Jorge abelardo ramos editorial sudestada



Descargar 443,82 Kb.
Página3/12
Fecha de conversión23.09.2017
Tamaño443,82 Kb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

SAN MARTIN Y LA REACCION CLERICAL

Pero que San Martin no se dejaba manejar ni confundir tampoco por los enemigos clericales de Rivadavia, lo demostraría en esos mismos días. Como es bien sabido, Rivadavia realizó la conocida reforma eclesiástica, que despertó una violenta resistencia de los sectores más reaccionarios del clero español en Buenos Aires. Las medidas adoptadas por Rivadavia fueron típicamente regalistas, esto es, estaban dentro de la mejor tradición progresiva de su tiempo y tendían a imponer el control del Estado sobre toda clase de actividades civiles, educacionales o religiosas.



CLERO CRIOLLO Y CLERO ABSOLUTISTA

Esta política no procedía del ateísmo de Rivadavia, que era católico como lo había sido Carlos III, otro firme regalista. Se trataba pura y simplemente de simplificar la administración eclesiástica, de impedir los escándalos frecuentes que estallaban en los conventos y monasterios, de abolir el fuero clerical, suprimir los diezmos, reducir los frailes de cada convento a treinta como máximo y diez y seis como mínimo e impedir que nadie, hombre o mujer, pudiera hacer votos de fraile o monja sin tener más de treinta años. También estableció la curia eclesiástica con la jurisdicción correspondiente. La reforma eclesiástica, en realidad, estaba dirigida esencialmente contra el absolutismo español en América, pues la inmensa mayoría del clero criollo culto había abrazado firmemente la causa de la revolución americana, transformándose sus figuras más destacadas en hombres públicos, diplomáticos, oradores o publicistas.” Esta absorción del clero criollo por la política, escribe López, había dejado los servicios menores del culto en manos de la escoria del gremio, españoles algunos, que rompieron la disciplina y violaron el más elemental decoro. Muy luego, la impunidad garantida por el descuido y por el fuero eclesiástico aumentó hasta el extremo el licencioso estado de los conventos, que no sólo orgías sino riñas y asesinatos a puñal tenían lugar allí dentro por causas torpes.”

A esto debe agregarse la abundante emigración producida en España con el triunfo del liberalismo revolucionario durante los primeros años de la revolución napoleónica, que arrojó a las playas de América a miles de clérigos absolutistas y ultrareacceonarios. Todos ellos pertenecían a un partido absolutista- católico, conocido como el partido apostólico, cuyo programa era la defensa del trono y del altar y el exterminio del liberalismo. Bajo la influencia de la Santa Alianza y del Papa, esta multitud de gentes de sotana invadió los distintos países de América y constituyó el núcleo más parasitario y subversivo del clero. Es con esta masa de clérigos holgazanes y turbulentos que el partido católico resistirá las medidas reformistas de Rivadavia y estallará el motín encabezado por Tagle en 1823. El partido apostólico comprometido en la conspiración de Tagle, buscará el apoyo de las fuerzas nacionales que se oponían al gobierno de Rivadavia por muy otras razones y llegará hasta solicitar la ayuda de San Martín. El jefe del Ejército de los Andes rechazó con energía este intento, pues en este aspecto no podía sino estar de acuerdo con Rivadavia en su condición de liberal revolucionario formado en el Ejército español. Así lo dice expresamente en una carta a Guido:

Usted sabe que Rivadavia no es un amigo mío... a pesar de esto sólo pícaros consumados no serán capaces de estar satisfechos de su administración, la mejor que se ha conocido en América.”



Frente a la reacción clerical extranjera, San Martín no podía sino sostener a Rivadavia. De ahí que resulta por lo menos asombroso el intento del nacionalismo clerical contemporáneo de atribuir al Ejército Argentino una beatería y un catolicismo militante de tipo romano que jamás tuvo, puesto que el nacionalismo de San Martin, como será luego el de Roca, fue un nacionalismo liberal y democrático, mucho antes que los nacionalistas infundieran a la palabra nacionalismo un sentido cavernícola y que el liberalismo se hiciera antinacional, negando así sus propios orígenes.

