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IDEOLOGÍA CAPITALISTA:

La verdad del poder, el «saber mercancía» y la ética bio-degradable

Apuntes para la discusión

ISABEL NAVARRETE


I - INTRODUCCIÓN

La teoría de la ideología constituye una temática que ha sido motivo de análisis en los distintos períodos históricos de la cultura occidental. Pero no es sino hacia el siglo XVIII que se instaura como disciplina filosófica pasando a ser considerada desde diferentes orientaciones y dando lugar a significaciones dispares.

El interés de este trabajo se centra en el análisis de las conexiones existentes entre la ideología, considerada en el sentido marxista del término, y la producción científica.

Se retoman los desarrollos de Marx y Engels, quienes la consideran como una manera incorrecta de reflejar la realidad; pues en toda ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en una cámara oscura, fenómeno que responde a su proceso histórico de vida. De tal manera queda claro que es la vida la que determina la conciencia y no la conciencia la que determina la vida.

Otro concepto central de esta teoría está referido a las relaciones de dominación-sometimiento, que alude a las relaciones entre las clases sociales. A través de estas relaciones, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad, impone también y a conciencia sus ideas, y piensa de manera acorde a ello.

Un tercer factor de importancia considerado en el pensamiento marxista es la división del trabajo en físico e intelectual. Tal división es expresión de las relaciones de dominación y está indisolublemente unida a la propiedad privada. Estas relaciones también son exploradas haciendo referencia al campo científico, a la producción y circulación del saber, y a cómo los discursos instituidos desde el poder conllevan al establecimiento de regímenes de verdad que están referidos a la constitución misma de sus criterios.

Partiendo de la noción de que toda producción de conocimiento es social, se realiza un análisis de las relaciones mencionadas con referencia al ámbito de las ciencias y el saber en general, con la intención de transitar sus imbricaciones con el poder en el modo de producción capitalista en su actual versión neoliberal, y de abrir la discusión en torno al discurso postmoderno del «fin de las ideologías», concepto que matrimoniado con el de la «neutralidad ideológica» de las ciencias, es considerado como expresión de la ideología capitalista.

A continuación se analizan las transformaciones sufridas por la sociedad durante la última dictadura militar y su impacto en las comunidades educativa y científica, con el consiguiente trastrocamiento de los sistemas de circulación y transmisión de conocimientos y su función social, que dieron origen embrionario a lo que se ha denominado el «saber-mercancía». Se trata de un saber devenido cosa que, de acuerdo con la teoría fetichista de la mercancía, encubre que su valor existe únicamente como producto del trabajo de los hombres, es decir como producto social. Así mismo se toman las concepciones de Althusser sobre la imposición de la evidencia y la función de desconocimiento.

El despliegue de la noción de «saber-mercancía» incluye el acontecimiento de las telecomunicaciones, que revolucionó de manera contundente las relaciones humanas y que, como no podía ser de otro modo, marcó su influencia desde el campo de las ciencias sociales hasta en las nuevas circulaciones masivas del saber. Los ejes considerados para este análisis son los mass media y la informática.

Finalmente se aborda la ética como problemática que atraviesa todos las prácticas, ya fuere por acción u omisión; y que en la actualidad ha sido transformada en un espectáculo tendiente a «lavarla» de cualquier «contaminación» política.
II - SOBRE EL CONCEPTO DE IDEOLOGÍA

Desde una perspectiva histórica, si bien la consideración de la ideología se hallaba ya presente en la Antigüedad en los pensamientos de Platón y Aristóteles, corresponde a la modernidad la sistematización del concepto1, sobre todo a partir del siglo XVIII. Ya a mediados del XIX, Marx comienza la difusión de su pensamiento [1845 Tesis sobre Feuerbach; 1846, junto con Engels, La ideología alemana]. En el pensamiento de ambos, lo “ideológico” tiene una connotación más amplia que la “ïdeología”. “En el Estado -escribe Engels2 - toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico* sobre los hombres.”

En el Prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política, dice Marx3:

Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas** en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo.



En cuanto a la ideología, tanto Marx como Engels consideran que es una manera incorrecta de reflejar la realidad, pues “los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en una cámara oscura.” Mas “este fenómeno responde a su proceso histórico de vida. (...) Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana [hegeliana], que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo [materialismo histórico].”4 De esta manera, resaltan los autores, queda claro que es la vida la que determina la conciencia y no a la inversa.

