Isaac asimov cuentos completos II



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ISAAC

ASIMOV

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CUENTOS

COMPLETOS



II

INTRODUCCIÓN


En los dos primeros volúmenes de mis cuentos completos (éste es el segundo) reúno más de cincuenta relatos, y todavía quedan muchos más para volúmenes futuros.

Debo admitir que incluso a mí me deja un poco atónito. Me pre­gunto dónde encontré tiempo para escribir tantos cuentos, consideran­do que también he escrito cientos de libros y miles de ensayos. La res­puesta es que me he dedicado a ello durante cincuenta y dos años sin pausa, de modo que todos estos cuentos significan que ya soy una per­sona de cierta edad.

Otra pregunta es de dónde saqué las ideas para tantas historias. Me la plantean continuamente.

La respuesta es que, al cabo de medio siglo de elaborar ideas, el proceso se vuelve automático e incontenible.

Anoche me encontraba en la cama con mi esposa y algo me estimu­ló la imaginación.

‑Acaba de ocurrírseme otra historia sobre deseos frustrados ‑le dije.

‑¿Cómo es? ‑me preguntó.

‑Nuestro héroe, que ha sido bendecido con una esposa tremenda­mente fea, le pide a un genio que le conceda una mujer bella y joven en la cama por las noches. Se le concede el deseo con la condición de que en ningún momento debe tocar, acariciar y ni siquiera rozar el trasero de la joven. Si lo hace, la joven se transformará en su esposa. Cada noche, mientras hacen el amor, él no es capaz de apartar las ma­nos del trasero, y el resultado es que todas las noches se encuentra haciendo el amor con su esposa.

* Como mi querida esposa es para mí la mujer mas bella del mundo ‑y lo sabe­no se tomó a mal esta historia, salvo para decirme que yo tenía una mente morbosa.

Lo cierto es que cualquier cosa me hace pensar en un cuento.

Por ejemplo, estaba revisando las galeradas de un libro mío cuando me llamó el director de una revista. Quería un cuento de ciencia fic­ción inmediatamente.

‑No puedo ‑le dije‑. Estoy liado con unas galeradas.

‑Déjalas.

‑No.


Colgué. Pero al colgar pensé qué cómodo sería tener un robot que pudiera corregir las galeradas por mí. De inmediato dejé de revisarlas, pues se me había ocurrido un cuento. Lo encontraréis aquí como «Ga­leote».

Mi cuento favorito en esta compilación es « El hombre bicentena­rio». Poco antes de iniciarse el año 1976, el del bicentenario de Esta­dos Unidos, una revista me pidió que escribiera un cuento con ese título.

‑¿Acerca de qué? ‑pregunté.

‑Acerca de cualquier cosa. Sólo tenemos el título.

Reflexioné. Ningún hombre puede ser bicentenario, pues no vivi­mos doscientos años. Podría ser un robot, pero un robot no es un hom­bre. ¿Por qué no un cuento sobre un robot que desea ser hombre? De inmediato comencé « El hombre bicentenario», que terminó por ganar un premio Hugo y un Nebula.

En cierta ocasión, mi querida esposa Janet tenía un fuerte dolor de cabeza, pero aun así se sintió obligada a prepararle la cena a su amante esposo. Resultó ser una cena exquisita y ‑como soy un aman­te esposo‑ comenté:

‑Deberías tener jaquecas más a menudo.

Y ella me arrojó alguna cosa y yo escribí el cuento «Versos luminosos».

Un joven colega murió en 1958 y le hicieron una simpática nota necrológica en el New York Times. Fue en aquellos viejos tiempos en que los escritores de ciencia ficción no gozaban de gran notoriedad. Me puse a cavilar si, cuando yo pasara a la gran máquina de escribir del cielo, el New York Times se dignaría mencionarme a mí también. Hoy sé que lo hará, pero entonces no lo sabía. Así que tras muchas cavilaciones escribí «Necrológica».

Una vez tuve una discusión acalorada con el director de una revis­ta. Él deseaba que yo introdujera una modificación en un cuento y yo me negaba; no por pereza, sino porque pensaba que estropearía el cuento. Al final, se salió con la suya (como es habitual), pero yo me desquité escribiendo «El dedo del mono», que es una buena descrip­ción de lo que sucedió.

