Introducción niños difíciles



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INTRODUCCIÓN

1. NIÑOS DIFÍCILES:

1.1. El niño hiperactivo y con estrés infantil

1.2. El niño con berrinches

1.3. El niño agresivo

1.4. El niño autista

1.5. El niño mentiroso

1.6. El niño tímido

1.7. El niño miedoso

1.7.1. El niño con fobia social

1.7.2. El niño con fobia escolar

1.8. El niño depresivo

1.9. El niño con un nivel socio – cultural bajo

2. EL NIÑO PROBLEMÁTICO EN LA ESCUELA

2.1. Problemas intelectuales en el niño difícil

2.2. Problemas dentro del contexto escolar

2.3. Problemas de conducta

2.4. Consecuencias de los problemas familiares del niño en la escuela

2.5. Intervención pedagógica con el niño difícil en la escuela

3. ANÁLISIS DEL CASO DE UN NIÑO DIFÍCIL EN LA ESCUELA

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA



MªSalud García Bargueño

MªLuisa Fernández Suela

Susana Fernández Suela

Alberto González Sánchez


Álvaro Martín Carrasco

Asunción Rodríguez Martín


MªCristina Hormigos Corral
1.- Diferenciación de los niños difíciles

Ciertos tipos de trastornos en la infancia contribuyen a crear ciertas insuficiencias en el desarrollo posterior del niño: la timidez, los temores, los ticts, el nerviosismo, la hipersensibilidad, los defectos en el habla... Frecuentemente dejan una marca que se distingue en el desarrollo posterior.

Los problemas en la niñez no son fáciles de resolver porque obedecen a combinaciones de distintos factores.

A continuación presentamos algunos de las manifestaciones más comunes que presentan los niños difíciles.

Se van a resaltar las características fisiológicas de estos niños.

Además, cabe resaltar, que la mayoría de los alumnos englobados en el grupo de niños difíciles tienen lo que se conoce como “trastornos emocionales”.

Estos trastornos no respetan ni la edad ni el sexo; niños y niñas de todas las edades tienen impedimentos emocionales.

Por lo general, existe una proporción de entre 3 - 5 niños frente a una niña que padecen estos trastornos.

Aunque los niños con problemas emocionales se identifican en todas las edades y en todos los niveles escolares hay períodos críticos en los que aumenta la frecuencia. Gilbert comprobó que los casos derivados por causa de tales problemas eran más frecuentes entre los 6 –10 años. Bower halló la menor frecuencia de trastornos emocionales en los primeros años de escolaridad.

Los niños que no reciben la escolaridad obligatoria poseen una mayor frecuencia de trastornos emocionales.

Es necesario interpretar con las debidas precauciones las estadísticas relacionadas con la edad, el sexo, el nivel escolar de los niños con trastornos emocionales por tres razones:

- Los niños son más proclives a una conducta agresiva, más fácilmente inidentificable y menos tolerante en el aula que la conducta de las niñas (más dadas al ensimismamiento, la timidez, problemas psicosomáticos...)

- Los servicios clínicos y educativos no suelen ser numerosos para niños en edad preescolar.

- Los servicios clínicos, especialmente de educación diferencial, no son numerosos para alumnos de secundaria.


1.1. El niño hiperactivo

Aunque existen ciertas evidencias de niños hiperactivos desde principios del siglo XX, es en 1947 cuando Strauss y sus colaboradores realizan lo que se consideró la primera descripción clínica del cuadro del niño hiperactivo, en el que se ve afectada principalmente el área de la conducta, destacando la inquietud y el nivel de actividad como síntomas de lesión cerebral.

Las pautas que caracterizan al alumno hiperactivo son: la inestabilidad, la turbulencia, la impulsividad, la falta de atención, excitabilidad y rendimiento escolar deficiente. Las deficiencias de aprendizaje y el bajo rendimiento académico son considerados como características que generalmente acompañan a la conducta hiperactiva.

Los comportamientos hiperactivos característicos son:



· movimiento corporal excesivo (moverse, tirarse al suelo...)

· impulsividad sin autocontrol.

· rapidez en la realización de las tarea.

· no planea los resultados.