Contemporáneamente, Althusser define la ideología como “una «representación» de la relación imaginaria de los individuos con sus relaciones reales de existencia,” acompañando la definición con dos tesis. La primera alude a que la ideología representa la relación imaginaria, y no las relaciones reales, de los individuos con sus condiciones reales de existencia. La segunda tesis postula la existencia material de la ideología dentro de un «aparato». Introduce la noción de «aparatos ideológicos del Estado», indicando su multiplicidad y especificidad: religioso, escolar, jurídico, sindical, de información y cultural5. Al decir de Althusser, estos «aparatos» tienen sus propios mecanismos de coacción para modelar y dirigir el acontecer social. Nosotros pensamos que en el seno del capitalismo tardío, cada vez más los mecanismos de coacción son reemplazados por mecanismos de control social, en los cuales se acentúa aún más que “lo propio de la ideología es imponer, sin que lo parezcan, las evidencias como evidencias, que no podemos dejar de reconocer. El anverso es la función de desconocimiento, puesto que lo que ocurre dentro de la ideología parece ocurrir fuera de ella.”6 Volveremos sobre este punto.

Sintetizando, puede decirse que Marx y Engels plantean dos esquemas principales de inversión: a) ideológico: comienza con la inversión de la relación entre lo abstracto y lo concreto y finaliza invirtiendo la relación entre lo consciente y lo inconsciente; b) fetichista: comienza con la inversión de la relación entre lo consciente y lo inconsciente y termina invirtiendo la relación entre lo abstracto y lo concreto.

Sánchez Vázquez7 postula en su tesis tres que “la ideología es: a) un conjunto de ideas acerca del mundo y la sociedad que: b) responde a intereses, aspiraciones o ideales de una clase social en un contexto social dado y que: c) guía y justifica un comportamiento práctico de los hombres acorde con esos intereses, aspiraciones o ideales. Esta definición amplia comprende por lo tanto tres aspectos:

1 - teórico o gnoseológico, constituido por contenidos falsos y verdaderos, juicios de valor, recomendaciones, expresiones de deseo, etc.8

2 - genético o social, que pone en relación el contenido teórico y los intereses, aspiraciones e ideales de clase condicionada históricamente por el lugar que esa clase ocupa respecto al poder y al sistema de relaciones de producción.

3 - funcional o práctico. A diferencia de la ciencia que intenta explicar los comportamientos de los hombres en sociedad, la ideología aspira a guiar y justificar esos comportamientos; aún cuando esto implique la adecuación de la reproducción de lo real (contenidos) a ciertos intereses, que pueden traducirse en un conflicto entre ideología (de clase) y verdad .

Nos encontramos entonces con que, en la actualidad, el término ideología es quizá uno de los más empleados en los campos de la filosofía, y las ciencias sociales. Así mismo, y como hemos estado viendo, le es atribuida una amplia gama de sentidos. A partir de tal multiplicidad, es que Bobbio9 ha propuesto clasificar los significados de la ideología en dos acepciones fundamentales:

I) Un significado débil, que alude a un conjunto de ideas y de valores que estando referidos al orden político, tienen por objeto guiar los comportamientos políticos colectivos. En este sentido, ideología es un concepto neutro, no mistificante.

II) Un significado fuerte, que se refiere a la concepción de Marx, quien la entiende como la teoría que refleja la realidad de modo incorrecto. La ideología en esta acepción es una creencia falsa, cuyas ideas están socialmente determinadas por las relaciones de dominación entre clases. Esta noción se caracteriza entonces, por tener carácter mistificante y por lo tanto negativo.

Respecto a este significado fuerte de ideología, en la evolución general del concepto, se ha ido olvidando la articulación entre ideología y poder, a excepción de los ámbitos de la práctica política concreta. Con referencia a la ideología, Marx destaca dos elementos constitutivos: el carácter de falsedad y su determinación social, que han dado lugar al planteo de diferentes relaciones entre ambas10.

Por su parte, el mismo Stoppino11, realiza un pormenorizado desarrollo de los diferentes sentidos de la ideología, de la que dentro de su significado fuerte, analiza:

a) La «falsedad» de la ideología como falsa representación.

En ella intenta reformular en términos empíricamente aceptables, el concepto marxista de falsa conciencia y la relación entre falsedad y función social de la ideología que ella involucra. Ya Marx y Engels en La ideología alemana12, afirmaban que en su teoría

no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también al desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida.



La falsedad de la ideología es así entendida como falsa representación en tanto que las imágenes que los hombres se hacen de la situación social y de sí mismos son imágenes que no corresponden a la realidad. Pero siendo que lo que cuenta para dichos autores, es el proceso de vida real y no como puedan este representarse, es obvio que el concepto de falsa conciencia no puede ser reducido únicamente a la falsa representación.

b) La «falsedad» ideológica como falsa motivación.

