Ir al Índice el lado activo del infinito carlos Castaneda



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AGRADECIENDO
‑Los guerreros‑viajeros no dejan cuentas pendien­tes ‑dijo don Juan.

‑¿A qué se refiere usted, don Juan? ‑pregunté.

‑Es hora de que arregles algunas deudas que has contraído durante tu vida ‑dijo‑. No es que vayas a poder pagarlas por completo, no, pero tienes que hacer un gesto. Tienes que hacer un pago de muestra para re­parar, para apaciguar al infinito. Me contaste de tus dos amigas que tanto estimabas, Patricia Turner y Sandra Flanagan. Es hora de que vayas a encontrarlas y que les hagas, a cada una, un regalo en el que gastes todo lo que tengas. Tienes que hacer dos regalos que van a dejarte sin un céntimo. Ése es el gesto.

‑No tengo idea dónde están, don Juan ‑dije, casi con humor de protesta.

‑Ése es tu desafío, encontrarlas. En tu búsqueda, no vas a dejar piedra sobre piedra. Lo que vas a intentar es algo muy sencillo, y a la vez, casi imposible. Quieres cru­zar el umbral de la deuda y en una barrida, ponerte en li­bertad para continuar. Si no puedes cruzar el umbral, no hay motivo para tratar de continuar conmigo.

‑Pero, ¿de dónde le vino la idea de esta faena para mí? ‑pregunté‑. ¿La inventó usted mismo porque lo cree apropiado?

‑Yo no invento nada ‑dijo, como si nada‑. Con­seguí esta tarea del infinito mismo. No es fácil decirte todo esto. Si crees que me estoy divirtiendo de maravilla con tus tribulaciones, estás en un error. El éxito de tu misión me vale más a mí que a ti: Si fracasas, pierdes muy poco. ¿Qué? Tus visitas conmigo. Vaya cosa. Pero yo te perdería a ti, y eso significa para mí o perder la continuidad de mi linaje o la posibilidad de que tú lo cierres con broche de oro.

Don Juan dejó de hablar. Siempre sabía cuándo tenía yo la cabeza acalorada de pensamientos.

‑Te he dicho una y otra vez que los guerreros‑viaje­ros son pragmáticos ‑siguió‑. No están involucrados en sentimentalismo o nostalgia o melancolía. Para los guerreros‑viajeros, sólo existe la lucha, y es una lucha sin fin. Si crees que has venido aquí a encontrar paz, o que éste es un momento de calma en tu vida, estás equivoca­do. Esta faena de pagar tus deudas no está guiada por nin­guna sensación que tú conozcas. Está guiada por el senti­miento más puro, el sentimiento del guerrero‑viajero que está a punto de sumergirse en el infinito, y que justo antes de hacerlo, se vuelve para dar las gracias a aquellos que lo favorecieron.

‑Te tienes que enfrentar a esta tarea con toda la gra­vedad que merece ‑continuó‑. Es tu última parada an­tes de que te trague el infinito. De hecho, si el guerrero-viajero no está en un estado sublime de ser, el infinito no lo toca por nada del mundo. Así es, no te restrinjas, no te ahorres ningún esfuerzo. Empuja, despiadada pero ele­gantemente, hasta el final.

Había conocido a las dos personas a quienes don Juan se refería como las amigas que tanto estimaba, cuando asistía al colegio. Vivía en un apartamento sobre el garaje de la casa que les pertenecía a los padres de Pa­tricia Turner. A cambio de cama y comida, les limpiaba la piscina, las hojas del jardín, sacaba la basura y hacía el desayuno para Patricia y yo. También hacía de «handy­man» y de chófer. Llevaba a la señora Turner a hacer las compras y compraba licor para el señor Turner, licor que tenía que meter en la casa a escondidas y luego en su estudio.

Era un ejecutivo de aseguranzas, un bebedor solita­rio. Le había prometido a su familia que jamás iba a vol­ver a tocar una botella después de algunos altercados se­rios a causa de su excesivo consumo. Me confesó que ya no tomaba tanto, pero que de vez en cuando necesitaba una copa. Su estudio, desde luego, le estaba vedado a to­dos, menos a mí. Mi obligación era entrar allí para hacer la limpieza, pero lo que hacía en realidad era esconder sus botellas dentro de una viga que parecía servir de apoyo a un arco del techo del estudio, pero que estaba hueca. Tenía que meter las botellas a escondidas y sacar las vacías también a escondidas y deshacerme de ellas en el mercado.

Patricia estudiaba teatro y música en el colegio y era una cantante fabulosa. Su meta era llegar a cantar en las comedias musicales de Broadway. Ni vale la pena decir­lo, me enamoré locamente de Patricia Turner. Era muy delgada, buena atleta, de pelo oscuro con facciones an­gulares y finas y me llevaba una cabeza de estatura, mi máximo requisito para que una mujer me alocara.

Parecía yo cumplir con una profunda necesidad en ella, la necesidad de cuidar de alguien, sobre todo cuando se dio cuenta de que su papá me tenía completa con­fianza. Se convirtió en mi mami. No podía ni abrir la boca sin su consentimiento. Me vigilaba como un águi­la. Hasta me escribía mis ensayos para el colegio, leía los libros de texto y me hacía resúmenes de las lecturas. Y me encantaba, no porque quería que me cuidara; no creo que esa necesidad alguna vez haya formado parte de mi cognición. Me deleitaba el hecho que ella lo hicie­ra. Me deleitaba su compañía.

A diario me llevaba al cine. Tenía entradas gratis a todos los teatros de Los Ángeles, pues se las regalaban a su padre algunos de los ejecutivos de la industria cine­matográfica. El señor Turner nunca las utilizaba; sentía que no le correspondía a un hombre tan digno, tan im­portante, utilizar pases gratis. Los dependientes del cine siempre hacían que los poseedores de tales pases firma­ran un recibo. A Patricia le importaba un pepino firmar cosa alguna, pero algunas veces los maliciosos depen­dientes querían que firmara el señor Turner y cuando yo lo hacía, no se satisfacían simplemente con la firma. Exi­gían ver identificación. Uno de ellos, un joven descara­do, hizo un comentario que nos tendió de risa a él y a mí, pero que puso fúrica a Patricia.

‑Creo que usted es el señor Truhán ‑me dijo con una de las sonrisas más maliciosas que se pudiera uno imaginar‑, no el señor Turner.

Yo hubiera podido pasarlo por alto, pero luego nos sometió a la profunda humillación de negarnos la entra­da para Hércules, con Steve Reeves.

Generalmente íbamos a todas partes acompañados por Sandra Flanagan, la amiga íntima de Patricia que vi­vía al lado, con sus padres. Sandra era totalmente lo opuesto de Patricia. Era igual de alta, pero de cara redonda, de mejillas encarnadas y boca sensual; era más sana que un mapoche. No se interesaba para nada en el canto. Lo que le interesaban eran los placeres sensuales del cuerpo. Podía comer y beber lo que fuera y digerir­lo, y (la característica que acabó conmigo) después de dejar limpio su plato hacía lo mismo con el mío, cosa que siendo yo mañoso para comer, nunca había podido hacer en toda mi vida. También era excelente atlética, pero de una manera sana y fuerte. Daba golpes como un hombre y patadas como una mula.

Como acto de cortesía a Patricia, hacía los mismos quehaceres para los padres de Sandra que los que hacía para los padres de ella: limpiar la piscina, barrer las ho­jas, sacar la basura, y quemar los papeles y la basura in­flamable. Era la época cuando la contaminación del aire incrementó en Los Ángeles a causa del uso de los inci­neradores.

Quizás fue por la proximidad, o por la gracia de esas dos jóvenes, que terminé locamente enamorado de las dos.

