Introduccion a la america criolla



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INTRODUCCION A LA AMERICA CRIOLLA

Jorge Abelardo Ramos

América Latina ha sido siempre tributaria del mundo europeo; Estados Unidos se agregó más tarde a la constelación de las grandes potencias que veían en el Nuevo Mundo una gran reserva colonial. La subordinación indicada no fue solamente económica: las grandes fuerzas internacionales elaboraron cadenas más sutiles y efectivas. Para perpetuar su control económico y político se deformó la tradición histórica, se crearon centros políticos diversionistas, e ideologías sustitutivas se opusieron a la formación de una verdadera ideología nacional latinoamericana. Así fue como el marxismo, el nacionalismo y las tradiciones democráticas sirvieron para fines totalmente distintos a aquellos que habían justificado su existencia y desenvolvimiento en los grandes países metropolitanos.

Se hizo necesario reelaborar una visión totalizadora del pasado y del presente, en el orden de la economía, de la historia, de la política y la cultura, para que América Latina readquiriera su conciencia perdida. Ediciones del Mar Dulce se propone recoger, sin ninguna clase de limitaciones de partido o facción, las mejores contribuciones a esa tarea, lo cual significa, en el orden de las ideas, satisfacer los mismos propósitos buscados en el siglo pasado por San Martín y Bolívar por medio de las armas. Cada generación es llamada por las voces de un destino. Quizá a la actual le corresponda acometer y coronar la vasta empresa sanmartiniana y bolivariana con las ideas y las fuerzas del siglo XX.



Capítulo 2

Martín Fierro y los bizantinos

No ofrecemos al lector una exposición sobre literatura pura: ni los esfuerzos de la química han logrado situar nada en estado específico. La impureza, por el contrario, es el modus constante de la naturaleza, de las letras y también de la política. Todas las tentativas de “purificar” algo concluyen generalmente en su esterilización. Nuestro tema será en consecuencia lo nacional y lo europeo en la literatura argentina y, por implicación, en la formación del pensamiento nacional latinoamericano. Un entrelazamiento tan atrevido en apariencia entre la cultura y la política causará repulsión a no pocos intelectuales. ¡Si lo sabremos! Un franco debate de este género demostraría el divorcio de una parte de nuestra inteligencia respecto del país en que viven. Su poliglotismo espiritual rechaza en el territorio subordinado lo que constituye el asunto habitual en la metrópoli europea, esto es, la más enérgica y apasionada polémica sobre las letras y sus fines.

En las ciudades imperiales la interacción de la política y las letras se ejerce sin disimulos. Es un fenómeno cotidiano. Resulta completamente natural en París que Camus polemice con Sastre sobre la cuestión de si el primero expresa en sus escritos la influencia norteamericana o sobre si el autor de La Náusea se ha convertido en un criptostalinista. Esta discusión, inocua por otra parte, es un espectáculo regular en una nación imperialista que cuenta con ciudadanos de primera clase, y cuya riqueza material posee la contrafigura de una variedad incesante de tendencias estéticas. Pero como esta nación, del mismo modo que Inglaterra, Estados Unidos, Alemania o Italia, exporta a los países atrasados los episodios de su creación espiritual junto con sus productos técnicos, a aquellos no les queda más remedio que aceptarlo todo: las máquinas de escribir, el nylon, las ediciones de lujo, el pensamiento, y los roedores del pensamiento.

También se importan las polémicas. Si para los franceses una exégesis de Rilke, de los acuarelistas japoneses o de los románticos alemanes, constituye parte de su formidable aventura intelectual, de su sabia vejez como raza, para nosotros supone la postergación de tareas espirituales infinitamente más urgentes e imprescindibles. Pero basta reflexionar un momento para caer en la cuenta que ese “universalismo” europeo es más aparente que real. Para un francés o un inglés culto no existe nada más interesante que leer libros sobre su propio país. Y, si es posible, sobre su propio pueblo natal. El auge de la novela regional en Francia testimonia ese hecho que ha dado su fama a Giono. Los elementos exóticos en los asuntos de la literatura francesa son accesorios a su movimiento fundamental, que gira sobre el eje de la propia nación y se refieren generalmente al Oriente colonizado por las empresas militares del país. Así nació en otro tiempo el ciclo de Pierre Loti o Paul Morand. El largo brazo imperial permitió la creación de filiales ultramarinas en el folklore afrancesado de Madagascar, la Martinico o Guadalupe. Pero el elemento distintivo de las literaturas europeas, en general, es la investigación y creación constantes sobre sí mismas, producto de un genuino orgullo nacional y de una riqueza histórica también indiscutible. Aquí nos aproximamos al centro de nuestro problema.

