¿Intuición pura o abstracción formal? (De Kant a Tomás de Aquino)



Descargar 268,08 Kb.
Página2/4
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño268,08 Kb.
1   2   3   4

3. El a priori puro kantiano y la abstracción formal.
Para nadie que conozca medianamente a Kant constituye un secreto que en los apartados de la Introducción a la Crítica de la Razón Pura se establecen las bases de toda la obra, o que ésta se halla en tales exposiciones como en germen, que luego se ha de desarrollar ampliamente. Ello equivale a decir que aquí se encuentran los presupuestos básicos del sistema kantiano, ya sean presupuestos explícitos, ya sean los implícitos, los no confesados expresamente, pero que se encuentran como en la base de los explícitos. Y que los presupuestos implícitos o más ocultos son quizás los más importantes. Un ejemplo: es evidente que Kant acepta y da por presupuesto el dualismo antropológico cartesiano; y lo mismo la primacía de la intuición, así como la exclusión de cualquier actividad abstractiva; por lo que debe aceptar también el origen puro a priori de las formas, sean formas sensibles, sean conceptuales.

Por lo que se refiere a la existencia de un a priori puro, ello se deriva necesariamente de los presupuestos sistemáticos indicados. Con todo, Kant procede primeramente a una clara definición del mismo, y luego a la demostración de su existencia23.


a) La noción del a priori:

“En lo que sigue entenderemos por conocimiento a priori el que es absolutamente independiente de toda experiencia, no el que es independiente de ésta o aquella experiencia. A él se opone el conocimiento empírico, el que solo es posible a posteriori, es decir, mediante la experiencia. Entre los conocimientos a priori reciben el nombre de “puros” aquellos a los que no se ha añadido nada empírico” (B 3)24.


Así pues, el a priori se caracteriza por su independencia o anterioridad (prioridad) respecto de cualquier experiencia. Su contrario es lo que se obtiene mediante alguna experiencia posible, a posteriori. Aunque aquí no se dice cómo se entiende la experiencia, ésta parece entenderse ahora como la percepción sensible o lo que llamará luego intuición empírica.

Consiguientemente, el conocimiento a priori es más amplio que el a priori puro. Es el que, siendo a priori, no recibe ninguna adición empírica, se mantiene en su puridad apriórica; mientras que puede haber conocimientos a priori, a los que se añade algo empírico (sintéticamente, como dirá luego), y que ya no son “puros”.

El a priori puro, tiene, pues el carácter de “forma”, esto es, de estructura o condición posibilitante del conocimiento. En sí mismo no es propiamente un “objeto”, ya que no es “materia”; no es, pues, término directo de un acto de conocimiento —de aquí la dificultad para detectarlo—, sino condición o “medio” (un quo, no un quod, en la jerga escolástica). Y pertenece a la condición del objeto conocido, en cuanto conocido; no en cuanto pueda ser algo real en el mundo. Por ello, se habrá de detectar mediante una acción reflexiva de la mente, que vuelve sobre sus actos y sobre los contenidos de dichos actos y la estructura de tales contenidos.

Hechas estas definiciones25, se pasa a la demostración de que efectivamente se hallan en nosotros determinados conocimientos puros a priori. Y para ello, primero se establece el criterio de distinción o de detección; luego se hace la demostración.


b) Los criterios de detección del a priori
En conclusión: “Necesidad y universalidad estricta son, pues, criterios seguros de un conocimiento a priori, y se hallan inseparablemente ligados entre sí” (B 4)26. Y Kant lo aplica justamente a aquellos conocimientos que son propiamente tales, es decir, a los juicios.

El establecimiento de este criterio se corresponde efectivamente con la definición dada antes: Si a priori puro es lo que no depende en absoluto de la experiencia, el criterio de “puridad” vendrá dado por lo opuesto a la experiencia. Ahora bien, es sabido que la experiencia capta propiamente lo singular y lo contingente, lo que de hecho es, mas no “lo que debe ser”. Por consiguiente, si tenemos conocimientos (juicios) en que interviene universalidad y necesidad, es claro que eso no puede proceder de la experiencia; debe provenir de alguna otra fuente a priori.