Fui a pedirle consejos a un joven amigo mío extraor­dinariamente extraño, Nicholas van Hooten. Tenía dos novias y vivía con las dos, aparentemente muy feliz. Em­pezó dándome, me dijo, el consejo más sencillo: cómo comportarse en un cine cuando tienes dos novias. Dijo que cuando iba al cine con las dos, siempre enfocaba su atención sobre la que estaba a su izquierda. Después de un rato, las dos se levantaban y se iban al baño y a su re­greso, cambiaban de asiento. Anna se sentaba donde Betty había estado y nadie de los que los rodeaban se en­teraban. Me aseguró que éste era el primer paso en un lar­go proceso de entrenamiento para que las chicas acep­taran prosaicamente la situación de tres. Nicholas era un poco cursi y usó la gastada expresión francesa: ménage á trois.

Seguí sus consejos y fui a un cine de películas mudas en la avenida Fairfax, con Patricia y Sandy. Senté a Pa­tricia a mi izquierda y le entregué toda mi atención. Fueron al baño y a su regreso les dije que cambiaran de lugar. Empecé a hacer lo que me había aconsejado Ni­cholas van Hooten, pero Patricia no iba a aguantar tal cosa. Se levantó y se salió del teatro, ofendida, humilla­da y furiosa. Quería correr detrás de ella y disculparme, pero Sandra me detuvo.

‑Deja que se vaya ‑dijo con una sonrisa veneno­sa‑. Ya está grande. Tiene dinero para tomar un taxi.

Caí en la trampa y me quedé en el teatro, besuquean­do a Sandra un poco nervioso y lleno de culpabilidad. Estaba besándola apasionadamente cuando alguien me tiró hacia atrás por el cabello. La fila de asientos estaba suelta y se volcó hacia atrás. Patricia la atleta saltó antes de que los asientos donde nos encontrábamos sentados se cayeran sobre la fila de atrás. Oí los gritos aterrados de dos personas que estaban sentadas al final de la fila, junto al pasillo.

El consejo de Nicholas van Hooten no había valido una pizca. Patricia, Sandra y yo regresamos a casa guar­dando absoluto silencio. Emparchamos nuestras dife­rencias en medio de extrañísimas promesas, llantos, todo. El resultado de nuestra relación a tres fue que al final casi nos destruimos. No estábamos preparados para tal maniobra. No sabíamos resolver los problemas de afecto, moralidad, obligación y de costumbres so­ciales. No podía abandonar a una por la otra, y ellas no podían dejarme. Un día, al final de un tremendo alboroto y de pura desesperación, los tres huimos en distintas direcciones, para nunca jamás volvernos a ver. Me sentí devastado. Nada de lo que hacía podía borrar el impacto que habían dejado en mi vida. Me fui de Los Ángeles y me involucré en incontables cosas en un esfuerzo de apaciguar mi anhelo. Sin exagerar en lo mí­nimo, puedo decir con toda sinceridad que caí en la boca del infierno, creyendo que nunca volvería a salir. Si no hubiera sido por la influencia que don Juan tuvo so­bre mi vida y mi persona, nunca hubiera sobrevivido mis demonios personales. Le dije a don Juan que sabía que lo que había hecho estaba mal, que no tenía por qué haber involucrado a dos personas tan maravillosas en tan sórdidos y estúpidos engaños con los que yo mismo no podía lidiar.

‑Lo que había de malo ‑dijo don Juan‑ era que los tres eran unos egomaniáticos perdidos. Tu impor­tancia personal casi te destruyó. Si no tienes importan­cia personal, sólo tienes sentimientos.

»Compláceme ‑siguió‑, y haz el siguiente sencillo y directo ejercicio que puede valerte el mundo: borra de tu memoria de esas dos chicas cualquier declaración que te haces a ti mismo, como «Ella me dijo tal o cual cosa, y gritó, ¡y la otra me gritó a MÍ!» y manténte al nivel de tus sentimientos. Si no hubieras tenido tanta importan­cia personal, ¿qué te hubiera quedado como residuo irreductible?

‑Mi amor incondicional por ellas ‑dije, casi aho­gándome.

‑¿Y es menos hoy de lo que era entonces? ‑pre­guntó don Juan.

‑No, don Juan, no lo es ‑dije con toda sinceridad, y sentí la misma punzada de angustia que me había per­seguido durante años.

‑Esta vez, abrázalas desde tu silencio ‑dijo‑. No seas un pinche culo. Abrázalas totalmente por la última vez. Pero intenta que ésta sea la última vez sobre la Tie­rra. Inténtalo desde tu oscuridad. Si vales lo que pesas ‑siguió‑, cuando les presentes tu regalo, harás un re­sumen de tu vida entera dos veces. Actos de esta natura­leza hacen que los guerreros vuelen, los convierte casi en vapor.

Siguiendo los dictámenes de don Juan, tomé la tarea a pecho. Me di cuenta de que si no salía victorioso, don Juan no era el único que iba a perder. Yo también perde­ría algo, y lo que perdería me era tan importante como lo que don Juan había descrito como importante para él. Perdería mi oportunidad de enfrentarme al infinito y ser consciente de ello.

El recuerdo de Patricia Turner y Sandra Flanagan me puso en un terrible estado de ánimo. El sentimiento de­vastador de pérdida irreparable que me había persegui­do todos esos años estaba tan fresco como siempre. Cuando don Juan exacerbó esos sentimientos, supe de hecho que hay ciertas cosas que se quedan en uno, se­gún él, por toda una vida y, quizás, más allá. Tenía que encontrar a Patricia Turner y a Sandra Flanagan. La últi­ma recomendación de don Juan fue que si las encontra­ba no podía quedarme con ellas. Tendría tiempo sola­mente para expiarme, envolver a cada una con el afecto que le tenía, sin la colérica voz de la recriminación, de la autocompasión o de la egomanía.

Me embarqué en la colosal faena de averiguar qué les había pasado, dónde estaban. Empecé por interrogar a las personas que habían conocido a sus padres. Sus padres se habían ido de Los Ángeles y nadie podía darme una idea de dónde encontrarlos. No había nadie con quién hablar. Pensé en poner un anuncio personal en el pe­riódico. Pero luego, pensé que a lo mejor ya no vivían en California. Finalmente tuve que acudir a un detective. A través de sus contactos con oficinas oficiales de documen­tos y quién sabe qué, las localizó en un par de semanas.

Vivían en Nueva York, a poca distancia una de otra, eran tan amigas como siempre. Fui a Nueva York y me enfrenté primero con Patricia Turner. No había llegado a la categoría de estrella de Broadway, como había soña­do, pero formaba parte de una producción. No quise sa­ber si era como actriz o administradora. La visité en su oficina. No me dijo qué hacía. La sobresaltó verme. Lo que hicimos fue sentarnos muy cerca, tomarnos de las manos y llorar. Tampoco yo le dije qué hacía. Le dije que había venido a verla porque quería darle un regalo que expresara mi agradecimiento, y que me embarcaría en un viaje del cual no pensaba regresar.

‑¿Por qué estas palabras siniestras? ‑me dijo apa­rentemente muy preocupada‑. ¿Qué piensas hacer? ¿Es­tás enfermo? No lo pareces.

‑Fue una frase metafórica ‑le aseguré‑. Regreso a Sudamérica con la intención de hacer allí mi fortuna. La competencia es feroz y las circunstancias duras, eso es todo. Si quiero lograrlo, voy a tener que darle todo lo que tengo.

Pareció sentirse aliviada y me abrazó. Se veía igual, sólo mucho más grande, mucho más poderosa, más madu­ra, muy elegante. Le besé las manos y me sobrevino un afecto abrumador. Don Juan tenía razón. Limpio de recri­minaciones, lo que me quedaba eran sólo sentimientos.

