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LAS MEDIDAS DE LA COGNICIÓN



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LAS MEDIDAS DE LA COGNICIÓN
«El final de una era» era, para don Juan, una descrip­ción precisa de un proceso por el cual pasan los chama­nes al desmontar la estructura del mundo que conocen, y reemplazarla con otra forma de comprender el mundo que los rodea. Como maestro, don Juan procuró, desde el instante inicial de nuestro encuentro, introducirme al mundo cognitivo de los chamanes del México antiguo. El término «cognición» era para mí, en aquel tiempo, la manzana de la discordia. Lo entendía como un proceso por el cual reconocemos el mundo que nos rodea. Ciertas cosas caen dentro del reino de ese proceso y son fácil­mente reconocidas por nosotros. No ocurre con otras cosas, que permanecen consecuentemente, como rarezas, cosas de las cuales no tenemos suficiente comprensión.

Don Juan mantuvo desde el principio de nuestra re­lación que el mundo de los chamanes del México anti­guo difería del nuestro, no de manera superficial, sino en la manera en que se arreglaba el proceso de cognición. Mantenía que en nuestro mundo, nuestra cognición re­quiere la interpretación de datos sensoriales. Dijo que el universo está compuesto de un número infinito de campos de energía, que existen en el universo en general como filamentos luminosos. Esos filamentos luminosos actúan sobre el hombre como organismo. La respuesta de ese organismo es convertir esos campos de energía en datos sensoriales. Los datos sensoriales se interpre­tan, y esa interpretación se convierte en nuestro sistema cognitivo. Mi comprensión de la cognición forzosamen­te me hacía creer que es un proceso universal, tal como el lenguaje es proceso universal. Hay una sintaxis dife­rente para cada lenguaje, como debe haber una mínima diferencia de arreglo para cada sistema de interpretación del mundo.

La afirmación de don Juan, sin embargo, que los chamanes del México antiguo tenían un sistema cognitivo diferente, era para mí equivalente a decir que tenían una manera diferente de comunicación que nada tenía que ver con el lenguaje. Lo que quería desesperadamen­te que dijera, era que su sistema cognitivo diferente era equivalente a tener un lenguaje diferente, pero que era, sin embargo, un lenguaje. El «final de una era» signifi­caba para don Juan que las unidades de una cognición extranjera se estaban apoderando. Las unidades de mi cognición normal, no importara lo agradables y prove­chosas, empezaban a disolverse. ¡Momento grave en la vida de un hombre!

Quizá mi unidad más codiciada era la vida académi­ca. Cualquier cosa que la amenazaba era una amenaza al centro de mi ser, sobre todo si el ataque era velado, inad­vertido. Pasó con un profesor a quien le había dado toda mi confianza, el profesor Lorca.

Me había inscrito en el curso que dictaba el profesor Lorca sobre cognición, porque me había sido recomen­dado como uno de los académicos más brillantes que había. El profesor Lorca era bastante guapo, con pelo rubio peinado a un lado. Tenía la frente limpia, sin arru­gas, dando la impresión de alguien que jamás ha tenido una preocupación en la vida. Su ropa mostraba el toque de un buen sastre. No llevaba corbata, lo cual le daba un aire juvenil. Se la ponía solamente al encontrarse con gente importante.

En la ocasión de aquella memorable primera clase con el profesor Lorca, yo estaba confuso y nervioso viendo cómo caminaba de un lado al otro por minutos que fueron una eternidad para mí. El profesor Lorca movía continuamente sus finos labios apretados de arri­ba abajo, añadiendo inmensidades a la tensión que había generado en esa aula pesada, de ventanas cerradas. De pronto, se detuvo. Se paró en medio del aula, a poca dis­tancia de donde me encontraba sentado y golpeando el podio con un periódico enrollado, empezó a hablar.

‑Nunca se sabrá .... ‑empezó.

Todos los que estaban en el aula inmediatamente em­pezaron ansiosamente a tomar apuntes.

‑Nunca se sabrá ‑repitió‑ lo que siente un sapo cuando se sienta en el fondo del estanque e interpreta el mundo de sapo que le rodea. ‑Su voz conllevaba una tremenda fuerza y finalidad‑. Entonces, ¿qué creen que es esto? ‑agitó el periódico por encima de su cabeza.

