José fernando garcía cruz, Badajoz. Las fuerzas militares nativas procedentes del Protectorado de Marruecos. Transcendencia política de su aplicación en las operaciones militares durante la Guerra Civil española



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JOSÉ FERNANDO GARCÍA CRUZ,

Badajoz.

Las fuerzas militares nativas procedentes del Protectorado de Marruecos. Transcendencia política de su aplicación en las operaciones militares durante la Guerra Civil española.
Resumen: Se toma en consideración la participación de efectivos militares reclutados en el Protectorado español en Marruecos, como un elemento determinante del éxito militar nacionalista durante la Guerra Civil española; así como el valor político que estos efectivos tuvieron para los intereses personales del General Franco en el juego de poder generado en los primeros días del Levantamiento de 1936, entre los militares sublevados. Estos efectivos - tropas indígenas - participaron en la referida contienda con el consentimiento tácito de las autoridades marroquíes del momento, lo que hubo de suponer, posteriormente que algunos elementos filo-árabes de los primeros gobiernos franquistas adoptarán posiciones diplomáticas favorables a la independencia del Magreb. Se argumenta en torno al valor político de la participación de los marroquíes en los conflictos civiles españoles durante la Guerra Civil. Se destacan las estrategias desarrolladas en favor de fortalecen la imagen política de los sublevados ante los elementos nacionalistas indígenas y el papel de las autoridades locales, magrebíes y españolas, en la conformación de estos efectivos.
Abstract: It take in consideration the participation of military troops recruited in the Spanish Protectorate in Morocco, like a decisive element of the military nationalist success during the Civil Spanish War; as well as the political value that these troops had for the personal interests of the General Franco in the game of power and political control generated in the first days of the Rising of 1936, between the military rebels. This army- indigenous troops- they participated in referred war with the tacit consent of the locals authorities of the moment, what was supposed, later on that some elements profit-Arabs of the first franquistas governments will adopt diplomatic favorable positions to the independence of the Magreb. It are argued around the political value of the participation of the marocans in the spanich conflicts civilians during the Civil War. They stand out the strategies developed in they please strengthen the political image of the rebels in the face of the elements indigenous nationalists, and the role of the " local " authorities, Marocan and Spanish, in the make of this army.

Estará ciego de soberbia quien

no advierta que los moros influyen

es España mucho más que los

españoles en Marruecos.[*]

La participación en la contienda civil española de tropas nativas provenientes del Protectorado que España ejercía sobre una parte del actual Marruecos, tradicionalmente es analizada por la historiografía como un hecho interno en lo que concierne al bando nacional. No obstante, si bien esas tropas eran parte de los contingentes que conformaban el Ejército español, la peculiaridad del estatuto de las potencias protectoras europeas sobre el Norte africano, nos lleva a opinar que se trata en gran medida de un aspecto también relacionado con las implicaciones internacionales que la guerra española tuvo, como puede ser la participación fascista o soviética, más que una cuestión de simple evaluación de los efectivos españoles.