Este razonamiento lo toma Kant de Leibniz; pero en el mismo coincide igualmente el empirismo, que entiende la experiencia como referente a los hechos, y éstos son singulares y contingentes. Es un razonamiento de larga tradición filosófica y es un principio fundamental en el sistema kantiano. Con todo, es claro que todo ello depende de cómo se entienda aquí la “experiencia”.

En el mismo Kant, y ya antes en Aristóteles27, lo que llamamos “experiencia” pudiera entenderse en dos planos: o bien como la impresión inmediata o percepción sensible, que capta los datos singulares, múltiples y desordenados de lo real, “experiencia informe” (lo que Kant llamará luego “intuición emp’rica”)28; en lo que parece coincidir con el concepto sensista de experiencia. Es la experiencia amorfa, percepción de la “materia” del conocimiento; por lo que no es todavía propiamente “conocimiento”.

O bien, como “experiencia formada”, esto es, como el conjunto de reglas, principios o leyes generales, que nos sirven para juzgar y comprender o “pensar” lo singular contingente, prevenir casos futuros, etc. Esta experiencia “formada” incluye para el mismo Kant la “forma”, que en su caso viene impuesta por el sujeto; y es lo que se halla ya en el plano de la sensibilidad, en el que la intuición pura (Espacio—Tiempo) configura o “con—forma” los datos de las impresiones sensibles29.

Por tanto, aquí la “experiencia” se ha de entender estrictamente en el primer sentido, de experiencia informe o antes de toda configuración o “formalización”. Es así como es verdad que esa tal experiencia no puede aportar por sí sola la verdadera y “estricta” universalidad, ya que sería solamente una colección de impresiones o una rapsodia de experimentos finitos en número; sería una universalidad supuesta o comparativa: “de acuerdo con lo que hasta ahora hemos observado, no se encuentra excepción alguna en ésta o aquella regla... La universalidad empírica no es, pues, más que una arbitraria extensión de la validez en todos los casos...” (B 3—4). Ni tampoco la verdadera necesidad, como es obvio, ya que tal experiencia capta lo singular como contingente, como variable y no como necesario: “La experiencia nos enseña lo que es, pero no que no pueda ser de otro modo”( B 762).



Observaciones. Como es sabido, se halla aquí involucrado el espinoso problema del valor de los conocimientos y razonamientos inductivos, que es lo propio de las conclusiones en los saberes experimentales y en las leyes naturales. Ni el racionalismo, ni el empirismo han sido ni pueden ser capaces de fundamentar ese valor de universalidad ni de necesidad30. Y la dificultad latente en el fondo, a nuestro juicio, no es otra que el tomar tales juicios con un sentido exclusivamente extensional o cuantitativo, no cualitativo. Es decir, se atiende sólo al número de experiencias o impresiones sensibles, que nunca puede igualar a la universalidad del juicio (“Todo S es P”)31. No se tiene en cuenta para nada la captación de una cualidad (forma) con independencia de los sujetos individuales, que la poseen, aunque se haya observado en uno sólo. Por ejemplo, la condición o estructura (la “forma”) que consiste en “ser satélite de la tierra”, sólo se había observado en un caso; pero esa estructura puede ser estudiada y lo ha sido en sentido cualitativo, analizando las leyes que rigen la gravitación u orbitación astronómica: lo que permite entenderlo y aplicarlo a infinidad de casos (p.e. satélites artificiales). Algo similar cabe decir de las experiencias que permiten generalizar p.e. el comportamiento o reacción entre cuerpos químicos...

Hay además otro presupuesto implícito: es separar drásticamente la experiencia como simple percepción de casos contingentes, de la experiencia “formada” o madura, que formula ya leyes o juicios universales. Esta drástica separación se basa en un presupuesto implícito: el dualismo razón—experiencia, consecuencia del dualismo antropológico alma—cuerpo32. Estos dualismos irreductibles hacen imposible teóricamente una relación interna entre el plano de la experiencia como percepción sensible y el plano de la experiencia “formada”, que implica ya alguna intervención de la razón.