Continuó leyéndole a la clase un artículo del perió­dico en que se reportaba el trabajo de un biólogo.

‑Este artículo demuestra la negligencia del perio­dista, que obviamente citó mal al científico ‑afirmó el profesor Lorca con la autoridad de un catedrático-. ­Un científico, no importa lo descuidado que sea, nunca se permitiría antropomorfizar los resultados de su in­vestigación, a no ser que sea un baboso.

Con esto como introducción, presentó una confe­rencia brillantísima sobre la calidad insular de nuestro sistema cognitivo, o del sistema cognitivo de cualquier otro organismo. Me introdujo, en aquella conferencia inicial, a una andanada de nuevas ideas, y las hizo ex­traordinariamente fáciles de utilizar. La idea más nove­dosa para mí era que cada individuo de cada especie so­bre la Tierra interpreta el mundo que lo rodea usando datos que le llegan a través de sus sentidos especializa­dos. Afirmó que los seres humanos no pueden ni siquie­ra imaginarse, por ejemplo, lo que debe ser estar en un mundo regido por la eco‑locación, como el mundo del murciélago, donde cualquier punto de referencia infe­rido, es imposible de concebir para la mente humana. Dejó muy claro, que desde ese punto de vista no exis­tían dos sistemas cognitivos que pudieran asemejarse en­tre especies.

Al salir del salón al final de la conferencia de hora y media, sentía que la brillantez de la mente del profe­sor Lorca me había tumbado. Desde ese momento, era su más devoto admirador. Encontraba sus conferencias más que estimulantes y provocativas al pensamiento. Las suyas eran las únicas conferencias que esperaba an­siosamente. Todas sus excentricidades no me importa­ban para nada en comparación con su excelencia como maestro y como pensador innovador en el campo de la psicología.

Cuando primero asistí a la clases del profesor Lorca, llevaba casi dos años trabajando con don Juan Matus. Era ya un patrón de comportamiento bien establecido, acostumbrado como estaba a las rutinas, de contarle a don Juan todo lo que me pasaba en mi mundo cotidia­no. En la primera oportunidad que se presentó, le relaté lo que estaba sucediendo con el profesor Lorca. Puse al profesor Lorca por las nubes y le dije a don Juan sin ver­güenza alguna que el profesor Lorca era mi modelo. Don Juan se mostró aparentemente muy impresionado por mi despliegue de admiración, sin embargo me hizo una extraña advertencia.

‑No admires a la gente desde la distancia ‑dijo­-. Ésa es la manera más segura de crear seres mitológicos. Acércate a tu profesor, habla con él, ve cómo es como hombre. Ponlo a prueba. Si el comportamiento de tu profesor es resultado de su convicción de que es un ser que se va a morir, entonces todo lo que haga, no impor­ta cuán extraño, debe ser premeditado y final. Si lo que dice termina siendo palabras, no vale nada.

Me sentí terriblemente insultado por lo que conside­raba ser la insensibilidad de don Juan. Pensé que a lo mejor estaba un poco celoso de los sentimientos de ad­miración que tenía yo por el profesor Lorca. Una vez que ese pensamiento se formuló en mi mente, me sentí aliviado; lo comprendí todo.

‑Dígame, don Juan ‑dije para terminar la conver­sación por otras vías‑, ¿qué es un ser que va a morir, en verdad? Lo he oído hablar de eso tantas veces, pero no me lo ha definido nunca realmente.

‑Los seres humanos son seres que van a morir ‑dijo‑. Los chamanes firmemente mantienen que la sola manera de agarrarnos del mundo y de lo que en él hacemos, es aceptando totalmente que somos seres que vamos camino a la muerte. Sin esta aceptación básica, nuestras vidas, nuestros quehaceres y el mundo en que vivimos son asuntos inmanejables.

‑¿Pero es la mera aceptación de esto de tal alcance? ‑pregunté en tono casi de protesta.