LA BURGUESÌA PORTEÑA TRAICIONA LA REVOLUCION AMERICANA

Cuando el partido rivadaviano vuelve sus espaldas al destino de la revolución americana, bajo el pretexto de la escasez de sus recursos, ¿cuál era el estado real de la opulenta provincia? Vicente Fidel López, un porteño embebido en la tradición familiar, que ha escuchado estos sucesos por boca de su padre, el ilustre autor del himno nos lo dirá:

Sucedía en Buenos Aires en 1821 lo que sucede entre los pasajeros y la tripulación que se salvan de un naufragio inminente: la alegría puso en contacto todos los espíritus. Ya no había amenazas internas ni externas. La España estaba reducida a la impotencia y envuelta en todas las miserias de la pobreza, de la crisis final y de la guerra civil. Artigas hundido en el báratro paraguayo, “in profundis”, y Ramírez muerto. Nada y nadie quedaba que pudiera perturbar la alegría de los que habían llegado a puerto después del terrible vendaval. Al menos si alguien quedaba, no se le veía la cabeza ni se oía su voz. Busto será un caudillo incómodo, pero bonachón y pacífico. La provincia de Buenos Aires estaba, pues, libre y entregada al espíritu de progreso en todos los sentidos: progreso político por medio del sistema representativo con cámaras, elecciones, debates públicos y magistrados responsables. La provincia estaba todo entera como en una fiesta de familia: y contados eran, quizá no pasaban de seis, los hombres de nombre o de influjo que no habían concurrido con los brazos abiertos y con el semblante amigable a estrecharse y poner su contingente en este acuerdo común. Con la paz y la tranquilidad pública los intereses agrícolas habían tomado un vuelo rápido. El comercio inglés buscaba con avidez los cueros de nuestro ganado y los demás productos de nuestros campos. Con este favor se levantaron ricos y bien inspirados, al norte y al sur, nuestros viejos hacendados, los Mìguez, Castex, Obligado, Lastra, Suárez, Acevedo, Anchorena y cien otros…”

Se comprenderá bien la razón por la cual el ejército debió constituirse en partido político bajo la inspiración de San Martín frente a esta oligarquía estrecha y seudoculta, enceguecida por la sed de riqueza, desinteresada de todo lo que no fuera la prosperidad de la ciudad y el goce de su puerto. ¡El cuero y el minué, Lerminier y el tasajo, todo era perfecto en esa París aldeana!

La negativa de la fracción rivadaviana de apoyar a San Martín tendrá consecuencias trágicas para el país. Al carecer de los recursos que podía aportarle su propia tierra a través de la ciudad de Buenos Aires (apropiada del puerto y de las rentas aduaneras de todo el país), San Martín se encuentra sin fuerzas para enfrentar a las tropas de La Serna en el Perú, integrada por 18.000 veteranos; vese obligado a ceder a Bolívar el honor de concluir en Ayacucho con el poder absolutista.

Sometido a la impotencia, San Martín renuncia a su vida pública, abandona el Perú y se refugia en Europa. Ese es todo el secreto de su célebre “renunciamiento”. De ese drama los historiadores porteños han extraído las frases sobre la “santidad” sanmartiniana y su “desinterés” por el poder. ¡Qué ironía, y que tragedia! Frustrado así su gigantesco plan, que consistía en independizar Chile para libertar al Perú y reintegrar las cuatro provincias del Alto Perú al seno de las Provincias Unidas lo reemplaza Bolívar. Cuando éste se disponía a devolver al Río de la Plata las provincias altoperuanas, el congreso rivadaviano de Buenos Aires aprueba una ley que acuerda “Soberanía” a esas provincias4 .

