Introduccion en torno a hyperborea y Clark Ashton Snith Detrás Del Viento Del Norte



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El robo de los treinta y nueve cinturones,1958

Hyperbórea

Clark Ashton Smith

Trad. Guadalupe Rubio de Urquía

Colección Ciencia Ficción, 19

EDAF, 1978


Notas Al Ciclo Mitico De Commorion
Por Lin Carter
I. LA GENESIS DEL CICLO
Posiblemente la idea más popular sobre cuentos que surgiera durante los primeros doce años, más o menos, desde la publicación de Weird Tales fuera el concepto de una serie de fantasías heroicas unidas entre sí, y cuya acción tiene lugar en una civilización prehistórica imaginaria o legendaria.

Aparecieron las historias de Henry Kuttner tituladas Elak de Atlantis; la saga Jirel de Joiry, de C. L. Moore; los relatos de Robert E. Howard sobre King Kull de Valusia y Conan de Cimmeria; los cuentos de Clifford Ball, Duar el Maldito y Rald el Ladrón, y por último los ciclos de relatos de Clark Ashton Smith desarrollados en los antiguos continentes de Hyperbórea y Poseidonis, el reino medieval de Averoigne, el futuro continente de Zothique, y planetas imaginarios como Xiccarph.

Creemos que E. Howard fue el primer escritor que utilizó esta idea. Creó una serie de relatos acerca de un salvaje atlántida llamado Kull que llegó a reinar en un país conocido con el nombre de Valusia.

Howard escribió, o por lo menos comenzó a escribir, doce cuentos sobre este personaje, pero sólo le publicaron dos en vida, ambos en Weird Tales, durante 1929. Los otros diez quedaron como manuscrito hasta el año 1971, fecha en que yo completé, edité y reescribí varios de manera que pudiera publicarse toda la saga en formato de libro bajo el título de King Kull.

Clark Ashton Smith siguió el camino iniciado por Howard, publicando sus cuentos en Weird Tales, revista donde se le respetaba, además de ser considerado como uno de los colaboradores más asiduos. Pero mientras Howard se había limitado a inventarse Valusia, y los Siete Imperios, así como los países imaginarios de sus cuentos sobre la Edad Hybórica, Smith recurrió a la antigua y legendaria Hyperbórea, y a la Atlántida, en vez de crear nuevos países. Por otro lado, y con una originalidad indiscutible frente a otros pioneros de este género —Howard, Ball, Kuttner y Moore—, no basó ninguno de sus ciclos en las aventuras de un solo personaje; la única continuidad de sus relatos la constituía el marco geohistórico, y la mayoría de los cuentos tenían personajes totalmente distintos.

Tanto Smith como Howard eran grandes amigos y corresponsales del excéntrico recluso H. P. Lovecraft, quien más tarde se convertiría en la máxima figura de la ficción macabra desde Poe.

Precisamente fue Lovecraft quien apodó a Smith con el sobrenombre del «Klarkash—Ton», y quien acuñó el término para sus series de Hyperbórea —«el ciclo mítico de Commorión»—, término por el cual sus seguidores siguen denominándolo (de ahí el título de estas Notas).

Lovecraft, cuyo sentido del humor tenía más flexibilidad, llegó a incorporar a Smith y a su ciclo en la estructura de su propia serie Cthulhu Mythos, mediante un chiste que apareció en uno de los primeros cuentos cthulhuoides que muy pocos lectores de la época captaron. En un cuento llamado The Whisperer in Darkness (1931), Lovecraft hace que uno de sus personajes se refiera abierta, sobria y documentadamente al «ciclo mítico de Commorión conservado por el sumo sacerdote atlántida Klarkash—Ton». Esto formaba parte del familiar mecanismo interno de Lovecraft, lleno de referencias pedantes a libros y mitos antiguos, casi todos fruto de su inventiva, y mediante los cuales H. P. L. prestó un margen de credibilidad a sus relatos fantásticos.

Era costumbre en Lovecraft incorporar a los miembros de su círculo inmediato de colegas a sus historias, otorgándoles para ello derivaciones de sus nombres verdaderos. Así, su joven discípulo August Derleth se convirtió en «el Conde d’Erlette», autor de un volumen blasfemo de gran renombre. Sus amigos escritores correspondieron con la misma moneda, llamándole «Eich—Pi—El»5, y Robert Bloch se refirió con toda seriedad en una de sus historias al «loco sacerdote egipcio, Luveh—Keraph».
II. LA SECUENCIA DE LA HISTORIAS HYPERBOREAS
Smith escribió diez cuentos y un poema en prosa sobre Hyperbórea. No se publicaron siguiendo un orden cronológico, y el primero que apareció (El relato de Satampra Zeiros, en el número de WT de noviembre, de 1931), según mi reajuste de las series, es el penúltimo; y según mis investigaciones, Smith no dejó ninguna lista de los cuentos siguiendo una secuencia adecuada.

Al reunir el presente libro, me enfrenté con el mismo problema que tuviera en 1969, cuando reuní en un solo volumen los cuentos que se publicarían en un libro llamado Zothique. En consecuencia, he tenido que establecer la secuencia adecuada para los cuentos a partir de un estudio de la evidencia interna en los textos. Dicho sea de paso, los cuentos hyperbóreos aparecieron en cinco o seis revistas desde 1931, año en que se hizo la primera publicación, hasta 1958, fecha de la última aparición.

Dado que la secuencia de los relatos hyperbóreos en esta colección es consecuencia de mi propia ordenación, es muy posible que protesten otros estudiosos rivales de la obra de Klarkash—Ton. Por ello, me parece prudente incluir aquí alguna explicación a mis razones por el presente arreglo de los relatos.

Primeramente, Smith no especificó en lugar alguno la fecha en que se desarrollaron dichos cuentos. La única referencia cronológica aparece en El extraño caso de Avoosl Wuthoqquan, que tiene lugar en «el año del Tigre Negro». En otro relato, Ubbo—Sathla, el narrador de Smith supone que la Hyperbórea fue habitada durante el Mioceno. El Mioceno es una era geológica que se inició hace veintisiete millones de años y concluyó más o menos hace doce millones de años.

En cuanto a los propios relatos, corresponden convenientemente a dos grupos: el primero tiene lugar durante el periodo de tiempo en que la ciudad de Commorión, situada en el centro de Hyperbórea, es la capital del reino, y el segundo, cuando en la era siguiente la capital fue una ciudad llamada Uzuldaroum, situada al sur del continente. El orden secuencial de estos periodos se explica en una historia puntal, El testamento de Athammaus, escrita por un antiguo ciudadano de Commorión que huyó de la ciudad cuando el extraño y terrible desastre, y que en el momento de escribir su relato se encontraba en la nueva capital, Uzuldaroum.

Smith escribió dos historias únicamente, en el marco de Uzuldaroum. Ambas relatan las aventuras de Satampra Zeiros, y como una tiene lugar durante su juventud y la otra durante su vejez, su secuencia resulta obvia. Las he situado como relatos finales del ciclo.

Son cuatro los relatos que he situado dentro de la era de Commorión. De hecho, sólo tres tienen lugar dentro de o alrededor de la ciudad, e incluso sería discutible que los dos primeros, Las siete pruebas, y El Extraño de Avoosl Wuthoqquan, fueran intercambiables. No he encontrado ninguna evidencia interna en cuanto a cuál de ellas es anterior; por lógica, cualquiera podría ser, pero desde un punto de vista práctico hay que imprimir una antes que otra, y por ello, para mal o para bien, he colocado Las siete pruebas en primer lugar.

En alguna parte, entre los dos grupos principales encaja un número de relatos que tienen lugar en la península septentrional de Mhu Thulan. Dichos relatos son: La Sibila Blanca, La llegada del Gusano Blanco, Ubbo—Sathla, La Puerta de Saturno y El demonio de hielo. El arreglo de estos cuentos parte de ciertos datos que aparecen dentro de su propia estructura; por ejemplo, Ubbo—Sathla se refiere a un antiguo mago, Zon Mezzamalech, cuya historia fue escrita posteriormente por otro mago llamado Eibon. La llegada del Gusano Blanco se «basa» igualmente en un relato conservado en los anales de Eibon. La Puerta de Saturno describe el final de dicho mago Eibon. Por ello, La Puerta de Saturno ha de ser necesariamente la última historia de esta secuencia, ya que los acontecimientos de Ubbo—Sathla y El Gusano Blanco tienen lugar antes. He situado a Ubbo—Sathla antes que La llegada del Gusano Blanco porque Eibon parece sugerir que los acontecimientos en ese relato tienen lugar mucho antes de su propio tiempo, mientras que los relatados en El Gusano Blanco suenen —a mi oído por lo menos— como más recientes.

