Ir al Índice el lado activo del infinito carlos Castaneda



Descargar 0,99 Mb.
Página3/13
Fecha de conversión23.05.2017
Tamaño0,99 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13
EL INTENTO DEL INFINITO
‑Quiero que pienses muy deliberadamente acerca de cada detalle de lo sucedido entre tú y esos dos hom­bres, Jorge Campos y Lucas Coronado ‑me dijo don Juan-, los que en verdad te entregaron a mí, y que lue­go me cuentes todo.

Encontré su pedido muy difícil de cumplir, y sin em­bargo disfrutaba recordando todo lo que esos dos me habían dicho. Él quería todos los detalles posibles, algo que me forzaba a ejercitar mi memoria hasta el límite.

La historia que don Juan quería que recordara em­pezó en la ciudad de Guaymas, en Sonora, México. En Yuma, Arizona, me habían sido facilitados los nombres y las direcciones de algunas personas que, según me ha­bían dicho, podrían aclarar algo del misterio que rodea­ba al viejo que había conocido en la estación de autobu­ses. La gente que fui a ver no solamente no conocía a ningún chamán jubilado, sino dudaba de que tal hom­bre existiera. Estaban hasta los topes de cuentos aterra­dores de los chamanes yaquis y del ánimo agresivo de los yaquis. Insinuaron que en Vicam, un pueblo de esta­ción de ferrocarril entre las ciudades de Guaymas y Ciudad Obregón, posiblemente encontraría alguien que pudiera señalarme la dirección correcta.

‑¿Hay alguien en particular que debo buscar? ‑pregunté.

‑Lo mejor sería hablar con un inspector de campo del banco oficial del gobierno ‑sugirió uno de los hombres‑. El banco tiene muchos. Conocen bien a to­dos los indios de estos contornos porque el banco es la institución del gobierno que les compra las cosechas, y todos los yaquis son granjeros, propietarios de una par­cela de tierra que pueden reclamar como suya con tal de que la cultiven.

‑¿Conoce a alguno de los inspectores? ‑pregunté.

Se miraron uno al otro y me dieron una sonrisa de disculpa. No conocían a nadie, pero aconsejaban que me acercara a uno de ellos y le explicara lo que andaba buscando.

En la estación de Vicam, mi tentativa de establecer contacto con uno de los inspectores de campo del go­bierno fue un desastre total. Conocí a tres y cuando les dije lo que quería, cada uno de ellos me miró con un aire de desconfianza. De inmediato, sospecharon que era yo un espía enviado por los yanquis para causarles proble­mas que no podían claramente definir, pero acerca de los cuales hicieron alocadas especulaciones, desde la agi­tación política hasta el espionaje industrial. Era la creen­cia de todos, sin base ninguna desde luego, que había depósitos de cobre en las tierras de los yaquis y que los yanquis querían apoderarse de ellos.

Después de esta resonante derrota, me refugié en la ciudad de Guaymas, llegando a un hotel muy cerca de un fabuloso restaurante. Iba allí tres veces al día. La co­mida era estupenda. Me encantó tanto que me quedé en Guaymas por más de una semana. Casi vivía en el res­taurante, y de esa manera llegué a tener mucho trato con el dueño, el señor Reyes.

Una tarde, mientras almorzaba, vino el señor Reyes a mi mesa con otro hombre a quien me presentó como Jorge Campos, yaqui de raza pura, un empresario‑inter­mediario que había vivido en Arizona de joven; me dijo que hablaba inglés perfectamente y que era más ameri­cano que cualquier americano. El señor Reyes lo elogió como un hombre excepcional, un verdadero ejemplo de lo que el trabajo y la dedicación pueden lograr.

El señor Reyes se retiró y Jorge Campos se sentó a mi lado, inmediatamente haciéndose cargo de todo. Fin­gió ser modesto, negando cualquier alabanza, pero era evidente que estaba en el cielo con lo que el señor Reyes había dicho de él.

A primera vista tuve la clara impresión de que Jorge Campos era un hombre de empresa de esos que uno en­cuentra en un bar o en las esquinas concurridas de las calles mayores, tratando de vender una idea o simple­mente tratando de encontrar el medio de convencer a al­guien de que le dé sus ahorros.

El señor Campos era muy bien parecido, medía alre­dedor de un metro ochenta de estatura y era delgado pero con una barriga alta, como la de un bebedor habi­tual de alcohol. Era muy moreno, un tanto verduzco, y llevaba blue jeans caros y botas de vaquero muy brillo­sas, puntiagudas y con talones de ángulo, como si nece­sitara enterrarlos en el suelo para no ser arrastrado por un buey enlazado.

Llevaba una camisa de cuadritos, gris e impecablemente planchada; en el bolsillo derecho tenía un protec­tor de plástico en el que guardaba una fila de bolígrafos. Había visto el mismo protector entre trabajadores de oficina que no querían mancharse la bolsa de la camisa de tinta. Su traje también incluía una chaqueta de gamu­za, color rojizo y de flecos, que parecía ser cara, y un sombrero de vaquero. Su cara redonda era inexpresiva. No tenía arrugas aunque parecía tener unos cincuenta años. Por alguna razón desconocida, sentía que era peli­groso.

‑Encantado de conocerlo, señor Campos ‑le dije en español, dándole la mano.

‑Dejémonos de formalidades ‑me respondió tam­bién en español, apretándome la mano vigorosamente­-. Me gusta tratar a la gente joven como iguales, a pesar de la diferencia en edad. Llámeme Jorge.

Se calló por un momento, indudablemente midiendo mi reacción. Yo no sabía qué decir. Ciertamente no que­ría llevarle la corriente, pero tampoco quería tomarlo en serio.