En Europa no hay falsos ídolos, o para decirlo mejor, la crítica renueva los altares. Claudel declara sin cortesía que “Gide es un delincuente” o Papini escribe que “Sastre es un animal escribiente y vociferante”. En esas naciones viejas, estratificadas en tantos aspectos, las rebeliones estéticas o las formas más corrosivas del análisis se ejercen libremente, por obra de las fuerzas discordantes fundadas en el cauce de una gran tradición común. En nuestro país por el contrario, ningún prestigio parecería resistir un examen despiadado, si juzgamos por la ausencia de una crítica o la naturaleza conservadora de nuestros santones letrados. Resultaría un verdadero acontecimiento en la Argentina que alguien que se propusiese acusar a Ricardo Rojas de haber olvidado sus ideales de juventud, por ejemplo. Postulaba en ellos una visión nacional de nuestra cultura. ¿Quién le reprocharía- digamos- su postración ante la camarilla mitrista y su vetusto altar de “La Nación”, que ahora pasea su sahumerio por el rostro del autor de La restauración nacionalista? No olvidemos, sin embargo, la importancia de Rojas en la historiografía de las letras argentinas, que el sombrío Groussac ridiculizó. Le resultaba intolerable al célebre bibliotecario y polígrafo francés imaginar siquiera la existencia de una literatura argentina. Declaraba fantasioso e inútil, en consecuencia, escribir una historia de ella.

Otros santones, esta vez de estirpe anglosajona, lo han reemplazado en el crédito público. A la crítica de los mandarines cosmopolitas se consagra el presente trabajo.


La “colonización pedagógica”
Para Spengler toda gran unidad de cultura, históricamente aparecida, es la expresión de un “alma cultural”. Para una semi-colonia, esa alma cultural se traduce, básicamente, en la aparición de un impulso hacia una conciencia nacional autónoma. Pues el fundamento primero de toda cultura, en el sentido moderno de la palabra y no por cierto en el dominio tecnológico, es una afirmación de la personalidad nacional, que tiende a propagarse en su primera fase en el ámbito de una ideología propia y que puede o no contener implicaciones estéticas inmediatas.

En los países tributarios los problemas de la cultura revisten una importancia especial. A nuestro juicio aún no ha sido analizada de manera satisfactoria. Es digno de observarse que en las naciones coloniales, despojadas de poder político directo y sometidas a la jurisdicción de las fuerzas de ocupación extranjeras, los problemas de la penetración cultural pueden revestir menor importancia para el imperialismo, ya que sus privilegios económicos están asegurados por la persuasión de su artillería. La formación de la conciencia nacional en este tipo de países no encuentra obstáculos. Por el contrario, es estimulada por la simple presencia de la potencia extranjera en el suelo nativo.

Esto no impide, por cierto, que en Liberia, por ejemplo, la clase negra dominante, descendiente de los esclavos libertos que abandonaron Estados Unidos después de la guerra de Secesión y que expropiaron a los verdaderos nativos, se sienta norteamericana y lea a Faulkner, del mismo modo que la oligarquía bostoniano se creía inglesa en el siglo XIX. Es bien cierto que, aún en los países coloniales, la influencia cultural imperialista se ejerce sobre todo en aquellas capas sociales ligadas a los beneficios de la expoliación del país. En los círculos nativos privilegiados del Sudán se admira a Eliot y sus hijos aprenden una dicción perfecta del inglés moderno en las aulas de Oxford. Lo mismo puede decirse de las castas parasitarias de Puerto Rico, que envían a sus vástagos a estudiar a Estados Unidos. Se consideran norteamericanas y desestiman a sus compatriotas de raza y de lengua.

