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EJÉRCITO Y SEMI-COLONIA

JORGE ABELARDO RAMOS

EDITORIAL SUDESTADA

1968


AL LECTOR

En el presente volumen que publica la Editorial Sudestada reúno algunos estudios escritos en los últimos años sobre la historia y la conducta política del Ejército argentino. Como la importancia de las Fuerzas Armadas en la política de nuestro país – y, en general, en todos los países coloniales o semi-coloniales- ha sido creciente, se comprenderá por qué un político ajeno a la milicia profesional se preocupa por la naturaleza del Ejército. Lo inusitado de estas preocupaciones adquiere ribetes de escándalo cuando este político es precisamente un político marxista. El Teniente Coronel Orsolini advertía con cierta tristeza que el único libro sobre la historia del Ejército había sido escrito precisamente por el autor de estas líneas1. Si los militares no hacen otra cosa que ocuparse de política, es perfectamente natural que los civiles no tengan más remedio que ocuparse de los militares. A mayor abundamiento, un escritor marxista de un país semicolonial está obligado a enjuiciar desde su óptica el papel alternativo que las fuerzas armadas juegan en el proceso de liberación o subordinación del país.

La clase obrera en la Argentina comprende cada vez más que el mundo tiende a polarizarse entre las dos fuerzas de nuestra época: el imperialismo y el socialismo. Toda la experiencia histórica demuestra que los movimientos de liberación nacional que no asumen en el curso de su lucha divisas y métodos socialistas de lucha, no logran permanecer en el poder o son corrompidos en él. El más notable militar surgido en el Ejército argentino desde la desaparición del General Roca, insiste categóricamente en los últimos años en dos tesis básicas: que el mundo se encamina hacia formas socialistas de existencia, con las peculiaridades que exija la índole de cada país, y que la necesidad de unir América Latina, de acuerdo al plan bolivariano, se vuelve impostergable para escapar a la servidumbre y el atraso2. Por lo demás, así como los militares argentinos culminan generalmente su carrera ingresando a la vida pública en actividades políticas, muchos civiles deciden entrar a la historia como soldados con las armas en la mano. ¡La revolución contemporánea confunde los oficios! Pero estos es propio de todas las revoluciones: Belgrano era un abogado que la necesidad transformó en general victorioso.

La izquierda cipaya de la Argentina consideró siempre al Ejército como una entidad “reaccionaria”. El nacionalismo oligárquico, por su parte, glorificó a los militares como virtuosos cruzados o, según Lugones, como “la última nobleza de la República”. Para la izquierda cipaya, los militares eran reaccionarios cuando sostenían los gobiernos populares, y progresistas cuando los derriban. Para los nacionalistas oligárquicos, los militares eran hijos de inmigrantes en el primer caso y patriotas en el segundo. Pero ambas tendencias, obedeciendo a patrones cosmopolitas de pensamiento – Stalin o Maurras- coincidían políticamente en los momentos decisivos. Así, unos y otros apoyaron las sediciones militares de 1930 y 1955.

Es por esa razón que en los presentes trabajos describo los períodos fundamentales de la historia del Ejército en conexión con la historia del país. Desde otro punto de vista el triunfo de la revolución cubana generó la difusión de una “teoría de la guerrilla”, elaborada por Ernesto Guevara, a cuya vida heroica rendimos homenaje aquí. Nuestra crítica a esa teoría de la guerrilla, que no disminuye en nada los títulos a la gloria ganados por Guevara con su sangre, está dirigida no tanto a los aspectos puramente militares o técnicos, sino a su errónea concepción político- estratégica de la revolución latinoamericana. Creemos que este trabajo, escrito en 1963, reviste una ardiente actualidad, lo que justifica su inclusión en un volumen de este carácter.

