Ir al Índice el lado activo del infinito carlos Castaneda



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EL VIAJE DE REGRESO
Tenía vaga conciencia del fuerte ruido de un motor que parecía correr una carrera estacionado. Pensé que los empleados del estacionamiento que estaba detrás del edificio de mi despacho/apartamento estaban compo­niendo un auto. El ruido se hizo tan intenso que final­mente me despertó por completo. Los maldije en silen­cio, por hacer sus composturas debajo de mi ventana. Tenía calor, cansancio, y estaba sudando. Me senté en la orilla de mi cama, y sentí los calambres más dolorosos en las pantorrillas. Me masajeé por un momento. Esta­ban tan contraídas que temía que el resultado serían unos horrendos moretones. Automáticamente, me dirigí al baño a buscar ungüento. No podía caminar. Estaba mareado. Me caí, algo que nunca me había sucedido ante­riormente. Cuando recuperé un mínimo de control, me di cuenta de que ya no me preocupaban los calambres. Siempre había estado al borde de ser hipocondríaco. Un dolor como el que sentía en las pantorrillas usualmente re­sultaba en un estado caótico de ansias.

Me acerqué a la ventana para cerrarla, aunque ya no oía el ruido. Me di cuenta de que estaba cerrada con llave y de que afuera estaba oscuro. ¡Era de noche! El cuar­to estaba cerrado. Abrí las ventanas. No podía com­prender por qué las había cerrado. El aire de la noche estaba fresco. El estacionamiento estaba vacío. Se me ocurrió que el ruido había venido de algún coche que aceleraba en el callejón entre el estacionamiento y mi edificio. Dejé de pensar en ello y regresé a mi cama para dormirme. Me acosté a través de la cama, los pies en el suelo. Quería dormirme así para ayudar a la circulación en las pantorrillas que estaban tan doloridas, pero no es­taba seguro si sería mejor tenerlas hacia abajo o quizás levantarlas sobre una almohada.

Empezaba a descansar cómodamente y a dormirme de nuevo, cuando me vino un pensamiento con tanta fuer­za que me puse de pie de un simple movimiento. ¡Había saltado a un abismo en México! En seguida, llegué a una deducción casi lógica. Como había saltado al abismo de­liberadamente para morir, tenía que ser un fantasma. Qué extraño, pensé, que regresara como fantasma a mi despacho/apartamento en la esquina de Westwood y Wilshire en Los Ángeles después de muerto. Con razón mis sentimientos no eran los mismos. Pero si era fantas­ma, razoné, ¿por qué sentía la ráfaga de aire fresco en la cara, o el dolor en las pantorrillas?

Toqué las sábanas de la cama; eran reales. También el armazón de hierro. Entré en el baño. Me miré al espejo. Mi semblante sí podía ser de fantasma. Me veía como el mismo demonio. Tenía los ojos hundidos, con círculos negros alrededor. Estaba deshidratado, o muerto. En una reacción automática, bebí agua directamente de la llave. La tragué. Tomé trago tras trago, como si no hu­biera tomado agua durante días. Sentí mis profundas in­halaciones. ¡Estaba vivo! ¡Por Dios, estaba vivo! Lo sabía sin la menor duda, pero no estaba rebosante de gus­to como debiera haber estado.

Un pensamiento raro cruzó mi mente: había muerto y revivido antes. Estaba acostumbrado a eso; no signifi­caba nada para mí. La intensidad del pensamiento, sin embargo, lo hizo un cuasi‑recuerdo. Era un cuasi‑re­cuerdo que no se originaba en las situaciones en que mi vida había estado en peligro. Era algo muy distinto. Era, más bien, el conocimiento nebuloso de algo que nunca había sucedido y que no tenía razón ninguna de estar en mis pensamientos.

No había duda ninguna en mi mente que había salta­do al abismo en México. Estaba ahora en mi apartamen­to en Los Ángeles a una distancia de cuatro mil kilóme­tros de donde había saltado, sin recuerdo alguno de cómo había regresado. De manera automática, llené la tina de agua y me senté. No sentía el calor del agua; tenía los huesos helados. Don Juan me había enseñado que en momentos de crisis como éste, debía usar el agua co­rriente como factor purificante. Me acordé y me metí bajo la ducha. Dejé que el agua caliente corriera por todo mi cuerpo durante una hora.