‑¡Créemelo! ‑dijo don Juan sonriendo‑. Pero no es en la mera aceptación donde está el truco. Tenemos que encarnar esa aceptación y vivirla plenamente. Los chamanes a través de los años han dicho que la vista de nuestra muerte es la vista que produce más sobriedad. Lo que está mal con nosotros los seres humanos, y que ha estado mal desde tiempo inmemorial, es que sin de­clararlo en tantas palabras, creemos que hemos entrado en el reino de la inmortalidad. Nos comportamos como si nunca fuéramos a morirnos, una arrogancia infantil. Pero aún más injuriante que ese sentimiento de inmor­talidad es lo que lo acompaña; la sensación de que pode­mos absorber todo este inconcebible universo con la mente.

Una yuxtaposición fatal de ideas me tenía atado des­piadadamente; la sabiduría de don Juan y el conoci­miento del profesor Lorca. Ambas eran difíciles, oscu­ras, seductoras y lo abarcaban todo. No había nada que hacer más que seguir el curso donde me llevara.

Seguí al pie de la letra la sugerencia de don Juan de acercarme al profesor Lorca. Intenté todo el semestre acercarme a él, hablar con él. Iba religiosamente a su ofi­cina durante las horas en que estaba allí, pero nunca pa­recía tener tiempo para mí. Sin embargo, aunque no po­día hablar con él, lo admiraba imparcialmente. Hasta llegué a aceptar que nunca iba a hablar conmigo. No me importaba; lo que importaba eran las ideas que recolec­taba de sus magníficas clases.

Le hice un reporte a don Juan acerca de todos mis hallazgos intelectuales. Había leído extensamente sobre la cognición. Don Juan me animó, más que nunca, a es­tablecer contacto directo con la fuente de mi revolución intelectual.

‑Es imprescindible que hables con él ‑me dijo en una voz un tanto urgente‑. Los chamanes no admiran a la gente en el vacío. Les hablan; los conocen. Estable­cen puntos de referencia. Comparan. Lo que estás ha­ciendo es un poco infantil. Admiras a lo lejos. Es como lo que pasa con un hombre que le tiene miedo a las mujeres. Finalmente, sus gónadas dominan su miedo y le exigen que adore a la primera mujer que le dice «hola».

Hice un doble esfuerzo por acercarme al profesor Lorca, pero era como una fortaleza impenetrable. Cuan­do le comenté a don Juan mis dificultades, me explicó que los chamanes veían cualquier actividad con la gen­te, no importa cuán diminuta o insignificante, como un campo de batalla. En ese campo de batalla, los chamanes hacían su mejor magia, ponían su mejor esfuerzo. Me aseguró que el truco para tener soltura en tales situacio­nes, algo que nunca había sido mi fuerte, era enfrentarse al adversario abiertamente. Expresó su aborrecimiento por esas almas tímidas que se esconden de la interacción a tal extremo que, cuando interactúan, simplemente infie­ren o deducen en términos de sus propios estados psico­lógicos lo que pasa sin verdaderamente percibir lo que en realidad está pasando. Interactúan sin jamás haber sido parte de la interacción.

‑Siempre mira al hombre con quien estás jugando el tira y afloja con la cuerda ‑continuó‑ No tires sim­plemente de la cuerda; levanta la vista a sus ojos. Sabrás que es un hombre, igual a ti. No importa lo que diga, no importa lo que haga, se está sacudiendo en sus pantalo­nes, tal como tú. Una mirada de esa naturaleza vuelve incapaz a tu adversario, aunque sea por solo un instante; entonces das el golpe.

Un día la suerte estaba conmigo. Abordé al profesor Lorca en el corredor en frente de su oficina.

‑Profesor Lorca ‑dije‑, ¿tiene un momento libre para hablar?

‑¿Quién demonios es usted? ‑dijo con la mayor naturalidad, como si fuera su mejor amigo y me estaba preguntando cómo me sentía.

El profesor Lorca era tan grosero como se puede ser, pero sus palabras no tuvieron en mí el efecto de una grosería. Me sonrió con los labios apretados, como si me animara a irme o a decir algo significativo.

‑Soy estudiante de antropología, profesor Lorca ‑le dije‑. Estoy involucrado en una situación de tra­bajo de campo donde tengo la oportunidad de aprender algo acerca del sistema cognitivo de los chamanes.

