Jorge abelardo ramos editorial sudestada



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BUENOS AIRES Y LAS GUERRAS CIVILES

La activa ciudad contrabandista, comercial, improductiva, burocrática y cosmopolita abrazó el librecambismo con furor y codicia, pues el librecambio con Inglaterra la enriquecía; pero al mismo tiempo esa misma política iría a empobrecer y sumir en la miseria a todas las provincias mediterráneas que carecían de productos exportables y que solamente podían encontrar en el desarrollo y modernización de sus industrias artesanales la posibilidad de alcanzar una vida digna junto a la libertad política. Los porteños se resistieron a distribuir las rentas aduaneras con todas las provincias argentinas, a las que en rigor pertenecían, en igualdad de derechos con Buenos Aires. Su política librecambista, si bien permitía prosperar a los ganaderos y comerciantes, arruinaba las manufacturas del interior. Tales fueron los dos elementos claves de las guerras civiles inminentes. De ese hecho derivan todas las interpretaciones históricas posteriores que se hicieron con respecto a la Revolución de Mayo. Mitre ha tenido un papel preeminente en esa deformación interesada de nuestro pasado. Del mismo modo que Rivadavia, Mitre expresaría los intereses de la burguesía comercial porteña y tendría el mayor empeño en presentar a la Revolución de Mayo como producto de la necesidad del libre cambio y en consecuencia, como feliz producto de la amistad inglesa. Esta interpretación maliciosa y profundamente errónea desligaba a la revolución de Mayo del conjunto de la revolución americana y sobre todo de sus implicancias con la revolución nacional y popular de España. Toda la historia ulterior de San Martín y su fracción política militar, así como el secreto de las guerras civiles sobrevivientes se fundarán en la absorción ilegítima del poder nacional por los facciosos de la burguesía porteña.

En ese año de 1812, San Martín intervendrá por primera y última vez en la política interna de Buenos Aires. Puede decirse que la famosa revolución del 8 de octubre de ese año, en la cual la guarnición de Buenos Aires al mando de San Martín y de Alvear, se concentran en la Plaza de la Victoria y exigen con la muchedumbre adicta a la logia Lautaro y a la Sociedad Patriótica, la caída del gobierno, está directamente inspirada y dirigida por el futuro Capitán de los Andes. La política localista del primer triunvirato inspirado por Rivadavia había suscitado inocultable repulsión; su declarada hostilidad a Belgrano, al inaugurar éste la bandera nacional en Jujuy; sus dilaciones para convocar a la Asamblea General de todas las provincias y su marcado espíritu de liberalismo conservador, le habían enajenado la simpatía de la juventud patriótica de Buenos Aires y de todo el interior provinciano que cada vez más observaba con recelo la política porteña. En esa jornada de Octubre San Martín impuso a los lautarianos en el segundo triunvirato y obligó a la convocatoria de la Asamblea General, que sería conocida en la historia con el nombre de Asamblea del año XIII.

El Segundo Triunvirato no juró por Fernando VII y retomó con los restos reverdecidos del partido morenista, la línea revolucionaria, nacional y americana del extinto secretario de la Primera Junta. San Martín y la Logia Lautaro enfrentarían a Rivadavia, que oponía la resistencia conservadora y porteña a convocar un Congreso General de las provincias. Pero si Moreno había carecido de fuerza militar, San Martín representaba ya la voluntad del nuevo ejército. Después de vencer en San Lorenzo, San Martin recibe la orden de hacerse cargo del ejército del Norte comandado hasta ese momento por Belgrano. Desde su nuevo destino advirtió la realidad de las provincias y la incurable ceguera de las facciones porteñas que habían empezado nuevamente a imponerse primero en el seno de la Asamblea del año XIII y luego en el régimen directoral. La propia Logia Lautaro amenazaba con descomponerse rápidamente e inutilizar todos los esfuerzos de San Martín por crear un Ejército Nacional y batir a los españoles en toda América. La fracción porteña de la Asamblea del año XIII había rechazado a los diputados enviados por Artigas, el gran caudillo del Plata, provocando su alejamiento irremediable. Al mismo tiempo, San Martín se vincula personalmente con Martín Güemes en Salta, y reconoce la eficacia técnica de la guerra gaucha que habrá de librar el salteño contra los españoles en el Norte, cerrándoles el paso de entrada hacia las provincias argentinas. Ya en 1814 San Martín había elaborado su plan para la campaña de los Andes y buscaba desembarazarse de su cargo en el ejército del Norte. Los primeros temblores de la guerra civil en las provincias lo habían llevado a la convicción de que era imposible organizar un ejército nacional dentro del territorio argentino. Solamente podría mantener la disciplina de sus fuerzas si atravesaba la cordillera, liberaba a Chile y seguía hacia el Perú. Había tomado definitivamente partido por la revolución latinoamericana y se negaría una y otra vez a desenvainar su espada en los conflictos civiles provocados por la oligarquía porteña.