‑Tengo curiosidad de saber qué hace en Guaymas ‑me dijo como al descuido‑. No parece ser turista, y no creo que le interese la pesca de alta mar.

‑Soy estudiante de antropología ‑le dije‑. Y quie­ro establecer mis credenciales con los indios locales para poder hacer una investigación de campo.

‑Y yo soy hombre de negocios ‑me dijo‑. Mi ne­gocio es facilitar información, ser el intermediario. Usted necesita algo, yo se lo consigo. Cobro por mis servicios. Sin embargo, están garantizados. Si no está satisfecho, no tiene que pagarme.

‑Si su negocio es facilitar información ‑le dije‑, con gusto le pagaré lo que pida.

‑Ah ‑exclamó‑, seguramente necesita un guía, alguien con más educación que la mayoría de los indios de por aquí. ¿Tiene una beca del gobierno norteameri­cano o de alguna otra institución?

‑Sí ‑mentí‑. Tengo una beca de la Fundación Eso­térica de Los Ángeles.

Al decir eso, de veras le vi una ráfaga de codicia en los ojos.

‑¡Ah! ‑volvió a exclamar‑. ¿Qué tan grande es esa institución?

‑Bastante grande ‑dije.

‑¡Bueno! ¿De veras? ‑dijo como si mis palabras fueran la explicación que deseaba oír‑. Y si me permi­te, ¿de cuánto es su beca? ¿Cuánto dinero le otorgaron?

‑Unos cuantos miles de dólares para hacer el traba­jo de campo preliminar ‑mentí de nuevo, para ver lo que decía.

‑¡Ah! Me gusta la gente directa ‑dijo saboreando sus palabras‑. Estoy seguro de que usted y yo vamos a llegar a un acuerdo. Yo le ofrezco mis servicios como guía y como llave que va a abrir muchas puertas secretas entre los yaquis. Como puede ver por mi apariencia, soy un hombre de gusto y de medios.

‑Oh sí, por supuesto, se ve que es usted un hombre de gusto ‑le aseguré.

‑Lo que le estoy diciendo ‑me dijo‑, es que por un precio modesto, que va a encontrar muy razonable, yo voy a llevarlo con la gente debida a quien podrá hacer las preguntas que quiera. Y por un poquito más, le voy a traducir lo que le digan, palabra por palabra, al es­pañol o al inglés. También hablo francés y alemán, pero no creo que esas lenguas le interesen.

‑Tiene mucha razón, muchísima razón ‑dije‑. Esas lenguas no me interesan en lo más mínimo. ¿Pero cuáles son sus honorarios?

‑¡Ah! Mis honorarios ‑dijo, y sacó un cuaderno cubierto de piel del bolsillo del pantalón y lo abrió delan­te de mi cara; hizo unos garabatos rápidos, lo cerró nue­vamente y lo volvió a meter al bolsillo con precisión y ra­pidez. Estaba seguro de que quería darme la impresión de ser eficaz y rápido en la cálculo de cifras‑. Le voy a cobrar cincuenta dólares al día ‑dijo‑, con transporte incluido, pero le cobro mis comidas aparte. Lo que quie­ro decir es que cuando usted come también como yo. ¿Qué dice?

En ese momento, se inclinó sobre mí y casi susu­rrando, dijo que debiéramos cambiar al inglés porque no quería que otros se enteraran de nuestros tratos. Em­pezó a hablarme en algo que para nada era inglés. Yo es­taba perdido. No sabía cómo responder. Empecé a sen­tirme nervioso mientras él farfullaba de la manera más natural. No estaba nada perturbado. Gesticulaba, mo­viendo la manos de manera muy animada y haciendo se­ñas con el dedo como si estuviera dándome instruccio­nes. No tenía la impresión de que me hablaba en lenguas desconocidas; más bien pensé que estaba hablando en yaqui.

Cuando pasaron algunas personas por la mesa y nos miraron, yo asentí con la cabeza y le dije a Jorge Cam­pos: «Sí, sí, claro». En un momento le dije: «Dígalo de nuevo», y me pareció tan ocurrente que me eché una carcajada. Él también se rió como si hubiera dicho lo más ocurrente posible.

Debe de haber notado que yo estaba casi perdiendo los estribos, y antes de que me levantara para decirle que se hiciera humo, empezó de nuevo a hablar en español.

‑No quiero cansarlo con mis ridículas observaciones ‑dijo‑. Pero si voy a servirle de guía, vamos a pasar largas horas charlando. Le estaba haciendo una prueba hace un momento, para tener idea de que tan buen conversador es usted. Si voy a andar con usted en coche, necesito alguien que sea buen iniciador y buen receptor. Veo que usted es ambas cosas.

Entonces se levantó, me dio la mano y se fue. Como por seña convenida, el dueño se acercó a mi mesa, son­riendo y moviendo la cabeza de lado a lado como un pe­queño oso.

‑¿Verdad que es un tipo fabuloso? ‑me preguntó.

No quise comprometerme con una opinión, y el se­ñor Reyes espontáneamente dijo que Jorge Campos an­daba en aquel momento como intermediario en unos trámites muy delicados y de gran provecho. Dijo que unas empresas mineras de los Estados Unidos estaban interesadas en los depósitos de hierro y cobre que perte­necían a los yaquis, y que Jorge Campos estaba involu­crado y en espera de recibir un pago de cinco millones de dólares. Supe entonces que Jorge Campos era un es­tafador. No existían depósitos de cobre o hierro en las tierras yaquis. Si hubiera habido algo, las empresas pri­vadas ya les hubieran quitado las tierras a los yaquis y los hubieran movido a otra parte.