Desde 1880 hasta 1930 el Ejército estuvo subordinado al poder civil. Dejemos de lado el motín masón-clerical-mitrista de 1890, que sólo arrastró a un regimiento porteño y la revolución cívico- militar de 1905, que no contó con el apoyo de todo el Ejército. En realidad, el Ejército permaneció en sus cuarteles detrás de Roca y de Yrigoyen durante el medio siglo que coincide nítidamente con el período de la expansión agrícola-ganadera y la Edad de Oro de nuestra inserción en el sistema mundial del Imperio Británico.

Con la crisis de 1930, el Ejército sale de sus cuarteles para no regresar más a ellos. Desde esa fecha los únicos presidentes civiles son Ortiz, Castillo, Frondizi, Guido e Illia, pero ninguno termina su período legal. Ortiz renuncia al poco tiempo; Castillo gobierna en condominio con el Ejército; Frondizi ofrece sin éxito a los altos mandos sucesivas cenas de Sinigaglia, pero finalmente es derribado; Guido es un prestanombre del poder militar. Illia es arrojado de su despacho por una brigada de gases lacrimógenos.

Desde 1930 ocupan el gobierno los siguientes militares: Uriburu, Justo, Rawson, Ramìrez, Farrell, Perón, Lonardi, Aramburu y Onganìa. El único de dichos militares que cuenta con el apoyo popular antes, durante y después de ser derribado, es el General Perón.



Como se ve, el Ejército y la política marchan juntos en la Argentina de las últimas cuatro décadas. Este fenómeno no ha merecido la atención de los sociólogos profesionales, salvo para la emisión de sus elaboradas banalidades. Creo de utilidad ofrecer en este libro un conjunto dialéctico de respuestas no codificadas a un problema que ha llegado a constituirse en el interrogante fundamental de la vida argentina. Naturalmente, explicar la naturaleza del Ejército en un país semicolonial no puede hacerse sin historicizar el tema en debate, en otras palabras, sin mostrar sus orígenes y su conflictivo desarrollo. El psicologismo político y hasta los cautos sociólogos que comienzan a entrar de puntillas en los meandros de la sociedad argentina no han logrado descubrir todavía las relaciones funcionales de “institución” y “clase social”. No saben muy bien los sabihondos, que consideran al marxismo “superado” por sus galimatías cuantificadoras, si el Ejército pertenece a la primera categoría o a la segunda. En teoría es juzgado como un grupo, pero en la práctica del análisis lo sitúan como una clase. En un país semi-colonial las fuerzas armadas tienden a sustituirse a uno o varios sectores de las clases dominantes, generalmente a aquellas que como la burguesía nacional carecen de suficiente homogeneidad social y autoconciencia como para defender el desarrollo del capitalismo nativo frente a sus adversarios de la oligarquía terrateniente o el imperialismo extranjero. Justamente el atraso histórico del país es el que determina la debilidad política e ideológica de la burguesía. Como la historia argentina lo demuestra, el Ejército asumió en varias oportunidades ese papel subrogante: se transformó en partido político de una clase inmadura; al ser derrotado, depuró sus filas para ceder el paso a otros oficiales que interpretaban los viejos intereses agrario-comerciales. Ese fue el caso de la “Revolución libertadora” de 1955. Pero el desenvolvimiento capitalista del país había generado desde los tiempos de Perón nuevos intereses creados que ningún partido civil estaba en condiciones de defender. Así, el Ejército depurado reinstaló en su seno nuevos agrupamientos de oficiales que propendían a hacerse intérpretes del capitalismo nacional en las condiciones de restauración oligárquica de los últimos años. Una combinación de “nacionalismo laico”, nacionalismo desarrollista o “nacionalismo católico”, con numerosas variantes coexistía al lado de oficiales declaradamente antinacionales, “democráticos”, “occidentales” o “liberales”, vinculados por razones de familia, sea a los intereses imperialistas extranjeros o a viejas dinastías agrarias3. Pero todos los matices de este “nacionalismo” tienen un denominador común: el temor a la acción del pueblo, su soberbia autoritaria, su confianza en la eficacia de los tecnócratas, su fe religiosa en los “expertos”, su rencorosa desconfianza hacia las “ideologías”. Esta actitud refleja la propia situación social y política de la burguesía nacional en los tiempos actuales, así como el poder mundial del imperialismo yanqui y sus secuencias intimidatorias. Tiene todas las características de un “nacionalismo defensivo”, dispuesto a capitular ante la primera amenaza exterior.