El profesor Lorca me contempló con sospecha y enojo. Sus ojos parecían dos puntos azules llenos de ma­licia. Se hizo el cabello hacia atrás como si se le hubiera caído sobre la frente.

‑Trabajo con un verdadero chamán en México ‑continué tratando de provocar una respuesta‑. Es un verdadero chamán, créamelo. Me ha llevado más de un año animarlo a que considerara hablar conmigo.

La cara del profesor Lorca se relajó; abrió la boca y, agitando una mano finísima delante de mis ojos como si estuviera dándole vueltas a una pizza, me habló. No po­día dejar de ver sus gemelos de esmalte que eran del co­lor exacto de su saco verdusco.

‑¿Y qué quiere usted de mí? ‑dijo.

‑Quiero que me escuche por un momento ‑dije‑, para ver si lo que estoy haciendo le interesa.

Hizo un gesto de desgano y resignación con los hombros, abrió la puerta de su oficina y me invitó a pasar. Sabía que no tenía yo tiempo que perder y le presen­té una descripción muy directa de mi situación de traba­jo de campo. Le dije que me estaban enseñando proce­dimientos que no tenían nada que ver con lo que había encontrado en la literatura antropológica sobre el cha­manismo.

Hizo un gesto con los labios por un momento sin decir una palabra. Cuando habló, señaló que una de las fallas de los antropólogos en general, es que nunca se dan el tiempo suficiente para llegar a saber, totalmente, todos los grados del sistema cognitivo particular utiliza­dos por la gente que estudian. Definió «cognición» co­mo un sistema de interpretación, que a través del uso hace posible que los individuos utilicen con la mayor proeza todos los grados de connotación que forman el ambiente particular y social bajo consideración.

Las palabras del profesor Lorca iluminaron el ámbi­to total de mi trabajo de campo. Sin poder dominar to­dos los grados del sistema cognitivo de los chamanes del México antiguo, hubiera sido totalmente superfluo que formulara una idea de ese mundo. Si el profesor Lorca nunca me hubiera dicho otra palabra más, lo que acaba­ba de declarar hubiera sido más que suficiente. Lo que siguió fue un maravilloso discurso sobre la cognición.

‑Su problema ‑dijo el profesor Lorca‑ es que el sistema cognitivo de nuestro mundo cotidiano, con el cual estamos familiarizados, en verdad, desde el día en que nacimos, no es igual al sistema cognitivo del mundo de los chamanes.

»Lo que le he dicho, claro, es conocimiento general ‑me dijo al conducirme hacia fuera‑. Cualquier lector está consciente de lo que le he estado diciendo.

Nos despedimos, casi amigos. El recuento a don Juan de mi éxito en acercarme al profesor Lorca se topó con una reacción extraña. Por un lado, don Juan parecía estar encantado, y por otro, preocupado.

‑Me da que tu profesor no es en verdad lo que pa­rece ser -dijo‑. Claro, eso es desde el punto de vista de un chamán. Quizá fuera mejor dejarlo ahora, antes que todo esto se vuelva muy bochornoso, muy compli­cado. Una de las artes más elevadas de los chamanes es saber cuándo detenerse. Me parece que has conseguido todo lo que se puede de tu profesor.

De inmediato, reaccioné con un tiroteo de defensas a favor del profesor Lorca. Don Juan me tranquilizó. Me dijo que no era su intención criticar o juzgar a nadie, pero que en su conocimiento muy poca gente sabe cuán­do retirarse, y aún menos sabe cómo utilizar su conoci­miento.

A pesar de las advertencias de don Juan, no me detu­ve; por el contrario, me convertí en el estudiante, el se­guidor, el admirador más fiel del profesor Lorca. Su in­terés en mi trabajo parecía ser genuino, aunque se sentía infinitamente frustrado por mi apatía e incapacidad para formular conceptos bien definidos acerca del sistema cognitivo del mundo de los chamanes.

Un día, el profesor Lorca me formuló el concepto del visitante‑científico a otro mundo cognitivo. Recono­ció que estaba dispuesto a ser imparcial y darle vueltas, como científico social, a la posibilidad de un sistema cognitivo diferente. Se imaginó una investigación en que los protocolos serían reunidos y analizados. Los pro­blemas de la cognición serían concebidos y dados a cha­manes a quienes yo conocía, para medir, por ejemplo, su capacidad de enfocar su cognición sobre dos aspectos diversos de comportamiento.