‑Quiero hacerte un regalo, Patricia Turner -dije­-. Pídeme lo que quieras y si tengo los medios, te lo compro.

‑¿Te ganaste la lotería? ‑dijo y se rió‑. Lo maravilloso de ti es que nunca tuviste nada y nunca lo ten­drás. Sandra y yo hablamos de ti casi todos los días. Te imaginamos estacionando coches, viviendo de las muje­res, etc., etc. Lo siento, no nos podemos contener, pero todavía te amamos.

Insistí que me dijera lo que quería. Empezó a llorar y reír a la vez.

‑¿Me vas a comprar un abrigo de visón? ‑me pre­guntó entre sollozos.

Le acaricié el cabello y dije que lo haría.

Se rió y me dio un golpecito de puño como siempre lo hacía. Tenía que regresar al trabajo y nos despedimos después de prometerle que regresaría a verla, pero que si no lo hacía, quería que comprendiera que la fuerza de mi vida me llevaba por aquí y por allá; sin embargo, guardaría su memoria en mí por el resto de mi vida y quizás más allá.

Sí regresé, pero fue solamente para ver, desde la dis­tancia, cómo le entregaban el abrigo de visón. Oí sus gritos de alegría.

Había acabado con esa parte de mi tarea. Me fui, pero no me sentía ligero, vaporoso como había dicho don Juan. Había abierto una llaga de antaño y había co­menzado a sangrar. No llovía del todo afuera; había una bruma que me llegaba hasta la médula.

En seguida fui a ver a Sandra Flanagan. Vivía en las afueras de Nueva York, donde se llega por tren. Toqué a su puerta. Sandra la abrió y me miró como si fuera un fantasma. Se le fue todo el color de la cara. Estaba más hermosa que nunca, quizás porque estaba más llena y parecía del tamaño de una casa.

‑¡Pero tú, tú, tú! ‑balbuceó, no pudiendo articular mi nombre.

Sollozó y pareció estar indignada, reprochándome por un momento. No le di oportunidad de continuar: Mi silencio fue total. Terminó afectándola. Me invitó a entrar y nos sentamos en su sala.

‑¿Qué estás haciendo aquí? ‑dijo, ya más calma­da‑. ¡No puedes quedarte! ¡Soy una mujer casada! ¡Tengo tres hijos! Y soy feliz en mi matrimonio.

Disparando las palabras como si salieran de una ame­tralladora, me dijo que su marido era muy confiable, no de mucha imaginación, pero un hombre bueno; que no era sensual, que ella debía tener mucho cuidado porque se fatigaba fácilmente cuando hacían el amor, que él se enfermaba fácilmente y que a veces por ese motivo falta­ba al trabajo, pero que había logrado darle tres hijos her­mosos, y que después de haber nacido el tercero, su marido, cuyo nombre parecía ser Herbert, había renunciado por completo. Ya no funcionaba, pero a ella no le importaba.

Traté de tranquilizarla, asegurándole repetidas veces que había ido a visitarla por un momento, que no era mi intención alterarle la vida o molestarla de ninguna ma­nera. Le describí lo difícil que había sido dar con ella.

‑He venido a despedirme de ti ‑dije‑ y a decirte que eres el amor de mi vida. Quiero hacerte un regalo, como símbolo de mi agradecimiento y de mi afecto eterno.

Parecía haberla afectado profundamente. Me dio esa sonrisa abierta como antes lo hacía. La separación de los dientes le daba un aire de niña. Le dije que estaba más hermosa que nunca, lo cual para mí era la verdad.

Se rió y dijo que se iba a poner a dieta y que si hubiera sabido que venía a verla, lo hubiera hecho desde hacía tiempo. Pero que empezaría ahora, y que la próxima vez que la viera la encontraría tan esbelta como siempre había sido. Reiteró el horror de nuestra vida juntos y cuánto le había afectado. Hasta había pensado, a pesar de ser ca­tólica devota, en suicidarse, pero en sus hijos había en­contrado el consuelo que necesitaba; lo que habíamos hecho habían sido locuras de la juventud, que nunca pue­den borrarse, pero que pueden barrerse debajo de la al­fombra.

Cuando le pregunté si había algún regalo que pudie­ra hacerle como muestra de mi afecto y agradecimiento, se rió y dijo exactamente lo que había dicho Patricia Turner: que ni tenía en qué orinar, ni nunca lo tendría, porque así me habían hecho. Insistí en que me nombra­ra algo.

‑¿Me puedes comprar una camioneta en donde que­pan todos mis hijos? ‑me dijo, riéndose‑. Quiero un Pontiac o un Oldsmobile con todo los extras.

Lo dijo a sabiendas, porque en su corazón sabía que por nada del mundo podía yo hacerle tal regalo. Pero lo hice.

Manejé el coche del vendedor, siguiéndolo cuando le entregó la camioneta al día siguiente, y desde el coche estacionado donde estaba yo escondido escuché su sor­presa; pero congruente con su ser sensual, su sorpresa no fue una expresión de alegría. Fue una reacción cor­poral, un sollozo de angustia, de confusión. Lloró, pero sabía que no lloraba por el regalo. Expresaba un anhelo que tenía eco dentro de mí. Me caí en pedazos en el asiento del coche.

A mi regreso por tren a Nueva York y en mi vuelo a Los Ángeles, persistía el sentimiento de que se me esta­ba acabando la vida; se me iba como la arena que trata uno de retener en la mano inútilmente, y no me sentía ni cambiado ni liberado por haber dado las gracias y ha­berme despedido. Al contrario, sentía el peso de ese extraño afecto más profundamente que nunca. Quería po­nerme a llorar. Lo que se me vino a la mente una y otra vez fueron los títulos que mi amigo, Rodrigo Cum­mings, había inventado para los libros que nunca fueron escritos. Se especializaba en escribir títulos. Su predilec­to era «Todos moriremos en Hollywood»; otro era «Nunca vamos a cambiar»; y mi favorito, por el cual pa­gué diez dólares, era «De la vida y pecados de Rodrigo Cummings». Todos esos títulos pasaron por mi mente. Yo era Rodrigo Cummings y estaba atorado en el tiempo y el espacio y sí, amaba a dos mujeres más que la vida misma, y eso nunca cambiaría. Y como mis amigos, mo­riría en Hollywood.

Le conté todo esto a don Juan en mi informe de lo que yo consideraba mi seudo‑éxito. Lo descartó desver­gonzadamente. Me dijo que lo que sentía era simple­mente el resultado de darle rienda suelta a mis senti­mientos y mi autocompasión, y que para despedirse y dar las gracias, y que para que valga y se sostenga, los chamanes debían re‑hacerse a sí mismos.

‑Vence tu autocompasión ahora mismo ‑me or­denó‑. Vence la idea de que estás herido, y ¿qué te que­da como residuo irreductible?

Lo que me quedaba como residuo irreductible era el sentimiento de que les había hecho mi máximo regalo a las dos. No con el ánimo de renovar nada, ni de hacerle daño a nadie, incluyendo a mí mismo, pero en el verda­dero espíritu del guerrero‑viajero cuya única virtud, me había dicho don Juan, es mantener viva la memoria de lo que le haya afectado; cuya sola manera de dar las gracias y despedirse era a través de este acto de magia: de guar­dar en su silencio todo lo que ha amado.

MÁS ALLÁ DE LA SINTAXIS
EL ACOMODADOR
Estaba en Sonora, en casa de don Juan, profundamente dormido sobre mi cama, cuando me despertó. Me había quedado despierto casi toda la noche reflexionando sobre algunos conceptos que me había estado explicando.

‑Ya has descansado bastante ‑me dijo con firme­za, casi bruscamente sacudiéndome por los hombros­-. No le des rienda suelta al cansancio. Tu cansancio, más que cansancio, es el deseo de no fastidiarte. Hay algo en ti que se ofende al sentirse fastidiado. Pero es sumamen­te importante que exacerbes esa parte de ti hasta que se desmorone. Vamos a hacer una caminata.

Don Juan tenía razón. Había algo en mí que se ofendía inmensamente al sentirse fastidiado. Quería dormir du­rante días y no pensar más en los conceptos chamánicos de don Juan. Totalmente contra mi voluntad, me levanté y lo seguí. Don Juan había preparado un almuerzo que me tragué como si no hubiera comido durante días y enton­ces salimos de la casa con dirección hacia el este, hacia las montañas. Había andado tan aturdido que no me había fi­jado que era muy de mañana hasta que vi el sol, que daba justo sobre la cordillera al este. Quería decirle a don Juan que había dormido toda la noche sin moverme, pero me calló. Me dijo que íbamos a hacer una expedición a las montañas en busca de unas plantas específicas.

‑¿Qué va a hacer con las plantas que va a juntar, don Juan? ‑le pregunté en cuanto nos dispusimos a ca­minar.

‑No son para mí ‑me dijo con una sonrisa‑. Son para un amigo mío, un botánico y farmacéutico. Hace pociones con ellas.

‑¿Es yaqui, don Juan? ¿Vive aquí en Sonora? ‑le pregunté.

‑No, no es yaqui y no vive aquí en Sonora. Ya lo conocerás uno de estos días.

‑¿Es brujo, don Juan?

‑Sí, es brujo ‑me respondió con tono guasón.

Le pregunté si podía llevar algunas de las plantas a los jardines botánicos de UCLA, para identificarlas,

‑¡Por supuesto, claro! ‑me contestó.

Ya me había dado cuenta de que cuando me decía «por supuesto», me quería decir todo lo contrario. Era evidente que no tenía la menor intención de darme nin­guno de los especímenes para identificarlos. Sentí mu­cha curiosidad acerca de su amigo brujo y le pedí que me contara más, que me lo describiera, que me dijera dónde vivía y cómo lo conoció.

‑¡So, so, so! ‑me dijo don Juan como si fuera ca­ballo‑. ¡Espera, espera! ¿Quién eres, el profesor Lor­ca? ¿Quieres estudiar su sistema cognitivo?

Íbamos penetrando en las áridas calinas cercanas. Don Juan caminaba sin parar durante horas. Pensé que la tarea de ese día iba ser simplemente caminar. Final­mente paró y se sentó al costado de la colina donde daba sombra.

‑Ya es tiempo que empieces uno de los proyectos mayores de la brujería ‑dijo don Juan.

‑¿A qué proyecto de la brujería se refiere usted, don Juan? ‑le pregunté.

‑Se llama la recapitulación ‑me dijo‑. Los antiguos chamanes lo llamaban hacer el recuento de los sucesos de tu vida y para ellos empezó como una técnica sencilla, una estratagema para ayudarles a recordar lo que estaban ha­ciendo y diciendo a sus discípulos. Para sus discípulos, la técnica tuvo el mismo valor; les ayudaba a recordar lo que les habían dicho y hecho sus maestros. Tuvieron que pasar por terribles trastornos sociales, como ser conquistados y vencidos varias veces, antes de que los antiguos chamanes se dieran cuenta de que su técnica tenía mayor alcance.

‑¿Se refiere usted, don Juan, a la conquista españo­la? ‑le pregunté.

‑No ‑me dijo‑. Eso fue sólo el golpe de gracia. Antes hubo trastornos más devastadores. Cuando llega­ron los españoles, los antiguos chamanes ya no existían. Ya para entonces, los discípulos de aquellos que habían sobrevivido otros trastornos, se habían vuelto muy cau­telosos. Sabían cuidarse. Fue ese nuevo grupo de cha­manes el que le dio el nombre nuevo de recapitulación a la técnica de los antiguos chamanes.

»El tiempo tiene un enorme valor ‑continuó-. ­Para los chamanes en general, el tiempo es esencial. El desafío que tengo ante mí, es que dentro de una unidad muy compacta de tiempo tengo que atestarte con todo lo que hay que saber de la brujería como una proposi­ción abstracta, pero para hacer eso tengo que construir en ti el espacio debido.

‑¿Qué espacio? ¿De qué me habla usted, don Juan?

‑La premisa de los chamanes es que para llenar algo, hay que crear un espacio donde ubicarlo ‑me di­jo‑. Si estás repleto de todos los detalles de la vida coti­diana, no hay espacio para nada nuevo. Ese espacio hay que construirlo. ¿Comprendes? Los antiguos chamanes creían que la recapitulación de tu vida creaba ese espa­cio. Lo crea y mucho más, por supuesto.

»Los chamanes llevan a cabo la recapitulación de una manera muy formal ‑continuó‑. Consiste en escribir una lista de todas las personas que han conocido, desde el presente hasta el mismo principio de la vida. Una vez que hicieron esa lista, toman a la primera persona que aparece y recuerdan todo lo que pueden acerca de esa persona. Y quiero decir todo; cada detalle. Es mejor re­capitular desde el presente hacia el pasado porque los recuerdos del presente están vivos, y de esa manera, la habilidad para recordar se afila. Lo que hacen los practi­cantes es recordar y respirar. Inhalan lenta y delibera­damente, abanicando la cabeza de derecha a izquierda, en un vaivén casi imperceptible, y exhalan de la misma manera.

Dijo que las inhalaciones y las exhalaciones deben ser naturales; si son demasiado rápidas, uno podría en­trar en algo que se llama respiraciones fatigantes: respi­raciones que requerirían respiraciones más lentas des­pués, para calmar los músculos.

‑¿Y qué quiere que haga con todo esto, don Juan? ‑le pregunté.

‑Empiezas a hacer tu lista ahora mismo ‑dijo‑. Divídela por años, por trabajos, arréglala en el orden que quieras, pero hazla secuencial, con la persona más recien­te al principio, y termina con Mami y Papi. Y luego, re­cuerda todo acerca de ellos. Sin más ni más. Al practicar, te vas a dar cuenta de lo que estás haciendo.

Durante mi siguiente visita a su casa, le dije a don Juan que había estado repasando todos los sucesos de mi vida meticulosamente, y que era muy difícil adherir­me a su formato estricto y seguir mi lista de personas una por una. Generalmente, mi recapitulación me llevaba por uno y otro camino. Dejaba que los sucesos decidie­ran la vertiente de mi recuerdo. Lo que hacía, que era volitivo, era adherirme a una unidad general del tiempo. Por ejemplo, había empezado con la gente del departa­mento de antropología, pero dejaba que mis recuerdos me llevaran a cualquier momento, empezando con el presente y retrocediendo en el tiempo hasta el día en que empecé a asistir a UCLA.

Le dije a don Juan que había descubierto algo muy cu­rioso que había olvidado por completo, y era que no tenía yo idea alguna de que existía UCLA, hasta que una noche vino a Los Ángeles la que había sido compañera de cuarto de mi novia en la universidad y fuimos al aeropuerto por ella. Iba a estudiar musicología en UCLA. Su avión llegó ya entrada la tarde y me pidió que la llevara a la ciudad universitaria para poder echarle un vistazo al lugar donde iba pasar los próximos cuatro años de su vida. Yo sabía dónde estaba porque había pasado delante de la entrada en el Boulevard de Sunset interminables veces camino de la playa. Sin embargo, nunca había entrado.