Por lo demás, el desarrollo capitalista de la Argentina, sea por las inversiones extranjeras o por la presencia de un débil capitalismo nacional, ha permitido la formación de una “clase militar negociante” integrada por oficiales retirados de alta graduación. Esta “clase” estableció así una conexión íntima entre sus antiguos camaradas en actividad y las empresas de las que los antiguos generales o almirantes forman parte. Si se trata de compañías extranjeras, los oficiales retirados, ahora convertidos en “directores”, se destacan como los más eficaces agentes de relaciones públicas para obtener concesiones o apresurar gestiones en los círculos gubernamentales. Si, por el contrario, se trata de oficiales vinculados a compañías de capital nacional, como las grandes distribuidoras de gas licuado, su actividad como capitalistas los convierte en adversarios declarados de los intereses petroleros que aspiran a comercializar el gas dentro del mercado interior. En este caso, el “nacionalismo” de este sector de la “clase militar negociante” posee un fundamento bastante sólido, que transmite con explicable ardor a sus camaradas en actividad. De este modo, sea en las Fuerzas Armadas o por medio de sus sectores pasivos, los problemas económicos de un país semicolonial encuentran un sistema peculiar de vasos comunicantes para transmitir antagonismos y asperezas que no llegan con frecuencia al conocimiento público.

Como puede verse, nunca el Ejército ha estado tan cerca de la sociedad civil y tan lejos de los ideales sanmartinianos y bolivarianos que presidieron su nacimiento. La historia dirá oportunamente si algún sector de las fuerzas armadas se unirá al pueblo argentino en la lucha por la segunda emancipación.

J.A.R.


Buenos Aires, enero de 1968.

ORIGENES DEL EJERCITO ARGENTINO

Los argentinos nacieron a la vida histórica antes de su emancipación de España. Las Invasiones Inglesas constituyeron su bautismo de fuego, al mismo tiempo que la primera expresión de nuestras relaciones seculares con Gran Bretaña. El 6 de setiembre de 1806, Liniers daba a conocer un bando para convocar a los vecinos de 16 a 50 años a fin de organizarlos en milicia. Estas milicias populares tenían un carácter eminentemente democrático puesto que los soldados elegían a sus oficiales y estos a los jefes superiores. Las primeras fuerzas estaban compuestas por criollos y españoles, pero a partir de la conspiración de los monopolistas encabezados por Alzaga en 1809, los cuerpos integrados por peninsulares fueron desarmados y al producirse la Revolución de Mayo las incipientes fuerzas armadas en Buenos Aires eran totalmente formadas por hijos del país. Los cuerpos criollos eran Patricios, Arribeños (así se llamaba a los soldados procedentes de las provincias interiores), Patriotas de la Unión, Húsares de Pueyrredòn, Cazadores Correntinos. Granaderos Provinciales. También se formó un cuerpo de artilleros en el que sirvieron pardos y morenos. Recordemos dos hechos importantes: el pueblo criollo en armas se improvisa en Ejército para combatir la invasión británica. Así nace el Ejército argentino; y la palabra “argentino” se creará por esa misma razón. El poeta López y Planes, autor de nuestro himno, escribirá un poema titulado “Triunfo argentino” para cantar esa victoria nativa. Así quedan bautizados los hijos del Plata (del latín “argentum”) para siempre. La milicia se hará Ejército y el nativo se hará argentino al nacer ambos para la historia en lucha con Inglaterra. Será útil no olvidarlo, aunque desdeñen este origen el almirante Rojas y los cipayos que militaron luego en ese Ejército. La inminente Revolución de Mayo, al abolir la esclavitud en una de sus primeras Asambleas nacionales, correspondería al heroísmo demostrado por los soldados negros y se justificaría a sí misma. Con las primeras fuerzas armadas en las Provincias Unidas del Río de la Plata, integradas por criollos de Buenos Aires y del Interior, se definía el carácter nacional del Ejército Argentino que en esos momentos nacía. La Revolución de Mayo ampliaría sus cuadros al organizar las primeras expediciones enviadas al Alto Perú, a la Banda Oriental y al Paraguay, incorporando a sus filas a miles de hombres del pueblo. Provenían de todas las clases sociales: eran artesanos, gauchos, jornaleros, abogados, estancieros y hasta fogosos miembros del bajo clero que abrazaron la causa de la revolución enfrentándose con el papado romano que la condenaba. Pero corresponde sin duda al genio político y militar de San Martín el mérito histórico de haber creado el programa político y al mismo tiempo el núcleo operativo más importante del primer Ejército argentino.

