña de identidad muy condicionadora de sus opiniones políticas.
Consideramos que había un entendimiento entre los sublevados y el Sultán, dado que el Gobierno de la República y sus amigos, los gobernantes franceses del Frente Popular, trataron de presionar para contrarrestar la situación de dominio de los militares rebeldes en el Protectorado, y la cómoda situación que le proporcionaba la colaboración de los nacionalistas marroquíes. Así el Residente francés M. Peyrouton, desde Rabat sugirió al Sultán que protestara por lo que se hacía a favor de los sublevados en la zona jalifiana. El Sultán, que era Mohamed V desde que en 1927 muriera su padre, firmó un manifiesto en el cual expresaba cómo los dirigentes imperiales marroquíes asistían con tristeza a las luchas que desgarraban "a un país amigo", y que lamentaba que partes de sus súbditos fueran llamados a sostener la causa de quienes pretendían derribar al Gobierno "con el que estamos en relación", como puede intuirse el comunicado era muy poco comprometido, pues se limitaba a circunscribir a la República por su estatuto de simple realidad oficial, ya que se la definía como una relación, con el sentido coyunturalista de esto en el lenguaje diplomático, por otra parte el definir a España como un país amigo, en el marco de Protectorado era una forma de reafirmar la soberanía marroquí sobre los territorios de intervención española, por lo cual el manifiesto de Mohamed V era más una declaración personal de sus intenciones independentistas, que el rotundo posicionamiento que esperaban los frentepopulistas franceses y españoles.
A partir de esa vaga condena del alistamiento de las tropas nativas por parte de los nacionales, una delegación de izquierdistas marroquíes, presidida por Chakib Arslan, viajó hasta Ginebra para entrevistarse con los delegados del Gobierno republicano español frente a la Sociedad de Naciones, animados por el apoyo del vago manifiesto del Sultán, y con la pretensión de conseguir que una comisión nacionalista marroquí fuera recibida en Madrid por el Presidente del Gobierno para abordar el futuro de Marruecos.
Mohamed V[29] parecía jugar sus bazas con precaución, pues si bien permitió que estos izquierdistas se presentasen como portavoces oficiosos de su criterio independizador, ante Franco mantenía la estrategia de una tácita facilitación de las levas de sus súbditos, que con sus presencias en las operaciones militares estaban adquiriendo para él la soberanía sobre el Protectorado, ya que los nacionales quedaron comprometidos y en deuda con la ayuda marroquí, aun siendo ésta, como hemos venido indicando, mercenaria.
La delegación de Arslan, que se debía sentir vocero del Sultán, viajó a Madrid, donde entregó un memorándum en el cual se instaba al gobierno republicano a que proclamase la independencia del territorio marroquí y se aviniese a establecer un acuerdo bilateral[30]. Según el historiador francés Rezette, esta radical fórmula era ya vieja y tenía por autor a Abd-el-Krim, aunque éste sólo propuso una amplia autonomía política y administrativa del tipo de la convenida entre la República y la Generalitat de Cataluña.
El gobierno de Madrid, aún presidido por Francisco Giral, dio una rotunda respuesta negativa a la demandas de los nacionalistas magrebíes, aunque ofreció unos cuarenta millones de pesetas para la causa nacionalista marroquí -¡una de las paradojas de la política de aquellos días! -. Los marroquíes posiblemente decepcionados de nuevo ante la cortedad de miras de la política que se hacía en Madrid[31], marcharon a Barcelona donde los responsables de la Generalitat, muy sensibles a otros procesos nacionalistas y con veleidades de participar en la política exterior como forma de evidenciar de su peso político, se ofrecieron para apoyar su causa, y de hecho enviaron una delegación para entrevistarse con el nuevo gobierno de Madrid, presidido por Largo Caballero, aunque no encontraron mejor dispuestos a los socialistas de lo que anteriormente estuvieron los republicanos. Indalecio Prieto, ministro de Marina y Aire, dejó muy claro que se opondría en caso de que la cuestión se llevase al Consejo de Ministros, y Largo Caballero, más preocupado por las relaciones internas en su partido que por ser coherente con su discurso internacionalista, obvió la cuestión.
Más tarde Largo Caballero en un discurso[32] ante las Cortes, el 1 de diciembre de 1936, mencionó "la eventualidad de una revisión del Estatuto del Protectorado". Los apuros de la República se imponían sobre el liviano discurso antiimperialista de otrora, sin tener consciencia de que se echaba la alternativa progresista marroquí en brazos de los nacionales de Franco, la cual en manos de los sublevados había de ser una importante base de aprovisionamientos y de apoyo logístico; en realidad, lo dicho por Largo era bastante impreciso, y aparecía desconectado del marco de las relaciones internacionales del gobierno de Madrid, especialmente cuando las relaciones con Francia eran prioritarias para la República, y no se podía pensar en tomar una decisión sobre Marruecos sin las pertinentes consultas con los franceses.