Quería pensar racional y tranquilamente acerca de lo que me pasaba, pero no podía. Los pensamientos pare­cían haberse borrado de mi mente. Estaba sin pensa­mientos, y a la vez lleno hasta más no poder de sensacio­nes que me sobrevenían y que era incapaz de examinar. Todo lo que podía hacer era sentir sus golpes y dejar que pasaran por mí. La única elección conciente que hice fue vestirme y salir. Me fui a desayunar, algo que siempre hacía a cualquier hora del día o de la noche, en el restau­rante Ships, que quedaba sobre Wilshire, a una cuadra de mi despacho/apartamento.

Había caminado tantas veces desde mi despacho a Ships que me sabía cada paso del camino. Esa misma ca­minata, esta vez fue una novedad. No sentía mis pasos. Era como si hubiera un cojín debajo de mí o como si la banqueta estuviera alfombrada. Casi me deslizaba. Me encontré de pronto en la puerta del restaurante después de lo que pensé que habían sido dos o tres pasos. Sabía que podía tragar alimentación porque había tomado agua en mi apartamento. También sabía que podía ha­blar porque me había limpiado la garganta y maldicho mientras corría el agua sobre mí. Entré en el restaurante como siempre. Me senté a la barra y la mesera que me conocía se me acercó.

‑Te ves malísimo hoy, corazón ‑me dijo‑. ¿Estás con gripe?

‑No ‑le contesté, aparentando estar de buen hu­mor‑. He estado trabajando demasiado. Estuve des­pierto durante veinticuatro horas escribiendo un ensayo para una clase. A propósito, ¿qué día es hoy?

Miró su reloj y me dio la fecha, explicándome que tenía un reloj especial con calendario, un regalo de su hija. También me dio la hora: 3.15 a.m.

Pedí huevos con biftec, papas y pan blanco tostado con mantequilla. Cuando se alejó a traerme el pedido, otra ola de horror me sobrevino. ¿Era una ilusión el ha­ber saltado al abismo en México al anochecer del día an­terior? Pero aunque el salto hubiera sido simplemente una ilusión, ¿cómo era que había regresado a Los Ánge­les desde un lugar tan remoto sólo diez horas después? ¿Había dormido durante diez horas? ¿O era, que me había tomado diez horas para volar, deslizar, flotar o lo que fuera a Los Ángeles? El haber viajado a Los Ángeles por vías normales desde el lugar donde había saltado al abismo no era posible porque tomaba dos días de viaje para llegar a la Ciudad de México desde el lugar donde había saltado.

Otro pensamiento extraño me sobrevino. Tenía la misma calidad de mi cuasi‑recuerdo de haber muerto y revivido antes, y la misma calidad de serme totalmente ajeno. Mi continuidad estaba ahora rota sin posibilidad de repararse. En verdad había muerto de una forma u otra en el fondo de aquel barranco. Era imposible com­prender el hecho de estar vivo y desayunando en Ships. Era imposible mirar hacia atrás a mi pasado y ver la lí­nea ininterrumpida de sucesos continuos que todos ve­mos cuando echamos la vista hacia el pasado.

La única explicación a mi alcance era que había se­guido las órdenes de don Juan. Había movido mi punto de encaje a una posición que me previno la muerte, y desde el silencio interno, había hecho el viaje de regreso a Los Ángeles. No había otra base en la que me pudiera apoyar. Por la primerísima vez, esta línea de pensamien­to me era totalmente aceptable y totalmente satisfacto­ria. No me explicaba nada en verdad, pero sí señalaba un procedimiento pragmático que había comprobado de una forma sencilla cuando encontré a don Juan en el pue­blo de nuestra elección, y este pensamiento pareció cal­mar mi estado de ánimo.

