Javier Hernández-Pacheco la conciencia romántica con una antología de textos Editorial Tecnos Madrid 1995



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Javier Hernández-Pacheco

LA CONCIENCIA ROMÁNTICA

Con una antología de textos

Editorial Tecnos

Madrid 1995

Depósito Legal: S.460-1995

ISBN: 84-309-2665-8

A Rocío

Contenido


Contenido 4

INTRODUCCIÓN 5

LOS ROMÁNTICOS Y SU TIEMPO 12

1. El «Círculo de Jena» 12

2. La cultura alemana a finales del siglo XVIII 16

EL IDEALISMO 27

1. Fichte y la Doctrina de la Ciencia 27

2. Los problemas pendientes de Kant 29

3. Yo en el mundo 34

4. La naturaleza como límite del idealismo 38

5. La subjetividad absoluta: la esencia del idealismo 41

6. El idealismo como proyecto: la recreación del mundo 45

7. La objeción ecologista 47

8. El idealismo absoluto 49

9. Schelling o la recuperación idealista de la naturaleza 54

10. Idealismo y religión 63

EL ROMANTICISMO 70

1. El idealismo y el arte 70

2. Romanticismo y posmodernidad 75

3. Arte y libertad: la herencia de Schiller 77

4. La recuperación artística de la naturaleza 84

5. Del arte clásico al romántico: la ironía 86

6. Elementos de ontología romántica: el Absoluto fragmentario 97

7. La ontología romántica del amor 104

8. La experiencia del amor y la muerte 114

9. La poesía 120

10. El genio poético: elementos para una antropología romántica 129

11. Excurso: las raíces románticas del fascismo 134

12. La idea de carácter: la esencia liberal del romanticismo 140

13. La perversión bohemia del romanticismo 145

14. La idea romántica de formación 150

15. La poesía universal 162

16. El Dios de los poetas 166

ANTOLOGÍA DE TEXTOS /193 183

Johann Gottlob Fichte 183

Friedrich Wilhelm Joseph Schelling 193

Friedrich Schlegel 197

Friedrich von Hardenberg, Novalis 235




/11

INTRODUCCIÓN


Que el estudio del Romanticismo esté de moda en ciertos círculos intelectuales y filosóficos, es escaso consuelo para esta cultura nues­tra que bien podríamos llamar del desencanto y para la que todo ideal román­tico se hizo hace tiempo sospechoso de totalitarismo. La fe que mueve los pueblos parece no ser más que pretexto de caudi­llos para atropellos históricos. Bajo esa sospecha, el mundo ha des­poblado de ideales su horizonte, y al grito de «esto es lo que hay», se autoproclama el mejor de los posibles. Él máximo objeti­vo, tanto existencial como político, consiste en insta­larse en él, para conseguir, ya que es imposible la felicidad y la justicia ―peligrosas magnitudes idea­les―, un grado suficiente de bienestar y de pacífica convivencia con el vecino. No, no podemos decir que «Romanticismo» sea rótulo para nuestro tiempo.

¿O es que quizás se está poniendo de moda como el simé­trico contrario de lo que somos, como la ima­gen negativa de nosotros mismos, como nuestro pro­pio déficit?

De todas formas, dejo sólo apuntada la pregunta, es decir, en lo que ya tiene de respuesta. Quizás por­que de lo que sí estoy yo desen­cantado es de los diagnósticos culturales, y de las consiguientes rece­tas acerca de lo que nuestro tiempo «necesita». Ser médico de los tiempos es tarea de profetas, y no es ahora mi oficio. /12

Escribo estas páginas, pues, con poco afán de redimir cultu­ras ―alguno siempre hay―. Lo que quiero, más bien, es trans­mitir al lector ―si alguno alguna vez hubiera― el gozo intelec­tual experi­men­tado en el estudio de los autores románticos. Los hermanos Schlegel, Novalis, Schleiermacher, Hölderlin, han llega­do a ser para mí, que llegaba un poco hastiado de la filosofía académica, un oasis en medio de un desierto intelectual. Su estudio me demostró que con las ideas, aparte de convencer, de matar, de ganar dinero, se puede... disfrutar. Y es este gozo personal en la especulación lo que quisie­ra transmitir en estas páginas.