· atención dispersa (no atiende a las instrucciones o atiende durante escasos momentos, no se concentra más de unos casos instantes, no termina las tareas escolares... )

· variabilidad (inconsciencia en la calidad de sus tareas, conducta impredecible...)

· emotividad (rabietas temperamentales, lloros incontrolados...)

· coordinación viso motriz pobre (dificultades en escritura, recortado, modelado, copia...)

· dificultades aritméticas (errores en el cálculo)

· lectura deficiente (tiene errores típicos en lectoescritura)

· memoria escasa (olvido de instrucciones, dificultades para retener información, memoria mediata pobre, memoria inmediata pobre...)

· tendencia al fracaso (abandono de la tarea, pensamientos autodevaluativos...)

Parece extraño hablar de estrés infantil, sin embargo, educadores y profesionales de la infancia asisten a tantos niños angustiados y con reacciones emocionales negativas ante determinados acontecimientos de su vida, que negar su existencia significa escapar a una realidad tangible.

La infancia es un período que se caracteriza por cambios y los niños deben hacer frente a los retos que suponen la superación de las transiciones de una etapa a otra. Son, precisamente estos retos los que pueden convertirse en acontecimientos estresantes y poner en peligro el proceso normal evolutivo de un niño, desde el nacimiento hasta los 13 años, aproximadamente.

Lazarus y Folkman (Trianes, 1999) consideran los momentos de estrés, como una relación particular entre el individuo y el entorno evaluado por éste

La reacción de estrés depende de cómo es percibida la situación, más que de la situación en sí. Es por tanto crucial el reconocimiento por parte del individuo de la relevancia de la situación y el examen de los recursos para hacerle frente. Por ello, cabe destacar, la importancia de las limitaciones infantiles propias del desarrollo evolutivo, ya que, en relación a un adulto, poseen menor grado de desarrollo cognitivo, afectivo y social.

Así como existen factores de riesgo tanto biológicos como vitales, se encuentran también los llamados factores protectores que protegen a los niños y le permiten manejar la situación de estrés.

La conducta adaptada y saludable depende de que los acontecimientos estresantes sean pocos o bien que, de haberlos, puedan ser afrontados exitosamente por la persona usando los recursos protectores disponibles y que, los mismos sean numerosos, de manera que superen a los factores de riesgo.

Para acercarnos al estrés infantil, debemos estar alerta a cuatro aspectos muy importantes que nos orientarán tanto en la observación de los niños como en las formas de tratar de ayudarlos (Chandler, 1985):

Los estresores que afectan al niño: ¿qué eventos o estímulos están estresando al niño?.

La percepción del niño sobre los estresores: ¿el niño cree que no podrá hacer frente a los estresores?, ¿qué piensa sobre la posibilidad de controlar lo que le sucede?),

El impacto del estrés sobre las áreas de funcionamiento del niño: desempeño escolar, relaciones sociales y familiares, salud física.

El comportamiento que adopta el niño para ajustarse al estrés: ¿Qué tipo de patrón de conducta al estrés está adoptando el niño?.

Eventos estresantes pueden ser entre otros la pérdida de algún padre por

fallecimiento o divorcio, orinarse en clase, perderse, ser molestado por niños mayores, ser el último en lograr algo, ser ridiculizado en clase, peleas entre los padres, mudarse a un nuevo colegio, las características del cambio o del nuevo ambiente pueden tener un impacto negativo y ser fuentes de estrés (Chung, 1995).

El mecanismo de defensa es una operación cognitiva que funciona como protección para la persona ante los efectos de la ansiedad (Cramer, 1987). La persona utiliza diferentes defensas ante las situaciones estresantes, de acuerdo a los diferentes momentos en su desarrollo (Cramer, 1987).

La negación, es la defensa típica de los niños en edad preescolar. El niño aparta la atención de los estímulos nocivos o peligrosos negando su existencia, “no existe eso”.

La proyección es utilizada, por lo común, por los niños en edad escolar. Funciona atribuyendo a otros las características propias que son desagradables o inaceptables. "No soy yo, son ellos".

El mecanismo de identificación ocurre cuando se toma como propio ciertas cualidades o características de otras personas o personajes, cuyos efectos mejorarán la propia seguridad y autoestima "No son ellos, soy yo".