‑Fabuloso ‑dije‑. El tipo más maravilloso que ja­más he conocido. ¿Cómo puedo contactarlo de nuevo?

‑No se preocupe ‑dijo el señor Reyes‑. Jorge quería saber todo acerca de usted. Lo ha estado obser­vando desde que llegó. Lo más probable es que le venga a tocar a la puerta hoy más tarde, o mañana.

El señor Reyes tenía razón. Unas dos horas después, alguien me despertó de mi siesta. Era Jorge Campos. Yo tenía proyectado salir de Guaymas al oscurecer y manejar toda la noche hasta California. Le expliqué que me iba y que regresaba dentro de un mes.

‑¡Ah! Pero tiene que quedarse porque he decidido ser su guía ‑me dijo.

‑Lo siento, pero tendremos que esperar porque mi tiempo es muy limitado ‑le repliqué.

Sabía que Jorge Campos era un embustero, pero a la vez decidí revelarle que ya tenía un informante que esta­ba esperando trabajar conmigo, y que lo había conocido en Arizona. Describí al anciano y dije que se llamaba Juan Matus, y que otras personas lo habían caracteriza­do como chamán. Jorge Campos me miró con una gran sonrisa. Le pregunté si conocía al viejo.

‑Ah, claro que lo conozco ‑dijo jovialmente‑. Se pudiera decir que somos buenos amigos. Sin esperar a que lo invitara, Jorge Campos entró en mi habitación y se sentó a la mesa justo en frente del balcón.

‑¿Vive el viejo por aquí? ‑pregunté.

‑Claro que sí ‑me afirmó.

‑¿Me puede llevar con él?

‑No veo por qué no ‑dijo‑. Necesitaría un par de días para hacer mis indagaciones, es decir, para asegu­rar que anda por aquí, y luego iremos a verlo.

Sabía que me estaba mintiendo, y a la vez no lo que­ría creer. Hasta llegué a pensar que mi desconfianza ini­cial no tenía base. Tan convincente se mostraba.

‑Sin embargo ‑continuó‑, para poder ir a ver este hombre voy a tener que cobrarle un anticipo. Mi honorario va a ser de doscientos dólares.

Era más de lo que tenía a la mano. Le rehusé la ofer­ta cortésmente y le dije que no llevaba bastante dinero.

‑No quiero que piense que mi interés es puramente material ‑dijo con su sonrisa ganadora‑, ¿pero cuánto puede gastar? Tiene que tomar en consideración qué voy a tener que pagar algunas mordidas. Los yaquis son muy guardados, pero siempre hay maneras; hay puertas que siempre se abren con una llave mágica: el dinero.

A pesar de mi recelo, estaba convencido de que Jorge Campos era no sólo mi vía de entrada al mundo yaqui, sino el medio de encontrar al viejo que me tenía tan in­trigado. No quería regatear. Hasta me dio pena ofrecer­le los cincuenta dólares que llevaba en el bolsillo.

‑Estoy al final de mi estancia ‑le dije como discul­pa‑, así es que casi se me ha acabado el dinero. Sólo traigo cincuenta dólares.

Jorge Campos extendió sus largas piernas debajo de la mesa y cruzó los brazos detrás de la cabeza, inclinan­do el sombrero sobre la cara.

‑Le acepto los cincuenta dólares y su reloj ‑me dijo desvergonzadamente‑. Pero por ese dinero, lo lle­vo a conocer a un chamán menor. No se impaciente ‑me advirtió como si fuera yo a protestar‑. Tenemos que subir grados por la escalera desde los de menor ran­go hasta el hombre mismo, que le aseguro está en la mera cima.

‑¿Y cuándo podré conocer a este chamán menor? ‑pregunté, dándole el dinero y mi reloj.

‑¡Ahora mismo! ‑contestó, sentándose y ávida­mente tomando el dinero y el reloj‑. ¡Vámonos, no hay tiempo que perder!

Nos subimos a mi coche y me dijo que me fuera ha­cia el pueblo de Potam, uno de los pueblos tradicionales yaquis que quedan por el Río Yaqui. En el camino, me reveló que íbamos a conocer a Lucas Coronado, un hombre conocido por sus hazañas chamánicas, sus trances chamanes y por las magníficas máscaras que hacía para los festivales de Pascua Florida yaqui.

Luego desvió la conversación al viejo y lo que dijo contradecía del todo lo que los otros me habían dicho. Mientras otros lo habían descrito como ermitaño y cha­mán jubilado, Jorge Campos lo describió como el cu­randero y brujo más famoso de la región, un hombre cuya fama lo había vuelto casi inaccesible. Hizo una pausa como un actor, y luego lanzó su golpe: me dijo que hablarle a este hombre en forma continua como lo desean los antropólogos iba a costarme por lo menos dos mil dólares.

Iba a protestar el enorme aumento de precio, pero se me adelantó.

‑Por doscientos dólares, lo puedo llevar con él ‑dijo‑. De esos doscientos dólares, gano yo unos treinta. Lo demás se va en mordidas. Pero le va a costar más hablar con él largamente. Usted mismo haga la cuenta. Tiene guardaespaldas, gente que lo protege. Tengo que ganármelos, y aparecer con el dinero necesa­rio para ellos.

»Al terminar ‑continuó‑, le entregaré un total con recibos y todo para sus impuestos. Y verá usted que la co­misión que cobro para hacer los arreglos es mínima.

