John dominic crossan



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JOHN DOMINIC CROSSAN
JESÚS: VIDA DE UN CAMPESINO JUDÍO

Traducción castellana de TEÓFILO DE LOZOYA.


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Obertura


EL EVANGELIO DE JESÚS.

Al principio era la actuación; no sólo la palabra, no sólo el acto, sino ambas cosas a la vez, cada una de ellas marcada irremisiblemente y para siempre por la otra. Aún es un desconocido cuando llega a una aldehuela de la Baja Galilea. En él se clavan las miradas frías y duras de los campesinos, que llevan viviendo en el nivel mínimo de subsistencia el tiempo suficiente para saber con toda exactitud por dónde pasa la línea divisoria entre la pobreza y la miseria. Tiene todo el aspecto de un mendigo, aunque a su mirada le falta el encogimiento propio del pedigüeño, en su voz no se oye el típico soniquete quejumbroso y anda sin arrastrar los pies. Habla acerca de la ley de Dios, y los que lo escuchan lo hacen más que otra cosa por curiosidad. Ya saben ellos todo lo que hay que saber acerca de la ley y el poder, del reino y del imperio; en una palabra, saben perfectamente lo que son los impuestos y las deudas, la desnutrición y la enfermedad, lo que es ser un campesino oprimido o estar poseído por el demonio. Lo que a ellos les gustaría saber es qué puede hacer ese reino de Dios por el hijo que está cojo, por el padre ciego, por un alma demente gritando su torturado aislamiento entre las tumbas que marcan los límites del poblado. Jesús pasea con ellos entre los sepulcros y, en el silencio que se produce al concluir sus exorcismos, los aldeanos escuchan una vez más su voz, aunque ahora la curiosidad cede paso a la ansiedad, al temor, al embarazo. Es invitado, como exige el protocolo, a casa del principal personaje de la aldea, pero él prefiere quedarse en la de la mujer desposeída. No está bien, desde luego, pero no sería prudente criticar a un exorcista ni censurar a un mago. La aldea siempre podría sacar provecho de su poder poniéndolo a disposición de los pueblos de los alrededores; se trataría, al fin y al cabo, de dar una localización geográfica a ese reino de Dios del que tanto se habla, de convertirse en el punto de cita de cuantos buscan curación, en un centro de honor y patrocinio que diera de sí para todos sus habitantes, incluida la pobre viuda desposeída. Al día siguiente, sin embargo, se marcha, y entonces la gente empieza a preguntarse en voz alta por ese reino divino que no respeta los protocolos, por ese reino que, según decía aquel individuo, no era para los pobres, como ellos, sino para los menesterosos.

Otros comentan que los demonios más malignos y poderosos no se encuentran en las aldeas pequeñas, sino en determinadas ciudades. Quizá, afirman, allí es donde se habrá ido el demonio exorcizado, a Séforis o a Tiberíades, o incluso a Jerusalén o hasta a la propia Roma, donde prácticamente nadie se daría cuenta de su llegada debido a la multitud de sus congéneres que ya debían de residir en ellas. Otros, sin embargo, no dicen nada y estudian la posibilidad de alcanzar a Jesús antes de que se aleje demasiado.

Ni siquiera el propio Jesús vio siempre así las cosas. En un primer momento recibió el bautismo de Juan y aceptó el mensaje de éste, que hacía de Dios un juez apocalíptico cuyo advenimiento era inminente. Pero las aguas del Jordán no eran sólo agua, y ser bautizado en ellas significaba repetir el antiguo paso, arquetípico ya, que conducía del sometimiento a un imperio a la libertad nacional. Heredes Antipas actuó con rapidez y ejecutó a Juan; no se produjo la consumación apocalíptica y Jesús, tras encontrar la voz que le era propia, empezó a hablar de Dios no ya como de un apocalipsis por venir, sino como de una curación actual. Cuando los primeros seguidores salidos de las aldeas de la Baja Galilea le preguntan cómo agradecerle sus exorcismos y curaciones, les da una respuesta bien sencilla. Es decir, sencilla de entender, pero dificilísima de llevar a la práctica. Sois sanadores que han sido sanados —decía—, de modo que habéis de llevar el Reino a los demás, pues yo no soy su dueño ni vosotros sus intermediarios. Siempre ha sido, es y será accesible a todo aquel que lo desee. Vestios, igual que yo, como mendigos, pero no mendiguéis. Haced milagros y pedid hospitalidad. Aquellos a quienes curéis habrán de albergaros en sus casas.

Tanto esta visión extática como este programa social tenían por objeto volver a levantar desde los cimientos el edificio de una determinada sociedad, pero, eso sí, desde los principios del igualitarismo religioso y económico, a través de curaciones gratuitas realizadas directamente en los hogares de los campesinos y aceptando de buen grado lo que éstos pudieran dar a cambio.

La conjunción deliberada de magia y comida, de milagro y banquete, de compasión gratuita y comensalía sin restricciones suponía lanzar todo un reto no ya a las reglas de pureza más estrictas del judaismo o a la combinación de honra y deshonra, de patrocinio y clientela, propia del patriarcado mediterráneo, sino también a la tendencia eternamente presente en toda la civilización, a trazar líneas divisorias, a señalar límites, a establecer jerarquías y a perpetuar las discriminaciones. No hacía un llamamiento a la revolución política; antes bien postulaba una revolución social que afectaba peligrosamente a los propios cimientos de la mente humana. La distinción entre judíos y gentiles, entre varón y mujer, libres y esclavos, ricos y pobres quedaba totalmente abolida, no tenía la menor importancia. Semejante tipo de distinciones ni siquiera se abordaba en el plano teórico, y en la práctica eran sencillamente pasadas por alto.

Lo que había de ocurrirle a Jesús era probablemente tan previsible como lo que le sucediera anteriormente a Juan. Sin duda alguna lo que cabía esperar era una especie de ejecución político-religiosa. Sus palabras y sus obras resultaban tan inadmisibles en el siglo I como pudieran serlo en el actual, independientemente de cuál fuera el marco geográfico en el que se desarrollara su vida. En cualquier caso, por lo que a la secuencia exacta de los últimos acontecimientos de su vida se refiere, carecemos de referencias plurales e independientes, y su muerte resulta más segura si la relacionamos con el resto de su vida que si la relacionamos con los días inmediatamente anteriores a ella. Parece bastante obvio que Jesús, al enfrentarse —probablemente por primera y única vez en su vida— con la riqueza y la magnificencia del Templo, destruyó simbólicamente la función de intermediario —por lo demás perfectamente legítima— que éste tenía, en nombre del reino de Dios, en el que no cabrían intermediarios. En caso de producirse en el ambiente caldeado de la Pascua, fiesta que conmemoraba la liberación del pueblo judío de la primitiva opresión imperial, un gesto semejante habría bastado para justificar la crucifixión por un acuerdo entre los poderes políticos y religiosos. Y hoy día resulta imposible imaginar la facilidad, el anonimato y la indiferencia con que podía acabarse con un don nadie, con un campesino como Jesús.

Lo que no era previsible ni cabía esperar de ninguna manera es que ese final fuera cualquier cosa menos el final. Cuantos en un principio tuvieron conocimiento del poder divino por haber gozado de la vista de Jesús y haber sido testigos de su ejemplo, perseveraron en su actitud después de su muerte; de hecho, su experiencia se vio reforzada cuando ese poder divino dejó de hallarse circunscrito en los límites del tiempo y del espacio. A finales del siglo I un historiador judío de talante neutral dice: «Después que Pilato, prestando oídos a las personalidades más destacadas de nuestro pueblo que lo acusaban, lo condenó a morir en la cruz, no por ello dejaron de amarlo los que en primer lugar le habían dado su amor. Y aún hoy día sigue viva la tribu de los cristianos, que de él ha tomado su nombre». Por otra parte, un arrogante historiador latino afirmaba a comienzos del siglo n: «Aquel de quien tomaban nombre [se. "cristianos"], Cristo, había sido ejecutado en el reinado de Tiberio, por el procurador Poncio Pilato; la execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no sólo por Judea, origen del mal, sino también por la Ciudad, lugar en el que de todas partes confluyen y donde se celebran toda clase de atrocidades y vergüenzas». Los seguidores de Jesús, por su parte, tras huir en un principio de los peligros y el horror que supusiera la crucifixión, acabaron por hablar no ya del amor que seguían profesándole, o de la superstición que se iba propagando cada vez más, sino de resurrección. Intentaban explicar lo que querían decir al hablar, por ejemplo, del viaje a Emaús emprendido por dos discípulos de Jesús; uno era varón y su nombre es conocido; el nombre del otro no es mencionado, y probablemente fuera una mujer. La pareja había salido de Jerusalén y se dirigía a Emaús, decepcionada y entristecida. Jesús se les acercó y, sin que ellos pudieran reconocerlo, les fue explicando por el camino que deberían haber previsto sus padecimientos, como vaticinaban las Escrituras. Al declinar el día, le invitaron a quedarse a cenar con ellos y por fin lo reconocieron cuando les sirvió el pan como otrora a orillas del lago. Y de inmediato regresaron a Jerusalén animadísimos. El simbolismo del relato es evidente, lo mismo que la condensación metafórica de lo que fueron los primeros años de pensamiento y práctica del cristianismo en la parábola de una tarde. El camino de Emaús no existió nunca. Siempre se está camino de Emaús.