Pero poseo mayor evidencia aún a la hora de organizar los otros dos cuentos sobre Mhu Thulan. La Sibila Blanca y El demonio de hielo. En La Sibila Blanca el héroe regresa a su ciudad natal de Cerngoth, después de visitar Commorión. Como el cuento sugiere sin lugar a dudas que Commorión todavía estaba habitado, he colocado este cuento en la secuencia de la era de Commorión. De acuerdo con esta secuencia, coloco en primer lugar El testamento de Athammaus, que describe el abandono de Commorión; después meto otro cuento de Mhu Thulan, La llegada del Gusano Blanco, más tardío en el ciclo que La Sibila Blanca, puesto que entonces tiene lugar la destrucción de Cerngoth. El demonio de hielo ocupa un puesto final en el ciclo, dado que el texto de la narración habla de siglos e incluso milenios más tarde, considerando que para entonces Mhu Thulan es un lugar desierto y cubierto por glaciares. La proximidad del poderoso glaciar apuntada en La llegada del Gusano Blanco ha invadido y enterrado toda la península en la época de El demonio de hielo. Además, incluyo El demonio de hielo próximo a la época de Uzuldaroum, en vez de la de Commorión, basándome en la frágil evidencia de que Commorión no aparece mencionada en todo el relato, al contrario de Uzuldaroum; deduzco que a no ser que Uzuldaroum se convirtiera en la capital de Hyperbórea en la época de El demonio de hielo, hubiera quedado como una metrópolis menos importante, mientras que se hubiera mencionado a Commorión como capital, entendiendo que estuviera habitada en el momento en que se desarrolla la historia.

Supongo que he dado una nota de gran importancia a todo este trabajo de investigación literaria, cuando en realidad carece de trascendencia alguna el hecho de que los cuentos sigan un orden u otro. De todas maneras, prefiero que se entienda que la ordenación en secuencias de todos los relatos se basa en algo más que en un mero capricho editorial.


III. LA GEOGRAFÍA DEL CICLO
En las primeras páginas del presente libro encontrarán un mapa hipotético del continente hyperbóreo, de acuerdo con las descripciones de Clark Ashton Smith a lo largo de sus relatos. Mientras que en la creación del mapa para la anterior colección de Smith, Zothique, pude dibujar basándome en las investigaciones de L. Sprague de Camp, su propio bosquejo del mapa de Zothique y las propias correcciones de Smith sobre el mismo, por desgracia mi aventura en la geografía de Hyperbórea ha carecido de una ayuda valiosa, y por eso se basa única y exclusivamente en mi propio estudio del texto.

Smith ancla muy vagamente su concepción de Hyperbórea en el relato de Ubbo—Sathla, donde hace una referencia de pasada a la noción de que la primitiva península de Mhu Thulan corresponde más o menos a la Grecia actual. Aparte de este comentario casual, carecemos de información tanto en cuanto a extensión como a situación exacta del continente.

Sin embargo, los cuentos contienen referencias muy claras a nombres de lugares. Con frecuencia se identifica a Mhu Thulan con la península más septentrional del continente, y en La llegada del Gusano Blanco afirma que Cerngoth se encontraba en la costa oriental, con Leqquan al sur, y la «gran isla» de Thulask algo más al norte de la ciudad.

Hay dudas en Smith sobre la localización de Commorión, pero tengo la impresión de que está por el centro, en la mitad septentrional del continente. El relato de Satampra Zeiros detalla la distancia entre Commorión y Uzuldaroum. más o menos «un día de camino», especificando que Uzuldaroum se encuentra al sur. Las siete pruebas hace una referencia a las montañas Eiglopheas, explicando que también se encuentran a «un día de camino» de Commorión, y al decir que la cordillera «ocultaba a la vista los resplandores de la puesta del sol», nos está indicando que se encuentran al oeste de la ciudad. En un par de cuentos se menciona al semilegendario reino de Tscho Vulpanomi, situado en el sur, pero carezco de evidencia escrita que apoye mi opinión de que este reino es el más meridional de Hyperbórea; creo que es así, y de hecho lo señalo en mi mapa, por la sencilla razón de que Smith no menciona nada más al sur de Tscho Vulpanomi.

En La Sibila Blanca se dice que las montañas se encuentran al norte de Cerngoth, en Mhu Thulan, y que Polarión está más allá. Las referencias de Smith sobre Polarión son ambiguas y confusas; en La llegada del Gusano Blanco habla de «hombres extranjeros, llamados polarianos, procedentes de islas próximas al polo, más allá de la gran Thulask», y El testamento de Athammaus habla igualmente de «la isla de nieve llamada Polarión»; sin embargo, en La Sibila Blanca dice que Polarión es «una tierra desierta» y «rodeada de llanuras heladas», sugiriendo que se trata de la región más septentrional de la península de Mhu Thulan. Quizá me he equivocado al incluir a Polarión como parte del continente, pero el propio Smith no estaba muy seguro sobre este punto y sus manifestaciones son contradictorias.

En una sola ocasión se hace referencia a Oggon—Zhai, pero no lo sitúa con precisión, limitándose a sugerir que se encontraba en alguna parte por Mhu Thulan; lqqua aparece únicamente en El demonio de hielo, dando la sensación de que se encuentra muy al sur de la península de Mhu Thulan.

Son numerosas las menciones de «las islas y archipiélagos de Hyperbórea», pero ninguna es específica; por ello, he dibujado islas caprichosamente, sin poder justificar su existencia.

En ningún momento nos habla Smith de ciudades al este o al oeste del continente, excepto por las ya mencionadas Cerngoth y Leqquan, ambas en las costas orientales de la península de Mhu Thulan. En ocasiones da a entender que Commorión mantenía tratos comerciales con Mhu y Atlantis, así como con otras civilizaciones coetáneas. Ello supondría un comercio marítimo, pero Smith no nos indica la existencia de un río próximo a Commorión que permitiera una salida al mar. De hecho, en El relato de Satampra Zeiros describe con toda claridad la localización de la ciudad como un «valle interior», añadiendo en otros relatos que estaba rodeada de selva, por la cual fue eventualmente invadida. En la segunda narración de Satampra Zeiros, El robo de los treinta y nueve cinturones, tampoco indica que Uzuldaroum fuese costera, o ribereña, sino todo lo contrario, ya que al parecer estaba circundada por la jungla. Por estas razones, me he abstenido de situar una u otra capital a orillas del mar o de algún río, aunque no pude comprender cómo ciudades del interior, exentas de comunicaciones adecuadas con el mar, y al parecer totalmente rodeadas por la selva, podían mantener un sistema económico (¿con rutas de caravanas?), y mucho menos alimentar a la población, ya que es casi imposible trabajar la tierra entre espesas junglas.

Pero ahora que lo pienso, todas estas metrópolis florecieron en una era de poderosos magos, y con magia se puede explicar casi todo.
Lin CARTER.
El Borde Del Mundo
Dado que la mayoría de las extrañas fantasías de Clark Ashton Smith corresponden a uno un otro de sus numerosos ciclos de relatos, tengo la impresión de que los cuentos cortos que aparecen a continuación constituyen los restos de otro ciclo similar que, por alguna razón desconocida para nosotros, fue abandonado o quedó incompleto. Por otro lado, es posible que me equivoque en este sentido; no obstante, he reunido en este manuscrito los cuentos cortos a que aludía, agrupándolos bajo un título de mi propia creación.
Lin Carter