Los soldados, que no siendo de nacionalidad española, sino que en la situación administrativa en aquél entonces se definía oficialmente como nativos del Protectorado, conformaban las unidades de milicias jalifianas o Tropas Regulares[1] que años antes diseñaran los mandos españoles, para aliviar a la metrópoli del desgaste político y humano de los conflictos de la guerra del Rif. Siempre hubo una ambigua situación socio-política de estos contingentes en relación con su filiación administrativa con España, ya que eran soldados profesionales, alistados por la paga, lo que permitía el alivio de la mísera situación del campo y de los suburbios urbanos marroquíes; no obstante se reclutaban con el beneplácito de las fuerzas vivas del sultanato y, como podremos ver en el desarrollo de esta breve exposición, no se desplazaron a la Península sin la connivencia de las autoridades marroquíes, lo que concede a la participación de estos efectivos un marcado carácter externo, tal cual es la base argumental de nuestra exposición.
Para entender la complejidad de la situación creada en el seno del ejército español, en relación con la filiación de los efectivos marroquíes, hemos de recordar algunos de los aspectos definitorios de la realidad política de Marruecos en el momento previo y durante el tiempo en que España se ocupó del denominado Protectorado sobre el Sultanato[2]. Realmente el país había sido llevado a aceptar la fórmula de protección de la comunidad internacional a causa de la inestabilidad que su articulación interna presentaba, ya que ésta no ofrecía las garantías ni la consistencia que los europeos de finales del siglo XIX consideraban mínimas para operar - concretamente en términos económicos - en la zona. Marruecos se dividía oficiosamente en lo que se denominaba localmente Blad-es-Majzen y Blad-es-Siba, constituyendo la primera entidad las ciudades que representaban la capitalidad del reino jerifiano; esto es, Fez y Marrakés, y algunas de las ciudades y villas más populosas, lugares en los que el sultán y su policía ejercía un siempre inestable control. De forma que el Blad-es-Siba se extendía por el resto del territorio, con la peculiaridad de que estas zonas, no eran obedientes a las ordenes emanadas de la corte imperial, como pomposamente se autodenominaba el aparato de gobierno central limitado al Majzen; a causa de esta situación, el protectorado ejercido por los franceses y españoles a partir de la Conferencia y posterior Tratado de Algeciras, si bien era formalmente con el beneplácito del Sultán, se presentaba como una intromisión externa en los asuntos marroquíes posible a causa de la existencia del Blad es Majzen, por lo que la leva de tropas procedentes de la población marroquí a la que no se concedía la ciudadanía española, era motivo de una circunstancia singular, que permite pensar en que su aplicación en la contienda civil española era un asunto interno del ejército español, aunque la presencia de intereses foráneos a la Administración española, como es el caso del Gran Visir en el momento del Alzamiento del 18 de julio de 1936 y su decisiva intervención en Tetuán en favor de los sublevados, que nos lleva a opinar que estos contingentes formaban parte en el Ejército nacional, con un estatuto político, de carácter exterior, similar al que hubieron de tener las Brigadas Internacionales que apoyaron al bando gubernamental.
Independientemente de que los europeos podían o no haber colaborado con las fuerzas locales, como sucediera en Egipto, Arabia, Siria y Mesopotamia, el hecho de que la autoridad imperial marroquí apenas disponía de unos destacamentos, denominados guith, acantonados en las principales ciudades y pueblos del país, permitió la inclusión en el referido acuerdo de Algeciras de la legitimidad que las administraciones protectorales francesa y españolas tenían para formar unidades de policía con efectivos locales, aunque siempre bajo el mando efectivo de oficiales y suboficiales europeos. Según los acuerdos[3] estas unidades habían de estar constituidas por un número de entre 2000 y 2500 hombres, con instructores - llamados caides[4] - musulmanes, y mando europeo - de 16 a 20 oficiales y entre 30 y 40 suboficiales -.
Una vez arrancado de los responsables del sultanato el acuerdo que permitía a los europeos intervenir en Marruecos, la peculiar situación del Blad-es-Siba, que "se articulaba mediante un entramado religioso, y se fragmentaba en tantos poderes como señores capaces de imponerse y conservar su área de influencia con independencia efectiva"[5] , obligó a tener en cuenta los intereses, y a veces veleidades, de los poderosos locales que puntualmente hacían valer su ascendencia sobre buena parte de las zonas de interés estratégico y militar para los europeos, por lo que las levas de hombres para conformar las unidades de policía indígenas excedió siempre, y en casi todo lugar, el ámbito interno de las administraciones establecidas por Francia y España.