Los cuatro patrones de respuesta al estrés pueden ser descritos de la siguiente manera (Chandler, 1985):

  • Respuesta Dependiente: falta de auto confianza, dificultad para aceptar las críticas, pobre asertividad, poca participación en actividades, pasivo, exigente.

  • Respuesta Reprimida: mucha sensibilidad, se le hiere fácilmente sus sentimientos, temeroso ante nuevas situaciones, retraído, ansioso.

  • Respuesta Impulsiva: exigente, desafiante, de temperamento explosivo; iniciará incomodidad o molestia en sus interacciones con otros niños, activo.

Es fundamental dar al niño un hogar consistente y confiable, ser selectivo con los programas de televisión, pasar ratos tranquilos y relajados con el niño, alentar al niño a expresar su preocupaciones y miedos, escuchar al niño sin criticarlo, involucrarlo en situaciones en las que pueda tener éxito, utilizar estímulos con reconocimiento y lo menos posible el castigo, es muy importante dar al niño oportunidades de elección y de tener algún control sobre su vida, alentarlo a desarrollar actividad física, mantener al niño informado de los cambios que vayan a producirse, conocer las situaciones y eventos que son estresantes para los niños etc.
1.2. El niño con berrinches

Los niños aprenden antes de lo que se cree lo molesto que resulta a los adultos (padres, profesores...) verlos chillar y patalear, e intentan aprovecharse de ello para lograr sus deseos. Generalmente los berrinches tienen la finalidad de atraer la atención de padres, profesores, compañeros...

Ante el berrinche de un niño hay que tener en cuenta que los primeros años de vida son siempre inseguros. El niño no sabe desenvolverse, y los berrinches son causados en gran parte por sus propios miedos.

Estas situaciones no son un defecto de carácter, sino una consecuencia de su proceso evolutivo y, en concreto, del afianzamiento de su personalidad respecto a la de los mayores. a partir del año y medio, el niño comienza a tener conciencia de su propio yo como algo diferente del de sus padres y, por tanto, con voluntad propia. esto le lleva a la necesidad de reafirma su personalidad, para comprobar la diferencia, sobre todo, yo-mamá. Tal tendencia es positiva siempre que se sepa encauzarla para que no desemboque en la “tiranía del llanto”.

Ante la rabieta incontrolada, lo mejor es conservar la serenidad e intentar transmitírsela. El niño debe darse cuenta de que la violencia no es forma de obtener nada, pro tampoco debe sentirse abandonado. Ponerse a su nivel y actuar con malos modos no logrará calmarle, sino que el niño se sentirá aún más asustado y llorará más. Si se calla será por miedo, y con esa actitud se da un paso atrás en la educación.

La violencia de los adultos -aunque se reduzca a dar un portazo o un puñetazo en la mesa- no crea más que inseguridad y actitudes violentas en los niños.

Lo mejor será quitar importancia al problema. Si se permite que llore a solas unos minutos, podrá descargar toda la tensión. Cuando esté más tranquilo y totalmente calmado, el profesor o el padre del niño deberá explicarle lo malo de su comportamiento y cómo debe pedir las cosas, evitando siempre recriminaciones que hagan crecer el sentimiento de culpabilidad.

Tras el berrinche de un niño hay siempre una causa que a él le produce impotencia y temor, aunque para los mayores pueda resultar ridícula. En cualquier caso, se debe intentar conocerla en cada caso, ya sea observando al niño, hablando con él...

Quizá son sólo caprichos, pero también puede ser algo que el adulto deba conocer: que una persona mayor se dedica a atemorizarlo y por eso no quiere alejarse de sus padres, que vio algo en la televisión...

También puede ocurrir que se sienta agobiado porque no puede hacer nada solo y percibe que sus iniciativas son siempre anuladas, así que su reacción es multiplicar las rabietas. En estas ocasiones, lo más conveniente será ceder en unos casos y obligarle a que se comporte bien en otros.

Los berrinches leves deben ignorarse en la medida en que no interfieren en el desarrollo normal de la tarea escolar de la clase. En los casos de mayor relevancia deberá separarse al alumno. Estos arrebatos de cólera están entre las explosiones más intensas e increíbles de genio observadas en los niños. Es bastante normal que los niños de dos o tres años tengan este tipo rabietas. Estos casos ocurren cuando la madre decepciona al niño.