Y es que ¿por qué las ideas no pueden ser bellas como las muje­res, si es que también han de ser fecundas?; ¿por qué no habría de apetecer estar con ellas?; ¿por qué no pueden tener tersura, o color? Sí, quizás debemos a los románticos la suge­rencia de que una idea se puede acariciar. Y si ellos, con la mujer, idealizaron el amor, ese es­piritualismo está de sobra compen­sado por haber materializado el pensamiento. Esto tam­bién ha sido obra suya.

Tiene que ver con esto mi personal afición por el Romanti­cismo, que, como decía, algo tiene de huida, de dejar atrás, o de lado, una filosofía acadé­mica que está pagando justamente su elitismo técni­co con el repudio social que sufre. La sabiduría ha dejado de ser algo colectivo, patrimonio común. Cuando ante el discurso filosófico ni siquiera los «técnicamente competentes» consiguen entender su contenido, y a pesar de eso tienen que poner cara inteligente de aquiescencia o discrepancia, entonces es que la razón que rige el discurso ha renunciado a ser «logos», lenguaje dirigido a otros, transparencia y comunicación en una conciencia común. Y eso /13 ocurre en lo que el mundo académico entiende por filosofía: en ella la razón desespera de ser discurso convincente, diálogo, propiamente «logos». Y no es entonces injusto que los hombres desprecien esa razón que ya no considera la común humanidad como inter­locutor válido.

Es sabido que uno de los principios románticos es el de la fusión de los géneros. Por supuesto se refiere esto a los tres géneros lite­rarios (épico, lírico y dra­mático); pero la intención es de mucho más alcance, y el Romanticismo pretende una universal comunica­ción entre todos los géneros «lógicos», entre todos los modos de decir. Y así, la poesía debe ser racional, la ciencia imaginativa, la filosofía teo­lógica, la reli­gión científica y poética, etc. Por eso, quizás puede el Romanticismo ofrecer reposo y solaz a quien llega a él cansado de no entender. Porque con la fusión de los géneros desaparecen los com­partimentos estancos y las cámaras oscuras de la especialización bizantina. Los autores románticos, debido quizás a su juvenil sentido profético, tienen vocación de ágora, de lugar público. Hablan y es­criben, sin abandonar por ello su autovaloración elitista, para «todo el mundo». Por ello quieren hacer de la literatura ese suelo común en el que toda la humanidad comunica; pero sin que la literatura renun­cie a ser un «logos» que quiere con­vencer y que no rinde, por tanto, ninguna exigencia de racionalidad.

Por todo ello, a la hora de escribir esto, sí es más medicinal mi intención respecto de una filosofía que no se entiende, quizás porque hace mucho que sus profesores se quedaron sin nada interesante que decir. Por eso, si algo puedo aportar con estas páginas es ―si saliesen bien― un ejemplo de cómo la filosofía, el pensamiento en general, pueden ser apasionantes. /14

Sin embargo, no se malentienda lo que pretendo. El pensa­miento, y más la filosofía, es esfuerzo, del que no se puede dispensar nadie que quiera entender y ser jardinero de la raíces del mundo o vigía desde sus altas cimas, a las que hay primero que ascender. Este escrito no quiere ser un alivio para el pensa­miento, y en muchos puntos la incapacidad del autor, la naturaleza del tema o la pereza del lector, pueden hacer difícil seguir el curso de los razona­mientos. Mi consejo para esos casos es que el lector siga entonces y que confíe en que sea ese curso total el que al final esclarezca el argumento. El pensa­miento no es un sistema lineal en el que la incom­prensión de uno de sus pasos anule el sentido del camino posterior, sino un mapa del mundo ideal que se dibuja a trazos y en el que uno se fija en los deta­lles que quiere, y desatiende los que no le interesan. Lo impor­tante es la totalidad; sobre ella nos orienta­mos, y a partir de ella adquieren sentido los trazos concretos. Creo que al final de estas páginas, si el lector no muy ducho en tecnicismos filosóficos tiene paciencia, encontrará descrito un paisaje ameno, incluso encantador. Y entre repecho y repecho, creo que se abren también las perspectivas amplias, como cornisas que hacen vistosa la ascensión y agradable la perseverancia en ella.