Stoppino considera aquí la cuestión de los juicios de valor preguntándose sobre el sentido en que estos pueden constituir una falsa conciencia, para lo cual plantea analizar la relación existente entre ideología y poder. Al respecto enuncia que “los sistemas de creencias políticas, que pueden tener un carácter ideológico, interpretan y justifican situaciones de poder dadas. En Ellas los juicios de valor califican como legítimo, bueno o útil el poder. De este modo motivan los comportamientos de dominación y los comportamientos de obediencia.” Así la noción de falsedad nos aproxima a una nueva noción de falsedad por la que “el juicio de valor puede ser una falsa motivación, que enmascara los motivos reales de la dominación o la obediencia”. Queda así señalada la naturaleza social de la ideología, pues involucra a todos los hombres en tanto que sujetos sociales cuyos comportamientos se establecen en una situación de poder.

Al parecer, y creemos que no inocentemente, la tendencia actual tiende a desarticular los elementos constitutivos de la ideología según hemos visto: la falsa conciencia y su función social, siendo que el pensamiento marxista los presenta como inexorablemente interdependientes. Los desarrollos que siguen se sustentan en esta consideración.
III - IDEOLOGÍA, VERDAD Y PODER EN LA PRODUCCIÓN CIENTÍFICA

Partimos de la concepción de que toda producción científica, sin importar si responde a las ciencias físicas o a las ciencias sociales, es una producción social. No puede dejar de serlo en tanto emerge en el seno de una comunidad -o varias- en un determinado momento histórico. Y es social aún cuando el descubrimiento o investigación fueran conducidos por un solo científico, pues él mismo, en tanto singularidad, es un sujeto «producido», tramado y sujetado socialmente.

En cuanto a los orígenes políticos de la investigación, Foucault expresa que la Edad Media inventó la investigación judicial, que “era el poder soberano arrogándose el derecho de establecer la verdad por medio de cierto número de técnicas reguladas” y que si bien desde ese momento hasta nuestros días formó cuerpo con la justicia occidental, “no hay que olvidar ni su origen político, su vínculo con el nacimiento de los Estados y de la soberanía monárquica, ni tampoco su desviación ulterior y su papel en la formación del saber. (...) La investigación, en efecto, ha sido la pieza fundamental para la constitución de las ciencias empíricas(...) así como el análisis disciplinario lo ha sido para las ciencias del hombre.”13 Respecto a la noción de verdad, seguimos los desarrollos del mismo autor, quien propone reemplazar los «criterios de verdad» por «regímenes de verdad». No se trata de una transformación simplemente terminológica. Al hablar de «régimen de verdad», Foucault se refiere a la capacidad que tiene el poder para producir realidades, discursos y rituales de verdad propios. Este planteo nos permite considerar un juego de relaciones entre el régimen social imperante, el funcionamiento de los discursos del poder en torno al estatuto de la verdad y los procedimientos científicos seleccionados para la obtención de la verdad.

En los ámbitos universitarios y de investigaciones científicas, es frecuente oír hablar de cuáles disciplinas tienen el estatuto de científicas y cuáles no; cómo se deben distribuir los recursos entre las ciencias [físicas]“duras” y las ciencias [sociales] “blandas”; cuáles proyectos de investigación deben ser aprobados y cuáles no, etc. Sabido es que las partidas presupuestarias dirigidas hacia las distintas ciencias varían de acuerdo al gobierno de turno y sus funcionarios, sus conexiones y pactos internacionales, los recursos asignados a los distintos sectores, los rectores de las universidades, sus decanos, los directores de los institutos de investigaciones, las relaciones político partidarias y económico-empresariales; pudiendo continuar la lista fatigosamente.

Si las categorías y los favores, aprobación, presupuesto y cargos, que obtienen las diferentes orientaciones científicas y los proyectos de investigación, varían tanto de acuerdo con quiénes son los encargados políticos de dirigir los destinos de un país en un momento determinado; resulta ineludible plantearse ya no la verdad o falsedad de un enunciado científico, sino la cuestión de la verdad en tanto que “conjunto de reglas según las cuáles se discrimina lo verdadero de lo falso y se ligan a lo verdadero efectos políticos de poder”14; es decir, cuál es el estatuto de verdad y el papel económico-político que desempeña. Nos encontramos así con que, desde esta perspectiva, los regímenes de verdad no pueden ser separados ni de la ideología ni del poder. Y esta no es una variable exterior a las ciencias sino que transita en su mismo seno, atravesando el cuerpo mismo del saber producido y en producción. Con estos criterios podrían ser analizados, por ejemplo, los diferentes discursos que se evidencian en las respuestas [afirmativas y negativas] a solicitudes de presupuesto para diferentes tareas docentes e investigativas así como a las fundamentaciones que las acompañan.