A este americano en España le toca en suerte vivir uno de los grandes momentos de la historia moderna: la supremacía europea de Napoleón, bajo su manto imperial se escondía la Revolución Francesa, que influiría decisivamente en los destinos de España y de América. Bonaparte invade la península, destruye el agonizante absolutismo borbónico, introduce en España mejoras legislativas de todo orden y se enfrenta al mismo tiempo con la heroica resistencia del pueblo en armas. Una revolución nacional y democrática comienza el 2 de mayo de 1808 en Madrid:”La Patria está en peligro; Madrid perece de la perfidia francesa; españoles, españoles: acudid a salvarla.”

Este grito clásico de todos los levantamientos nacionales resuena en los oídos de San Martín y de toda su generación. Y así como el contenido históricamente avanzado del régimen de Napoleón emplea métodos reaccionarios al intentar imponer el progreso de los tiempos por medio de una tutela extranjera, detrás de la defensa del rey Carlos IV y su hijo, el pérfido Fernando VII, el pueblo español esconde su propia defensa, la reafirmación de la soberanía nacional, el establecimiento de los derechos constitucionales, la proclamación de la democracia moderna a través del pueblo en armas. Tales equívocos son muy frecuentes en la historia. Nada sería más falso por otra parte que atribuir a la invasión napoleónica la razón exclusiva del levantamiento popular y la revolución nacional española; la agresión francesa será solo el factor desencadenante de un laborioso y lento proceso de disgregación del absolutismo que atravesaba España desde hacía varios siglos.



LA MASONERIA EN EL EJERCITO ESPAÑOL

La débil burguesía española, en su lucha con la nobleza y el clero, apoyados estos últimos en el atraso agrario y la putrefacción feudal de la vieja España, había logrado expresarse políticamente tanto en el Ejército como en la burocracia. La masonería tenía sus hombres entre los propios ministros del rey Carlos IV – Conde de Aranda, Floridablanca- entre los jefes militares, la burocracia y la intelectualidad española. Sistema de acción política secreta, la masonería había tomado sus símbolos de los gremios medievales de albañiles; formalmente se proponía difundir los principios del altruismo y de la hermandad en el mundo entero, mediante la creación de logias cuyos complicados ritos y misteriosos símbolos no pudieron esconder desde el siglo XVIII la orientación burguesa y liberal que la dominaba. En términos generales, puede afirmarse que bajo el escudo de la masonería, pudo luchar exitosamente la burguesía europea y americana tanto contra el absolutismo, como contra el feudalismo y el clero que dominaban todos los resortes de la vida pública, de las ideas dominantes y de las palancas del poder. El carácter secreto de la masonería se derivaba de la naturaleza defensiva del combate librado en diversas épocas por la burguesía.