Estaban entre semestres. La poca gente que encon­tramos nos dirigió al departamento de música. El campo universitario estaba vacío, pero lo que atestigüé subjeti­vamente fue la cosa más exquisita que jamás he visto. Fue un deleite para mis ojos. Los edificios parecían estar vivos de su propia energía. Lo que iba ser una visita su­perficial al departamento de música, se convirtió en un recorrido gigantesco por toda la universidad. Me enamoré de UCLA. Le comenté a don Juan que la única cosa que me aguó la fiesta fue el enojo de mi novia cuan­do insistí que camináramos alrededor de toda la ciudad universitaria.

‑¿Qué demonios puede haber aquí? ‑me gritó en tono de protesta‑. Es como si nunca hubieras visto una ciudad universitaria en tu vida. Si has visto una, las has visto todas. ¡Lo que pasa es que estás tratando de impre­sionar a mi amiga con tu sensibilidad!

Pero no era el caso, y con vehemencia les dije que es­taba genuinamente impresionado por la belleza que me rodeaba. Sentía tanta esperanza en esos edificios, tanta promesa, y sin embargo no podía expresar mi estado subjetivo.

‑¡He asistido a la escuela casi toda mi vida! ‑dijo mi novia entre dientes‑. ¡Y estoy harta y cansada! ¡Nadie va a encontrar ni mierda aquí! No son más que cuentos y ni siquiera te preparan para enfrentarte a las responsabi­lidades de la vida.

Cuando dije que quería estudiar allí, se puso aún más fúrica.

‑¡Ponte a trabajar! ‑me gritó‑. ¡Ve y enfréntate a la vida de ocho a cinco y déjate de mierdas! ¡Eso es lo que es la vida: trabajar de ocho a cinco, cuarenta horas por semana! ¡Mira el resultado! Mírame a mí: estoy su­per‑educada y no estoy preparada para un empleo.

Lo único que yo sabía es que nunca había visto un lugar tan bello. Hice la promesa que iría a estudiar a UCLA, no importaba cómo, pasara lo que pasara, con­tra viento y marea. Mi deseo tenía todo que ver conmi­go y a la vez, no estaba impulsado por una necesidad de gratificación inmediata. Era más bien una cuestión en el reino del asombro.

Le dije a don Juan que el enojo de mi novia me había sacudido tanto que empecé a verla de manera distinta, y que según mi recuerdo, fue la primera vez que un co­mentario había suscitado en mí tan fuerte reacción. Vi facetas de carácter en mi novia que no había visto ante­riormente, facetas que me llenaron de un miedo espan­toso.

‑Creo que la juzgué muy mal ‑le dije a don Juan‑. Después de nuestra visita a la universidad, nos fuimos distanciando. Era como si UCLA nos hubiera dividido. Yo sé que es absurdo pensar así.

‑No es absurdo ‑dijo don Juan‑. Es una reacción totalmente válida. Mientras caminabas por la universi­dad, estoy seguro de que tuviste un encuentro con el intento. Hiciste el intento de estar allí, y tenías que soltar­te de cualquier cosa que se te opusiera.

»Pero no exageres ‑prosiguió‑. El toque del gue­rrero‑viajero es muy ligero, aunque muy cultivado. La mano del guerrero‑viajero empieza como una mano de hierro, pesada y apretada, pero se convierte en la mano de un duende, una mano de telaraña. Los guerreros‑via­jeros no dejan señas ni huellas. Ése es el desafío del gue­rrero‑viajero.

Los comentarios de don Juan me hicieron caer en un profundo estado taciturno de recriminaciones contra mí mismo. Sabía, a través de lo poco que había recordado, que yo era de mano pesada en extremo, obsesivo y do­minante. Le comenté mis reflexiones a don Juan.

‑El poder de la recapitulación ‑dijo don Juan‑ es que revuelve todo el desperdicio de nuestras vidas y lo hace salir a la superficie.

Entonces don Juan delineó las complejidades de la conciencia y de la percepción, que eran la base de la recapitulación. Empezó por decir que iba a presentar un arreglo de conceptos que bajo ninguna condición debía tomar como teorías chamánicas, porque era un arreglo formulado por los chamanes del México antiguo como resultado de ver energía directamente como fluye en el universo. Me advirtió que me iba a presentar las unida­des de este arreglo sin ninguna tentativa de clasificarlas o de colocarlas según una norma predeterminada.

‑No estoy interesado en clasificaciones ‑prosi­guió‑. Has estado clasificando todo a lo largo de tu vida. Ahora, por fuerza, vas a alejarte de las clasificaciones. El otro día, cuando te pregunté si sabías algo acerca de las nubes, me diste los nombres de todas las nubes y el por­centaje de humedad que se debe esperar de cada una de ellas. Eras un verdadero meteorólogo. Pero cuando te pregunté si sabías qué podías hacer personalmente con las nubes, no tenías idea de lo que estaba hablando.

»Las clasificaciones tienen su mundo propio ‑con­tinuó‑. Después de que empiezas a clasificar cualquier cosa, la clasificación adquiere vida propia y te domina. Pero como las clasificaciones nunca empezaron como asuntos que dan energía, siempre se quedan como tron­cos muertos. No son árboles; son sencillamente troncos.

Me explicó que los chamanes del México antiguo vieron que el universo en general está compuesto de campos de energía bajo la forma de filamentos luminosos. Vieron billones por donde fuera que vieran. Tam­bién vieron que estos campos de energía se configuran en corrientes de fibras luminosas, torrentes que son fuerzas constantes, perennes en el universo; y la co­rriente o torrente de filamentos que se relaciona con la recapitulación, fue nombrada por aquellos chamanes el oscuro mar de la conciencia, y también el Águila.

Declaró que los chamanes también descubrieron que cada criatura del universo está atada al oscuro mar de la conciencia por un punto redondo de luminosidad que era aparente cuando esas criaturas eran percibidas como energía. Don Juan dijo que sobre ese punto de lumino­sidad, que los chamanes del México antiguo llamaron el punto de encaje, la percepción se encaja a través de un aspecto misterioso del oscuro mar de la conciencia.

Sostuvo que bajo la forma de filamentos luminosos, billones de campos energéticos del universo en general convergen y atraviesan el punto de encaje de los seres humanos. Estos campos energéticos se convierten en data sensorial, y esta data sensorial se interpreta y es percibida como el mundo que conocemos. Don Juan si­guió explicando que lo que convierte las fibras lumino­sas en data sensorial es el oscuro mar de la conciencia. Los chamanes ven esta transformación y la llaman el resplandor de la conciencia, un brillo que se extiende como nimbo alrededor del punto de encaje. Me advirtió que iba a hacer una declaración que, según los chama­nes, era central para comprender el alcance de la recapi­tulación.

Dando enorme énfasis a sus palabras, dijo que lo que en los organismos llamamos sentidos no son más que grados de conciencia. Mantuvo que si aceptamos que los sentidos son el oscuro mar de la conciencia, tenemos que admitir que la interpretación que los sentidos hacen de la data sensorial es también el oscuro mar de la concien­cia. Me explicó con gran detalle, que el enfrentar el mundo que nos rodea bajo las condiciones que lo hace­mos es el resultado del sistema de interpretación de la humanidad, con el cual todo ser humano está provisto. También dijo que todo organismo que existe debe tener un sistema de interpretación que le permita funcionar en su medio.

‑Los chamanes que vinieron después de las agita­ciones apocalípticas que te contaba ‑continuó‑, vie­ron que al momento de la muerte el oscuro mar de la conciencia tragaba, por decirlo así, la conciencia de las criaturas vivas a través del punto de encaje. También vie­ron que el oscuro mar de la conciencia tenía un momento de, digamos, vacilación al enfrentarse con chamanes que habían hecho un recuento de sus vidas. Sin saberlo, al­gunos habían hecho ese recuento tan minuciosamente, que el oscuro mar de la conciencia tomaba la conciencia de sus experiencias de vida; pero no tocaba su fuerza vi­tal. Los chamanes habían descubierto una verdad gigan­tesca acerca de las fuerzas del universo: El oscuro mar de la conciencia sólo quiere nuestras experiencias de vida, no nuestra fuerza vital.