En cualquier caso, si nos preguntamos cuáles de las palabras puestas en labios de Jesús se remontan realmente al Jesús histórico, siempre es posible, cuando menos, presentar un inventario reconstruido. No obstante, a medida que el lector vaya leyéndolas, recordará, a la luz de lo enunciado en los párrafos anteriores, que estas palabras no son una lista que se lea y punto. Tampoco son un sermón que se predica. Son una partitura que debe ser tocada, un programa que debe ponerse en práctica.

No llevéis bolsa ni alforja, ni sandalias ni dos túnicas. En cualquier casa en que entréis, comed lo que os pongan; curad al enfermo que haya en ella y decid: «El reino de Dios ha llegado hasta vosotros».

Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.

El reino de Dios no vendrá en medio de señales que pueden comprobarse de antemano; no se dirá: «está aquí» o «está allí». Pues el reino de Dios está ya entre vosotros.

El que tenga oídos para oír, que oiga.

El que os recibe a vosotros, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.

Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera, y el que se casa con la repudiada por el marido comete adulterio.

No os manchará lo que entra en vuestra boca, sino lo que sale de vuestra boca, eso os manchará.

Estos pequeños que toman la leche se parecen a los que entran en el reino de Dios.

Vosotros sois la luz del mundo.

El profeta no es aceptado en su tierra. El médico no cura a quienes le conocen.

Todo pecado será perdonado.

Una mujer de entre la gente le dijo: «¡Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Él le dijo: «¡Benditos quienes han escuchado la palabra de Dios y la han guardado!».

Perdonad y se os perdonará.

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.

Nada hay oculto que no vaya a revelarse por fuera, ni nada cubierto que no vaya a descubrirse.

Salió un sembrador a sembrar, y de la simiente, parte cayó junto al camino, y viniendo las aves, la comieron. Otra cayó en un pedregal, donde no había tierra, y como no tenía raíz, se secó. Otra cayó entre espinas, las cuales crecieron y la ahogaron. Otra cayó sobre tierra buena y dio fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta.

El reino de Dios se parece a un grano de mostaza, la menor de todas las semillas, pero que, al caer en tierra preparada, produce un gran arbusto, abrigo para los pájaros del cielo.

Nadie enciende la lámpara y la pone en un rincón, ni bajo el celemín, sino sobre un candelero, para que los que entren tengan luz.

Sed prudentes como las serpientes y puros como las palomas.

Al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

Bienaventurados los menesterosos.

El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame.

Un hombre plantó una viña y la arrendó a unos viñadores y se partió de viaje para largo tiempo. Al tiempo oportuno envió un siervo a los viñadores para que le diesen de los frutos de la viña; pero los viñadores le azotaron y le despidieron con las manos vacías. Volvió a enviarles otro siervo, y a éste también lo azotaron, le ultrajaron y lo despacharon de vacío. Aún les envió un tercero.

Y también a éste lo echaron fuera después de haberle herido. Dijo entonces el amo de la viña: ¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; a lo menos a éste lo respetarán. Pero en viéndole los viñadores, se hablaron unos a otros diciendo: Éste es el heredero; matémoslo y será nuestra la heredad.

Bienaventurados los que son ultrajados.

Yo destruiré este Templo y nadie podrá reedificarlo.

La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

¿Qué habéis salido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con molicie? Los que visten suntuosamente y viven con regalo están en los palacios de los reyes. ¿Qué salisteis, pues, a ver? ¿Un profeta? Sí, yo os digo, y más que profeta.

Cuando veis levantarse una nube por el poniente, al instante decís: Va a llover. Y así es. Cuando sentís soplar el viento sur, decís: Va a hacer calor. Y así sucede. Sabéis juzgar del aspecto de la tierra y del cielo, ¿Pues cómo no juzgáis del tiempo presente?

Mostraron a Jesús una moneda de oro y le dijeron: «Los agentes del César nos exigen los tributos». Él les dijo: «Dad al César lo que es del César; dad a Dios lo de Dios».

Bienaventurados los que lloran.

Quien quisiere salvar su vida, la perderá; pero quien perdiere su vida, la salvará.

El que no está contra vosotros está con vosotros.

Es como un pescador que, habiendo echado su red al mar, la sacó fuera llena de pequeños peces. Entre ellos, encontró un pescado grande y excelente.

Entonces arrojó al mar a todos los pececillos y sin esfuerzo escogió el pescado grande.

He echado fuego al mundo y, mirad, lo mantengo hasta que prenda.

¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? Os digo que no, sino la disensión. Porque en adelante estarán en una casa cinco divididos, tres contra dos y dos contra tres; se dividirán el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre, y la madre contra la hija, y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra.

Es como un hombre que arroja la semilla en la tierra, y ya duerma, ya vele, de noche y de día, la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo. De sí misma da fruto la tierra, primero la hierba, luego la espiga, enseguida el trigo que llena la espiga; y cuando el fruto está maduro, se mete la hoz, porque la mies está en sazón.

Ves la paja en el ojo de tu hermano, pero no ves la viga en tu ojo. Cuando saques la viga de tu ojo, entonces verás claro, para sacar la paja del ojo de tu hermano.

Una ciudad construida sobre lo alto y fortificada no puede caer ni ocultarse.

Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo a la luz, y lo que os digo al oído predicadlo sobre los terrados.

Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya.

A nadie le es posible entrar en la casa del fuerte ni violentarle, si no le ata las manos. Entonces podrá arrasar su casa.

No os preocupéis de vuestra vida, por lo que habéis de comer; ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir. Mirad a los cuervos, que ni hacen sementera ni cosecha, que no tienen ni despensa ni granero, y Dios los alimenta.

Mirad los lirios cómo crecen; ni trabajan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Vosotros buscad su reino, y todo eso se os dará por añadidura.

Ay de los fariseos, porque se parecen al perro que yace en el pesebre de los bueyes: ni come ni deja comer a los bueyes.

Desde Adán a Juan el Bautista, no hay entre los nacidos de mujeres nadie superior a Juan el Bautista, cuyos ojos no deban bajarse ante él. Sin embargo, cualquiera de entre vosotros que se haga pequeño conocerá el reino y será superior a Juan.

Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro.

Nunca un hombre bebe vino añejo y desea enseguida beber vino nuevo.

Nadie cose un pedazo de paño sin tundir en un vestido viejo, ni echa nadie vino nuevo en cueros viejos.

Quien no odia a su padre y a su madre no puede ser mi discípulo, y quien no odia a sus hermanos y hermanas no puede ser mi discípulo.

Es semejante el reino de los cielos a uno que sembró en su campo semilla buena. Pero mientras su gente dormía, vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo y se fue. Cuando creció la hierba y dio fruto, entonces apareció la cizaña. Acercándose los criados al amo, le dijeron: Señor, ¿no has sembrado semilla buena en tu campo? ¿De dónde viene, pues, que haya cizaña? Y él les contestó: Eso es obra de un enemigo. Dijéronle: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? Y les dijo: No, no sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. Dejad que ambos crezcan hasta la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: Tomad primero la cizaña y atadla en haces para quemarla, y el trigo recogedlo para encerrarlo en el granero.