1.3. El niño agresivo

La agresividad en el niño surge como efecto secundario del proceso de socialización. A partir del nacimiento, pueden existir diferencias en la afirmación y la pasividad. Estas tienden a persistir en muchos niños a medida que crecen.

La cólera aparece en niños muy pequeños. Las muestras más típicas de cólera incontrolada incluyen: saltar arriba y abajo, retener la respiración, gritar...

A medida que el niño crece, van desapareciendo las muestras desordenadas o fortuitas de esta situación emocional y la agresión se hace más frecuente como represalia. Puede consistir en lanzar objetos, pellizcar, morder, pelearse, insultar...



La interferencia en la no-satisfacción de las necesidades es sólo una de las muchas fuentes de frustración que conducen a la agresión.

Los factores endógenos físicos tienen importancia en la conducta agresiva humana. Existen cambios corporales internos que tienen lugar en las emociones de emergencia: cólera, miedo, excitación y dolor. La agresividad es una costumbre o un deseo aprendido. Hay pruebas de que los programas agresivos de la televisión provocan actos agresivos en los niños e influyen en el desarrollo de la agresión infantil.

Las observaciones de los niños demuestran que una de las causas más normales de la pelea es la disputa sobre la posesión de objetos deseados. El autocontrol entra también en esta descripción. En los niños mayores la hostilidad está normalmente inhibida de su expresión abierta.

A partir de los tres años, los componentes más agresivos de la conducta comienzan a ser menos frecuentes tantos en niños como en las niñas.

Algunas de las diferencias en la agresividad entre los niños y las niñas pueden deberse al hecho de que los padres tienden a desaprobar con mayor energía la agresión femenina.

Hay varias tácticas para tratar la cólera y la culpa en situaciones de frustración, pero se han observado tres esquemas principales:

· la reacción de rabia exterior, en la que la tendencia es culpar agresivamente a los otros

· la respuesta de rabia interior, en la que la tendencia es buscar en sí mismo la responsabilidad por las frustraciones y aceptar la culpa

· la reacción defensiva de perdón, en la que la situación de frustración se encubre, se niega y se enmascara.

Las causas del comportamiento agresivo con carácter general, las podemos clasificar en:

a) De origen familiar

Determinadas relaciones familiares pueden constituir el origen del comportamiento agresivo que tiene su manifestación en el colegio. Si el niño experimenta en el ambiente familiar continuas frustraciones, tenderá a reiterar en sus demandas iniciadas por una simple petición oral, un aumento de su reiteración verbal con progresiva exaltación emocional y hasta una total exacerbación que puede desembocar en agresión.

b) De origen ambiental

El ambiente formado por otros compañeros que manifiesten actitudes beligerantes y otros comportamientos caracterizados por la agresión verbal o física hacia el propio entorno y hacia otras personas ajenas o no al grupo, es un excelente caldo de cultivo para que el niño aprenda a desarrollar tales conductas imitativas.

Definimos agresividad como una forma de conducta, detonada por diversas circunstancias, dirigida a herir física o psicológicamente a otra persona. Comprender cómo funciona y los mecanismos que la desatan ayudará a prevenir su aparición y evitar así que se convierta en protagonista de las reacciones.

Algunos investigadores han llegado a plantear la posibilidad de que la violencia y la agresividad sean innatas en el ser humano pero, por suerte, los estudios más serios ponen de manifiesto lo contrario: el ser humano ha sobrevivido gracias al desarrollo de su inteligencia y no gracias a la brutalidad. Es precisamente la agresividad lo que más amenaza la existencia humana.

Afirmar que los seres humanos tienen una tendencia innata hacia la violencia y que están condicionados genéticamente es sencillamente anticientífico. Las personas que desarrollan conductas agresivas lo hacen a partir de condicionamiento, influencias y motivaciones externas, o a partir de una predisposición causada pro algún tipo de enfermedad.

Aunque la agresividad no es algo innato e inevitable, nadie está exento de su influencia. Todos podemos desarrollar tendencias y conductas agresivas sise dan determinadas circunstancias, distintas según el tipo de agresividad desarrollada: la agresividad emocional o la agresividad instrumental.


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