John locke ensayo sobre el entendimiento humano



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JOHN LOCKE


ENSAYO SOBRE EL
ENTENDIMIENTO
HUMANO

(COMPENDIO1)

Selección, traducción del inglés


prólogo y notas de
LUIS RODRIGUEZ ARANDA
EDITORIAL AGUILAR

Octava edición

1982
INTRODUCCION

(1) Puesto que es el entendimiento (understanding) lo que coloca al hombre sobre el resto de los seres sensibles y le proporciona dominio sobre ellos, constituye por su nobleza un tema merecedor de ser investigado. El entendimiento, como el ojo, aunque nos hace ver y percibir todas las cosas, no tiene noticias de sí mismo, y requiere arte y esfuerzo convertirlo en su propio objeto. Pero, sean cualesquiera las dificultades que se presenten en el camino de esta investigación, sea lo que quiera lo que nos mantiene en la oscuridad a nosotros mismos, estoy seguro de que toda la luz que podamos arrojar sobre nuestras mentes, toda la relación que podamos establecer con nuestros propios entendimientos, no solamente será agradable, sino que nos proporcionará gran ventaja al conducir nuestro entendimiento (understandings) a la búsqueda de otras cosas.


(2) Así, pues, siendo mi propósito inquirir el origen, la certeza y la extensión del conocimiento humano (human knowledge), así como los fundamentos y grados de la creencia, de la opinión y del asentimiento, no me entretendré por ahora con consideraciones físicas sobre la mente, ni me molestaré en examinar en qué consiste su esencia; ni tampoco en averiguar por medio de qué movimientos de nuestros espíritus o alteraciones de nuestros cuerpos adquirimos sensaciones por nuestros órganos, o ideas en nuestro entendimiento, y si estas ideas, todas o algunas de ellas, dependen o no de la materia. Estas son especulaciones que, no obstante ser curiosas e interesantes, declino, porque quedan fuera del camino que intento bosquejar. Pensaré que no he empleado mal mis pensamientos si con este método sencillo, “histórico”2 (historical) puede dar una explicación de los modos por los que nuestro entendimiento obtiene las nociones que poseemos de las cosas y puedo establecer los límites de la certeza de nuestro conocimiento.


(3) Vale la pena investigar los límites que separan la opinión y el conocimiento, y examinar por qué medidas, en las cosas de que no tenemos conocimiento cierto, debemos regular nuestro asentimiento y moderar nuestra persuasión. Para este fin, seguiré el siguiente método:

Primero, inquiriré el origen de las ideas, nociones, o como se las quiera llamar, que el hombre observa y de las que es consciente en su mente; y, además, los caminos por los que las adquiere el entendimiento.

En segundo lugar inquiriré qué conocimiento de esas ideas tiene el entendimiento, así como su certeza, evidencia y extensión.