Las históricas separaciones entre ciencia/literatura, ciencia/política y ciencia/ideología15, remozadas hoy por el neoliberalismo en la profundización al máximo la división del trabajo, tienen por finalidad mantener a cada individuo-clase [en este caso científico-intelectual] en su «corral» [gabinete especializado, corporaciones profesionales y/o empresariales], haciendo lo que «sabe» [de acuerdo al título universitario] y «debe» [hacer lo que se le pide recortando la realidad todo lo que sea necesario] sin preocuparse del resto, adquieren así nuevamente pleno sentido, luego de la «desaparición» de los irreverentes planteamientos al respecto de las décadas del 60 y 70.

Que los físicos se ocupen de los átomos, los biólogos de las células, los médicos de hacer recetas y los psicólogos de las neurosis. Para pensar en la economía están los economistas, para pensar las cuestiones políticas están los políticos, y para pensar la ética están los comités y los órganos oficiales. En síntesis, para «pensar» las articulaciones -y cómo mantenerlas alejadas de la superficie- está la clase dominante. Todo está previsto y [falsamente] solucionado de antemano [para anular la participación y el movimiento]. De nada hay que preocuparse, «los expertos lo harán todo», el resto no debe dispersarse con estas cuestiones, pues a cada uno se le paga para que se ocupe «de lo suyo».

He aquí el resultado de la súperespecialización profesional [liberal], que cuadricula los pensamientos, instaurando la propiedad privada [y privativa] de los conocimientos, impidiendo que fluyan por los diferentes campos del saber, y separando a la ciencia del trabajo como potencia independiente de producción, por lo que resulta enrolada al servicio del capital. En este sentido compartimos con J. F. Lyotard16 que

(...) En la discusión de los socios capitalistas de hoy en día, el único objetivo creíble es el poder. No se compran savants, técnicos y aparatos para saber la verdad, sino para incrementar el poder. (...) La gestación de los fondos de investigación por parte de los Estados, las empresas y las sociedades mixtas obedece a esta lógica del incremento del poder. Los sectores de la investigación que no pueden defender su contribución, aunque sea indirecta, a la optimización de las actuaciones del sistema, son abandonados por el flujo de los créditos y destinados a la decrepitud.



Vemos así que, paradójicamente, lo que se mantiene separado en la teorización «científica», aparece profundamente imbricado a la hora de la praxis, operándose el esquema ideológico de inversión señalado por Marx, que comienza con la inversión entre lo concreto y lo abstracto para finalizar invirtiendo la relación entre lo consciente y lo inconsciente. En este proceso podemos también observar los tres aspectos contenidos en la ideología enunciados por Sánchez Vázquez (que hemos desarrollado en el capítulo anterior): 1) gnoseológico; 2) social y 3) práctico. Consiguientemente, queremos dejar planteado que son justamente quienes esgrimen una «posición» de «ferviente neutralidad» [política, ética y valorativa] quienes reproducen la ideología dominante, en tanto que teoría incorrecta de la realidad, cuya finalidad [oculta] es la perpetuación de las relaciones de dominación, de las que el saber constituye uno, sino el principal, de los ejes en la actualidad.
IV - EL «SABER - MERCANCÍA»

En la última veintena de años hemos asistido a muy importantes transformaciones en lo que respecta a las formas de circulación y transmisión del saber, desde la escuela primaria hasta en los circuitos universitarios y la comunidad científica. Y esto se enmarca en una transformación mayor sufrida por nuestra sociedad a partir de la última dictadura militar. Se produjo un cambio fundamental en las relaciones entre diferentes sectores del cuerpo social, que en muchos casos llegó a la desintegración total, hecho que se mantiene hasta nuestros días. Fue a partir de la dictadura que la Universidad quedó prácticamente desvinculada del conjunto social, transformándose en una institución dedicada más a la reproducción de teorías que a la producción de conocimientos.