Un hombre rico tenía muchas posesiones. Y dijo: «Emplearé mi fortuna en sembrar, recoger, plantar y llenar de frutos mis graneros, para no carecer de nada». Esto es lo que pensaba en su corazón. Aquella misma noche murió.

Un hombre tenía invitados y, tras preparar el banquete, envió a su siervo para invitar a los convidados. Este fue al primero y le dijo: «Mi amo te convida ». Él contestó: «Me deben dinero los mercaderes que vendrán por la tarde y voy a darles instrucciones. Me excuso del banquete». Él fue a otro y le dijo: «Mi amo te convida». Él le dijo: «Mi amigo se casa y yo debo preparar el banquete.

No podré ir. Me excuso de la comida». El siervo fue a otro y le dijo: «Mi amo te convida». Él le contestó: «He comprado una finca y voy a recoger el alquiler. No podré ir. Me excuso». El siervo regresó y dijo a su amo: «Los convidados al banquete se han excusado». El amo dijo a su siervo: «Sal afuera, a los caminos y a quienes encuentres invítales a tomar la cena».

Bienaventurados los hambrientos.

Alguien le dijo: «Di a mis hermanos que repartan conmigo las cosas de mi padre». Él le dijo: «¡Hombre! ¿Quién me ha hecho repartidor?».

El Reino se parece a un mercader que tenía una mercancía y encontró una perla. El mercader fue sabio, vendió la mercancía y compró la perla sola.

Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

¿Por qué laváis el exterior de la copa? ¿No sabéis que quien ha creado lo interior también ha creado lo exterior?

Si tenéis dinero, no lo deis a interés, sino dadlo a aquel de quien no recibiréis nada.

El Reino se parece a una mujer que tomó un poco de fermento, lo metió en la masa e hizo panes grandes.

Los discípulds le dijeron: «Tus hermanos y tu madre están afuera». Él les dijo: «Quienes ahí cumplen la voluntad de Dios son mis hermanos y mi madre».

Dijeron a Jesús: «Ven, vamos a rezar y a ayunar». Jesús dijo: «¿Qué pecado he cometido o en qué me han obligado? Cuando el novio salga de la cámara nupcial, entonces que ayunen y recen».

El Reino es semejante a un pastor que tenía cien ovejas. Una, la más grande, se perdió. Él, entonces, dejó las noventa y nueve y buscó a la otra hasta que la encontró. Tras el esfuerzo, le dijo: «Te quiero más que a las noventa y nueve».

Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo.

Los escribas, los ancianos y sacerdotes murmuraban contra él porque se sentaba a la mesa con pecadores.

Amad a vuestros enemigos y bendecid a los que os maldicen.

Estaba expulsando a un demonio mudo, y así que salió el demonio, habló el mudo. Las muchedumbres se admiraban, pero algunos de ellos dijeron: Por el poder de Beelcebul, príncipe de los demonios, expulsa éste los demonios; pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo será devastado; y caerá casa sobre casa. Si, pues, Satanás se halla dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Puesto que decís que por virtud de Beelcebul expulso yo a los demonios.

Si yo expulso a los demonios por Beelcebul, vuestros hijos, ¿por quién los expulsan? Por esto ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si expulso a los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros.

Guardaos de los escribas, que gustan ir vestidos de largas túnicas, y buscan los saludos en las plazas, y los primeros asientos en las sinagogas, y los primeros puestos en los convites.

Buena es la sal; pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se sazonará?

Si alguno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos.

Otro discípulo le dijo: Señor, permíteme ir primero a sepultar a mi padre; pero Jesús le respondió: Sigúeme y deja a los muertos sepultar a sus muertos.

Otro le dijo: Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado, mire atrás es apto para el reino de Dios.

Sois como corderos en medio de lobos.

¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O, si le pide un pez, le da una serpiente? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quien se las pide! ¿No se venden cinco pájaros por dos ases? Y, sin embargo, ni uno de ellos está en olvido ante Dios. Aun hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados todos. No temáis; vosotros valéis más que muchos pájaros.

Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de Dios está en tensión.

Y los esforzados lo arrebatan. Porque todos los profetas y la Ley han profetizado hasta Juan.

Entonces se le acercó Pedro y le preguntó: Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces? Dícele Jesús: No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Porque es como si uno al emprender un viaje llama a sus siervos y les entrega su hacienda, dando a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad, y se va. Luego, el que había recibido cinco talentos se fue y negoció con ellos y ganó otros cinco. Asimismo el de los dos ganó otros dos.

Pero el que había recibido uno se fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su amo. Pasado mucho tiempo, vuelve el amo de aquellos siervos y les toma cuentas, y llegando el que había recibido los cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: Señor, tú me has dado cinco talentos; mira, pues, otros cinco que he ganado. Y su amo le dice: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco; te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu señor. Llegó el de los dos talentos y dijo: Señor, dos talentos me has dado; mira otros dos que he ganado. Díjole su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco; te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu señor. Se acercó también el que había recibido un solo talento y dijo: Señor, tuve cuenta que eres hombre duro, que quieres cosechar donde no sembraste y recoger donde no esparciste, y temiendo, me fui y escondí tu talento en la tierra; aquí lo tienes.

Respondióle su amo: Siervo malo y haragán, ¿conque sabías que yo quiero cosechar donde no sembré y recoger donde no esparcí? Debías, pues, haber entregado mi denario a los banqueros, para que a mi vuelta recibiese lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez.

Él les dijo: Los reyes de las naciones imperan sobre ellas y los que ejercen la autoridad sobre las mismas son llamados bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros será como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está sentado a la mesa o el que sirve?

¿No es el que está sentado? Pues yo estoy en medio de vosotros como quien sirve.

Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de Dios.

Amad a vuestro enemigo como a vuestra alma; cuidad a vuestro prójimo como a las niñas de vuestros ojos.

Sed transeúntes.

Un hombre no puede montar a dos caballos ni tensar dos arcos.

Bienaventurado el que sufre.

Hended un madero; yo estoy allí. Levantad una piedra; allí me encontraréis.

El Reino se parece a una mujer que llevaba un cántaro de harina durante un largo camino. El asa del cántaro se rompió y la harina se escurría detrás sobre el camino. Ella no lo advertía y no se apenaba. Al llegar a casa, puso el cántaro en el suelo. Lo encontró vacío.

El Reino se parece a un hombre que quería matar a otro hombre muy grande.

Desenvainó su espada en su casa y la clavó en el muro, para saber si su mano sería poderosa. Entonces mató al hombre muy grande.

Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu prójimo tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu prójimo y luego vuelve a presentar tu ofrenda.

No juréis de ninguna manera: ni por el cielo, pues es el trono de Dios, ni por la tierra, pues es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, pues es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jures tampoco, porque no está en ti volver uno de tus cabellos negro o blanco. Sea vuestra palabra: sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto, de mal procede.

El que se ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado.

Se asemeja el Reino a un rey que quiso tomar cuentas a sus siervos. Al comenzar a tomarlas se le presentó uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y saldar la deuda. Entonces el siervo, cayendo de hinojos, dijo: Señor, dame espera y te lo pagaré todo. Compadecido el señor del siervo aquel, le despidió, condonándole la deuda. En saliendo de allí, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándole, intentaba ahogarlo al tiempo que le decía: Paga lo que debes. De hinojos le suplicaba su compañero, diciendo: Concédeme un plazo y te pagaré.

Pero él se negó, y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la deuda.

Viendo esto sus compañeros, les desagradó mucho y fueron a contar a su señor todo lo que pasaba. Entonces hízole llamar el señor y le dijo: Mal siervo, te condoné yo toda tu deuda porque me lo suplicaste. ¿No convenía, pues, que tuvieras tú piedad de tu compañero, como la tuve yo de ti? E irritado, le entregó a los torturadores hasta que pagase toda la deuda.

El Reino es semejante a un amo de casa que salió muy de mañana a ajusfar obreros para su viña. Convenido con ellos en un denario al día, los envió a su viña. Salió también a la hora de tercia y vio a otros que estaban ociosos en la plaza. Díjoles: Id también vosotros a mi viña y os daré lo justo. Y se fueron.