The Abominations Of Yondo


Clark Ashton Smith
The sand of the desert of Yondo is not as the sand of other deserts; for Yondo lies nearest of all to the world's rim; and strange winds, blowing from a pit no astronomer may hope to fathom, have sown its ruinous fields with the gray dust of corroding planets, the black ashes of extinguished suns. The dark, orblike mountains which rise from its wrinkled and pitted plain are not all its own, for some are fallen asteroids half—buried in that abysmal sand. Things have crept in from nether space, whose incursion is forbid by the gods of all proper and well—ordered lands; but there are no such gods in Yondo, where live the hoary genii of stars abolished and decrepit demons left homeless by the destruction of antiquated hells.
It was noon of a vernal day when I came forth from that interminable cactus—forest in which the Inquisitors of Ong had left me, and saw at my feet the gray beginnings of Yondo. I repeat, it was noon of a vernal day; but in that fantastic wood I had found no token or memory of a spring; and the swollen, fulvous, dying and half—rotten growths through which I had pushed my way, were like no other cacti, but bore shapes of abomination scarcely to be described. The very air was heavy with stagnant odors of decay; and leprous lichens mottled the black soil and russet vegetation with increasing frequency. Pale—green vipers lifted their heads from prostrate cactus—boles and watched me with eyes of bright ochre that had no lids or pupils. These things had disquieted me for hours past; and I did not like the monstrous fungi, with hueless stems and nodding heads of poisonous mauve, which grew from the sodden lips of fetid tarns; and the sinister ripples spreading and fading on the yellow water at my approach were not reassuring to one whose nerves were still taut from unmentionable tortures. Then, when even the blotched and sickly cacti became more sparse and stunted, and rills of ashen sand crept in among them, I began to suspect how great was the hatred my heresy had aroused in the priests of Ong and to guess the ultimate malignancy of their vengeance.
I will not detail the indiscretions which had led me, a careless stranger from far—off lands, into the power of those dreadful magicians and mysteriarchs who serve the lion—headed Ong. These indiscretions, and the particulars of my arrest, are painful to remember; and least of all do I like to remember the racks of dragon—gut strewn with powdered adamant, on which men are stretched naked; or that unlit room with six—inch windows near the sill, where bloated corpse worms crawled in by hundreds from a neighboring catacomb. Sufficient to say that, after expending the resources of their frightful fantasy, my inquisitors had borne me blindfolded on camel—back for incomputable hours, to leave me at morning twilight in that sinister forest. I was free, they told me, to go whither I would; and in token of the clemency of Ong, they gave me a loaf of coarse bread and a leathern bottle of rank water by way of provision. It was at noon of the same day that I came to the desert of Yondo.
So far, I had not thought of turning back, for all the horror of those rotting cacti, or the evil things that dwelt among them. Now, I paused knowing the abominable legend of the land to which I had come; for Yondo is a place where few have ventured wittingly and of their own accord. Fewer still have returned C babbling of unknown horrors and strange treasure; and the life—long palsy which shakes their withered limbs, together with the mad gleam in their starting eyes beneath whitened brows and lashes, is not an incentive for others to follow. So it was that I hesitated on the verge of those ashen sands, and felt the tremor of a new fear in my wrenched vitals. It was dreadful to go on, and dreadful to go back, for I felt sure that the priests had made provision against the latter contingency. So after a little I went forward, singing at each step in loathly softness, and followed by certain long—legged insects that I had met among the cacti. These insects were the color of a week—old corpse and were as large as tarantulas; but when I turned and trod upon the foremost, a mephitic stench arose that was more nauseous even than their color. So, for the nonce, I ignored them as much as possible.
Indeed, such things were minor horrors in my predicament. Before me, under a huge sun of sickly scarlet, Yondo reached interminable as the land of a hashish—dream against the black heavens. Far—off, on the utmost rim, were those orb—like mountains of which I have told; but in between were awful blanks of gray desolation, and low, treeless hills like the backs of half—buried monsters. Struggling on, I saw great pits where meteors had sunk from sight; and divers—colored jewels that I could not name glared or glistened from the dust. There were fallen cypresses that rotted by crumbling mausoleums, on whose lichen blotted marble fat chameleons crept with royal pearls in their mouths. Hidden by the low ridges, were cities of which no stela remained unbroken C immense and immemorial cities lapsing shard by shard, atom by atom, to feed infinities of desolation. I dragged my torture—weakened limbs over vast rubbish—heaps that had once been mighty temples; and fallen gods frowned in rotting pasammite or leered in riven porphyry at my feet. Over all was an evil silence, broken only by the satanic laughter of hyenas, and the rustling of adders in thickets of dead thorn or antique gardens given to the perishing nettle and fumitory.
Topping one of the many mound—like ridges, I saw the waters of a weird lake, unfathomably dark and green as malachite, and set with bars of profulgent salt. These waters lay far beneath me in a cup—like hollow; but almost at my feet on the wave—worn slopes were heaps of that ancient salt; and I knew that the lake was only the bitter and ebbing dregs of some former sea. Climbing down, I came to the dark waters, and began to lave my hands; but there was a sharp and corrosive sting in that immemorial brine, and I desisted quickly preferring the desert dust that had wrapped me about like a slow shroud. Here I decided to rest for a little; and hunger forced me to consume part of the meager and mocking fare with which I had been provided by the priests. It was my intention to push on if my strength would allow and reach the lands that lie to the north of Yondo. Theses lands are desolate, indeed, but their desolation is of a more usual than that of Yondo; and certain tribes of nomads have been known to visit them occasionally. If fortune favored me, I might fall in with one of these tribes.
The scant fare revived me, and, for the first time in weeks of which I had lost all reckoning, I heard the whisper of a faint hope. The corpse—colored insects had long since ceased to follow me; and so far despite the eeriness of the sepulchral silence and the mounded dust of timeless ruin, I had met nothing half so horrible as those insects. I began to think that the terrors of Yondo were somewhat exaggerated. It was then that I heard a diabolic chuckle on the hillside above me. The sound began with a sharp abruptness that startled me beyond all reason, and continued endlessly, never varying its single note, like the mirth of an idiotic demon. I turned, and saw the mouth of a dark cave fanged with green stalactites, which I had not perceived before. The sound appeared to come from within this cave.
With a fearful intentness I stared at the black opening. The chuckle grew louder, but for awhile I could see nothing. At last I caught a whitish glimmer in the darkness; then, with all the rapidity of nightmare, a monstrous Thing emerged. It had a pale, hairless, egg—shaped body, large as that of a gravid she—goat; and this body was mounted on nine long wavering legs with many flanges, like the legs of some enormous spider. The creature ran past me to the water's edge; and I saw that there were no eyes in its oddly sloping face; but two knife—like ears rose high above its head, and a thin, wrinkled snout hung down across its mouth, whose flabby lips, parted in that eternal chuckle, revealed rows of bats' teeth. It drank acidly of the bitter lake then, with thirst satisfied, it turned and seemed to sense my presence, for the wrinkled snout rose and pointed toward me, sniffing audibly. Whether the creature would have fled, or whether it meant to attack me, I do not know; for I could bear the sight no longer but ran with trembling limbs amid the massive boulders and great bars of salt along the lakeshore.
Utterly breathless I stopped at last, and saw that I was not pursued, I sat down, still trembling, in the shadow of a boulder. But I was to find little respite, for now began the second of those bizarre adventures which forced me to believe all the mad legends I had heard. More startling even than that diabolic chuckle was the scream that rose at my very elbow from the salt—compounded sand C the scream of a woman possessed by some atrocious agony, or helpless in the grip of devils. Turning, I beheld a veritable Venus, naked in a white perfection that could fear no scrutiny, but immersed to her navel in the sand. Her terror—widened eyes implored me and her lotus hands reached out with beseeching gesture. I sprang to her side C and touched a marble statue, whose carven lids were drooped in some enigmatic dream of dead cycles, and whose hands were buried with the lost loveliness of hips and thighs. Again I fled, shaken with a new fear; and again I heard the scream of a woman's agony. But this time I did not turn to see the imploring eyes and hands.
Up the long slope to the north of that accursed lake stumbling over boulders of basanite and ledges that were sharp with verdigris—covered metals; floundering in pits of salt, on terraces wrought by the receding tide in ancient aeons. I fled as a man flies from dream to baleful dream of some cacodemoniacal night. At whiles there was a cold whisper in my ear, which did not come from the wind of my flight; and looking back as I reached one of the upper terraces, I perceived a singular shadow that ran pace by pace with my own. This shadow was not the shadow of man nor ape nor any known beast; the head was too grotesquely elongated, the squat body too gibbous ; and I was unable to determine whether the shadow possessed five legs, or whether what appeared to be the fifth was merely a tail.
Terror lent me new strength, and I had reached the hilltop when I dared to look back again. But still the fantastic shadow kept pace by pace with mine; and now I caught a curious and utterly sickening odor, foul as the odor of bats who have hung in a charnel—house amid the mold of corruption. I ran for leagues, while the red sun slanted above the asteroidal mountains to the west; and the weird shadow lengthened with mine but kept always at the same distance behind me.
An hour before sunset I came to a circle of small pillars that rose miraculously unbroken amid ruins that were like a vast pile of potsherds. As I passed among these pillars I heard a whimper, like the whimper of some fierce animal, between rage and fear, and saw that the shadow had not followed me within the circle. I stopped and waited, conjecturing at once that I had found a sanctuary my unwelcome familiar would not dare to enter; and in this the action of the shadow confirmed me, the Thing hesitated, then ran about the circle of columns pausing often between them; and, whimpering all the while, at last went away and disappeared in the desert toward the setting sun.
For a full half hour I did not dare to move; then, the imminence of night, with all its probabilities of fresh terror, urged me to push on as far as I could to the north. For I was now in the very heart of Yondo where demons or phantoms might dwell who would not respect the sanctuary of the unbroken columns. Now, as I toiled on, the sunlight altered strangely; for the red orb nearing the mounded horizon, sank and smouldered in a belt of miasmal haze, where floating dust from all the shattered fanes and necropoli of Yondo was mixed with evil vapors coiling skyward from black enormous gulfs lying beyond the utmost rim of the world. In that light, the entire waste, the rounded mountains, the serpentine hills, the lost cities, were drenched with phantasmal and darkening scarlet.
Then, out of the north, where shadows mustered, there came a curious figure C a tall man fully caparisoned in chain—mail C or, rather, what I assumed to be a man. As the figure approached me, clanking dismally at each step on the sharded ground, I saw that its armor was of brass mottled with verdigris; and a casque of the same metal furnished with coiling horns and a serrate comb, rose high above its head. I say its head, for the sunset was darkening, and I could not see clearly at any distance; but when the apparition came abreast, I perceived that there was no face beneath the brows of the bizarre helmet whose empty edges were outlined for a moment against the smouldering light. Then the figure passed on, still clanking dismally and vanished.
But on its heels ere the sunset faded, there came a second apparition, striding with incredible strides and halting when it loomed almost upon me in the red twilight C the monstrous mummy of some ancient king still crowned with untarnished gold but turning to my gaze a visage that more than time or the worm had wasted. Broken swathings flapped about the skeleton legs, and above the crown that was set with sapphires and orange rubies, a black something swayed and nodded horribly; but, for an instant, I did not dream what it was. Then, in its middle, two oblique and scarlet eyes opened and glowed like hellish coals, and two ophidian fangs glittered in an ape—like mouth. A squat, furless, shapeless head on a neck of disproportionate extent leaned unspeakably down and whispered in the mummy 's ear. Then, with one stride, the titanic lich took half the distance between us, and from out the folds of the tattered sere—cloth a gaunt arm arose, and fleshless, taloned fingers laden with glowering gems, reached out and fumbled for my throat . . .
Back, back through aeons of madness and dread, in a prone, precipitate flight I ran from those fumbling fingers that hung always on the dusk behind me, back, back forever, unthinking, unhesitating, to all the abominations I had left; back in the thickening twilight toward the nameless and sharded ruins, the haunted lake, the forest of evil cacti, and the cruel and cynical inquisitors of Ong who waited my return.

Las Abominaciones De Yondo


Clark Ashton Smith
La arena del desierto de Yondo no es como la de los demás desiertos; entre otras cosas, Yondo se encuentra justo en el borde del mundo, y vientos extraños que soplan desde un golfo cuya profundidad no ha podido determinar ningún astrónomo han sembrado sus campos devastados con el polvo gris de planetas corroídos, y las cenizas negras de soles extinguidos. Las montañas oscuras y con forma esférica que se elevan sobre una planicie arrugada y erosionada no son tan sólo montañas, ya que algunas son asteroides caídos que se han hundido en esa arena abismal. Cosas extrañas han surgido de espacios remotos, cuya exploración está prohibida por los dioses de todas las tierras decentes y bien gobernadas. Pero no existen dioses semejantes en Yondo, donde habitan los genios de las estrellas desaparecidas, y los demonios decrépitos cuyas casas fueron destruidas en infiernos ya anticuados.

Rayaba un mediodía de primavera cuando por fin conseguí salir del interminable bosque de cactos donde me habían dejado los inquisidores de Ong, cuando vi a mis pies el comienzo gris de las llanuras de Yondo. Repito que se trataba de las doce de la mañana de un día de primavera, pero durante mi estancia en ese bosque fantástico no había encontrado nada que me recordase a la primavera; la vegetación que había ido cortando en mi camino, hinchada, moribunda y medio podrida, no se parecía a los demás cactos, sino que tenía formas abominables de difícil descripción. El aire estaba densamente cargado de olores putrefactos, y los helechos leprosos moteaban la tierra negra y la vegetación enroñada con una frecuencia cada vez mayor. Víboras de un verde pálido levantaban la cabeza de los arbustos de cactos, y me observaban con ojos de un ocre brillante, sin párpados ni pupilas. Todo esto me inquietó durante muchas horas; no me gustaban los fungus monstruosos de brazos descoloridos y cabezas de un malva venenoso que crecían a los bordes de los charcos fétidos y el oleaje siniestro que cubría las aguas amarillentas no suponía precisamente un tranquilizante para alguien cuyos nervios estuviesen aún alterados por las torturas recientes. Entonces, cuando hasta los enfermizos y horrendos cactos comenzaron a escasear mientras que aparecía ya la arena cenicienta, comencé a sospechar hasta qué punto mi herejía había despertado un tremendo odio en los sacerdotes de Ong, y la perversidad infinita de su venganza.

No detallaré aquí las indiscreciones que me habían conducido, a mí, un incauto extranjero procedente de tierras lejanas, hasta las manos de esos temibles magos y diáconos misteriosos que están al servicio de Ong. Me duele recordar las indiscreciones cometidas así como las circunstancias que rodearon mi detención; pero lo peor de todo fueron los tableros enlazados con intestino de dragón y rociado de polvos picantes, donde estiraban a los hombres desnudos; o esa habitación sin luz, con ventanas de seis pulgadas en el alféizar, por donde se paseaban cientos de gusanos que se alimentaban en una catacumba cercana. Para terminar, diré únicamente que después de agitar conmigo todos los recursos de su temible fantasía, mis inquisidores me obligaron a cabalgar durante horas y horas a lomos de un camello, para abandonarme al amanecer en ese bosque siniestro. Me dijeron que estaba libre, que podía ir adonde quisiera; y, como muestra de la clemencia de Ong, me entregaron una hogaza de pan de centeno, y una bota de vino con agua pasada a modo de provisiones. El día rayaba su hora doce del mismo día, cuando yo llegaba al desierto de Yondo.

Hasta entonces no se me había ocurrido retroceder sobre mis pasos, impresionado aún por el horror de los cactos y las cosas malas que crecían a su alrededor. Pero al llegar al desierto me paré al recordar la leyenda aterradora que rodeaba la tierra que se extendía ante mí, ya que Yondo es un lugar donde muy pocos se aventuran conscientemente o por propia voluntad. Menos aún son los que han regresado, y cuando lo han conseguido balbucean horrores desconocidos y tesoros inconmensurables; además, no supone ningún aliciente el constante movimiento que sacude sus miembros incesantemente, ni la mirada extraviada de unos ojos inquietos bajo pestañas y cejas blanquecinas. Por esta razón dudé durante un instante al borde de las arenas cenicientas, y sentí el temor de un miedo nuevo en lo más íntimo de mis órganos vitales. Tan arriesgado y horroroso era seguir adelante como retroceder, ya que estaba seguro de que los sacerdotes se habían asegurado de que así fuera. Al cabo de un rato caminé hacia delante, hundiéndome a cada paso en una blandura desagradable; me seguía una larga hilera de insectos patilargos que había encontrado entre los cactos. Dichos insectos tenían color de muerto y eran del tamaño de las tarántulas; pero cuando me volví y aplasté algunos con el pie, llegó hasta mi nariz una pestilencia más vomitiva aún que su propio color. Así, decidí ignorarlos por el momento lo más posible.

En definitiva, no eran más que pequeños temores en comparación con otras monstruosidades. Bajo un enorme sol de un agobiante escarlata, se extendía un Yondo interminable como una tierra de pesadilla contra un cielo negro. Lejos, muy lejos, se erguían las montañas esféricas de las que hablé más arriba; pero entre ellas había horribles vacíos de desolación gris, y colinas bajas, sin vegetación, parecidas al espinazo de monstruos semienterrados. Después de una dificultosa caminata vi grandes pozos donde se habían hundido meteoros, desapareciendo de la vista; y muchas piedras preciosas de diversos colores, cuyo nombre desconocía, resplandecían y brillaban entre el polvo. Cipreses caídos se pudrían junto a mausoleos derrumbados, por cuyos mármoles cubiertos de verdín se paseaban camaleones con perlas maravillosas en sus fauces. Ocultas tras apriscos surgían ciudades conde no quedaba intacta piedra sobre piedra; ciudades inmensas y antiquísimas hundiéndose centímetro a centímetro, átomo a átomo, para alimentar la desolación infinita. Arrastré mis pobres miembros, debilitados por la tortura, por montañas de basuras que en tiempos fueran poderosos templos; a mis pies fruncían el ceño las estatuas de los dioses desde sus restos de samnita resquebrajada o porfiria sofocada por el verdín. Pero la nota dominante era el silencio que reinaba por doquier, roto únicamente por la risa satánica de las hienas y el silbido de las serpientes entre los setos muertos de espino, o por los jardines antiguos, reino actual de insectos y alimañas.

Al llegar a la cumbre de uno de los numerosos apriscos en forma de montículo, me encontré ante las aguas de un extraño lago, inconmensurablemente oscuro y tan verde como la malaquita; además, estaba separado por barras de sal brillante. Las aguas yacían muy por debajo de mí en una hondonada en forma de taza; pero casi a mis pies surgían las lomas y montones de una sal antiquísima, bañada incesantemente por el agua del lago. Yo sabía que ese lago no era más que el amargo y triste residuo de un mar anterior. Descendiendo del aprisco, me aproximé a las oscuras aguas y comencé a lavarme las manos; pero había algo cortante y corrosivo en el líquido ancestral y desistí de mi propósito, prefiriendo el polvo del desierto, que hasta entonces me había envuelto como una capa.

Decidí descansar unos momentos a la orilla del lago, y empujado por un punzante apetito consumí parte de las escasas provisiones que no sin cierta ironía me entregaran los sacerdotes. Mi propósito era reunir todas mis fuerzas y llegar como pudiera a las tierras que se extienden al norte de Yondo. Dichas tierras están desiertas, pero su desolación es más natural que la de Yondo; además, se sabe que en ocasiones se asientan allí ciertas tribus de nómadas. Si la fortuna me sonriese, podría encontrarme con alguna.

La escasa colación me reanimó, y por vez primera desde hacía muchas semanas oí el suspiro de una ligera esperanza. Los insectos con aspecto de cadáveres ya no me seguían, y a pesar de la macabrez del silencio sepulcral y de las ruinas polvorientas hasta el momento no había vuelto a encontrar nada tan horrible como esos insectos. Hubo un instante en que pensé que había cierta exageración en los terrores de Yondo.

Fue en ese instante cuando oí una carcajada diabólica desde la colina, sobre mi cabeza. El ruido comenzó de repente, sobresaltándome, y continuó sin parar, sin variar ni una sola nota, como si fuera la risa de un demonio idiota. Me volví y vi la boca de una oscura cueva, dentada con estalactitas verdes, que hasta entonces no había visto. Al parecer, el ruido provenía de dicha cueva.

Con una intensidad producida por el pánico, observé detenidamente la apertura negra. La carcajada se hizo más intensa, pero por el momento no pude ver nada. Por fin capté un destello blanco en la profundidad, y entonces, con la rapidez de un rayo, salió una cosa monstruosa. Su cuerpo era pálido, lampiño y en forma de huevo, del tamaño de una cabra montesa; se movía sobre nueve patas largas, flexibles y peludas, como las de una araña gigante. La extraña criatura pasó corriendo por mi lado hacia el borde del lago, y entonces vi que su rostro carecía de ojos; sin embargo, por encima de su cabeza destacaban dos largas orejas en forma de cuchillos, y un pellejo delgado y arrugado colgaba sobre su boca, cuyos labios paposos, separados en una carcajada eterna, dejaban entrever filas de colmillos de murciélago.

Bebió con avidez de las amargas aguas del lago; después, cuando satisfizo su sed, se volvió y pareció darse cuenta de mi presencia, ya que el pellejo arrugado se irguió apuntándome, y me olfateó sonoramente. No sé si me hubiera atacado, y si habría escapado de allí, pero como yo no podía aguantar más tan desagradable visión, corrí temblando por entre los grandes peñascos y las barras de sal que bordeaban el lago.

Agotado y sin aliento, me paré, pero al volver la cabeza advertí que nadie me perseguía. Temblando aún, me senté a la sombra de un peñasco. Pero no duraría mucho mi descanso, porque en ese momento comenzó la segunda de esas extrañas aventuras que me obligaron a creer en todas las leyendas que había oído.

Mucho más alarmante que la carcajada diabólica era el grito que se elevó a mi lado, procedente de la arena silícea; era el grito de una mujer en medio de alguna atroz agonía, o indefensa en las garras de los diablos. Al volverme, pude contemplar a una verdadera Venus, completamente desnuda, con una perfección blanca que podía resistir cualquier escrutinio, ya que estaba incrustada en la arena hasta el ombligo. Sus ojos, desmesuradamente abiertos por el terror, me imploraban con la mirada y sus manos de loto se extendían hacia mí mendicantes. Corrí a su lado, y toqué una estatua de mármol, cuyos párpados tallados caían en un sueño enigmático de ciclos muertos; sus manos estaban enterradas junto a la hermosura perdida de las caderas y los muslos. Una vez más escapé de allí, aturdido por un nuevo miedo, y una vez más oí el grito de agonía de una mujer. Pero en esta ocasión no me volví para contemplar los ojos y manos implorantes.

Cuesta arriba por la larga ladera al norte del maldito lago, tropezando con peñascos de basalto y rebordes afilados de metales cubiertos de verdín, tambaleando por pozas de sal o terrazas desgastadas por las mareas de eones antiquísimos, huí y escapé como un hombre que pasa de una pesadilla a otra, en el transcurso de una noche cacodemoniaca... De cuando en cuando sentí un suspiro helado en mi oído, ajeno al viento provocado por mi huida, y al mirar atrás desde una de las terrazas superiores advertí una extraña sombra que corría siguiendo mis huellas. No era la sombra de un hombre, ni de un mono ni de cualquier bestia conocida; tenía una cabeza grotescamente alargada y un cuerpo cheposo y ancho. Tampoco pude determinar si la sombra tenía cinco patas o si la quinta era una cola.

El miedo me prestó una fuerza y un vigor nuevos, y cuando llegué arriba del todo me atreví a mirar de nuevo atrás. Pero la sombra extraña seguía aún mis huellas, y entonces llegó hasta mí un hedor repugnante, hediondo como el de los murciélagos que cuelgan en los desolladeros entre los montones de carnes podridas. Corrí durante muchas leguas, mientras el rojizo sol rasgaba las montañas asteroidales que yacen al oeste; pero la extraña sombra se alargaba igual que la mía, conservando siempre la misma distancia detrás de mí.

Una hora antes de la puesta del sol llegué a un círculo formado por pequeñas pilastras que milagrosamente seguían intactas entre ruinas de lo que parecía ser una gran pila de trozos de cerámica. Al pasar entre las pilastras me pareció oír un gemido, parecido al quejido de un animal salvaje, una mezcla de rabia y miedo; entonces advertí que la sombra no me había seguido dentro del círculo. Me paré y esperé, concluyendo inmediatamente que había encontrado un santuario donde no se atrevía a entrar mi desagradable perseguidor. Pronto se vieron confirmadas mis sospechas, ya que la cosa dudó, y entonces se puso a correr alrededor del círculo de columnas, parando de vez en cuando entre las mismas; pero en ningún momento dejó de gemir, y por último se alejó desapareciendo por el desierto hacia el sol poniente.

Durante media hora no me atreví a moverme; pero luego, la proximidad de la noche, con todas sus posibilidades de nuevos terrores, me obligó a seguir adelante todo lo que pudiera, siempre hacia el norte. Me encontraba en ese momento en el mismo corazón de Yondo, donde bien podían habitar demonios o fantasmas que no respetarían necesariamente el santuario de columnas intactas.

A medida que avanzaba, la luz solar cambió extrañamente; el disco rojo, al aproximarse al horizonte cuajado de montículos, se hundió deshaciéndose en un cinturón de resplandores y miasmas, donde el polvo flotante de las ruinas de la metrópolis de Yondo se mezclaba con los desagradables vapores que se elevaban en forma de columna hacia el cielo desde los enormes golfos negros que se encuentran más allá del extremo final del mundo. A la luz rojiza, las montañas redondas, las colinas serpenteadas y las ciudades perdidas adquirían un tono escarlata oscuro y fantasmal.

Entonces, desde el lejano norte, donde las sombras cobran un color mostaza, surgió una extraña figura; era un hombre alto, completamente cubierto por una cota de malla, o al menos yo creí que se trataba de un hombre. Al aproximarse a mí, resonando su armadura a cada paso, observé que su cota de malla era de cobre cubierta de verdín; llevaba un casco del mismo metal, adornado con cuernos retorcidos y una afilada cresta que sobresalían por encima de su cabeza; y digo cabeza porque estaba oscureciendo y no podía ver con claridad a cierta distancia. Pero cuando la aparición estuvo más próxima pude advertir que bajo el yelmo no había rostro alguno, y por un momento el perfil del casco vacío se dibujó en las sombras de la luz crepuscular. La figura pasó por mi lado, haciendo sonar tristemente su armadura, y desapareció.

Pero inmediatamente después, cuando el sol estaba en su punto más bajo, llegó una segunda aparición galopando a toda carrera y parando cuando estuvo a mi altura; era la momia monstruosa de un antiguo rey, cuya cabeza estaba aún coronada por una tiara de oro sin mancillar. Al volver su rostro hacia mí pude advertir el paso del tiempo y el asiduo trabajo de los gusanos. Sobre el esqueleto flotaban ropajes destrozados, y encima de la corona, de zafiros y rubíes anaranjados, colgaba algo negro que asentía macabramente. Por un instante no pude adivinar de qué se trataba. Entonces se abrieron dos ojos oblicuos de color rojo, que resplandecían como dos carbones infernales encendidos, y dos fauces triangulares que parecían una boca de simio. Una cabeza cuadrada, sin pelo y deforme se inclinaba desde un cuello desproporcionadamente largo y susurraba algo inaudible al oído de la momia. Entonces, y de una sola zancada, el monstruo salvó la mitad de la distancia que nos separaba y apareció un brazo con guantelete de debajo de las ropas rasgadas, brazo de cuyo extremo colgaban dedos descarnados y agarrotados, cargados de pesadas sortijas, que trataban de agarrar mi garganta...

Retrocediendo lejos, muy lejos a través de años de luz llenos de locura y terror, en una huida alocada y precipitada, huí de los dedos insidiosos que quedaron colgando en el crepúsculo justo a mis espaldas. Retrocediendo lejos, muy lejos, hasta el infinito, sin pensar, sin dudar, lanzándome hacia todas las abominaciones que anteriormente abandonara. Huí retrocediendo hacia el denso anochecer, hacia las ruinas indefinidas y estáticas, hacia el lago encantado, y el bosque de los cactos malignos; huí retrocediendo hasta que llegué a los crueles y cínicos inquisidores de Ong, que aguardaban mi regreso.
Las Abominaciones De Yondo, 1926

Hyperbórea

Clark Ashton Smith

Trad. Guadalupe Rubio de Urquía

Colección Ciencia Ficción, 19

EDAF, 1978.

The Abomination of Desolation
Clark Ashton Smith
The desert of Soom is said to lie at the world's unchartable extreme, between the lands that are little known and those that are scarcely even conjectured. It is dreamed by travellers, for its bare and ever-moving sands are without oases, and a strange horror is rumored to dwell among them. Of this horror, many tales are told, and nearly all of the tales are different. Some say that the thing has neither visible form nor audible voice, and others that it is a dire chimera with multitudinous heads and horns and tails, and a tongue whose sound is like the tolling of bells in deep funereal vaults. Of the caravans and solitary wanderers who have ventured amid the sands of Soom, none has returned without a story to tell; and some have never returned at all, or have come back with brains devoured to madness by the terror and vertigo and delirium of infinite empty space.
..Yes, there are many tales, of a thing that follows furtively or with the pandemonium of a thousand devils, of a thing that roars or whispers balefully from the sand or from the wind, or stirs unseen in the coiling silence; or falls from the heavens like a crushing incubus: or yawns like a sudden pit before the feet of the traveller....
But once on a time there were two lovers who came to the desert of Soom, and who had occasion to cross the sterile sands. They knew not the evil rumor of the place; and, since they had found an abiding Eden in each other's eyes, it is doubtful if they even knew that they were passing through a desert. And they alone, of all who have dared this fearsome desolation, have had no tale to relate of any troublous thing, of any horror that followed or lurked before them, either seen or unseen, audible or heard; and for them there was no chimera, no yawning pit nor incubus. And never, never could they comprehend the stories that were told by less fortunate wayfarers.

December 18, 1929


La Desolacion De Soom
Clark Ashton Smith
Se dice que el desierto de Soom se extiende en un extremo del mundo, de difícil situación geográfica, entre tierras casi desconocidas y otras inimaginables. Los viajeros le tienen miedo porque sus arenas desérticas y movedizas no tienen oasis, y además, cuenta la leyenda que allí habitaban horrores indescriptibles. En este sentido, existen numerosos relatos, cada cual distinto. Algunos dicen que no es ni visible, ni audible, y otros dicen que se trata de una mera quimera de muchas cabezas, cuernos y rabos, y una lengua cuyo sonido es semejante al tañido de las campanas en auditorios abovedados durante algún funeral solemne. Todas las caravanas y aventureros solitarios que regresaron de Soom contaban relatos extraños; otros ni pudieron regresar siquiera, y hubo incluso quien se volvió completamente loco a causa del terror y el vértigo provocados por un espacio infinito y vacío... En efecto, eran muchos los relatos que existían en torno a un ser que espiaba furtivamente, o a todo un ejército de mil diablos; se hablaba de algo que se escondía aguardando detrás de las dunas movedizas, o de algo que rugía y susurraba desde la arena o desde el viento, o se mueve invisible en un silencio opresor, o cae desde el aire como un insecto aplastante, o bosteza abriéndose como un pozo repentinamente ante los pies del viajero.

Pero hace mucho tiempo existió una pareja de amantes que llegaron al desierto de Soom y cruzaron las estériles arenas. Desconocían la existencia del mal por aquellos parajes, y como habían encontrado un acogedor edén en sus respectivos ojos, es posible que no se dieran cuenta de que atravesaban un desierto. Y entre todos los que se atrevieron a pisar la temible desolación fueron los únicos que no regresaron con una nueva historia sobre algo terrible, sobre algún horror que los hubiera seguido o espiado, algo visible o invisible, audible o inaudible. Para ellos no hubo ni quimeras de múltiples cabezas, ni pozos bostezantes, ni insectos monstruosos. Además, nunca pudieron comprender las historias que les relataron caminantes menos afortunados.


La Desolación De Soom, 1938

Hyperbórea

Clark Ashton Smith

Trad. Guadalupe Rubio de Urquía

Colección Ciencia Ficción, 19

EDAF, 1978


The Passing of Aphrodite
Clark Ashton Smith
In all the lands of Illarion, from mountain-valleys rimmed with unmelting snow, to the great cliffs of sand whose reflex darkens a sleepy, tepid sea, were lit as of old the green and amethyst fires of summer. Spices were on the wind that mountaineers had met in the high glaciers; and the eldest wood of cypress, frowning on a sky-clear bay, was illumined by scarlet orchids... But the heart of the poet Phaniol was an urn of black jade overfraught by love with sodden ashes. with unmelting snow, to the great cliffs of sard whose reflex And because he wished to forget for a time the mockery of myrtles, Phaniol walked alone in the waste bordering upon Illarion; in a place that great fires had blackened long ago, and which knew not the pine or the violet, the cypress or the myrtle. There, as the day grew old, he came to an unsailed ocean, whose waters were dark and still under the falling sun, and bore not the memorial voices of other seas. And Phaniol paused, and lingered upon the ashen shore; and dreamt awhile of that sea whose name is Oblivion.
Then, from beneath the westering sun, whose bleak light was prone on his forehead, a barge appeared and swiftly drew to the land: albeit there was no wind, and the oars hung idly on the foamless wave. And Phaniol saw that the barge was wrought of ebony fretted with curious anaglyphs, and carved with luxurious forms of gods and beasts, of satyrs and goddesses and women; and the figurehead was a black Eros with full unsmiling mouth and implacable sapphire eyes averted, as if intent upon things not lightly to be named or revealed. Upon the deck of the barge were two women, one pale as the northern moon, and the other swart as equatorial midnight. But both were clad imperially, and bore the mien of goddesses or of those who dwell near to the goddesses. Without word or gesture, they regarded Phaniol; and, marvelling, he inquired, 'What seek ye?'
Then, with one voice that was like the voice of hesperian airs among palms at evening twilight in the Fortunate Isles, they answered, saying:
'We wait the goddess Aphrodite, who departs in weariness and sorrow from Illarion, and from all the lands of this world of petty loves and pettier mortalities. Thou, because thou art a poet, and hast known the great sovereignty of love, shall behold her departure. But they, the men of the court, the marketplace and the temple, shall receive no message nor sign of her going-forth, and will scarcely dream that she is gone... Now, O Phaniol, the time, the goddess and the going-forth are at hand.'
Even as they ceased, One came across the desert; and her coming was a light on the far hills; and where she trod the lengthening shadows shrunk, and the grey waste put on the purple asphodels and the deep verdure it had worn when those queens were young, that now are a darkening legend and a dust of mummia. Even to the shore she came and stood before Phaniol, while the sunset greatened, filling sky and sea with a flush as of new-blown blossoms, or the inmost rose of that coiling shell which was consecrate to her in old time. Without robe or circlet or garland, crowned and clad only with the sunset, fair with the dreams of man but fairer yet than all dreams: thus she waited, smiling tranquilly, who in life or death, despair or rapture, vision or flesh, to gods and poets and galaxies unknowable. But, filled with a wonder that was also love, or much more than love, the poet could find no greeting.
'Farewell, O Phaniol,' she said, and her voice was the sighing of remote waters, the murmur of waters moon-withdrawn, forsaking not without sorrow a proud island tall with palms. 'Thou hast known me and worshipped all thy days till now, but the hour of my departure is come: I go, and when I am gone, thou shalt worship still and shalt not know me. For the destinies are thus, and not forever to any man, to any world or to any god, is it given to possess me wholly. Autumn and spring will return when I am past, the one with yellow leaves, the other with yellow violets; birds will haunt the renewing myrtles; and many little loves will be thine. Not again to thee or to any man will return the perfect vision and the perfect flesh of the goddess.'
Ending thus, she stepped from that ashen strand to the dark prow of the barge; and even as it had come, without wafture of wind or movement of oar, the barge put out on a sea covered with the fallen fading petals of sunset. Quickly it vanished from view, while the desert lost those ancient asphodels and the deep verdure it had worn again for a little. Darkness, having conquered Illarion, came slow and furtive on the path of Aphrodite; shadows mustered innumerably to the grey hills and the heart of the poet Phaniol was an urn of black jade overfraught by love with sodden ashes.
La Marcha De Afrodita
Clark Ashton Smith
Por todas las tierras de Illarión, desde los valles y montañas coronadas con nieves perpetuas, hasta las poderosas colinas cuyo reflejo oscurece un mar tranquilo y tibio, estaban encendidos los antiguos fuegos verdes y amatistas del verano. Se aspiraban especias en el viento que azotaba el rostro de los montañeros al escalar los altos glaciares, y el más antiguo bosque de cipreses, que se deslizaba ceñudamente sobre una bahía de límpido cielo, estaba iluminado por las orquídeas de color escarlata... Pero el corazón del poeta Phaniol era una urna de negro jade fraguada por el amor con cenizas apagadas. Deseoso de olvidar por algún tiempo la socarronería de las zarzamoras, Phaniol caminaba solitario por el desierto que rodeaba a Illarión; era un lugar ennegrecido tiempo atrás por grandes hogueras, y que nunca había conocido los pinos, las violetas, los cipreses o las zarzamoras. Al caer la tarde llegó a un océano virgen, de aguas oscuras y estáticas bajo el sol poniente, exento del murmullo inmemorial propio de otros mares. Phaniol se paró y anduvo distraído por la costa cenicienta, soñando de cuando en cuando con ese mar llamado Oblivion6.

Entonces, bajo el sol yacente cuya cegadora luz iluminaba su frente, apareció una barca que suavemente se deslizó hasta tierra; pero no había viento y los remos colgaban inertes sobre olas sin cresta espumosa. Phaniol advirtió que la barca estaba construida con madera de ébano, decorada con extraños anaglifos y lujosamente tallada con imágenes de dioses y bestias, sátiros, diosas y mujeres, siendo la figura principal la de un Eros negro, de serios labios carnosos y llenos, e implacables ojos de zafiro de mirada extraviada, como si estuviesen contemplando intensamente cosas innombrables o desconocidas. A bordo venían dos mujeres, una de ellas pálida como la luna polar, y la otra tan negra como una noche ecuatoriana. Ambas llevaban vestidos imperiales, y su talante era el propio de las diosas, o de quienes habitan con ellas. Sin pronunciar una sola palabra y sin un solo gesto, contemplaron a Phaniol, quien a pesar de su asombro preguntó:

—¿Qué buscáis?

Entonces, con una voz que más parecía la voz del jardín de las Hespérides entre las palmeras, durante un anochecer en las islas Afortunadas, respondieron:

—Esperamos a la diosa Afrodita, quien presa de tristeza y desolación abandona Illarión, así como todos los países de este mundo de amores fugaces y mortales efímeros. Vos, puesto que sois poeta y habéis conocido la gran tiranía del amor, contemplaréis su marcha. Pero ellos, los cortesanos, mercaderes y sacerdotes no recibirán ningún mensaje, ninguna señal de su partida, y en modo alguno podrán imaginarse que se ha marchado... Ahora, oh Phaniol, están próximos el tiempo, la diosa y la despedida.

Apenas habían terminado de hablar, cuando a través del desierto llegó Afrodita, y su llegada provocó una luz sobre las colinas, y por donde caminaba disminuían las sombras, y las arenas grises producían amapolas granates y el profundo verdor del césped que luciera cuando las reinas eran jóvenes, antes de que pasaran a formar parte de una oscura leyenda y los siglos las convirtieran en momias polvorientas. Llegó hasta la orilla y quedó en pie ante Phaniol, mientras la puesta del sol se extendía, llenando el cielo y el mar con un color aterciopelado de capullo recién abierto, y lo más profundo de la concha que en tiempos remotos le fuera consagrada se elevaba para recibirla. No llevaba ropajes, ni coronas, ni guirnaldas, arropada y coronada únicamente por el crepúsculo solar, tan hermosa como los sueños de un mortal, pero mucho más hermosa que todos los sueños. La diosa aguardaba, sonriente y tranquila, símbolo de la vida y de la muerte, de la desesperación y de la pasión, ensueño de carne y hueso para dioses y poetas y galaxias jamás conocidas. Pero también reflejaba el asombro del amor, de algo mucho más que el amor, y cuyo sentido no podía entender el poeta.

—¡Hasta siempre, oh Phaniol! —exclamó, y su voz recordaba el suspiro de aguas lejanas, el murmullo de aguas de plenilunio, arrullando no sin tristeza una orgullosa isla coronada de altas palmeras—. Me has conocido y adorado durante toda tu vida hasta este momento, pero ha llegado la hora de mi partida; me voy, y cuando me haya marchado me seguirás adorando, pero ya no me conocerás. Así es el destino, y estaba dispuesto que ningún hombre, ni ningún mundo, ni ningún dios me poseyera completamente hasta la eternidad. Cuando yo ya no exista regresarán el otoño y la primavera, el primero cuajado de hojas amarillas, y la segunda de violetas igualmente amarillas; los pájaros se refugiarán en las zarzamoras renovadas, y conocerás nuevos y fugaces amores. Jamás volverán a tus ojos o a los de cualquier otro mortal la perfecta imagen y el perfecto cuerpo de la diosa.

Finalizando así su despedida, saltó del muelle ceniciento a la oscura proa de la barca; y de la misma manera en que había llegado, sin necesidad del viento ni de los remos, la barca se hizo a la mar cuajada de los descoloridos pétalos del anochecer. Desapareció inmediatamente de la vista, mientras el desierto perdía las antiguas amapolas y el rico verdor que luciera de nuevo por unos instantes. La oscuridad se adueñó de Illarión, siguiendo furtivamente el camino trazado por Afrodita; las sombras retornaron a las colinas, y el corazón del poeta Phaniol seguía siendo una urna de negro jade fraguada por el amor con cenizas apagadas.


La Marcha De Afrodita, 1934

Hyperbórea

Clark Ashton Smith

Trad. Guadalupe Rubio de Urquía

Colección Ciencia Ficción, 19

EDAF, 1978.


The Memnons of the Night
Clark Ashton Smith
Ringed with a bronze horizon, which, at a point immensely remote, seems welded with the blue brilliance of a sky of steel, they oppose the black splendour of their porphyritic forms to the sun's insuperable gaze. Reared in the morning twilight of primeval time, by a race whose towering tombs and cities are one with the dust of their builders in the slow lapse of the desert, they abide to face the terrible latter dawns, that move abroad in a starkness of fire, consuming the veils of night on the vast and Sphinx-like desolations. Level with the light, their tenebrific brows preserve a pride as of Titan kings. In their lidless implacable eyes of staring stone, is the petrified despair of those who have gazed too long on the infinite.
Mute as the mountains from whose iron matrix they were hewn, their mouths have never acknowledged the sovereignty of the suns, that pass in triumphal flame from horizon unto horizon of the prostrate land. Only at eve, when the west is a brazen furnace, and the far-off mountains smoulder like ruddy gold in the depth of the heated heavens -- only at eve, when the east grows infinite and vague, and the shadows of the waste are one with the increasing shadow of night then, and then only, from their sullen throats of stone, a music rings to the bronze horizon -- a strong, a sombre music, strange and sonorous, like the singing of black stars, or a litany of gods that invoke oblivion; a music that thrills the desert to its heart of adamant, and trembles in the granite of forgotten tombs, till the last echoes of its jubilation, terrible as the trumpets of doom, are one with the trumpets of infinity.

Las Estatuas De La Noche


Clark Ashton Smith
Limitadas por un horizonte lejano, que desde cierto punto se encuentra muy remoto y parece fundido con la brillantez azul de un cielo metálico, contrastan el negro esplendor de sus formas marmóreas con el insuperable resplandor del sol. Construidas en el amanecer de los tiempos, por una raza cuyas tumbas en forma de torre y ciudades de altas cúpulas constituyen ahora un solo polvo con el de sus constructores en las lentas evoluciones del desierto, permanecen en pie para contemplar los terribles amaneceres postreros, que surgen en otros países, consumiendo los velos de la noche en las desolaciones infinitas. Al mismo nivel de la luz, sus ceños temibles conservan el orgullo de los reyes Titánicos. En sus ojos de mirada pétrea, implacables y sin párpados, se refleja la desesperación de quienes han contemplado el infinito durante demasiado tiempo.

Mudas como las montañas de cuyo seno metálico surgieran, sus labios nunca han reconocido la soberanía de los soles que en llamarada triunfante cabalgan de horizonte a horizonte por la tierra subyugada. Unicamente al atardecer, cuando el oeste arde como un horno gigantesco, y las lejanas montañas lanzan chispas doradas a las profundidades de los cielos caldeados —únicamente al atardecer, cuando el este se hace infinito e indefinido, y las sombras del desierto se mezclan con la sombra de la noche hasta formar una sola—, entonces, y sólo entonces, surge de sus gargantas pétreas una música que se eleva hacia el horizonte cobrizo; es una música fuerte y triste, extraña y de gran sonoridad, como el canto de las estrellas negras, o la letanía de dioses que invocan olvido; es una música que enternece al desierto llegando hasta su corazón de roca, y que retumba en el granito de tumbas olvidadas, hasta que los últimos ecos de su alegría, cual trompetas del destino, se unen al negro silencio de lo infinito.


Las Estatuas De La Noche, 1935

Hyperbórea

Clark Ashton Smith

Trad. Guadalupe Rubio de Urquía

Colección Ciencia Ficción, 19

EDAF, 1978.



El extraño caso de Avoosl Wuthoqquan apareció por vez primera en Weird Tales, durante el mes de junio de 1932; copyright © 1932 by Popular Fiction Publishing Co. El testamento de Athammaus también apareció por vez primera en Weird Tales en octubre de 1932; copyright © by Popular Fiction Publishing Co. Por último, Ubbo—Sathla hizo su aparición primera en Weird Tales, en julio de 1933; copvright © 1933 by Popular Fiction Publishing Co. Más tarde se recogieron estos tres relatos en un libro titulado Fuera del tiempo y del espacio (Arkham House, 1942); copyright © 1942 by Clark Ashton Smith. Permiso concedido por Arkharn House y la señora de Clark Ashton Smith.
Las siete pruebas apareció por vez primera en Weird Tales, en octubre de 1934; copyright ©1934 by Popular Fiction Publishing Co. La llegada del Gusano Blanco se publicó la primera vez en Stirring Science Stories, en abril de 1941; copyright by © 1941 Albing Publicationas La Puerta de Saturno apareció originalmente en Strange Tales, en enero de 1932; copyright © 1931 by The Clayton Magazines Inc. El relato de Sazampra Zeiros apareció también por vez primera en Weird Tales, en noviembre de 1931: copyright © 1931 by Popular Fiction Publishing Co. los cuatro relatos mencionados quedaron recogidos en el libro titulado Los mundos perdidos (Arkham House, 1944); copyright © 1944 by Clark Ashton Smith. Permiso concedido por Arkham House y la señora de Clark Ashton Smith.
La Sibila Blanca se publicó la primera vez como folleto de las Fantasy Publications (c. 1935); copyright by Clark Ashton Smith. Por su parte, El demonio de hielo apareció por vez primera en Weird Tales, en noviembre de 1931; copyright © 1931 by Popular Fiction Publishing Co. Las abominaciones de Yondo apareció originalmente en la revista Overland Monthly, de abril de 1926; copyright © 1926 by The Overland Monthly. Más tarde se recogieron estos tres relatos en un libro titulado genéricamente Las abominaciones de Yondo (Arkham House, 1960); copyright © by Clark Ashton Smith. Permiso concedido por Arkham House y la señora de Clark Ashton Smith.
El robo de los treinta y nueve cinturones se publicó por vez primera en Saturno, Ciencia Ficción y Fantasía, de marzo de 1958, bajo el titulo de El poder de Hyperbórea, copyright © 1958 by Candar Publishing Co. Más tarde quedó incluido en el libro titulado Relatos de ciencia y brujería (Arkham House, 1964); copyright © 1964 by Mrs. Clark Ashton Smith. Permiso concedido por Arkham House y la señora de Clark Asthon Smith.
La musa de Hyperbórea se publicó la primera vez en El Abanico de Fantasía, en junio de 1934; La marcha de Afrodita apareció por vez primera en El Abanico de Fantasía, de diciembre de 1934; y La desolación de Soom, en Fantasmagoría, de noviembre de 1938, con el titulo de La abominación de desolación; Las estatuas de la noche, por último, hizo su primera aparición en El Fantágrafo, de noviembre—diciembre, 1935. Años más tarde se recopilaron estas cuatro poesías en prosa en un libro precisamente titulado Poesías en Prosa (Arkham House, 1965); copyright © 1965 by August Derleth. Permiso concedido por Arkham House y la señora de Clark Ashton Smith.



1 Para referencias exactas a Hyperbórea en los textos clásicos, véase Apolodoro: II, V, 11; Diodoro de Sicilia: II, 47; Herodoto: IV, 32 y 36; Pausanias: I, IV; III, XIII; Píndaro; Pythias: 10; Platón: Carmides; Plinio: IV, XXVI; y Estrabón: I,V, 3—4; II,IV,1; IV,V,5; y XV, I, 57.

2 Hemos incluido como apéndice un breve tratado sobre la geografía de la Hyperbórea de Smith, con el fin de explicar mi mapa de dicho continente, mapa que encabeza el presente libro.

3 Se trata de una especie de patos o ánades que habitan exclusivamente las regiones septentrionales, y cuya carne es suave y sabrosa (N. del T)

4 El autor se refiere a ciertos caracteres pertenecientes al alfabeto de los antiguos pueblos germánicos (N. del T.)

5 Juego de palabras: sonido exacto de las iniciales de Lovecraft, H. P. L., leídas en inglés. (N. del T.)

6 Juego de palabras: “Oblivion” significa igualmente en inglés “olvido” (N. del T.)
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