A modo de anécdota ilustrativa mencionaremos que la creación del Banco de Estado de Marruecos, convenida en Algeciras, si bien conllevó no pocas dificultades por cuanto se trataba de aunar muy diversos intereses, se pudo llevar a buen término tras asegurar que no se vulnerarían las leyes islámicas sobre el interés en el dinero, lo cual nunca se pudo decir de las cuestiones relacionadas con la presencia de marroquíes en las unidades españolas, la cual estuvo continuamente condicionada por la peculiaridad religiosa del Islam magrebí, muy sujeto a la autoridad legal[6] y moral de los hombres de religión que los españoles denominaron santones[7], los cuales ejercían notable influencia tanto sobre la población llana, como sobre los cuadros locales, e incluso imperiales.
En definitiva las tropas indígenas, y por ende el control sobre el Protectorado permitía a los sublevados del 18 de julio una base administrativa de cierto valor estratégico, aunque si bien eran algo exiguos los medios y equipamiento de la administración en el Norte de África esto permitió a los nacionales un punto de partida para sus operaciones, ya que contaban con una serie de servicios públicos, de utilidad en los primeros momentos - el telégrafo, los puertos de Tánger y Melilla que se convertirían en base de aprovisionamiento para la aportación del Eje mediante los buques italianos, etc. -, y por supuesto la disposición de los efectivos militares acantonados en la zona española del Protectorado, especialmente las fuerzas indígenas, ya que se pudo disponer de ellas con el simple consentimiento tácito del Sultán, y sin la información a los franceses que era preceptiva según lo acordado por ambos países.
La posición y opinión del gobierno marroquí era de importancia, puesto que de las facilidades, traducibles en connivencia u hostigamiento, concedidas a los sublevados, dependió la comodidad con que los mandos militares en torno a Franco pudieron organizar el paso del Estrecho, y en definitiva el éxito de esa primera fase de las operaciones del levantamiento militar rebelde a la República. En la lógica política interna marroquí la colaboración con los europeos tenía consecuencias destacadas, dado que pocos años antes a la complacencia con que el entonces sultán Abd el Aziz llevó las relaciones con franceses y españoles, se produjo el levantamiento de Rogui y de Muley Hafid[8], que se opusieron vehementemente a la colaboración sobre la base de argumentos de purismo doctrinal religioso, los cuales fueron reeditados por los cadies rifeños que se opusieron al apoyo a Franco, y a la participación de musulmanes en un conflicto que entendían entre cristianos[9].
La II República y su política africana.
La expectación que en el Marruecos español se suscitó por el acceso al poder en Madrid de la coalición republicana-socialista debió ser notable habida cuenta que se podía producir un cambio de tendencia en la política española para con respecto a la zona, dado que uno de los ejes de movilización tradicionales de la izquierda en la política española había consistido en la oposición a la participación de los soldados españoles en lo que la prensa de izquierda calificaba de aventura colonial.
Sin embargo la tendencia de los republicanos consistió en sostener sin alteraciones significativas el estado de cosas que conformaban la presencia española en el Norte de África, demasiados ocupados en los asuntos internos españoles y temerosos de contrariar los compromisos contraídos con Francia y las demás potencias implicadas en los acuerdos de Algeciras, e incluso se puede afirmar que más allá de la mera gestión de mantenimiento del aparato administrativo, la República no se implicó, ni aún someramente, en los asuntos marroquíes, especialmente en aquellas cuestiones que los gobiernos más intervencionistas de la monarquía habían tocado. Si bien, por ejemplo, se reguló la enseñanza eminentemente religiosa de la más importante escuela islámica del Protectorado, cuando se definió el plan de estudios con la publicación el 12 de Octubre de 1935 del Estatuto de la Enseñanza Religiosa para la Medersa Lucax de Tetuán; siendo esto ejemplo, entre otras medidas que equiparaban al sistema peninsular las escuelas de la zona de protección administrativa española, de la forma asistemática en que el furor reformador observado en los asuntos peninsulares involucró en la cotidianeidad protectoral a los políticos republicanos, de entre los cuales Azaña fue un caso peculiar, ya que opositor a las acciones españolas en África, cuando formó gobierno, so pretexto de no contrariar a Francia, acabó por ocuparse muy directamente de la suerte de algunas obras públicas siempre pendientes para la gestión española en el Norte africano, tal cual fue es caso de la carretera de Tetuán a Xauén, o algunos embalses de agua para consumo municipal y de uso agrícola que nunca se habían abordados por desidia y falta de recursos, pese a que se proyectaron en tiempos de Primo de Rivera. También Largo Caballero, contrariamente a su discurso anticolonial, se vio atrapado por los asuntos marroquíes cuando apoyó la equiparación de las demandas de los obreros nativos de la administración española a sus homólogos peninsulares, de forma que el internacionalismo sindicalista de la izquierda socialista fue causa de una nueva suerte de intervención activa en Marruecos, pese a los planteamientos de partida que animaron la oposición republicana a la aventura colonial.