Sentí profunda admiración por él. Tenía conciencia de todo, hasta de los recibos para los impuestos. Se que­dó callado por un rato como si estuviera haciendo cál­culos de su ganancia mínima. Yo no tenía nada que de­cir. Estaba haciendo mis propios cálculos, tratando de pensar de dónde iba a sacar dos mil dólares. Hasta pensé en solicitar una beca.

‑¿Pero está seguro de que este anciano me va a reci­bir? ‑pregunté.

‑Claro ‑me aseguró‑. No sólo lo va a recibir, va a practicar brujería para usted por lo que le está pagando. Entonces, usted mismo hará sus arreglos con él sobre el costo de futuras lecciones.

Jorge Campos se calló de nuevo durante un rato, es­cudriñándome.

‑¿Cree que me pueda pagar los dos mil dólares? ‑me dijo con un tono de indiferencia tan marcado que de inmediato supe que era un embuste.

‑Oh, claro, eso está dentro de mis posibilidades ‑le mentí para apaciguarlo.

No podía disimular su alegría.

‑¡Vaya, qué chavo! ‑aclamó‑. ¡Vamos a divertir­nos de lo lindo!

Traté de inquirir más acerca del viejo; me paró abrup­tamente.

‑Guarda las preguntas para el viejo mismo. Va a es­tar en tus manos ‑me dijo sonriendo.

Empezó a contarme de su vida en los Estados Uni­dos y de sus ambiciones de hacer negocios y para mi to­tal asombro, ya que lo había clasificado como un farsan­te que no hablaba ni gota de inglés, cambió al inglés.

‑¡Pero si habla inglés! ‑exclamé, sin pensar en di­simular mi asombro.

‑Claro, joven ‑dijo, afectando un acento tejano que mantuvo durante toda la conversación‑. Le dije que lo estaba poniendo a prueba, para ver si era listo. Lo es. De hecho, es bastante listo, a mi parecer.

Su dominio del inglés era magnífico y estaba yo encan­tado con sus chistes y cuentos. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en Potam. Me dirigió a una casa en las afueras del pueblo. Nos bajamos del coche. Él caminó delante, lla­mando a Lucas Coronado en voz alta, en español.

Oímos una voz que venía desde el fondo de la casa, que decía, también en español: «Vengan por acá”.

Había un hombre detrás de una choza, sentado en el suelo sobre la piel de una cabra. Tenía entre los pies un pedazo de madera que estaba labrando con cincel y mazo. Al sostener el pedazo de madera rígido con la presión de los pies, había creado, por así decir, un estu­pendo torno de alfarero. Con los pies daba vueltas a la pieza mientras que con las manos trabajaba el cincel. Nunca había visto algo parecido. Estaba haciendo una máscara, ahuecándola con un cincel curvado. El domi­nio de sus pies al sostener la madera y dar la vuelta era notable.

El hombre era muy delgado; tenía una cara angular, con pómulos altos y una tez morena color cobre. La piel de la cara y del cuello parecían haberse estirado al máxi­mo. Su bigote lacio le daba a esa cara angular una mirada malévola. Tenía una nariz aguileña de puente muy fino y unos ojos negros feroces. Sus cejas negrísimas parecían pintadas, como también su pelo negro peinado desde la frente hacia atrás. Nunca había visto una cara más hos­til. La imagen que me vino a la mente al mirarlo era la de un envenenador italiano de la edad de los Médicis. Las palabras «truculento» y «saturnino» parecían ser las descripciones más acertadas al enfocar mi atención so­bre la cara de Lucas Coronado.

Noté que al estar sentado sobre el suelo sosteniendo el pedazo de madera entre los pies, los huesos de sus piernas eran tan largos que las rodillas estaban a la par con los hombros. Cuando nos acercamos, dejó de traba­jar y se puso de pie. Era más alto que Jorge Campos y flaquísimo. Como gesto de consideración a nosotros, supongo, se puso los guaraches.

‑Pasen, pasen ‑dijo sin sonreír.

Tuve el pensamiento de que Lucas Coronado no sa­bía sonreír.

‑¿A qué debo el placer de esta visita? ‑le preguntó a Jorge Campos.

‑Traigo a este joven porque quiere hacerle pregun­tas acerca de su arte ‑dijo Jorge Campos en un tono bastante condescendiente‑. Le aseguré que le contesta­ría usted verídicamente a todas sus preguntas.

‑Oh, eso no es ningún problema, ningún problema ‑afirmó Lucas Coronado, mirándome de arriba abajo con su mirada fría.

Cambió de idioma a lo que supuse era yaqui. Los dos, él y Jorge Campos se lanzaron a conversar anima­damente por un rato. Los dos me ignoraron por com­pleto. Luego Jorge Campos se volvió hacia mí.

‑Tenemos un pequeño problema ‑me dijo‑. Lu­cas acaba de informarme que está bastante ocupado por­que se le vienen encima las fiestas, así es que no va a po­der responder a todas sus preguntas, pero lo hará en otro momento.

‑Desde luego, claro ‑me dijo Lucas Coronado en español‑. En otro momento, por supuesto; en otro momento.

‑Tenemos que acortar la visita ‑dijo Jorge Cam­pos‑, pero lo vuelvo a traer.

Al salir, me sentí con ganas de expresarle a Lucas Coronado mi admiración por su estupenda técnica de utilizar las manos y los pies. Me miró como si estuviera loco, abriendo los ojos con sorpresa.

‑¿Nunca ha visto a alguien hacer una máscara? ‑me siseó entre dientes‑. ¿De dónde viene? ¿De Marte?

Me sentí un imbécil. Traté de explicarle que su técnica de trabajo me era nueva. Parecía a punto de darme un golpe en la cabeza. Jorge Campos me dijo en inglés que había ofendido a Lucas Coronado con mis comentarios. Había entendido mi adulación como una burla velada a su pobreza; mis palabras eran para él un pronuncia­miento irónico sobre su pobreza y su desamparo.