Pensaba que la prueba empezaría con un sencillo pa­radigma en el que intentaran comprender y retener un texto escrito que iban a estar leyendo mientras jugaban al póquer. La prueba iba a intensificarse, para medir, por ejemplo, su capacidad de enfocar su cognición sobre co­sas complejas que se les dirían mientras dormían, etc. El profesor Lorca quería que se llevara a cabo un análisis lingüístico de lo que emitían. Quería una medida real de sus respuestas en términos de su velocidad y precisión, y otras variables que se hicieran manifiestas al progresar el proyecto.

Don Juan verdaderamente se partió de risa cuando le conté de las propuestas del profesor Lorca de medir la cognición de los chamanes.

‑Ahora sí que me gusta tu profesor ‑dijo‑. Pero no puedes hablar en serio de esta idea de medir nuestra cognición. ¿Qué sacaría tu profesor de medir nuestras respuestas? Llegará a la conclusión de que somos un montón de idiotas, porque es lo que somos. No podemos ser más inteligentes, más veloces que el hombre ordina­rio. No es culpa de él, sin embargo, pensar que puede ha­cer medidas de cognición de un mundo al otro. La culpa es tuya. Has fallado al no expresarle a tu profesor que cuando los chamanes hablan del mundo cognitivo de los chamanes del México antiguo, están hablando de cosas que no tienen un equivalente en el mundo cotidiano.

»Por ejemplo, percibir la energía directamente como fluye en el universo es una unidad de cognición por la cual los chamanes viven. Ven cómo fluye la energía y si­guen su flujo. Si su flujo se encuentra con obstáculos, se alejan o hacen algo totalmente diferente. Los chamanes ven líneas en el universo. Su arte, o su tarea, es escoger la línea que los va a conducir, en términos de percepción, a regiones sin nombre. Podrías decir que los chamanes reac­cionan inmediatamente a las líneas del universo. Ven a los seres humanos como bolas luminosas, y buscan en ellos su flujo de energía. Desde luego, reaccionan al ins­tante al ver esto. Es parte de su cognición.

Le dije a don Juan que para nada podía hablarle al profesor Lorca de esto, porque no había hecho ninguna de las cosas que él estaba describiendo. Mi cognición se­guía igual.

‑¡Ah! ‑exclamó‑. Es que simplemente no has te­nido tiempo todavía para incorporar las unidades de cognición del mundo de los chamanes.

Salí de la casa de don Juan más confuso que nunca. Había una voz dentro de mí que verdaderamente me exigía terminar mis tratos con el profesor Lorca. Com­prendí cuánta razón tenía don Juan al decirme que las practicalidades en que se interesaban los científicos eran conducentes a construir máquinas cada vez más com­plejas. No eran las practicalidades que cambian el curso de la vida de un individuo desde adentro. No estaban hechas para alcanzar la vastedad del universo como un asunto personal, experimental. Las estupendas máqui­nas que existen o las que están en proceso, eran asuntos culturales, y los logros tenían que disfrutarse indirecta­mente, aun por los creadores de las máquinas mismas. Su única ganancia era económica.

Al señalarme todo esto, don Juan había logrado co­locarme en un estado de ánimo de mayor curiosidad. Empecé realmente a cuestionar las ideas del profesor Lorca, algo que no había hecho hasta entonces. A la vez, el profesor Lorca emitía verdades asombrosas sobre la cognición. Cada declaración era más severa que la que la precedía y, como resultado, más penetrante.

Al final de mi segundo semestre con el profesor Lor­ca, había llegado a un callejón sin salida. No había ma­nera en el mundo que creara un puente entre dos líneas de pensamiento; la de don Juan y la del profesor Lorca. Iban por senderos paralelos. Comprendí el objetivo del profesor Lorca de querer cualificar y cuantificar el es­tudio de la cognición. La Cibernética se asomaba como nueva disciplina y el aspecto práctico de los estudios de la cognición era una realidad. Pero también lo era el mundo de don Juan, que no podía medirse con las he­rramientas normales de la cognición. Había tenido el privilegio de atestiguarlo en las acciones de don Juan, pero no lo había experimentado yo mismo. Sentía que esto era el obstáculo que hacía que el puente entre estos dos mundos fuera imposible.