De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo, y saliendo cerca de la hora undécima, encontró a otros que estaban allí y les dijo: ¿Cómo estáis aquí sin hacer labor en todo el día? Dijéronle ellos: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña. Llegada la tarde, dijo el amo de la viña a su administrador: Llama a los obreros y dales su salario, desde los últimos hasta los primeros. Viniendo los de la hora undécima recibieron un denario. Cuando llegaron los primeros, pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario. Al tomarlo murmuraban contra el amo, diciendo: Estos postreros han trabajado sólo una hora y los has igualado con los que hemos soportado el peso del día y el calor. Y él respondió a uno de ellos diciéndole: Amigo, no te hago agravio; ¿no has convenido con- migo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Yo quiero dar a este postrero lo mismo que a ti.

Hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que fueron hechos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor del reino de los cielos.

Un hombre tenía dos hijos, y llegándose al mayor, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. El respondió: No quiero. Pero después se arrepintió y fue.

Y llegándose al segundo, le habló del mismo modo, y él respondió: Voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?

Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en poder de ladrones, que le desnudaron, le cargaron de azotes y se fueron, dejándole medio muerto. Por casualidad bajó un sacerdote por el mismo camino, y viéndole, pasó de largo.

Asimismo un levita, pasando por aquel sitio, le vio también y pasó delante.

Pero un samaritano que iba de camino llegó a él, y, viéndole, se movió a compasión; acercóse, le vendó las heridas, derramando en ellas aceite y vino; le hizo montar sobre su propia cabalgadura, le condujo al mesón y cuidó de él. A la mañana, sacando dos denarios, se los dio al mesonero y dijo: Cuida de él, y lo que gastares, a la vuelta te lo pagaré.

Si alguno de vosotros tuviere un amigo y viniere a él a medianoche y le dijera: Amigo, préstame tres panes, pues un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo qué darle. Y él, respondiendo de dentro dijese: No me molestes; la puerta está ya cerrada y mis niños están ya conmigo en la cama; no puedo levantarme para dártelos. Yo os digo que, si no se levanta por ser amigo suyo, a lo menos por su desvergüenza se levantará y le dará cuanto necesite.

Tenía uno plantada una higuera en su viña y vino en busca del fruto y no lo halló. Dijo entonces al viñador: Van ya tres años que vengo en busca del fruto de esta higuera y no lo hallo; córtala; ¿por qué ha de ocupar la tierra en balde? Le respondió y dijo: Señor, déjala aún por este año que la cave y la abone, a ver si da fruto para el año que viene...; si no, la cortarás.

¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, echados los cimientos y no pudiendo acabarla, todos cuantos lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar. ¿O qué rey, saliendo a campaña para guerrear con otro rey, no considera primero y delibera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Si no, hallándose aún lejos aquél, le envía una embajada haciéndole proposiciones de paz.

¿Qué mujer que tenga diez dracmas, si pierde una, no enciende la luz, barre la casa y busca cuidadosamente hasta hallarla? Y una vez hallada, convoca a las amigas y vecinas, diciendo: Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.

Un hombre tenía dos hijos, y dijo el más joven de ellos al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Les dividió la hacienda, y pasados pocos días, el más joven, reuniéndolo todo, partió a una tierra lejana, y allí disipó toda su hacienda viviendo disolutamente. Después de haberlo gastado todo, sobrevino una fuerte hambre en aquella tierra, y comenzó a sentir necesidad. Fue y se puso a servir a un ciudadano de aquella tierra, que le mandó a sus campos a apacentar puercos. Deseaba llenar su estómago de las algarrobas que comían los puercos, y no le era dado. Volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, se vino a su padre. Cuando aún estaba lejos, viole el padre, y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos. Díjole el hijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, traed la túnica m^s rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, y traed un becerro bien cebado y matadle, y comamos y alegrémonos, porque este mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida; se había perdido, y ha sido hallado. Y se pusieron a celebrar la fiesta. El hijo mayor se hallaba en el campo, y cuando, de vuelta, se acercaba a la casa, oyó la música y los coros; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar un becerro cebado, porque le ha recobrado sano. Él se enojó y no quería entrar; pero su padre salió y le llamó.

Él respondió y dijo a su padre: Hace ya tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus mandatos, y nunca me diste un cabrito para hacer fiesta con mis amigos, y al venir este hijo tuyo, que ha consumido su fortuna con meretrices, le matas un becerro cebado. Él le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todos mis bienes son tuyos; mas era preciso hacer fiesta y alegrarse, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se ha perdido y ha sido hallado.

Había un hombre rico que tenía un mayordomo, el cual fue acusado de disiparle la hacienda. Llamóle y le dijo: ¿Qué es lo que oigo de ti? Da cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir de mayordomo. Y se dijo para sí el mayordomo: ¿Qué haré, pues mi amo me quita la mayordomía?

Cavar no puedo, mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que he de hacer para que cuando me destituya de la mayordomía me reciban en sus casas. Llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo?

Él dijo: Cien batos de aceite. Y le dijo: Toma tu caución, siéntate al instante y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Él dijo: Cien coros de trigo. Díjole: Toma tu caución y escribe ochenta.

Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba cada día espléndidos banquetes. Un pobre, de nombre Lázaro, estaba echado en su portal, cubierto de úlceras y deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico; hasta los perros venían a lamerle las úlceras. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán y murió también el rico, y fue sepultado. En el infierno, en medio de los tormentos, levantó sus ojos y vio a Abraham desde lejos y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que, con la punta del dedo mojada en agua, refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. Dijo Abraham: Hijo, acuérdate de que recibiste ya tus bienes en vida y Lázaro recibió males, y ahora él es aquí consolado y tú eres atormentado. Además, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de manera que los que quieran atravesar de aquí a vosotros no pueden, ni tampoco pasar de ahí a nosotros.

Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres.

Había asimismo en aquella ciudad una viuda que vino a él diciendo: Hazme justicia contra mi adversario. Por mucho tiempo no le hizo caso, pero luego se dijo para sí: Aunque, a la verdad, yo no tengo temor de Dios ni respeto a los hombres, mas, porque esta viuda me está cargando, le haré justicia, para que no acabe por» molerme.

Dos hombres subieron al templo a orar, el uno fariseo, el otro publicano.

El fariseo, en pie, oraba para sí de esta manera: ¡Oh Dios!, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni como este publicano. Ayuno dos veces en la semana, pago el diezmo de todo cuanto poseo. El publicano se quedó allá lejos y ni se atrevía a levantar los ojos al cielo, y hería su pecho diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador! Os digo que bajó éste justificado a su casa y no aquél.

Estas palabras, repitámoslo una vez más, no son una lista que se lea y punto. Tampoco son un sermón que se predica. Son una partitura que debe ser tocada, un programa que debe ponerse en práctica. La presente obra constituye la relación de su primitiva orquestación y de su ejecución primera. Al final, como en el principio, ahora igual que entonces, lo único que existe es la ejecución.

Prólogo.

EL JESÚS HISTÓRICO.

Intentar conocer al verdadero Jesús es como intentar, en el terreno de la física atómica, localizar una partícula submicroscópica y determinar su carga. Directamente no es posible verla, pero en una lámina fotográfica se pueden observar las líneas dejadas por la trayectoria de las partículas de mayor tamaño puestas en movimiento por aquélla. Rastreando esas líneas hasta su origen común, y calculando la fuerza necesaria para mover esas partículas del modo en que se movieron, podemos localizar y describir la fuerza oculta que las causó. Según la opinión común, la historia es más compleja que la física; las líneas que conectan a la figura original con las leyendas desarrolladas posteriormente no pueden trazarse con una precisión matemática; hay que tener en cuenta la intervención de factores desconocidos. Por consiguiente, a sus resultados no se les puede exigir más que un elevado índice de probabilidad; y, como decía el obispo Butler, «la probabilidad es la verdadera guía de la vida».

MORTON SMITH (1978, p. 6).


Las investigaciones en torno al Jesús histórico se están convirtiendo en una especie de chiste malo de eruditos. Siempre ha habido historiadores que han afirmado que, por motivos históricos, dichas investigaciones no podían llevarse a cabo. Siempre ha habido teólogos que han afirmado que, por motivos teológicos, tampoco podían llevarse a cabo. Y siempre ha habido eruditos que han afirmado lo primero cuando lo que querían decir era lo segundo.