Por último, y en tercer lugar, investigaré la naturaleza y fundamentos de la creencia u opinión: es decir, qué asentimiento damos a una proposición verdadera o a una falsa, de la que no tenemos conocimiento cierto. Y luego tendré ocasión de examinar las razones y grados del asentimiento.
(4) Si en esta investigación de la naturaleza del entendimiento llego a descubrir también hasta dónde alcanzan sus facultades (powers), a qué cosas están proporcionadas, y dónde nos fallan, supongo que será útil persuadir a la mente humana de que tenga más precaución al tratar cosas que exceden de su comprensión (exceeding its comprehension), y a que permanezca en una tranquila ignorancia de aquellas cosas que, después de haber sido examinadas, advertimos que se hallan más allá del alcance de nuestras capacidades. No nos atreveríamos entonces, excepto afectando un conocimiento universal, a levantar cuestiones y disputas sobre cosas con las que nuestro entendimiento no se adecua y de las que no podemos formar en nuestras mentes percepciones claras o distintas, o de las qué carecemos por completo de nociones. Si podemos hallar hasta dónde el entendimiento extiende su concepción (how far the understanding can extend its view), hasta dónde llega su facultad de obtener la certeza, y en qué casos podemos sólo adivinar y juzgar, aprenderemos a contentarnos con lo que podemos obtener en este estado.
(5) Aunque la comprensión (comprehension) de nuestro entendimiento es pequeña para abarcar la vasta extensión de las cosas, tenemos, sin embargo, suficientes motivos para agradecer al Autor de nuestro ser la proporción y grado de conocimiento que nos ha concedido en comparación con el resto de los habitantes de la tierra.
(6) Cuando conozcamos nuestras propias fuerzas, conoceremos mejor qué podemos emprender con esperanza de éxito. Cuando hayamos examinado bien las facultades de nuestra mente y hayamos estimado lo que podemos esperar de ellas, no nos inclinaremos a permanecer inactivos, ni a rechazarlo todo, con desesperanza de poder conocer algo; ni, por otra parte, a discutirlo todo, a renunciar a todo conocimiento, porque algunas cosas no se comprenden. Es de gran utilidad para el marino conocer toda la longitud de su sonda, aunque no pueda medir con ella todas las profundidades del océano. Le basta con saber que es lo bastante larga para alcanzar el fondo de los lugares en que es necesaria para su viaje y evitarle los peligros que le harían naufragar. Nuestro objeto aquí no es ocuparnos de todas las cosas, sino de las que conciernen a nuestra conducta. Si podemos encontrar las medidas por las que una criatura racional, situada en el estado en que el hombre se halla en este mundo, puede y debe gobernar sus opiniones y acciones, no necesitamos molestarnos con que otras cosas escapen a nuestro conocimiento.

(7) Esto fue lo que dio origen a este Ensayo sobre el entendimiento. Pues pensé que el primer paso para satisfacer varias indagaciones que la mente del hombre debe hacer, era hacer un examen de nuestro conocimiento, examinar nuestras propias facultades y observar a lo que estamos adaptados. Hasta hacer esto sospeché que estábamos en el mal camino y que en vano buscaríamos la satisfacción de una natural y segura posesión de las verdades que nos conciernen, mientras dejásemos que nuestro pensamiento se perdiese en el vasto océano del Ser. . . Y ahora pido perdón por el frecuente uso de la palabra “idea”… Con ella significo el objeto del entendimiento cuando el hombre piensa… Nuestra primera investigación se ocupará de cómo llegan a la mente las ideas.