Las autoridades de la República se apresuraron a declarar que los tratados, acuerdos y especialmente los compromisos internacionales sobre Marruecos serían respetados y asumidos; por otra parte, mantuvieron en la Alta Comisaría al general Gómez Jordana, que dimitió por no querer colaborar con la República y abandonó su puesto marchándose de Tetuán y partiendo al exilio con el Rey, de forma que hubo de ser sustituido, apresuradamente, por un Sanjurjo ávido de promoción política, quien muy pronto declararía la ley marcial en la zona del Protectorado, según explica Mª. Rosa de Madariaga "para demostrar [a Marruecos] su resolución a no permitir ningún tipo de agitación"[10]. Pensamos que esta iniciativa evidencia la mentalidad de los militares africanistas, muy celosos de esa parcela de poder que consideraban suyo, pues España conservaba un resto del decorado colonial merced al esfuerzo del ejército africanista, que se sentía propietario político de Marruecos, y en lo que éste se relacionaba con el resto del país, ya que la resolución de los jefes militares para distanciarlo del proceso político español era evidente. Aunque somos conscientes que esto no aclara la españolidad de aquellos territorio, aún en términos políticos sino en los meramente legales, tal como la comprendía la mentalidad castrense, especialmente en aquel momento del Protectorado marroquí; aunque Franco en alguna ocasión argumentaría que el Ejército español -no España- "había adquirido aquellas tierras con la mas cara moneda, la propia sangre", lo que de alguna manera delata la privacidad que los militares africanistas aplicaban a todo lo relacionado con el Protectorado.
La posición de éste nuevo Alto Comisario puede ser ilustrativa del estado de cosas en que estaban los asuntos marroquíes entre 1931 y 1936, dado que era firme partidario para el Norte de Marruecos de lo que Indalecio Prieto y Lerroux denominaban gestión activa; así, con motivo de la huelga en Tetuán de los trabajadores marroquíes del servicio de agua, y a causa de la demanda de la equiparación laboral prometida por Largo Caballero, el general, a la sazón Alto Comisario en el momento de la huelga, dijo:
"Marruecos no es España. No puede ser como España, teatro de luchas políticas. Hoy, afortunadamente, los moros no tienen armas, pero esa no es una garantía bastante de que no se promoverá un verdadero estado de guerra. No puede haber más de una política: autoridad y justicia por parte de protector, sumisión y orden por parte del protegido"[11].
El 16 de junio de 1931 el gobierno decretó la separación de los cargos de Alto Comisario y de Residente General, de forma que se establecía un espacio diferenciado entre la administración civil y los asuntos militares del Protectorado, sin embargo para el cargo de Alto Comisario se designó al diplomático López Ferrer, quien más tarde sería un elemento clave para el éxito político, cerca de las autoridades marroquíes, del Alzamiento militar en Ceuta y Melilla. No obstante entre 1931 y 1936 parece que la República tuvo la intención, aún en términos políticos bastante poco concretada, de establecer una administración civil que sustituyera paulatinamente a la gestión militar, de ahí procede el primer paso, que sería el nombramiento de López Ferrer para la Comisaría dentro de las reformas administrativas del Servicio de Intervenciones Militares.
Ordenación republicana del Protectorado.
La estructura administrativa que la República diseñó para los territorios marroquíes era muy similar a la que conformara la gestión de la Dictadura de Primo de Rivera años antes. No obstante se produjeron algunos cambios que para la intención de nuestra exposición son de interés, por cuanto delatan una visión diferente del asunto; así se equiparó a la Policía Jerifiana con la Guardia Civil peninsular, de forma que se substrajeron del ámbito militar esos contingentes de tropas indígenas, lo que se puede entender como un dato sutil de la percepción republicana del asunto marroquí.
Tradicionalmente la historiografía ha diferenciado el africanismo de los militares, frente a la actitud republicana proclive a abandonar la intervención sobre el Norte africano, sin embargo los militares parecían entender mejor que los políticos republicanos la temporalidad de la presencia española en la zona, el propio discurso de Sanjurjo que hemos citado más arriba es significativo de la situación; por su parte, la izquierda republicana, una vez en el gobierno, no se sustrajo a la tentación colonialista, pues lejos de liquidar la actuación española en Marruecos, se vio envuelta en un proceso reformador, en parte por la necesidad de no desacreditar a la República ante Francia e Inglaterra, y en parte por cierta coherencia programática, dado que los dirigentes de la izquierda, imbuidos de internacionalismo obrero, implicaron a sus organizaciones en los asuntos laborales del Protectorado, tal es el caso de las referidas promesas de Largo Caballero a los empleados nativos de la administración española. Por otra parte se puede entender que la tentación reformadora, sin los conflictos de intereses que se daban en la Península, había de ser fuerte para políticos del calado de Azaña quien, opositor de la gestión monárquica sobre Marruecos, se implica personalmente en ese programa de obras públicas y reformas, a semejanza de la administración francesa en el Sur.
Por otra parte la República permite, o consiente en el Protectorado, una actividad, hasta entonces inusitada, por parte de los grupos nacionalistas magrebíes, así escribe Mª Rosa de Madariaga:

" Tetuán se convirtió en un punto focal de la propaganda nacionalista marroquí durante la década de los años treinta. Todos los periódicos árabes, procedentes del Oriente Próximo, se podían encontrar allí, mientras que estaban prohibidos en la zona francesa del Protectorado. Los nacionalistas marroquíes podían con suma libertad expresar sus opiniones"[12].
De la disposición atenta a las cuestiones nativas de Marruecos habla la expresa invitación que Alcalá Zamora[13] cursara a varios notables marroquíes con motivo de su toma de posesión como Presidente de la República. Entre los primeros actos protocolares de su mandato estuvo el recibimiento a Sidi Mohamed Buhalai, Sidi Ahmad Cailán, Sidi Abdesalam y Sidi El Levady, los cuales transmitieron una serie de peticiones, que son el programa político de las fuerzas vivas nativas del Protectorado en aquel momento, algunas de las reclamaciones son:
— Libertad de prensa, reunión, asociación, enseñanza y sindical.

— Unificación de los planes de enseñanza.

— Separación de los poderes judicial y militar, mediante la dotación de caides musulmanes.

— Colonización del campo, combatiendo el latifundio.

— Equiparación, en materia laboral, con la metrópolis.

— Asimilación de los impuestos a los peninsulares, y supresión de algunos de ellos.