Los oficiales americanos que luchaban en el ejército español no pudieron sustraerse a esta renovadora y vigorosa corriente de ideas que despertaba a la península y que desnudó a plena luz la invasión francesa. La acefalia del poder determinó la formación de juntas populares en toda España y poco después en las principales capitales de América Hispánica. El joven teniente coronel José de San Martín, vinculado con Matías Zapiola, un marino porteño en España y con Carlos de Alvear, decidió regresar a su patria. San Martín había pertenecido a la logia de Cádiz, junto con Zapiola y Alvear. Al llegar a Buenos Aires, desconocido sin familia, hasta mirado con desconfianza por la cerrada ciudad porteña, decidió fundar una nueva logia a la que llamó Lautaro. Mucho se ha discutido si esta logia tenía o no un carácter masónico, vale decir si estaba subordinada o asociada a las masonerías europeas o inglesas. Esto carece de toda importancia política si se considera que la acción pública y los resultados objetivos de la lucha sanmartiniana respondieron con toda evidencia a los intereses de su país y de América Latina. Lo que resulta indiscutible es que la organización de la logia Lautaro se derivaba irresistiblemente de las difíciles y casi insalvables dificultades que San Martín debía enfrentar en la ciudad de Buenos Aires a causa de los intereses de la oligarquía mercantil porteña. En la ausencia de un partido político capaz de apoyar desde el gobierno sus planes de emancipación americana, San Martín debió crear un partido político, o por mejor decir, un Estado Mayor político de carácter secreto en las propias filas del Ejército.

Los nacionalistas argentinos actuales han considerado siempre a la masonería con gran hostilidad. Atribuyen a este tipo de organización un carácter poco menos que demoníaco, perverso, antirreligioso y sobre todo antinacional. Es preciso aclarar, en primer término, que la masonería en nuestro país ha seguido el destino paralelo al del liberalismo y es de toda mala fe identificar la masonería o las logias de los tiempos de San Martín con la masonería de los tiempos modernos. San Martín era un revolucionario hispanoamericano cuyo objetivo central, frustrado y grandioso, fue el de crear una América hispánica unida, democrática e independiente. Debió valerse para ello de los recursos que estaban a su alcance y sobre todo combatir denodadamente con la mezquindad de la oligarquía porteña que sólo deseaba la independencia para ejercer el comercio libre, subordinado al Imperio británico.

Las logias masónicas europeas habían constituido, desde las guildas medievales hasta la revolución francesa, la forma conspirativa normal en la lucha de la burguesía del Viejo Mundo contra el predominio feudal y absolutista. En ese sentido, los masones representaban el liberalismo revolucionario del mismo modo que la orden de los jesuitas constituía el partido secreto de la Iglesia romana en la lucha contra el jansenismo y todas las heterodoxias derivadas de la reforma protestante. La masonería, que no tenía un carácter religioso, contempló con simpatía todas las corrientes protestantes que se levantaron a partir del siglo XVI contra la soberbia romana, brazo espiritual del feudalismo agonizante. Por otra parte, el tema mismo de la masonería está lleno de equívocos. San Martín ingresó a la Logia de los Caballeros Racionales, fundada en Londres por Francisco de Miranda, el ilustre venezolano. Esta logia gozaba de las simpatías británicas porque Inglaterra apoyaba la independencia de las colonias americanas con el objeto de debilitar la influencia mundial de la península.

EL DOBLE CARÁCTER DE LA MASONERIA AMERICANA

Pero las logias masónicas del siglo XIX no constituían sino una forma, cuyo contenido variaba según fueran los intereses específicos que movían las acciones de sus participantes. De ahí que sea totalmente erróneo considerar a San Martín y Rivadavia políticamente identificados sobre la base de una común condición masónica. La masonería en América como en Europa, estaba dividida entre sí, y aun internamente. Masones ambos, San Martín y Rivadavia expresaban dos concepciones políticas totalmente diferentes. El primero encarnaba la ideología revolucionaria de la generación militar surgida de la España en armas y cuyo objetivo era la creación del Estado nacional latinoamericano. Rivadavia, a su vez, interpretó los intereses de la burguesía importadora y exportadora de la ciudad de Buenos Aires, íntimamente asociada al Imperio Británico. Su filiación de masón no era más que el signo de todos los liberales de la época.

San Martín aspiraba a aplicar los principios revolucionarios del liberalismo a su propia patria americana: independencia política, proteccionismo, liberación de los indios, unidad nacional, educación popular, la emancipación de los esclavos, libertad de imprenta, abolición de la inquisición y de la censura previa, de los azotes en las escuelas, de las torturas policiales, la inviolabilidad del domicilio, las garantías individuales, la división de poderes. Rivadavia por su parte, entregaría las finanzas del país a los banqueros ingleses, las minas de La Rioja a un consorcio británico, la Banda Oriental a las exigencias brasileñas primero, y luego a la “independencia política” de esa provincia exigida por los intereses balcanizadores de Gran Bretaña; negaría más tarde los derechos electorales a los sirvientes y a los peones, anularía la autonomía de las provincias y desataría la guerra civil. ¿Cómo identificar por una simple denominación de masones a San Martín y Rivadavia, a la juventud militar revolucionaria procedente del movimiento nacional de la España democrática con los abogados nativos del comercio importador pro-británico? Según vemos, las logias masónicas no eran en modo alguno semejantes, ni era semejante la masonería en Europa a la masonería en América, donde también estaba dividida por intereses antagónicos. En síntesis, las logias masónicas no tenían de secreto más que sus ritos orientales, simple decoración artística y seudo-filosófica de muy remoto origen, pero cuyas tendencias debían verse a los ojos de todo el mundo en la acción práctica de sus integrantes más destacados.

Desde la segunda mitad del siglo XIX y en lo que va del presente, la masonería en la Argentina careció, sin ninguna clase de distinciones, de toda progresividad histórica. En nuestro tiempo las “tenidas masónicas” se sobreviven como formas políticas singulares de la penetración imperialista. Los masones son en nuestros días excelentes comensales y amables anfitriones en los hoteles de lujo. En el siglo que las masas deciden públicamente sus destinos, la masonería proporciona a mercaderes y abogados un desabrido menú ético. La degradación política de la burguesía argentina puede medirse en el hecho de que ni siquiera bajo la forma masónica ha logrado defender sus intereses; desaparecido hace más de un siglo el partido militar de San Martín, el capital extranjero, desde Rivadavia hasta hoy, domina totalmente la masonería argentina.



LA LOGIA LAUTARO EN EL EJÉRCITO

La caída del partido morenista y la oscura muerte de su jefe en alta mar deja en Buenos Aires un vacío político que sólo colmará San Martín al llegar en 1812. Pero lo hará con sus propios métodos. Advierte que la revolución recién iniciada entrará en agonía sin no se traduce en actos destinados a ganar el apoyo de las amplias masas populares del interior y destruir con medios militares el foco central de la reacción absolutista en América, radicado en la Lima de los virreyes. El técnico se consagra a instruir y formar el primer Regimiento de Granaderos a Caballo y el político crea con los jóvenes oficiales de la Logia Lautaro. Adopta para bautizarla el nombre de un indomable caudillo indígena de la tierra chilena, y este sentimiento profundamente americano de San Martín no abandonará jamás al vástago de la cuna indígena de Yapeyù, amigo de gauchos salteños y de montoneras litorales. Los nombres de los primeros afiliados a la Logia Lautaro habrán de reaparecer durante varias décadas en las convulsas jornadas del país que nace: Carlos María de Alvear, Chilavert, Castelli, Monteagudo, Necochea, Quintana, Tomás Guido, Juan José Paso, Posadas, Rondeau, Balcarce, Álvarez Jonte, Belgrano, Pueyrredòn. El juramento inicial de la Logia se expresaba en esta fórmula:

Nunca reconocerás por gobierno legítimo de la patria sino aquel que sea elegido por libre y espontánea voluntad de los pueblos, y siendo el sistema republicano el más adaptable al gobierno de las Américas, propenderás por cuantos medios estén a tu alcance a que los pueblos decidan por él.”

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