LIBRO I
LAS NOCIONES INNATAS
CAPITULO I
NO EXISTEN PRINCIPIOS ESPECULATIVOS INNATOS
(1) Es opinión establecida entre los hombres que en el entendimiento existen ciertos principios innatos, ciertas nociones primarias (primary notions), κοιναί έννοιαι, caracteres, como si estuvieran estampados en la mente (mind), y que el alma (soul) los recibe en su origen, trayéndolos al mundo con ella. Para convencer al lector carente de prejuicios de la falsedad de esta suposición, bastaría con mostrar cómo los hombres, por el simple uso de sus facultades naturales, pueden obtener todo el conocimiento que poseen, sin ayuda de ninguna impresión innata. Pueden llegar a la certeza sin tales principios o nociones originarios. Imagino que cualquiera concederá fácilmente que sería impertinente suponer innatas las ideas de color en una criatura a quien Dios ha dado vista y capacidad para recibirlas de objetos externos por medio de los ojos. No menos irrazonable sería atribuir ciertas verdades a impresiones de la naturaleza y caracteres innatos, cuando podemos observar en nosotros mismos facultades adecuadas para obtener un conocimiento de ellas tan fácil y cierto como si estuviera impresas originariamente en la mente…
(2) Se suele decir que existen ciertos principios especulativos y prácticos sobre los que se halla de acuerdo toda la humanidad. Por tanto, se arguye, deben ser impresiones constantes que el alma del hombre recibe en su primer ser, y con las que viene al mundo tan necesaria y realmente como sucede con sus inherentes facultades.
(3) Este argumento, extraído del consentimiento común, posee esta mala fortuna: que si fuera cierto que existen determinadas verdades sobre las que la humanidad estuviera de acuerdo, eso no probaría que fueran innatas, pues quedaría la posibilidad de demostrar su adquisición de otro modo, lo cual creo que puede hacerse.
(4) Pero, lo que es más grave, este argumento del consentimiento universal, que se utiliza para probar que las ideas son innatas, me parece una demostración falsa: no existe nada acerca de lo cual toda la humanidad esté de acuerdo. Empezaré, como ejemplo, con los principios especulativos que parecen más innatos: “Lo que es, es”. Y “es imposible para la misma cosa ser y no ser”. Sin embargo me tomo la libertad de decir que estas proposiciones se hallan lejos de lograr un asentimiento universal, pues existe una gran parte de la humanidad que no las conoce.
(5) Es evidente que los niños y los idiotas no tienen el menor pensamiento de ellas. Con eso basta para destruir ese asentimiento universal, que debe ser el concomitante necesario de todas las verdades innatas. Me parece una contradicción decir que existen verdades impresas en el alma que ésta no percibe o comprende, si la palabra imprimir (imprinting) significa algo distinto de hacer que se perciban ciertas verdades. Pero imprimir algo en la mente, sin que ésta lo perciba, me parece difícilmente inteligible. Por tanto, si los niños y los idiotas poseen mentes con aquellas impresiones en ellas, inevitablemente tendrían que percibirlas, y necesariamente conocerían y asentirían a estas verdades. Puesto que no es así, es evidente que no existen tales impresiones. Y si no son nociones impresas naturalmente ¿cómo pueden ser innatas? Y si están impresas ¿cómo es posible que sean desconocidas? Decir que una noción está impresa en la mente, y al mismo tiempo afirmar, sin embargo, que la mente no la conoce, es reducir esta impresión a la nada. Ninguna proposición puede decirse que está en la mente, si nunca se conoce o se está consciente de ella. . . Si, por tanto, estas dos proposiciones, “lo que es, es” y “es imposible para una misma cosa ser y no ser” están naturalmente impresas, los niños no pueden ignorarlas: todos aquellos seres que poseen alma deben tenerlas necesariamente en sus entendimientos, conocer su verdad, y asentir a ellas.
(6) Para refutar lo anteriormente dicho, suele decirse que los hombres las conocen y asienten a ellas cuando llegan al uso de la razón, lo que bastaría para probar que son innatas. Respondo:
(7) ...Para que esto tenga algún sentido, tiene que significar una de estas dos cosas: o que tan pronto como los hombres llegan al uso de razón estas inscripciones que se suponen innatas las conocen y observan, o que el uso y el ejercicio de la razón les ayuda en el descubrimiento de estos ejercicios y les hace conocerlos.
(8) Si se quiere decir que con el uso de la razón los hombres descubren estos principios, y que esto basta para probar que son innatos, tal modo de argüir indicará lo siguiente: que, sean cualesquiera las verdades que la razón pueda descubrirnos y hacernos asentir firmemente, se hallan impresas en la mente, puesto que el asentimiento universal, que se hace criterio de ellas, no significa sino que por el uso de la razón somos capaces de obtener conocimiento y asentimiento a ellas; de este modo no habrá diferencia entre los postulados de los matemáticos y los teoremas que deducen de ellos: si se aplica este modo de pensar habrá que admitir que todos son innatos, pues son descubrimientos hechos mediante el uso de la razón.

(9) Pero, ¿cómo puede creerse que es necesario el uso de la razón para descubrir principios que se suponen innatos, cuando la razón no es otra cosa sino la facultad de deducir verdades desconocidas de principios o proposiciones que son ya conocidos? Nada puede considerarse innato, si tenemos necesidad de la razón para descubrirlo, a menos que pensemos que todas las verdades que la razón nos enseña son innatas.