Las premisas de la declaración de don Juan me eran incomprensibles. O quizá sería más acertado decir que reconocía vagamente y a la vez profundamente, cuán fun­cionales eran las premisas de su explicación.

‑Los chamanes creen ‑prosiguió don Juan‑ que al recapitular nuestras vidas toda la basura, como te dije, sale a superficie. Nos damos cuenta de nuestras contradicciones, nuestras repeticiones, pero algo en no­sotros se resiste tremendamente a la recapitulación. Los chamanes dicen que el camino queda libre sólo después de una agitación gigantesca, después de que aparece en la pantalla el recuerdo de un suceso que nos sacude has­ta los cimientos con una claridad de detalles terrorífi­ca. Es el suceso que nos arrastra hasta el momento real en que lo vivimos. Los chamanes llaman a ese suceso el acomodador, porque desde ese momento cada suceso que tocamos, no sólo se recuerda sino que se vuelve a vivir.

‑Caminar precipita los recuerdos ‑dijo don Juan‑. Los chamanes del México antiguo creían que todo lo que vivimos queda guardado como sensación en la parte tra­sera de las piernas. Consideraban la parte trasera de las piernas como el almacén de la historia personal del hom­bre. Así es que vamos a hacer una caminata en las colinas.

Caminamos casi hasta que oscureció.

‑Creo ‑dijo don Juan cuando ya estábamos en la casa‑ que te he hecho caminar lo suficiente para prepa­rarte para esa maniobra de chamanes de encontrar un acomodador, un suceso en tu vida que recordarás con tanta claridad que va a servir de faro para iluminar todo lo demás en tu recapitulación con igual o similar clari­dad. Haz lo que los chamanes llaman recapitular las pie­zas de un rompecabezas. Algo que te va a conducir a re­cordar el suceso que te servirá de acomodador.

Me dejó solo, dándome una última advertencia.

‑Dale lo mejor que tienes -dijo‑ Dale lo máximo.

Me quedé profundamente callado por un momento, quizá debido al silencio que me rodeaba. Entonces ex­perimenté una vibración, un especie de sacudida en el pecho. Tuve dificultad para respirar, y de pronto algo se me abrió en el pecho que me permitió respirar profun­damente, y una vista total de un suceso olvidado de mi niñez estalló en mi memoria, como si hubiera estado cautivo y de pronto quedara libre.

Estaba en el estudio de mi abuelo donde él tenía una mesa de billar, y estaba jugando al billar con él. Apenas iba a cumplir nueve años. Mi abuelo era un jugador hábil que me había enseñado compulsivamente todas las jugadas que sabía, para que yo pudiera dominar el juego y le hiciera partidas en serio. Pasábamos interminables horas jugando al billar. Me volví tan bueno que un día le gané. Desde ese día, no me pudo ganar más. Muchísimas veces le daba el juego deliberadamente para complacer­lo, pero él lo sabía y se ponía furioso conmigo. Una vez se disgustó tanto que me dio en la cabeza con el taco.

Para su desconcierto y deleite, a los nueve años yo ha­cía carambola tras carambola sin parar. Una vez, en un juego, se frustró tanto y se puso tan impaciente conmigo que tiró el taco y me dijo que jugara yo solo. Mi naturale­za compulsiva facilitó que compitiera conmigo mismo y que hiciera la misma jugada repetidas veces hasta perfec­cionarla.

Un día, un hombre célebre en el pueblo por sus con­tactos con el mundo del juego y dueño de un casa de bi­llares, vino a visitar a mi abuelo. Mientras conversaban y jugaban al billar, entré por casualidad en el cuarto. Al instante traté de escapar, pero mi abuelo me agarró y me hizo entrar.

‑Éste es mi nieto ‑le dijo al hombre.

‑Encantado de conocerte ‑dijo el hombre. Me mi­ró con dureza y luego me extendió la mano, que era del tamaño de la cabeza de una persona normal.

Yo estaba horrorizado. Su carcajada descomunal me anunció que era consciente de mi incomodidad. Me di­jo que se llamaba Falelo Quiroga y yo mascullé mi nombre.

Era muy alto y estaba muy bien vestido. Llevaba un traje azul de rayas de doble solapa con un pantalón tubo. Debía haber tenido unos cincuenta años en aquel entonces, y estaba en buen estado, mostrando sólo una ligera panza. No estaba gordo; parecía cultivar la apa­riencia de un hombre bien nutrido que no carece de nada. La mayoría de la gente de mi pueblo era flaca. Era gente que trabajaba mucho para ganarse la vida y no te­nía tiempo para lujos. Falelo Quiroga daba la impresión opuesta. Su porte era el de un hombre que sólo tenía tiempo para lujos.

Tenía un aspecto agradable. Una cara afable, bien afeitada, de ojos azules y de mirada simpática. Poseía el aire y la confianza de un médico. La gente de mi pueblo decía que tenía la capacidad de tranquilizar a cualquiera, y que debería haber sido cura, abogado o médico en vez de jugador. También decían que ganaba más dinero en el juego que todos los médicos y abogados del pueblo pues­tos juntos.

Tenía pelo negro, cuidadosamente peinado. Era ob­vio que ya se estaba poniendo calvo. Trataba de escon­derlo peinándose el pelo sobre la frente. Tenía una man­díbula cuadrada y una sonrisa totalmente ganadora. Sus dientes eran grandes, blancos y bien cuidados, algo to­talmente novedoso en un lugar donde las caries abunda­ban. Dos rasgos más de Falelo Quiroga que me eran no­tables eran sus enormes pies y sus zapatos negros de charol, hechos a mano. Me fascinaba que al caminar de un lado al otro del cuarto, no le crujieran los zapatos. Estaba acostumbrado a oír acercarse a mi abuelo por el crujido de la suelas de sus zapatos.

‑Mi nieto juega muy bien al billar ‑le dijo mi abuelo tranquilamente a Falelo Quiroga‑. ¿Por qué no le doy mi taco para dejarlo jugar contigo mientras yo miro?

‑¿Este niño juega al billar? ‑le preguntó el enorme hombre a mi abuelo, riéndose.

‑Desde luego ‑le aseguró mi abuelo‑. Claro que no tan bien como tú, Falelo. ¿Por qué no lo pones a prue­ba? Y para hacerlo más interesante para ti, para que no estés tratando a mi nieto condescendientemente, vamos a apostar un poco de dinero. ¿Qué dices si apostamos tanto como esto?

Puso un manojo grueso de billetes arrugados sobre la mesa y le sonrió, moviendo la cabeza de un lado al otro como desafiando al grandote a tomar la apuesta.

‑Oh, oh, tanto, ¿eh? ‑dijo Falelo Quiroga mirán­dome con un aire de interrogación. Abrió la cartera y sacó unos billetes bien doblados. Esto, para mí, era otro detalle sorprendente. Mi abuelo tenía la costumbre de llevar los billetes arrugados en todos los bolsillos. Cuan­do necesitaba pagar algo, siempre tenía que estirar los bi­lletes para contarlos.

Falelo Quiroga no dijo nada, pero yo sabía que se sintió un bandido. Le sonrió a mi abuelo, y obviamente por no faltarle el respeto, puso su dinero sobre la mesa. Mi abuelo, haciendo de árbitro, fijó el juego en un cierto número de carambolas y tiró una moneda para ver quién iba a empezar. Ganó Falelo Quiroga.