— Reforma y ampliación de la beneficencia sanitaria.
Ha de anotarse que la comunidad sefardita negoció con las autoridades republicanas un acuerdo específico, con el consiguiente enojo de los marroquíes musulmanes; tal acuerdo se orientaba a obtener la nacionalización como españoles de los judíos del Protectorado que pretendían salir del área de control del Sultán.
Azaña en un discurso[14] en las Cortes, el 29 de marzo de 1932, se ocupó en extenso de la situación de Marruecos, discurso que muestra una serie de disparidades entre el programa que enunciaba y las posteriores actuaciones del gobierno republicano. En esta ocasión Azaña presentó un proyecto basado en la reducción del gasto militar, e incluso tendente a reducir, también la presencia militar, más en concreto de las tropas conformadas por los voluntarios - léase la Legión fundada por Millán Astray -, y de la definitiva exclusión de los soldados de reemplazo; pretendía ofrecer tierras para los colonos peninsulares que se deseasen instalar, una vez servido el Ejército[15], posiblemente siguiendo el modelo francés para Argelia; si bien no anunciaba ni mostraba intenciones de abandonar Marruecos y reiteraba la necesidad de reconocer la soberanía del Sultán, lo cual era otro rasgo de afrancesamiento en las opiniones del propio Azaña y, consecuentemente, de la izquierda republicana, puesto que en aquellos momentos el Sultán era un rehén político de los franceses y su títere diplomático, por lo que mencionar esta cuestión en un programa de gobierno evidenciaba cierta bisoñéz por parte de los republicanos que acusaba la falta real de criterios para actuar sobre el Norte de África, ya que ignoraban en sus planteamientos la presencia en la zona de otras fuerzas políticas, tal es el caso de los independentistas rifeños, o los propios opositores internos en el seno de la propia familia real marroquí, quienes, con apoyo religioso y populista, conformarían el movimiento nacionalista que encabezará Mohamed V.
Pese a la declaración de intenciones en relación con la soberanía marroquí sobre los territorios del Protectorado, en 1932 el propio Azaña ordena al Gobernador General del Sahara, comandante Cañizares, la efectiva ocupación del territorio de Ifni - zona llamada en la nomenclatura protectoral: Santa Cruz de Mar Pequeña -, asunto que estaba pendiente desde los acuerdos con los marroquíes y los franceses de 1860, año en el que se firmaran los Acuerdos de Amistad Hispano-Marroquíes, que no eran sino un reparto de la zona, tras la petición de paz del Sultán Muley Abbas después de las victorias hispanas de Castillejos y Wad Ras.
Este hecho militar nos puede ilustrar sobre la situación en que se desenvolvían las relaciones del Ejército español con los moros que reclutaba, dado que Cañizares ejecutó la orden de Madrid con las Mías de camellos reclutados en el territorio saharaui, y con los Meharis de Tetuán, pero la operación se convirtió en un absoluto fracaso, pese al beneplácito del sultanato y el acuerdo con los notables locales, llegándose a producirse bajas entre los soldados españoles, que se vieron obligados a retirarse hasta Cabo Juby, a causa de las luchas internas entre los diferentes grupos de marroquíes que conformaban las fuerzas de ocupación.
El Ejército español de África acusaba los conflictos internos marroquíes, de forma que no es posible entender la situación táctica y militar de las autoridades españolas del Protectorado sin comprender las fuerzas en tensión en la política magrebí del momento, la cual se proyectaba sobre las unidades españolas. En el incidente de Ifni el conflicto se produjo entre partidarios de un dirigente regional del Sur, el denominado Sultán Azul, un cabecilla subsahariano que acosaba y hostigaba a los franceses y a los intereses del Sultán de Fez, y que contaba con el apoyo de un santón místico de notable predicamento en la zona, Ma` el Ainú. Hay que anotar que tras el incidente, y la reiterada insistencia de los dirigentes locales de la región de Ait Bu Amarán, en el Atlas próximo a la costa de Sidi Ifni, que deseaban la presencia española, el Sultán Azul se convirtió en protegido de los españoles y fue perseguido por los franceses; y, posteriormente, con su apoyo se hicieron levas de soldados sureños que participaron en la Guerra de España. Como colofón de esta anécdota militar hemos de anotar que pese a que la orden primera al comandante Cañizares partió de Azaña, el gobierno de centro-derecha envió tropas el 27 de diciembre de 1933, que esta vez sí se hicieron con la situación, pero con la oposición de la izquierda republicana, que reaccionó tarde, puesto que las críticas a las operaciones no aparecieron en El Socialista hasta el 6 de abril de 1934.