Le comenté todo esto a don Juan durante una de mis visitas. Dijo que lo que yo consideraba como obstáculo, y por consecuencia, el factor que hacía imposible el puente entre estos dos mundos, no era acertado. A su manera de ver, la falla era algo que abarcaba mucho más que las circunstancias individuales de un solo hombre.

‑Quizá puedas acordarte de lo que te dije acerca de una de las mayores fallas que tenemos como seres hu­manos ordinarios ‑dijo.

No podía recordar nada en particular. Me había se­ñalado tantas fallas que nos afectaban como seres huma­nos ordinarios que la mente me daba vueltas.

‑Usted está exigiendo algo muy específico ‑dije‑, y no puedo dar con ello.

‑La gran falla a la que me refiero ‑dijo‑, es algo que tienes que recordar en cada segundo de tu existencia. Para mí, es la cuestión de las cuestiones, que te voy a re­petir una y otra vez, hasta que se te salga por las orejas.

Después de un largo minuto, me di por vencido.

‑Somos seres que vamos camino a la muerte ‑di­jo‑. No somos inmortales, pero nos comportamos co­mo si lo fuéramos. Ésta es la falla que nos tumba como in­dividuos y nos va a tumbar como especie algún día.

Don Juan declaró que la ventaja que tienen los cha­manes sobre sus congéneres comunes es que los chama­nes saben que son seres que van camino a la muerte y no se permiten desviarse de ese conocimiento. Enfatizó que un esfuerzo enorme tiene que emplearse para obtener y mantener ese conocimiento como certeza total.

‑Pero, ¿por qué es tan difícil admitir algo que es tan verdadero? ‑pregunté, confundido por la magnitud de nuestra contradicción interna.

‑No es en realidad la culpa del hombre ‑dijo en tono conciliatorio‑. Algún día te contaré más acerca de las fuerzas que llevan al hombre a comportarse como buey.

No había nada más que decir. El silencio que siguió fue siniestro. Ni siquiera quería saber a qué fuerzas se refería don Juan.

‑No es una proeza maravillosa evaluar a tu profe­sor a la distancia ‑siguió don Juan.

»Es un científico inmortal. Nunca va a morirse. Y cuando se trata de las preocupaciones de la muerte, es­toy seguro de que ya se ocupó de todo. Tiene su parcela en el cementerio, y una fuerte póliza de seguros para su familia. Habiendo cumplido con esos dos mandatos, ya no tiene que pensar en la muerte. Sólo piensa en su tra­bajo.

»El profesor Lorca es sensato cuando habla ‑conti­nuó don Juan‑, porque tiene la preparación para usar las palabras acertadamente. Pero no está preparado para tomarse en serio como un hombre que va a morir. Co­mo es inmortal, no sabría hacerlo. No hace ninguna di­ferencia que los científicos construyan máquinas com­plejas. Las máquinas no pueden de ninguna manera ayudarle a nadie a enfrentarse a la cita inevitable: la cita con el infinito.

»El nagual Julián me contaba ‑siguió‑, de los ge­nerales conquistadores de la Roma antigua. Cuando re­gresaban victoriosos, se organizaban desfiles gigantes­cos para rendirles honores. Mostrando los tesoros que habían ganado, y los pueblos derrotados que habían convertido en esclavos, los conquistadores desfilaban llevados en sus carrozas de guerra. Acompañándolos, había siempre un esclavo, cuya faena era susurrarles al oído que toda fama y toda gloria es simplemente transi­toria.

»Si somos victoriosos de alguna manera ‑conti­nuó‑, no tenemos a nadie que nos vaya susurrando que nuestras victorias son fugaces. Los chamanes sin embar­go tienen una ventaja: como seres camino a la muerte, tienen a alguien susurrándoles en el oído que todo es efímero. El susurrador es la muerte, la consejera infali­ble, la única que nunca te va a mentir.




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