Sobre la cuestión, Largo Caballero dijo:
"Nosotros podemos asegurar al pueblo de Marruecos que el Gobierno de la República no regateará esfuerzo alguno para dar las máximas posibilidades a fin de que desarrolle su propia personalidad, su libertad, su bienestar y su progreso. En ese camino, el Gobierno de la República no se detendrá, si lo juzgase conveniente, ante la eventualidad de una revisión del Estatuto que rige aquel territorio. De otra parte, la declaración de que nosotros no olvidaremos nuestros compromisos internacionales nos autoriza a recordar a otros países los suyos para con nosotros, ya que la reciprocidad de derechos y deberes es la base en que se asienta la vida internacional."
Los proyectos de revisión del Estatuto no eran precisamente en el sentido de conceder al Marruecos español mayor libertad y autogobierno, dado que en el Consejo de la Sociedad de Naciones, el embajador de la República en Londres y el Ministro de Estado, negociaron con Francia y Gran Bretaña un tratado de asistencia mutua en la zona, que contemplaba el derecho de paso de las tropas francesas a través de España para acudir a su Protectorado - se temía la ocupación naval de los italianos habida cuenta del incremento de sus actividades en el Mediterráneo Occidental -, la utilización militar de las Baleares, y la modificación del Protectorado español a favor de los intereses anglo-franceses, en caso de conflicto internacional. El acuerdo se concretó en un documento fechado en Valencia el 9 de febrero de 1937, que sobre Marruecos decía:
"España estaría dispuesta a examinar, en una negociación conjunta, la conveniencia o no de la modificación de la situación actual en lo que concierne a sus posiciones en el África del Norte (zona española de Marruecos ), a condición de que esta modificación no se haga a beneficio de otras potencias que Francia o el Reino Unido. El Gobierno español es de la opinión que la movilización de sus posiciones en África del Norte debe servir para hacer posible, por la vía de acuerdos territoriales más amplios, la solución de problemas políticos que se encuentran en el centro mismo de las dificultades presentes y a cuya solución futura la política internacional de España está estrechamente ligada, ...
... Mostrándose dispuesto a consentir ciertos sacrificios - zona española de Marruecos - y a conseguir que el país se decida a renunciar a la política de neutralidad que contaba hasta ahora con la adhesión de la mayoría de los partidos, el Gobierno de la República lo hace a condición de que le ofrezca la posibilidad de ahorrar a su pueblo la prolongación de la hemorragia de la guerra."
En realidad la República pretendía negociar con algo que no tenía en su poder, siendo previsible, y así lo debieron entender franceses y británicos, que sin la perentoriedad y ahogo de la sublevación, la República española no cedería a los europeos el Protectorado a cambio de nada, más aún cuando no se contaba con los marroquíes que en esos momentos ya habían comprendido que el propio Franco, apoyado por Italia y los alemanes - tanto el III Reich, como la colonia de empresarios germánicos de Tánger y Tetuán -, sería el interlocutor válido para su cuestión en el futuro, de ahí que el gobierno del Sultán, más allá de la retórica diplomática no viese con malos ojos la participación de sus súbditos en el ejército franquista.
Pasados los primeros meses del levantamiento, los gobiernos frentepopulistas intentaron provocar el levantamiento de las cábilas rifeñas en contra de la autoridad que había establecido el gobierno de Burgos en la zona. Nosotros opinamos que el evidente fracaso de la estrategia radicó en el erróneo planteamiento con que se planteó la situación a los marroquíes, dado que se había menospreciado la oportunidad de alcanzar un acuerdo con los nacionalistas, quienes pronto comprendieron la visión obtusa, especialmente de Prieto y Largo Caballero, que los republicanos aplicaban a la cuestión marroquí.
Sin embargo los nacionales, más avezados en las cuestiones locales supieron aprovechar la idiosincrasia local para crear en la zona un territorio favorable a sus posiciones, y dócil, por cuanto los problemas en el Protectorado habrían supuesto un grave lastre en el momento de mayor esfuerzo de guerra. Franco pudo proveer su ejército de moros, tanto por el sueldo ofrecido, como por el clima de apoyo que supieron crear los militares entre los grupos de poder y opinión de Marruecos entero.