Los mencionados ejemplos no alteran nuestro pensamiento anterior, esto es, que el imperialismo en los países coloniales otorga mayor importancia a su policía colonial que a su literatura clásica. Pero si en la colonia de Kenya la policía reemplaza a Eliot, en la tradicional semicolonia de la Argentina, Eliot suplanta a la policía colonial. ¿Se trata de un plan elaborado? No. El imperialismo no es un edificio, un comando en jefe o una sección de planificación. Es una relación entre cosas. El influjo cultural del “imperium” nace de su propio poder mundial y de la educación del gusto por lo ajeno (que es lo prestigioso semi-sagrado) de los grupos privilegiados en las colonias y de ciertas clases medias sometidas a la hipnosis del patrón cultural hegemónico. El resultado es sofocar la aparición de una conciencia nacional, punto de arranque y clave de toda cultura.

En la medida que la “colonización pedagógica” no se ha realizado (según la feliz expresión de Spranger, otro imperialista alemán), sólo prevalece en la colonia el interés económico fundado en la garantía de las armas. Pero en las semicolonias, que gozan de un status político independiente decorado por la ficción jurídica, aquella “colonización pedagógica” se revela esencial. Aparte de los lazos creados por la dependencia financiera, la diversión cultural cosmopolita (parnasiana o “marxista”) es ineludible para soldar la armadura de la enajenación. El dominio imperial se sutiliza. De este modo, Borges es una especie de travieso Gobernador local bilingüe. En la India de 1842, el gobernador Roberts dijo unas palabras sugestivas: “Nadie puede imaginar lo difícil que es gobernar sin la ayuda de los intermediarios nativos”.

La “inteligencia” argentina, por así decir más reputada y la juventud universitaria han sido víctimas predilectas del sistema. Han asimilado los peores rasgos de una cultura antinacional por excelencia. Las condiciones históricas descriptas presidieron la formación de nuestra “élite” intelectual. Su función es clara: ser fideicomisaria de valores elaborados por Europa y que Europa manipula en su propio beneficio.


La cultura satélite bilingüe
La europeización de cierto segmento de la cultura argentina no constituye un fenómeno local. Si el cristianismo difundió su influencia en los límites marcados por la expansión del imperio romano, la europeización de la cultura mundial ha seguido los caminos de las aventuras imperialistas. El siglo XVIII fue reconocidamente un siglo francés. Es la Europa francesa, el siglo de las luces. Las luces provenían de Francia, lo mismo que la Revolución, las mujeres, las modas, la lengua de la diplomacia y toda suerte de vicios públicos y secretos, incluyendo enfermedades de la sangre. En cambio, el siglo XIX fue inevitablemente el siglo que contempló el apogeo de la edad victoriana, o sea el siglo británico por excelencia: la gloria naval, el té de la india a las cinco, el criquet y la equitación, los modales reservados y el corte inglés., la Bolsa, en fin, casi todo lo que puede exigir un verdadero caballero a la vida, aunque sea un ricacho de la Pampa o un Príncipe hindú agobiado de joyas. Debía corresponder a los Estados Unidos el monopolio del siglo XX y aunque los frutos del nuevo poder, además de la tecnología, se repartieron entre las modas alimenticias, las gaseosas y el “rock”, el sello del “imperium” en algunas novelas y cuentos breves imprimió sin duda su peculiar carácter a las letras de nuestro tiempo. Pero no se trata de la influencia mutua que los estados dan y reciben en la historia del mundo. Francia lo ha entendido muy bien cuando inicio en 1980 una batalla en regla contra la influencia y la difusión de la lengua inglesa en suelo francés. Este rechazo define claramente y no en un sentido negativo el nacionalismo francés y pone al desnudo la permeabilidad de la semi-colonia argentina que se somete pasivamente a todas las influencias a condición de que ellas sean extranjeras.