‑¡Pero es lo opuesto! ‑dije‑. Me parece magní­fico.

‑No intente decirle nada parecido ‑me contestó bruscamente Jorge Campos‑. Esta gente está prepara­da a recibir y dar insultos de la manera más velada. A él le parece extraño que usted lo desprecie sin conocerlo y que se burle del hecho de que no tiene dinero para com­prar un tornillo de banco para sostener su escultura.

Me sentía totalmente perdido. Lo menos que quería hacer era fastidiar mi único contacto posible. Jorge Cam­pos parecía ser perfectamente consciente de mi con­fusión.

‑Cómprele una de sus máscaras ‑me aconsejó.

Le dije que pensaba irme a Los Ángeles sin parar y que tenía justo el dinero para comprar gasolina y comida.

‑Bueno, déle su chaqueta de piel ‑me dijo como si nada, y a la vez en tono confidencial, de ayuda‑. De otra manera lo va a enojar, y todo lo que va a recordar de usted son sus insultos. Pero no le diga que sus máscaras son hermosas. Simplemente compre una.

Cuando le dije a Lucas Coronado que quería cam­biarle una chaqueta de piel por una de sus máscaras, me correspondió con una sonrisa de satisfacción. Tomó la chaqueta y se la puso. Caminó hacia su casa, pero antes de entrar hizo unos giros extraños. Se arrodilló ante al­go así como un altar religioso y movió sus brazos, como estrechándolos, y frotó sus manos sobre los lados de la chaqueta.

Entró en la casa, y volvió con un bulto envuelto en periódicos, que me entregó. Quise hacerle unas pregun­tas. Se disculpó, diciendo que tenía que trabajar, pero añadió que podía regresar cuando quisiera.

De vuelta hacia la ciudad de Guaymas, Jorge Cam­pos me pidió que abriera el bulto. Quería asegurarse de que Lucas Coronado no me hubiera estafado. No me interesaba abrirlo, lo que me importaba era la posibili­dad de regresar por mi cuenta para hablar con Lucas Coronado. Estaba feliz.

‑Tengo que ver lo que tiene ‑insistió Jorge Cam­pos‑. Deténgase por favor. Bajo ninguna condición ni por razón alguna, quiero poner en peligro a mis clientes. Usted me pagó para que le rindiera servicios. Este hom­bre es un chamán genuino, y como resultado, peligroso. Como lo ofendió, puede haberle dado un bulto de he­chizo. Si ése es el caso, tenemos que enterrarlo cuanto antes en esta región.

Sentí una ola de náusea y paré el coche. Con muchí­simo cuidado, saqué el bulto. Jorge Campos me lo arre­bató de las manos y lo abrió. Contenía tres máscaras tradicionales yaquis de hermosísima hechura. Jorge Campos mencionó de paso, desinteresadamente, que sería justo que le diera una. Yo pensé que, como toda­vía no me había llevado con el viejo, debía mantener mi contacto con él. Le regalé una de las máscaras con gusto.

‑Si me deja escoger, preferiría esa otra ‑me dijo, señalando.

Le dije que cómo no. Las máscaras no tenían ninguna importancia para mí; ya había conseguido lo que quería.

Hasta le hubiera regalado las otras dos, pero quería mos­trárselas a mis amigos antropólogos.

‑Estas máscaras no son nada extraordinario ‑de­claró Jorge Campos‑. Se pueden comprar en cualquier tienda del pueblo. Se las venden a los turistas.

Yo había visto las máscaras yaquis que se vendían en el pueblo. Eran muy rudimentarias en comparación con las que tenía, y Jorge Campos había en verdad escogido la mejor.

Lo dejé en la ciudad y me dirigí hacia Los Ángeles. Antes de despedirme, me recordó que casi le debía dos mil dólares porque iba a empezar con sus mordidas y con el plan de llevarme a conocer al gran hombre.

‑¿Cree que puede darme mis dos mil dólares a su regreso? ‑me preguntó atrevidamente.

La pregunta me puso en una situación terrible. Creía que si le decía la verdad, que lo dudaba, él me volvería la espalda. Estaba convencido de que, a pesar de su paten­te codicia, él era mi acomodador.

‑Haré lo posible para traerle el dinero ‑dije en un tono evasivo.

‑Eso no es suficiente, muchacho ‑me contestó enérgicamente, casi enfadado‑. Voy a andar gastando mi propio dinero, haciendo arreglos para el encuentro, y necesito seguridad de su parte. Yo sé que es un joven serio. ¿Qué valor tiene su coche? ¿Tiene en sus manos los documentos de propiedad?

Le dije el valor de mi coche y que sí poseía los docu­mentos de propiedad, pero solamente pareció estar sa­tisfecho cuando le di mi palabra de que le iba a traer el dinero en efectivo en mi próxima visita.

Cinco meses después regresé a Guaymas para ver a Jorge Campos. En aquel tiempo, dos mil dólares era mu­chísimo dinero, sobre todo para un estudiante. Pensé que quizá podría aceptar el pago en plazos, en cuyo caso yo estaría más que dispuesto a pagar.

No lo encontré por ninguna parte. Le pregunté al dueño del restaurante. Estaba tan desconcertado como yo por su desaparición.

‑Simplemente se desvaneció ‑dijo-. Seguramen­te regresó a Arizona o a Texas donde tiene negocios.