‑Dale todo lo que tienes, no te contengas ‑le insis­tió mi abuelo‑. ¡No tengas ninguna pena en acabar con este imbécil y ganarte mi dinero!

Falelo Quiroga, siguiendo los consejos de mi abuelo, jugó tan bien como pudo, pero en una instancia, perdió una carambola por un pelo. Tomé el taco. Sentí que me iba a desmayar, pero viendo el júbilo de mi abuelo (daba saltos de un lado a otro) me tranquilicé; y además, me irritaba ver a Falelo Quiroga casi desplomándose de risa al ver cómo yo tomaba el taco. A causa de mi estatura, no podía inclinarme sobre la mesa, como se juega al billar normalmente. Pero mi abuelo, con una paciencia y determinación esmerada, me había enseñado una mane­ra alternativa para jugar. Extendiendo mi brazo total­mente hacia atrás, tomaba el taco levantándolo casi más allá de los hombros, hacia el costado.

‑¿Qué hace cuando tiene que alcanzar la mitad de la mesa? ‑preguntó Falelo Quiroga muerto de risa.

‑Se cuelga de la orilla de la mesa ‑dijo mi abuelo como si nada‑. Sabes que está permitido.

Mi abuelo se me acercó y me susurró entre dientes que si me hacía el correcto y perdía me iba a romper to­dos los tacos sobre la cabeza. Yo sabía que no hablaba en serio; era su manera de demostrar la confianza que me tenía.

Gané fácilmente. Mi abuelo estaba rebosante de ale­gría pero, cosa rara, también lo estaba Falelo Quiroga. Soltaba carcajadas dando vueltas alrededor de la mesa de billar, y dando de palmaditas en las orillas. Mi abuelo me puso por los cielos. Le reveló a Falelo Quiroga mi mejor marca y, en tono burlón, dijo que sobresalía por­que había encontrado la manera de hacerme practicar: café con pasteles daneses.

‑¡No me digas, no me digas! ‑repetía Falelo Qui­roga. Se despidió; mi abuelo recogió las ganancias y el asunto se olvidó.

Mi abuelo me prometió llevarme a un restaurante y agasajarme con la mejor comida del pueblo, pero jamás lo hizo. Era muy tacaño; todo el mundo sabía que sólo gastaba dinero en mujeres.

Dos días después, dos hombres enormes, socios de Falelo Quiroga, se me acercaron a la hora en que salía del colegio.

‑Falelo Quiroga quiere verte ‑me dijo uno en voz hosca‑. Quiere que vayas a su casa para tomar café y pasteles daneses con él.

Si no hubiera dicho lo del café y los pasteles daneses, lo más probable es que me hubiera escapado. Me acordé en aquel momento que mi abuelo le había dicho a Falelo Qui­roga que yo daría mi alma por café y pasteles daneses. Con gusto los acompañé. Sin embargo, no podía caminar a la par de ellos, así es que uno de los dos, el que se llamaba Guillermo Falcón, me levantó y me acurrucó en sus enar­enes brazos. Soltó una risa entre sus dientes chuecos.

‑Más vale que te guste el paseo, joven ‑me dijo. Su aliento apestaba horrendamente‑. ¿Te han llevado así alguna vez? ¡Viendo como te meneas, diría que nunca! ‑Se echaba grotescas carcajadas.

Afortunadamente, la casa de Falelo Quiroga no que­daba muy lejos de la escuela. El señor Falcón me deposi­tó sobre un sofá en una oficina. Allí estaba Falelo Quiro­ga, sentado detrás de un enorme escritorio. Se levantó y me dio la mano. En seguida, mandó pedir que me trajeran café y pasteles daneses y los dos nos sentamos a charlar amablemente de la granja de pollos que tenía mi abuelo. Me preguntó si gustaba más pasteles y le dije que no esta­ría mal. Se rió y él mismo trajo una bandeja de pasteles in­creíblemente deliciosos del cuarto contiguo.

Después de tragar yo a más no poder, me preguntó muy cortésmente si pensaría en la posibilidad de venir a su casa de billar a las altas horas de la noche a jugar unos cuantos partidos amistosos con alguna gente que él se­leccionaría. Sin hacer mucho alarde, dijo que se trataba de bastante dinero. Manifestó abiertamente la confianza que me guardaba, y añadió que iba a pagarme, por mi tiempo y mi esfuerzo, un porcentaje de las ganancias. También indicó que sabía cómo era mi familia; iban a tomarlo a mal si me daba dinero, aunque fuera como pago. Así es que prometía abrir una cuenta especial a mi nombre, o para mayor facilidad, se encargaría de cual­quier compra que hiciera en las tiendas del pueblo, o de la comida que pidiera en cualquier restaurante.

No le creí ni un pelo de lo que me decía. Sabía que Falelo Quiroga era un estafador. Pero la idea de jugar al billar con desconocidos me gustaba y entonces hice un trato con él.

‑¿Me va a dar café y pasteles daneses como los de hoy? ‑le dije.

‑¡Claro que sí, niño! ‑me respondió‑. Si vienes a jugar para mí, hasta te compro la pastelería. Voy a pedir­le al pastelero que los haga exclusivamente para ti. Te doy mi palabra.

Le advertí a Falelo Quiroga que el único inconve­niente era mi incapacidad de salirme de la casa; tenía de­masiadas tías que me vigilaban como halcones y además, mi alcoba estaba en el primer piso.

‑Eso no es problema ‑me aseguró Falelo Quiro­ga‑. Eres bastante pequeño. El señor Falcón te va a aga­rrar si tú saltas por la ventana a sus brazos. ¡Es tan grande como una casa! Te recomiendo que te acuestes temprano esta noche. El señor Falcón va a despertarte con un silbi­do y tirando piedritas a tu ventana. ¡Pero tienes que estar alerta! Él es muy impaciente.

Me fui a casa sacudido por una gran excitación. No podía dormir. Me encontraba bien despierto cuando oí que el señor Falcón silbaba y tiraba piedritas contra los vidrios de la ventana. La abrí. El señor Falcón estaba jus­tamente debajo de mí, en la calle.

-Salta a mis brazos, chico ‑me dijo con voz conte­nida que trataba de modular en un fuerte susurro‑. Si no apuntas hacia mis brazos, te voy a dejar caer y te vas a matar. Acuérdate; no me hagas correr en círculos. Apunta a mis brazos. ¡Salta! ¡Salta!

Salté y me agarró con la facilidad de alguien que aga­rra un saco de algodón. Me puso en el suelo y me dijo que echara a correr. Dijo que era un niño que acababa de despertar de un sueño profundo y que tenía que hacer­me correr para que estuviera totalmente despierto al lle­gar a la casa de billar.

Jugué esa noche contra dos hombres y gané las dos partidas. Me dieron el café y los pasteles más deliciosos que se pudiera uno imaginar. Estaba en el cielo. Eran co­mo las siete de la mañana cuando llegué a casa. Nadie me había extrañado. Era hora de irme al colegio. Todo fun­cionaba normalmente, sólo que estaba tan cansado que los ojos se me cerraban solos durante todo el día.

Desde ese día, Falelo Quiroga mandaba al señor Fal­cón por mí dos o tres veces por semana, y gané cada par­tida que me hacía jugar. Y fiel a su promesa, él me pagaba todo lo que compraba, incluso las comidas en el restau­rante chino que más me gustaba y donde iba a diario. A veces hasta invitaba a mis amigos, y los mortificaba, por­que salía corriendo y gritando del restaurant cuando el mesero me traía la cuenta. Se asombraban de que nunca los llevaba la policía por comer y no pagar la cuenta.