Si no es así, habré fracasado en mi intento, y este escrito no lo­grará salir de la multitud de aquellos en los que la filosofía no se entiende. Y entonces, por profundo que sea su contenido, bien me­recido ten­drá el olvido que se ha buscado. /15


* * *
Escribir sobre el Romanticismo e intentar transmitir los rasgos fundamentales de su carácter especulativo, que es lo que intento en estas páginas, es una tarea destinada al fracaso si el lector no tiene un mínimo acceso a los textos originales de estos pensadores, desde los cuales cada uno tiene que intentar su original y característica in­terpretación. El pensamiento románti­co no es otro que el que cada cual recrea según su libre arbitrio, si es que es capaz de remontarse a los geniales orígenes de este pensamiento. La libre lectura interpreta­tiva se hace impres­cin­dible.

Aquí es donde el lector de lengua castellana se encuentra con una grave dificultad, ya que estos textos, en su mayoría, no están tradu­cidos, y algunas de las escasas traducciones corres­ponden a ediciones agotadas1. Por lo demás, se trata de un pro­blema que es inherente a las fuentes románticas. Pues éstas no son obras redondas y termina­das, sino fragmentos dispersos que, para hacerlos accesibles, hay que entresacar de la obra total de estos autores.

Por esta razón me ha parecido especialmente útil añadir a este trabajo una antología de textos, con el doble intento de proporcionar al lector un apoyo para su reflexión personal, pero también de pre­sentar un material crítico que sirva de apoyo a la interpretación que yo mismo he hecho. No pretendo, de todas maneras, que esta segun­da intención se cubra de un modo muy estricto. Lo que presento no es un estudio monográfico al uso de la actual filosofía /16 académica, sino una libre y personal lectura, a la que cualquiera puede y debe oponer la suya propia, al hilo, si quiere, de este material. Por eso he renun­ciado a ir haciendo referencia a lo largo de mi traba­jo a estos textos de la antología. Hubiese hecho falta una labor de comentario textual a modo de mediación, y ello hubiese cambiado substancial­mente el carácter de lo que aquí he querido hacer. Al lector le queda abierta esa tarea de mediar entre mi interpre­tación y la antología, y de decidir en esta reflexión en qué medida aquélla le parece correcta.

Por lo demás, se verá en los textos que tampoco ellos se confor­marían con una interpretación sola y unívoca. Constituyen, si se quiere, una colección de exabruptos especulativos. Son fragmentos, no sólo porque hayan sido entresacados de un contexto, sino, más fundamentalmente, porque en sí mismos tienen incompleto su pro­pio sinsentido. Su esen­cia es la ambi­güedad: decir muchas cosas, y ninguna en concreto. Se trata de un discurso cuya significa­ción está meramente incoada, de tal forma que inter­pretarlos supone com­ple­tar desde la perspectiva del lector lo que quieren decir. Muy especial­mente es esto así en lo que se refiere a su contenido lógico, que está delibera­da­mente roto, en el sentido de lo que Schlegel llama Witz. Muchos de ellos son efecti­vamente «bromas» teoréticas, que buscan provocar al lector y sacarlo de la inercia lógica en la que el len­guaje se hace manido e incapaz de significar lo que trasciende su univoci­dad. Por eso, para una «mala voluntad» analítica, esto debe parecer una antología de disparates lógicos, un cúmulo de disla­tes, filosófi­cos, teológicos y estéticos. Si es ésa la impresión que dan los textos, entonces está bien /17 hecha la antología: provocar es lo que los románti­cos pretendían.

Por último quiero justificarme en lo que se refie­re al carácter limitado de esta selección. Se entiende fácilmente que haya quedado fuera un autor como Hölderlin, que no pertenece estrictamente al Romanticismo de Jena que tratamos aquí; ni se incluyen por supues­to ninguno de los autores consi­derados románticos en un sentido literario más amplio, como Jean Paul, Von Arnim, Von Eichendorf, etc. Pero incluso dentro del Círculo de Jena hay que justificar la ausencia de textos de August Wilhelm Schlegel, de Tieck, de Schleier­macher. Y ahí la única disculpa es el carácter estrictamente limitado de mi intento desde un punto de vista edito­rial. Se trata de presentar un mínimo que «quepa» en la extensión de este libro; y este mínimo está garantizado, en mi opinión, con los textos de Fichte, Schelling, Schlegel y Novalis que se incluyen. /19

Capítulo I


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