La política de disgregación territorial es típica de Rivadavia y del imperialismo británico. La derrota de San Martín implicará una derrota política del ejército, que ya no habrá de rehacerse durante mucho tiempo. Rivadavia licenciará a centenares de militares, liquidándoles por contaduría el valor de su grado a cada uno, pagándoles su total en títulos de la deuda pública; jubiló a los soldados de la Independencia para realizar en paz el sueño mercantil de la gran aldea.

LA GUERRA CON EL BRASIL RESTABLECE EL EJERCITO NACIONAL

El desprestigio de la política rivadaviana, sobre todo entre los hacendados bonaerenses, había afectado la candidatura de este curioso ejemplar de prócer para suceder al general Martin Rodríguez como gobernador de Buenos Aires. Por el voto de la Junta de Representantes triunfó el general don Juan Gregorio de Las Heras, uno de los más destacados jefes que acompañaron a San Martin en sus campañas americanas. Pero Las Heras, muy porteño, había conspirado contra el libertador en Perú y estaba distanciado de él. En realidad, era un prisionero del núcleo unitario porteño, encarnado en la figura de Manuel J. García, ministro de Relaciones Exteriores y de Hacienda, símbolo de los intereses británicos en el Plata.

El imperio del Brasil ocupaba desde hacía diez años la Banda Oriental, bautizándola como Provincia Cisplatina. Debe señalarse que las fricciones argentino-brasileños en el Rio de la Plata prolongaban en el Nuevo Mundo la ruptura de la unidad nacional ibérica, sostenida en Europa por los intereses británicos.

La chispa decisiva fue producida por la proeza de los 33 orientales acaudillados por Lavalleja. Procedentes de Buenos Aires, desembarcaron en la costa oriental, levantaron la campaña, derrotaron a las fuerzas brasileñas de ocupación y fueron aclamados por el pueblo hermano. La hazaña conmovió a todo el país y era evidente que si los argentinos no concurrían a sostener los derechos orientales, Brasil terminaría por aplastarlos: esperaba cinco mil veteranos contratados en Austria; su revancha era inevitable e inminente. El apoyo argentino a su provincia oriental implicaba la guerra con el Brasil y a esto se oponía con todas sus fuerzas el partido rivadaviano. García, ministro argentino y agente inglés, todo al mismo tiempo, consideraba que la prosperidad de la provincia sería comprometida en ese caso por una aventura funesta. Pero el 25 de agosto de 1825 el congreso de los Pueblos Orientales, reunido en la ciudad de la Florida, declaró solemnemente que:

El voto decidido y constante de la Provincia Oriental era por la unidad con las demás provincias argentinas, a que siempre perteneció por los vínculos que el mundo conoce.”

No había más remedio que aceptar la realidad: el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata dictaba pocos días después una ley por la cual reconocía incorporada de hecho la Banda Oriental. El emperador del Brasil declaró la guerra; bajo la presión de las circunstancias el Congreso dominado por los unitarios porteños disimuló su repugnancia, y dictó una ley de creación del Ejército nacional, integrado con los contingentes provinciales. Fue una de las guerras más populares en la historia militar del país y quizá la ley más saboteada por el gobierno que debía dirigirla. Porque con el pretexto de la guerra del Brasil, la mayoría unitaria del Congreso argumentó la necesidad de crear un poder nacional fuerte para conducir con eficacia las operaciones. Ganó con ese argumento la voluntad del general Las Heras, gobernador de la provincia. Este renunció y el 1 de febrero de 1826 se votó la ley de Presidencia, designándose para el cargo a Rivadavia.



RIVADAVIA INVADE LAS PROVINCIAS

Inmediatamente Rivadavia dio un golpe disolviendo la Legislatura bonaerense y el gobierno de la provincia, y centralizando en sus manos todo el poder nacional. Excusándose en las necesidades de la guerra, Rivadavia envió jefes y tropas porteñas, encabezadas por oficiales del tipo de La Madrid, un hombre arrojado y obtuso, para remover las autoridades provinciales. Mientras las provincias se disponían a enviar sus fuerzas para contribuir a la guerra del Brasil, Rivadavia promovía la guerra civil con sus medidas absorbentes y oligárquicas. La constitución unitaria dictada al mismo tiempo por el Congreso era rechazada por todos los caudillos. Simultáneamente el Ejército Nacional reconstituido bajo el comando del general Carlos María de Alvear había obtenido decisivas victorias contra el imperio. Para consumar la triunfante campaña, Alvear necesitaba refuerzos y caballadas. Ahora le tocaba el turno a Rivadavia. Se repetiría aquí el mismo e increíble episodio de los tiempos de Rondeau: era imposible ayudar a emancipar y reunificar a nuestra provincia oriental, pues se necesitaban las fuerzas de Alvear para aplastar la anarquía de los caudillos insurgentes de nuestras propias provincias. El ejército argentino debía ejercer una vez más funciones de policía contra su pueblo. Sin vacilar un minuto, Rivadavia iniciaba urgentes negociaciones de paz con el Emperador, exactamente en el mismo momento en que las armas argentinas triunfantes en Ituzaingò podían garantizar la reincorporación de la Banda Oriental.

Rivadavia envió a García con instrucciones reservadas para firmar una paz a cualquier precio en Río de Janeiro. Téngase presente que detrás de García estaba el Imperio Británico, resuelto a impedir la reincorporación de la Banda Oriental a las provincias argentinas que fortalecería la creación de un país poderoso, dueño de ambos puertos en el gran estuario. En lugar de dictar condiciones, García aceptó las del emperador derrotado, reconociendo sus derechos en la Banda Oriental y aceptando su reincorporación al Brasil. La indignación de las provincias argentinas y de la propia Buenos Aires fue tan general, que originó la caída de Rivadavia, y su ruina política definitiva.

La caída del gobierno rivadaviano arrastró consigo la disolución del congreso unitario, del régimen presidencial y de las pomposas instituciones construidas en el vacío por el estadista europeizante. Dorrego ocupó su lugar en calidad de Gobernador de la provincia de Buenos Aires. Era un antiguo oficial de San Martín y de Belgrano, un bolivariano notorio, federal y democrático; dispuesto a conciliar con los caudillos, conservaba todavía los viejos ideales americanos de la generación sanmartiniana. Como la guerra incomodaba los intereses del comercio británico, los ingleses estaban interesados en la paz, lo mismo que sus dilectos amigos García y Rivadavia. Dorrego también estaba dispuesto en firmarla, a condición de garantizar la reincorporación de la Banda Oriental a las provincias argentinas.



CANNING CREA LA SOBERANIA URUGUAYA

Debe recordarse, por otra parte, que todo el interior y los caudillos representativos contribuían a la integración del ejército nacional para la guerra contra el Brasil: Bustos, Quiroga y López proporcionaban importantes contingentes. Pero la diplomacia inglesa actuó rápidamente y con eficacia. Designada como mediadora por el gobierno de Rivadavia, mandato que no había revocado Dorrego, propuso una fórmula de transacción que consistía en reconocer por ambos bandos la independencia absoluta de la Banda Oriental. Esta iniciativa británica creaba un Gibraltar rioplatense, una base histórica de operaciones imperialistas para debilitar al Brasil y a la Argentina, sobre todo a esta última, y sostenía un sistema de dos puertos con intereses contrapuestos en la boca del Plata. Dorrego rehusó aceptar esta proposición fatal; pero la diplomacia británica lo doblegó financieramente. El Banco Nacional creado por Rivadavia tenía una mayoría de accionistas ingleses y era el principal proveedor de recursos para el Ejército y el gobierno. Como lo dirá Lord Ponsonby en cartas de un cinismo esclarecedor, los ingleses aplastaron la voluntad de pelear de Dorrego y lo obligaron a firmar el infame tratado de 1828.

A la pérdida de las cuatro provincias altoperuanas, se agregaba la segregación de la Banda Oriental. Dorrego, Tomás Guido, confidente de San Martín, Juan Ramón Balcarce, héroe de las guerras de la independencia, intervinieron en las negociaciones y aceptaron el indigno final. Si algo faltaba para indicar que el viejo partido militar creado por San Martín estaba definitivamente ultimado, estos nombres prestigiosos al pie del acuerdo no harían sino corroborarlo. Pero la paz con el Brasil produciría otra víctima y ésta sería el mismo Dorrego. Al desmovilizarse los ejércitos de Ituzaingò, envuelto en desprestigio el gobierno de Dorrego por aceptar la herencia rivadaviana, el partido unitario porteño se preparó para otra fechoría. La división de veteranos porteños que volvía del Brasil, encabezada por el general Juan Lavalle (este último del género de La Madrid, porteño, fanfarrón y sin una sola idea en la cabeza) seducido por las insinuaciones unitarias, vio en Dorrego al causante de todos los males y al amigo de los caudillos bárbaros. El 1 de diciembre de 1828, Lavalle amotinó su división y derrocó a Dorrego, lo persiguió en Navarro y lo fusiló sobre el campo, asumiendo toda la responsabilidad ante la historia. Una desgarradora guerra civil incendió el territorio argentino.

El Ejército nacional se disolvió nuevamente en facciones provinciales y conservó, según los casos, algunos caracteres más o menos regulares, según fuesen los recursos de la provincia que los sustentaban. En este caso, Buenos Aires sería por sus rentas aduaneras la más capaz de mantener un ejército de línea. La inmolación de Dorrego permitió el ascenso al poder de la provincia del general Lavalle. Su única base de apoyo era el partido unitario ligado al comercio internacional. A su vez, los ganaderos bonaerenses, vinculados por su función a la tierra de origen, económicamente más fuertes que los comerciantes, con una comprensión más profunda de la psicología gauchesca, y que por coincidencia de intereses habían apoyado hasta ese momento a los gobiernos unitarios, cambiaron de frente. Mientras que la burguesía comercial rivadaviana insistía una y otra vez en organizar el país bajo su hegemonía, para arrasar las economías artesanales y ganar ese mercado interior a los productos manufacturados de Inglaterra, los ganaderos tenían frente al interior una actitud puramente pasiva y en último análisis indiferente.



ROSAS Y EL EJÉRCITO

Toda su política se dirigía a exportar en paz su sebo, su cuero, su tasajo. Se imponía encontrar, en consecuencia, una política capaz de no suscitar la constante rebelión de las provincias en virtud de la prepotencia porteña y aislar a Buenos Aires del foco de miseria y perturbaciones que irradiaba el Interior. Para prestar a esa política un color grato al interior, los ganaderos se hicieron federales; su jefe, Juan Manuel de Rosas, el más rico y perspicaz de todos ellos, retuvo para Buenos Aires, lo mismo que los unitarios rivadavianos, el control del puerto único y las rentas proporcionadas por el tráfico aduanero. Pero no envió ejércitos al interior para arrasar las economías industriales ni pretendió imponerles Constituciones unitarias. Por el contrario, postergó mientras le fue posible toda tentativa de organización nacional, que sólo podía perjudicar a Buenos Aires, al nacionalizar las rentas de la Aduana y federalizar la Capital. Llegó así a un “statu quo” con los caudillos. Ensayó un sistema de protección industrial de tipo arancelario, para preservar las industrias primitivas de la competencia extranjera, calmando así la inquietud del interior mediterráneo. Al litoral embravecido, que exigía la libre navegación de los ríos para comerciar también él con el exterior, lo amansó mediante acuerdos temporarios, dádivas en cabezas de vacas o en último caso, abierta represión.