La política española en relación con los asuntos militares indígenas sufrió un nuevo cambio en 1934, en el momento en que se hizo desaparecer en Madrid la Dirección General de Marruecos, a partir de aquel momento el Alto Comisionado en el Protectorado había de interpretar las directrices de los gobiernos centrales, sin la mediación administrativa de la oficina de enlace entre Madrid y Tetuán; de alguna forma esto se acercaba a la solución que años antes sostuviera el general Jordana, quien era partidario de crear una suerte de virreinato en Marruecos, lo cual fue desestimado en parte ante el temor de militares poderosos, y en parte dado que la fórmula se asemejaba en extremo a la estructura que, tras el descalabro del 98, la España post-colonial parecía querer superar.
Frente a esta situación, es interesante observar la lectura que, según Azaña[16], los marroquíes empezaban a hacer respecto a la situación política española, y las consecuencias de ésta en el Protectorado; para el político español los zocos se habían beneficiado de la actividad militar española en la zona, del trasiego de soldados y personal, en definitiva del movimiento y la demanda de productos locales; la paz republicana, aun pese a un cierto esfuerzo inversor en infraestructuras - que por otra parte sólo había de redundar en beneficio de las empresas y contratistas peninsulares -, llevó la atonía a la actividad comercial del Protectorado, y por tanto los grupos influyentes contemplaban muy negativamente la política republicana. Pese a todo, la presencia marroquí en los asuntos peninsulares tuvo dos momentos destacables en la República, dado que por dos ocasiones las tropas indígenas pasaron el Estrecho, y fueron utilizadas para intervenir militarmente:
— En la primera ocasión fue el 10 de agosto de 1932, a causa de la sublevación del general Sanjurjo. En aquel momento un Tabor de infantería y un escuadrón de caballería de las Fuerzas Regulares Indígenas, y los batallones 2º y 8º de Cazadores de Ceuta, se pusieron al servicio del orden republicano. Si bien parece evidente que la presencia de estos efectivos no fueron relevantes, ya que el fracaso de la Sanjurjada se debió, básicamente, a la posición de la Guardia Civil y del cuerpo de Guardias de Asalto[17]; aunque entre los conjurados se sostuvo que la pasividad calculada de Franco que no colaboró, negando su ascendiente sobre los africanistas con mando, y el consiguiente control que ya poseía el futuro dictador sobre las tropas marroquíes, fue una de las causas determinante del descalabro del frustrado plan monárquico[18].
— También en octubre de 1934, con motivo de la sublevación en las zonas mineras asturianas, bajo el mando estratégico del entonces coronel Yagüe, y bajo las órdenes de López Ochoa, pasaron a la Península el Batallón 8º de Cazadores de Ceuta, y 2 Tabores de los Regulares de Melilla y Ceuta. En este segundo caso la actuación de los moros, y su aplicación por el gobierno radical-cedista, supuso que en el futuro se creara una profunda animadversión de los izquierdistas hacia esos contingentes, ya que los moros reclutados, motivados por la soldada y la indiferencia a los asuntos sociales españoles, y posiblemente por la obediencia a los dirigentes marroquíes que animaban el enganche en el Ejército español, eran completamente impermeables a los discursos internacionalistas de los dirigentes obreros. Hemos de recordar que estos contingentes fueron trasladados desde el Protectorado, por indicación del propio Franco, que durante aquellos días actuó como asesor especial y personal de Diego Hidalgo, quien era el ministro de la Guerra[19].
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