Me tomé el atrevimiento de ir a ver a Lucas Corona­do yo mismo. Llegué a su casa como al mediodía. Tam­poco lo encontré. Les pregunté a sus vecinos si sabían dónde pudiera estar. Me miraron hostilmente y ni si­quiera me contestaron. Me fui, pero regresé a su casa otra vez ya entrada la tarde. No esperaba nada. De he­cho, estaba preparado para regresarme inmediatamente a Los Ángeles. Para mi gran sorpresa, Lucas Coronado no sólo estaba allí, sino que me recibió muy amablemen­te. De manera franca, me expresó su aprobación al ver que había venido sin Jorge Campos, quien según él era un verdadero culo. Se quejó de que Jorge Campos, a quien se refirió como un yaqui renegado que gozaba de explotar a sus compañeros yaqui.

Le entregué a Lucas Coronado unos regalos que le había traído y le compré tres máscaras, un bastón exqui­sitamente labrado, y un par de polainas de cascabel he­chas de los capullos de unos insectos del desierto, polai­nas que utilizaban los yaquis en sus danzas tradicionales. Luego lo llevé a Guaymas a cenar.

Lo vi todos los días durante los cinco días que per­manecí en el área, y me facilitó infinita información so­bre los yaquis: su historia, su organización social y el sentido y la naturaleza de sus festividades. Estaba go­zando tanto haciendo mi trabajo de campo que hasta me sentí cohibido de preguntarle sobre el viejo chamán. So­breponiéndome a mis dudas, finalmente le pregunté a Lucas Coronado si conocía al viejo que Jorge Campos me había asegurado era un conocido chamán. Lucas Coronado parecía estar perplejo. Me afirmó que hasta donde él sabía tal hombre no existía en esa región, y que Jorge Campos era un estafador que sólo quería robarme mi dinero.

Al oír a Lucas Coronado negar la existencia de ese viejo, se me vino encima algo terrible. En un instante, se me hizo evidente que no me importaba un pepino el tra­bajo de campo. Lo único que me importaba era encon­trar a ese viejo. Supe entonces que el conocer al viejo chamán había sido indudablemente la culminación de algo que nada tenía que ver con mis deseos, mis ambi­ciones o hasta mis pensamientos como antropólogo.

Me inquietaba más que nunca saber quién diablos era ese viejo. Sin ninguna inhibición, empecé a desvariar y a gritar de frustración. Di de patadas sobre el piso. Lu­cas Coronado se asombró al verme. Primero me miró, confuso, y luego empezó a reír. Me disculpé con él por mi arranque de enojo y frustración. No podía explicar por qué estaba tan enfadado. Lucas Coronado aparente­mente comprendía mi situación.

‑Pasan cosas así por acá ‑dijo.

No tenía idea a qué se refería, ni le quería preguntar. Estaba mortalmente aterrado de la facilidad con que se ofendía. Una peculiaridad de los yaqui era la facilidad que poseían para sentirse ofendidos. Parecían siempre estar alertas, buscando insultos que fueran demasiado sutiles para ser percibidos por otros.

‑Hay seres mágicos que viven en las montañas en los alrededores ‑continuó‑, y actúan sobre la gente. Hacen que se vuelvan verdaderamente locos. Desvarían y divagan bajo su influencia, y cuando finalmente se tranquilizan, ya exhaustos, ni tienen idea de por qué se alocaron.

‑¿Cree usted que eso es lo que me pasó? ‑pregunté.

‑Claro ‑me dijo totalmente convencido‑. Usted está predispuesto a alocarse de lo que fuera, pero tam­bién es usted muy contenido. Hoy se le fue la cuerda. Se alocó por nada.

‑No es por nada ‑le afirmé‑. No lo supe hasta ahora, pero para mí ese viejo es el impulso de todos mis esfuerzos.

Lucas Coronado se quedó callado, como si pensara profundamente. Entonces empezó a caminar de un lado a otro.

‑¿Sabe de algún viejo que vive por aquí, pero que no es en realidad de aquí? ‑le pregunté.

No entendió mi pregunta. Tuve que explicarle que el viejo que había conocido era posiblemente, como Jorge Campos, un yaqui que vivía en otra parte. Lucas Coro­nado me explicó que el apellido «Matus» era bastante común en la región, pero que no conocía a ningún Ma­tus con nombre de pila «Juan». Parecía desanimado. De pronto, le vino un momento de iluminación y dijo que al ser un hombre viejo, podría tener otro nombre, y que era muy probable que me hubiera dado un nombre de trabajo y no su verdadero nombre.

‑El único viejo que conozco ‑siguió‑ es el padre de Ignacio Flores. Viene a ver a su hijo de cuando en cuando, pero viene de la Ciudad de México. Y se me ocurre que aunque es el padre de Ignacio, no parece estar tan viejo. Pero es viejo. Ignacio también es viejo. Pero el padre parece más joven.

Se rió al percatarse de lo que había dicho. Aparente­mente, nunca había pensado que el viejo era joven hasta ese momento. Seguía moviendo la cabeza como si no lo creyera. Yo, por otra parte, estaba eufórico.

‑¡Es él! ‑grité, sin saber por qué.

Lucas Coronado no sabía dónde vivía Ignacio Flores, pero muy amablemente me dirigió a que manejara hasta un pueblo yaqui cercano, donde encontró al hombre.

Ignacio Flores era un hombre grande, corpulento, de unos sesenta y tantos años. Lucas Coronado me advir­tió que el hombrazo había hecho la carrera de soldado durante su juventud, y aún tenía el porte de un militar. Ignacio Flores tenía un enorme bigote; eso y la feroci­dad de sus ojos lo transformaba, para mí, en la personi­ficación de un soldado feroz. Era de tez oscura. El pelo todavía lo tenía negro azabache a pesar de sus años. Su voz ronca y fuerte parecía haber sido entrenada exclusi­vamente para dar órdenes. Tuve la impresión de que ha­bía sido soldado de caballería. Caminaba como si toda­vía trajera espuelas, y por alguna razón, imposible de comprender, oía espuelas cuando caminaba.

Lucas Coronado me presentó y le dijo que había ve­nido de Arizona a ver a su padre, a quien yo había cono­cido en Nogales. Ignacio Flores no se sorprendió para nada.

‑Oh, sí ‑dijo‑. Mi padre viaja muchísimo. Sin mayores preliminares, nos explicó dónde podríamos encontrar a su padre. No nos acompañó, yo pensé que por cortesía. Se disculpó y se alejó, marchando como si estuviera en un desfile.

Me preparé para ir a la casa del viejo con Lucas Coronado, pero declinó la invitación; quería que lo llevara de vuelta a su casa.

‑Creo que usted ya encontró al hombre que busca­ba, y siento que debe usted estar solo ‑dijo.

Me maravillé de lo extraordinariamente correctos que eran estos yaquis y a la vez, tan feroces. Me habían con­tado que los yaquis eran salvajes, que no tenían ningún escrúpulo en matar a alguien; pero en lo que a mí con­cernía, sus características más notables eran su cortesía y su consideración.

Manejé hasta la casa del padre de Ignacio Flores, y allí encontré al hombre que buscaba.

‑Me pregunto por qué mintió Jorge Campos, di­ciéndome que lo conocía ‑dije al final de mi relato.

‑No te mintió ‑dijo don Juan con la firmeza de al­guien que aprobaba la conducta de Jorge Campos‑. Ni siquiera falseó sus palabras. Te consideró un tonto y te iba a estafar. Sin embargo, no pudo llevar a cabo su plan porque el infinito lo venció. ¿Sabes que desapareció poco después de conocerte, y que nunca lo encontraron? Jorge Campos fue un personaje de mucho significado para ti ‑continuó‑. Encontrarás en lo que sucedió entre uste­des una especie de esquema que te servirá de guía, porque él es la representación de tu vida.

‑¿Porqué? ¡Yo no soy un estafador! ‑protesté.

Se rió como si supiera algo que yo no sabía. Al ins­tante, me encontré en medio de una extensa explicación acerca de mis acciones, mis ideales, mis expectativas. Sin embargo, un extraño pensamiento me exhortó a consi­derar, con el mismo fervor con el que me estaba justifi­cando, el hecho de que bajo ciertas circunstancias yo podría llegar a ser como Jorge Campos. Encontré ese pensamiento inadmisible, y utilicé toda mi energía dis­ponible para refutarlo. Sin embargo, en lo profundo de mí, no me interesaba disculparme si era como Jorge Campos.

Cuando di voz a mi dilema, don Juan se rió con tan­tas ganas que casi se ahogó varias veces.

‑Si yo fuera tú ‑me comentó‑, escucharía lo que me dice esa voz interior. ¡Qué importaría si fueras, como Jorge Campos, un estafador barato! Sí, era un es­tafador barato. Tú eres más complicado. Ése es el poder del recuento. Por eso lo utilizan los chamanes. Te pone en contacto con algo que ni siquiera sospechabas que existía en ti.

Quería marcharme al momento. Don Juan sabía exactamente lo que estaba sintiendo.

‑No escuches a esa voz superficial que te hace sen­tir rabia ‑me dijo con voz imponente‑. Escucha a esa voz más profunda que desde ahora en adelante te va a guiar, la voz qué se está riendo. ¡Escúchala! ¡Ríete! ¡Ríete!

Sus palabras fueron como una orden hipnótica para mí. Contra mi voluntad, empecé a reír. Nunca había es­tado tan feliz. Me sentí libre, desenmascarado.

‑Cuéntate la historia de Jorge Campos una y otra vez ‑dijo don Juan‑. Vas a encontrar incontables ri­quezas en ella. Cada detalle es parte de un mapa. Es par­te de la naturaleza del infinito, una vez que cruzamos cierto umbral, el poner delante de nosotros un esquema.

Me escudriñó un largo rato. No sólo me miró, sino que fijó la vista intensamente en mí.

‑Un hecho que Jorge Campos no pudo evitar ‑di­jo finalmente‑, fue el ponerte en contacto con el otro hombre, Lucas Coronado, que es tan significativo para ti como el mismo Jorge Campos, quizás aún más.

En el curso de recontar la historia de esos dos hom­bres, me había dado cuenta de que había pasado más tiempo con Lucas Coronado que con Jorge Campos; sin embargo, nuestros intercambios no habían sido tan in­tensos y habían estado marcados por enormes lagunas de silencio. Lucas Coronado no era por naturaleza un hombre locuaz y, por alguna extraña maniobra, cuando estaba silencioso lograba arrastrarme con él a ese estado.

‑Lucas Coronado es la otra parte de tu mapa‑dijo don Juan‑. ¿No encuentras raro que sea escultor, como tú, un artista super-sensible que, como tú en cierto mo­mento, buscaba alguien que patrocinara su arte? Busca­ba un benefactor, tal como tú buscabas una mujer aman­te de las artes que patrocinara tu creatividad.

