Introducción. Ígor



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Introducción. Ígor.

Este libro, escrito por mi hijo, trata de lo que ocurre hoy en día en Belarús y de las decisiones que toman las personas obligadas a escoger entre la vida y la muerte, la libertad y la prisión, la dignidad y la infamia. Todo lo que le ha sucedido a Ígor, es un hecho real, acaecido en el siglo XXI, en un país europeo que se precia civilizado, en víspera y después de las elecciones presidenciales de 2010. La idea de escribir el Diario surgió en primavera de 2011, durante el único cara a cara con Ígor que nos fue concedido mientras éste permaneció recluido en la prisión preventiva del KGB. Aunque entonces tuvimos que tomar muchas precauciones al conversar con él, mi marido y yo nos sentimos inmensamente felices al poder verle… Todo lo que le ha ocurrido y le sigue ocurriendo a mi hijo tiene gran parecido con los avatares de Sasha Pankrátov, el protagonista de la novela de Anatoli Ribakov “Hijos de Arbat”*. Sasha fue detenido en 1933, e Ígor, desgraciadamente, ha corrido la misma suerte. Sugerí a Ígor que escribiera todo lo que le había sucedido, para que no cayera en el olvido. Vivimos convencidos de que nosotros y nuestros seres queridos jamás seremos víctimas de injusticias, atropellos, abusos o represión. Por eso, es de capital importancia que la situación que sufre Ígor sea de conocimiento público.

Yo misma tardé en conocer los detalles de su secuestro por los servicios secretos en Moscú y su encarcelamiento en la prisión preventiva del KGB en primavera de 2011. El juicio, que demostró a las claras toda la absurdidad de los cargos imputados a él y a sus compañeros Nikolái Dedok* y Aleksandr Frantskévich* así como la insuficiencia de las pruebas en las que se sustentaban, acababa de celebrarse. Toda una sucesión de procesos similares data de la misma época. Para entonces, ya habían sido condenados a penas de prisión Dashkévich* y Lóbov*, miembros del Frente Jóven; Sánnikov*, Uss* y Nekliáyev*, candidatos a presidente de la república, junto con distintos miembros de sus respectivos equipos electorales, jóvenes activistas y muchos otros hijos del pueblo bielorruso. Los presidios y centros de detención preventiva estaban a rebasar. El juicio que tuvo que enfrentar Ígor se celebró casi al mismo tiempo que el proceso contra Nikolái Statkévich*. Las condenas sorprendieron por su dureza: Statkévich fue sentenciado a 6 e Ígor a 8 años de prisión. Ya habían empezado a circular ciertos rumores acerca de la situación de los reclusos en la prisión preventiva del KGB, y de las palizas, torturas y dura presión psicológica a las que se les sometía. Yo, por mi parte, intentaba ahuyentar aquellos terrores, incapaz de creer que mi hijo pudiera ser víctima de semejantes abusos, él que nació y fue criado para disfrutar de una vida feliz, libre y creativa, en vez de servir de carne de cañón para el régimen.

Se me pregunta con frecuencia qué sentí al leer el Diario. Desde entonces han transcurrido dos años pero todavía, y mientras escribo estas líneas, se me caen las lágrimas al recordarlo. Mucho dolor, por supuesto. Un dolor que traspasa el alma y el corazón y no tiene fecha de caducidad. Y esa pena que siento no es únicamente por mi hijo o mi familia sino por todo el pueblo bielorruso, por la juventud bielorrusa que se ve abocada, de modo totalmente injusto, a cumplir condenas de cárcel en condiciones terribles e inhumanas, a emigrar del país, a vivir en clandestinidad y sufrir palizas y vejaciones solo por desear que el pueblo tenga una vida libre y mejor. La historia se repite. En un intento de conservar el poder, el régimen está arruinando el futuro de todo un país. Me siento orgullosa de haber criado a una persona tan digna como es mi hijo. Ante un peligro mortal, totalmente aislado y sin ningún apoyo desde el exterior, él supo no traicionarse a sí mismo y seguir siendo fiel a los valores que alguna vez había aprendido. Y no fue el único. Los sucesos del mes de diciembre de 2010 han dejado en evidencia que no son pocas las personas dignas que viven en Belarús. Aunque pertenezcan a distintas capas sociales, partidos o movimientos políticos y difieran en sus puntos de vista, es el mismo el corazón que late su pecho: el de unos patriotas valientes, honrados y sinceros, que han escogido preservar su intelecto, dignidad y conciencia antes que acceder a colaborar con un régimen represivo. Lo mismo que el resto de los presos políticos bielorrusos, Ígor ha resultado ser una persona con más dignidad que las que forman en la manada de bestias que pisotean nuestro país.