Todo esto, sin embargo, no era más que una serie de indignidades que impedían cualquier tipo de investigación. Lo que tenemos ahora es más bien lo contrario. Nos encontramos con una enorme cantidad de eruditos competentes, incluso eximios, que se dedican a presentar imágenes de Jesús a cual más variada.

Baste un ejemplo que ilustrará perfectamente cuál es la situación actual. El discurso de toma de posesión como presidente de la Catholic Biblical Association de la Universidad de Georgetown, pronunciado el 6 de agosto de 1986 por Daniel J. Harrington, ha sido publicado en su versión original (1987a) y posteriormente en otra «adaptada y aumentada» (1987b). En este último artículo el autor presenta «una breve descripción de las diversas imágenes de Jesús propuestas en los últimos años por siete especialistas distintos, cuyas diferencias estriban en los diversos enfoques del mundo judío en el que han decidido situar la imagen que, según ellos, correspondería al Jesús histórico» (p. 36). S. G. F. Brandon (1967) nos presenta a un Jesús con los arreos de un revolucionario en la esfera política. En Morton Smith (1978) Jesús aparece como un mago; en Geza Vermes (1981, 1984) como un individuo carismático de Galilea; en Bruce Chilton (1984) es un rabino galileo; en Harvey Falk (1985) es un hilelita o protofariseo y también un esenio; y en E. P. Sanders (1985), un profeta escatológico.

Por supuesto, no todas las obras mencionadas poseen la misma capacidad de persuasión, pero de momento su variedad ilustra de manera más que suficiente la magnitud del problema. Incluso a la hora de intentar estudiar la figura de Jesús sobre el fondo del mundo que le era propio, es decir el judío, da la impresión de que pueden surgir tantas figuras como exégetas. Algunas de estas obras, y otras que no nos costaría trabajo añadir, como las de Borg (1984) o Horsley (1987) por ejemplo, contienen elementos y puntos de vista que, naturalmente, debemos tener en cuenta a la hora de realizar en el futuro cualquier tipo de síntesis. Pero esa increíble diversidad produce un verdadero desconcierto entre los académicos. Resulta imposible olvidar la sospecha de que las investigaciones en torno al Jesús histórico son un campo abonado para hacer teología y llamarla historia, o para hacer autobiografía y llamarla biografía.

El problema de la existencia de unas conclusiones tan variadas y discordantes nos obliga a plantear una vez más la cuestión de la teoría y el método. La metodología de las investigaciones en torno a la figura de Jesús a finales del presente siglo tiene que ver con lo que era la metodología de las investigaciones arqueológicas a finales del siglo pasado. Cuando el arqueólogo se pone a excavar más o menos al azar un yacimiento antiguo, y, tomando la pieza que le parece más valiosa o única, se la lleva precipitadamente a su país de origen para encerrarla en cualquier museo metropolitano, no podemos decir que se trate de una arqueología científica, sino de un mero saqueo cultural. Si no se cuenta con la estratigrafía científica, es decir, si no se especifica la situación exacta de cada objeto en eF estrato cronológico que le corresponde, resulta que casi puede extraerse cualquier tipo de conclusión prácticamente de cualquier objeto. Pero, si bien es cierto que la arqueología contemporánea conoce perfectamente la importancia decisiva de la estratigrafía, las investigaciones contemporáneas en torno a la figura de Jesús se hallan aún inmersas en lo que podríamos denominar el saqueo textual, esto es, se caracterizan por atacar el yacimiento de la tradición cristológica sin partir de ninguna estratigrafía general, sin explicar por qué se prefiere hacer hincapié en un elemento en vez de en otro cualquiera, dando así a todas luces la impresión de que el investigador conocía perfectamente los resultados antes de comenzar su labor.

Por consiguiente, antes de comenzar a escribir este libro, era consciente de que no podía limitarme a presentar una nueva serie de conclusiones destinadas a abrirse paso de cualquier forma entre las numerosas imágenes eruditas del Jesús histórico que están al alcance de todo el mundo. En el mejor de los casos, lo único que habría conseguido sería contribuir a reforzar la impresión de enorme subjetividad académica de las investigaciones en torno a la figura del Jesús histórico. La presente obra se ha visto en la obligación de destacar muy seriamente el problema que supone la metodología y, por consiguiente, de seguir con el mayor rigor el método teórico elegido, independientemente de cuál fuera éste.

La metodología que he seguido en mis investigaciones en torno a la figura de Jesús se caracteriza por un triple proceso ternario: campaña, estrategia y táctica, por así decir. La primera terna presupone la interacción de tres niveles distintos: uno macrocósmico, caracterizado por el uso de una antropología intercultural e intertemporal; otro mesocósmico, caracterizado por la utilización de la historia helenística o grecorromana; y por fin, otro microcósmico, caracterizado por el empleo de la literatura que recoge las sentencias y acciones específicas, los relatos y anécdotas, confesiones e interpretaciones relativas a la figura de Jesús. Estos tres niveles, el antropológico, el histórico y el literario, deben contribuir plenamente y por igual a la consecución de una síntesis eficaz. Permítaseme insistir y subrayar una vez más este hecho. Doy por supuesta la existencia de una cooperación igualitaria e interactiva, en virtud de la cual la debilidad de uno cualquiera de sus elementos pone en peligro la integridad y la validez del conjunto. Por el momento esa igualdad ternaria resulta sumamente difícil de alcanzar, de modo que mi método exige el mismo grado de sofisticación en los tres niveles a la vez. Veamos un ejemplo. Probablemente el capítulo fundamental de la presente obra es el decimotercero, titulado «Magia y banquete». En dicho capítulo, el análisis de las curaciones efectuadas por Jesús presupone la integración de múltiples obras de diverso género: unas de antropología —que irían de los estudios de loan Lewis (1971) en torno a las religiones extáticas, a los de Alian Young (1982) en torno a la antropología del mal y la enfermedad, o los de Peter Worsley (1982) acerca de los sistemas médicos no occidentales—; otras de historia —incluyendo los estudios de John Hull (1974) en torno a la magia durante la época helenística y la tradición sinóptica, o los de David Aune (1980) sobre la magia en el cristianismo primitivo.

El examen de las comidas de Jesús, en dicho capítulo, presupone asimismo una integración análoga de obras antropológicas —como los estudios de Peter Farb y George Armelagos (1980) en torno a la antropología de la comida— e históricas, como la de Dennis Smith (1980) acerca de la obligación social en el contexto de las comidas en común. Pero tanto el nivel antropológico como el histórico requieren la existencia de una sofisticación semejante del nivel literario o textual, una sensibilidad muy fina para la cronología estratigráfica, la pluralidad de testimonios y la combinación de conservación, mutación y creación en la propia tradición en torno a la figura de Jesús.

A lo largo de todo el libro hago uso de diversos modelos y tipos antropológicos; por ejemplo, utilizo Power and Privilege: A Theory of Social Stratification de Gerhard Lenski (1966); Why Men Re bel, de Ted Robert Gurr (1970); y Magic and the Millennium: A Sociological Study of Religious Movements of Protest among Tribal and Third-World Peoples, de Bryan Wilson (1973). Pero por diversos que sean los modelos antropológicos, no pueden oscurecer el hecho de que cualquier estudio en torno al Jesús histórico se sostiene o se cae por su propio peso dependiendo del modo en que se trate el nivel literario del propio texto. De ahí la necesidad de disponer de una segunda y una tercera terna que centren su atención directamente en ese nivel textual. Pero retrocedamos un poco.

Al lector corriente quizá le extrañe que el nivel literario o textual de la tradición en torno a la figura de Jesús pueda plantear algún tipo de problema.

¿Acaso no disponemos de cuatro biografías de este campesino mediterráneo de religión judía del siglo I, escritas por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, personajes todos relacionados directa o indirectamente con él, y compuestas unos setenta y cinco años más o menos después de su muerte? ¿No estamos ante una situación tan buena o mejor que la del emperador Tiberio, contemporáneo suyo, para quien disponemos de las biografías de Veleyo Patérculo, Tácito, Suetonio y Dión Casio, de los cuales sólo el primero tuvo relación directa con él, mientras que los demás escribieron sus obras entre setenta y cinco y doscientos años después de su muerte? ¿Cuál es, pues, el problema literario que plantea la tradición textual en torno a la figura de Jesús?