Hubo una época que en la corte de la Rusia Zarista, en los círculos aristocráticos de Rumania o de Polonia y en general en toda Europa oriental, se hablaba únicamente el francés. No era ajena a esta predilección idiomática la influencia que el capitalismo francés ejercía en esos territorios ricos de historia y de tradición espiritual. Nuestras clases por así decir “cultas” han imitado esas costumbres propias de los pueblos vencidos, a quienes se les impone un traje, un tipo de comida, una literatura y una lengua.

Nuestra “inteligencia” colonial, educada en esta escuela de imitación, expresa invariablemente su aversión a una teoría de lo nacional. Por lo demás, acepta el nacionalismo de los europeos, esto es el nacionalismo imperialista de un Eliot o de un Valèry, cuyo tema constante es la averiguación de las hazañas culturales o históricas de su propio país. Pero rechazan al mismo tiempo el derecho de reivindicar o desarrollar nuestra propia tradición nacional, sin cuya afirmación no puede probarse el derecho de un país a ser su propio dueño. Es imposible acusarla de incoherencia. La formación de gran parte de nuestra intellligentsia fue dirigida desde el extranjero.

Al propio Eliot no se le escapa que

La inequívoca cultura satélite es la que conserva su lengua aunque está tan estrechamente asociada y subordinada a otra, que no sólo ciertas clases, sino todas, tienen que ser bilingües. Difiere de la cultura de la pequeña nación independiente en este respecto: que en la última es generalmente necesario que sólo algunas clases conozcan otra lengua.”

Eliot se refiere en el primer caso a una colonia: en el segundo, a una semicolonia. El escritor inglés conoce su clientela. Por otra parte, posee una lucidez perfecta con respecto a la posición del Imperio británico en el seno del mundo colonial. Como es natural, su objetividad reposa en los intereses que defiende. No difiere de esto de Kipling. Si el poeta de la era victoriana cantaba las hazañas del fusil de repetición ante la resistencia de las lanzas sudanesas, al poeta del premio Nobel le toca presenciar el hundimiento inexorable del Imperio y sólo le resta especular sobre la gloria pasada y su crisis actual:

Nos quedamos con la melancólica reflexión – escribe- de que la causa de esta desintegración ( de la cultura hindú) no es la corrupción, la brutalidad, la mala administración: tales males han desempeñado sólo un papel pequeño, y ninguna nación dominadora ha tenido que avergonzarse menos que Gran Bretaña a este respecto; la corrupción ,la brutalidad y la mala administración prevalecían en la India antes de la llegada de los británicos; y por lo tanto su práctica ya no podía perturbar la forma de la vida indostánica.”

Hasta aquí, Eliot. Según vemos, este poeta no oculta su nacionalismo; admira y justifica el genio británico. Prescindiendo de todo análisis particular de su obra que dejamos a los especialistas, nos importa destacar que se trata de un escritor nacional, como Valèry o como en el campo de la morfología de la literatura son Spranger o Spengler. Maestros de la literatura europea, con cuyos patrones se ha escrito la nuestra, estas figuras irradiaron su influencia en la dirección señalada por el avance mundial del imperialismo. Jamás ignoraron la trascendencia política de la cultura que representaban. Impecables testimonios de esa perspicacia imperialista son Eliot y Valèry ¿Por qué no reclamar a nuestros intelectuales colonizados una consecuencia equivalente?


La crisis de la afirmación y la literatura pura

La perplejidad del mundo intelectual en la Europa burguesa se expresa irrefutablemente por la disolución de todas sus formas y concepciones tradicionales. Desde hace años está proclamada una verdadera “crisis de la afirmación”, una proscripción de lo real, una religión de la oscuridad, un sacerdocio de las sensaciones y una decisión de concebir la literatura como una actividad específica. Tales son algunas de las puntualizaciones del ensayo de Julián Brenda sobre la literatura pura. En efecto, para el mundo espiritual del occidente capitalista no resta otro recurso en su ocaso que refugiarse en sí mismo. Renegar de la vida y aislar a la literatura de la crisis social que la envuelve, he aquí la postrera solución.