Cuando Ígor cumplió 16 años le regalé un poema de Kipling. Quise que, en el umbral de la vida adulta, aprendiera ciertos valores importantes. Le hice llegar el mismo poema la víspera del juicio, para darle ánimos y para que comprendiera que no estaba solo y que los valores humanistas seguían en vigor. Aun cuando parece que el mundo se ha venido abajo y uno se ha quedado cara a cara con un terrible dragón.

Como madre, me siento responsable de la suerte que aguarda a mi hijo. Como madre, me siento orgullosa de haber criado a un hijo que supo no dejar de ser Persona.

Valentina Olinévich.

Si...


Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor,
han perdido la suya y te culpan de ello.

Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,


pero también dejas lugar a sus dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera;


o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no te domina el odio
Y aun así no pareces demasiado bueno o demasiado sabio.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;


Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes conocer al triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír toda la verdad que has dicho,
tergiversada por malhechores para engañar a los necios.
O ver cómo se rompe todo lo que has creado en tu vida,
y agacharte para reconstruírlo con herramientas maltrechas.

Si puedes amontonar todo lo que has ganado


y arriesgarlo todo a un solo lanzamiento ;
y perderlo, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tus tendones,
para seguir adelante mucho después de haberlos perdido,
y resistir cuando no haya nada en ti
salvo la voluntad que te dice: "Resiste!".

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.


o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el inexorable minuto,
con sesenta segundos de lucha bravía...

Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,

y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.

El contexto

“El caso de los anarquistas bielorrusos” se empieza a gestar tras el atentado con cócteles molotov contra el recinto del consulado de la Federación Rusa en Minsk, perpetrado el 30 de agosto de 2010 por el grupo “Amigos de la libertad”, totalmente desconocido hasta entonces. El atentado fue reivindicado como una acción de solidaridad con los presos políticos rusos y en protesta contra la represión en la Federación Rusa.

La evolución y las consecuencias de este “caso” han sido reveladoras para la correcta evaluación de la situación por la que atraviesa el activismo político-social en Belarús.

La población bielorrusa todavía se muestra más bien inerte en la materia de la lucha por sus derechos y libertades que, sin prisa pero sin pausa, van sufriendo recortes, y no solo a causa de la acción legislativa directa sino además por órdenes veladas del Presidente o a efecto de declaraciones públicas de representantes del poder. Al mismo tiempo, el axioma comúnmente aceptado según el cual nada depende de uno en un país donde las cosas están atadas de una vez para siempre domina frecuentemente la mentalidad de los jóvenes: toda una generación se había criado a la sombra del gobierno paternalista de Lukashenko, casi 18 años en el poder. Por añadidura, la libre expresión política es poco menos que imposible. Por muy pacífica que sea, cualquier iniciativa política en Belarús se reprime duramente: se hace inviable organizar, ni siquiera de modo legal, un piquete o una manifestación, celebrar un debate abierto o un encuentro; aun el mero hecho de asistir a un concierto puede acarrear la detención por parte de la policía. No es de extrañar, pues, que, en la situación de total ausencia de diálogo entre el poder y la sociedad, los activistas más resueltos opten por la confrontación directa como única vía para defender sus puntos de vista.

Así las cosas, llegó el momento en que los argumentos de los partidarios de la “táctica de guerrillas” empezaron a imponerse: primero, la publicidad no hace sino colocar a los activistas en el disparadero; segundo, dadas las circunstancias, una actividad legal o semi legal apenas si cumple el objetivo de reclutar a nuevos adeptos; tercero, el influjo de iniciativas pacíficas en la gran masa de la población sigue siendo mínima. En ese contexto, la política represiva del poder sumada a la pasividad de la población fue el detonante de la confrontación. Por eso mismo, los años 2009 y 2010 fueron especialmente abundantes en acciones radicales, cuya autoría asumieron grupos anarquistas bielorrusos.