En realidad, es precisamente ese cuádruple conjunto de relatos lo que constituye el problema literario, incluso aunque no hubiera el menor rastro de documentos externos. Si leemos esos cuatro textos de arriba abajo, de forma vertical, por así decir, desde el principio al fin, uno detrás de otro, la impresión que dan es la de una enorme unidad, la de que existe una gran armonía y concordancia entre ellos. Pero si los leemos de forma horizontal, fijándonos en este punto de aquí o en el otro de más allá, y comparándolo en dos, en tres o incluso en las cuatro versiones, lo que sin duda llama más la atención es la discordancia entre ellos. Ya a mediados del siglo n, algunos adversarios paganos del cristianismo, como Celso, e incluso algunos apologistas cristianos, como Justino, Taciano y Marción, se dieron perfecta cuenta de esas discrepancias, aunque fuera sólo de las existentes entre, pongamos por caso, Mateo y Lucas. La solución que se daba consistía en reducir a la unidad esa pluralidad recurriendo a uno u otro de los dos expedientes más obvios, a saber, la eliminación de todos los Evangelios menos uno —como hacía Marción—, o bien la descomposición de los diversos elementos de todos ellos hasta hacerlos confluir en un relato único —solución escogida por Justino o incluso por otros antes que él, y por su discípulo Taciano.

Implícitamente, ambas soluciones se hallan, en cierto modo, vigentes incluso en la actualidad. Veamos un ejemplo. Tenemos el problema de que existen dos versiones del Padrenuestro. Pues bien, la solución que se ha dado ha sido seguir la de Mateo y hacer caso omiso de la de Lucas. O bien se plantea el problema de que existen dos versiones de la historia del nacimiento de Jesús. Solución: juntar a los pastores y a los magos en el establo.

No obstante, a lo largo de los dos últimos siglos la labor de comparación entre los cuatro evangelios ha ido estableciendo poco a poco, pero con firmeza, una serie de resultados y conclusiones. En primer lugar, existen evangelios no sólo dentro del Nuevo Testamento, sino también fuera de él. En segundo lugar, los cuatro evangelios canónicos no representan una colección completa ni tampoco un conjunto casual de todos los existentes, sino que son fruto de una selección deliberada, a través de un proceso a lo largo del cual otras versiones fueron rechazadas no sólo por su contenido, sino también por motivos de forma. En tercer lugar, la conservación, desarrollo y creación de los materiales relativos a la figura de Jesús pueden encontrarse tanto en las fuentes canónicas como en las no canónicas. En cuarto lugar, las diferencias y discrepancias entre los distintos relatos y versiones no se deben principalmente al capricho de la memoria ni a las divergencias a la hora de hacer hincapié en una cosa u otra, sino a diversas interpretaciones teológicas perfectamente conscientes de la figura de Jesús. En último lugar y en resumidas cuentas, la continua presencia de Jesús resucitado y el contacto permanente con el Espíritu Santo dieron a los responsables de la transmisión de las tradiciones cristológicas una libertad de creación que ni se nos habría ocurrido postular si no fuera porque se nos impone por la fuerza de la evidencia. Por ejemplo, incluso cuando Mateo o Lucas utilizan a Marcos como fuente de lo que dijo o hizo Jesús en tal ocasión o en tal otra, o de lo que otras personas hicieron o dijeron a Jesús, hacen gala de una desconcertante libertad a la hora de omitir o añadir datos, de cambiarlos, corregirlos, o crearlos en la nueva relación que ellos escriben, pero, eso sí, ateniéndose siempre a la interpretación de Jesús que les es propia. Los evangelios no son obras históricas o biográficas, ni siquiera según el concepto que de estos géneros había en la Antigüedad. Son lo que, en último término, fueron llamados, es decir, un Evangelio o Buena Nueva, y ello implica una doble llamada de atención. El término «Bueno» resulta válido teniendo en cuenta la opinión o la interpretación de un determinado individuo o comunidad. Y una «Nueva» concreta no es una palabra que admita el número plural.

La tradición en torno a la figura de Jesús, por consiguiente, contiene tres grandes estratos: un primer estrato de conservación, en el que se recoge, cuando menos, el núcleo esencial de sus palabras y hechos, de las circunstancias y sucesos; un segundo estrato de desarrollo, en el que esos datos se aplican a nuevas situaciones, a problemas inéditos y a circunstancias imprevistas; y un último estrato de creación, en el que no sólo se escriben nuevas sentencias e historias, sino, sobre todo, en el que se escriben complejos mayores cuyo contenido fue modificándose a través del propio proceso de creación. Según el resumen de la situación que hace Helmut Koester, «durante el siglo I y los comienzos del n, debió de circular un número mucho mayor de evangelios —de hecho disponemos, cuando menos, de fragmentos de más de una docena de ellos— y cualquiera tenía la facultad de escribirlos de nuevo, editarlos, revisarlos y combinarlos según le pareciera.

Y, en realidad, eso es lo que ocurrió» (1983, p. 77). En eso estriba, a grandes rasgos, el problema textual de la tradición en torno a la figura de Jesús. Es decir, en cómo llegar al fondo de esos estratos ya bien sedimentados a través de su investigación, con objeto de descubrir qué fue lo que realmente dijo e hizo Jesús; y, sobre todo, en saber cómo se puede conseguir dicho propósito con cierto grado de honradez científica y validez metodológica.

Y téngase en cuenta que no se me pasa, ni mucho menos, por la imaginación suponer que estos otros estratos son ilícitos, inválidos, inútiles o de peor calidad. No me gusta llamar a ese primer estrato «auténtico», como si los otros dos fueran falsos. Por eso hablo de estratos originales, de desarrollo y de composición, o, lo que es lo mismo, conservación, desarrollo y creación, rechazando decididamente cualquier tono peyorativo al hacer referencia a estos dos últimos procesos. Jesús dejó tras de sí pensadores, no hombres que se aprendieran las cosas de memoria; discípulos, no meros recitadores; personas y no simples papagayos.

La segunda terna de mi método se centra específicamente en el problema textual derivado de la naturaleza intrínseca de la propia tradición cristológica.

El primer paso consiste en hacer un inventario. Este proceso inicial implica la realización de un elenco completo de todas las fuentes y textos de importancia que van a utilizarse, tanto canónicos como no canónicos. Dichos textos deben situarse en el marco histórico y de relaciones literarias que les corresponde; no porque de ese modo se eliminen las controversias, sino con objeto de que el lector sepa por dónde se anda en cada momento. Cada paso que se dé en la realización de ese inventario será más o menos controvertido, pero la cuestión requiere no ya excusas, sino una postura clara ante cada problema.

El segundo paso consiste en una estratificación, esto es, la localización de cada fuente o texto dentro de una serie cronológica, con objeto de que el lector sepa lo que se fecha, pongamos por caso, entre 30 y 60, 60 y 80, 80 y 120, o 120 y 150 de la era vulgar [id est, e. v.]. Así, por ejemplo, el inventario utilizado para este libro se inscribe en esos cuatro estratos mencionados (cf. Apéndice I).

El tercer paso consiste en la atestiguación. Este proceso enlaza con el de inventario, pero gracias a él la base de datos previamente estratificados se nos presenta conforme al número de veces en que los diversos complejos de la tradición cristológica aparecen atestiguados de forma independiente en esas fuentes o textos. Y debemos recalcar lo de independiente. Si tenemos un elemento que aparece en Mateo, Marcos, Lucas y Juan, tendremos cuatro versiones del mismo, ¿pero cuántas independientes? Unas veces serán dos —Marcos y Juan—, y otras veces una —Marcos sólo. Y debe llevarse a cabo este proceso de enjuiciamiento con cada uno de los diversos complejos reseñados en el inventario debidamente estratificado (cf. Apéndice I).

Por último tenemos la tercera terna, cuyo interés se centra en la manipulación metodológica del inventario previamente establecido con arreglo a una jerarquía cronológica de estratificación y otra jerarquía cuantificada de atestiguación.