Una prueba dura para mí fue que nunca había conce­bido el hecho de que tendría que contender con las es­peranzas y las expectativas de toda la gente que apostaba a mi favor. La prueba de pruebas, sin embargo, se llevó a cabo cuando un jugador de primera de una ciudad veci­na desafió a Falelo Quiroga apostando una gran canti­dad. La noche de la partida era de malos auspicios. Mi abuelo se enfermó y no podía dormir. La familia entera estaba alborotada. Parecía que nadie iba a acostarse. Dudaba poder escaparme de mi alcoba, pero los silbidos y las piedritas del señor Falcón eran tan insistentes que corrí el riesgo y salté de la ventana a sus brazos.

Parecía que todos los hombres del pueblo se habían reunido en la casa de billar. Caras angustiadas me roga­ban que no perdiera. Algunos de los hombres me asegu­raron abiertamente que habían apostado sus casas y to­das sus pertenencias. Uno, medio bromeando, me dijo que había apostado a su mujer; si esa noche no ganaba, resultaría cornudo o asesino. No me dijo específicamen­te si iba a matar a su mujer para no ser cornudo, o iba a matarme a mí por perder la partida.

Falelo Quiroga iba de un lado a otro. Había manda­do traer a un masajista para darme masaje. Quería que estuviera relajado. El masajista me puso toallas calientes en los brazos y en las muñecas y toallas frías sobre mi frente. Me puso los zapatos más cómodos y suavecitos que jamás había usado. Tenían tacones duros, tipo mili­tar y soportes para el arco del pie. Falelo Quiroga me vistió con una boina para que no se me cayera el pelo a la cara y también me puso unos overoles con cinturón.

La mitad de los que rodeaban la mesa de billar eran gente de otro pueblo. Me echaban miradas feroces. Sen­tía que me querían muerto.

Falelo Quiroga tiró una moneda para decidir quién iba primero. Mi adversario era brasileño de descenden­cia china, joven, de cara redonda, muy elegantón y lleno de confianza. Dio principio a la partida e hizo un núme­ro inconcebible de carambolas. Podía ver por el mal as­pecto de la cara de Falelo Quiroga, que estaba a punto de sufrir un ataque cardíaco, al igual que los otros que habían apostado todo por mí.

Jugué muy bien esa noche y al aproximar el número de carambolas que había hecho el otro, la agitación de los que me apoyaban llegó a su apogeo. Falelo Quiroga era el más histérico. Le gritaba a todo el mundo, dando órdenes que abrieran las ventanas porque el humo de los cigarros no me dejaba respirar. Quería que el masa­jista me relajara los brazos y los hombros. Finalmente, les dije a todos que se callaran y, con gran prisa, hice las ocho carambolas que me faltaban para ganar. La euforia de los que habían apostado a mi favor era indescriptible. Yo era inconsciente de todo, pues ya era de mañana y te­nían que llevarme a casa cuanto antes.

Mi cansancio aquel día no tenía límites. Muy aten­tamente, Falelo Quiroga no me mandó llamar durante toda una semana. Sin embargo, una tarde, el señor Fal­cón me recogió del colegio y me llevó a la casa de billar. Falelo Quiroga me recibió con gran seriedad. Ni siquie­ra me ofreció café o pasteles daneses. Ordenó que nos dejaran solos y fue directamente al grano. Acercó su si­lla junto a mí.

‑He depositado mucho dinero en el banco a tu nom­bre ‑me dijo con solemnidad‑. Soy fiel a mi promesa. Te doy mi palabra: siempre te cuidaré. ¡Tú lo sabes! Aho­ra, si haces lo que yo te digo, vas a hacer tanto dinero que no vas a trabajar un solo día de tu vida. Quiero que pier­das tu próxima partida por una carambola. Sé que lo pue­des hacer. Pero quiero que pierdas por sólo un pelo. Cuanto más dramático, mejor.

Estaba estupefacto. Todo esto me era incomprensi­ble. Falelo Quiroga repitió su solicitud y me explicó, además, que iba a apostar de manera anónima todo lo que tenía contra mí, y que éste era el tino de nuestro nuevo trato.

‑El señor Falcón te ha estado vigilando durante me­ses ‑me dijo‑. Lo único que debo decirte es que el señor Falcón usa toda su fuerza para protegerte, pero po­dría hacer lo contrario con la misma fuerza.

La amenaza de Falelo Quiroga no pudo haber sido más evidente. Debió haber visto en mi cara el horror que sentí, porque se tranquilizó y se puso a reír.

‑Oh, pero no te preocupes por esas cosas ‑me dijo tratando de tranquilizarme‑, porque nosotros somos hermanos.

Era la primera vez en mi vida que me encontraba en una situación insostenible. Quería escapar de Falelo Quiroga, del miedo que me había evocado. Pero a la vez y con la misma fuerza, quería quedarme; quería la facili­dad de comprar todo lo que quería en cualquier tienda, y sobre todo, la facilidad de poder comer en cualquier restaurante de mi gusto, sin pagar. Pero nunca tuve que tomar una decisión.

Inesperadamente (al menos para mí), mi abuelo se mudó a otro lugar muy lejos. Pareciera como si él sabía lo que pasaba, y entonces me mandaba allí antes que a los demás. Yo dudaba que él supiera lo que verdadera­mente pasaba. Al parecer, el alejarme fue uno de sus usuales actos intuitivos.


El regreso de don Juan me sacó de mis recuerdos. Había perdido la noción del tiempo. Tendría que haber estado muerto de hambre, pero no. Estaba lleno de una energía nerviosa. Don Juan encendió una lámpara de petróleo y la colgó de un clavo sobre la pared. La tenue luz creaba extrañas sombras danzantes en el cuarto. Tu­ve que esperar a que mis ojos se ajustaran a la penumbra.

Entré en un estado de profunda tristeza. Era un sen­timiento extraño, indiferente, un anhelo que se extendía y que venía de esa penumbra, o quizá de la sensación de sentirme atrapado. Estaba tan cansado que quería irme, pero a la vez y con la misma fuerza, quería que­darme.

La voz de don Juan me trajo cierta mesura. Parece que él sabía la causa y la profundidad de mi confusión, y adaptó su voz a la ocasión. La seriedad de su tono me ayudó a recobrar el dominio sobre algo que fácilmente podría haberse convertido en una reacción histérica a la fatiga y al estímulo mental.

‑El recontar sucesos es mágico para los chamanes ‑dijo‑. No se trata simplemente de contar un cuento. Es ver la tela sobre la que se basan los sucesos. Es por eso que el recuento es tan vasto y tan importante.

Al pedírmelo, le conté a don Juan el suceso que ha­bía recordado.

‑Qué apropiado ‑dijo con una risita de deleite­-. Lo único que puedo comentar es que los guerreros‑via­jeros se tienen que dejar llevar. Van a donde los lleva el impulso. El poder de los guerreros‑viajeros es estar aler­ta para conseguir el máximo efecto con el mínimo im­pulso. Y sobre todo, su poder está en no interferir. Los sucesos tienen una fuerza, una gravedad propia, y los viajeros son simplemente viajeros. Todo lo que los ro­dea es sólo para sus ojos. De esta manera, los viajeros construyen el significado de cada situación, sin pregun­tar nunca cómo fue que pasó así o asá.

»Hoy recordaste un suceso que resume tu vida entera ‑continuó‑. Te enfrentas siempre con una situación que es la misma que nunca resolviste. Nunca tuviste que decidir si aceptabas o rechazabas el trato embustero de Falelo Quiroga. El infinito siempre nos pone en la terri­ble posición de tener que escoger ‑siguió‑. Queremos el infinito, pero a la vez queremos huir de él. Tú quieres decirme que me vaya al carajo, pero a la vez te sientes obligado a quedarte. Sería infinitamente más fácil para ti si simplemente estuvieses obligado a quedarte.




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