SAN MARTIN Y LAS INDUSTRIAS MILITARES

San Martín concentra su energía en la tarea de organizar el futuro ejército de los Andes. Hace de Mendoza su cuartel general, su fuente de aprovisionamiento y su escuela de oficiales, su centro de informaciones y su base política. Al mismo tiempo que instruye en el arte militar a los novatos oficiales, envía diputados al Congreso de Tucumán, que presidirá Laprida, un hombre suyo, un sanjuanino, y que habrá de declarar la independencia. La Declaración de la Independencia en Tucumán, en 1816, obedece a la inspiración directa de San Martín desde Mendoza, que participa de modo invisible en la conducción de las deliberaciones y en las resoluciones fundamentales. Finalmente, un hombre de la Logia Lautaro, Pueyrredòn, es elegido Director Supremo de las Provincias Unidas, y se decide a apoyar el plan sanmartiniano para la campaña de Chile. En ese momento San Martín echa las bases de la industria metalúrgica y siderúrgica en la Argentina, con la invalorable ayuda de Fray Luis Beltrán. Primitiva como era, y nacida de la improvisación de la guerra, señala la primera intervención militar en la construcción de la industria pesada. Quede aquí establecido otro elemento capital en la historia del Ejército: fundador de industrias básicas, el liberalismo revolucionario de su jefe supremo nada tenía que ver con el liberalismo económico de la oligarquía porteña. Popular, nacionalista e industrialista, tal era el Ejército de San Martín.

La reacción clerical se complace en ocultar el jacobinismo de este revolucionario insigne. Si Saavedra habíase congratulado epistolarmente de la caída de Moreno, ese “fatal” Robespierre, a su vez San Martín hacía saber a Guido que la salud de la revolución era la suprema ley:

Estoy viendo a mi lancero (seudónimo de Guido)- escribía- que dice:”que plan tan sargentòn el presentado”; yo conozco que así es, pero mejor es dejar de comer pan que el que nos cuelguen. ¿Y quién nos hará zapatos, cómodas, cujas, ropas, etc., etc.? Los mismos artesanos que tienen en la Banda Oriental. Más vale andar con ojotas que el que nos cuelguen. En fin, amigo mío, todo es menos malo que el que maturrangos nos manden, y más vale privarnos por tres o cuatro años de comodidades que el que nos hagan morir en alto puesto y, peor que esto, el que el honor nacional se pierda.



Hasta aquí llego mi gran plan. Ojalá tuviésemos un Cristóbal o un Robespierre que lo realizase, y a costa de algunos años diese la libertad y esplendor de que es tan fácil nuestro suelo.”