Inmediatamente después del mandato del general Orgaz, que se mantuvo oficialmente como Alto Comisario hasta marzo de 1937, la gestión de Juan Beigbeder, el teniente coronel que le sustituyó, la podemos calificar de eficaz, sin entrar en consideraciones sobre su posible filoislamidad[33], ya que en un momento en que la base del discurso nacional era el desprecio a todo nacionalismo, las nacionalidades sectoriales ( rifeñas, saharahuis y beréber ) y a la formación de partidos, en el Protectorado se animó la creación del Partido Reformista que dirigió Abd-el-Jalak Torres, y el de la Unidad marroquí presidido por Mekki-el-Nasiri; ambos personajes habían cabildeado entre los republicanos en busca de atención para sus posiciones, quienes encontraron en la necesidad de calma y de hombres de los nacionales la oportunidad para operar políticamente en la zona española de Marruecos -sería interesante investigar el papel del Sultán en estos movimientos, pues no creemos fueran llevados a cabo sin su connivencia-. Lo cierto parece ser que Beigbeder creó la apariencia -aún no cierta- de un momento de bonanza para los intereses nacionalistas marroquíes. El 28 de enero de 1937, en el Teatro Español de Tetuán, se celebró un gran mitin nacionalista en el cual intervinieron Abd-el-Jalak Torres, Mekki-el-Nasiri, Hach Abd-el-Salam Bennuna, Hasan Bu-Ayad y Daul, que hicieron una apología de los sublevados y de su positiva visión de la causa nacionalista magrebí; en realidad Franco tenía mucho que ganar con una retaguardia satisfecha en el Protectorado[34], y no debía temer a Francia, que empezaba a preocuparse más por sus asuntos europeos que por los intereses de su presencia en Marruecos. Nos parece significativo que el tono de las intervenciones en el citado mitin pasaran por presentar a los sublevados como protectores del Islam, y de Marruecos en particular, lo que en la clave socio-política del Magreb era una apuesta sobre éxito seguro, dado que no había prácticamente ninguna opción política en todo el Norte Africano que se presentara como laica -el primer caso será la de Burguiba varios años después en Túnez-.
Por esos mismos días el gobierno de Franco, que emprendió una ágil política de contactos en los países árabes, posiblemente para contrarrestar, por cuenta de sus socios del Eje, la actividad franco-británica entre las autoridades musulmanas[35], nombró cónsul español en Yedda y La Meca a un marroquí, Sidi Mohamed Kaddor Ben-Amkar, y no se dudó en rebautizar un trasatlántico español, el Marqués de Comillas, con el nombre de Magreb el Azka, para ponerlo a disposición de los peregrinos que en el año 1937 viajarían a La Meca[36]. Nos parece que debió ser una bastante económica inversión en captación de las voluntades de los notables locales, y un eficaz método de propaganda religiosa a favor del bando franquista. Por su parte la República, que había menospreciado la colaboración con los nacionalistas magrebíes propuesta por los nacionalistas catalanes, se limitó a pretender que los Banu Tuzin - una tribu de la frontera con el Protectorado francés - se amotinasen contra las autoridades nacionales de Tetuán[37].
No obstante estas consideraciones, podríamos sistematizar, en un intento de resumir las posibles motivaciones de los marroquíes para alistarse como mercenarios en el ejército nacional, una serie de aspectos que se han barajado en relación con esta cuestión:
— la huida de la miseria en que estaban sumidos el campo y los suburbios urbanos; puesto que la economía, marroquí tradicionalmente débil, se había visto muy mermada por las hostilidades de oposición a la presencia europea.
— la captación de cierto tipo de nacionalismo marroquí, que podríamos denominar domesticado, tanto por las autoridades españolas - fuesen éstas republicanas o nacionales -, como por el Sultán.
— la colaboración con los sublevados de un sector confesional islámico muy importante, posiblemente el más oficialista en términos de la legalidad religiosa malikí, para los cuales no fue difícil pergeñar un discurso pietista sobre la bondad del apoyo a los creyentes - aun cristianos - frente a los rojos, ateos y sin religión[38].
— el descabezamiento de la oposición interna rifeña, que podía haber considerado que mejor que colaborar con los españoles, con independencia de las simpatías por los bandos, la Guerra Civil española era una inmejorable oportunidad para sacar partido de las necesidades españolas y obtener concesiones políticas reales, e incluso poder reanudar la beligerancia, aunque esto último, desterrado Abd-el-Krim, y después de la preventiva ejecución de varios cabecillas rifeños próximos a la República, llevada a cabo con toda impunidad por parte de los mandos militares sublevados, aparecía como opción de arriesgado éxito[39].
— ha de tenerse en cuenta la mentalidad local, el deseo de revancha o venganza, aun sobre un objeto impreciso, que hacía muy atractivo para los moros el poder, con total impunidad, ir a matar españoles, fuesen estos quienes fuesen[40]. ·
Con sencillos pero estratégicos gestos Beigbeder mantuvo en calma la zona española de Marruecos, ya que, por ejemplo, decretó como fiesta oficial - lo cual no se había hecho hasta el momento - las celebraciones religiosas musulmanas, en concreto con motivo del Aid El Kebir, o Pascua Mayor, el 21 de febrero de 1937 se celebraron en Tetuán desfiles de adhesión al nuevo gobierno ante la Alta Comisaría y se sacrificaron corderos que se regalaron a la población, y tres días después de aquellas manifestaciones, en un acto de confraternización hispano-marroquí, en el que participó el ya entonces omnipresente Abd-el-Jalak Torres, que empezaba a operaba como el agente y factótum de los franquistas en la zona, y un dirigente de la Falange local dio lectura al decreto que derogaba el Dahir Bereber[41] para la zona de administración española.
Otro de los colaboradores de los nacionales en la zona, Mekki-el-Nasiri, escribió en el periódico nacionalista Unidad Marroquí:
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