El primero de estos tres elementos presupone que el interés se centra en la secuencia de estratos. La investigación debe comenzarse por el primer estrato, y a partir de ahí se pasará al segundo, al tercero y al cuarto. Pero este primer paso subraya la importancia tremenda que tiene el primer estrato.

Se trata, según la disciplina metodológica, de los datos cronológicamente más próximos a la época en que vivió el Jesús histórico. «Cronológicamente más próximos» no significa, por supuesto, «históricamente más precisos».

Teóricamente y de manera abstracta, cabría la posibilidad de que un elemento procedente del cuarto estrato fuera más original que otro procedente del primero. Pero desde el punto de vista metodológico, es decir, desde el punto de vista de la disciplina científica y de la honradez de la investigación, el estudio debe comenzar por el primer estrato. El presente libro, por ejemplo, trabajará casi exclusivamente con ese primer estrato. No obstante, no se me pasa, ni mucho menos, por la imaginación que el trabajo deba centrarse exclusivamente en él. Son únicamente razones de espacio las que impiden que en el presente volumen nos extendamos a los demás estratos. Mi idea es que se deben estudiar consecutivamente los distintos estratos, y que la pureza del método exige hacer hincapié en ese primer estrato, cosa que no cabe exigir a los demás. A partir de él se establece una hipótesis de trabajo en torno a la figura del Jesús histórico que puede verificarse recurriendo a los estratos posteriores. En la Obertura del presente volumen, por ejemplo, lo mismo que en el Apéndice I, doy una muestra completa de lo que, a mi juicio, constituye el material propio del Jesús histórico, material cuyos elementos proceden de los cuatro estratos, aunque debo subrayar que los criterios empleados para enjuiciar el segundo, el tercer y el cuarto nivel se han elaborado a la luz de las conclusiones extraídas de ese decisivo primer estrato.

El segundo elemento de mi última terna es la jerarquía de atestiguación.

Mi método arranca del primer estrato y, dentro de él, de los complejos que cuentan con un número mayor de testimonios independientes. Un complejo del primer estrato que posea, pongamos por caso, siete testimonios independientes deberá ser tenido muy seriamente en consideración. Reconozco una vez más que, por motivos de espacio, me he visto obligado a sincretizar complejos como, por ejemplo, «Juan y Jesús», pero el principio que me ha guiado siempre ha sido el de jerarquía de atestiguación dentro del primer estrato.

Y, aunque teóricamente cabe la posibilidad de que en este estrato se hayan dado tantos procesos de desarrollo y creación como en cualquier otro, mi método implica que, al menos en ese primer estrato, todo es original hasta que no se demuestre lo contrario.

El último proceso consiste en la exclusión por singularidad. Ello supone desdeñar absolutamente todo elemento que sólo cuente con un único testimonio, aunque se encuentre en el primer estrato. El objeto de todo este trabajo es la salvaguardia y seguridad de los datos. Si encontramos un determinado detalle al menos en dos fuentes independientes a partir del primer estrato, no cabe la posibilidad de que haya sido creado por ninguna de las dos. Si un determinado detalle lo encontramos atestiguado una sola vez, cabe la posibilidad de que sólo sea creación de esa fuente. La pluralidad de testimonios en el primer estrato implica que la trayectoria se remonta al punto más lejano posible, con una objetividad, cuando menos, formal. Permítaseme insistir una vez más en la distinción entre teoría y método. Reconozco que un elemento hallado únicamente en una sola fuente procedente del tercer estrato puede ser tan original como otro que cuente con cinco testimonios independientes presentes en el primero. Cuando comencé mis trabajos en torno al Jesús histórico hace veinte años, hice muchísimo hincapié en 447 El buen samaritano [3/1], de Lc 10,29-37 (1973). Sigo admitiendo todo lo que decía entonces acerca de este tema, y nada de lo que aparece en la presente obra niega la imagen de Jesús que de ello se deriva. Pero, considerado retrospectivamente, no era un método demasiado bueno. Lo mismo que yo arrancaba de ahí, otra persona podría hacerlo de otro tema, pongamos por ejemplo de 405 Ciudades de Israel [3/1], de Mt 10,23. Los datos estadísticos de mi inventario indican asimismo que hay que tener mucha precaución con los casos singulares. El inventario contiene 522 complejos. De ellos, 180 poseen más de un testimonio independiente; 33 tienen varios (cuatro o más); 42 tres, y 105 dos. Y hay 342 que poseen un solo testimonio. Por lo tanto, en resumidas cuentas, dos tercios de los complejos que componen la tradición en torno a la figura de Jesús, según el inventario presentado en el Apéndice I, cuentan únicamente con un solo testimonio.

Valga un ejemplo para ilustrar toda esta descripción abstracta. En el primer estrato de mi inventario aparece el siguiente elemento:

20 El Reino y los niños [1/4]

(1) Ev. Tom. 22,1-2.

(2) Mc 10,13-16 = Mt 19,13-15 = Lc 18,15-17.

(3) Mt 18,3.

(4) Jn 3,1-10.

Esto es lo que yo llamo un complejo. Posee cuatro fuentes, es decir, cuenta con cuatro testimonios independientes, como indican los números puestos entre paréntesis, y consta de seis elementos, si bien,la presente obra no centra su interés tanto en los elementos, es decir, en la cita de tal o cual texto, de tal o cual acontecimiento, en estudiar si procede de labios de Jesús o si fue obra suya, como en los complejos, para estudiar si el fondo de ese complejo se remonta o no a Jesús, aun admitiendo que en él puedan haberse dado los subsiguientes procesos de desarrollo y creación. En otras palabras, la cuestión es saber si Jesús, independientemente del modo en que lo expresara, estableció alguna correlación entre el Reino y los niños. Por consiguiente, cuando cito un complejo lo señalo de la siguiente manera: 20 El Reino y los niños [1/4]. La primera cifra, 20 en este caso, indica en qué lugar puede encontrarse el complejo dentro del inventario incluido en el Apéndice I, conforme a la cronología del estrato y al número de sus testimonios. Las cifras colocadas detrás, [1/4] en este caso, nos indican en todo momento a qué estrato pertenece [1/] y con cuántos testimonios cuenta [/4]. Sigo una regla metodológica, empíricamente demostrada, según la cual cuanto más baja sea la cifra situada en la parte superior del quebrado y más alta sea la que queda en la parte inferior, tanto mayor será la seriedad con que deba tomarse el complejo en cuestión. Me doy perfecta cuenta, dicho sea de paso, de que el Apéndice I contiene datos tan complicados, que pueden resultar incomprensibles.

No obstante, sin que el volumen y el precio de mi libro excedan los límites de lo razonable, he intentado hacer accesible al lector el inventario entero en el que me he basado para realizarlo. He indicado asimismo en cada complejo si procede originalmente de Jesús (+) o no (-). He utilizado asimismo el signo + en algunos casos cuyo contenido metafórico o metonímico hacía que esas pequeneces positivistas resultaran de todo punto irrelevantes.

Resultará obvio, espero, que mi método no pretende arrogarse una objetividad que no le corresponde, pues prácticamente todos los pasos que implica exigen un criterio científico y una decisión basada en el conocimiento. De lo que sí respondo no es tanto de una objetividad imposible de alcanzar, cuanto de una honradez perfectamente exigible. El reto que lanzo a mis colegas consiste en la admisión de esos pasos formales o, en caso de que los rechacen, en su sustitución por otros mejores. Se trata, por supuesto, únicamente de pasos formales, que requieren después un desembolso, una inversión de índole material. Otros eruditos podrán sacar provecho de esos pasos formales recurriendo a otras fuentes y textos totalmente distintos, pero las investigaciones en torno a la figura del Jesús histórico podrán contar al menos con una metodología común, y no se basarán en conclusiones precipitadas que sólo quepa admitir o rechazar.