El terrorismo de Estado fue la metodología científicamente concebida [por científicos sociales entre otros] para cumplir los objetivos que, ya con anterioridad al golpe de Estado, estaban claramente marcados a nivel político, económico e ideológico. Una vez más la ideología dominante, esta vez al desnudo, se ocupó de invertir las realidades. Así el discurso militar apuntó a suprimir la realidad vivida socialmente, sin escatimar para lograrlo asesinatos, desapariciones ni violaciones de todo tipo. A través de una serie de complejos mecanismos de sobrecodificación (que por razones de espacio no podemos desarrollar aquí) y con el soporte de los medios de comunicación masiva y la complicidad silenciosa17 de importantes sectores de la población, la realidad vivida fue negada y sustituida por otra «producida por el poder», como medio eficaz de imponer un nuevo «orden» económico-político. Esta «nueva» realidad se erigió como ÚNICA, VERDADERA, BUENA y JUSTA. Y esto tuvo vigencia también para el saber, que cayó bajo la acción de la censura, la sustitución o el vaciamiento de contenidos.

Pero los efectos a largo plazo, eficazmente «silenciosos», comenzaron a observarse ya avanzados los años 80, no sólo en el deterioro de todo el sistema educativo, que fue una vía sumamente importante para la diseminación, «interiorización» y legitimación18 de los valores del capitalismo y cuyo modelo poco a poco fue siendo asimilado al empresarial; sino también en una verdadera desalfabetización operada en los alumnos mediante la destrucción del pensamiento formal abstracto, que resultó mayoritariamente reducido a la lógica de lo concreto.

Una vez más, y tal como hemos enunciado con anterioridad, la ideología impuso las evidencias como evidencias que no pudieron dejar de ser reconocidas, y paralelamente con su función de desconocimiento, hizo aparecer lo que ocurría dentro de ella como si ocurriera fuera. En un breve pero revelador párrafo, Lyotard19 sintetiza este estado de cosas:

La pregunta, explícita o no, planteada por el estudiante profesionalista, por el Estado o por la institución de enseñanza superior, ya no es ¿eso es verdad?, sino ¿para qué sirve? En el contexto de la mercantilización del saber, esta última pregunta, las más de las veces significa: ¿se puede vender? Y, en el contexto de argumentación del poder: ¿es eficaz?



De esta manera, la producción social del conocimiento se ha alejado de la función social del saber, pues los productos de tal práctica, transformados en mercancías controladas por monopolios empresariales, sólo son asequibles para unos pocos, en tanto que una mayoría abrumadora de la población se ve privada del mínimo beneficio. El saber que se ha transformado en mercancía tiene a partir de entonces «propietarios privados», y su «posesión» o no divide las aguas. Pero también el régimen de los discursos se ha transformado, culpabilizando a los desocupados, los pobres, los enfermos y los muertos de sus situaciones, pues no se «reconvierten» de acuerdo a los planteos de la economía de mercado. Todo se plantea como una cuestión [falsamente] individual en la que cada uno es dejado librado a su suerte. Pero de esto ya ni siquiera se habla.

El «saber-mercancía» ha producido su propia fetichización que, de acuerdo con lo enunciado por Marx, se caracteriza por la inversión que posibilita que las relaciones entre los hombres se presenten falseadas como relaciones entre cosas. De tal manera el saber, al transformarse en cosa [vendible y comprable], es desvinculado de cualquier consideración ético-responsable que pudiera haber intervenido en el proceso de su producción. Marí20 enuncia a este respecto:

En la época de la posmodernidad, la ciencia siguió la misma ruta que muchos individuos. No se canoniza en ella el deber absoluto hacia los hombres, ni el espíritu de responsabilidad. La ciencia se hace famosa y aun cuando se convierte en «tristemente famosa», lo es por recurso a su excelencia total, quedando amputada de la vida ética y deslegitimada de sus obligaciones hacia la colectividad.



Una vez más el discurso del capitalismo neoliberal «transparente» y avasallante, utiliza el saber para obtener poder y beneficios económicos, haciendo depender la dignidad de las condiciones de vida de la población de la ley del más fuerte, su propia ley, es decir la ley del dinero. Así, puede observarse que la política neoliberal bajo la máscara del postmodernismo, cuenta con una fina tecnología destinada a mantener ocultas las articulaciones socio-político-económico-éticas de la ciencia; tanto como a determinar con qué elementos ha de conformarse la conciencia. Lógica interna de las relaciones de poder. Lógica inherente a la sociedad de control, efectiva, sutil, imperceptible.

El sistema capitalista actual, en una nueva demostración de la impresionante plasticidad constitutiva que lo caracteriza, ha puesto de manifiesto su capacidad autotransformadora para lograr su perpetuación, sin importar que el costo humano de tal «triunfo» crezca de modo salvaje y alarmante. He aquí el «fin de las ideologías» del que los capitalistas con «su» ideología, pretenden hoy convencernos.
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