Con el apoyo en masa de las provincias bajo su mando, San Martín se dispone a atravesar la Cordillera y caer sobre los españoles que dominaban Chile. Ha empleado hasta ahora todas las artes del político más consumado. Utilizando los diversos talentos y aptitudes de la emigración chilena que lo rodea en Mendoza, ha recreado y ampliado su Estado Mayor y preparado las condiciones para instalar un gobierno en Chile al día siguiente de la victoria inevitable. Para sostener la campaña creó en Mendoza una nueva Logia Lautaro y ese Estado Mayor de políticos militares lo respaldó en la fabulosa empresa. En los primeros días de Enero iniciaba la travesía y el 12 de febrero triunfaba en Chacabuco. En Chile funda una nueva logia Lautaro, mediante un acuerdo con O`Higgins. Y comienza a preparar la emancipación del Perú. Así organiza el ejército unido de chilenos y argentinos. Pero a sus espaldas, detrás de la cordillera, ya hervía la guerra civil. Las fracciones porteñas en pugna con las provincias sublevadas querían enredar en las discordias intestinas al gran americano. San Martín, en las proximidades de Santiago de Chile, asesta un golpe definitivo a la reacción absolutista española en los campos de Maipo. Esa victoria resonante hará volver los ojos instantáneamente a toda América hacia el fundador del Ejército Argentino.



LA RUPTURA CON LA OLIGARQUIA PORTEÑA

San Martín se consagra a preparar en jornadas agotadoras el ejército que habrá de embarcarse en Valparaíso para desembarcar en Lima y poner fin al dominio español en América del Sur. El campamento de su ejército se encuentra en Rancagua, próximo al puerto de Valparaíso. En ese momento decisivo llega a Rancagua la noticia de que el gobierno de Buenos Aires ha dejado de existir. El Director Pueyrredòn es reemplazado por el general Rondeau y la guerra civil se expande por todo el territorio de las provincias con fuerza devastadora. El nuevo Director ordena que el Ejército de los Andes y el Ejército del Norte, encabezado por Belgrano, bajen a Buenos Aires con el objeto de emplearlos en afirmar la hegemonía porteña sobre el resto de la República. Estamos en presencia de un momento capital en la historia del país, en el desarrollo de la Revolución Americana y en la crónica intima del Ejército Argentino.

Durante los años anteriores San Martín había mantenido relaciones con los caudillos del interior y del litoral, instándolos a colaborar en la campaña de emancipación americana. Lejos de considerarlos como “anarquistas” a los cuales sólo restaba imponer la “ley”, según la expresión de Pueyrredòn, San Martín los veía como jefes populares armados representativos de los intereses provincianos frente a la prepotencia porteña. Tenía una absoluta fe en la capacidad combatiente de los caudillos y las montoneras, como lo reiterará innumerables veces. La identificación del ejército nacional encarnado por San Martín con las milicias irregulares de la campaña no ha sido jamás desmentida.

Al obedecer Belgrano la orden de Rondeau, su ejército se sublevaba en la posta de Arequito al mando del general Bustos y se negaba a combatir contra las montoneras. San Martín advierte claramente el destino que le aguarda en caso de obedecer la orden del Directorio de Buenos Aires, como lo había hecho Belgrano. Todo convergía para que la guerra civil estallara: la nueva constitución, unitaria, el desprecio por la opinión de las provincias y el proyecto aprobado por el congreso de instalar en el Río de la Plata una monarquía con el príncipe de Luca bajo la protección de Francia. Es en tales circunstancias que el Ejército comandado por San Martin rehúsa aplastar a los milicianos gauchos de las provincias. Estos últimos defendían en esos momentos la dignidad nacional y la organización del país. San Martin vuelve sus espaldas a la rapaz oligarquía portuaria, antes interesada en la conservación de sus rentas aduaneras y en la venta de sus vacas que en la consolidación de la República y en la emancipación de América. Había dos caminos para elegir: o el ejército se convertía en la policía de los comerciantes o se transformaba en el brazo armado de la revolución americana. San Martin no podía dudar. Dirigió un mensaje al cuerpo de oficiales acantonados en Rancagua y solicitó se nombrase otro comandante en jefe del ejército en vista de la desaparición del poder nacional que lo había nombrado. Reunida la oficialidad, resolvió confirmar en su cargo al generalísimo por votación unánime de la asamblea militar, pues se estableció

como base y principio que la autoridad que recibió el general de los Andes para hacer la guerra a los españoles y adelantar la felicidad del país, no ha caducado ni puede caducar, pues su origen, que es la salud del pueblo, es inmudable.”