Entré en otro estado de lucha aterradora. Esta vez mi lucha era entre la absoluta certeza de que nunca le había hablado de ese aspecto de mi vida, el hecho de que era verdad, y el hecho de que no podía dar con la expli­cación de cómo había obtenido esa información. Otra vez quise marcharme. Pero nuevamente el impulso fue vencido por una voz que venía de un lugar profundo. Sin ninguna ayuda de don Juan, empecé a reírme. A una parte de mí, a un nivel muy profundo, le importaba un pepino saber cómo don Juan había conseguido esa in­formación. El hecho que la poseía, y que la había utili­zado de manera tan delicada y a la vez tan confabulante, era una maniobra que daba gusto ver. No era de ninguna consecuencia que la parte superficial en mí se enojara y quisiera marcharse.

‑Muy bien -dijo don Juan dándome una palmadi­ta fuerte en la espalda‑, muy bien.

Se quedó pensativo por un momento como si acaso estuviera viendo cosas invisibles al ojo ordinario.

-Jorge Campos y Lucas Coronado son los dos ex­tremos de un eje ‑dijo‑. Ese eje eres tú: en un extremo, un mercenario despiadado, desvergonzado y burdo que se encarga sólo de sí mismo; horrendo pero indestructi­ble. En el otro extremo, un artista super‑sensible, ator­mentado, débil y vulnerable. Éste debería haber sido el mapa de tu vida, si no fuera por la aparición de otra posi­bilidad, la que se abrió cuando cruzaste el umbral del in­finito. Me buscaste y me encontraste; y entonces, cruzas­te el umbral. El intento del infinito me dijo que buscara a alguien como tú. Te encontré, cruzando también así el umbral.

Con eso terminó la conversación. Don Juan entró entonces en uno de sus largos períodos de silencio total que eran su costumbre. Fue sólo al final del día, cuando habíamos regresado a su casa y mientras estábamos sen­tados bajo la ramada, refrescándonos de la larga camina­ta que habíamos hecho, que rompió el silencio.

‑Al contar lo que pasó entre tú y Jorge Campos, y tú y Lucas Coronado ‑siguió don Juan‑ hallé, y espe­ro que tú también, un factor muy perturbador. Para mí es un augurio. Señala el final de una era, lo que signifi­ca que lo que está allí no puede quedarse. Elementos muy frágiles te trajeron hasta mí. Ninguno de ellos po­dría mantenerse por sí mismo. Eso es lo que saqué de tu cuento.

Recordé que don Juan me había revelado un día que Lucas Coronado estaba mortalmente enfermo. Tenía un estado de salud que lentamente lo consumía.

‑Le he mandado a decir a través de mi hijo, Igna­cio, lo que tiene que hacer para curarse ‑siguió don Juan‑, pero él cree que es una tontería y no quiere sa­ber nada. No es culpa de Lucas. La raza humana entera no quiere saber nada. Oyen solamente lo que quie­ren oír.

Me acordé que le había insistido a don Juan que me dijera qué podía decirle a Lucas Coronado para ayudar­lo a aliviar el dolor y la angustia mental. No sólo don Juan me lo dijo, sino que me advirtió que si Lucas Co­ronado lo quería, fácilmente podría sanarse él mismo. Sin embargo, cuando fui con el recado de don Juan, Lu­cas Coronado me miró como si estuviera loco. Luego pasó a hacer una brillante (y si hubiera sido yo yaqui horriblemente ofensiva) descripción de un hombre abu­rridísimo por la infundada insistencia de alguien. Pensé que sólo un yaqui podía ser tan sutil.

‑Esas cosas no me ayudan ‑dijo finalmente en tono desafiante, enojado por mi falta de sensatez‑. En verdad, no importa. Todos tenemos que morir. Pero no vayas a creer que he perdido toda esperanza. Voy a con­seguir dinero del banco del gobierno. Me van a dar di­nero por avanzado sobre mi cosecha y voy a conseguir suficiente para comprar algo que me va a sanar, ipso fac­to. Se llama Vi‑ta‑mi‑nol.

‑¿Qué es Vitaminol? ‑le había preguntado.

‑Es algo que anuncian por la radio ‑dijo con la inocencia de un niño‑. Cura todo. Se recomienda para personas que no comen diariamente carne, pescado o carne de ave. Se recomienda para personas como yo, que apenas podemos mantener juntos el cuerpo y el alma.

En mi avidez por ayudar a Lucas Coronado, cometí uno de los errores más graves imaginables en una socie­dad de gente tan hipersensible como los yaquis. Ofrecí darle el dinero para comprar su Vitaminol. Su fría mira­da me reveló a qué grado lo había herido. Mi error fue imperdonable. Muy calladamente, Lucas Coronado me dijo que tenía los recursos económicos para comprarse su propio Vitaminol.

Regresé a la casa de don Juan. Quería llorar. Mi avi­dez me había traicionado.

‑No gastes tu energía preocupándote por tales cosas ‑dijo don Juan fríamente‑. Lucas Coronado está preso dentro de un ciclo vicioso, pero también lo estás tú. Y lo están todos. Él tiene su Vitaminol, que confianzudamen­te cree que le va a sanar todo y resolver todos sus proble­mas. En este momento, no tiene con qué comprarlo, pero con el tiempo, tiene grandes esperanzas de poder hacer­lo. ‑Don Juan me escudriñó con sus ojos brillantes-. ­Te dije que los actos de Lucas Coronado eran el mapa de tu vida -dijo‑ Créemelo que lo son. Lucas Coronado te señaló el Vitaminol y lo hizo tan poderosa y dolorosa­mente, que te hirió y te hizo llorar.

Don Juan dejó de hablar. Fue una larga y muy eficaz pausa.

‑Y no me digas que no entiendes lo que te estoy di­ciendo ‑me dijo‑. De una manera u otra, todos tene­mos nuestra propia versión de Vitaminol.

¿




1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2019
enviar mensaje

    Página principal