Aparte de esto, Kant presupone también que la experiencia perceptiva sensible (intuición empírica, sensación) capta sus objetos (fenómenos) como múltiples y enteramente amorfos, carentes de todo orden o forma. Por ello requiere la imposición de una forma a priori, a fin de que esas intuiciones empíricas, que de suyo son ciegas, se vuelvan “pensables” o comprensibles por medio de la forma a priori.. Esto es más que discutible, pues los objetos que nos presenta la percepción empírica no carecen totalmente de orden o de estructura o de forma, como es obvio. Por lo que ya en ese nivel de percepción sensible podemos captar siquiera oscuramente alguna forma o estructura. Piénsese , p.e. en el orden de los elementos químicos, en las diversas formas de cristalización de los minerales; o el orden dinámico en el sistema circulatorio de los animales, etc33. Pero esto equivale a decir justamente que la “forma” del objeto conocido no depende enteramente del sujeto, sino también del mismo objeto real34.

Es decir, que la descripción kantiana del criterio para descubrir el a priori puro presupone ya unos supuestos sistemáticos no fácilmente asumibles. Pero sigamos a Kant en su segunda parte, en la que trata de demostrar la existencia efectiva de tal a priori puro.



c) Existencia del a priori puro.

Bien mirado, hablar de un a priori puro en el conocimiento, equivale a hablar del origen puramente a priori de cierto tipo de conocimientos. No es, pues, cuestión de concepto o de estructura o relaciones, al menos por ahora (eso será justamente materia del desarrollo posterior de la Crítica). Ahora se trata del origen psicológico, del origen en dependencia del sujeto trascendental; se trata, en otras palabras, de establecer las “fuentes” del a priori puro. Sean cuales sean esas fuentes o cómo sean en sí (que Kant admite que son desconocidas para nosotros)35.

Para ello Kant comienza por excluir el conocimiento práctico, que si bien consta de principios a priori, con todo no son puros a priori, ya que se mezclan obligadamente con conceptos de origen empírico, como los de placer o dolor, deseo o inclinación, etc. Esto distingue ya la Filosofía trascendental, que es una filosofía “de la razón pura y meramente especulativa” (B 29).

La demostración kantiana se refiere, primeramente a la existencia de “semejantes juicios necesarios y estrictamente universales, es decir, puros a priori” (B 4). Ejemplos los suministran las matemáticas e incluso el uso ordinario del entendimiento.

Kant pone como primer ejemplo el famoso principio de causalidad: “Todo cambio ha de tener una causa”. Este principio no puede derivarse, como simple costumbre de pensar, según pretendió Hume, de una repetida asociación entre lo que ocurre y lo que precede. La necesidad que implica no puede derivarse de hechos contingentes, ni de la suma de los mismos, por repetida que sea. Kant entiende que “el concepto mismo de causa encierra con evidencia el concepto de necesidad de conexión con un efecto y el de estricta universalidad de la regla” (B 5)36. Por ello no puede, en su opinión, provenir de la experiencia; sino que es condición de la experiencia formada o madura.
Observación. Sin entrar ahora en el fondo del problema acerca del valor o evidencia del principio de causalidad bajo esa formulación, que estimamos correcta y la única correcta, Kant parece derivar la conexión necesaria presupuesta entre cambio y causa de la noción misma de causa, que incluye en su concepto de modo necesario la producción de algo. Se trataría, pues, de una mera definición nominal o semántica de causa, en la cual hay que implicar la producción del efecto: pues una “causa” se ha de definir por relación a lo causado, al efecto: “el concepto mismo de causa encierra con tal evidencia el concepto de necesidad de conexión con un efecto y el de estricta universalidad de la regla, que dicho concepto desaparecería....”37. Sería, pues, un juicio analítico puro, ya que para eso no necesitamos de la experiencia, sino simplemente de un diccionario de conceptos.

Es decir, aunque Kant lo formula correctamente, parece entenderlo en el sentido de que “toda causa tiene un efecto”38. Desgraciadamente eso es justamente una mala formulación del principio: el valor del mismo no consiste en que la idea de causa implique la idea de efecto, sino en que la idea de efecto o cambio implica la necesidad de causa del mismo.

Lo que se nos da en la experiencia es propiamente el cambio; lo que se ha de presuponer o derivar es la noción de una causa de ese cambio. Y ello, no porque de hecho así lo vemos en todos los casos conocidos, esto es, que en la base del cambio se halle una causa anterior; sino porque el cambiar es una modificación o tránsito a la posesión de algo que no tenía lo que cambia (sea cualidad, estado o lo que sea); por tanto ha de venirle dado desde “fuera”, desde otro, a lo que llamamos “causa”.

Ahora bien, este razonamiento ¿es algo completamente al margen de la experiencia o se basa en ella?. En la percepción de la causalidad no sólo es necesario percibir empíricamente el hecho del cambio o de lo que cambia, sino también se ha de percibir la relación de necesaria dependencia respecto de “otro” o respecto de una potencia activa en otro ser. Esta relación, como tal, no se percibe empíricamente, ni es cuestión de mera costumbre variable; se percibe racionalmente. Es el principio de “razón suficiente” lo que se halla implicado: dado un efecto es preciso suponer una causa, que sea como la razón suficiente del efecto. Es esto lo que Kant advierte que falta en la crítica humeana de la causalidad. Ahora bien, ¿es esto suficiente para afirmar que el principio es puro a priori?. Así parece entenderlo Kant. En otras palabras, lo que Kant prueba es que la necesidad causal o el enlace causa—efecto no es totalmente derivable de la experiencia; hay en ello algo que deriva de la razón reflexiva. Pero lo que Kant concluye es que el principio de causalidad es totalmente independiente de la experiencia. Se pasa de no ser totalmente empírico, que es lo que se demuestra, a ser totalmente independiente de lo empírico o ser puramente a priori39.

De aquí que esta primera “mostración” del a priori puro por parte de Kant no parece muy consistente y presenta dificultades insuperables.
d) Pruebas por análisis reflexivo sobre la experiencia.

Luego Kant aporta otro razonamiento de demostración, que pudiera caracterizarse como un análisis trascendental de la experiencia: “Podríamos también, sin acudir a tales ejemplos, para demostrar que existen en nuestro conocimiento principios puros a priori, mostrar que éstos son indispensables para que sea posible la experiencia misma y, consiguientemente, exponerlos a priori. Pues ¿de dónde sacaría la misma experiencia su certeza si todas las reglas conforme a las cuales avanza fueran empíricas y, por tanto, contingentes?.”40

A primera vista nos sentimos tentados a denunciar semejante raciocinio como una petitio principii:: se presupone justamente lo que se debe probar. Pero Kant aporta una prueba, que repetirá luego frecuentemente41: la misma experiencia no puede fundar en sí misma su certeza; como sucedería si se basara en reglas puramente contingentes o si todas sus reglas lo fueran.

Es un argumento que vale, sin duda, contra los empiristas puros, los que entienden la experiencia únicamente en sentido de percepción sensible. Y valdría también para los que, como en el racionalismo, admiten la experiencia en un sentido más completo y profundo, como “experiencia formada”, pero desgajada de la experiencia como simple sensación o percepción. No valdría, en cambio, si suponemos que la “experiencia formada” no es algo que se tiene a priori, sino algo que se adquiere con el tiempo y el ejercicio ciertamente de la razón. Es decir, si las reglas de uso de la experiencia formada pueden derivarse (formarse) de alguna manera a partir de la experiencia no formada completamente, pero en contacto con lo real y con ayuda de la razón.

Mas justamente eso último es lo que los aristotélicos han pensado siempre. Y la elaboración de tales reglas generales no es otra que el proceso de la abstracción formal o cualitativa. La constancia de la conexión entre dos fenómenos – sea entre estructura esencial y propiedades, sea entre efecto y causa – incluso cuando se varían las circunstancias singulares, implicaría que no se trata de una conexión fortuita y accidental (per accidens), sino esencial y, por tanto, necesaria. Se trata, pues, de liberar por abstracción la forma o estructura esencial del hecho en cuestión, para poder predicar tal propiedad de tal sujeto per se, o para poder afirmar que dado tal efecto debe tener una causa proporcionada. Se trata, pues, de buscar la necesidad desde la realidad objetiva, en lugar de apelar a una estructura subjetiva, que, como mínimo, resultaría poco justificada y más bien arbitraria.
Y curiosamente es en los ejemplos que Kant pone a continuación en donde de modo sorprendente vemos exactamente expuesto este camino. Es decir, Kant, con su fino olfato metafísico redescubre el camino para la fundación de la experiencia formada. Pero mientras que atribuye su origen a las estructuras a priori del sujeto, ahora va a emprender una camino en que lo subjetivo—activo se conserva, pero no a priori, sino trabajando sobre los datos de la experiencia. Y ello en varios niveles.

Veamos primero el sorprendente texto kantiano:

“Pero no solamente encontramos un origen a priori entre juicios, sino incluso entre algunos conceptos. Eliminemos gradualmente de nuestro concepto empírico de cuerpo todo lo que tal concepto tiene de empírico: el color, la dureza o blandura, el peso, la misma impenetrabilidad. Queda siempre el espacio que dicho cuerpo (desaparecido ahora totalmente) ocupaba. No podemos eliminar este espacio.

Igualmente, si en el concepto empírico de un objeto cualquiera, corpóreo o incorpóreo, suprimimos todas las propiedades que nos enseña la experiencia, no podemos de todas formas, quitarle aquella mediante la cual pensamos dicho objeto como substancia o como inherente a una substancia, aunque este concepto sea más determinado que el de objeto en general. Debemos, pues, confesar, convencidos por la necesidad con que el concepto de sustancia se nos impone, que se asienta en nuestra facultad de conocer a priori”.(B 5—6)42.


Confieso que si no supiera de dónde procedía este texto, salvo alguna expresión delatora, pensaría que estaba leyendo a un escolástico hablando justamente de las diversas maneras de abstracción formal. Kant ha emprendido el camino que los escolásticos denominaban de la abstracción formal justamente para demostrar la existencia de un a priori puro. Veámoslo detenidamente, examinando el “experimento” mental kantiano:

Comienza por “eliminar” o suprimir. No dice “abstraer”, aunque en el texto original se utiliza la expresión “Lasset... nach und nach weg...”; lo que literalmente podríamos traducir como “mandemos poco a poco de paseo....”. Y lo que tenemos que eliminar es lo empírico (was empirisch ist). Y lo que el cuerpo tiene de empírico es “el color, la dureza o blandura, el peso, la misma impenetrabilidad...”. Es decir, el conjunto de cualidades que constituyen justamente lo que los escolásticos denominaban “materia sensibilis”; las cualidades corpóreas, en cuanto materia de la impresión sensible. Este experimento es exactamente la “abstractio formae a materia sensibili” de los escolásticos.

Oigamos p.e. a Tomás de Aquino

“...las cualidades sensibles se fundan en la extensión (in quantitate), como el color de blanco o negro, o ser frío o caliente. Pero si prescindimos de lo que es posterior [lo fundado] permanece todavía lo que es anterior. Por ello, eliminadas las cualidades [sensibles] mediante el entendimiento, todavía permanece en lo entendido la extensión [cantidad continua]”43

“Se llama materia sensible a la materia corpórea, en cuanto subyace a las cualidades sensibles, como frío y caliente, duro o blando, etc.(...) Ahora bien, es claro que la cantidad dimensiva se basa en la substancia con anterioridad a las cualidades sensibles. Por lo que la extensión, los números, las dimensiones y las figuras, que son como las determinaciones de la cantidad dimensiva, pueden ser consideradas sin las cualidades sensibles; lo que equivale a abstraerlas de la materia sensible. Pero [la cantidad dimensiva] no puede ser contemplada sin la idea de la substancia, que subyace a la cantidad dimensiva”44
Termina Kant diciendo “Queda siempre el espacio que dicho cuerpo ocupaba. No podemos eliminar el espacio”. Lo que queda es la forma del espacio o quantitas dimensiva (forma quantitatis, dicen los escolásticos), de la que no es posible abstraer; y ello, porque si la eliminamos nos quedamos simplemente sin nada en el concepto. En lenguaje escolástico, no podemos abstraer de la “materia inteligible”, que es lo que queda en el concepto, después de abstraer de la materia sensible.

Y no se trata de que Kant haya hecho esto por descuido o accidentalmente, ya que repite lo mismo en otro lugar, justamente al comienzo de la Estética trascendental: “Esta forma pura de la sensibilidad se llamará igualmente intuición pura. Así al apartar de la representación de un cuerpo lo que el entendimiento piensa de él – substancia, fuerza, divisibilidad, etc. – y al apartar igualmente lo que en dicha representación pertenece a la sensación – impenetrabilidad, dureza, color, etc. – me queda todavía algo de esa intuición empírica, a saber la extensión y la figura...”(B 35)45


Así pues, Kant pretende demostrar la existencia de la forma del Espacio, y podemos decir que convence hasta cierto punto, a base de utilizar el mismo procedimiento abstractivo de la abstractio formae a materia sensibili. Tanto para él como para los aristotélicos, lo que queda es una “forma”, principio de conocimiento. Es más, justamente en este tipo de forma se basará el conocimiento matemático, en cuanto se refiere al número o a la figura espacial geométrica (“figura quantitatis”). El matemático opera con abstracción de la materia sensible; mas no con abstracción de la “materia inteligible”.

La diferencia es que Kant considera esa forma así obtenida como “forma pura a priori”, mientras que los aristotélicos, conscientes de cómo se ha obtenido, la consideran como liberada o desgajada de la experiencia sensible, por medio de una acción abstractiva.

Lo anterior vale, pues, para la matemática; pero Kant continúa con otro ejemplo que es otro experimento para liberar la forma física: “Si en el concepto empírico de un objeto cualquiera, corpóreo o incorpóreo, suprimimos todas las propiedades que nos enseña la experiencia, no podemos de todas formas quitarle aquella mediante la cual pensamos dicho objeto como substancia, o como inherente a una substancia...”. Si de un objeto cualquiera suprimimos todas las cualidades sensibles no esenciales, como son p.e. las individuales, todavía nos queda la idea de esencia, ya sea substancial, ya sea esencia de un accidente (como inherente).

A esto lo denominan los aristotélicos medievales abstracción de la forma respecto de la materia singular o signata, o accidental; lo que queda es la “materia communis”, que es un elemento perteneciente a la esencia misma de todo ser material. Podemos abstraer, pues, de la materia singular o individual, pero no de la materia común, para conocer los entes naturales. Y esto es la abstractio formae naturalis, que es la operación que realiza cualquier científico de la naturaleza, cuando estudia las cualidades o propiedades esenciales y específicas, que expondrá luego en leyes generales. Y lo hace, dejando de lado los datos de la experiencia sensible, en cuanto datos singulares, esto es, en cuanto datos de lo concreto singular, que deja de lado al llegar a la forma universalis. Es un procedimiento de abstracción.

Mas no se trata, en principio, de la abstracción universal, al menos explícitamente; sino de la captación de la “forma”, estructura o cualidad distintiva de un ser natural o de un proceso dinámico de la naturaleza, regido por unas leyes específicas. Y eso se capta en lo concreto, en lo empírico; mas es necesario “liberarlo” de lo concreto y contingente, para acceder a lo necesario y distintivo. Hecho esto de modo suficiente, podrá hacerse luego también la universalización (abstractio universalis a particulari), que ya no será una “arbitraria generalización de la experiencia”; sino una generalización basada en la experiencia de lo real (cum fundamento in re).

La objetividad, pues, del procedimiento o sea, de las formas obtenidas mediante ese proceso o elaboración formal —que puede incluso llamarse intuición formal o pura, si no fuera por la confusión que ello implica— no depende ni se justifica suficientemente diciendo que tales formas puras no tienen otro uso que el de su aplicación a los datos de la experiencia posible, como dirá Kant en unos textos fundamentales y bien conocidos46; sino porque su origen es empírico, en contacto con los objetos reales, en lo cual tienen su fundamento. Pero difieren en cuanto “formas abstractas”, propias de su estado intencional o cognitivo

As’ pues, Kant aprovecha el procedimiento para demostrar la necesidad de tener la forma o estructura esencial, para “pensar” o comprender el mundo de la naturaleza. Pero se olvida del procedimiento empleado y sigue pensando que la forma así obtenida se nos impone a priori y “se asienta en nuestra facultad de conocer a priori”. Todo ello nos recuerda la acusación que hacía ya Aristóteles a los platónicos a propósito de las formas matemáticas. Los platónicos las tienen por formas subsistentes, ideales, cuando en realidad no son más que formas obtenidas por el procedimiento de la abstracción47.

1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal