Introduccion en torno a hyperborea y Clark Ashton Snith Detrás Del Viento Del Norte



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INTRODUCCION

En torno a HYPERBOREA

y Clark Ashton Snith

Detrás Del Viento Del Norte

Nunca encontrarás por tierra o por mar

el maravilloso camino que conduce

a la fiesta de los hyperbóreos

PINDARO
Para los antiguos griegos, el fabuloso país de Hyperbórea constituía un paraíso idílico..., un Edén de los paganos. Eran muchas las historias que poseían sobre Hyperbórea... Hércules la visitó, fue allí donde Perseo cortó la cabeza de la Gorgona, y en ese país había nacido el abuelo de Apolo. Los mejores relatos se referían a un trotamundos hyperbóreo, un mago—sacerdote llamado Abaris, quien visitó Grecia, estudió magia con Pitágoras e impidió que una plaga destruyese Esparta, antes de volver a su país.

Homero, que siempre fue un tanto inexacto en cuanto a teoría geográfica, nunca mencionó el país de los hyperbóreos, al contrario que el historiador Herodoto (IV, 36), quien además recuerda que Hesíodo lo había mencionado, al igual que un perdido poema épico del ciclo tebano llamado el Epígono.

De entre todos los poetas, fue Píndaro quien caracterizó a Hyperbórea en su décima oda pítica. Según la encantadora traducción de Richmond Lattimore, Píndaro la describía de la siguiente manera:
Nunca se ausenta la Musa

de sus caminos: chocan las liras y lloran las flautas

envolviendo todo los coros de doncellas.

No se mezcla ni la enfermedad ni la ingrata vejez

en su sangre sagrada; lejos del trabajo y de la batalla viven.
Los antiguos críticos no tenían muy bien concepto de esta última oda. Decían que era un fracaso, y lo que es peor, un fracaso impertinente: fracaso porque al parecer la introducción de Hyperbórea en el cuerpo de la poesía carece de sentido; e impertinente porque, contradiciendo de plano a otros escritores, Píndaro dice que Perseo mató a Medusa en Hyperbórea (el resto dice que ocurrió en Libia).

Desgraciadamente, se ha perdido la mayor parte de lo escrito por los griegos acerca de Hyperbórea. Aproximadamente al mismo tiempo que Platón escribía su historia sobre la Atlántida, un joven escritor llamado Theopompus se estaba inventando una fábula maravillosa relatando la aventura de un navío de gigantes procedentes del continente desconocido, más allá del Río Océano que rodea al mundo, y que fueron los primeros en invadir Hyperbórea; pero, al encontrarlo tan aburrido y malo, dieron media vuelta y regresaron a su patria. También durante esa época, un joven historiador llamado Hecateo de Abdera recogió todos los relatos conocidos sobre los hyperbóreos y publicó un extenso tratado sobre los mismos, describiendo sus inocentes existencias de felicidad bucólica en una isla tropical situada al norte de Europa. Tanto el libro de Hecateo, como el Meropis del anteriormente mencionado Theopompus, se han perdido1.

Aunque muy indirectamente, Homero es el abuelo del mito hyperbóreo. Aunque no menciona a Hyperbórea en las obras que han llegado hasta nosotros, de hecho inició la idea de inventar una geografía que se adapte a las necesidades de la historia del autor. Dicha idea consiste, en su caso, en esparcir islas como Ogygia y Aeaea por todo el Mediterráneo, olvidando conscientemente la verdadera geografía de esos parajes, llegando con sus referencias a reinos y pueblos más o menos imaginarios, como las tierras de los cimerios y de las amazonas.

Escritores posteriores llegaron a la noción de Hyperbórea partiendo de especulaciones geográficas anteriores. Decían que los hyperbóreos eran maravillosos seres desnudos que vivían en el lejano norte —de hecho, se piensa que el nombre de Hyperbórea viene de , un término griego que significa “detrás del viento del Norte”—, y describían su país como una isla, y a veces como parte de la costa norte de Asia o Europa. Por último, lo localizaban detrás de una cordillera igualmente imaginaria, llamada de los montes Rifeños.

En su excelente libro sobre geografía imaginaria, Los Continentes Perdidos (Lost Continents), mi amigo L. Sprague de Camp comenta lacónicamente: “Sin haber estado allí nunca, los griegos imaginaron que el Ártico sería un lugar balsámico, con un clima maravilloso, donde la gente llegaba a los mil años”. Cabe añadir que esto ocurría con los autores clásicos tanto como con los medievales cuando escribían acerca de países de los cuales sabían muy poco o nada. Estas tierras gloriosas y desconocidas necesariamente tenían que ser maravillosas y llenas de leche y miel; pero al hablar así, los griegos se limitaban a obedecer una regla básica de la naturaleza humana, regla que he descubierto y a la cual he dado el nombre de “La ley de los pastos más verdes”.

Las especulaciones en torno a Hyperbórea no terminaron con el cierre de la era clásica, sino todo lo contrario. Alrededor de la década de 1880, cuando los geógrafos habían reunido más conocimientos, los escritores ocultistas seguían añadiendo ideas al mito. La señora Helena Petrovna Blawatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, inventó una cosmogonía un tanto ostentosa a la medida de su síntesis de ciencia, magia, religión y estupidez llamada La Doctrina Secreta.

Según su sistema, la vida humana se desarrollaba a través de varios ciclos, cada uno de los cuales estaba dominado por su propia Raza Raíz. La primera de estas razas habitaba en algo llamado “La Tierra Sagrada e Imperecedera”, conocida en otros sitios como Polarea. La primera Raza Básica se parecía a la amoeba ectoplásmica, pero la segunda Raza Básica, que habitaba Hyperbórea, era más sólida y consistente. Por otro lado, la señora Blawatsky pensaba que Hyperbórea era la consecuencia de un antiguo continente Ártico perdido en un cataclismo, como ocurriera con Mu, Atlantis y Lemuria. La mayoría de los ocultistas que sucedieron a la señora Blawatsky han adoptado más o menos la misma línea.

En el mes de noviembre de 1931, Weird Tales (Relatos extraños) publicó un relato extenso y muy bueno de Clark Ashton Smith, titulado “El relato de Satampra Zeiros”, desarrollado en Hyperbórea. Según el concepto de Smith, Hyperbórea sería un continente polar a punto de ser hundido por los glaciares de la era glaciar.

Smith sólo había vendido nueve o diez cuentos a Weird Tales hasta entonces, y al parecer estaba buscando salida a su oficio (métier). Por aquel entonces, el escritor más popular de Weird Tales era H. P. Lovecraft, que ya había publicado unas veintidós historias de terror, y puede que este hecho constituyese el factor determinante que impulsase a Smith a intentar su suerte en la redacción de una serie de relatos para esta revista. Robert E. Howard, uno de los tres escritores más importantes que dominaban entonces la revista (siendo los otros Lovecraft y Smith), había publicado sus dos historias de King Kull con anterioridad a la aparición del primer ciclo hyperbóreo de Smith, pero aún le faltaba por escribir la primera de sus historias Conan. Es posible que Smith haya adoptado de Howard la idea de un ciclo de historias basadas en una prehistoria mítica, pero dado que la primera historia Conan, “El Fénix en la Espada”, no apareció hasta el número del mes de diciembre de 1932 de Weird Tales, lo cierto es que Smith llegó antes; en consecuencia, es fácil suponer que ante el éxito de las historias de Hyperbórea, Robert E. Howard se decidiese a situar sus relatos de Conan en una “Hyperbórea” inventada: es decir, la Edad Hyperbórea.

Sea como fuere, la aceptación de “El relato de Satampra Zeiros” supuso para Smith la confirmación de que había encontrado su “meta”, ya que durante el siguiente año Weird Tales publicó otras dos historias de Hyperbórea: “Lo extraño de Avoosl Wutthoqquan”, en el número de junio, y “El testamento de Athammaus”, en el de octubre. Un tercer relato, “La Puerta de Saturno”, apareció en el mismo año en otra revista de la competencia, Strange Tales (Relatos Insólitos). En los últimos años de la década de los treinta aparecieron otras cuatro historias, así como una poesía en prosa. Por último, otro de sus cuentos, “La llegada del Gusano Blanco”, se publicó en abril de 1941 en una revista titulada Stirring Science Stories (Inquietantes historias de ciencia), mientras que la última perteneciente al ciclo hyperbóreo, un divertido cuento llamado “El robo de treinta y nueve fajas”, apareció en la revista, cuya vida por cierto fue muy corta, titulada Saturno, en el número de Marzo de 1958. Cabe añadir que esta última historia de Hyperbórea es la continuación de la primera, ya que el ladrón, Satampra Zeiros, reaparece por vez primera desde su introducción veintisiete años antes.

En el presente libro, Hyperbórea, he recogido los diez relatos y una poesía que comprenden el ciclo de Hyperbórea de Clark Ashton Smith, presentándolos de acuerdo con lo que, a mi parecer, constituye un orden cronológico. Smith no dejó datos acerca de una secuencia concreta, pero me he permitido ordenarlos a la luz de lo que nos sugiere un estudio de evidencias internas. Para dar mayor coherencia a la obra, he incluido algunos cuentos cortos relacionados con el ciclo principal, bajo el título genérico de “El Borde del Mundo”. Me atrevo a adelantar que estos cuentos reunidos en “El Borde del Mundo” bien pudieran representar los restos deslavazados de otro ciclo de historias, que por alguna razón u otra nunca llegó a salir a la luz.

El ciclo de Hyperbórea ocupa el segundo lugar inmediatamente después de los relatos de Smith sobre el Continente Perdido, relatos que tuve igualmente ocasión de reunir en un libro titulado Zothique, publicado en 1970 por Ballantine Books. Ya señalamos anteriormente la influencia de los cuentos de Hyperbórea en las series “Conan” de Howard. A Lovecraft le agradaron sobremanera, y no tardó en incorporar el concepto de Smith sobre Hyperbórea a sus historias de Cthulhu. Smith era amigo de Lovecraft, así como uno de sus corresponsales;este último le apodaba “Klarkash—Ton”, y en una de sus historias Cthulhu, “El susurrador en la oscuridad”, Lovecraft se refiere al “ciclo mítico de Commorión conservado por el sumo sacerdote atlántida Klarkash—Ton”. Teniendo en cuenta que esta historia en concreto se escribió en 1930, publicándose en el mismo año que la primera de las historias hyperbóreas de Smith, es concebible que Lovecraft leyese algunas cuando todavía no habían llegado a la imprenta. De idéntica forma, Lovecraft adoptó el demonio—dios hyperbóreo de Smith, Tsathoggua, para su panteón de divinidades.

Pocos años antes de su muerte, acaecida en 1961, cuando tenía sesenta y ocho años, escribí a Clark Ashton Smith pidiéndole información geográfica. Por aquel entonces, yo me dedicaba a la investigación de los textos clásicos en busca de un paraíso polar imaginario, y por esa razón le pedí la fuente de sus datos geográficos. Me contestó que no había encontrado nada de utilidad en los escritores clásicos, y que en consecuencia se había inventado tanto los lugares como los nombres de los mismos; no obstante, me indicó que Mhu Thulan —“la última península del continente hyperbóreo”— pretendía hacer eco de Mu y Thula, país polar este último, y de invención griega. Es más, Smith ni siquiera utiliza los montes Rifeños de los griegos, sino que los sustituye por unos suyos llamados Eiglophianos2. Los relatos recogidos tanto en Zothique como en Hyperbórea evidencian claramente el talento creador de Smith. No es nada fácil crear un continente o mundo imaginario, y darle cuerpo con los suficientes detalles que lo corroboren como para que en la mente del lector surja como algo verdaderamente real; cualquiera que haya intentado asumir esta tarea podrá confirmarlo. Entre las líneas de una rápida historia de aventuras, el autor debe presentar la suficiente información de carácter geográfico, histórico, cultural y religioso como para convencer a su lector de que la historia se está desarrollando en un mundo real y auténtico.

En este sentido, son pocos los autores que han alcanzado un verdadero éxito. Edgar Rice Burroughs, con sus libros de John Carter de Marte, y el profesor Tolkien en su trilogía sobre la Tierra Media son los que me saltan a la mente como autores de gran éxito en este género, y tanto uno como otro tenían una enorme cantidad de vocabulario que les permitía realizar la hazaña. Tolkien contaba en su haber tres cuartos de un millón de palabras, y Burroughs series de diez novelas. Volviendo a Clark Ashton Smith, creemos que es suficiente evidencia de sus talentos inventivos el hecho de poder escribir diez relatos y una poesía en prosa dentro de este género.

Smith publicó algo menos de cien historias, y la mayoría, posiblemente las mejores, se integran dentro de ciclos de relatos, como el de Zothique e Hyperbórea, publicados en la Ballantine Adult Fantasy Series. Todavía faltan los relatos de Xiccarph, de Poseidonis, la “última isla de la zozobrante Atlántida”, y de Averoigne, una provincia imaginaria de la Francia Medieval, relatos todos que deseamos publicar en próximos volúmenes titulados Xiccarph, Atlantis y Averoigne.
LIN CARTER

Consejero Editorial

The Ballantine Adult Fantasy Series

Hollis, Long Island, Nueva York.

The Muse of Hyperborea


Clark Ashton Smith
Too far away is her wan and mortal face, and too remote are the snows of her lethal breast, for mine eyes to behold them ever. But at whiles her whisper comes to me, like a chill unearthly wind that is faint from traversing the gulfs between the worlds, and has flown over ultimate horizons of ice-bound deserts. And she speaks to me in a tongue I have never heard but have always known; and she tells of deathly things and of things beautiful beyond the ecstatic desires of love. Her speech is not of good or evil, nor of anything that is desired or conceived or believed by the termites of earth; and the air she breathes, and the lands wherein she roams, would blast like the utter cold of sidereal space; and her eyes would blind the vision of men like suns; and her kiss, if one should ever attain it, would wither and slay like the kiss of lightning.
But, hearing her far, infrequent whisper, I behold a vision of vast auroras, on continents that are wider than the world, and seas too great for the enterprise of human keels. And at times I stammer forth the strange tidings that she brings: though none will welcome them, and none will believe or listen. And in some dawn of the desperate years, I shall go forth and follow where she calls, to seek the high and beatific doom of her snow-pale distances, to perish amid her indesecrate horizons.

La Musa De Hyperborea


Clark Ashton Smith
Demasiado lejos queda su pálido y mortal rostro, y demasiado remotas las nieves de su pecho letal como para que mis ojos puedan contemplarlos jamás. Pero hay veces en que me llega su susurro, como un helado viento de ultratumba, debilitado después de atravesar los golfos que separan a los mundos, y que ha surgido sobre los últimos horizontes de desiertos rodeados de hielo. Y me habla en un idioma que nunca he oído, pero que siempre he conocido; y me habla de cosas mortales y de cosas maravillosas, fuera del alcance de los deseos estáticos del amor. Su relato no es sobre algo bueno o malo, ni sobre nada que pueda ser deseado o concebido o pensado por las termitas de la tierra; y el aire que respira, y la tierra por donde anda errante, estallarían como el frío cortante del espacio sideral; y sus ojos cegarían la visión de los hombres como si fueran el sol; y su beso, si pudiera alcanzarse, se retorcería acuchillando como el beso del relámpago.

Pero al oír su susurro lejano y poco frecuente, me imagino una visión de vastas auroras, sobre continentes más grandes que el mundo, y mares demasiado extensos para las quillas de las empresas humanas. Y a veces balbuceo los lazos extraños que nos trae, si bien nadie los recibirá con agrado, y nadie creerá en ellos, o los escuchará. Y en algún amanecer de los años desesperados, me adelantaré y seguiré hasta donde me llama, para buscar el beatífico nado de sus distancias nevadas, para perecer entre sus inescrutables horizontes.



La Musa De Hyperbórea, 1934

Hyperbórea

Clark Ashton Smith

Trad. Guadalupe Rubio de Urquía

Colección Ciencia Ficción, 19

EDAF, 1978.


The Seven Geases
Clark Ashton Smith
The Lord Ralibar Vooz, high magistrate of Commoriom and third cousin to King Homquat, had gone forth with six-and-twenty of his most valorous retainers in quest of such game as was afforded by the black Eiglophian Mountains. Leaving to lesser sportsmen the great sloths and vampire-bats of the intermediate jungle, as well as the small but noxious dinosauria, Ralibar Vooz and his followers had pushed rapidly ahead and had covered the distance between the Hyperborean capital and their objective in a day's march. The glassy scaurs and grim ramparts of Mount Voormithadreth, highest and most formidable of the Eiglophians, had beetled above them, wedging the sun with dark scoriac peaks at mid-afternoon, and walling the blazonries of sunset wholly from view. They had spent the night beneath its lowermost crags, keeping a ceaseless watch, piling dead branches on their fires, and hearing on the grisly heights above them the wild and dog-like ululations of those subhuman savages, the Voormis for which the mountain was named. Also, they heard the bellowing of an alpine catoblepas pursued by the Voormis, and the mad snarling of a saber-tooth tiger assailed and dragged down; and Ralibar Vooz had deemed that these noises boded well for the morrow's hunting.
He and his men rose betimes; and having breakfasted on their provisions of dried bear-meat and a dark sour wine that was noted far its invigorative qualities, they began immediately the ascent of the mountain, whose upper precipices were hollow with caves occupied by the Voormis. Ralibar Vooz had hunted these creatures before; and a certain room of his house in Commoriom was arrased with their thick and shaggy pelts. They were usually deemed the most dangerous of the Hyperborean fauna; and the mere climbing of Voormithadreth, even without the facing of its inhabitants, would have been a feat attended by more than sufficient peril: but Ralibar Vooz, having tasted of such sport, could now satisfy himself with nothing tamer.
He and his followers were well armed and accoutered. Some of the men bore coils of rope and grapplinghooks to be employed in the escalade of the steeper crags. Some carried heavy crossbows; and many were equipped with long-handled and saber-bladed bills which, from experience, had proved the most effective weapons in close-range fighting with the Voormis. The whole party was variously studded with auxiliary knives, throwing-darts, two-handed simitars, maces, bodkins and saw-toothed axes. The men were all clad in jerkins and hose of dinosaur-leather, and were shod with brazen-spiked buskins. Ralibar Vooz himself wore a light suiting of copper chain-mail, which, flexible as cloth, in no wise impeded his movements. In addition he carried a buckler of mammoth-hide with a long bronze spike in its center that could be used as a thrusting-sword; and, being a man of huge stature and strength, his shoulders and baldric were hung with a whole arsenal of weaponries.
The mountain was of volcanic origin, though its four craters were supposedly all extinct. For hours the climbers toiled upward on the fearsome scarps of black lava and obsidian, seeing the sheerer heights above them recede interminably into a cloudless zenith, as if not to be approached by man. Far faster than they the sun climbed, blazing torridly uyon them and heating the rocks till their hands were scorched as if by the walls of a furnace. But Ralibar Vooz, eager to flesh his weapons, would permit no halting in the shady chasms nor under the scant umbrage of rare junipers.
That day, however, it seemed that the Voormis were not abroad upon Mount Voormithadreth. No doubt they had feasted too well during the night, when their hunting cries had been heard by the Commorians. Perhaps it would be necessary to invade the warren of caves in the loftier crags: a procedure none too palatable even for a sportsman of such hardihood as Ralibar Vooz. Few of these caverns could be reached by men without the use of ropes; and the Voormis, who were possessed of quasi-hunan cunning, would hurl blocks and rubble upon the heads of the assailants. Most of the caves were narrow and darksome, thus putting at a grave disadvantage the hunters who entered them; and the Voormis would fight redoubtably in defense of their young and their females, who dwelt in the inner recesses; and the females were fiercer and more pernicious, if possible, than the males.
Such matters as these were debated by RaHbar Vooz and his henchmen as the escalade became more arduous and hazardous, and they saw far above them the pitted mouths of the lower dens. Tales were told of brave hunters who had gone into those dens and had not returned; and much was said of the vile feeding-habits of the Voormis and the uses to which their csptives were put before death and after it. Also, much was said regarding the genesis of the Voormis, who were popularly believed to be the offspring of women and certain atrocious creatures that had come forth in primal days from a tenebrous cavern-world in the bowels of Voormithadreth. Somewhere beneath that four-coned mountain, the sluggish and baleful god Tsathoggua, who had come down from Saturn in years immediately foIlowing the Earth's creation, was fabled to reside; and during the rite of worship at his black altars, the devotees were always careful to orient thernselves toward Voormithadreth. Other and more doubtful beings than Tsathoggua slept below the extinct volcanoes, or ranged and ravened throughout that hidden underworld; but of these beings few men other than the more adept or abandoned wizards, professed to know anything at all.
Ralibar Vooz, who had a thoroughly modern disdain of the supernatural, avowed his skepticism in no equivocal terms when he heard his henchmen regaling each other with these antique legendries. He swore with many ribald blasphemies that there were no gods anywhere, above or under Voormithadreth. As for the Voormis themselves, they were indeed a misbegotten species; but it was hardly necessary, in explaining their generation, to go beyond the familiar laws of nature. They were merely the remnant of a low and degraded tribe of aborigines, who, sinking further into brutehood, had sought refuge in those volcanic fastnesses after the coming of the true Hyperboreans.
Certain grizzled veterans of the party shook their heads and muttered at these heresies; but because of their respect for the high rank and prowess of Ralibar Vooz, they did oot venture to gainsay him openly.
After several hoors of heroic climbing, the hunters came within measurable distance of those nether caves. Below them now, in a vast and dizzying prospect, were the wooded hills and fair, fertile plains of Hyperborea They were alone in a world of black, raven rock, with innumerable precipices and chasms above, beneath and on all sides. Directly overhead, in the face of an almost perpendicular cliff, were three of the cavern-mouths, which had the aspect of volcanic fumaroles. Much of the cliff was glazed with obsidian, and there were few ledges or hand-grips. It seemed that even the Voormis, agile as apes, could scarcely climb that wall; and Ralibar Vooz, after studying it with a strategic eye, decided that the only feasible approach to the dens was from above. A diagonal crack, running from a shelf just below them to the summit, no doubt afforded ingress and egress to their occupants.
First, however, it was necessary to gain the precipice above: a difficult and precarious feat in itself. At one side of the long talus on which the hunters were standing, there was a chimney that wound upward in the wall, ceasing thirty feet from the top and leaving a sheer, smooth surface. Working along the chimney to its upper end, a good alpinist could hurl his rope and grappling-hook to the summit-edge.
The advisability af bettering their present vantage was now emphasized by a shower of stones and offal from the caverns. They noted certain human relics, wellgnawed and decayed, amid the offal. Ralibar Vooz, animated by wrath against these miscreants, as well as by the fervor of the huntsman, led his six-and-twenty followers in the escalade. He soon reached the chimney's termination, where a slanting ledge offered bare foothold at one side. After the third cast, his rope held; and he went up hand over hand to the precipice.
He found himself on a broad and comparatively leveltopped buttress of the lowest cone of Voormithadreth, which still rose for two thousand feet above him like a steep pyramid. Before him on the buttress, the black lava-stone was gnarled into numberless low ridges and strange masses like the pedestals of gigantic columns. Dry, scanty grasses and withered alpine flowers grew here and there in shallow basins of darkish soil; and a few cedars, levin-struck or stunted, had taken root in the fissured rock. Amid the black ridges, and seemingly close at hand, a thread of pale smoke ascended, serpentining oddly in the still air of noon and reaching an unbelievable height ere it vanished. Ralibar Vooz inferred that the buttress was inhabited by some person nearer to civilized humanity than the Voormis, who were quite ignorant of the use of fire. Surprised by this discovery, he did not wait for his men to join him, but started off at once to investigate the source of the curling smoke-thread.
He had deemed it merely a few steps away, behind the first of those grotesque furrows of lava. But evidently he had been deceived in this: for he climbed ridge after ridge and rounded many broad and curious dolmens and great dolomites which rose inexplicably before him where, an instant previous, he had thought there were only ordinary boulders; and still the pale, sinuous wisp went skyward at the same seeming interval.
Ralibar Vooz, high magistrate and redoubtable hunter, was both puzzled and irritated by this behavior of the smoke. LHcewise, the aspect of the rocks around him was disconcertingly and unpleasantly deceitful. He was wasting too much time in an exploration idle and quite foreign to the real business of the day; but it was not his nature to abandon any enterprise no matter how trivial, without reaching the set goal. Halloing loudly to his men, who nust have climbed the cliff by now, he went on toward the elusive smoke.
It seemed to him, once or twice, that he heard the answering shouts of his followers, very faint and indistinct, as if across some mile-wide chasm. Again he called lustily, but this time there was no audible reply. Going a little farther, he began to detect among the rocks beside him a peculiar conversational droning and muttering in which four or five different voices appeared to take part. Seemingly they were much nearer at hand than the smoke, which had now receded like a mirage. One of the voices was clearly that of a Hyperborean; but the others possessed a timbre and accent which Ralibar Vooz, in spite of his varied ethnic knowledge, could not associate with any branch or subdivision of mankind. They affected his ears in a most unpleasant fashion, suggesting by turns the hum of great insects, the murmurs of fire and water, and the rasping of metal.
Ralibar Vooz emitted a hearty and somewhat ireful bellow to announce his coming to whatever persons were convened amid the rocks. His weapons and accouterments clattering loudly, he scrambled over a sharp lava-ridge toward the voices.
Topping the ridge, he looked down on a scene that was both mysterious and unexpected. Below him, in a circular hollow, there stood a rude hut of boulders and stone fragments roofed with cedar boughs. In front of this hovel, on a large flat block of obsidian, a fire burned with flanes alternately blue, green and white; and from it rose the pale, thin spiral of smoke whose situation had illuded him so strangely.
An old man, withered and disreputable-looking, in a robe that appeared no less antique and unsavory than himself, was standing near to the fire. He was not engaged in any visible culinary operations; and, in view of the torrid sun, it hardly seemed that he required the warmth given by the queer-colored blaze. Aside from this individual, Ralibar Vooz laoked in vain for the participants of the muttered conversation he had just overheard. He thought there was an evanescent fluttering of dim, grotesque, shadows around the obsidian block; but the shadows faded and vanished in an instant; and, since there were no objects or beings that could have cast them, Ralibar Vooz deemed that he had been victimized by another of those highly disagreeable optic illusions in which that part of the mountain Vormithadreth seemed to abound.
The old man eyed the hunter with a fiery gaze and began to curse him in fluent but somewhat archaic diction as he descended into the hollow. At the same time, a lizard-tailed and sooty-feathered bird, which seemed to belong to some night-flying species of archaeopteryx, began to snap its toothed beak and flap its digited wings on the objectionably shapen stela that served it for a perch. This stela, standing on the lee side of the fire and very close to it, had not been perceived by Ralibar Vooz at first glance.
"May the ordure of demons bemire you from heel to crown!" cried the venomous ancient. "O lumbering, bawling idiot! you have ruined a most promising and important evocation. How you came here I cannot imagine. I have surrounded this place with twelve circles of illusion, whose effect is multiplied by their myriad intersections; and the chance that any intruder would ever find his way to my abode was mathematically small and insignificant. Ill was that chance which brought you here: for They that you have frightened away will not return until the high stars repeat a certain rare and quickly passing conjunction; and much wisdom is lost to me in the interim."
"How now, varlet!" said Ralibar Vooz, astonished and angered by this greeting, of which he understood little save that his presence was unwelcome to the old man. "Who are you that speak so churlishly to a magistrate of Commoriom and a cousin to King Homquat? I advise you to curb such insolence: for, if so I wish, it lies in my power to serve you even as I serve the Voormis. Though methinks," he added, "your pelt is far too filthy and verminous to merit room amid my trophies of the chase."
"Know that I am the sorcerer Ezdagor," proclaimed the ancient, his voice echoing among the rocks with dreadful sonority. "By choice I have lived remote from cities and men; nor have the Voormis of the mountain troubled me in my magical seclusion. I care not if you are the magistrate of all swinedom or a cousin to the king of dogs. In retribution for the charm you have shattered, the business you have undone by this oafish trespass, I shall put upon you a most dire and calamitous and bitter geas."
"You speak in terms of outmoded superstition," said Ralibar Vooz, who was impressed against his will by the weighty oratorical style in which Ezdagor had delivered these periods.
The old man seemed not to hear him.
"Harken then to your geas, O Ralibar Vooz," he fulminated. "For this is the geas, that you must cast aside all your weapons and go unarmed into the dens of the Voormis; and fighting bare-handed against the Voormis and against their females and their young, you must win to that secret cave in the bowels of Voormithadreth, beyond the dens, wherein abides from eldermost eons the god Tsathoggua. You shall know Tsathoggua by his great girth and his batlike furriness and the look of a sleepy black toad which he has eternally. He will rise not from his place, even in the ravening of hunger, but will wait in divine slothfulness for the sacrifice. And, going close to Lord Tsathoggua, you must say to him: "I am the blood-offering sent by the sorcerer Ezdagor.' Then, if it be his pleasure, Tsathoggua will avail himself of the offering.
"In order that you may not go astray, the bird Raphtontis, who is my familiar. will guide you in your wanderings on the mountain-side and through the caverns." He indicated with a peculiar gesture the night-flying archaeopteryx on the foully symbolic stela, and added as if in afterthought: "Raphtontis will remain with you till the accomplishnent of the geas and the end of your journey below Voormithadreth. He knows the secrets of the underworld and the lairing-places of the Old ones. If our Lord Tsathoggoa should disdain the blood-offering, or, in his generosity, should send you on to his brethern, Raphtontis will be fully competent to lead the way whithersoever is ordained by the god."
Ralibar Vooz found himself unable to answer this more than outrageous peroration in the style which it manifestly deserved. In fact, he could say nothing at all: for it seemed that a sort of lockjaw had afflicted him. Moreover, to his exceeding terror and bewilderment, this vocal paralysis was accompanied by certain involuntary movements of a most alarming type. With a sense of nightmare compulsion, together with the horror of one who feels that he is going mad, he began to divest himself of the various weapons which he carried. His bladed buckler, his mace, broadsword, hunting-knife, ax and needle-tipped anlace jingled on the ground before the obsidian block.
"I shall permit you to retain your helmet and bodyarmor," said Ezdagor at this juncture. "Otherwise, I fear that you will not reach Tsathoggua in the state of corporeal intactness proper for a sacrifice. The teeth and nails of the Voormis are sharp, even as their appetites."
Muttering certain half-inaudible and doubtful-sounding words, the wizard turned from Ralibar Vooz and began to quench the tri-colored fire with a mixture of dust and blood from a shallow brass basin. Deigning to vouchsafe no farewell or sign of dismissal, he kept his back toward the hunter, but waved his left hand obliquely to the bird Raphtontis. This creature, stretching his murky wings and clacking his saw-like beak, abandoned his perch and hung poised in air with one ember-colored eye malignly fixed on Ralibar Vooz. Then, floating slowly, his long snakish neck reverted and his eye maintaining its vigilance, the bird flew among the lava-ridges toward the pyramidal cone of Voormithadreth; and Ralibar Vooz followed, driven by a compulsion that he could neither understand nor resist.
Evidently the demon fowl knew all the turnings of that maze of delusion with which Ezdagor had environed his abode; for the hunter was led with comparatively little indirection across the enchanted buttress. He heard the far-off shouting of his men as he went; but his own voice was faint and thin as that of a flittermouse when he sought to reply. Soon he found himself at the bottom of a great scrap of the upper mountain, pitted with cavern-mouths. It was a part of Voormithadreth that he had never visited before.
Raphtontis rose toward the lowest cave, and hovered at its entrance while Ralibar Vooz climbed precariously behind him amid a heavy barrage of bones and glassedged flints and other oddments of less mentionable nature hurled by the Voormis. These low, brutal savages, fringing the dark mouths of the dens with their repulsive faces and members, greeted the hunter's progress with ferocious howlings and an inexhaustible supply of garbage. However, they did not molest Raphtontis, and it seemed that they were anxious to avoid hitting him with their missiles; though the presence of this hovering, wide-winged fowl interfered noticeably with their aim as Ralibar Vooz began to near the nethermost den.
Owing to this partial protection, the hunter was able to reach the cavern without serious injury. The entrance was rather strait; and Raphtontis flew upon the Voormis with open beak and flapping wings, compelling them to withdraw into the interior while Ralibar Vooz made firm his position on the threshold-ledge. Some, however, threw themselves on their faces to allow the passage of Raphtontis; and, rising when the bird had gone by, they assailed the Commorian as he followed his guide into the fetid gloom. They stood only half erect, and their shaggy heads were about his thighs and hips, snarling and snapping like dogs; and they clawed him with hook-shaped nails that caught and held in the links of his armor.
Weaponless he fought them in obedience to his geas, striking down their hideous faces with his mailed fist in a veritable madness that was not akin to the ardor of a huntsman. He felt their nails and teeth break on the close-woven links as he hurled them loose; but others took their places when he won onward a little into the murky cavern; and their females struck at his legs like darting serpents; and their young beslavered his ankles with mouths wherein the fangs were as yet ungrown.
Before him, for his guidance, he heard the clanking of the wings of Raphtontis, and the harsh cries, half hiss and half caw, that were emitted by this bird at intervals. The darkness stifled him with a thousand stenches; and his feet slipped in blood and filth at every step. But anon he knew that the Voormis had ceased to assail him. The cave sloped downward; and he breathed an air that was edged with sharp, acrid mineral odors. Groping for a while through sightless night, and descending a steep incline, he came to a sort of underground hall in which neither day or darkness prevailed. Here the archings of rock were visible by an obscure glow such as hidden moons might yield. Thence, through declivitous grottoes and along perilously skirted gulfs, he was conducted ever downward by Raphtontis into the world beneath the mountain Voormithadreth. Everywhere was that dim, unnatural light whose source he could not ascertain. Wings that were too broad for those of the bat flew vaguely overhead; and at whiles, in the shadowy caverns, he beheld great, fearsome bulks having a likeness to those behemoths and giant reptiles which burdened the Earth in earlier times, but because of the dimness he could not tell if these were living shapes or forms that the stone had taken.
Strong was the compulsion of his geas on Ralibar Vooz; and a numbness had seized his mind; and he felt only a dulled fear and a dazed wonder. It seemed that his will and his thoughts were no longer his own, but were become those of some alien person. He was going down to some obscure but predestined end, by a route that was darksome but foreknown.
At last the bird Raphtontis paused and hovered significantly in a cave distinguished from the others by a most evil potpourri of smells. Ralibar Vooz deemed at first that the cave was empty. Going forward to join Raphtontis, he stumbled over certain attenuated remnants on the Boor, which appeared to be the skin-clad skeletons of men and various animals. Then, following the coal-bright gaze of the demon bird, he discerned in a dark recess the formless bulking of a couchant mass. And the mass stirred a little at his approach, and put forth with infinite slothfulness a huge and toad-shaped head. And the head opened its eyes very slightly, as if half awakened from slumber, so that they were visible as two slits of oozing phosphor in the black, browless face.
Ralibar Vooz perceived an odor of fresh blood amid the many fetors that rose to besiege bis nostrils. A horror came upon him therewith; for, looking down, he beheld lying before the shadowy monster the lean husk of a thing that was neither man, beast nor Voormi. He stood hesitant, fearinig to go closer yet powerless to retreat. But, admonished by an angry hissing from the archaeopteryx, together with a slashing stroke of its beak between his shoulder-blades, he went forward till he could see the fine dark fur on the dormant body and sleepily porrected head.
With new horror, and a sense of hideous doom, he heard his own voice speaking without volition: "O Lord Tsathaggua, I am the blood-offering sent by the sorcerer Ezdagor."
There was a sluggish inclination of the toad-like head; and the eyes opened a little wider, and light flowed from them in viscous tricklings on the creased underlids. Then Ralibar Vooz seemed to hear a deep, rumbling sound; bat he knew not whether it reverberated in the dusky air or in his own mind. And the sound shaped itself, albeit uncouthly, into syllables and words:
"Thanks are due to Ezdagor for this offering. But, since I have fed lately on a well-blooded sacrifice, my hunger is appeased for the present, and I require not the offering. However, it may be that others of the Old Ones are athirst or famished. And, since you came here with a geas upon you, it is not fitting that you should go hence without another. So I place you under this geas, to betake yourself downward through the caverns till you reach, after long descent, that bottomless gulf over which the spider-god Atlach-Nacha weaves his eternal webs. And there, calling to AtlachNacha, you must say: 'I am the gift sent by Tsathoggua.'"
So, with Raphtontis leading him, Ralibar Vooz departed from the presence of Tsathoggua by another route than that which had brought him there. The way steepened more and more; and it ran through chambers that were too vast for the searching of sight; and along precipices that fell sheer for an unknown distance to the black, sluggish form and somnolent murmur of underworld seas.
At last, on the verge of a chasm whose farther shore was lost in darkness, the night-flying bird hung motionless with level wings and down-dropping tail. Ralibar Vooz went close to the verge and saw that great webs were attached to it at intervals, seeming to span the gulf with their multiple crossing and reticulations of gray, rope thick strands. Apart from these, the chasm was bridgeless. Far out on one of the webs he discerned a darksome form, big as a crouching man but with long spider-like members. Then, like a dreamer who hears some nightmare sound, he heard his own voice crying loudly: "O Atlach-Nacha, I am the gift sent by Tsathoggua."
The dark form ran toward him with incredible swiftness. When it came near he saw that there was a kind of face on the squat ebon body, low down amid the several-jointed legs. The face peered up with a weird expression of doubt and inquiry; and terror crawled through the veins of the bold huntsman as he met the small, crafty eyes that were circled about with hair. Thin, shrill, piercing as a sting, there spoke to him the voice of the spider-god Atlach-Nacha: "I am duly gratefui for the gift. But, since there is no one else to bridge this chasm, and since eternity is required for the task, I can not spend my time in extracting you from those curious shards of metal. However, it may be that the antehuman sorcerer Haon-Dor, who abides beyond the gulf in his palace of primal enchantments, can somehow find a use for you. The bridge I have just now completed runs to the threshold of his abode; and your weight will serve to test the strength of my weaving. Go then, with this geas upon yeu, to cross the bridge and present yourself before Haon-Dor, saying: 'Atlach-Nacha has sent me.'"
With these words, the spider-god withdrew his bulk from the web and ran quickly from sight along the chasm-edge, doubtless to begin the construction of a new bridge at some remoter point.
Though the third geas was heavy and compulsive upon him, Ralibar Vooz followed Raphtontis none too willingly over the night-bound depths. The weaving of Atlach-Nacha was strong beneath his feet, giving and swaying only a little; but between the strands, in unfathomable space below, he seemed to descry the dim flitting of dragons with claw-tipped wings; and, like a seething of the darkness, fearful hulks without name appeared to heave and sink from moment to noment.
However, he and his guide came presently to the gulf's opposite shore, where the web of Atlach-Nacha was joined to the lowest step of a mighty stairway. The stairs were guarded by a coiled snake whose mottlings were broad as buckles.and whose middle volumes exceeded in girth the body of a stout warrior. The horny tail of this serpent rattled like a sistrum, and he thrust forth an evil head with fangs that were long as billhooks. But, seeing Raphtontis, he drew his coils aside and permitted Ralibar Vaoz to ascend the steps.
Thus, in fulfilment of the third geas, the hunter entered the thousand-columned palace of Haon-Dor. Strange and silent were those halls hewn from the gray, fundamental rock of Earth. In them were faceless forms of smoke and mist that went uneasily to and fro, and statues representing monsters with myriad heads. In the vaults above, as if hung aloof in night, lamps burned with inverse flames that were like the combustion of ice and stone. A chill spirit of evil, ancient beyond all conception of man, was abroad in those halls; and horror and fear crept throughout them like invisible serpents, unknotted from sleep.
Threading the mazy chambers with the surety of one accustomed to all their windings, Raphtontis conducted Ralibar Vooz to a high room whose walls described a circle. broken only by the one portal, through which he entered. The room was empty of furnishment, save for a five-pillared seat rising so far aloft without stairs or other means of approach, that it seemed only a winged being covld ever attain thereto. But on the seat was a figure shrouded with thick, sable darkness, and having over its head and features a caul of grisly shadow.
The bird Raphtontis hovered ominously before the columned chair. And Ralibar Vooz, in astonishment, heard a voice saying: "O Haon-Dor, Atlach-Nacha has sent me." And not till the voice ceased speaking did he know it for his own.
For a long time the silence seemed infrangible. There was no stirring of the high-seated figure. But Ralibar Vooz, peering trepidantly at the walls about him, beheld their former smoothness embossed with a thousand faces, twisted and awry like those of mad devils. The faces were thrust forward on necks that lengthened; and behind the necks malshapen shoulders and bodies emerged inch by inch from the stone, craning toward the huntsman. And beneath his feet the very floor was now cobbled with other faces, turning and tossing restlessly, and opening ever wider their demoniacal mouths and eyes.
At last the shrouded figure spoke; and though the words were of no mortal tongue, it seemed to the listener that he comprehended them darkly:
"My thanks are due to Atlach-Nacha for this sending. If I appear to hesitate, it is only because I am doubtful regarding what disposition I can make of you. My familiars, who crowd the walls and floors of this chamber, would devour you all too readily: but you would serve only as a morsel amid so many. On the whole, I believe that the best thing I can do is to send you on to my allies, the serpent-people. They are scientists of no ordinary attainment; and perhaps you might provide some special ingredient required in their chemistries. Consider, then, that a geas has been put upon you, and take yourself off to the caverns in which the serpent-people reside."
Obeying this injunction, Ralibar Vooz went down through the darkest strata of that primeval underworld, beneath the palace of Haon-Dor, The guidance of Raphtontis never failed him; and he came anon to the spacious caverns in which the serpent-men were busying themselves with a multitude of tasks. They walked lithely and sinuously erect on pre-mammalian members, their pied and hairless bodies bending with great suppleness. There was a loud and constant hissing of formulae as they went to and fro. Some were smelting the black nether ores; some were blowing molten obsidian into forms of flask and urn; some were measuring chemicals; others were decanting strange liquids and curious colloids. In their intense preoccupation, none of them seemed to notice the arrival of Ralibar Vooz and his guide.
After the hunter had repeated many times the message given him by Haon-Dor, one of the walking reptiles at last perceived his presence. This being eyed him with cold but highly disconcerting curiosity, and then emitted a sonorous hiss that was audible above all the noises of labor and converse. The other serpentmen ceased their toil imnediately and began to crowd around Ralibar Vooz. From the tone of their sibilations, it seemed that there was much argument among them. Certain of their number sidled close to the Commorian, touching his face and hands with their chill, scaly digits, and prying beaeath his armor. He felt that they were anatomizing him with methodical minuteness. At the same time, he perceived that they paid no attention to Raphtontis, who had perched himself on a large alembic.
After a while, some of the chemists went away and returned quickly, bearing among them two great jars of glass filled with a clear liquid. In one of the jars there floated upright a well-developed and mature male Voormi; in the other, a large and equally perfect specimen of Hyperborean manhood, not without a sort of general likeness to Ralibar Vooz himself. The bearers of these specimens deposited their burdens beside the hunter and then each of them delivered what was doubtless a learned dissertation on comparative biology.
This series of lectures, unlike many such, was quite brief. At the end the reptilian chemists returned to their various labors, and the jars were removed. One of the scientists then addressed himself to Ralibar Vooz with a fair though somewhat sibilant approximation of human speech:
"It was thoughtful of Haon-Dor to send you here. However, as you have seen, we are already supplied with an exemplar of your species; and, in the past, we have thorougbly dissected others and have learned all that there is to learn regarding this very uncouth and aberrant life-form.
"Also, since our chemistry is devoted almost wholly to the production of powerful toxic agents, we can find no use in our tests and manufactures for the extremely ordinary matters of which your body is composed. They are without pharmaceutic value. Moreover, we have long abandoned the eating of impure natural foods, and now confine ourselves to synthetic types of aliment. There is, as you must realize, no place for you in our economy.
"However, it may be that the Archetypes can somehow dispose of you. At least you wiH be a novelty to them, since no example of contenporary human evolution has so far descended to their stratum. Therefore we shall put you under that highly urgent and imperative kind of hypnosis which, in the parlance of warlockry, is known as a geas. And, obeying the hypnosis, you wiE go down to the Cavern of the Archetypes..."
The region to which the magistrate of Commoriom was now conducted lay at some distance below the ophidian laboratories. The air of the gulfs and grottoes along his way began to increase markedly in warmth, and was moist and steamy as that of some equatorial fen. A primordial luminosity, such as might have dawned befare the creation of any sun, seemed to surround and pervade everything.
All about him, in this thick and semi-aqueous light, the hunter discerned the rocks and fauna and vegetable forms of a crassly primitive world. These shapes were dim, uncertain, wavering, and were all composed of loosely organized elements. Even in this bizarre and more than doubtful terrain of the under-Earth, Raphtontis seemed wholly at home, and he flew on amid the sketchy plants and cloudy-looking boulders as if at no loss whatever in orienting himself. But Ralibar Vooz, in spite of the spell that stimulated and compelled him onward, had begun to feel a fatigue by no means unnatural in view of his prolonged and heroic itinerary. Also, he was much troubled by the elasticity of the ground, which sank beaeath him at every step like an oversodded marsh, and seemed insubstantial to a quite alarming degree.
To his further disconcertion, he soon found that he had attracted the attention of a huge foggy monster with the rough outlines of a tyrannosaurus. This creature chased him amid the archetypal ferns and clubmosses; and overtaking him after five or six bounds, it proceeded to ingest him with the celerity of any latter-day saurian of the same species. Luckily, the ingestment was not permanent for the tyrannosaurus' body-plasm, though fairly opaque, was more astral than material; and Ralibar Vooz, protesting stoutly against his confinement in its maw, felt the dark walls give way before him and tumbled out on the ground. After its third attempt to devour him, the monster must have decided that he was inedible. It turned and went away with immense leapings in search of comestibles on its own plane of matter. Ralibar Vooz concontinued his progress through the Cavern of the Archetypes: a progress often delayed by the alimentary designs of crude, misty-stomached allosaurs, pterodactyls, pterandons, stegosaurs, and other carnivora of the prime. At last, following his experience with a most persistent megalosaur, he beheld before him two entities of vaguely human outline. They were gigantic, with bodies almost globular in form, and they seemed to float rather than walk. Their features, though shadowy to the point of inchoateness, appeared to express aversion and hostility. They drew near to the Commorian, and he became aware that one of them was addressing him. The language used was wholly a matter of primitive vowel-sounds; but a meaning was forcibly, though indistinctly, conveyed:
"We, the originals of mankind, are dismayed by the sight of a copy so coarse and egregiously perverted from the true model. We disown you with sorrow and indignation. Your presence here is an unwarrantable intrusion; and it is obvious that you are not to be assimilated even by our most esurient dinosaurs. Therefore we put you under a geas: depart without delay fmm the Cavern of the Archetypes, and seek out the slimy gulf in which Abhoth, father and mother of all cosmic uncleanness, eternally carries on Its repugnant fission. We consider that you are fit only for Abhoth, which will perhaps mistake you for one of Its own progeny and devour you in accordance with the custom which It follows."
The weary hunter was led by the untirable Raphtontis to a deep cavern on the same level as that of the Archetypes. Possibly it was a kind of annex to the latter. At any rate, the ground was much firmer there, even though the air was murkier; and Ralibar Vooz might have recovered a little of his custonary aplomb, if it had not been for the ungodly and disgusting creatures which he soon began to meet. There were things which he could liken only to monstrous one-legged toads, and immense myriad-tailed worms, and miscreated lizards. They came flopping or crawling through the gloom in a ceaseless procession; and there was no end to the loathsome morphologic variations which they displayed. Unlike the Archetypes, they were formed of all too solid matter, and Ralibar Vooz was both fatigued aad nauseated by the constant necessity of kicking them away from his shins. He was somewhat relieved to find, however, that these wretched abortions became steadily smaller as he continued his advance.
The dusk about him thickened with hot, evil steam that left an oozy deposit on his armor and bare face and hands. With every breath he inhaled an odor noisome beyond imagining. He stumbled and slipped on the crawling foulnesses underfoot. Then, in that reeky twilight, he saw the pausing of Raphtontis; and below the demoniac bird he descried a sort of pool with a margin of mud that was marled with obscene offal; and in the pool a grayish, horrid mass that nearly choked it from rim to rim.
Here, it seemed, was the ultimate source of all miscreation and abomination. For the gray mass quobbed and quivered, and swelled perpetually; and from it, in manifold fission, were spawned the anatomies that crept away on every side through the grotto. There were things like bodiless legs or arms that flailed in the slime, or heads that rolled, or floundering bellies with fishes' fins; and all manner of things malformed and monstrous, that grew in size as they departed from the neigbborhood of Abhoth. And those that swam not swiftly ashore when they fell into the pool from Abhoth, were devoured by mouths that gaped in the parent bulk.
Ralibar Vooz was beyond thought, beyond horror, in his weariness: else he would have known intolerable shame, seeing that he had come to the bourn ordained for him by the Archetypes as most fit and proper. A deadness near to death was upon his faculties; and he heard as if remote and high above him a voice that proclaimed to Abhoth the reason of his coming; and he did not know that the voice was his own.
There was no sound in answer; but out of the lumpy mass there grew a member that stretched and lengthened tovrard Ralibar Vopz where he stood waiting on the pool's margin. The nember divided to a flat, webby hand, soft and slimy, which touched the hunter and went over his person slowly from foot to head. Having done this, it seemed that the thing had served its use: for it dropped quickly away from Abhoth and wriggled into the gloom like a serpent together with the other progeny.
Still waiting, RaHbar Vooz felt in his brain a sensation as of speech heard without words or sound. And the import, rendered in human language, was somewhat as follows:
"I, who am Abhoth, the coeval of the oldest gods, consider that the Archetypes have shown a questionable taste in recommending you to me. After careful inspection, I fail to recognize you as one of my relatives or progeny; though I must admit that I was nearly deceived at first by certain biologic similarities. You are quite alien to my experience; and I do not care to endanger my digestion with untried articles of diet. "
"Who you are, or whence you have corne, I can not surmise; nor can I thank the Archetypes for troubling the profound and placid fertility of my existence with a problem so vexatious as the one that you offer. Get hence, I adjure you. There is a bleak and drear and dreadful limbo, known as the Outer World, of which I have heard dimly; and I think that it might prove a suitable objective for your journeying. I settle an urgent geas upon you: go seek this Outer World with all possible expedition."
Apparently Raphtontis realized that it was beyond the physical powers of his charge to fulfill the seventh geas without an interim of repose. He led the hunter to one of the numerous exits of the grotto inhabited by Abhoth: an exit giving on regions altogether un- known, opposite to the Cavern of the Archetypes. There, with significant gestures of his wings and beak, the bird indicated a sort of narrow alcove in the rock, The recess was dry and by no means uncomfortable as a sleeping-place. Ralibar Vooz was glad to lay himself down; and a black tide of slumber rolled upon him with the closing of his eyelids. Raphtontis remained on guard before the alcove, discouraging with strokes of his bill the wandering progeny of Abhoth that tried to assail the sleeper.
Since there was neither night nor day in that subterrene world, the term of oblivion enjoyed by Ralibar Vooz was hardly to be measured by the usual method of time-telling. He was aroused by the noise of vigorously flapping wings, and saw beside him the fowl Raphtontis, holding in his beak an unsavory object whose anatomy was that of a fish rather than anything else. Where or how he had caught this creature during his constant vigil was a more than dubious matter; but Ralibar Vooz had fasted too long to be squeamish. He accepted and devoured the proffered breakfast without ceremony.
After that, in conformity with the geas laid upon him by Abhoth, he resumed his journey back to the outer Earth. The route chosen by Raphtontis was presumably a short-cut. Anyhow, it was remote from the cloudy cave of the Archetypes, and the laboratories in which the serpent-men pursued their arduous toils and toxicological researches. Also, the enchanted palace of Haon-Dor was omitted from the itinerary. But, after long, tedious climbing through a region of desolate crags and over a sort of underground plateau, the traveller came once more to the verge of that farstretching, bottomless chasm which was bridged only by the webs of the spider-god Atlach-Nacha.
For some time past he had hurried his pace because of certain of the progeny of Abhoth, who had followed him from the start and had grown steadily bigger after the fashion of their kind, till they were now large as young tigers or bears. However, when he approached the nearest bridge, he saw that a ponderous and slothlike entity, preceding him, had already begun to cross it. The posteriors of this being was studded with unamiable eyes, and Ralibar Vooz was unsure for a little regarding its exact orientation. Not wishing to tread too closely upon the reverted talons of its heels, he waited till the monster had disappeared in the darkness; and by that time the spawn of Abhoth were hard upon him.
Raphtontis, with sharp admonitory cawings, floated before him above the giant web; and he was impelled to a rash haste by the imminently slavering snouts of the dark abnormalities behind. Owing to such precipitancy, he failed to notice that the web had been weakened and some of its strands torn or stretched by the weight of the sloth-like monster. Coming in view of the chasm's opposite verge, he thought only of reaching it, and redoubled his pace. But at this point the web gave way beneath him. He caught wildly at the broken, dangling strands, but could not arrest his fall. With several pieces of Atlach-Nacha's weaving clutched in his fingers, he was precipitated into that gulf which no one had ever voluntarily tried to plumb.
This, unfortunately, was a contingency that had not been provided against by the terms of the seventh geas.

Las Siete Pruebas


Clark Ashton Smith
El señor Ralibar Vooz, alto magistrado de Commorión y tercer primo del rey Homquat, había partido con veintiséis de sus más aguerridos monteros en busca de la caza que pudieran brindarle las negras montañas Eiglopheas. Dejando para cazadores menos expertos los grandes perezosos y murciélagos de la jungla intermontana, así como los pequeños dinosaurios, Ralibar y sus seguidores se adelantaron rápidamente cubriendo la distancia entre la capital de Hyperbórea y su meta en una sola jornada. Los helados farallones y deslizantes pendientes del monte Voormithadreth, el más alto y formidable de cuantos coronan la cordillera Eiglophea, se cernía sobre ellos, ocultando el sol con sus crestas negras como la escoria en pleno mediodía, y tapando totalmente las irradiaciones de la puesta del sol. Pasaron la noche en el más bajo de sus desfiladeros, manteniendo una guardia incesante, amontonando ramas muertas en sus fogatas, y escuchando por encima de ellos el ulular salvaje y canino de los seres infrahumanos que habitaban las cumbres, los voormis, cuyo nombre llevaba la montaña. Oían al mismo tiempo el bramido de un catoblepas alpino perseguido por un voormis, así como el rugido de un tigre de colmillo largo acorralado y cazado; y Ralibar Vooz pensó que todos estos ruidos presagiaban buenos resultados para la caza del día siguiente.

Él y sus hombres se levantaban por turnos; después de desayunar a base de provisiones de carne seca de oso y un vino oscuro y amargo, pero de grandes cualidades vigorizantes, comenzaron inmediatamente el ascenso de la montaña, cuyos precipicios superiores eran huecos, con cuevas ocupadas por voormis. Ya en otras ocasiones, Ralibar Vooz había cazado estas criaturas, y en cierta habitación de su casa en Commorión se apilaban sus gruesos cueros. Se les consideraba como la fauna más peligrosa de Hyperbórea; el mero ascenso de Voormithadreth, incluso sin enfrentarse a sus habitantes, era considerado como una hazaña de gran peligro; pero después de haber probado semejante deporte, Ralibar Vooz no se contentaba con diversiones menos difíciles.

Tanto él como sus compañeros estaban bien armados y preparados. Algunos de sus hombres llevaban cuerdas y ganchos para la escalada de los picos más escarpados. Otros llevaban pesados arcabuces, y la mayoría estaban equipados con picos en forma de sable y largos mangos cuya efectividad como armas defensivas frente a los voormis conocían por experiencia. Todos los componentes de la partida de caza llevaban numerosos cuchillos auxiliares, dardos, cimitarras de doble forma de sierra. Los hombres se vestían con casacas y bombachos de piel de dinosaurio, y calzaban los pies con borceguíes claveteados. Por su parte, Ralibar Vooz llevaba una ligera coraza de malla, muy flexible, que le permitía ejecutar cualquier movimiento. Además, portaba un escudo de cuero de mamut con un largo pincho de bronce en el centro, que se podía usar como espada; además, al tratarse de un hombre de enorme estatura, de sus hombros colgaba todo un arsenal de armas.

La montaña era de origen volcánico, pero se creía que sus cuatro cráteres estaban extinguidos. Los cazadores ascendieron durante largas horas por los escarpados picos de lava negra y piedra de obsidiana, contemplando cómo las temibles alturas por encima de ellos retrocedían interminablemente dentro de un cenit límpido, sin nubes, como si fueran inaccesibles para el hombre. El sol ascendía con mucha más rapidez que ellos, resplandeciendo tórridamente sobre sus cuerpos y calentando las rocas hasta que sus manos estuvieron tan abrasadas como si hubieran tocando las paredes de un horno. Pero Ralibar Vooz, ansioso por clavar sus armas, no permitía respiro alguno ni en los sombríos abismos ni bajo la limitada umbría de los escasos juníperos.

Parecía, sin embargo, que ese día los voormis no andaban correteando por el monte Voormithadreth. Sin duda, se habrían banqueteado copiosamente la noche anterior cuando los commorianos habían oído sus gritos de caza. Posiblemente sería incluso necesario invadir las cuevas vacías de los riscos más altos, procedimiento éste no demasiado atractivo, incluso para deportistas tan aguerridos como Ralibar Vooz. No podía llegar a algunas de estas cuevas sin necesidad de las cuerdas; pero los voormis, con su sagacidad casi humana, lanzarían bloques de piedra contra las cabezas de sus asaltantes. La mayoría de las cuevas eran estrechas y oscuras, para desventaja de los cazadores, y si entraban los voormis redoblarían su lucha en defensa de sus hembras e hijos; además, las hembras eran incluso más feroces que los machos.

Todas estas cuestiones las debatieron Ralibar Vooz y sus compañeros a la vez que la escalada se hacía más arriesgada y difícil, y podían ver ya en la lejanía las bocas de las guaridas más bajas. Eran muchos los relatos sobre valientes cazadores que habían entrado en esas guaridas y no habían vuelto a salir, así como sobre los hábitos degenerados de la alimentación de los voormis, con relación al uso que hacían de los cautivos antes y después de su muerte. No menos numerosas eran las historias que corrían en torno al génesis de los voormis, cuyo origen se suponía era el resultado de la unión entre mujeres y ciertas criaturas atroces surgidas en los albores del mundo, de un tenebroso mundo de cavernas sito en las entrañas de Voormithadreth. Según decía una fábula, el dios Tsathoggua, enorme y perezoso, que había bajado de Saturno durante los años inmediatos a la creación de la Tierra, habitaba en algún lugar bajo la montaña de cuatro conos; y durante el rito de adoración practicado en sus altares negros, los devotos ponían gran cuidado para orientarse hacia Voormithadreth. Otros muchos seres, además de Tsathoggua, dormitaban bajo los volcanes extinguidos, pero de ellos nadie sabía nada, excepto los magos más cercanos a tales problemas.

Ralibar Vooz, con un desprecio total por lo sobrenatural, reconoció su escepticismo sin rodeos cuando oyó cómo sus monteros se regalaban mutuamente con semejantes historias y leyendas viejas. Juró empleando términos blasfemos que no había dioses ni arriba ni debajo de Voormithadreth. En cuanto a los propios voormis, consideraba que evidentemente se trataba de una especie degenerada, aunque no era necesario salirse de las leyes comunes de la naturaleza para explicarse su desarrollo y evolución. Constituían simplemente un residuo de una tribu primitiva y degradada de aborígenes, quienes, al hundirse cada vez más en el embrutecimiento, buscaron refugio en las fortalezas volcánicas a la llegada de los verdaderos hyperbóreos.

Algunos veteranos, ya canos, movieron sus cabezas y balbucieron protestas ante estas herejías; pero, a causa del respeto que sentían por el alto rango y proezas de Ralibar Vooz, no se arriesgaron a contradecirle abiertamente.

Después de numerosas horas de ascenso heroico, los cazadores llegaron a una distancia respetable de las cuevas. A sus pies quedaban ahora, en una amplia y turbadora perspectiva, las colinas frondosas y alegres, así como las fértiles llanuras de Hyperbórea. Se encontraban solos en un mundo de roca negra y desnuda, con innumerables precipicios y abismos por encima de sus cabezas, debajo de sus pies y alrededor. Inmediatamente encima, frente a un peñasco casi perpendicular, podían distinguirse tres bocas de cavernas, que tenían el aspecto de espitas volcánicas. La mayor parte del peñasco estaba cubierto con deslizante obsidiana, quedando pocos agarraderos. Parecía difícil que ni siquiera los voormis, ágiles como monos, pudieran trepar esa pared; Ralibar Vooz, después de estudiarla con ojo estratégico, decidió que el único ataque posible a las guaridas tendría que ser desde arriba. Una grieta diagonal, que corría desde un saliente a sus pies hasta la cumbre, permitía que sus ocupantes entrasen y saliesen de sus moradas.

Sin embargo, en primer lugar fue necesario alcanzar el precipicio superior..., una hazaña ya de por sí llena de dificultades y peligro. En un lado del largo talud sobre el que se mantenían los cazadores se alzaba una chimenea todo lo alto de la pared, interrumpiéndose a unos treinta pies, y allí presentaba una superficie lisa y suave. Ascendiendo por la chimenea hasta su superficie superior, cualquier alpinista bueno podría lanzar su cordada con un gancho y sujetarla en el borde del precipicio.

La viabilidad de su proyecto se mejoraba con la presencia de un derrumbe de rocas procedente de las cuevas. Entre las piedras podían advertirse restos humanos, roídos y desgastados. Ralibar Vooz, animando en su odio contra los responsables de esas fechorías, así como por el ardor propio del cazador, encabezó la escalada con sus veintiséis seguidores. Pronto alcanzó el tope de la chimenea, donde un saliente apenas si permitía que se posase un pie. Después de intentarlo tres veces, consiguió enganchar la cuerda y comenzó a escalarla con el impulso de sus manos.

Pronto se encontró en un amplio contrafuerte, relativamente plano, y perteneciente al cono más bajo de Voormithadreth, cuya altura de dos mil pies le daba un aspecto de pirámide empinada. En el mismo contrafuerte, y frente a él, la piedra negra de lava estaba cortada en infinidad de aristas pequeñas y extrañas masas que parecían pedestales de columnas gigantescas. Hierbas secas y escasas, y flores alpinas marchitas, crecían aquí y allá sobre cuencas huecas de tierra negruzca; por último, algunos cedros mutilados o achaparrados habían echado raíces en la roca resquebrajada. Muy cerca del alcance de su mano, entre los riscos negros, subía un hilo de pálido humo, serpenteando grotescamente en el inmóvil aire del mediodía, alcanzando una altura increíble, donde tornaba a desaparecer. Dedujo Ralibar Vooz que el contrafuerte estaba habitado por alguien más cercano a la humanidad civilizada que los voormis, cuya ignorancia sobre el uso del fuego era absoluta. Sorprendido ante este descubrimiento, no esperó a que llegasen sus hombres y comenzó a investigar inmediatamente cuál sería el origen del serpenteante hilo de humo.

Había pensado que salía sólo a unos pasos de él, detrás de los grotescos surcos de lava. Pero evidentemente estaba equivocado; trepó un risco tras otro, rodeó muchos dólmenes y dolomitos que se elevaban inexplicablemente donde minutos antes contemplara ordinarios peñascos, y el pálido y sinuoso hilillo continuaba elevándose hacia el cielo desde idéntica distancia.

Ralibar Vooz, alto magistrado e indiscutible cazador de primera, estaba tan intrigado como irritado por el comportamiento del humo. Por otra parte, el aspecto de las rocas que le rodeaban le resultaba desconcertante, por no decir desagradablemente decepcionante. Estaba perdiendo demasiado tiempo en una exploración inútil y totalmente ajena al verdadero interés del día; pero tampoco iba con su naturaleza abandonar cualquier empresa, por trivial que fuese, antes de alcanzar su meta. Después de llamar con la trompa a sus hombres, quienes ya debían haber llegado a la cumbre, prosiguió su marcha hacia el escurridizo humo.

En una o dos ocasiones le pareció oír los gritos de respuesta de sus seguidores, muy débiles y confusos, como si llegasen a través de una abismo de una anchura de una milla. Volvió a llamar una vez más, pero en esta ocasión no obtuvo respuesta alguna. Al avanzar un poco más, comenzó a detectar entre las rocas que le rodeaban una especie de conversación murmurada en la que tomaban parte cuatro o cinco voces distintas. Al parecer se encontraban más cerca que el humo, el cual se había desvanecido como un espejismo. Una de las voces pertenecía sin lugar a dudas a un hyperbóreo, pero las otras tenían un timbre y un acento que Ralibar Vooz no pudo asociar con ninguna rama o subdivisión de la humanidad, a pesar de su amplio conocimiento etnológico. Dichas voces le resultaban muy desagradables al oído, recordándole el zumbido de los insectos gigantes, el murmullo del agua y del fuego, y el choque del metal.

Ralibar Vooz emitió un iracundo grito para anunciar su llegada a cualquier persona que estuviese escondida entre las rocas. Sus armas y coraza chocaron clamorosamente, y rodó por encima de una picuda arista de lava, en dirección a las voces.

Levantándose, observó a sus pies una escena que le resultó tan misteriosa como insospechada. Debajo, en un hoyo circular, se elevaba una rústica cabaña de piedras, cuya techumbre era de ramas de cedro. Delante de la misma, sobre una gran plancha de obsidiana, ardía un fuego cuyas llamas eran azules, verdes y blancas alternativamente; del centro surgía la pálida y delgada espiral de humo, cuya situación se le había escapado en forma tan extraña.

Un hombre de edad avanzada, de aspecto dudoso y ajado, ataviado con una túnica no menos anticuada y deslucida que su dueño, se encontraba de pie cerca del fuego. Aparentemente no se dedicaba a ninguna labor culinaria; y en vista del sol tórrido, resultaba difícil pensar que necesitase el calor de las llamaradas de extraño colorido. Además de esta persona, Ralibar Vooz no pudo encontrar al resto de los participantes de la conversación que acababa de escuchar. Pensó ver sombras grotescas que se desvanecían alrededor del bloque de obsidiana; pero dichas sombras desaparecieron en un instante, y como no había nada ni nadie que hubiera podido apartarlas, Ralibar Vooz pensó que una vez más era víctima de una desagradable ilusión óptica, al parecer muy frecuentes en aquella zona de la montaña Voormithadreth.

El anciano contempló al cazador con fiereza y comenzó a increparle en un lenguaje fluido pero arcaico, a la vez que descendía hacia el hoyo. Al mismo tiempo, un pájaro con cola de lagarto y plumas tiznadas, perteneciente sin duda a alguna especie nocturna de los arqueopterix, comenzó a hincar su pico dentado, agitando sus alas terminadas en dedos, sobre la estela que le servía de percha. Dicha estela, que se encontraba muy próxima al fuego, en la parte izquierda, atrajo entonces la atención de Ralibar Vooz.

—¡Que las basuras de los demonios te cubran desde los talones hasta la coronilla! —gritó el descarado anciano—. ¡Desgraciado imbécil, has estropeado una evocación prometedora e importante. Cómo has llegado hasta aquí es algo que no puedo explicarme. He rodeado este lugar con doce círculos de ilusión, cuyo efecto se multiplica con sus miles de intersecciones; la probabilidad de que ningún intruso llegase nunca a encontrar el camino hasta mi morada era matemáticamente pequeña e insignificante. Maldito el azar que te condujo hasta aquí, porque aquellos a quienes has atemorizado y se han ido no regresarán hasta que las estrellas repitan una conjunción tan poco frecuente como rápida; y mientras tanto, es mucha la sabiduría que he perdido.

—¡Cómo, infame! —replicó Ralibar Vooz asombrado y enfurecido ante semejante recibimiento, cuyo significado no comprendía, excepto el hecho de que su presencia no era grata para el anciano—. ¿Quién eres tú para encararte con un magistrado de Commorión y primo del rey Homquat? Te recomiendo que doblegues semejante insolencia, ya que, si lo deseo, puedo darte caza como se la doy a los voormis. Aunque pienso que —añadió— tu pellejo es demasiado sucio y venenoso como para merecer un lugar entre mis trofeos de caza.

—Sabed que soy el brujo Ezdagor —resopló el anciano, cuya voz se reproducía en ecos sobre las rocas con una terrible sonoridad—. Por mi propia elección, he vivido alejado de ciudades y hombres; ni siquiera los voormis me molestan en mi retiro mágico. No me interesa si eres el magistrado de todos los marranos, o primo del rey de los perros. Como pago por el encanto que me has destrozado, con tu desalmada intrusión, te voy a someter a una prueba dura, amarga y penosa.

—Habláis en términos de superstición desfasada —dijo Ralibar Vooz, quien a su pesar estaba bastante impresionado ante el pesado estilo oratorio empleado por Ezdagor, en sus diatribas.

—Pon atención, pues, a tu prueba, oh Ralibar Vooz —fulminó el brujo—. Porque en esta prueba tendrás que abandonar todas tus armas y penetrar desarmado en las guaridas de los voormis, y luchar con las manos con los voormis, sus mujeres y sus hijos. Debes llegar hasta esa cueva secreta en las entrañas de Voormithadreth, más allá de las guaridas, donde habita desde los tiempos de los eones el dios Tsathoggua. Reconocerás a Tsathoggua por su gran faja y su capa de murciélago, así como por el aspecto de sapo negro adormilado que siempre le ha caracterizado. No se levantará de su sitio, ni siquiera aunque rabie de hambre, sino que esperará con holgazanería que le llegue el sacrificio. Entonces, acercándote al Señor Tsathoggua, le dirás: “Yo soy la ofrenda de sangre que envía el brujo Ezdagor”. Y si le agrada, Tsathoggua se adueñará de la ofrenda.

”Para que no te pierdas, mi pariente, el pájaro Raphontis, te acompañará durante tu vagabundeo por la montaña y las cavernas —e indicó con un gesto muy peculiar al arqueopterix nocturno que reposaba sobre la estela de desagradable aspecto, añadiendo, como si se le acabase de ocurrir—: Raphontis permanecerá contigo hasta que realices la prueba y finalices tu viaje por las profundidades de Voormithadreth. Conoce los secretos del mundo subterráneo, así como las guaridas de los ancianos. Si nuestro señor Tsathoggua declinase la ofrenda de sangre o, generosamente, te enviase a sus hermanos, Raphontis está perfectamente preparado para conducirte a cualquier sitio que ordene el dios.

Ralibar Vooz no supo qué responder ante esta perorata llena de afrenta, incapaz de contestar adecuadamente. De hecho, no pudo articular palabra, como si la mandíbula se le hubiese paralizado. Es más, a su creciente terror y asombro vinieron a añadirse ciertos movimientos que por involuntarios resultaban alarmantes. Empujado por una sensación de pesadilla, junto con el horror de quien cree estarse volviendo loco, comenzó a despojarse de cuantas armas llevaba. Su escudo, su maza, su doble espada, su cuchillo de caza, su hacha y su cota de malla cayeron tintineantes ante el bloque de obsidiana.

—Te permito conservar el casco y la coraza —dijo Ezdagor cuando Ralibar se los iba a quitar—; si no mucho me temo que no llegarás a Tsathoggua, en el estado de integridad física adecuado para el sacrificio. Los dientes y las uñas de los voormis son tan afilados como voraz es su apetito.

Murmurando palabras inaudibles y emitiendo extraños ruidos, el mago se volvió hacia el fuego, dando la espalda a Ralibar Vooz, y comenzó a apagar las llamas tricolores con una mezcla de polvo y sangre que sacaba de un cuenco de cobre. No deseando despedirse de Ralibar, se mantuvo dando la espalda al cazador, mientras movió su mano izquierda hacia el pájaro Raphontis. Este último, desplegando sus alas y rechinando su pico en forma de sierra, abandonó su percha y se posó en el aire mientras fijaba perversamente un dorado ojo sobre Ralibar Vooz. Entonces, volando lentamente, con su largo cuello vuelto y manteniendo la vigilancia con su ojo inmóvil, el pájaro voló entre las aristas de lava hacia el cono en forma de pirámide de Voormithadreth; y Ralibar Vooz le siguió, llevado por un impulso que ni entendía ni podía resistir.

Era evidente que el demoniaco pajarraco conocía todos los vericuetos del complejo engañoso con que había rodeado su morada Ezdagor, ya que el cazador fue conducido con cierta irregularidad a través de la fortaleza encantada. Oyó el lejano griterío de sus hombres, pero su propia voz se le antojó tan débil como la de un ratón cuando les respondió. Muy pronto se encontró en el fondo de un gran precipicio de la montaña superior, rodeada de entradas de cuevas. Era una zona de Voormithadreth que nunca había visitado con anterioridad.

Raphontis se elevó hacia la cueva más baja y permaneció en la entrada mientras Ralibar Vooz subía con dificultad detrás de él entre una montaña de huesos y raspadores con filtros de cristal, así como otros objetos de dudosa naturaleza arrojados por los voormis. Estos salvajes, primitivos y embrutecidos, decorando las cuevas con sus rostros y miembros repulsivos, saludaban los progresos del cazador en su ascenso con feroces gritos y cantidades ilimitadas de basura. Sin embargo, no molestaron a Raphontis, quedando claro que evitaban a toda costa herirle con sus misiles; no obstante, la vigilante presencia del pajarraco evitó que lograsen su propósito cuando Ralibar Vooz comenzó a acercarse a la guarida más próxima.

Debido a esta protección, el cazador pudo alcanzar la caverna sin haber recibido ninguna herida seria. La entrada de la misma era bastante estrecha, y Raphontis voló sobre los voormis abriendo el pico y batiendo las alas, obligándoles a retirarse hacia el interior mientras Ralibar afianzaba su pie en el friso de la entrada. Sin embargo, algunos se tiraron al suelo para permitir que pasase Raphontis; una vez hubo pasado el pájaro, se levantaron y asaltaron al commoriano mientras éste seguía a su guía hacia la fétida oscuridad de la caverna. Los voormis permanecían medio en pie, de manera que sus cabezas colgantes quedaban a la altura de sus muslos y caderas, mientras rugían como perros rabiosos, entonces se lanzaron a él, enganchando sus uñas de garfio en la cota de malla.

Al carecer de armas, luchó contra ellos de acuerdo con lo prescrito en la prueba, golpeando sus odiosas caras con su guantelete, poseído por una locura y frenesí impropios del ardor de un cazador. Sintió cómo sus uñas y dientes desgarraban la malla cuando lograba desasirse de ellos; pero en cuanto penetró un poco más en la cueva, otros se lanzaron sobre él, mientras las hembras se le enroscaban en las piernas como serpientes, y los pequeños le enganchaban por los tobillos con dientes que apenas acababan de despuntar en sus tiernas encías.

Ante él, para que se guiase, oía el batir de las alas de Raphontis, y los roncos gritos, medio silbidos medio mugidos, que el pájaro emitía a intervalos. Pero la oscuridad y la hediondez le impedían avanzar; además, sus pies resbalaban continuamente sobre sangre y suciedad. Sin embrago, pronto comprendió que los voormis habían cesado en su ataque. La cueva se prolongaba en una pendiente, y comenzó a respirar un aire penetrante con olores irrespirables, acres y minerales.

Tanteando mientras se acostumbraba a una noche perpetua, y descendiendo una pendiente muy inclinada, llegó a una especie de vestíbulo subterráneo donde no había ni luz ni oscuridad. Podían percibirse los arcos de roca gracias a un destello oscuro parecido al que emite la luna cuando se oculta. Desde allí, y a través de grutas recónditas y golfos de difícil sorteo, fue conducido más abajo por Raphontis hacia el mundo que yace debajo del monte Voormithadreth. Por todas partes se advertía una luz tenue y sobrenatural, cuya procedencia no pudo determinar. Alas que, por su excesiva anchura, no podían pertenecer a murciélagos, revoloteaban sobre su cabeza; y a intervalos, en las umbrías cavernas, podía contemplar temibles bultos parecidos a los de esas termitas y reptiles gigantes que en tiempos pretéritos incendiasen la tierra; pero a causa de la poca luz, no pudo distinguir si se trataba de seres vivos o de formas caprichosamente adoptadas por la roca.

Ralibar Vooz se sentía terriblemente impulsado por la prueba a que le habían sometido; su mente se hallaba totalmente entumecida, y sólo sentía una especie de miedo y asombro. Parecía como si su voluntad y sus pensamientos ya no le pertenecieran, sino que hubiesen pasado a formar parte de otra persona, desconocida. Se dirigía hacia una meta oscura pero predestinada, por una ruta oscura pero no desconocida.

Por fin, el pájaro Raphontis se paró revoloteando significativamente en una cueva que se diferenciaba del resto por una mezcla de olores si cabe aún peor. En un principio, Ralibar Vooz pensó que la cueva estaría vacía, y al adelantarse para unirse con Raphontis, tropezó con algunos restos que había por el suelo, pertenecientes al parecer a esqueletos humanos y de animales. Entonces, siguiendo la penetrante mirada del pajarraco, distinguió en un oscuro nicho el deforme bulto de una masa yacente. Dicha masa se movió casi imperceptiblemente cuando el cazador se aproximó, adelantando con increíble sopor una enorme cabeza con forma de sapo. Y la cabeza abrió los ojos, como si estuviera medio despierta, de forma que sólo pareciesen dos ranuras de fósforo sobre un rostro negro y sin cejas.

Ralibar Vooz percibió un olor de sangre fresca entre los muchos que sofocaban su nariz, y entonces quedó preso de pánico, ya que, al mirar hacia abajo, pudo ver sobre el suelo, ante el monstruo, los restos de algo que no era ni un hombre, ni una bestia, ni un voormi. Permaneció en pie dudoso, temiendo acercarse pero incapaz de retroceder. Amonestado por un silbido furioso del arqueopterix, que le golpeó en la espalda con su pico, avanzó hasta que pudo ver el oscuro pelaje del cuerpo yacente y la adormilada cabeza.

Poseído por un horror nuevo, y consciente de un terrible infortunio, oyó su propia voz que hablaba sin desearlo:

—Oh, Señor Tsathoggua, yo soy la ofrenda de sangre que envía el brujo Ezdagor.

La respuesta fue una ligera inclinación por parte de la cabeza de sapo; los ojos se abrieron un poco más, despidiendo luz en guiños viscosos a través de los arrugados párpados. Entonces, Ralibar Vooz creyó escuchar un ruido profundo, tormentoso; pero no sabía si procedía del aire enviciado o si eran cosas de su imaginación. Y el sonido cobró cuerpo, transformándose en sílabas y palabras:

—Gracias le sean dadas a Ezdagor por esta ofrenda. Pero como últimamente me he alimentado de una ofrenda rica en sangre, mi apetito está saciado por el momento, y no necesito de esta ofrenda. Sin embargo, bien puede ser que algunos de los Ancianos estén sedientos o hambrientos. Y dado que has llegado hasta aquí con una prueba que realizar, no sería justo que te fueses sin otra. En consecuencia, te someto a la siguiente prueba: deberás dirigirte hacia las profundidades, a través de las cavernas, hasta que llegues, después de mucho descender, al golfo que no tiene fondo, donde el dios—araña Atlach—Nacha teje sus telarañas eternas. Y una vez llegado, llamarás a Atlach—Nacha y le dirás: “Soy el obsequio que envía Tsathoggua”.

Oído esto, y con Raphontis como guía, Ralibar Vooz abandonó la presencia de Tsathoggua por otro camino distinto al que le había llevado hasta allí. El camino se hacía cada vez más y más inclinado, discurriendo a través de cámaras demasiado grandes para ser exploradas, y a lo largo de precipicios de cuyo negro fondo surgía el murmullo somnoliento y los opacos vapores de los mares subterráneos.

Por último, al borde de un abismo cuya lejana orilla se perdía en la oscuridad, el pájaro nocturno quedó inmóvil, nivelando las alas y dejando caer la cola. Ralibar Vooz se acercó al borde y vio que a intervalos había telarañas adheridas al mismo, cubriendo al parecer el golfo con sus múltiples encrucijadas y laberintos de gruesos hilos grises, como las maromas. Aparte de estos hilos, el abismo carecía de puente. En la lejanía, y sobre una de las telarañas, distinguió una forma oscura, tan grande como la de un hombre agachado, pero con miembros de araña. Entonces, como si estuviese dormido y en medio de una pesadilla oyese algún sonido sobrenatural, escuchó a su propia voz gritar:

—¡Oh, Atlach—Nacha, yo soy el obsequio que te envía Tsathoggua!

la forma oscura corrió en su dirección con una rapidez increíble. Cuando estuvo cerca, pudo apreciar que había una especie de rostro en el agazapado cuerpo, oscuro como el ébano, y entre las numerosas patas plegadas. El rostro miró hacia arriba con una expresión de duda y de interrogación, y el terror corrió por las venas del intrépido cazador cuando sus ojos se cruzaron con los pequeños y astutos, rodeados de pelo, que le observaban.

Débil, aguda y penetrante como un punzón llegó hasta él la voz del dios—araña Atlach—Nacha.

—Me siento muy obligado y agradecido por este obsequio; pero como no hay nadie más que pueda servir de puente para este precipicio, y como se requiere una eternidad para realizar esta tarea, no puedo perder el tiempo extrayéndote esos curiosos pinchos de metal. Sin embargo, puede que para el antihumano brujo Haon—Dor, que habita en su palacio encantado más allá del golfo, puedas serle de algún uso. El puente que acabo de terminar llega hasta la entrada de su morada, y tu peso servirá para probar la resistencia de mi tejido. Ve, pues, con esta prueba: atraviesa el puente y preséntate ante Haon—Dor, diciendo: “Me envía Atlach—Nacha”.

Una vez pronunciadas estas palabras, el dios—araña se retiró de la telaraña y desapareció rápidamente de su vista a lo largo del borde del precipicio, para comenzar sin duda la construcción de un nuevo puente en algún otro punto lejano.

Aunque la tercera prueba le resultaba pesada y obligatoria, Ralibar Vooz siguió a Raphontis con desgana sobre las oscuras profundidades. El tejido de Atlach—Nacha resistió bajo sus pies, balanceándose suavemente; pero entre los ramales, en una insondable profundidad, creyó oír los tenues aleteos de dragones con alas terminadas en garras; y, como juegos de la oscuridad, temibles bultos indefinibles que parecían emerger y desvanecerse simultáneamente.

No obstante, su guía y él llegaron a la otra orilla del golfo, donde la telaraña de Atlach—Nacha se unía al último escalón de una gran escalinata. Esta última estaba custodiada por una serpiente enroscada cuyas escamas eran tan grandes como escudos, con un tamaño más grueso que el de un corpulento guerrero. La cornuda cola de esta serpiente tintineaba como unos platillos, adelantando una cabeza desagradable con largas y enormes fauces. Pero al ver a Raphontis retiró su cuerpo enroscado y permitió que Ralibar Vooz subiera la escalinata.

Entonces, para realizar la tercera prueba, el cazador penetró en el palacio de mil columnas de Haon—Dor. Extrañas y silenciosas surgían esas estancias excavadas en la gris roca madre de la Tierra. Por las mismas, paseábanse sin cesar formas de humo carentes de rostro, delante de estatuas que representaban a monstruos con cabezas de sirena. De las bóvedas pendían, como si colgasen de la noche, lámparas cuyas llamas ardían al revés, parecidas a la combustión de hielo y piedra. Un gélido espíritu de maldad, tan antiguo como el mismo mundo, invadía las estancias; y el terror y el miedo corrían por ellas como serpientes invisibles, desatadas del sueño.

Sorteando las laberínticas cámaras con la seguridad de quien está acostumbrado a sus tortuosidades, Raphontis condujo a Ralibar Vooz a una habitación con el techo muy alto y cuyas paredes describían un círculo roto por una puerta, por la que penetraron. La habitación estaba vacía de muebles, excepto por un sitial de cinco pilares que se elevaba a tal altura, a la vez que carecía de escaleras o acceso similar, que sólo un ser alado podía ocuparlo. Pero en el sitial estaba sentada una figura vestida de oscuro, cubriendo su cabeza y facciones en la oscuridad.

El pájaro Raphontis se detuvo significativamente delante del sitial columnado, y Ralibar Vooz, con gran sorpresa por su parte, oyó que su voz decía:

—Oh, Haon—Dor, Atlach—Nacha me ha enviado.

Y hasta que la voz no dejó de hablar no supo que era la suya.

Durante un largo rato pareció que el silencio se prolongaría interminablemente. La figura del sitial permanecía inmóvil. Pero Ralibar Vooz, al mirar las paredes que le rodeaban, observó que su anterior lisura se cubría de mil rostros, retorcidos como los de demonios enloquecidos. Las caras se abalanzaban al extremo de cuellos que se estiraban, y detrás de los mismos emergían pulgada a pulgada hombros y cuerpos deformes, que salían de la piedra avanzando hacia el cazador. Y bajo sus pies el suelo se veía enlosado con otros rostros que se retorcían constantemente, abriendo cada vez más sus bocas y ojos demoníacos.

Por último, la figura cubierta habló; y aunque las palabras no pertenecían a ninguna lengua mortal, a Ralibar Vooz le pareció entenderlas oscuramente:

—Mi agradecimiento a Atlach—Nacha por este envío. Si dudo es porque no estoy seguro de lo que puedo hacer contigo. Mis parientes, que se agrupan en las paredes y suelo de esta cámara, te devorarían al instante; pero sólo supondrías un aperitivo para tantos. En conjunto, pienso que lo mejor que puedo hacer es enviarte a mis aliados, el pueblo—serpiente. Se trata de unos destacados científicos, y quizá puedas proveerles con algún ingrediente especial para sus investigaciones químicas. Considera, pues, que te someto a una prueba, y dirígete a las cavernas donde residen las gentes—serpiente.

Obedeciendo estas instrucciones, Ralibar Vooz comenzó a descender a través de los estratos más oscuros del primer mundo subterráneo, debajo del palacio de Haon—Dor. Nunca le falló la guía de Raphontis, y pronto llegó a las cavernas donde los hombres—serpiente estaban ocupados en mil tareas distintas. Caminaban torpe y retorcidamente sobre miembros premamíferos, mientras sus cuerpos imberbes se inclinaban suavemente. Se oía un claro y constante murmurar de fórmulas mientras se movían de un lado para otro. Algunos se dedicaban a fundir el negro carbón de oro; otros soplaban la obsidiana derretida formando frascos y urnas; algunos más medían productos químicos; y el resto, por último, destilaban extraños líquidos y curiosos alcaloides. Dada su intensa preocupación, ninguno pareció advertir la llegada de Ralibar Vooz y su guía.

Después de que el cazador repitiese varias veces el mensaje que le había confiado Haon—Dor, uno de los hombres—serpiente terminó por reparar en su presencia. Dicho ser le observó con una mirada fría pero llena de curiosidad desconcertante, emitiendo acto seguido un sonoro silbido que se elevó por encima de los ruidos y de la conversación. Los demás hombres—serpiente cesaron inmediatamente en su trabajo y se congregaron en torno a Ralibar Vooz. Por el tono de sus palabras silbadas podía deducirse que discutían entre ellos. Algunos se acercaron al commoriano tocando su rostro y sus manos con sus fríos digitales llenos de escamas, tratando de investigar lo que llevaba debajo de su armadura. Le dio la sensación de que le estaban anatomizando con metódico detalle. Al mismo tiempo, pudo advertir que no prestaban atención a Raphontis, que se había encaramado en un amplio alambique.

Cuando hubo pasado un rato, algunos de los químicos se alejaron para volver inmediatamente, llevando entre ellos dos grandes jarros de cristal llenos de un líquido claro. En uno de ellos flotaba erguido un voormi tieso y bien desarrollado, mientras que en el otro podía observarse un perfecto ejemplar del adulto hyperbóreo, muy parecido al propio Ralibar Vooz, ambos del sexo masculino. Los portadores de estos ejemplares depositaron su carga al lado del cazador, y entonces comenzaron a deliberar sobre lo que sin duda era una erudita disertación sobre biología comparada.

Pero en este caso, las exposiciones fueron relativamente breves. Al final, los químicos reptiles regresaron a sus distintas tareas, llevándose los jarros. Entonces, uno de los científicos se dirigió a Ralibar Vooz en un lenguaje sibilante, pero bastante aproximado al humano:

—Ha sido muy generoso por parte de Haon—Dor el enviarte aquí. Sin embargo, como has podido comprobar, ya poseemos un ejemplar de tu especie; además, en el pasado hemos tenido ocasión de disecar otros ejemplares y aprender todo lo que puede aprenderse de esta forma de vida despiadada y aberrante.

”Por otro lado, dado que nuestra química se dedica casi exclusivamente a la producción de poderosos agentes tóxicos, no nos sirven para nada las vulgares materias que componen tu cuerpo. Carecen de valor farmacéutico. Por último, hemos abandonado los impuros alimentos naturales, y nos limitamos a consumir tipos sintéticos. En consecuencia, como puedes comprobar, no tienes cabida en nuestra economía.

”No obstante, puede que los Arquetipos te encuentren de utilidad. Por lo menos supondría una novedad para ellos, ya que ningún ejemplar de la evolución humana contemporánea ha descendido hasta ahora a su estrato. Por tanto, te pondremos bajo esa urgente e imperiosa forma de hipnosis que, en términos de brujería, es conocida como una prueba. Y, obedeciendo la hipnosis, descenderás a la caverna de los Arquetipos...

La región a que ahora se dirigía el magistrado de Commorión se encontraba a cierta distancia bajo los laboratorios. Comenzó a aumentar el calor del aire que llegaba de los golfos y de las grutas, desprendiéndose una humedad parecida a la de las zonas ecuatoriales. Una gran luminosidad, posiblemente anterior a la creación del sol, rodeaba todo.

El cazador pudo distinguir en su derredor, dentro de esa luz gruesa y semilíquida, las formas de las rocas, así como de una fauna y de una flora perteneciente a un mundo primitivo. Dichas formas eran tenues, inciertas, movibles, y compuestas de elementos deslavazados. Incluso en este extraño y más que dudoso terreno subterráneo, Raphontis parecía encontrarse a sus anchas, volando entre las raquíticas plantas y peñascos como si no tuviese problema en orientarse. Pero Ralibar Vooz, a pesar del hechizo que le estimulaba obligándole a avanzar, comenzaba a sentir el cansancio lógico después de su heroico y prolongado itinerario. Por otro lado, estaba alarmado ante la elasticidad del terreno, que se hundía bajo sus pies a cada paso como si caminase por una marisma, y de una inconsistencia alarmante.

A este desconcierto, pronto tuvo que añadir el hecho de haber llamado la atención de un enorme monstruo, cuyos rasgos parecían los de un tiranosaurio. Este último le persiguió entre los helechos y el musgo arquetípicos, dándole alcance después de cinco o seis saltos; inmediatamente, lo engulló con la rapidez de cualquier saurio posterior, perteneciente a la misma especie. Afortunadamente, la engullición no fue permanente, ya que el plasma del tiranosaurio, aunque muy opaco, era más astral que material; y Ralibar Vooz, protestando enérgicamente contra su confinamiento en semejante masa, sintió cómo las oscuras paredes cedían ante él, cayendo pronto al suelo.

Cuando hubo intentado por tres veces consecutivas devorarle, el monstruo decidió que no era comestible. Se volvió, y regresó dando enormes saltos en busca de comestibles propios de su plano y materia. Ralibar Vooz continuó su descenso hacia la caverna de los Arquetipos; descenso en ocasiones interrumpido por los deseos alimenticios de alosaurios, pterodáctilos, pterandones, stegosaurios, y otros carnívoros primitivos.

Por último, siguiendo su experiencia junto a un persistente megalosaurio, pudo contemplar ante él a dos formas que vagamente le recordaban a las humanas. Sus proporciones eran gigantescas, con cuerpos casi globulares, y en vez de andar parecía que flotaban. Sus rasgos, aunque tan difusos que casi parecían inexistentes, expresaban enemistad y odio. Se acercaron al commoriano, y éste pudo advertir que uno de ellos le hablaba. Su lenguaje consistía en sonidos ventrílocuos primitivos, pero aunque con dificultad, pudo entender su mensaje:

—Nosotros, los primeros seres de la humanidad, nos sentimos defraudados ante la vista de una copia tan burda y terriblemente degenerada del verdadero modelo. Te desheredamos con tristeza e indignación. Tu presencia aquí constituye una intrusión insoportable, y es obvio que no puedes ser asimilado ni siquiera por nuestros dinosaurios más desarrollados. Por ello, te sometemos a una prueba: marcha sin más tardanza de la caverna de los Arquetipos, y busca el estrecho golfo donde Abhoth, el padre y la madre de toda la suciedad cósmica, realiza su repugnante y eterna tarea. Consideramos que sólo eres digno de Abhoth, quien quizá te confunda con uno de los de su progenie, y te devore de acuerdo con la costumbre que le es habitual.

El fatigado cazador fue conducido por el incansable Raphontis a una profunda cueva en el mismo nivel que la de los Arquetipos. Posiblemente se tratase de un anexo de la última. De todas formas, allí el terreno era más firme, aunque el aire parecía más irrespirable. Ralibar Vooz hubiera recobrado un poco de su aplomo habitual, de no haber sido por las repugnantes criaturas que pronto se le aparecieron. Había cosas que sólo podía comparar con monstruosos sapos de una pierna, con gusanos gigantes con cola de sirena, y con lagartijas deformes. Llegaban arrastrándose a través de la penumbra en una procesión interminable, desplegando un sinfín de variaciones morfológicas a cada cual más repugnante. Al contrario de lo ocurrido con los Arquetipos, estaban formados a base de una materia sólida, y Ralibar Vooz sentía fatiga y náuseas por la constante necesidad de rechazarles con las piernas. Sin embargo, se sintió muy aliviado al observar que a medida que avanzaba estos desgraciados abortos de la naturaleza se hacían más pequeños.

La oscuridad que le rodeaba se hacía cada vez más densa gracias al vapor caliente y nauseabundo que se depositaba en su armadura, en su rostro y en sus manos. Cuando inhalaba aire para respirar, le penetraba un olor de una hediondez inimaginable. Tropezó y cayó sobre las suciedades reptantes a sus pies. Entonces, en el crepúsculo, vio que Raphontis se paraba, y bajo el pajarraco pudo distinguir una especie de charca rodeada de barro mezclado con obscenos deshechos; en la charca se movía una masa grisácea y horrible que casi la llenaba por completo.

Al parecer, era aquí donde se encontraba el origen de todas las deformaciones y abominaciones. La masa grisácea bullía, temblaba y se hinchaba constantemente; y de la misma, en una división múltiple, surgían las anatomías que se arrastraban por toda la gruta. Había cosas como piernas y brazos sin cuerpo que se escurrían por el musgo, cabezas que rodaban, estómagos erizados con espinas de pescado, y toda clase de deformaciones y monstruosidades que aumentaban de tamaño a medida que se alejaban de la proximidad de Abhoth. Aquellas que no nadaban hasta la orilla con suficiente rapidez cuando caían de Abhoth a la charca eran devoradas por bocas que se abrían en el cuerpo paterno.

En su asombro y cansancio, Ralibar Vooz se sentía incapaz de pensar, sobrecogido como estaba por el horror; de otro modo, se hubiera sentido avergonzado, ya que había llegado hasta aquí mandado por los Arquetipos, quienes sólo le consideraban digno de semejante mundo. Sus facultades estaban más muertas que vivas, y la voz que, lejana y distinta, anunciaba a Abhoth la razón de su llegada, no supo considerarla como suya.

No hubo respuesta; pero surgió un miembro, de entre la masa informe, que estirándose llegó hasta donde se encontraba Ralibar Vooz al pie de la charca. El miembro se dividió en una mano plana y viscosa, y recorrió el cuerpo del cazador desde el pie hasta la cabeza. Después, cuando finalizó su cometido, se retiró rápidamente enroscándose en la penumbra junto con el resto de su progenie, lejos de Abhoth.

Esperando aún la respuesta, Ralibar Vooz sintió en su cerebro una sensación parecida a la de estar escuchando una conversación sin palabras ni sonidos. Traducido a un lenguaje humano, el mensaje fue el siguiente:

—Yo, Abhoth, el perverso de los dioses más antiguos, considero que los Arquetipos han demostrado tener un gusto dudoso al serme recomendado. Después de una inspección cuidadosa, no te reconozco como uno de mis parientes o de mi progenie; aunque admito que al principio casi me equivoco a causa de ciertas semejanzas biológicas. Eres totalmente ajeno a mi experiencia, y no me interesa poner en peligro mi digestión con artículos de dieta desconocidos.

”Quién eres o de dónde procedes, no lo sé; como tampoco puedo agradecer a los Arquetipos que me hayan molestado en la profunda y plácida fertilidad de mi existencia con un problema tan enojoso como el que me planteas. Vete pues, te conjuro. Existe un limbo yermo, y melancólico, y terrible, conocido como el Mundo Exterior, del que he oído hablar vagamente; creo que sería una meta bastante adecuada para tu viaje. Te someto a una urgente prueba: vete en busca del Mundo Exterior lo más rápidamente posible.

Al parecer, Raphontis se dio cuenta que al cazador le sería imposible físicamente realizar la séptima prueba que se le había impuesto; por eso le dirigió a una de las numerosas salidas de la gruta habitada por Abhoth, salida que le conducía a regiones totalmente desconocidas, enfrente de la caverna de los Arquetipos. Allí, y mediante gestos indicativos de alas y graznidos, el pájaro le indicó una especie de alcoba estrecha excavada en la roca. El nicho estaba seco y no parecía incómodo como lugar de descanso. Ralibar Vooz se alegró de poder descansar, y a medida que se le cerraban los ojos, tuvo la sensación de que sobre él caía una marea negra de sueño. Raphontis permaneció en guardia ante la entrada, golpeando con el pico a la deambulante progenie de Abhoth que intentaba asaltar al cazador dormido.

Como no existía ninguna diferencia entre noche y día en ese mundo subterráneo, no se podía medir con el método habitual el espacio de olvido disfrutado por Ralibar Vooz durante el sueño. Se despertó con el ruido de las alas batientes de Raphontis, que en su pico le presentaba un objeto poco atractivo, pero cuya anatomía se acercaba a la de un pez. Dónde y cómo había cazado esta criatura durante su constante vigilancia era algo más que dudoso, pero Ralibar Vooz llevaba demasiado tiempo en ayunas como para hacer ascos. Aceptó el desayuno, y lo devoró sin ceremonias.

Después, y de acuerdo con la prueba impuesta por Abhoth, reemprendió su marcha de regreso hacia el Mundo Exterior. La ruta escogida por Raphontis parecía ser un atajo. Se alejaba de la cueva de los Arquetipos, y de los laboratorios donde los hombres—serpiente se dedicaban a sus investigaciones toxicológicas. Fuera del itinerario quedaba igualmente el palacio encantado de Haon—Dor. Pero después de un ascenso largo y penoso a través de una región de desfiladeros solitarios, y por una especie de meseta subterránea, el viajero llegó una vez más al borde de ese larguísimo y desfondado abismo, cuyo único puente era la telaraña tejida por el dios—araña Atlach—Nacha.

Desde hacía algunos momentos había acelerado el paso a causa de la progenie de Abhoth, que desde un principio no dejara de perseguirle, aumentando cada vez más su tamaño, comparable ya al de los tigres y osos. Sin embargo, cuando se aproximó al puente, vio que un ser lento y enorme había comenzado a cruzar antes que él. Los cuartos traseros de dicho ser estaban plagados de ojos poco amistosos, y Ralibar Vooz dudó por un instante acerca de su propia orientación. Como no deseaba seguirle muy de cerca, pisándole los talones, esperó a que el monstruo desapareciese en la oscuridad; mientras tanto, la descendencia de Abhoth le atacaba con ferocidad.

Raphontis, con graznidos amonestadores, revoloteaba frente a él, sobre la red gigante, viéndose el cazador obligado a apresurarse por los feroces hocicos acechantes de los monstruos negros que le perseguían. Debido a la precipitación, no pudo advertir que la red había perdido consistencia, y algunos ramales se habían roto o estaban flojos a causa del peso del monstruo. En cuanto vio la orilla opuesta del abismo, sólo pensó en alcanzarla, redoblando la velocidad de su paso. Pero en ese momento, la red cedió bajo sus pies. Se aferró desesperadamente a los ramales rotos que colgaban, sin poder evitar su caída. Con varios trozos del tejido de Atlach—Nacha entre sus dedos agarrotados, se precipitó en ese golfo donde nadie se había zambullido antes.

Desgraciadamente, semejante contingencia no estaba prevista en los términos de la séptima prueba.

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