Itaka escolapios



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CAMINO DE LA PATRIA


Cuando se pueda andar por las aldeas

y los pueblos sin ángel de la guarda.

Cuando sean más claros los caminos

y brillen más las vidas que las armas.

Cuando los tejedores de sudarios

oigan llorar a Dios entre sus almas.

Cuando en el trigo nazcan amapolas

y nadie diga que la tierra sangra.

Cuando la sombra que hacen las banderas

sea una sombra honesta y no una charca.

Cuando la libertad entre a las casas

con el pan diario con su hermosa carta.

Cuando la espada que usa la justicia

aunque desnuda se conserve casta.

Cuando reyes y siervos junto al fuego,

fuego sean de amor y de esperanza.

Cuando el vino excesivo se derrame

y entre las copas viudas se reparta.

Cuando el pueblo se encuentre y

con sus manos teja

él mismo sus sueño y su manta.

Cuando de noche grupos de fusiles

no despierten al hijo con su habla.

Cuando al mirar la madre no se sienta

dolor en la mirada y en el alma.

Cuando en lugar de sangre por el campo

corran caballos, flores sobre el agua.

Cuando la paz recobre su paloma

y acudan los vecinos a mirarla.

Cuando el amor sacuda las cadenas

y le nazcan dos alas en la espalda.

Sólo en aquella hora

podrá decir el hombre que tiene patria.

Carlos Castro Saavedra. Colombia.


  1. CANCIÓN DE LA BUENA GENTE


A la buena gente se la conoce

en que resulta mejor

cuando se la conoce. La buena gente

invita a mejorarla, porque

¿qué es lo que le hace a uno sensato?

Escuchar


y que le digan algo.
Pero, al mismo tiempo,

mejoran al que los mira y a quien

miran. No sólo porque nos ayudan

a buscar comida y claridad, sino, más aún,

nos son útiles porque sabemos

que viven y transforman el mundo.

Cuando se acude a ellos,

siempre se les encuentra.

Se acuerdan de la cara que tenían

cuando les vimos por última vez.

Por mucho que hayan cambiado,

pues ellos son los que más cambian,

aún resultan más reconocibles.
Son como una casa

que ayudamos a construir.

No nos obligan a vivir en ella,

y en ocasiones no nos lo permiten.

Por poco que seamos,

siempre podemos ir a ellos, pero

tenemos que elegir lo que llevemos.

Saben explicar el porqué de sus regalos,

y si después los ven arrinconados, se ríen.

Y responden hasta en esto: en que,

si nos abandonamos,

les abandonamos.


Cometen errores y reímos,

pues si ponen una piedra

en lugar equivocado,

vemos, al mirarla,

el lugar verdadero.

Nuestro interés se ganan cada día, lo mismo

que se ganan su pan de cada día.

Se interesan por algo

que está fuera de ellos.
La buena gente nos preocupa.

Parece que no pueden realizar nada solos,

proponen soluciones que exigen aún tareas.

En momentos difíciles de barcos naufragando

de pronto descubrimos fija en nosotros

su mirada inmensa.

Aunque tal como somos no les gustamos,

están de acuerdo, sin embargo, con nosotros.

Bertolt Brecht. “Poemas y canciones”, p. 160

  1. CANCIÓN MARINERA


Todos somos marineros,

marineros que saben bien navegar.

Todos somos capitanes,

capitanes de la mar.


Todos somos capitanes

y la diferencia está

sólo en el barco en que vamos

sobre las aguas del mar.


Marinero, marinero;

marinero... capitán

que llevas un barco humilde

sobre las aguas del mar...

marinero...

capitán...

no te asuste

naufragar

que el tesoro que buscamos,

no está en el seno del puerto

sino en el fondo del mar.

León Felipe. “Versos y oraciones del caminante”, p. 92


  1. EL DAR


Un hombre rico dijo: “Háblanos del dar”.

Y él contestó:

Dais muy poca cosa

cuando dais de lo que poseéis.

Cuando dais algo de vosotros mismos

es cuando realmente dais.

¿Qué son vuestras posesiones

sino cosas que atesoráis

por miedo a necesitarlas mañana?

Y mañana,

¿que traerá el mañana al perro que,

demasiado previsor,

entierra los huesos en la arena,

mientras sigue a los peregrinos

hacia la ciudad santa?

¿Y qué es el miedo a la necesidad

sino la necesidad misma?

¿No es, en realidad, el miedo a la sed,

cuando el manantial está lleno,

la sed inextinguible?

Hay quienes dan poco

de lo mucho que tienen

y lo dan buscando el reconocimiento

y su deseo oculto malogra sus regalos.

Y hay quienes dan poco y lo dan todo.

Son éstos los creyentes en la vida

y en la magnificencia de la vida

y su cofre nunca está vacío.

Hay quienes dan con alegría

y esa alegría es su premio.

Y hay quienes dan con dolor

y ese dolor es su bautismo.

Y hay quienes dan

y no saben del dolor del dar,

ni buscan la alegría del dar,

ni dan conscientes de la virtud de dar.

Dan como, en el hondo valle,

dan las flores su fragancia.

A través de las manos

de los que como esos son,

Dios habla y, desde el fondo de sus ojos,

Él sonríe a la tierra.

Es bueno dar algo cuando ha sido pedido,

pero es mejor dar sin demanda,

comprendiendo.

Y, para la mano abierta,

la búsqueda de aquel

que recibirá es mayor goce que el dar mismo.

¿Y hay algo, acaso, que podáis guardar?

Todo lo que tenéis será dado algún día.

Dad, pues, ahora que estación de dar

es vuestra y no de vuestros herederos.

Decís a menudo:

“Daría, pero sólo al que lo mereciera”.

Los árboles en vuestro huerto no dicen así,

ni lo dicen los rebaños en vuestra pradera.

Ellos dan para vivir,

ya que guardar es perecer.

Todo aquel que merece

recibir sus días y sus noches,

merece, seguramente,

de vosotros todo lo demás.

Y aquel que mereció beber

el océano de la vida,

merece llenar su copa

en vuestro pequeño arroyo.

¿Y cuál será mérito mayor

que el de aquel que da

el valor y la confianza

(no la caridad) del recibir?

¿Y quiénes sois vosotros

para que los hombres

os muestren su seno

y os descubran su orgullo?

Mirad primero si vosotros mismos

merecéis dar

y ser un instrumento del dar.

Porque, a la verdad,

es la vida la que da a la vida,

mientras que vosotros,

que os creéis dadores,

no sois sino testigos.

Y vosotros, los que recibís,

y todos vosotros sois de ellos,

no asumáis el peso de la gratitud

si no queréis colocar

un yugo sobre vosotros y sobre quien os da.

Elevaos, más bien,

con el dador en su dar como en una alas.

Porque exagerar vuestra deuda es dudar

de su generosidad,

que tiene el libre corazón de la tierra

como madre y a Dios como padre.

Kahlil Gibrán. “Obras completas (tomo 2)”.





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