Por lo que a las citas se refiere, y aun admitiendo que el libro habría resultado mucho menos voluminoso si hubiera prescindido de ellas, baste decir que incluyo en toda su extensión los documentos de primera mano en los que se basan mis conclusiones. Me figuro que la mayoría de los lectores, incluidos los de formación más erudita, no siempre comprueban las referencias, y por eso he preferido citarlas en toda su extensión. En el caso de Josefo, por ejemplo, resulta imprescindible citar las dos versiones, por lo general distintas, que tiene de casi todos los acontecimientos ocurridos en los primeros tres cuartos del siglo I de la era vulgar. La mera referencia o la paráfrasis no pueden suplir la cita completa, sobre todo en este caso. Los corchetes angulares (< >), dicho sea de paso, indican que el texto en ellos enmarcado se hallaba, a juicio del editor, omitido en el manuscrito en cuestión. Por lo que a la bibliografía de segunda mano se refiere, no me he molestado en mencionar las obras de otros estudiosos cuando lo único que podía decir era que, a mi juicio, están equivocados. Los que aparecen citados son aquellos con quienes estoy en deuda en el terreno del saber, y los señalo para que el lector que así lo desee pueda remitirse a ellos y reforzar mis argumentos.

Por último, unas breves palabras de agradecimiento. Quiero expresar mi profundo reconocimiento al Departamento de Estudios Religiosos, a la Facultad de Artes y Ciencias Liberales, y a la administración de De Paul University, que me concedieron el período sabático que les solicité para redactar este libro durante el trimestre de invierno de 1988-1989.


Primera parte.

UN IMPERIO EN MANOS DE

INTERMEDIARIOS.


Tú, romano, acuérdate de regir a los pueblos con tu imperio —estas serán tus artes—, de imponer las leyes de la paz, de perdonar a los vencidos y domeñar a los soberbios.

VIRGILIO, Eneida, VI 851-853.

La ciudad de Roma no fue nunca un centro de comercio importante... Quizá no haya habido en la historia de Occidente una ciudad de primera categoría que haya tenido tan poca importancia, desde el punto de vista comercial y económico, como la Roma antigua, medieval y moderna.

WILLIAM I. DAVISSON y JAMES E. HARPER (p. 175).

Desde que alcanzó el rango de ciudad imperial hasta nuestros días, Roma ha sido una ciudad parásita, que ha vivido de donaciones, rentas, impuestos y tributos. No por ello deja Roma de ser una ciudad como la que más, aunque, eso sí, de un tipo distinto al de Genova.

SlR MOSES FlNLEY (p. 125)


Roma intentó no sólo hacer frente al enorme incremento de la población que llegó a alcanzar, sino también dar a su cultura de masas, por lo demás totalmente degradada, los aires urbanos que le correspondían, de suerte que fueran un reflejo de la magnificencia imperial. A la hora de estudiar esta aportación, el investigador debe pertrecharse como si fuera a protagonizar una ordalía: para gozar de ella, habrán de mantenerse los ojos bien abiertos, pero habrá que taparse la nariz para aguantar el hedor, y los oídos para no escuchar los gritos de angustia y terror; será incluso preciso llevarse la mano a la garganta para aguantar las náuseas.

Pero, sobre todo, habrá que mantener el corazón frío como el hielo y controlar cualquier impulso de ternura o piedad, haciendo gala de la impasibilidad propia de un auténtico romano. En Roma llegan al colmo todas las magnitudes: y entre ellas también las de la degradación y la perfidia.

LEWIS MUMFORD (p. 214).

Capítulo I

ENTONCES Y AHORA
Las voces que nos llegan desde la Antigüedad pertenecen principalmente a la minoría culta, a las élites de todo tipo. Modernamente, las voces que suenan pertenecen principalmente a varones blancos, de clase media, europeos y norteamericanos. Puede darse el caso —y de hecho así sucede— de que estos individuos se deshagan en alabanzas de las sociedades esclavistas, imperialistas y autoritarias. El estudio de la Antigüedad se encuentra a menudo muy lejos del mundo real, manteniéndose higiénicamente libre de toda clase de juicios de valor. Es decir, de los juicios de valor de las masas carentes de voz, de ese 95 por 100 de la población que sabía cómo vivía en la Antigüedad «la otra mitad de la población».

Los campesinos no forman parte del mundo letrado en el que se centra la mayoría de las reconstrucciones de la historia de la Antigüedad. De hecho, los campesinos, los pagani, ni siquiera formaban parte del mundo humilde del cristianismo (todo él habitante de las ciudades). La historia los ha perdido prácticamente de vista, debido a su incultura y su localismo.

THOMAS F. CARNEY (XIV, p. 231, n. 123)
La visión del siglo I de la era vulgar queda oscurecida para el observador contemporáneo en virtud de tres grandes filtros. Los acontecimientos del pasado llegan hasta nosotros casi exclusivamente por boca de algunos miembros de la élite de sexo masculino, reflejando el punto de vista de los ricos y los poderosos, la visión de la gente letrada y culta. Esos testimonios, restringidos de antemano como son, han llegado a veces a nuestras manos por decisión de quienes en épocas posteriores ostentaron el poder, pero también por caprichos de la suerte, del destino, o de forma puramente accidental. Sea como sea, ello exige siempre hacer una serie de puntualizaciones. Pero cuando nuestro presente vuelve su vista hacia el pasado, hacia ese pasado que ha sido objeto ya de un doble filtro, la perspectiva viene naturalmente determinada por el lugar en el que se sitúa la mirada del observador, y digamos que, en la Norteamérica individualista, democrática, urbana y de clase media, cuando se mira hacia atrás se proyectan, aunque sea inconscientemente, los presupuestos etnocéntricos propios de la actualidad.

Parte de las estadísticas demográficas del pasado pueden, por consiguiente, servir no ya como prueba de nada, sino como llamada de atención para todo. Hablando de las clases y las masas, Bruce Malina hace el siguiente comentario: «La ciudad preindustrial albergaba no más de un 10 por 100 de la población total que se hallaba bajo su control directo e inmediato. Y de este 10 por 100 que constituía la población urbana preindustrial, quizá menos de otro 10 por 100 pertenecía a la élite o clase más alta» (1981, p. 72). Y Thomas Carney, hablando de la tasa de mortalidad y los impuestos, dice de la primera:

Estamos acostumbrados a vivir en una sociedad en la que son muy pocos los niños que mueren en el momento de su nacimiento o antes de ser destetados. Por fortuna, la muerte suele hallarse cada vez más lejos de nuestra experiencia antes de alcanzar los treinta años. El número de decesos no empieza a ser cuantioso hasta los cincuenta y tantos años o, en general, hasta los sesenta, o incluso más. En la sociedad preindustrial, en cambio, probablemente un tercio de los niños que sobrevivían al parto moría antes de alcanzar los seis años. A los dieciséis, aproximadamente un 60 por 100 de esos niños había fallecido, el 75 por 100 lo hacía a los veintiséis, y el 90 por 100 había muerto a los cuarenta y seis. Muy pocos —quizá un 3 por 100— llegaban a los sesenta (p. 88).

Y en cuanto a los impuestos dice:

En general, los recursos extraídos de los contribuyentes básicos se redistribuían principalmente entre los integrantes del aparato, los cuales, en su mayoría, invertían sus ganancias en latifundios. El sistema tributario tenía por lo general un carácter regresivo ... En el mejor de los casos, [esos individuos] daban su protección a los contribuyentes básicos; raramente suponían un desarrollo para ellos, y, de hecho, lo más normal era que fueran consumiéndolos poco a poco ... En realidad, se llevaban una parte mucho mayor de la que habían conseguido las élites en las sociedades primitivas anteriores, o de lo que luego conseguirían en las posteriores sociedades industriales (p. 341).

Por tanto, ¿cómo podemos imaginarnos a un campesino judío mediterráneo, después de pasar por el triple filtro ya aludido y los dos milenios que nos separan de él? Disponemos principalmente de tres fuentes que nos ayudan, en parte al menos, a contrarrestar esos tres filtros. En primer lugar, a nivel macrocósmico, están los estudios y modelos antropológicos o sociológicos, especialmente los que utilizan disciplinas transtemporales e interculturales.

A continuación, a un nivel mesocósmico y más local, tenemos los yacimientos y hallazgos arqueológicos. Y por fin, a nivel microcósmico, tenemos los textos y archivos de papiros, fuentes documentales procedentes sobre todo de Egipto, en las cuales se ha conservado la voz individual y la presencia personal de los campesinos comunes y corrientes, que normalmente les eran negadas debido a su incultura y su pobreza.




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