La directora de una publicación me pidió una vez que escribiera un cuento sobre un robot femenino, pues hasta aquel momento todos mis robots eran masculinos. Acepté sin objeciones y escribí «Intuición

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femenina». Lo que mejor recuerdo de ese cuento es que no entendí que la mujer lo quería para ella. Creí que me estaba dando un consejo desinteresado. En consecuencia, cuando terminé el cuento y otro di­rector me pidió uno con toda urgencia, me dije: Pues ya lo tengo. Y cuando la directora se enteró recibí una lluvia de insultos.

Algunos cuentos surgen cuando otra persona hace un comentario casual. Cuentos tales como «Reunámonos» y «Lluvia, lluvia, aléjate» son ejemplos de ello. No me siento culpable por inspirarme en frases ajenas. Ya que los demás no van a hacer nada con ellas, ¿por qué no usarlas?

Pero lo cierto es que los cuentos surgen de cualquier cosa. Sólo hay que mantener los ojos y los oídos abiertos y la imaginación en mar­cha. Una vez, durante un viaje en tren, mi primera esposa me preguntó de dónde sacaba las ideas, y respondí:

‑De cualquier parte. Puedo escribir un cuento sobre este viaje en tren. ‑Y comencé a escribir a mano.

Pero ese cuento no figura en este volumen.

ISAAC ASIMOv

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¡NO TAN DEFINITIVO!



Nicholas Orloff se caló el monóculo en el ojo izquierdo con la recti­tud británica de un ruso educado en Oxford y dijo en tono de reproche:

‑¡Pero, mi querido señor secretario, quinientos millones de dólares!

Leo Birnam se encogió de hombros y echó aún más atrás en la silla su cuerpo delgado.

‑Los fondos son necesarios, delegado. El Gobierno del Dominio de Ganimedes está desesperado. Hasta ahora he podido mantenerlo a raya, pero soy sólo secretario de Asuntos Científicos y mis poderes son limitados.

‑Lo sé, pero... ‑Orloff extendió las manos en un ademán de im­potencia.

‑Me lo imagino ‑convino Birnam‑. Al Gobierno del Imperio le resulta más fácil hacer la vista gorda. Hasta ahora no ha hecho otra cosa. Hace años que intento hacerles comprender la naturaleza del pe­ligro que se cierne sobre todo el sistema, pero parece imposible. No obstante, recurro a usted, señor delegado. Usted es nuevo en su puesto y puede encarar este asunto joveano sin prejuicios de ningún tipo.

Orloff tosió y se miró las puntas de las botas. En los tres meses que llevaba actuando como sucesor del delegado colonial Gridley había dado carpetazo, sin leerlo, a todo lo relacionado con «esos malditos delirios joveanos». Tal actitud concordaba con la política ministerial, que calificó el problema joveano como «asunto cerrado» mucho antes de que él iniciara su gestión.

Pero, dado que Ganimedes había empezado a fastidiar, lo enviaban a él a jovópolis con instrucciones de contener a aquellos «condenados provincianos». Era un asunto feo.

‑El Gobierno del Dominio necesita tanto el dinero ‑señaló Birnam‑ que si no lo consigue hará público' todo el asunto.

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Orloff perdió toda su flema y se echó mano al monóculo, que se le caía.

‑¡Querido amigo!

‑Sé lo que eso significaría y me han aconsejado no hacerlo, pero hay una justificación. Una vez que se revelen los entresijos del asunto joveano, una vez que la gente se entere, el Gobierno del Imperio no durará ni una semana. Y cuando intervengan los tecnócratas nos darán todo lo que pidamos. La opinión pública se encargará de ello.

‑Pero también provocarán el pánico y la histeria...

‑¡Por supuesto! Por eso vacilamos. Considérelo un ultimátum. Que­remos mantener el secreto, necesitamos guardar el secreto; pero más necesitamos el dinero.

‑Entiendo. ‑Orloff estaba pensando a toda prisa y sus conclusio­nes no eran agradables‑. En ese caso, sería aconsejable investigar más. Si usted tiene los papeles concernientes a las comunicaciones con el planeta Júpiter...

‑Los tengo ‑confirmó secamente Birnam‑, y también los tiene el Gobierno del Imperio en Washington. Eso no servirá, delegado. Es lo mismo que los funcionarios terrícolas vienen rumiando desde hace un año y no nos ha llevado a ninguna parte. Quiero que usted me acom­pañe a la Estación Éter.

El ganimediano se había levantado de la silla y miraba a Orloff fijamente desde su imponente altura.

‑¿Se atreve a darme órdenes? ‑preguntó Orloff, sonrojándose.

‑En cierto modo, sí. Insisto, no queda tiempo. Si usted se propo­ne actuar hágalo pronto o no lo haga. ‑Hizo una pausa y añadió‑: Espero que no le importe caminar. Los vehículos de energía no pueden aproximarse a la Estación Éter, por lo general, y aprovecharé la cami­nata para explicarle la situación. Son sólo tres kilómetros.

‑Caminaré ‑fue la brusca respuesta.

Ascendieron al nivel subterráneo en silencio, que rompió Orloff cuando entraron en la antesala, débilmente iluminada.

‑Hace frío aquí.

‑Lo sé. Es difícil mantener una buena temperatura tan cerca de la superficie. Pero hará más frío en el exterior. Aquí es.

Birnam abrió la puerta de un armario y le indicó los trajes que col­gaban del techo.

‑Póngase esto. Lo necesitará.

Orloff palpó el traje con ciertas reservas.

‑¿Tienen peso suficiente?

Birnam se puso su traje mientras hablaba.

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‑Tienen calefacción eléctrica, así que abrigan bastante. Eso es. Meta las perneras dentro de las botas y ajústelas bien.

Se volvió y con un resoplido levantó de un rincón del armario un cilindro de gas doblemente comprimido. Echó una ojeada al cuadrante de lectura y giró la llave de paso. Se oyó el siseo del gas y Birnam lo olfateó con satisfacción.

‑¿Sabe manejar esto? ‑preguntó, mientras enroscaba un tubo fle­xible de malla metálica, en cuyo otro extremo había un extraño objeto curvo de vidrio grueso y claro.

‑¿Qué es?

‑¡La máscara de oxígeno! La escasa atmósfera de Ganimedes se compone de argón y de nitrógeno a partes iguales. No es demasiado respirable.

Levantó el cilindro doble en la posición y lo ajustó en el arnés de la espalda de Orloff, haciéndole tambalearse.

‑Es pesado. No puedo caminar tres kilómetros con esto encima.

‑No pesará ahí fuera. ‑Birnam señaló con la cabeza hacia arriba y bajó la máscara de vidrio sobre la cabeza de Orloff‑. Acuérdese de inhalar por la nariz y exhalar por la boca, y no tendrá ningún pro­blema. A propósito, ¿ha comido hace poco?

‑Almorcé antes de ir a su casa.

Birnam resopló.

‑Bien, es un pequeño inconveniente. ‑Sacó un estuche de metal del bolsillo y se lo dio al delegado‑. Póngase una de esas píldoras en la boca y chúpela constantemente.

Orloff movió con torpeza sus dedos enguantados y al fin logró sa­car del estuche una píldora de color marrón y metérsela en la boca. Siguió a Birnam hasta una rampa en declive. El extremo cerrado del corredor se deslizó a ambos lados y hubo un susurro apagado cuando el aire se dispersó por la escasa atmósfera de Ganimedes.

Birnam agarró del codo a su acompañante y prácticamente lo sacó a rastras.

‑Le he puesto el tanque al máximo ‑gritó‑. Inhale profunda­mente y no deje de chupar la píldora.

La gravedad volvió a la normalidad de Ganimedes en cuanto cruza­ron el umbral y tras un instante de aparente levitacíón Orloff sintió que se le revolvía el estómago.

Tuvo una arcada y movió la píldora con la lengua en un desespera­do intento de dominarse. La mezcla de los cilindros de aire, rica en oxígeno, le quemaba la garganta; poco a poco Ganimedes se estabilizó. Orloff notó que su estómago se normalizaba. Intentó caminar.

‑Tómelo con calma ‑le recomendó Birnam en tono tranquiliza­dor‑. Es una reacción normal las primeras veces en que hay un cam‑

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bio brusco de gravedad. Camine despacio y rítmicamente, o de lo con­trario se caerá. Eso es, lo está logrando.

El suelo parecía elástico. Orloff sentía la presión del brazo del otro, sujetándolo a cada paso para evitar que diera un brinco demasiado alto. Iba dando pasos más largos y más bajos a medida que encontraba el ritmo. Birnam siguió hablando, con la voz un poco sofocada por el barboquejo de cuero que le cubría la boca y la barbilla:

‑Cada uno en su mundo. Visité la Tierra hace unos años, con mi esposa, y lo pasé muy mal. No conseguía aprender a caminar por la superficie de un planeta sin usar máscara. Me sofocaba. La luz del sol era demasiado brillante, el cielo demasiado azul y la hierba demasiado verde. Y los edificios estaban en plena superficie. Nunca olvidaré la vez que intentaron hacerme dormir en una habitación que estaba a veinte pisos de altura, con la ventana abierta de par en par y la luna brillando. Me subí en la primera nave espacial que iba en mi dirección y no pienso volver. ¿Cómo se siente ahora?

‑¡Magnífico! ¡Espléndido!

Una vez desaparecida la incomodidad inicial, Orloff se sentía esti­mulado por la baja gravedad. El terreno escabroso, bañado en una luz líquida y amarilla, se encontraba cubierto de arbustos bajos y hojas anchas, que indicaban el pulcro orden de una parcela cuidada. Birnam le ofreció la respuesta a la pregunta tácita:

‑Hay dióxido de carbono suficiente para mantener vivas las plan­tas y todas tienen capacidad para fijar el nitrógeno de la atmósfera. Por eso, la agricultura es la principal industria de Ganimedes. Esas plantas valen su peso en oro, tanto como los fertilizantes en la Tierra, y duplican o triplican su valor como origen de medio centenar de alca­loides que no se pueden obtener en ninguna otra parte del sistema. Y, desde luego, cualquiera sabe que la hoja‑verde de Ganimedes es muy superior al tabaco terrícola.

Un estratocohete zumbó en lo alto, estridente en la escasa atmósfe­ra, y Orloff miró hacia arriba.

Se paró, se paró en seco; y se olvidó de respirar.

Era la primera vez que. veía Júpiter en el cielo.

Una cosa era ver la fría y cruda imagen de Júpiter contra el trasfon­do de ébano del espacio. A novecientos sesenta mil kilómetros ya era bastante majestuoso; pero en Ganimedes, despuntando por encima de los cerros, con contornos más suaves y desdibujados por la tenue at­mósfera, brillando dulcemente en un cielo rojo donde sólo unas estre­llas fugitivas se atrevían a competir con el gigante... No había palabras para describirlo.

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En principio, Orloff contempló ese disco convexo en silencio. Era gigantesco, treinta y dos veces el diámetro aparente del sol tal como se veía desde la Tierra. Sus franjas destacaban en acuosas pinceladas de color contra el fondo amarillento, y la Gran Mancha Roja aparecía como una salpicadura ovalada y anaranjada cerca del borde occidental.



‑¡Es bellísimo! ‑murmuró.

Leo Bírnam también lo miraba, pero su actitud no era de admira­ción reverente, sino de aburrida rutina ante un espectáculo frecuente, y además expresaba repugnancia. El barboquejo le ocultaba la sonrisa crispada, pero la presión que ejercía sobre el brazo de Orloff dejaba magulladuras a través de la tosca tela del traje.

‑Es el espectáculo más horrendo del sistema.

Pronunció esas palabras muy lentamente, y Orloff, de mala gana, volvió su atención hacia él.

‑¿Eh? ‑y añadió con desagrado‑: Ah, sí, esos misteriosos jo­veanos.

El ganimedíano se alejó irritado y echó a andar a zancadas de cua­tro metros. Orloff lo siguió torpemente, manteniendo el equilibrio con dificultad.

‑Aguarde ‑jadeó.

Pero Birnam no le escuchaba.

‑Los terrícolas se pueden permitir el lujo de ignorar Júpiter ‑mas­culló con amargura‑. No saben nada sobre él. Es apenas un punto en el cielo de la Tierra, una cagadita de mosca. Los terrícolas no viven en Ganimedes, con la presencia de ese maldito coloso que nos acecha. A quince horas de aquí... y sólo Dios sabe qué oculta en la superficie. Algo que espera y espera y trata de salir. ¡Como una bomba gigantesca a punto de estallar!

‑¡Pamplinas! ‑logró articular Orloff‑. Por favor, vaya más des­pacio. No puedo seguir su ritmo.

Birnam aminoró la marcha.

‑Todos saben que Júpiter está habitado ‑rezongó‑, pero prácti­camente nadie se detiene a pensar en lo que eso significa. Le aseguro que esos joveanos, sean lo que fueren, han nacido para mandar. ¡Son los amos naturales del sistema solar!

‑Pura histeria ‑murmuró Orloff‑. Hace un año que el Gobíer­no del Imperio oye esas patrañas.

‑Y nadie nos escucha. ¡Bien, entérese! Júpíter, descontando el grosor de su colosal atmósfera, tiene ciento treinta mil kilómetros de díáme­tro. Eso significa que posee una superficie cien veces superior a la terrí­cola y cincuenta veces mayor que la de todo el Imperio Terrícola. Su población, sus recursos y su potencial bélico siguen esa proporción.

‑Meros números...

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‑Sé a qué se refiere ‑continuó Birnam, airado‑. Las guerras no se libran con números, sino con ciencia y organización. Los joveanos tienen ambas cosas. Durante el cuarto de siglo en que nos hemos co­municado con ellos nos hemos enterado de algunas cosas. Tienen ener­gía atómica y radio, y en un mundo de amoníaco bajo enorme presión (en otras palabras, un mundo donde casi ningún metal puede existir como metal a causa de la tendencia a formar complejos solubles de amo­níaco) han logrado construir una compleja civilización. Eso significa que tienen que trabajar con plásticos, vidrios, silicatos y materiales sin­téticos de construcción. Eso significa una química tan avanzada como la nuestra, y apostaría a que incluso más avanzada.

Orloff aguardó un poco antes de replicar:

‑Pero ¿qué certeza tienen ustedes sobre el último mensaje de los joveanos? En la Tierra ponemos en duda que sean tan belicosos como se los describe.

El ganimediano se rió secamente.

‑Interrumpieron todas sus comunicaciones después del último men­saje, ¿verdad? No parece una actitud muy amistosa, ¿no? Le aseguro que hemos hecho todo lo posible por establecer contacto. Pero espere, no hable, déjeme explicarle algo. En Ganimedes, durante veinticinco años, un puñado de hombres se ha deslomado tratando de comprender en nuestros aparatos de radio un conjunto de señales variables, carga­das de estática y distorsionadas por la gravedad, pues eran nuestra úni­ca conexión con la inteligencia viva de Júpiter. Se trataba de una tarea para todo un mundo de científicos, pero en la estación sólo contába­mos con una veintena. Yo fui uno de ellos desde el principio y, como filólogo, contribuí a construir e interpretar el código que creamos entre nosotros y los joveanos, así que como ve entiendo de lo que hablo. Fue un trabajo extenuante, Tardamos cinco años en superar las señales aritméticas elementales: tres más cuatro igual a siete; la raíz cuadrada de veinticinco es cinco; el factorial de seis es setecientos veinte. Des­pués de eso, a veces pasaban meses hasta que podíamos elaborar y co­rroborar una sola idea mediante nuevas comunicaciones. Pero, y esto es lo importante, cuando los joveanos interrumpieron las relaciones los comprendíamos plenamente. No había ya probabilidades de error en la interpretación, así como no es probable que Ganimedes se aleje re­pentinamente de Júpíter. Y el último mensaje era una amenaza y una promesa de destrucción. No hay duda. ¡No hay la menor duda!

Atravesaban un pasaje en el que una oscuridad fría y húmeda reem­plazaba a la amarilla luz de Júpiter. Orloff estaba perturbado. Nunca le habían presentado la situación de esa manera.

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‑¿Pero qué razones les dimos para...?



‑¡Ninguna! Era simplemente esto: ellos descubrieron por nuestros mensajes, y no sé dónde ni cómo, que nosotros no éramos joveanos.

‑Pues claro.

‑Para ellos no estaba tan claro. En sus experiencias jamás se ha­bían topado con inteligencias que no fueran joveanas. ¿Por qué iban a hacer una excepción en favor de quienes están en el espacio exterior?

‑Usted dice que eran científicos ‑observó Orloff con voz gla­cial‑. ¿No comprenderían que un entorno distinto engendra una vida distinta? Nosotros lo sabíamos. Nunca pensamos que los joreanos fue­ran terrícolas, aunque nunca nos habíamos topado con inteligencias aje­nas a la Tierra.

De nuevo se hallaban bajo la líquida luz de Júpiter, y una extensión de hielo relucía con tonos ambarinos en una depresión a la derecha.

‑Dije que eran químicos y físicos, no que fuesen astrónomos. Jú­piter, mi querido delegado, tiene una atmósfera de casi cinco mil kiló­metros de espesor y esos kilómetros de gas bloquean todo, excepto el sol y las cuatro mayores lunas de Júpiter. Los joveanos no saben nada sobre entornos distintos.

Orloff reflexionó.

‑Conque decidieron que éramos alienígenas. ¿Y bien?

‑Si no somos joveanos, para ellos no somos gente, de modo que un no joveano era un < bicho» por definición. ‑Birnam impidió la in­mediata objeción de Orloff‑. He dicho que para ellos éramos bichos, y lo somos. Más aún, somos bichos que tienen el descaro de querer tratar con joveanos, es decir, con seres humanos. El último mensaje decía, palabra por palabra: «Los joveanos son los amos. No hay lugar para las sabandijas. Os destruiremos de inmediato.» Dudo que ese men­saje contuviera ninguna hostilidad, era simplemente una declaración fría. Pero hablan en serio.

‑¿Y por qué?

‑¿Por qué el hombre exterminó la mosca doméstica?

‑Vamos, no habla en serio al citarme esa analogía.

‑Pues sí, ya que los joveanos nos consideran moscas, unas moscas insufribles que se atreven a aspirar a la inteligencia.

Orloff hizo un último intento.

‑Pero, señor secretario, parece imposible que una forma de vida inteligente adopte semejante actitud.

‑¿Está usted familiarizado con muchas formas de vida inteligente, aparte de la nuestra? ‑replicó Birnam, con sarcasmo‑. ¿Se siente com­petente para juzgar la psicología joveana? ¿Tiene idea de lo distintos que deben de ser físicamente los joveanos? Piense tan sólo en un mun­do con una gravedad dos veces y media superior a la terrícola, con

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océanos de amoníaco, océanos a los que se podría arrojar la Tierra en­tera sin provocar siquiera una salpicadura considerable, y con una gra­vedad colosal que le impone densidades y presiones de superficie que hacen que las simas submarinas de la Tierra parezcan por comparación un vacío medio penetrable. Hemos procurado deducir qué clase de vida podría existir en esas condiciones y hemos desistido. Es absolutamente incomprensible. ¿Espera usted, pues, que su mentalidad sea compren­sible? ¡Jamás! Acepte las cosas tal como son. Se proponen destruirnos. Eso es todo lo que sabemos y todo lo que necesitamos saber. ‑Levan­tó su mano enguantada y señaló con un dedo‑. Allí está la Estación Éter.



Orloff giró la cabeza.

‑¿En el subsuelo?

‑¡Por supuesto! Todo, excepto el observatorio, que es esa cúpula de acero y cuarzo de la derecha, la pequeña.

Se habían detenido ante dos grandes rocas que flanqueaban un te­rraplén, y desde detrás de cada una de ellas un soldado, con máscara de oxígeno y el uniforme naranja de Ganimedes, se acercó a ambos con las armas preparadas.

Birnam mostró su rostro a la luz de Júpiter y los soldados se cua­draron y le cedieron el paso. Uno de ellos bramó una orden en su mi­crófono de la muñeca. Una entrada camuflada se abrió entre las rocas y Orloff siguió al secretario hacia la cámara de presión.

El terrícola echó una última ojeada al acechante Júpiter antes de

que la puerta se cerrara.

Ya no parecía tan hermoso.

Orloff no se sintió de nuevo normal hasta que se hubo apoltronado en el mullido sillón del despacho del doctor Edward Prosser. Con un suspiro de alivio, se acomodó el monóculo bajo la ceja.

‑¿Le molestará al doctor Prosser que yo fume aquí mientras espe­ramos? ‑preguntó.

‑Adelante ‑le dijo Birnam‑. Si por mí fuese traería a Prosser a rastras sin demora, pero es un individuo extraño. Hablará más si aguardamos a que esté dispuesto.

Sacó del estuche una barra torcida de tabaco verdoso y mordió la punta con violencia. Orloff sonrió a través del humo de su cigarrillo.

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