Por supuesto que este procedimiento no hace sino reintroducir la crisis en el núcleo mismo de la cultura. Si la crisis europea se expresa en el horror a lo real, en una aversión semejante, que nadie mejor que Valèry ha reflejado al exclamar que “entramos en el porvenir retrocediendo”, se funda justamente el carácter subordinado del “intelectual puro”. La vieja tradición que soñaba en un literato puro nimbado con aureolas sacerdotales no ha desaparecido del todo, por lo menos bajo ciertas formas. Esta idea ha nutrido en Europa la creencia de que los intelectuales deben formar parte de una élite privilegiada dentro de una clase dominante, situada a su vez en la cumbre de una sociedad estratificada y jerarquizada. El profeta de este sueño reaccionario es Eliot. Por supuesto que sus creencias individuales carecerían de importancia si este escritor británico no generalizase las opiniones del imperialismo, que necesita poner a su servicio de manera exclusiva a los intelectuales, maquillando su servilismo con una ilusión. La función social de estos últimos es menos independiente que nunca y sus virtudes paralizantes, sobre todo en los países semicoloniales, equivalen a varios regimientos de rifleros canadienses. Desde este punto de vista Eliot escribe, más que para la metrópoli misma, para las colonias y zonas periféricas de Inglaterra. En el territorio inglés, los ciudadanos de esa Atenas imperial están actualmente demasiado preocupados en calcular su frugal almuerzo diario como para meditar en el destino platónico de sus escritores. El pensamiento de Eliot y en general de los apóstoles de la literatura pura, encuentra su mejor campo de difusión en países como la Argentina. La paradoja consiste en que nuestro país ha dado varios pasos audaces en la Revolución Nacional, pero esta revolución peronista ha sido incapaz hasta hoy de librar la batalla intelectual decisiva.

El intelectual es incapaz de confesar que su salario depende de sus opiniones y que el odiado burgués u oligarca lo tienen tomado por el cuello. Ante las dificultades, el filósofo o el poeta resuelven que el mundo les produce asco. Huyen de él y diseñan en el aire signos mágicos. Disuelven la poesía en la música y transforman la literatura, en un sistema criptográfico. En definitivas cuentas la literatura, que en su mejor tradición fue un medio de comunicación estética entre todos los hombres, se ha convertido en manos de estos falsificadores en un método de incomunicación. Se escribe para escritores. Solo entienden los iniciados en la religión secreta. El despotismo ilustrado o seudoilustrado de este lenguaje esotérico posee la curiosa característica de pretender infligir a la prosa una calidad intelectual rigurosa; la triste verdad es que sus propios autores no pueden explicarse al lector. La oscuridad es su reino. Tal es uno de los rasgos distintivos de la mayor parte de la literatura contemporánea:

Benda escribe:

Precisamente es esta estima por el pensamiento personal únicamente lo que manifiesta Proust cuando promulga: “todo lo que era claro antes de nosotros, no es nuestro”, Suares, cuando decreta. “Pensar como todo el mundo, es pensar estúpidamente”; Alain cuando cree abrumar a sus adversarios porque afirman “pensar en coro”. Puede aseverarse que para esta escuela, pensar individualmente que dos y dos suman cinco, encierra más valor que pensar “en coro” que suman cuatro.

Mallarme confesaba que

La literatura a la que mi espíritu exige una voluptuosidad sería la poesía agonizante de los últimos momentos de Roma.”


Es muy posible que el estado actual de la sociedad francesa sugiera la consagración de una escuela semejante. América Latina no quiere agonizar sino vivir sin agonía.