En este notable documento, conocido como el Acta de Rancagua, se funda la desobediencia histórica de San Martin, la autonomía del ejército libertador y su ruptura con el gobierno porteño. Famoso como es, este episodio no ha sido debidamente apreciado en la historia política del Ejército Argentino pues tiene un solo significado: en la base de su origen está la defensa de la soberanía patria y el principio inconmovible que enfrentar al pueblo argentino es negar su propia esencia ¡Que los oficiales de nuestro tiempo lo tengan bien presente! Sin dudar un solo instante más, San Martin se embarca en Valparaíso y parte hacia la guerra con el poder absolutista en Perú. Con este trascendental movimiento de sus tropas, la revolución americana expande sus fronteras y San Martin rehúsa ser el verdugo de su pueblo. El Ejército sanmartiniano se transforma en el partido político armado del pueblo argentino en América. A sus espaldas estalla el oscuro ciclón del año 20: se inaugura la era de los caudillos, de los ejércitos provinciales y de la fuerza facciosa de línea que Buenos Aires de ahora en más tendrá para defender su tesoro, su crédito, su aduana y su puerto.



EJERCITO DE LINEA Y MONTONERA IRREGULAR

Ya se ha dicho que el ejército de los argentinos aparece en forma embrionaria en Buenos Aires, aunque integrado por nativos de todas las provincias, en la lucha contra el Imperio Británico. Un militar nacido en Yapeyù y formado en la España revolucionaria, nacional y democrática, le dará alta jerarquía técnica e impondrá en su lucha tácticas que recién Napoleón acaba de exponer en Europa. El ejército será indisociable de una Logia, esto es de un partido político secreto de índole militar, destinado a independizar la lucha emancipadora de las intrigas y de los intereses regionales o portuarios perfectamente visibles en la ciudad de Buenos Aires. En el desarrollo de su acción, San Martin tropezará constantemente con la estrechez y la mezquindad del núcleo saavedrista, primero, de sus sucesores rivadavianos o unitarios después y entablará cordiales relaciones epistolares con los caudillos de las provincias que apoyarán, según se verá, sus campañas americanas.

Pero una pregunta se impone a esta altura del relato. ¿A qué razón profunda se debe que mientras Buenos Aires desde el principio y aún después de la disolución del ejército nacional por la desobediencia de San Martin, dispone de ejércitos de línea, uniformados, bien armados y disciplinados, con oficiales que perciben sueldos regulares, mientras que todo el resto del país, sólo podrá expresarse militarmente a través de la guerra gaucha, de la lucha de montoneras, de la guerra de recursos?

¿Se debe quizá, como lo sostuvo Sarmiento en su famosa impostura de “Facundo”, a que Buenos Aires encarnaba la civilización y las provincias la barbarie? Alberdi ha dado una respuesta esclarecedora, por supuesto semidesconocida, que sus panegiristas antinacionales han ocultado con todo cuidado. La transcribimos ahora porque expresa con notable relieve el fundamento material de esa indigencia técnica y de esa barbarie puramente exterior de nuestras milicias gauchescas, que lucharon por organizar el país y por defender su soberanía sin contar con las rentas usurpadas por la opulenta Buenos Aires. Dice Alberdi:



Los pueblos resistían no la independencia respecto de Buenos Aires, que esta provincia pretendía sustituir a la de España. Confundiendo Buenos Aires la causa de la junta con la causa de la Revolución, ella misma ponía a las provincias en la dura necesidad de contrariar la Revolución, en cierto modo, con el objeto de resistir la junta, defendiendo su libertad local que la junta atacaba bajo el escudo de la defensa de América. Ese mal hizo el egoísmo de Buenos Aires a la revolución de la independencia; adulteró y comprometió su grande y santo interés con el suyo local, antinacional y pequeño. Buenos Aires calificaba esa resistencia de indisciplina y desorden, y no era así. He aquí como la democracia, o el nuevo principio, daba esos jefes a los pueblos. Los pueblos, en aquella época, no tenían más jefes regulares y de línea, que los jefes españoles. No podían servirse de éstos para hacerse independientes de España; ni de los nuevos militares que Buenos Aires les enviaba, para hacerse independientes de Buenos Aires. Alguna vez, temiendo más la dominación de Buenos Aires que la de España, los pueblos se valían de los españoles para resistir a los porteños, como sucedió en el Paraguay y en el Alto Perú; y en seguida echaron a los españoles sin sujetarse a los porteños. Más de una vez Buenos Aires calificó de reacción española, lo que, en ese sentido, sólo era reacción contra la segunda mira de la conquista. ¿Qué hacían los pueblos para luchar contra España y contra Buenos Aires, en defensa de su libertad amenazada de uno y otro lado? No teniendo militares en regla, se daban jefes nuevos, sacados de su seno. Como todos los jefes populares, eran simples paisanos las más de las veces. Ni ellos ni sus soldados, improvisados como ellos, conocían ni podían practicar la disciplina militar. Al contrario, triunfar de la disciplina, que era el fuerte del enemigo, por la guerra a discreción y sin regla, debía de ser el fuerte de los caudillos de la guerra de la independencia. De ahí la guerra de recursos, la montonera y sus jefes, los caudillos; elementos de la guerra de pueblo; guerra de democracia, de libertad, de independencia. Antes de la gran revolución no había caudillos ni montoneros en el Plata. La guerra de la Independencia los dio a luz, y ni ese origen les basta para tener perdón de ciertos demócratas. El realismo español fue el primero que llamó caudillos, por apodo, a los jefes americanos en que no querían ver generales. Lo que resistían los pueblos no era la libertad, era el despotismo que se les daba junto con la libertad; lo que ellos querían era la libertad sin despotismo: ser libres de España y ser libres de Buenos Aires. Artigas y Francia así lo decían; Macaulay y Guizot, no lo hubieran dicho de otro modo. La prueba de que tenían razón, es que lo que ellos defendían ha triunfado al fin sin ellos, y es el orden que hoy existe después que todos los caudillos yacen en la tumba. Si no existe del todo en realidad, existe en apariencia. La apariencia es un homenaje que la iniquidad tributa al derecho. Lo que empieza por ser apariencia, acabará por ser realidad.”

Tal era el espectáculo que presentaba la república en ese sombrío año 20 en que San Martín salva para la historia su ejército. A su vez las fuerzas militares que permanecían en el territorio argentino, integradas en su mayor parte por provincianos, eran presas de una fulminante disolución. Y así como muchos caudillos se improvisaron generales, muchos generales se hicieron caudillos. Son los años nocturnos de las masas y las lanzas; el espectro de una disociación general de las viejas Provincias Unidas del Río de la Plata se insinúa a través de la efímera República de Tucumán o de la República de Entre Ríos. Al imponer su hegemonía al país, la oligarquía portuaria de Buenos Aires forzaba al “federalismo”, es decir, a la separación y al aislamiento de aquellas provincias que no querían ser subyugadas. A la balcanización de América Latina, derivada de las intrigas inglesas y de la debilidad de la inmensa región, parecía que sobrevendría la propia balcanización de las provincias del Plata y su impotencia histórica definitiva.

LA DISOLUCION DEL EJÉRCITO NACIONAL

Sobre las ruinas del ejército argentino, se alzaron las milicias provinciales de distinguidos oficiales o caudillos empíricos, según los casos, cuyas batallas se estudian en los institutos militares. La crisis del país origina la crisis del ejército, sumido en la más completa orfandad. Por un lado el victorioso ejército de los Andes, recorría América sustraído por el genio de San Martín a los disturbios civiles. Un pequeño sector de los militares porteños defendían los intereses reaccionarios de la provincia de Buenos Aires y de la ciudad puerto. Todo el resto se había instalado con ínfimos recursos en las miserables provincias desprovistas de rentas.”Su disolución en 1820 y 1827, escribe Juan Álvarez, dejó sin medios de vida a buena parte de los miembros del ejército, el clero y la administración nacional, bruscamente cesantes. Las provincias interiores no tenían para que mantener el crecido número de jefes y oficiales que habían exigido las guerras contra España o contra el Litoral, y la situación de esos hombres, tornòse un grave problema, cuando la provincia de Buenos Aires, propietaria de la Aduana exterior, se negó a utilizarlos por más tiempo. Vemos así, que desde 1822 a 1827, por decretos sucesivos del gobierno de dicha provincia, fueron dados de baja y separados del ejército 16 generales, 85 jefes y 190 oficiales. Cierto es que en 1826 llamòse a muchos de ellos con motivo de la campaña del Brasil; pero terminada ésta repitiòse la situación de desamparo.”



La inmensa mayoría de estos hombres ha caído en el olvido. Sus títulos para la gloria están confinados en los diccionarios biográficos, manejados por especialistas; no les ha tocado ni siquiera un poco del resplandor póstumo que rodea a los hábiles abogados porteños, distribuidores de la fama y escritores de la historia oficial. Idéntico destino corrieron los gobernadores de provincia o los estadistas del interior que lucharon por la organización del país. Buenos Aires jamás erigió una estatua al brigadier Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, al ministro Manuel Leiva que acabó sus días en la más horrenda miseria o al presidente Derqui, alimentado de lástima en una pensión montevideana e insepulto su cuerpo tres días por falta de dinero para inhumarlo. La ciudad soberbia y cosmopolita habría de tener sus célebres predilectos como Rivadavia o Mitre, procónsules del capital británico y autores con su partido de la engañosa leyenda escolar. Ni en el Colegio Militar, ni en la Escuela Naval se enseña todavía que al mismo tiempo que San Martín ocupaba Perú y asumía el título de Protector con la simpatía y el apoyo de caudillos provincianos como Heredia y Bustos para proseguir su campaña, debía enfrentarse con el odio irreprimible y el sabotaje consiente del núcleo rivadaviano de Buenos Aires.

El diario “El Argos” de Buenos Aires mencionará las palabras del ministro Rivadavia que arrojan una viva luz sobre la posición porteña frente a la ayuda reclamada por San Martín para rematar la campaña de Perú:

Buenos Aires ya había hecho más de lo que había podido por aquellos pueblos y había llegado a conquistar su independencia, siendo justo que probasen merecerla los que reclamaban al presente su conversión”.

Ante el insistente pedido de ayuda de San Martín la Junta de Representantes de Buenos Aires, bajo la influencia del ministro Rivadavia, consideraba que no era posible que el gobierno de Buenos Aires arrojase “a esa aventura” los fondos de su provincia “en el momento en que la tierra ha sido invadida por los bárbaros”.

San Martín caracterizaría desde la emigración la personalidad de Rivadavia en una carta al chileno Pedro Palezuelo:

Tenga usted presente, escribía San Martín, lo que se siguió en Buenos Aires por el célebre Rivadavia, que empleó en sólo madera para hacer andamios para componer la fachada de lo que llaman Catedral, 60.000 duros; que se gastaban ingentes sumas para contratar ingenieros en Francia y comprar útiles para la construcción de un canal de Mendoza a Buenos Aires; que estableció un Banco donde apenas había descuentos; que gastó 100.000 pesos para la construcción de un pozo artesiano al lado de un río en medio de cementerio público, y todo esto se hacía cuando habían un muelle para embarcar y desembarcar los efectos, y por el contrario, deshizo y destruyó el que existía de piedra y que había costado 600.000 pesos fuertes en el tiempo de los españoles; que el ejército estaba sin pagar y en tal miseria que pedían limosna los soldados públicamente, en fin, que estableció el papel moneda, que ha sido la ruina del crédito de aquella república y de los particulares. Sería de no acabar si se enumerasen las locuras de aquel visionario y la admiración de un gran número de mis compatriotas, queriendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos que diariamente llenaban lo que se llamaba Archivo Oficial.”


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