A los comerciantes unitarios los dejó hacer dinero, pero los apartó de los negocios públicos con mano de hierro. Mientras la provincia y la ciudad se enriquecieron prodigiosamente bajo su gobierno, el interior vegetó como lo había hecho siempre. Pues la protección arancelaria otorgada por Rosas con su Ley de Aduana de 1835 no constituía sino una defensa pasiva de aquellas industrias primitivas de las provincias. Estas requerían, por el contrario, una protección activa, una financiación y una tecnificación que sólo podía obtenerse con una política económica nacional fundada en los recursos aduaneros del país usufructuados por Buenos Aires. Es aquí donde Rosas se detiene y es aquí donde se define su política bonaerense y los límites de su pregonado nacionalismo. Porteño como lo había sido Rivadavia, Lavalle, y como lo será Mitre, la política de Rosas tendrá mayor amplitud y un sentido nacional más profundo, sobre todo en las relaciones con el exterior.

Los comerciantes porteños eran simples intermediarios de Europa, traficantes de abalorios, de efectos, de modas e ideas europeas. A su vez, los ganaderos bonaerenses eran propietarios de sus medios de producción en tiempos en que los hacendados sabían montar a caballo y no se vestían en la sastrería Pool de Londres. Las diferencias son notorias y evidentes por sí mismas. Pero la pasividad de Rosas ante la indigencia provinciana tendrá profundas consecuencias históricas, como ya se verá. Durante su largo gobierno, que abarca casi dos décadas de la historia nacional, el Ejército continuará parcelado en legiones provinciales, obedientes a diferentes caudillos. Circunstancialmente estas fuerzas se “confederaran”, pero sin fusionarse como un ejército homogéneo. Buenos Aires tendrá, como cabe imaginar, un ejército bien montado, vestido y alimentado, y con el armamento que podía comprarse con una tesorería floreciente. Los ejércitos de provincia, por el contrario, antes y durante Rosas, serán ejércitos harapientos y miserables, recelosos siempre ante la política porteña, con oficiales improvisados, sueldos incobrables y uniformes irreconocibles.

Tampoco el vencedor de Rosas en Caseros, el entrerriano Urquiza, generalísimo del Ejército Grande, encabezará en esa ocasión un Ejército y una política realmente nacional. El desfile por las calles de Buenos Aires realizado el 20 de febrero (aniversario de Ituzaingò) de las tropas pertenecientes al imperio esclavistas, bastará para señalar el carácter espùreo de la alianza que dio la victoria a Urquiza en Monte Caseros. Su ejército estaba formado por soldados entrerrianos, correntinos, orientales y brasileños. Las restantes provincias argentinas no aportaron un solo soldado a la campaña, aunque la siguieron con tensa expectativa, pues alimentaban la esperanza de que al fin el país podría ser organizado y sacado de su marasmo.

LOS CAUDILLOS RECREAN EL EJERCITO NACIONAL

La personalidad de Urquiza - caudillo y entrerriano, al fin- como bien se pudo ver en seguida, inspiró confianza a las provincias interiores. La reunión de los caudillos gobernadores en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos demostró que Urquiza estaba dispuesto a emprender el gran camino de la organización nacional. Importa a nuestro asunto destacar que los viejos caudillos gauchos que se unieron en San Nicolás echaron las bases de la organización definitiva de la República. Así como el Acuerdo reconocía el Pacto Federal del 4 de enero de 1831 como “Ley Fundamental de la República”, en el artículo 15 se designaba al general Urquiza como:

…”general en jefe de los ejércitos de la confederación con el mando efectivo de todas las fuerzas militares que actualmente tengan en pie cada provincia.”

Esto implicaba de hecho el restablecimiento del Ejército argentino. El Acuerdo de San Nicolás designaba asimismo a la ciudad de Santa Fe como asiento de un Congreso General federativo para organizar la Nación. Esto no era todo, sino tan sólo el comienzo. Los caudillos gobernadores resolvieron también la organización de una administración nacional y la supresión de las aduanas interiores. Pero suprimir las aduanas interiores, que en su inmensa pobreza aportaban algunos pesos fuertes al erario provincial, sin nacionalizar la aduana de Buenos Aires que recibía toda la renta del país, era hundir a las provincias en un abismo de indigencia.

La burguesía porteña advirtió de inmediato el complejo de fuerzas que empezaba a formarse con el Acuerdo de San Nicolás. Intuyó con claridad meridiana que el próximo paso sería la nacionalización de las aduanas, y quizá la federalización de la ciudad porteña. La temida organización del país, que iría a distribuir la riqueza porteña entre todos los argentinos, parecía inminente. Los unitarios porteños estaban estupefactos: ¿Para esto hemos derribado a Rosas? Y los rosistas porteños los miraban con una mezcla de indignación y desprecio: ¡Para esto lo han derribado! Pero las antiguas disputas facciosas se volatilizaron en pocos días. Unitarios y federales de Buenos Aires, su patria chica, su verdadera patria, se abrazaron para fortalecerse. Así fue como se presenció el incomparable espectáculo de la ciudad fenicia que olvidaba sus disputas pasajeras y se disponía a desconocer la voluntad nacional.

La legislatura porteña rechazó por mayoría el Acuerdo de San Nicolás, ya que la creación de un Ejército nacional al mando de un caudillo entrerriano implicaba que por primera vez en la historia argentina el conjunto de provincias tendría la fuerza necesaria para imponerse a la provincia de Buenos Aires. En estas circunstancias hace su aparición en la política argentina el coronel Mitre, intérprete de los intereses importadores y del ideario de Rivadavia al cual llamara

El más grande hombre civil en la tierra de los argentinos”.

Mitre encabeza en la legislatura la oposición porteña al Acuerdo de San Nicolás. La ciudad estaba amotinada; el gobernador López y Planes se ve obligado a presentar su renuncia, y en medio del caos bonaerense Urquiza disuelve la legislatura y otorga el poder al general Galán. Mientras tanto, el Congreso General Constituyente se disponía a reunirse en Santa Fe, y Urquiza parte de Buenos Aires para asistir a sus sesiones. Tal es el momento elegido por las tropas porteñas para dar un golpe de estado el 11 de setiembre. Se reconstituye la disuelta legislatura y se elige gobernador de la provincia a Valentín Alsina, uno de los más característicos representantes de la ceguera unitaria y de la infatuación porteña.

Alsina promulga de inmediato una ley por la cual la provincia de Buenos Aires desconoce los actos de los diputados de Santa Fe. Al mismo tiempo retira a Urquiza el manejo de las Relaciones Exteriores, se da a sí misma el carácter de un Estado independiente y establece relaciones diplomáticas con todos los países del mundo. La burguesía comercial, apoyada en su puerto y en su aduana, en sus tropas de línea, regularmente pagadas, y en la simpatía de las potencias extranjeras, desafía la voluntad nacional y erige su propia soberanía. Queda inaugurado un nuevo período de sangrientas guerras civiles, que enfrentarán a Buenos Aires con todo el resto de la Confederación Argentina. Esta última establece su capital en la ciudad de Paraná. El Ejército recién creado se divide una vez más. Al lado de Buenos Aires la tropa facciosa del mitrismo y junto a Urquiza el resto del Ejército nacional. Las mejores figuras de las fuerzas armadas y los viejos soldados de las guerras de la independencia, rodearán a Urquiza, a quién también apoyaran Alberdi, Lucio V. Mansilla, el general Guido. Esta generación, conocida como la de los hombres del Paraná, reunirá lo mejor del Ejército argentino y de la inteligencia nacional.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal