Irreflexiones interrogativas



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EL BARRIO POP

DEL AXIOMA AL SOFISMA.

IRREFLEXIONES INTERROGATIVAS




Por: FABIO H. AVENDAÑO T.

ARQUITECTO

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Desde hace algunos años, en el ambiente político, intelectual, académico, se han venido utilizando ciertos conceptos, frases y palabras que hacen referencia a grupos de población urbana, de escasos recursos económicos, localizados dentro de una total marginalidad. A este sector se le ha llamado “popular” y todo lo que con él se relaciona recibe éste mismo apelativo. El sector popular se ha tratado, tradicionalmente, como bloque compacto, homogéneo y en cierta forma abstracto pero, eso sí, muy necesario para la experimentación económica, social, cultural, académica o política. Todo concepto respecto a éste sector se ha convertido en axioma de fácil y cómoda utilización, incluso para los neófitos y profanos. Este facilismo intelectual soslaya toda posibilidad de cuestionar la esencia que esconden sofismas de distracción, que se utilizan para taxonomizar a seres humanos individuales, que viven en un mundo heterogéneo de ambiente multitemporal, a quienes se les ha encasillado dentro del llamado “barrio popular”.


Es conveniente examinar de cerca el concepto popular de lo “popular”, y para aproximarnos a él nada mejor que las frases interrogativas. A pesar de que habitamos un universo acrítico y pragmático, “un universo –dice Lyotard- donde el éxito consiste en ganar tiempo, y el pensar no tiene más que un solo defecto, pero incorregible: hace perder el tiempo” (1), podemos por lo menos cuestionar. Aunque el cuestionar ya implique perder un poco más de tiempo, del que siempre perdemos. Pero como nos sentimos embriagados con el escepticismo que perfuma nuestro ambiente, nos atrevemos a preguntar sobre lo “popular”.
Podemos comenzar por preguntarnos, si ¿no será éste el tiempo para de-construir la legitimación pretenciosamente dogmática, respecto a la existencia de una identidad homogénea en el llamado “barrio popular”? Según observa García Canclini, “lo popular, conglomerado heterogéneo de grupos sociales, no tiene el sentido unívoco de un concepto científico, sino el valor ambiguo de una noción teatral” (2). ¿No será necesario comenzar a descolectivizar y descubrir el enfoque y tratamiento que se dan a los problemas singulares y seculares de estos barrios que, disfrazados de discursos generalizantes y mesiánicos, esconden toda una intencionalidad de manipulación académica, cultural o electorera...? Y, ¿no será igualmente necesario detener la incitación demagógica, que nos exhorta a salvar un peculiar VOLKSGEIST de existencia, supuestamente axiomática, pero vivencialmente intangible?
¿Qué, o quién, nos legitima para dar enfoques comunales, socializantes, aglutinantes o globales a los problemas de grupos humanos en donde lo único común lo constituye lo desigual, lo diferente, lo individual, lo sui generis? Hoy en día lo atomizado, lo desigual y lo diferente, lo aglutinamos en una amalgama heteróclita, la que luego rotulamos con el nombre rimbombante de “barrio popular”, “cultura popular”, “soluciones populares”, “soluciones comunitarias”, o en últimas “desarrollo popular”, “desarrollo de autogestión” ...Etc.. Pero, cabe nuevamente preguntarnos, ¿acaso por medio de una bendición o un exorcismo podemos convertir lo heterogéneo en homogéneo y llegar así a establecer un acuerdo entre partes diferentes? Según nuestro sentido de razón, trastornada por cierto espíritu iluminista, tímidamente contestaríamos que no, y somos conscientes que “en un mundo como el nuestro donde lo real es construido a partir de los juegos de lenguaje, no existe, no puede existir el acuerdo universal. Lo que hay son diferendos. Y diferendo quiere decir disentimiento permanente... En el diferendo no existe una imagen de pensamiento común entre las “partes”. Se trata de un disentimiento... De un desencuentro entre juegos de lenguaje que constituyen realidades irreductibles entre sí” (3).
El seguir buscando un “acuerdo universal de voluntades”, el querer ignorar la diferencia, la diversidad, proclamando una singularidad absoluta, no pasa de ser un intento romántico en medio de un mundo pragmático. Se ha de cambiar la estrategia y dar testimonio de que existe un disenso, un pluralismo y que esto nos obliga a cambiar nuestros métodos tradicionales de aprender, pensar, decir y hacer. Pero como no pretendo llegar a ser un oráculo omnisciente, que podría dar la fórmula mágica a los problemas planteados, entonces, sólo puedo invitar a la reflexión o, por qué no, a la irreflexión, a abandonar el control de lo real desde la razón mal ilustrada, para que despojados de presunciones heredadas, podamos entrar a preguntarnos qué es lo que pasa en nuestro heterogéneo aquí y en nuestro multitemporal ahora.
En nuestro multitemporal ahora resulta anacrónico seguir buscando por medio de metarrelatos resolver todos aquellos singulares problemas que nos aquejan. En nuestro heterogéneo aquí debemos reconocer que habitamos un mundo impregnado de disentimiento y pluralismo, y que la identificación y comprensión de nuestros diferendos y peculiaridades es condición sine qua non para alcanzar la tolerancia.
En cuanto a la arquitectura –dentro de este panorama- ella estaría llamada a alejarse de la soberbia redentora –característica de los años heróicos- y pasar a desempeñar un papel más modesto y significante. Los petulantes arquitectos podemos olvidarnos de la persecución de aquellas quiméricas megaintervenciones que transformarían la sociedad, las ciudades o los barrios. En nuestro fallido intento de transformación olvidamos que las herramientas con que trabajamos el espacio y la mesa no son apropiadas para hacerle frente a todas las fuerzas, que interactúan en campos tan disímiles con el nuestro. Esto nos ha llevado una y otra vez a pasar de manipuladores a manipulados. Toda invasión nuestra a campos ajenos siempre ha terminado en promesas redentoras, con las cuales intentamos paralogizar a una sociedad escéptica. Definitivamente debemos abandonar toda apología de la supremacía de lo general sobre lo particular, del erudito Plan Regulador General, del metarrelato ya que “el gran relato ha perdido su credibilidad, sea cual sea el modo de unificación que se le haya asignado: relato especulativo, relato de emancipación” (4). Lo modesto y significante de la arquitectura estaría, entonces, en volver los ojos a la persona real y no idealizada, a la pequeña escala, a la memoria, al evento, a lo cotidiano.
La arquitectura, por pretender ser la salvadora de la humanidad, ¿es posible que se olvide de su propia esencia? ¿Es posible que, por un afán protagónico, quiera responsabilizarse y empecinarse en resolver muchos de los problemas que no le conciernen única y exclusivamente a ella (v. gr. la vivienda popular), y que en éste intento, la arquitectura, deje de ser arquitectura? Esto último es lo que nos está sucediendo. La milenaria cultura arquitectónica, por una involución senil de nuestra memoria moderna, se ha convertido en la estrategia para pegar más o menos ladrillos y conformar “abrigos primitivos” o falacias consumistas. El urbanismo no ha sido la excepción. Ha sido oprobiado por fuerzas empeñadas en obtener un máximo rendimiento económico en el comercio del suelo. Trivialmente, lo han convertido en un instrumento para distribuir “mallas”, “llantas”, “columpios” o “troncos” dentro de los laberínticos y microscópicos retazos de suelo urbano que olvidaron invadir, los “urbanizadores”, con asfalto y concreto. En consecuencia todo concepto de memoria, rito, mito, significado, paisaje, ha sido aniquilado, extirpándose con ello una parte vital de la ciudad, su memoria. En este último sentido, cabe preguntarnos si, ¿es que la arquitectura ya no es arquitectura?. Y entonces, las consideraciones de lugar, masa, espacio, luz, color, material, significado, etc., son anacrónicas y en consecuencia debemos olvidarnos definitivamente de la poesía, del arte, de la comunicación y muy especialmente del hombre como ser humano integral? Si esto es así, deberíamos, entonces, preocuparnos únicamente por un hombre taxonomizado, mítico y abstracto, que se determina por su capacidad de consumo y que ha perdido su capacidad onírica y su capacidad de vivir como ser humano. No creemos esto posible. Aún no es tarde para decir lo que no se ha dicho y para crear nuestros propios micro relatos, que se ajusten a nuestro peculiar aquí y ahora, modestos y realizables gradualmente; que reconozcan las diferencias y nos enruten hacia la tolerancia. Tampoco es tarde para devolvernos a la arquitectura con su don de significar, comunicar, hablar, su don de ser un mundo de sueños para el hombre, en donde se crea y recrea la vida.
Todo intento de crítica, dentro de un mundo acrítico, nos lleva a asumir una posición disidente. Igualmente nos lleva a luchar contra nosotros mismos, contra nuestra necesidad visceral de asentimiento. Pues siempre nos sentimos como frente a un “gran jurado” (ortodoxos, academicistas, políticos, comerciantes, inquisidores, etc.), que juzgará nuestra actitud frente a la vida misma, frente a nuestro diario quehacer. Es muy dudoso que por dar testimonio del disenso, de la pluralidad, por pregonar una arquitectura modesta (no especulativa o audaz), por querer ser tal cual somos y no como la moda (intelectual, estética, política o comercial) pretende que lleguemos a ser, el “gran jurado” nos absuelva algún día. Los miembros de este peculiar jurado cautivados por una bulimia snobista y hedonista-consumista, nuestro nuevo ZEITGEIST, preferirá, seguramente, desviar hacia el plano de la promesa y el metarrelato los problemas que vivimos en nuestro aquí y nuestro ahora. Nos tildarán, muy probablemente, de nihilistas, apóstatas o de desidiosos, pero no llegarán a comprender, por supuesto, que nuestro interés es el de criticar para comprender y comprender para actuar. Que nos identificamos con un mundo no abstracto ni dogmático, sino muy real, el cual podemos y debemos ir modelando a nuestra imagen y semejanza.
La pregunta respecto a lo “popular” queda abierta e inacabada, y esta ha sido nuestra intención, pues como magistralmente lo expresó Borges, “La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma” (5).

BIBLIOGRAFIA





  1. Jean – Francois Lyotard. “La Postmodernidad” (explicada a los niños) Gedisa. Barcelona, 1987, p.47.

  2. Néstor García Canclini. “Culturas Híbridas”. Grijalbo. México, 1990, p. 259.

  3. Edgar Garavito. “Lyotard: salir del romanticismo”. En Magazín Dominical de El Espectador.Nº 566. 6 de marzo de 1994, p.4.

  4. Jean – Francois Lyotard. “La condición postmoderna”.Rei. México, 1990, p. 73.

  5. Jorge Luis Borges. “Ficciones”. Oveja Negra, Bogotá, 1984, p.82.

* Artículo publicado en la revista Práctica Barrial 15 (1995).


      

SERIE CIUDAD Y HABITAT - No. 2 - 1996



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