“El punto de partida” de acciones de más relevancia, tras la etapa de piquetes y reparto de octavillas, fue la manifestación antimilitarista celebrada en septiembre de 2009 frente al Cuartel General de las Fuerzas Armadas, en protesta contra las maniobras anuales conjuntas de los ejércitos ruso y bielorruso. Esa vez, a las pancartas y consignas de rigor se sumó un bote de humo arrojado sobre la escalinata del Cuartel.

Después de la manifestación antimilitarista, se sucedieron diversas acciones en las que, aparte de octavillas, pancartas y megáfonos, se empleó material pirotécnico y cócteles molotov, a saber: un atentado contra el casino Shanrgi-La en Minsk, en el que se utilizaron bombillas con pintura y una bengala, en señal de protesta contra el traslado masivo de casinos rusos a Belarús a consecuencia de su ilegalización en el país de origen; un ataque contra una comisaría en Soligorsk, con motivo de las jornadas unificadas de la acción contra la arbitrariedad policial en Belarús (los atacantes rompieron el cristal de una ventana y arrojaron dentro una bengala); un ataque contra la sede de la Federación Sindical, que hacía mucho que había dejado de velar por los intereses de los trabajadores dedicándose exclusivamente a resolver conflictos laborales a favor de la patronal; el incendio de las puertas de acceso a una oficina de Belarusbank en señal de protesta contra el sistema financiero actual.

A pesar de lo novedoso del procedimiento, dichas acciones no lograron trascender su carácter meramente simbólico: los daños causados se estiman de poca importancia. Su efecto principal fue el mediático, aunque tan solo algunos medios de tendencia opositora publicaron el comunicado de prensa correspondiente. Los oficiales, en el mejor de los casos, se limitaron a informar de los hechos, y en el peor, se dedicaron a difundir sus propias conjeturas y juicios, que presentaban a anarquistas como agresores gratuitos o gamberros imbéciles, por demás, una reacción habitual de los medios estatales ante todo intento de actividad opositora en Belarús.

El ataque con cócteles molotov contra el consulado ruso el 30 de agosto de 2010 que acabó en el incendio de un coche oficial aparcado en el recinto del consulado, fue el pretexto para desatar la represión contra el movimiento libertario bielorruso.

En otoño de 2010 fueron interrogadas 150 personas; 19 fueron detenidas como sospechosas, cinco de las cuales acabarían sentenciadas a penas de prisión como autores materiales de las acciones mencionadas: Ígor Olinévich (8 años de prisión), Nikolái Dedok (4,5 años), Aleksander Frantskévich (3 años), Maksim Vétkin (4 años de libertad condicional), Yevgueni Silivónchik (1,5 año de libertad condicional).

Mientras tanto, la entrada principal de la prisión preventiva en la que se encontraban recluidos fue atacada con cócteles molotov: acción radical con la que los Amigos de la Libertad volvían a la carga. En un comunicado de prensa posterior, éstos aseguraron que las autoridades habían mandado apresar a personas equivocadas y se responsabilizaron de las acciones imputadas a los activistas del movimiento anarquista detenidos.

En paralelo, se lleva a cabo una campaña internacional: acciones de solidaridad con los presos anarquistas bielorrusos se celebran en Europa y Rusia, principalmente en forma de piquetes pacíficos, y aun en México, donde a la sazón fueron atacadas varias oficinas bancarias. En octubre, en señal de solidaridad con los mismos presos, fue atacada con cócteles molotov la oficina del KGB en Bobruisk. Los autores del atentado -Yevgueni Vaskóvich, Artiom Prokopenko y Pável Siromolotov- fueron detenidos, procesados y sentenciados a 7 años de prisión.

Ígor Olinévich, Nikolái Dedok, Alexánder Frantskévich, Yevgueni Vaskóich y Artiom Prokopenko siguen entre rejas. Al tiempo que los “decembristas”* que continúan en prisión tienen todas las de salir pronto en libertad –el régimen se verá obligado a liberar a algunos presos políticos para normalizar las relaciones con la Comunidad Europea-, el futuro de los sentenciados del “caso de los anarquistas” no se presenta tan prometedor.


  1. Zhinévich, sociólogo y activista

*decembristas: aquí, los detenidos y acusados de desórdenes públicos durante la acción de protesta contra el fraude electoral el 19 de diciembre de 2010. Todos ellos fueron sentenciados a distintas penas de prisión. Actualmente, la mayoría se encuentra en libertad, tras ser indultada por el Presidente. Los que se resisten a solicitar el indulto siguen presos.