Según Benda, los caracteres que distinguen a la literatura moderna europea son los mismos que los atribuidos a las literaturas llamadas de decadencia, particularmente en Roma y Grecia. Dicho autor resume así esos rasgos: el culto de la obra breve, desprecio de la gran inspiración; la perfección de la forma enmascarando la pobreza del fondo; el trabajo artístico supliendo a la inspiración; la ausencia de generosidad; la profusión de las doctrinas irracionales y místicas; el prestigio de una literatura mágica. En relación con esto Benda cita unas palabras de Sainte Beuve:

De ahí que el hombre culto se haga raro, y la agudeza, el falso hombre y la pretensión ocupen su lugar.”
Por cierto que estos fenómenos encuentran en Europa un terreno para el debate. Al contrario, ninguna discordia se plantea en la Argentina. Nuestra literatura más prestigiosa es un cenotafio; la presunción oculta el vacío; nada conmueve nuestras tumbas.

Algunos críticos confían en el regreso a la religión para restaurar el eje espiritual clásico. Otros afirman que la creciente oscuridad de la poesía y la literatura se deriva de un agotamiento de las posibilidades de la lengua: varios siglos de creación constante habrían originado un desgaste de las palabras y los ritmos.

El poeta se vería obligado a rehacer inevitablemente los instrumentos de su arte, a organizar la confusión y a replegarse en un aislamiento creciente, puesto que la oscuridad lograda promueve un auditorio restringido, formado generalmente por los mismos artistas, que se influyen entre ellos y pierden contacto con el mundo.

Procesos reales en Europa, se desfiguran en Argentina, que no ha experimentado sus episodios precedentes. El virtuosismo de un mundo agotado se instala entre nosotros, reemplazando una expresión nacional genuina. Ha nacido de ese modo todo un género atormentado (de una complejidad apócrifa) inasimilable por nuestros pueblos. Recién nacidos a la vida histórica, ellos reclaman una literatura objetiva y manifiesta. Nuestros escritores más afamados, nutridos de una metafísica ajena, exponen una angustia estetizante, bendecida por Kierkegaard pero sorda y ciega ante la realidad del continente sumergido, esta Atlántida visible subyugada por el imperialismo y excluida de la vida. ¡Qué cantera para el drama, que tema para un nuevo orbe artístico! Pero la sociedad oligárquica no ha dejado en su estela histórica más que parálisis, manías imitativas, poesías traducidas, argentinos indiferentes con su país.

Al cabo de miles años de existencia. Europa adoptó el sistema capitalista. Al desvanecerse las posibilidades internas a ese régimen. Inglaterra pudo producir un Eliot, que mira hacia el ayer con desconsuelo, con una especie de nostalgia feudal. Eliot está en completa libertad de introducir en sus obras numerosas citas en idiomas extranjeros, del mismo modo que Ezra Pound, cuya sobreabundancia de erudición avergonzaría a Borges; pero si estos ingredientes librescos matan a la poesía actual y la convierten en un producto para sibaritas, al menos Eliot es profundamente inglés. Tiene, por añadidura, la ventaja de que hasta puede olvidarse de serlo; la cultura nacional británica ha logrado todos sus fines, puesto que la nación inglesa no sólo se ha constituido, sino que ha comenzado (en cierto sentido histórico) a desintegrarse.

El caso de Borges es enteramente diferente. Esto es natural ya que varía el estado cultural de nuestros pueblos y son otras sus exigencias. La presencia de Kafka o de Kierkegaard en estos escritores argentinos no es menos artificial, y revela que aquella estética que para los europeos es la etapa final de sus vísperas, para nosotros parece ser el capítulo primero – símbolo de una dependencia espiritual sofocante-.

Wladimir Weiddlè ha escrito a propósito de Kafka y sus epígonos palabras que merecen transcribirse:

Cuanto más avanzamos en la lectura, más nos convencemos – la impresión se agudiza hasta llegar a ser casi insoportable en el último capítulo de América- de que asistimos al desenvolvimiento de una alegoría muy sutil, cuyo sentido oculto estamos a punto de adivinar. Ese sentido lo necesitamos, esperamos que venga; la espera se hace dolorosa, estamos como en medio de una pesadilla un segundo antes de despertar- pero nos despertamos y el fin del relato no explica nada-. Estamos condenados a lo absurdo, debemos errar indefinidamente en el laberinto sin salida de la existencia; y de repente comprendemos que es esto lo que quería decir Kafka y no otra cosa. La vida no es sino tiniebla; y aquí cuadra repetir una vez más que ya no se trata de la penumbra del sexo, del nacimiento de la noche original, sino de las tinieblas negras de la muerte.

Un resignado odio hacia la vida, tal es el pensamiento que Kafka ha expresado artísticamente en su obra. En apariencia, esta vasta metafísica de lo absurdo, esa meditación de la nada, parece rechazar toda relación con raíces terrestres; sin embargo, hasta el propio Kafka no puede ser explicado sino a través de sus características nacionales y raciales. Sus libros debían ser inevitablemente los de un centroeuropeo, más precisamente los de un judío de Praga: había percibido intensamente el despliegue declinante del universo europeo tradicional, su pronunciamiento a la anarquía, la pérdida de toda esperanza. La primera guerra mundial lo marcó profundamente, como a toda su generación, y volvió real su desequilibrio potencial. El ahogo racial, la asfixia de una nación triturada, el ingreso a la descomposición de todo un mundo hizo de Kafka lo que es. Desde Goethe sabemos que un artista no engendra la realidad sino a la inversa. La desolación planetaria de Kafka es el reflejo vacilante del mundo desolado, o dicho en términos menos literarios, de la sociedad capitalista en bancarrota.

¿Por qué esas corrientes poseen una influencia tan notable en la literatura argentina? La razón más válida es que nuestra literatura no es sino parcialmente argentina, sino que prolonga hasta aquí las tendencias estéticas europeas. Su misión es traducir al español el desencanto, la perplejidad o el hastío legitimados por la evolución de la vieja Europa. Weiddlè comenta así este proceso de kafkismo universal:

Kafka obedeció únicamente a su instinto estrecho pero infalible en la dirección que tomó una vez por todas; otros han querido erigir en principio, en método lo que para él fue una experiencia enteramente personal y profundamente vivida; y eso explica por qué las fuerzas destructoras que él ha sabido poner al servicio de su arte y que ha encarnado en su obra, han destruido el arte de los otros y hasta les ha prohibido realizar una obra.”

Estamos ante una observación definitiva. Podría agregarse que nuestros escritores, si bien están al corriente y en cierto sentido forman parte de la literatura europea, lo hacen del modo más cómodo posible. Los poetas argentinos que más se ocupan de lo mágico, lo angélico, lo delirante o lo metafísico, están a mil leguas de rehacer en sí mismos todos los procesos de iconoclastia, enfermedad y locura que dotaron al arte europeo de artistas en estado salvaje. Nuestros intelectuales traducen pasiones ajenas: desarraigados, sin atmósfera – sombras de una decadencia o de una sabiduría que otros vivieron-. De ahí que la literatura argentina posea este carácter gris, igualitario y pedante que hastía o irrita. Si esta descripción posee algún valor, ella nos permitiría comprender el papel jugado por Victoria Ocampo en nuestra vida literaria.

Numerosas razones han producido en Europa la declinación cultural que comentamos. La más importante es la crisis orgánica de la civilización capitalista en su conjunto, que arrastra en su caída a los valores que la burguesía heredó o produjo en el período de su ascenso triunfal. Esta crisis espiritual no puede ser revertida por medios estéticos ni por una inmersión religiosa. La solución está en manos de la política, puesto que la raíz del problema tiene esa índole. Pero, ¿Qué diremos, en cambio, del reflejo sombrío que esa cultura espléndida y agonizante ejerce sobre la literatura argentina? ¿Qué diremos de la combinación fatal de un pensamiento anti argentino formulado con las recetas de un aristocratismo hermético? El prestigio adquirido en la literatura de nuestro país por todas las modas místicas o semimìsticas corre parejo con el respeto hacia lo original, lo secundario y lo abstracto; un clima nauseabundo de banalidad arrogante reina en nuestras letras. Lo universal no pasa a través de estas oscuras literaturas de importación falseadas hasta la médula.

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