(10) Se dirá quizá que a las demostraciones matemáticas, y a otras verdades que no son innatas, no se asiente tan pronto como se las propone, en lo que se distinguen de aquellos postulados y otras verdades innatas. Diré solamente en lo que difieren estos postulados y las demostraciones matemáticas: éstas tienen necesidad de pruebas para merecer nuestro asentimiento; a los otros se asiente tan pronto como son comprendidos, sin necesidad de razonamiento…


(11) Quienes se tomen la molestia de reflexionar sobre las operaciones del entendimiento hallarán que este rápido asentimiento de la mente a ciertas verdades depende no de una inscripción nativa, ni del uso de la razón, sino de una facultad de la mente completamente distinta, como veremos más adelante. La razón no actúa para nada en procurarnos asentimiento a estos principios: si por decir “que los hombres los conocen y asienten a ellos cuando llegan al uso de la razón” se quiere significar que el uso de la razón nos asiste en el conocimiento de estos principios, es absolutamente falso. Aun si fuera cierto, no probaría que fueran innatos.

(12) Si por conocerlos y asentir a ellos cuando llegamos al “uso de razón”, se quiere decir cuando la mente llega a conocerlos, y que tan pronto como los niños llegan al uso de razón los conocen y asienten, es igualmente falso y frívolo, Es falso, en primer lugar, porque es evidente que estos principios o máximas no están en la mente antes del uso de razón, y por tanto es falso asignarles como tiempo de su descubrimiento el momento en que se llega al uso de la razón. ¡Cuántos ejemplos de uso de razón podemos observar en los niños mucho antes de que tengan conocimiento de esta máxima: “es imposible para la misma cosa ser y no ser”! Concedo que los hombres no llegan al conocimiento de estas verdades generales y abstractas, que se suponen innatas, hasta que alcanzan el uso de razón. Pero son descubrimientos hechos y verdades incorporadas a la mente del mismo modo y por los mismos pasos que otras varias proposiciones a las que nadie es tan extravagante que las llame innatas.


(13) Decir que los hombres conocen y asienten a estas máximas “cuando llegan al uso de la razón” es afirmar que no se conocen ni se tiene noticias de ellas después, durante la vida del hombre: pero el cuándo es incierto…
(14) En segundo lugar, si fuera verdad que el tiempo preciso en que se las conoce y se asiente a ellas es cuando se llega al uso de la razón, tal cosa no probaría que fueran innatas. Tal modo de argüir es tan frívolo como falsa la suposición misma. Pues, ¿por qué razón ha de parecer que una noción está originariamente impresa en la mente desde su constitución primera, por el hecho de que se la conozca por primera vez y se asienta a ella cuando una facultad de la mente, que posee un ámbito distinto, comienza a actuar? Por la misma razón, el hecho de poder expresarse verbalmente, si se supone que es éste el tiempo en que se asiente por primera vez a ellas, constituiría tan buena prueba de que son innatas como decir que son innatas porque los hombres asienten a ellas cuando llegan al uso de razón...
(15) Al principio, los sentidos aprehenden ideas particulares y abastecen el gabinete todavía vacío de nuestra mente con algunas de ellas que son conservadas en la memoria y a las que se da nombre. Después la mente las abstrae y, mediante un modo gradual, aprende el uso de los nombres generales. De esta manera la mente se surte de ideas y de lenguaje, materiales sobre los que ejerce su facultad discursiva (discursive faculty); y el uso de la razón se hace más visible a medida que aumentan estos materiales que permiten su empleo. Aunque el tener ideas generales y el uso de las palabras generales y el de la razón crecen juntamente, sin embargo esto no indica que tales ideas sean innatas...

(16) Un niño no sabe que tres más cuatro es igual a siete, hasta que es capaz de contar hasta siete y posee el nombre y la idea de igualdad; entonces, por la explicación o comprensión de estas dos palabras, asiente o percibe la verdad de dicha proposición. Pero no asiente rápidamente, porque sea una verdad innata, ni porque haya llegado al uso de razón y la haya conocido entonces, sino porque la verdad de dicha proposición se le aparece tan pronto como ha instalado en su mente las ideas claras y distintas que dichas palabras representan... Un hombre sabe que dieciocho y diecinueve suman treinta y siete con la misma seguridad que sabe que uno y dos suman tres; sin embargo, un niño no sabe esto tan pronto como aquél, no por falta de uso de razón, sino porque las ideas que expresan las palabras dieciocho, diecinueve y treinta y siete no las alcanza tan pronto como las que significan uno, dos y tres...


(18) Pregunto si el rápido asentimiento dado a una proposición, al oírla por primera vez y entender sus términos, puede ser un criterio cierto de que es innata. Si no fuera así, en vano se aduciría tal asentimiento como una prueba de ellas; y si se dice que constituye un criterio de que son innatas, debe concederse que son innatas todas las proposiciones a las que se asiente tan pronto como se las oye, de lo que resulta que estaremos abarrotados de principios innatos. Por el mismo motivo —el de asentir al oír y comprender los términos en una proposición, caso en que los hombres la admitiesen como innata— deberían asimismo consentir en que son innatas otras muchas proposiciones numéricas: que uno y dos son tres, que dos y dos son cuatro, y multitud de otras semejantes, a las que todo el mundo asiente. Pero esta prerrogativa no sería sólo de los números, sino también de la filosofía natural y de todas las otras ciencias, las cuales ofrecen proposiciones a las que asentiríamos tan pronto como las comprendiéramos. Que “dos cuerpos no pueden estar en el mismo lugar” es una verdad a la que nadie adhiere menos que a las máximas “es imposible para una misma cosa ser y no ser”, o que “lo blanco no es negro”, o que “un cuadrado no es un círculo”, o que “lo amargo no es lo dulce”.

(19) No se diga que esas proposiciones evidentes a las que se asiente en seguida, como “uno y dos son tres”, “lo verde no es rojo”, etc., se reciben como consecuencia de aquellas otras proposiciones, más universales, que se consideran como principios innatos; puesto que cualquiera que se tome la molestia de observar lo que ocurre en el entendimiento hallará ciertamente que éstas, y lo mismo las proposiciones menos generales, las conocen y asienten a ellas gentes absolutamente ignorantes de las máximas generales; de forma que, siendo anteriores en la mente a aquellos primeros principios (nombre con que se les conoce), no pueden deber a ellos el asentimiento con que se reciben.


(21) Pero nada hemos conseguido todavía del “asentir a proposiciones y comprender de primeras sus términos”. Será conveniente que notemos que, en lugar de constituir una señal de que son innatas es una prueba de lo contrario, pues supone que algunos que comprenden y conocen otras cosas permanecen ignorantes de aquellos principios hasta que les son propuestos, y que se puede desconocer estas verdades hasta que se las oye a los demás. Entonces, si fueran innatas ¿para qué necesitarían ser propuestas con objeto de conseguir asentimiento, cuando, si es que se hallan en el entendimiento, por una impresión natural y originaria, no podrían ser por menos de ser conocidas con anterioridad? No puede negarse que los hombres, al serles propuestas, conocen muchas de las verdades evidentes por sí; pero es claro que quien las conoce así advierte en sí mismo que empieza a conocer una proposición que no conocía antes, y que, a partir de entonces, nunca discutirá; no porque sea innata, sino porque la consideración de la naturaleza de las cosas contenidas en aquellas palabras no le permitiría pensar de otra manera.

(22) Si se dice que “el entendimiento posee un conocimiento implícito de estos principios, pero no explícito”, será difícil concebir lo que se entiende por un principio impreso en el entendimiento implícitamente, a menos que la mente sea capaz de comprender y asentir firmemente a tales proposiciones. En este caso, todas las demostraciones matemáticas, e igual los primeros principios, deben ser recibidos como impresiones nativas de la mente; pero me temo que no admitan eso fácilmente quienes saben por experiencia que es más difícil demostrar una proposición que asentir a ella cuando esté demostrada. Y pocos matemáticos se arriesgarán a creer que todos los diagramas que han dibujado no fueron sino copias de caracteres innatos que la naturaleza ha grabado en sus mentes. . .


(23) Para concluir, en lo que se refiere al argumento del asentimiento universal, diré que estoy de acuerdo con los defensores de los principios innatos en que, si son innatos, necesitan tener asentimiento universal. Pues que una verdad sea innata y no se asienta a ella es para mí tan ininteligible como para un hombre conocer una verdad y estar ignorante de ella al mismo tiempo. Según propia confesión de estos hombres, no pueden ser innatas, puesto que no asienten a ellas los que no comprenden los términos, ni tampoco una gran parte de los que, pudiéndolos comprender, nunca han oído o pensado en esas proposiciones, lo cual sucede, me parece, a la mitad de la humanidad por lo menos.
(27) Que las máximas generales de que tratamos no son conocidas por los niños, los idiotas y gran parte de la humanidad, lo hemos probado suficientemente. Pero existe otro argumento en contra de que sean innatas: y es que estos caracteres, si fueran impresiones originarias y nativas, aparecerían con la mayor claridad en aquellas personas en quienes, precisamente, no hallamos huellas de ellos; y esto es, en mi opinión, una fuerte presunción de que no son innatas, puesto que son menos conocidas para aquellos en quienes, de ser innatas, deberían actuar con mayor fuerza y vigor. Como los niños, los idiotas, los salvajes y las personas analfabetas son los menos corrompidos entre toda la humanidad por las costumbres y las opiniones recibidas, sería razonable pensar que en sus mentes estas nociones innatas se mostrarían abiertamente a la vista de cada uno, como ocurre en los pensamientos de los niños. Pero, ¡ay! , entre los niños, los idiotas, los salvajes y las personas analfabetas ¿qué máximas generales se encuentran? ¿Qué principios universales de conocimiento? Sus nociones son pocas y estrechas, adquiridas únicamente de los objetos con los que más se relacionan y que han causado en sus sentidos las impresiones más frecuentes y fuertes. . . Estos principios no han de esperarse que se encuentren en los pensamientos de los niños. Constituyen el lenguaje y el tema de las escuelas y academias acostumbradas a esta clase de conversación o enseñanza y donde las disputas son frecuentes. Estas máximas son adecuadas para argumentaciones artificiosas, y útiles para lograr convicciones, pero no lo son para conducir el descubrimiento de la verdad o al avance del conocimiento.

LIBRO II
DE LAS IDEAS


CAPITULO I
DE LAS IDEAS EN GENERAL Y DE SU ORIGEN
(1) Todo hombre tiene conciencia de que piensa, y como quiera que lo que ocupa su mente mientras está pensando son las ideas que tiene, está fuera de toda duda que los hombres poseen en sus mentes varias ideas, tales como las expresadas por las palabras “blancura”, “dureza”, “dulzura”, “pensar”, “movimiento”, “elefante”, “ejército”, “embriaguez”, y otras. En primer lugar, debemos inquirir cómo las alcanza el hombre.
(2) Supongamos que la mente es, como nosotros decimos, un papel en blanco, vacío de caracteres, sin ideas. ¿Cómo se llena? ¿De dónde procede el vasto acopio que la ilimitada y activa imaginación del hombre ha grabado en ella con una variedad casi infinita? A esto respondo con una palabra: de la experiencia. En ella está fundado todo nuestro conocimiento, y de ella se deriva todo en último término. Nuestra observación ocupándose ya sobre objetos sensibles externos, o ya sobre las operaciones internas de nuestras mentes, percibidas y reflejadas por nosotros mismos, es la que abastece a nuestro entendimiento con todos los materiales. Estas dos son las fuentes del conocimiento, de ellas proceden todas las ideas que tenemos o podemos tener.
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