I parte

1

28 de noviembre de 2010, Moscú, la cafetería del centro comercial U Gorbushki, 14.45h. Cuesta mantener los ojos abiertos tras una noche en blanco. Alrededor, multitud de gente, ajetreo, caras de preocupación. La suspicacia nos hace ver secretas en una de cada dos personas que pasan, como, por ejemplo en esos tres, vestidos con chaquetas negras, con caras de misterio. Dima está sentado enfrente. Nos burlamos de nuestra manía persecutoria. La noche anterior Antón Laptiónok, alias “Buratino”*, nos había hecho llegar la propuesta de reunirnos con él. En nuestro interior, sentimos unos deseos insistentes de rechazar la cita, pues ya sabíamos que nos había delatado. Pero, por otro lado, éramos conscientes de que ese encuentro era necesario. Dima está nervioso. Si hiciéramos las cosas como es debido, él vigilaría el lugar de la cita desde lejos, a través de unos binoculares. Desde el principio, Dima se mostró disconforme con la idea de reunirnos con Buratino. Tenía toda la razón, desde luego: deberíamos haber escogido mejor tanto el lugar como el modo en que se celebraría la reunión, pero después de tres meses de fuga continua uno baja la guardia, además, nos resistimos con todas nuestras fuerzas a creer que también la persona que nos ha citado aquí es un delator. Mi cometido durante la cita consiste en quedarme con las caras de los esbirros, en caso de que los hubiera, y luego largarme, rociando de paso con aerosol los ojos del chivato. Ya es demasiado tarde para cambiar de plan. Es hora de ponernos en movimiento.

Nada más salir del centro comercial, cuatro sombras se abalanzan sobre nosotros y nos agarran de los brazos. No me causa sorpresa, mi rostro permanece impasible. Dima los esquiva de un salto y se da a la fuga. Un transeúnte intenta pararle con una zancadilla –estamos en un país de amos y esclavos-, pero, por suerte, no lo consigue.

Uno de los men in black intenta tranquilizarnos: “Solo estamos ayudando a los vuestros”. Vaya, pienso, esos “nuestros” son, más bien, los suyos, que no los nuestros. Me esposan y me meten por la fuerza dentro de un coche, donde me registran los bolsillos y me quitan el móvil, la cartera y el reproductor de CD portátil. Más o menos una hora y media antes de la cita había conectado el móvil para hacer una llamada, convencido de que a nuestros perseguidores no les daría tiempo localizarme en un lugar tan concurrido o que simplemente ni lo intentarían para no correr el riesgo de ponerme sobre aviso: ¡un error infantil!

…Me bajan el gorro sobre los ojos y luego me cambian de coche. Los hombres de negro –agentes del FSB- no hablan entre sí: escriben lo que quieren decir en la pantalla del móvil y se lo muestran. Por el camino, hacemos un par de paradas para orinar; uno ve el campo, el bosque, y piensa que es un sueño...

...La frontera bielorrusa. Me bajan la cabeza y la aprietan contra el suelo del vehículo, quiere decir que se trata de una operación extraoficial. Luego me entregan a sus homólogos bielorrusos, que esperan con una furgoneta a punto. -No volváis a darnos faena- los de Moscú les advierten a modo de despedida-. Hecho, os debemos una, tíos- aseguran aquellos. La furgoneta arranca. -¿Ya tienes claro lo que conviene que digas?- Intentan intimidarme-. ¿O necesitas que pasemos antes por un lugar donde te ayudemos a aclarar las ideas? Lo tengo claro, qué le vamos a hacer…- respondo. Y una mierda. Nada de recuerdos, nada de lamentos, lo que tengo que hacer es contar los segundos y así tranquilizarme. He de movilizar todas mis fuerzas y concentrarme en una única verdad: no confíes, no tengas miedo, no pidas nada*…

«Ya son las 20.30, adelante». Las puertas chirrían al abrirse y el coche celular entra en el recinto de la prisión. El gorro sigue tapándome los ojos. Estoy totalmente desorientado. Me introducen en un despacho, me sientan en una silla, y mientras me aplastan la cara contra una mesa, noto cómo alguien me golpea en el cuello con el borde de la mano. Me espera la noche más larga de mi vida...

