Jorge f. Malem



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ANTHONY WESTON

LAS CLAVES

DE LA ARGUMENTACIÓN

Edición española a cargo de
JORGE F. MALEM
(Universitat Pompeu Fabra)


Título original:
A Rulebook for Arguments, 3rd Ed.
© 1987 by Avatar Boo,ks of Cambridge.
© 1992, 2000 by Anthony Weston.
Authorized translation from the English language edition published

yy Hackett Publishing Company, Inc. Spanish language edition arranged through the mediation of Eulama Literary Agency.
Esta traducción publicada en inglés por Hackett Publishing Company, Inc., se edita por mediación de Eulama Literary Agency.
Traducción de

JORGE E MALEM SEÑA
BLANCA RIBERA DE MADARIAGA, de la actualización
1.' edición: enero 1994
10.a edición actualizada: febrero 2005
Derechos exclusivos de edición en español
reservados para todo el mundo
y propiedad de la traducción:
© 1994 y 2005: Editorial Ariel, S. A.
Avda. Diagonal, 662-664 - 08034 Barcelona
ISBN: 84-344-4479-8
Depósito legal: B. 951 - 2005
Impreso en España
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

SUMARIO
Prefacio
Nota a la tercera edición Introducción


  1. La composición de un argumento corto

  2. Algunas reglas generales

  3. Argumentos mediante ejemplos

  4. Argumentos por analogía

  5. Argumentos de autoridad

  6. Argumentos acerca de las causas

  7. Argumentos deductivos

  8. La composición de un ensayo basado en argumentos

    1. Explorar la cuestión

  9. La composición de un ensayo basado en argumentos

B. Los puntos principales de un ensayo

  1. IX. La composición de un ensayo basado en argumentos

C. Escribir el ensayo

  1. X. Falacias

Apéndice. Definición

Para estudios adicionales

Índice


PREFACIO

Este libro es una breve introducción al 'arte de escribir y evaluar argumentos. Trata sólo lo esencial. Descubrí que, a menudo, estudiantes y escritores no necesitan extensas explicaciones introductorias, sino tan sólo una lista de recor­datorios y de reglas. Por tanto, a diferencia de la mayoría de los libros de texto acerca de cómo armar un argumento, es decir, de «lógica infor­mal», este libro se estructura alrededor de reglas específicas, ilustradas y explicadas de una manera correcta, pero, sobre todo, breve. No es un libro de texto, es un libro que estudia las reglas de la argumentación.
Descubrí que también los profesores quieren a veces recomendar un libro de reglas semejan­te, un manual que los estudiantes puedan con­sultar y comprender por sí mismos, y que, por lo tanto, no interfiera en las horas de clase. En este caso, una vez más es importante aquí ser breve -la cuestión es ayudar a los estudiantes a escri­bir un artículo o a evaluar un argumento-, pero las reglas deben ser expuestas con la suficiente explicación para que el profesor pueda dirigirse a los estudiantes, simplemente, haciendo refe­rencia a la «regla 6» o a la «regla 16», en vez de escribir una explicación completa en los márgenes de los trabajos de cada estudiante. Breve pero autosuficiente, ésta es la fina línea que he tratado de seguir.
Este libro de reglas también puede ser utili­zado en un curso dedicado expresamente a la argumentación. Necesitará ser completado con ejercicios y con más ejemplos, pero existen muchos textos ya disponibles que están consti­tuidos en su mayor parte o en su totalidad por tales ejercicios y ejemplos. Estos textos, sin embargo, también necesitan ser complementa­dos, justamente, con lo que ofrece este libro de reglas: reglas simples para construir buenos argumentos. Muchos estudiantes salen de los cursos de «lógica informal» sabiendo tan sólo cómo rebatir (o al menos intentar rebatir) las falacias seleccionadas. A menudo son incapaces de explicar qué es lo que está realmente mal, o de presentar un argumento propio. La lógica informal tiene más por ofrecer, este libro es un intento de sugerir cómo hacerlo.
Se agradecen los comentarios y las críticas.
ANTHONY WESTON

Agosto de 1988

NOTA A LA TERCERA EDICIÓN

En esta reedición milenaria, el cambio más notable es un planteamiento de la definición más orientado a las reglas. Una larga conversa­ción con el profesor Charles Kay de Wofford College, meticuloso lector y atento profesor, me convenció para realizar este y otros muchos cambios. He actualizado y clarificado numero­sos ejemplos. Las generosas aportaciones de los lectores, demasiado numerosos para citarlos a todos, han contribuido a la mejora de este pequeño manual. Mi agradecimiento a todos ellos.

Mayo del 2000

INTRODUCCIÓN

¿Por qué argumentar?
Algunas personas piensan que argumentar es, simplemente, exponer sus prejuicios bajo una nueva forma. Por ello, muchas personas también piensan que los argumentos son de­sagradables e inútiles. Una definición de «argu­mento» tomada de un diccionario es «disputa». En este sentido, a veces decimos que dos perso­nas «tienen un argumento»: una discusión ver­bal. Esto es algo muy común. Pero no represen­ta lo que realmente son los argumentos.
En este libro, «dar un argumento» significa ofrecer un conjunto de razones o de pruebas en apoyo de una conclusión. Aquí, un argumento no es simplemente la afirmación de ciertas opinio­nes, ni se trata simplemente de una disputa. Los argumentos son intentos de apoyar ciertas opi­niones con razones. En este sentido, los argu­mentos no son inútiles, son, en efecto, esenciales.
El argumento es esencial, en primer lugar, porque es una manera de tratar de informarse acerca de qué opiniones son mejores que otras. No todos los puntos de vista son iguales. Algunas conclusiones pueden apoyarse en buenas razones, otras tienen un sustento mucho más débil. Pero a menudo, desconocemos cuál es cuál. Tenemos que dar argumentos en favor de las diferentes conclusiones y luego valorarlos para considerar cuán fuertes son realmente.
En este sentido, un argumento es un medio para indagar Algunos filósofos y activistas han argüido, por ejemplo, que la «industria de la cría» de animales para producir carne causa inmensos sufrimientos a los animales, y es, por lo tanto, injustificada e inmoral. ¿Tienen razón? Usted no puede decidirlo consultando sus pre­juicios, ya que están involucradas muchas cues­tiones. ¿Tenemos obligaciones morales hacia otras especies, por ejemplo, o sólo el sufrimien­to humano es realmente malo? ¿En qué medida podemos vivir bien los seres humanos sin comer carne? Algunos vegetarianos han vivido hasta edades muy avanzadas, ¿muestra esto que las dietas vegetarianas son más saludables? ¿O es un dato irrelevante considerando que algunos no vegetarianos también han vivido hasta eda­des muy avanzadas? (Usted puede realizar algún progreso preguntando si un porcentaje más alto de vegetarianos vive más años.) ¿O es que las personas más sanas tienden a ser vegetarianas, o a la inversa? Todas estas preguntas necesitan ser consideradas cuidadosamente, y las respues­tas no son claras de antemano.
Argumentar es importante también por otra razón. Una vez que hemos llegado a una conclu­sión bien sustentada en razones, la explicamos y la defendemos mediante argumentos. Un buen argumento no es una mera reiteración de las conclusiones. En su lugar, ofrece razones y prue­bas, de tal manera que otras personas puedan formarse sus propias opiniones por sí mismas. Si usted llega a la convicción de que está claro que debemos cambiar la manera de criar y de usar a los animales, por ejemplo, debe usar argumentos para explicar cómo llegó a su conclusión; de ese modo convencerá a otros. Ofrezca las razones y pruebas que a usted le convenzan. No es un error tener opiniones. El error es no tener nada más.

Comprender los ensayos basados en argumentos
Las reglas que rigen los argumentos, enton­ces, no son arbitrarias: tienen un propósito específico. Pero los estudiantes (al igual que otros escritores) no siempre comprenden ese propósito cuando por primera vez se les asigna la realización de un ensayo escrito basado en argumentos; y si no se entiende una tarea, es poco probable que se realice correctamente. Muchos estudiantes, invitados a argumentar en favor de sus opiniones respecto a determinada cuestión, transcriben elaboradas afirmaciones de sus opiniones, pero no ofrecen ninguna auténtica razón para pensar que sus propias opi­niones son las correctas. Escriben un ensayo, pero no un argumento.
Éste es un error natural. En el bachillerato, se pone el acento en el aprendizaje de cuestiones que son totalmente claras e incontrovertidas.
Usted no necesita argumentar que la Constitu­ción de los Estados Unidos establece las tres ramas del gobierno, o que Shakespeare escribió Macbeth. Éstos son hechos que usted necesita tan sólo dominar, y que en sus trabajos escritos sólo necesita exponer.
Los estudiantes llegan a la universidad espe­rando más de lo mismo. Pero muchos cursos de la universidad, especialmente aquellos en los que se asignan trabajos escritos, tienen un obje­tivo diferente. Estos cursos se interesan por los fundamentos de nuestras creencias y exigen de los estudiantes que cuestionen sus propias creencias, y que sometan a prueba y defiendan sus propios puntos de vista. Las cuestiones que se discuten en los cursos de las universidades no son a menudo aquellas cuestiones tan claras y seguras. Sí, la Constitución establece tres ramas de gobierno, pero ¿debe tener la Corte Suprema, realmente, el poder de veto sobre las otras dos? Sí, Shakespeare escribió Macbeth, pero ¿cuál es el sentido de este drama? Razones y pruebas pueden darse para diferentes respuestas. En estos cursos, los estudiantes tienen la tarea de aprender a pensar por sí mismos, a formar sus propias opiniones de una manera responsable. La capacidad para defender sus propias opinio­nes es una medida de esta capacidad, y, por ello, los ensayos basados en argumentos son tan importantes.
En efecto, como explicaré en los capítulos VII-IX, para escribir un buen ensayo basado en argumentos usted debe usar argumentos tanto como un medio para indagar, como para expli­car y defender sus propias conclusiones. Debe presentar el trabajo examinando los argumentos de sus contrincantes y luego debe escribir el ensayo mismo como un argumento defendiendo sus propias conclusiones con argumentos y valorando críticamente algunos de los argumen­tos de la parte contraria.

La estructura del libro

Este libro comienza con la exposición de argumentos relativamente simples y llega a los ensayos basados en argumentos al final.


Los capítulos 1-VI se refieren a la composi­ción y evaluación de argumentos cortos. Un argumento «corto» simplemente ofrece sus razones y pruebas de una manera breve, usual­mente en unas pocas frases o en un parágrafo.
Comenzamos por los argumentos cortos por diversas razones. Primero, porque son comunes. En efecto, son tan comunes que forman parte de nuestra conversación diaria. Segundo, los argu­mentos largos son, a menudo, elaboraciones de los argumentos cortos, y/o una serie de argu­mentos cortos encadenados. Aprenda primero a escribir y a evaluar argumentos cortos; ello le pondrá en condiciones de seguir hacia los ensa­yos basados en argumentos.
Una tercera razón para comenzar con los argumentos cortos es que constituyen la mejor ilustración tanto de las formas comunes de los argumentos como de los típicos errores que se cometen en la argumentación. En un argumento largo es más difícil identificar las cuestiones y problemas principales. Por lo tanto, aunque algunas de las reglas puedan parecer obvias cuando son expuestas por primera vez, recuerde que usted tiene la ventaja de un ejemplo simple. Otras reglas son lo suficientemente difíciles de apreciar aun en un argumento corto.
Los capítulos VII, VIII y IX tratan los ensa­yos basados en argumentos. El capítulo' VII se refiere al primer paso: explorar la cuestión. En el capítulo VIII esbozo los puntos principales de un ensayo basado en argumentos y en el capí­tulo IX agrego reglas específicas acerca de cómo escribirlo. Todos estos capítulos depen­den de los capítulos 1-VI, ya que un ensayo basado en argumentos combina y elabora bási­camente los tipos de argumentos cortos que en ellos se exponen. No pase por alto los primeros capítulos y no salte al de los ensayos basados en argumentos, aun cuando se acerque a este libro en búsqueda de ayuda, fundamentalmente, para escribir un ensayo. El libro es lo suficien­temente corto como para leerlo desde el comienzo hasta los capítulos VII, VIII y IX, y cuando usted llegue, a ese punto tendrá las herramientas que necesita para manejar correc­tamente aquellos capítulos. Los profesores pue­den recomendar los capítulos 1-VI al comienzo del trimestre, y los capítulos VII-IX en el momento de escribir el ensayo.
El capítulo X concierne a las falacias, es decir: a los argumentos que conducen a error. En él se resumen los errores generales expuestos en el resto de este libro, y finaliza con una sínte­sis de los muchos argumentos equívocos que son tan tentadores y comunes que incluso tie­nen sus propios nombres. El Apéndice ofrece algunas reglas para construir y evaluar las defi­niciones.

CAPÍTULO I.

LA COMPOSICIÓN
DE UN ARGUMENTO CORTO

Algunas reglas generales

El capítulo I ofrece algunas reglas generales para componer argumentos cortos. Los capítu­los II al VI tratan tipos específicos de argumen­tos cortos.

1. Distinga entre premisas y conclusión
El primer paso al construir un argumento es preguntar: ¿Qué estoy tratando de probar? ¿Cuál es mi conclusión? Recuerde que la con­clusión es la afirmación en favor de la cual usted está dando razones. Las afirmaciones mediante las cuales usted ofrece sus razones son llamadas «premisas».

Considere esta broma de Winston Churchill:
Sea optimista. No resulta de mucha utilidad ser de otra manera.

Éste es un argumento porque Churchill está dando una razón para ser optimista: su premisa es que «no resulta de mucha utilidad ser de otra manera».

La premisa y la conclusión de Churchill son bastante obvias, pero las conclusiones de algu­nos argumentos pueden no ser obvias hasta el momento en que se las señala. Sherlock Holmes tiene que explicar una de sus conclusiones clave en La aventura de Silver Blaze:



Un perro estaba encerrado en los establos, y, sin embargo, aunque alguien había estado allí y había sacado un caballo, no había ladra­do. Es obvio que el visitante era alguien a quien el perro conocía bien...
Holmes tiene dos premisas. Una es explícita: el perro no ladró al visitante. La otra es un hecho general acerca de los perros que presume que nosotros conocemos: los perros ladran a los desconocidos. Estas dos premisas juntas impli­can que el visitante no era un desconocido.
Cuando usted utilice argumentos como un medio de indagación, tal como lo describí en la Introducción, puede comenzar, a veces, tan sólo con la conclusión que quiere defender. Antes que nada, expóngala con claridad. Si quiere tomar a Churchill y seguir sus palabras, y argüir que debemos ser verdaderamente optimistas, dígalo así de explícito. Entonces, pregúntese a sí mismo qué razones tiene para extraer esa con­clusión. ¿Qué razones puede dar para probar que debemos ser optimistas?
Usted podría apelar a la autoridad de Chur­chill; si Churchill dice que debemos ser optimis­tas, ¿quiénes somos usted y yo para criticarlo? Sin embargo, esta apelación no le llevará muy lejos, ya que es probable que un número igual de personas famosas recomendaran el pesimismo. Usted tendría que pensarlo por su propia cuen­ta. Una vez más: ¿Cuál es su razón para pensar que debemos ser optimistas?
Quizás su idea es que ser optimista le da más energía para trabajar en pos del éxito, mientras que los pesimistas se sienten derrotados desde el comienzo y, por lo tanto, ni siquiera lo intentan. Entonces, usted tiene una premisa principal: los optimistas probablemente tienen más éxito en alcanzar sus objetivos. (Quizás esto es lo que Churchill quería decir también.) Si ésta es su razón, dígalo explícitamente.
Una vez que haya terminado de leer este libro, tendrá un catálogo útil de muchas de las diferentes formas que los argumentos pueden tener. Úselos para desarrollar sus premisas. Para defender una generalización, por ejem­plo, examine el capítulo II; le recordará que necesita dar una serie de ejemplos como pre­misas y le dirá qué tipo de ejemplos tiene que buscar. Si su conclusión necesita un argumen­to «deductivo» como los explicados en el capí­tulo VI, las reglas que se presentan en ese capí­tulo le dirán qué premisas necesita. Puede que precise intentar muchos argumentos diferen­tes antes de que encuentre uno que opere ade­cuadamente.
2. Presente sus ideas en un orden natural

Usualmente, los argumentos cortos se escri­ben en uno o dos párrafos. Ponga primero la conclusión seguida de sus propias razones, o exponga primero sus premisas y extraiga la con­clusión al final. En cualquier caso, exprese sus ideas en un orden tal que su línea de pensa­miento se muestre de la forma más natural a sus lectores. Considere este argumento corto de

Bertrand Russell:
Los males del mundo se deben tanto a los defectos morales como a la falta de inteligencia. Pero la raza humana no ha descubierto hasta ahora ningún método para erradicar los defec­tos morales [...] La inteligencia, por el contrario, se perfecciona fácilmente mediante métodos que son conocidos por cualquier educador com­petente. Por lo tanto, hasta que algún método para enseñar la virtud haya sido descubierto, el progreso tendrá que buscarse a través del per­feccionamiento de la inteligencia antes que del de la moral.1

En este pasaje, cada afirmación conduce naturalmente a la siguiente. Russell comienza señalando las dos fuentes del mal en el mundo: «los defectos morales», como él los denomina, y la falta de inteligencia. Afirma entonces que des­conocemos cómo corregir «los defectos mora­les», pero que sabemos cómo corregir la falta de inteligencia. Por lo tanto -adviértase que la expresión «por lo tanto» indica claramente su conclusión-, el progreso tendrá que llegar mediante el perfeccionamiento de la inteligencia.

  1. Skeptical Essays, Londres, Allen and Unwin, 1935; reimp. 1977, p. 27.


Cada frase de la cita está precisamente en el lugar que le corresponde, a pesar de que había muchísimos lugares para el error. Supóngase que Russell hubiera escrito, en cambio, algo similar a esto:
Los males del mundo se deben, por com­pleto, tanto a los defectos morales como a la falta de inteligencia. Hasta que algún método para enseñar la virtud haya sido descubierto, el progreso tendrá que buscarse a través del per­feccionamiento de la inteligencia antes que del de la moral. La inteligencia se perfecciona fácil­mente por métodos que son conocidos por cualquier educador competente. Pero la raza humana no ha descubierto hasta ahora ningún medio para erradicar los defectos morales.
Son exactamente las mismas premisas y con­clusión, pero están en un orden diferente, y la expresión «por lo tanto», previa a la conclusión, fue omitida. Ahora el argumento es mucho más difícil de entender. Las premisas no están entre­lazadas naturalmente, y usted tiene que leer el pasaje hasta dos veces para comprender cuál es la conclusión. No cuente con que sus lectores sean tan pacientes.
Intente reordenar varias veces su argumento con el objeto de encontrar el orden más natural. Las reglas que se presentan en este libro deben ayudarle: puede usarlas no sólo para reconocer qué premisas necesita, sino también para saber cómo ordenarlas en el orden más natural.

3. Parta de premisas fiables
Aun si su argumento, desde la premisa a la conclusión, es válido, si sus premisas son débi­les, su conclusión será débil.
Nadie en el mundo es realmente feliz en la actualidad. Por lo tanto, parece que los seres humanos no están hechos precisamente para alcanzar la felicidad. ¿Por qué deberíamos espe­rar lo que nunca podemos encontrar?
La premisa de este argumento es la afirma­ción de que nadie en el mundo es realmente feliz en la actualidad. Pregúntese si la premisa es plausible. ¿Nadie en el mundo es realmente feliz en la actualidad? Esta premisa necesita, al menos, alguna justificación, y es muy probable que no sea precisamente verdadera. Este argu­mento no puede mostrar, entonces, que los seres humanos no estamos hechos para alcanzar la felicidad, o que no debemos esperar ser felices.
A veces resulta fácil partir de premisas fia­bles. Puede tener a mano ejemplos bien conoci­dos, o autoridades bien informadas que están claramente de acuerdo. Otras veces es más difí­cil. Si usted no está seguro acerca de la fiabilidad de una premisa, puede que tenga que realizar alguna investigación, y/o dar algún argumento corto en favor de la premisa misma. (Volveremos a este tema en los últimos capítulos, especial­mente en el apartado A.2 del capítulo VII.) Si encuentra que no puede argüir adecuadamente en favor de su(s) premisa(s), entonces, por supuesto, tiene que darse completamente por vencido, y comenzar de otra manera.

4. Sea concreto y conciso

Evite los términos generales, vagos y abstrac­tos. «Caminamos horas bajo el sol» es infinita­mente mejor que «Fue un prolongado período de esfuerzo laborioso». Sea conciso también. La ela­boración densa sólo hace que el lector -e inclu­so el autor- se pierda en un mar de palabras.

NO:

Para aquellos cuyos papeles involucraban pri­mariamente la realización de servicios, a diferen­cia de la adopción de las responsabilidades de líder, la pauta principal parece haber sido una res­puesta a las obligaciones invocadas por el líder que eran concomitantes al estatus de miembro en la comunidad societaria y a varias de sus unida­des segmentales. La analogía moderna más próxi­ma es el servicio militar realizado por un ciuda­dano normal, excepto que al líder de la burocra­cia egipcia no le hacía falta una emergencia especial para invocar obligaciones legítimas.2
sí:
En el antiguo Egipto, la gente común esta­ba sujeta a ser reclutada para el trabajo.

5. Evite un lenguaje emotivo
No haga que su argumento parezca bueno caricaturizando a su oponente. Generalmente las personas defienden una posición por razones serias y sinceras. Trate de entender sus opiniones aun cuando piense que están totalmente equivo­cadas. Una persona que se opone al uso de una nueva tecnología no está necesariamente en favor de «un retorno a las cavernas», por ejem­plo, y una persona que cree que la evolución no es afirmar que su abuela era un mono. Si usted no puede imaginar cómo podría alguien sostener el punto de vista que usted está atacando, es por­que todavía no lo ha entendido bien.
En general, evite el lenguaje cuya única fun­ción sea la de influir en las emociones. Éste es un ejemplo de «lenguaje emotivo».

Tras permitir que sus antaño orgullosos tre­nes de pasajeros cayeran vergonzosamente en el olvido, América está moralmente obligada a restablecerlos ¡ya!
Supuestamente éste es un argumento para restablecer (más) el servicio de los trenes de pasajeros. Pero no ofrece ninguna prueba para llegar a esa conclusión sea cual sea, tan sólo unas cuantas palabras con una gran carga emo­cional -palabras gastadas, también, como las de un político autómata. ¿El tren de pasajeros «cayó en el olvido» por algo que «América» hizo o dejó de hacer? ¿Qué tiene esto de «vergonzo­so»? Muchas instituciones «antaño orgullosas» dieron al traste y, al fin y al cabo, no estamos obligados a restablecerlas todas. ¿Qué significa que América está «moralmente obligada» a hacer esto? ¿Se han establecido y quebrantado las premisas? ¿Por parte de quién?
Estoy seguro de que se puede hablar mucho de restablecer los trenes de pasajeros, especial­mente en esta era en que los costes ecológicos y económicos de las autopistas están alcanzando niveles enormes. El problema es que este argu­mento no lo dice. Deja que las connotaciones de las palabras hagan todo el trabajo y, por esta razón, no funciona en absoluto. Al final acaba­mos exactamente en el punto de partida. Cuan­do sea su turno/le toque a usted, remítase a las pruebas.
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