Intensos pensamientos empezaron a aparecer en mi mente. Tenían la cualidad única de aclarar problemas. El primero que surgió tenía que ver con algo que me había molestado siempre. Don Juan lo había descrito como algo que ocurre usualmente entre chamanes hombres: mi incapacidad de recordar sucesos que habían teni­do lugar mientras estaba en estados de conciencia acre­centada.

Don Juan había explicado que la conciencia acrecen­tada era un desplazamiento mínimo de mi punto de enca­je que él lograba, cada vez que yo lo visitaba, al darme un golpecito en la espalda. Con tales desplazamientos me ayudaba a atraer campos de energía que usualmente esta­ban en la periferia de mi conciencia. En otras palabras, los campos de energía que usualmente estaban a la orilla de mi punto de encaje estaban al centro durante ese despla­zamiento. Un desplazamiento de esta naturaleza tenía dos resultados para mí: una agudeza extraordinaria de pensamiento y percepción, y la incapacidad de recordar, una vez que volvía a mi estado de conciencia normal, lo que había ocurrido durante el otro estado.

Mis relaciones con mis cohortes era un ejemplo de ambos resultados. Tenía cohortes, los otros aprendices de don Juan, mis compañeros para mi viaje definitivo. Había tenido interacción con ellos sólo durante estados de conciencia acrecentada. La claridad y el ámbito de nuestra interacción era magnífico. La única falla para mí era que en mi vida cotidiana existían como cuasi‑recuer­dos conmovedores que me llenaban de desesperación, de ansiedad y expectativas. Podría decir que en mi vida nor­mal andaba siempre en busca de alguien que iba a apare­cer de pronto delante de mí, quizá saliendo de un edificio de oficinas, quizá dando la vuelta en una esquina y cho­cando contra mí. Adondequiera que fuera, mis ojos iban de aquí a allá, involuntariamente y sin cesar, buscando a gente que no existía pero que sí existía más que nadie.

Sentado aquella mañana en Ships, todo lo que me había ocurrido en estado de conciencia acrecentada du­rante los años con don Juan, desde el más pequeño deta­lle se convirtió otra vez en un recuerdo continuo sin in­terrupción. Don Juan había lamentado el hecho de que un chamán hombre que es por fuerza el nagual, tuviera que ser fragmentado a causa del bulto de su masa ener­gética. Dijo que cada fragmento vivía un rango específi­co de un ámbito total de actividad, y que los sucesos que experimentaba en cada fragmento tenían que unirse al­gún día para formar una visión completa, consciente, de todo lo que había pasado en su vida total.

Mirando directamente a mis ojos, me dijo que esa unificación lleva años y que le habían contado de algu­nos casos de naguales que nunca llegaron al ámbito total de sus actividades de manera consciente y que, a conse­cuencia, vivían fragmentados.

Lo que experimenté esa mañana en Ships fue algo más allá de lo imaginado en mis más aberradas fantasías. Don Juan me había dicho repetidas veces que el mundo de los chamanes no es un mundo inmutable, donde la palabra es final, sin cambio, sino que es un mundo de fluctuación eterna donde nada puede darse por hecho. El salto al abismo había modificado mi cognición tan drásticamente que ahora permitía la entrada de posibili­dades indescriptibles y portentosas.

Pero todo lo que podría decir acerca de la unifica­ción de mis fragmentos cognitivos no es nada en com­paración con su realidad. Esa mañana fatal en Ships, ex­perimenté algo infinitamente más poderoso que lo que experimenté el día que vi energía tal como fluye en el universo por primera vez, el día que me encontré en cama en mi despacho/apartamento después de haber es­tado en el campo de UCLA, sin realmente ir a casa de la manera en que mi sistema cognitivo lo exigía para que el suceso entero fuera real. En Ships, integré todos los fragmentos de mi ser. Había actuado en cada uno con certeza y perfecta consistencia, y sin embargo no tenía idea alguna de cómo lo había hecho. Era yo en esencia, un gigantesco rompecabezas; y encajar cada pieza en su lugar, produjo un efecto que no tenía nombre.

Estaba en la barra de Ships, sudando profusamente, ca­vilando inútilmente, haciendo preguntas que no podían te­ner respuesta. ¿Cómo era todo esto posible? ¿Cómo llegué a estar fragmentado de tal manera? ¿Quiénes somos, en ver­dad? Ciertamente no las personas qué nos han hecho creer que somos. Tuve recuerdos de sucesos que nunca ocurrie­ron, en lo que a un centro mío concernía. Ni siquiera podía llorar.

‑El chamán llora cuando está fragmentado ‑me había dicho don Juan una vez‑. Cuando está completo, lo sobrecoge un escalofrío que puede, por ser tan inten­so, acabar con su vida.

Estaba experimentando tal escalofrío. Dudaba volver a encontrarme con mis cohortes. Se me hacía que todos se habían ido con don Juan. Estaba solo. Quería reflexionar, llorar la pérdida, dejarme ir en esa tristeza, complaciente como siempre había sido. No podía. No había nada que la­mentar, nada para entristecerse. No importaba nada. To­dos nosotros éramos guerreros‑viajeros y a todos nos ha­bía tragado el infinito.

Todo ese tiempo, había escuchado a don Juan hablar del guerrero‑viajero. Me había gustado la descripción inmensamente, y me había identificado con ella de ma­nera puramente emotiva. Sin embargo, nunca había sen­tido lo que verdaderamente quería decir con eso, no obstante las muchas veces que me había explicado el sentido. Esa noche, en la barra de Ships, supe de lo que hablaba don Juan. Yo era guerrero‑viajero. Para mí sólo eran válidos los hechos energéticos. Lo demás eran ador­nos sin importancia alguna.

Esa noche, al esperar mi comida, otro intenso pensa­miento irrumpió en mi mente. Sentí una ola de empatía, una ola de identidad con las premisas de don Juan. Ha­bía llegado finalmente a la meta de sus enseñanzas: era uno con él como nunca lo había sido. Nunca había sido cuestión de que luchara contra don Juan o sus concep­tos porque me eran revolucionarios o porque no cum­plían con la linealidad de mis pensamientos como hom­bre occidental. Era, más bien, que la precisión de la presentación de los conceptos por don Juan siempre me asustaban a muerte. Su eficacia parecía ser dogmatismo. Era esa apariencia lo que me había impulsado a buscar aclaraciones y hacerme actuar a lo largo de sus enseñan­zas, como si hubiera sido un creyente reacio.

Sí, había saltado al abismo, me dije a mí mismo, y no me morí porque antes de llegar al fondo del barranco, dejé que el oscuro mar de la conciencia me tragara. Me entregué a él sin temores y sin remordimientos. Y ese mar oscuro me había proveído con lo que me era necesa­rio para no morir y para terminar en mi cama en Los Ángeles. Esta explicación no me hubiera aclarado nada dos días atrás. A las tres de la mañana en Ships, era mi todo.

Di un golpe sobre la mesa como si estuviera solo en la sala. La gente me observó y sonrió a sabiendas; no me importaba. Tenía la mente enfocada sobre un dilema in­soluble. Estaba vivo a pesar de que había saltado a un abismo hacia mi muerte, hacía diez horas. Sabía que tal dilema nunca podría resolverse. Mi cognición normal requería una explicación lineal para satisfacerla y las ex­plicaciones lineales no eran factibles. Ése era el quid de la interrupción de la continuidad. Don Juan había dicho que esa interrupción era brujería. Sabía esto ahora con toda la claridad que tenía a mi alcance. ¡Cuánta razón ha­bía tenido don Juan al decir que para quedarme atrás ne­cesitaba toda mi fuerza, todo mi control, toda mi suerte y, sobre todo, los cojones de acero del guerrero‑viajero!

Quise pensar en don Juan, pero no pude. Además, no me importaba don Juan. Parecía haber una barrera gigantesca entre nosotros. Sinceramente, creí en aquel momento que el pensamiento extranjero que se me ha­bía estado insinuando desde que había despertado era verdad: sí era otro. Un cambio se había efectuado al mo­mento de mi salto. De otra manera, me hubiera encanta­do pensar en don Juan; hubiera sentido anhelo por él. Hasta hubiera sentido un momento de resentimiento porque no me había llevado consigo. Ése hubiera sido mi ser normal. En verdad, no era el mismo. Ese pensa­miento aumentó hasta que invadió todo mi ser. Cual­quier residuo de mi antiguo ser que hubiera retenido se desvaneció en ese momento.

Me sobrevino un nuevo estado de ánimo. ¡Estaba solo! Don Juan me había dejado dentro de un sueño como su agente provocador. Sentía que mi cuerpo per­día su rigidez; empezó a hacerse flexible, grado por gra­do hasta que pude respirar profunda y libremente. Solté una carcajada. No me importaba que la gente me mirara y que esta vez no me sonrieran. Estaba solo y no había nada que pudiera hacer.

Tuve la sensación física de entrar realmente en un pa­saje, un pasaje con fuerza propia. Me tiró hacia dentro. Era un pasaje silencioso. Don Juan era el pasaje, quieto e inmenso. Ésta fue la primera vez que sentí que don Juan estaba vacío de fisicalidad. No cabía ni el sentimentalis­mo ni el anhelo. No podía extrañarlo porque estaba allí como una emoción despersonalizada que me atraía.

El pasaje me desafió. Tuve una sensación de ebulli­ción, de ligereza. Sí, podía viajar por ese pasaje, solo o acompañado, quizás para siempre. Y el hacerlo no era ninguna imposición para mí, tampoco era placer. Era más como el principio del viaje definitivo, el destino ine­ludible del guerrero‑viajero, era el principio de una nue­va era. Debería haber estado llorando con la compren­sión de haber encontrado ese pasaje, pero no. ¡Estaba enfrentándome al infinito en Ships! ¡Qué extraordina­rio! Sentí un escalofrío correr por mi espalda. Oí la voz de don Juan diciendo que el universo es en verdad in­sondable.

En ese momento, se abrió la puerta de atrás del res­taurante, la que conducía al estacionamiento, y entró un personaje extraño; un hombre, quizá de cuarenta años, desarreglado y demacrado, pero de buenas facciones. Durante años, yo lo había visto vagando por UCLA, interactuando con los estudiantes. Alguien me había dicho que era un paciente externo del hospital de vete­ranos de guerra que quedaba cerca. Parecía estar desqui­ciado. Lo había visto repetidas veces en Ships, amonto­nado sobre una taza de café, siempre en el mismo rincón de la barra. También había observado cómo esperaba afuera, siempre mirando por la ventana, vigilando a ver cuándo se desocupaba su banca predilecta, si alguien la ocupaba.

Al entrar, se sentó en su lugar de costumbre y enton­ces me miró. Los dos nos miramos. Al momento, lanzó un grito despavorido que me dio escalofríos a mí y a to­dos los que estaban allí presentes. Todos me miraron con ojos abiertos, algunos, con la comida sin masticar cayéndoseles de la boca. Obviamente, pensaban que era yo el que había gritado. Había habido precedentes, el golpe sobre la barra y la carcajada en voz alta. El hom­bre saltó de su banca y salió corriendo del restaurante, mirando hacia atrás, hacia mí, mientras hacía gestos agi­tados con las manos encima de su cabeza.

Me entregué a un impulso y corrí detrás del hombre. Quería que me dijera lo que había visto en mí que lo ha­bía hecho gritar. Lo alcancé en el estacionamiento y le pregunté que me dijera por qué había gritado. Se tapó los ojos y gritó aún con más fuerza. Estaba como un niño, aterrado por una pesadilla, gritando a voz pelada. Lo dejé y regresé al restaurante.

‑¿Qué te pasó, corazón? ‑me dijo la mesera con una mirada preocupada‑. Pensé que nos habías aban­donado.

‑Fui a ver a un amigo ‑dije.

La mesera me contempló e hizo un gesto de fingido enojo y sorpresa.

‑¿Ese tipo es tu amigo? ‑me preguntó.

‑El único amigo que tengo en el mundo ‑dije, y era la verdad, si podía definir «amigo» como alguien que ve a través del barniz que nos cubre y que sabe de dónde venimos realmente.







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