-...Ígor, hablemos como humanos- Suena una voz delante de mí-.Los humanos no suelen hablar en esa posición- Me sorprendo al oír mi propia voz. Quizá ellos no esperaban resistencia y por un segundo se desconcertaron. Eso me dio fuerzas. Luego continuaron-:Lo sabemos todo, ¡confiesa!-.Yo no sé nada-.Los demás ya han cantado ¿para qué seguir negando?- Me preocupa solo una cosa: ¿Dima consiguió huir o acabaron por cogerlo? ¿Cómo podría averiguarlo? -¿Y qué hay de Dima? ¿También ha confesado? -¿Dima qué? ¿Dubovskiy, quieres decir?-¡Vale!¡No lo han cogido! Entonces, las cosas no están tan mal como pensaba. -¿Qué dicen en internet?- les espeto- ¿Hay algo sobre mi secuestro? Hacéis mal vuestro trabajo. Nosotros ya sabíamos que el chaval era vuestro chivato y tomamos precauciones. -La puerta del despacho se abre y alguien informa-: Es verdad, la información ya está colgada en la página-.

Se hizo un tenso silencio. Será que les dolía admitir que uno de los dos se les había escapado. Los que me estaban interrogando, eran tres o cuatro, salieron del despacho. Me quedé descansado: Dima seguía en libertad, mientras que Buratino había sido desenmascarado. Ahora tocaba enfrentarme a la instrucción. En una ocasión, cuando participé en un taller que dio Markélov -¡que Dios le tenga en la gloria!- aprendí de una vez por todas: ¡nada de confesiones! Y es que cualquier cosa que uno llega a declarar durante los primeros días tras la detención sirve de base para la acusación posterior, es la norma.

Los instructores vuelven al despacho-. Eres un ingenuo. ¿Crees que tienes amigos? ¡Todos te han traicionado, mientras tú sospechabas de la persona equivocada!- Pero yo ya me había desentendido de sus desvaríos. El primer mandamiento es: ¡no confíes! Todo lo que ellos te pueden decir es mentira o, en el mejor de los casos, verdad a medias. Y si, en algún momento, llegan a decir la verdad completa, lo hacen para manipularla luego a su antojo. Su procedimiento era sencillo: empezaban por interrogarme sobre uno de los hechos y, tras chocar con mi resistencia, pasaban a otro: …El Cuartel General …el casino …las vallas publicitaria …la Casa de los Sindicatos …el banco …la embajada …el IVS* …el banco …el casino -y así sucesivamente, al infinito.

Pretendían rendirme por agotamiento. Me había quedado dormido y vuelto a despertar muchas veces. En cuanto notaban mi fatiga, aumentaban presión sobre mí. Emplearon todo tipo de triquiñuelas: amenazas, lisonjas, chantaje. Trataron de convencerme de que nuestra lucha era inútil. También intentaron hacerme dudar de la lealtad de mis compañeros, además de apelar a mi propio egoísmo. Había perdido la noción del tiempo. Ya no distinguía entre el sueño y la realidad.

-¡Te vamos a encerrar en una celda con unos cabeza rapada! ¡Aquí tenemos una celda especial para ellos! …Eres guapetón, gente como tú gusta en la cárcel …Todavía no te han dado una paliza de verdad. ¿Para qué te complicas la vida? Podrías vivir tranquilamente, sin meterte en problemas, como los demás. ¡Aún estás a tiempo! …¿No era que hacías karate? Si es un arte rígidamente jerárquico, de modo que ¡contradices tus propios principios! …Te da miedo asumir la responsabilidad ¡eres un cobarde! …Irás a la cárcel, eso tenlo por seguro. La cuestión está en cuántos años te van a caer: cinco o diez, eso depende de ti… Si fuera por nosotros, te condenaríamos a doce, no, a veinte… (Y yo os fusilaría a todos, cabrones, pensaba yo) …Voy a llamar a tu abuela para que se entere de todo …Nadie va a contratar un abogado para ti …Solo queremos saber una cosa: ¿quién te paga?

Recobraba la conciencia solo para responder “no sé nada, yo no he sido” y volvía a desconectar. El segundo mandamiento es: no tengas miedo. Normalmente ellos mandan primero un farol, y aunque no fuera así, únicamente manteniéndote en tus trece podrás averiguar si resistirás. Quien se ha dejado vencer por el miedo, está perdido. Solo con verte un poco asustado, te echarán el guante y acabarás confesándolo todo.

Por un tiempo me dejaron con la cabeza descubierta. Detrás de la mesa solo quedaba uno, que me dijo-: Eres un buen chico. Trabajas de ingeniero, llevas una vida sana, haces deporte. No está bien que te eches a perder de esa manera. Si yo mismo comparto muchas de vuestras ideas, mas en lo que se refiere al modo en que las lleváis a la práctica… ¿Por qué no pasas página y…?

A medida que el interrogatorio avanzaba fui teniendo periódicamente la impresión de que eso que me estaba ocurriendo me resultaba familiar, como si lo hubiera leído en alguna parte. Ese pensamiento contribuyó a aclararme las ideas y confirmó mi sospecha de que se trataba de una simulación. Y es que a veces una sensación de abandono se apoderaba de mí, y entonces, inconscientemente, me sentía tentado de dar la razón a los que me interrogaban para acabar con aquello de una vez. En realidad, no era más que una reacción psíquica de defensa, imposible de evitar.

En eso habían vuelto a taparme los ojos con el gorro. Llegó alguien nuevo al despacho. Ese no quiso complicarse la vida y fue al grano, echándome en cara, con imponencia y en tono peculiar, lo “cagón” que yo era… Otra vez una pausa. Tenía una sed tremenda y además muchas ganas de pedirles un pitillo. Aunque sabía que no debía hacerlo. En esas circunstancias, toda petición tiene que revestir forma de exigencia. El tercer mandamiento es: no pidas nada. Cualquier petición suavizaría el clima psicológico del interrogatorio, lo cual, quizá, sería justamente la gota que decantara la balanza del lado del instructor.

Me quitan el gorro y me traen la comida. Los instructores están apagados, han agotado la munición. Nos quedamos así durante mucho rato, como a la espera de algo. Tras un ventanuco se filtra algo de luz, una señal de que ya es de día. De repente me levantan y me conducen, por escaleras y pasillos con numerosos despachos en cuyas puertas pone “Interrogatorio en curso”, a un pequeño patio, y de este a otro despacho, donde me esperan otro instructor y un abogado. Me tratan con corrección. Allí se me entrega una orden de arresto, que indica que he sido detenido como presunto autor de un atentado contra el IVS de la calle Okrestin. Me vuelven a interrogar, el reloj marca las 16.00: ya llevo en sus garras veinticuatro horas. El interrogatorio anterior había durado diecinueve horas. Por fin me quitan las esposas… Oh, esa sensación maravillosa de poder mover las manos libremente… Reconozco haber arrojado el bote de humo contra el Cuartel General: como esa acción fue registrada por cámaras de video vigilancia acabarán reconociéndome sí o sí; en cambio, al confesar, podré exculpar a Mikola. De lo contrario, acusarían a él de haberlo planificado todo, pero no. En cualquier caso, será exculpado.

Me cachean, me registran las botas, luego me las quitan y me dan a cambio un par de zapatillas antediluvianas. Ya no aguanto más, me quedo dormido sobre el banco en el cuarto de registro. Me levantan y me llevan a una sala grande y redonda con paredes macizas. Desde allí, me conducen por una escalera angosta al primer piso. Tengo la sensación de haber ido a parar a una mezcla de refugio antinuclear y un coliseo. Una reja corta en horizontal el hueco de la escalera entre el primer piso y la planta baja. En medio se encuentra el panel de control dotado de telefonía. El guardia me escolta por un pasillo circular, a lo largo de innumerables puertas. Cargo un colchón, una almohada y ropa de cama. Nos detenemos delante de la puerta con el número 3, el guardia la abre y entro en la celda. Dentro no hay nadie. Veo dos camastros hechos con barras de hierro, dos asientos y una mesa empotrados en la pared. En un rincón hay un cubo de plástico con una tapa. Sobre la mesilla, una bandeja con una ración de arenques con patatas y un vaso de zumo. Una pequeña ventana con doble reja hace de canal de comunicación con el mundo exterior, con un muro de ladrillos por única vista. La puerta se cierra, rechinando, tras de mí. Caigo sobre el colchón y me duermo en el acto.


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