¿Integrarse o subordinarse? Nuevos cruces entre política y cultura



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Hopenhayn, Martin. ¿Integrarse o subordinarse? Nuevos cruces entre política y cultura. En libro: Cultura, política y sociedad Perspectivas latinoamericanas. Daniel Mato. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2005. pp. 17-40.
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Martín Hopenhayn*

¿Integrarse o subordinarse?

Nuevos cruces entre

política y cultura

A modo de introducción: nuevas relaciones entre política y cultura

A partir de la década de los ochenta la relación entre política y cultura se ha redefinido por el efecto combinado de la globalización, la emergente sociedad de la información y la valorización de la democracia. Los siguientes elementos ilustran y resumen esta dinámica.

En primer lugar, la era de la aldea global pone en un lugar privilegiado de la economía a los componentes de conocimiento-información, con lo cual estos bienes simbólicos pasan a ocupar un lugar más importante en la pugna redistributiva. Cuanto más penetran en la competitividad global estos componentes, más se tensa la carrera por apropiárselos y usarlos.

En segundo lugar, el papel cada vez más preponderante de los medios de comunicación de masas hace que la política desarrolle, sobre todo, su componente mediático. Con ello circula una imagen de los políticos mucho más recortada por la estética publicitaria de los medios y por un uso más informatizado de la cultura de masas (vía encuestas). Con ello se modifica la mediación simbólica de la competencia política, cada vez menos referida a la producción de proyectos y más definida por la circulación de imágenes.

En tercer lugar, la fluidez global de la circulación del dinero, la información, las imágenes y los símbolos, diluye la idea unitaria de Estado-nación como principal referente de pertenencia territorial y cultural. A medida que se deslocalizan los sistemas productivos y los emisores de mensajes, prolifera un cierto “nomadismo identitario” que va de la mano con el carácter transnacional de la economía. Este nomadismo se combina, de manera paradójica y múltiple, con una mayor afirmación de identidades y sensibilidades locales en el diálogo cultural global.

En cuarto lugar gana espacio en la vida de la gente el consumo material (de bienes y servicios) y el consumo simbólico (de conocimientos, información, imágenes, entretenimiento, iconos) al punto que se afirma que estamos pasando de la sociedad basada en la producción y la política, a la sociedad basada en el consumo y la comunicación. Con ello, la política se inviste de cultura y la cultura se inviste de política.

Finalmente, la globalización comunicacional y la nueva “sociedad de la información” alteran también las formas del ejercicio ciudadano, que ya no se restringen a un conjunto de derechos y deberes consagrados constitucionalmente, sino que se expanden a prácticas cotidianas que podríamos considerar a medias políticas y a medias culturales, relacionadas con: la interlocución a distancia, el uso de la información para el logro de conquistas personales o grupales, la redefinición del consumidor (de bienes y de símbolos) y sus derechos y el uso del espacio mediático para devenir actor frente a otros actores.

Todas estas tendencias vienen pobladas de conflictos y asimetrías. Las promesas de interacción a distancia y de información infinita coexisten paradójicamente con la tendencia a la exclusión, la pérdida de cohesión y la desigualdad al interior de las sociedades nacionales, con un aumento análogo de la brecha entre los recursos productivos de países industrializados vis a vis los países en desarrollo. Los derechos sociales y económicos encuentran mayores dificultades de materializarse en compromisos reales entre el Estado y la sociedad, sobre todo con la fisura del Estado de Bienestar en Europa y de sus réplicas parciales en países en desarrollo, y por la crisis sin precedentes del trabajo (mayor desempleo y mayores brechas salariales). Por otra parte, la globalización trae consigo una mayor conciencia de las diferencias entre identidades culturales, sea porque se difunden en los medios de comunicación de masas, sea porque se intensifican las olas migratorias, sea porque hay culturas que reaccionan violentamente ante la ola expansiva de la “cultura-mundo” y generan nuevos tipos de conflictos regionales que inundan las pantallas en todo el mundo. De este modo, aumenta la visibilidad política del campo de la afirmación cultural, a la vez que las demandas por ejercer derechos sociales y económicos chocan con mercados laborales restringidos por el fin del fordismo, pero también por los ajustes de las economías nacionales abiertas al mundo.

Lo anterior obliga a reformular las relaciones entre cultura y política. Por una parte cambian las culturas políticas en la medida en que crece la exclusión social y se atomiza el mundo laboral. Se rompe la relación tan estrecha, y en alguna medida focal, entre poder político y actores productivos, o entre Estado y trabajo, o entre pugna distributiva y derechos laborales. Por otra parte el colapso de los proyectos socialistas y la pérdida de legitimidad del Estado-Providencia desplazó las culturas políticas, desde opciones de más largo aliento, hacia un nuevo mainstream, más restringido (política en tiempos de ajuste y apertura económica) y con una semántica más administrativa y menos sustantiva. En tercer lugar, los conflictos culturales se hacen más políticos porque se tornan efectivamente más descarnados y violentos y, por lo mismo, fuerzan a la intervención del poder (local o global); pero también se hacen más políticas las demandas culturales porque, dadas las dificultades del sistema político para responder a demandas sociales tradicionales y para comprometerse con grandes proyectos de cambio, encuentran en el mercado de demandas culturales un lugar propicio para seguir en la competencia. Así, por ejemplo, es más fácil hoy proponer educación bilingüe para la población aymara en Bolivia que revitalizar la reforma agraria; o un canal de TV para mujeres que un sistema de protección social para hogares con jefatura femenina.

En el escenario recién resumido, ciertos aspectos de la cultura se politizan sin constituir culturas políticas, vale decir, sin que los sujetos que portan estos aspectos culturales pasen a formar parte del sistema político tradicional, ni pasen a operar con racionalidades políticas canonizadas. En la propia trama cultural, lejos del ámbito del Estado, viejos problemas propiamente culturales se convierten en temas de conflicto, de debate, de diferencias álgidas y, finalmente, de interpelación a los poderes centrales. Sea del lado de los nuevos movimientos sociales, sea porque la industria cultural hoy permite el devenir-público y el devenir-político de actores culturales que antes no encontraban representatividad en los espacios deliberativos, lo cierto es que asistimos a un cambio que pasa por la politización de ámbitos culturales.

En este sentido destaca la irrupción política y pública de los temas de género, de etnia, de sexualidad, de consumo, y otros. Temas donde se alternan demandas propias de los actores sociales en el sistema político (remuneraciones no discriminativas, derecho a la tierra, protección sanitaria, derechos y libertades del consumidor) con otras demandas que son más propiamente culturales y, por lo mismo, difíciles de traducir en políticas de reparto social: nuevos roles de la mujer en la sociedad y en la familia, auto-afirmación de la cultura por uso institucionalizado de la lengua vernácula, publicitación de la sensibilidad “gay”, relaciones entre identidad y consumo. Temas de la cultura interpelan a los agentes políticos y los sorprenden indefensos para responder.

Integración/subordinación: tensiones políticas de la globalización cultural

Los discursos de la modernidad y el desarrollo lograron generar un orden y un imaginario centrado en conceptos como los de Estado-nación, territorio e identidad nacional, etc. Hoy estos conceptos se ven minados por afuera y por debajo: por una parte, la globalización económica y cultural borra las fronteras nacionales y las identidades asociadas a ellas, mientras la diferenciación sociocultural se hace más visible dentro de las propias sociedades nacionales. La relación establecida entre cultura y política queda radicalmente cuestionada en la medida en que el Estado-nación pierde su carácter de unidad político-cultural y tiende a restringirse al carácter de una unidad político-institucional, con funciones regulatorias en el campo de la economía y de los conflictos entre actores sociales.

Si el Estado-nación deja de ser el espacio de integración cultural, y la cultura se constituye en las tensiones entre lo local y lo global, entre la “cultura-mundo” y las identidades culturales específicas y diferenciadas: ¿desde dónde se integra la cultura, o cuáles son las relaciones de fuerza ante la ausencia de la instancia nacional en esta materia? Pareciera que la tensión entre cultura y política, en un espacio globalizado de intercambio simbólico, se da como tensión integración/subordinación. La cultura se politiza en la medida en que la producción de sentido, las imágenes, los símbolos, iconos, conocimientos, unidades informativas, modas y sensibilidades tienden a imponerse según cuáles sean los actores hegemónicos en los medios que difunden todos estos elementos. La asimetría entre emisores y receptores en el intercambio simbólico se convierte en un problema político, de lucha por ocupar espacios de emisión/recepción, por constituirse en interlocutor visible y en voz audible. Mientras avanza, a escala global, un statu quo que estandariza económicamente por el lado del capitalismo, y políticamente por el lado de las democracias formales, adquiere mayor conflictividad el ámbito de la cultura y la identidad.

No es pues casual que muchos autores ocupados del tema de la globalización cultural se planteen la tensión integración/subordinación1. En otras palabras, cabe plantearse desde América Latina si también en esta fase de “culturización de conflictos” mantenemos una posición subordinada o nos integramos sin perder las identidades que nos recorren.

Una visión que calificaría de “optimismo relativo” es la de Daniel Mato (1999). Según Mato, en el terreno de lo cultural la globalización se caracteriza principalmente por la transnacionalización en la producción de representaciones sociales, dinámica en la cual se entrecruzan tanto actores locales como globales y que modifica expresiones culturales como “identidad” y “sociedad civil”, sobre las cuales tradicionalmente se ha construido el orden político. Esta reconfiguración conceptual produce a su vez una reorientación de las prácticas de algunos actores, fortaleciendo las posiciones de los actores globales y creando redes bilaterales con actores locales, fomentando su participación en eventos y redes de trabajo. Frente a este contexto, Mato se interroga acerca del papel que juegan las (nuevas) representaciones sociales en la formulación de los programas de acción de ciertos actores.

Más concretamente, la formulación de nuevas representaciones de raza, etnicidad, ambiente y desarrollo sustentable en nuevas redes globales se ha desenvuelto, de acuerdo con Mato, a partir de la producción de códigos y categorías lingüísticas transnacionales como biosfera, biodiversidad, sociedad civil y otras. Ellas apuntan, según el autor, a la conformación de un discurso y un sentido transnacional que orienta la acción de los actores alternativos tanto globales como locales y que, por tanto, sustenta una suerte de alianza de intereses entre estos orientada hacia un programa de acción transnacional alternativo a los discursos hegemónicos. El diagnóstico de Mato advierte la interesante posibilidad de producir una “globalización desde abajo” que actúe como respuesta a la globalización desde arriba liderada por los grupos transnacionales hegemónicos, permitiendo así la sustentación y el fortalecimiento de “representaciones de peculiaridad cultural” expresadas en distintas organizaciones cívicas con sus propios proyectos de acción.

Mato da un paso adicional de fuerte autorreferencia. Plantea que un ejemplo de estas redes horizontales, que hace un uso contra-hegemónico de la globalización cultural, es el de los Cultural Studies (estudios culturales), que nuclea académicos del Norte y el Sur, y de Occidente y Oriente, en una dinámica de pares que deconstruye el aspecto dominante de la globalización cultural y da voz a las afonías subalternas. Los Cultural Studies, con sus centros en Estados Unidos y Gran Bretaña, se cruzan hoy con investigadores diseminados en centros asentados en América Latina, desarrollando líneas de trabajo que trascienden las fronteras disciplinarias y fomentando la remodelación crítica y reflexiva de las propias tradiciones de trabajo en la región.

Para Néstor García Canclini (1999), la agenda integradora de la globalización, en el campo del intercambio mercantil, contrasta con otra agenda “segregadora” y “dispersiva” de la globalización que se refleja en los estudios sociológicos y antropológicos. Siguiendo con los conocidos planteos del autor, en las hibridaciones culturales de quienes permanecen diferentes se exteriorizan los choques y las segmentaciones de una globalización cultural que es mucho menos homogénea de lo que suele plantearse.

La propuesta de Canclini frente a este panorama lleva a la cultura y a sus actores al campo de la lucha por el sentido. Se sustenta principalmente en los actores sociales que forman parte de lo que denomina “los grupos subordinados”. Estos debieran, por una parte, volverse capaces de actuar en circunstancias diversas y distantes, y a la vez fortalecer los organismos locales frente a los flujos transnacionales de capitales y dinero. Dentro de esta perspectiva, el Estado reencuentra su lugar como actor importante al estimular el interés público, de lo colectivo multicultural. Desde esta perspectiva renace, se refuerza y se transforma su vínculo de interacción con la ciudadanía, concepto que también adquiere un renovado cariz principalmente en lo referido a las condiciones existentes de integración y participación: “Se trata de estudiar si esa oferta y esos modos de apropiarla son los más adecuados para que los diversos sectores de la sociedad puedan reconocerse en sus diferencias, logren una distribución más justa de los recursos materiales y simbólicos, se confronten solidariamente dentro de la nación y con las otras naciones” (García Canclini, 1999: 7). En síntesis: desarrollar programas para reducir las desigualdades en el acceso a la cultura y garantizar escenarios públicos y circuitos comunicacionales para la renovación de los sujetos.

El texto de Jesús Martín Barbero y Ana María Ochoa (1999) apunta también a desmenuzar propositivamente la paradoja de la globalización. Esta última habría entrado a jaquear la estrategia moderna de deslegitimación de lo particular-diverso, abriendo el campo valorativo al juego de las diferencias y singularidades. De cierta forma la crisis y consecuente erosión en los mapas ideológicos institucionalizados por la modernidad ha provocado el desmoronamiento de las categorías interpretativas existentes hasta ahora, derivando en una visión dual según la cual las construcciones identitarias se alzan o como factor de desarrollo o como factor de antimodernidad. Esta tensión está en pie y en este sentido el cruce entre política y cultura pasa por esa dualidad.

Esta ambivalencia se ilustra a partir de los nuevos procesos comunicativos promovidos por la globalización. Estos procesos se encuentran en la médula de la tensión entre desfallecimiento y autoafirmación cultural: pueden constituir otra forma de amenaza a la supervivencia cultural o también una nueva posibilidad de romper con la exclusión. En este contexto, afirman Martín Barbero y Ochoa, adquieren relevancia y rol las políticas culturales –es decir, se politiza la cultura en cuanto se vuelve campo de lucha para revertir la exclusión por el lado de la mayor polifonía de voces en el intercambio simbólico. Sin embargo, los propios autores advierten sobre los obstáculos para este desenlace positivo respecto de la auto-afirmación de las identidades subordinadas o excluidas: en el campo económico, la privatización de las comunicaciones, a lo que cabe agregar la concentración del poder mediático en las grandes fusiones transnacionales; y, del lado político, la falta de compromiso del Estado con políticas culturales que apuesten a una mayor democracia comunicacional.

Los autores ven en la cultura un ámbito desde el cual puede interpelarse al Estado de manera que este renueve su propia disposición. En efecto, Martín Barbero y Ochoa depositan fuertes expectativas en la cultura como un campo crucial de transformación tanto de lo político como de lo público, y donde las transformaciones puedan apuntar a revertir prácticas endémicas de exclusión. La cultura sería el lugar desde el cual repensar canales de integración siempre que lo político se abra a esta suerte de “vocación democrática” del espacio cultural. ¿Y dónde leen los autores esta vocación democrática de la cultura y esta fuerza integradora, tanto en el ámbito nacional como global, de la producción cultural? Primero, en la proliferación de nuevos actores comunicativos, que asumen y representan la diversidad regional y local existente a través de radioemisoras, televisoras locales y video popular. Segundo, en la incipiente puesta en escena de lo latinoamericano en los medios globales. Estas señales desde la cultura son los elementos para una nueva construcción utópica, a saber: reinventar y reconstruir el relato de la identidad a partir de la conjugación de lo oral, lo escrito y lo audiovisual/informático en pos de impulsar lo local/particular en el intercambio global.

Más escéptica es la posición de Esteban Mosonyi, para quien “lamentablemente, el feto de la actual globalización neomilenaria está naciendo con notorias deformaciones, tanto de origen genético como ambiental. Está programado para devenir en un bebé macrocefálico llamado vulgarmente libre mercado mundial. El resto de su enclenque cuerpo, su atrofiado torso y extremidades, se hace cada día más prescindible: la salud, el bienestar, la felicidad, las facultades éticas y estéticas […] corren el riesgo de perder vigencia y vitalidad” (1999: 2-3).

Mediante esta figura Mosonyi retrata una visión descarnada de la globalización, donde la ratio económico-financiera se impone de manera absoluta tanto sobre el bienestar como sobre la identidad, conformando un nuevo modelo hegemónico. Mosonyi también se sitúa en el campo de la lucha política por la producción de sentido a escala global, pero inmediatamente reconoce en el modelo predominante de integración una lógica de subordinación total, sean plutócratas frente a excluidos o países opulentos frente a otros famélicos.

Sin embargo Mosonyi ve una fuerza contrahegemónica en el cruce entre el reclamo de los grupos étnicos y de los ecologistas. Es la fuerza de la “sociodiversidad”, que se produce a partir de la multiplicación y dispersión de un alto número de entidades regionales, locales o diaspóricas, esto es, formaciones sociales pequeñas y ágiles como, por ejemplo, los grupos étnicos y su creciente tendencia a la politización. Se requiere, según Mosonyi, de un campo de negociación estratégica entre el Estado-nación y los grupos étnicos que asegure la sobrevivencia de los primeros ante la dinámica excluyente de la globalización.

Para Gustavo Lins Ribeiro definir la relación entre identidad nacional (culturas nacionales) y prácticas políticas pasa necesariamente por abordar la condición de “transnacionalidad” (1999). Dicha transnacionalidad remite a un nuevo nivel de integración y representación de pertenencia y, por lo tanto, transforma los escenarios de acción tradicionales. El cruce cultura/política toma cuerpo en los desafíos de contrabalancear la cultura hegemónica, transformar las condiciones de ciudadanía, y regular y ordenar el nuevo contexto que surge de la transnacionalización. En base a lo anterior, la propuesta de Lins Ribeiro apunta básicamente a la creación y el fortalecimiento de una “sociedad civil global” que a su juicio se representa actualmente en “una comunidad transnacional imaginada/virtual cuya dinámica material [...] es un símbolo de las nuevas tecnologías de comunicación, sobre todo, Internet”, y cuyas principales características estarían dadas por su “testimonio a distancia (y su) activismo político a distancia” (1999, 4).

A su vez la condición de “post-imperialismo”, complementaria a la de “transnacionalidad”, conlleva también la superación de algunas formas institucionalizadas por la modernidad, principalmente en lo relativo a la superación del Estado-nación como condición para la planetarización del mercado financiero y la producción a escala global. La revisión de estos nuevos condicionantes también es requisito para la formulación y conformación de una sociedad civil global.

Sin embargo, Lins Ribeiro introduce una nota de ambivalencia e incertidumbre respecto del destino de las nuevas tecnologías, que simultáneamente auguran perspectivas de intercomunicación y de exclusión en la era transnacional. Por una parte, y tributaria de la ideología del progreso, la visión eufórica ve en la informática una nueva religión y en la computadora un nuevo mesías. Por otra parte, la perspectiva apocalíptica nos coloca frente a una tremenda desigualdad en la distribución de bienestar social, de poder político y de activos económicos, reforzada por el acceso segmentado a la tecnología.

La ambivalencia señalada vuelve a politizar el problema de la circulación cultural: no está dado el desenlace y sus signos se resuelven en un campo de “lucha por la circulación” más que por la producción. Para Lins Ribeiro, lo que es importante ante esta situación es “aumentar el pluralismo y el peso específico de la circulación ‘heteroglósica’ de narrativas y matrices de sentido en los aparatos que dominan las redes globales de comunicación” (1999: 5) y, en el ámbito nacional, redefinir el lugar de las identidades atribuidas a segmentos étnicos minoritarios.

La relación entre cultura y política no puede reducirse entonces al formato convencional de las políticas culturales. Evelina Dagnino propone desplazarse hacia la carga semántica del concepto anglosajón de “cultural politics”, que pone el acento en la relación más constitutiva entre política y cultura (1999). De acuerdo a este concepto, la cultura como concepción del mundo y conjunto de significados que subyace a las prácticas sociales no puede pensarse haciendo abstracción de las relaciones de poder que atraviesan esas prácticas. Por otra parte, las relaciones de poder expresan, producen y comunican significados, por lo cual también tienen una dimensión simbólica fundamental.

Dagnino propone una rearticulación de este vínculo cultura-política en el campo de la ciudadanía y de la intervención en los espacios públicos. En la medida en que se redefina la ciudadanía sobre la base de la nueva centralidad de lo cultural en muchos movimientos de defensa y promoción ciudadana (de mujeres, de homosexuales, de negros, de indígenas), lo cultural reemerge en lo político con mayor fuerza y vocación democrática. A partir de la experiencia de Brasil, Dagnino señala que estas resignificaciones, que vienen del lado de la autoafirmación cultural, también resignifican la política y cuestionan sus matrices dominantes. Es en “lo público”, más que en lo estatal, donde se da hoy la lucha por la apropiación de sentidos y la visibilidad de actores. En lo público se reconoce al otro como portador de intereses y derechos legítimos, vale decir, se “hace” cultura democrática.

Tomando como base los planteos de los autores recién citados, y que he sintetizado de manera comprimida sobre la base del eje integración-subordinación, quisiera, en las páginas siguientes, repensar dicho eje en cuatro aspectos adicionales, a saber: las brechas entre integración material e integración simbólica en la nueva fase de modernización latinoamericana; el campo de la industria cultural como espacio central de disputa por la integración y hegemonía cultural; las asimetrías simbólicas de la globalización cultural y los problemas de integración/subordinación cultural que ellas suponen; y, finalmente, una reflexión sobre la ciudadanía en las tensiones igualdad-diferencia que se dan hoy. Estas cuatro entradas al tema plantean convergencias y divergencias con los enfoques recién resumidos.


Lo simbólico y lo material en la relación cultura-política

Un primer punto que tensiona las perspectivas de integración planteadas, y que atraviesa la relación entre cultura y política, es la brecha creciente entre mayor inequidad material y mayor integración simbólica. Pensemos en América Latina: a la vez que la integración social-material se ve amenazada por la crisis del empleo y la persistencia en la brecha de ingresos, nuevos ímpetus de integración simbólica irrumpen desde la industria cultural, la democracia política y los nuevos movimientos sociales. Por una parte, el consumo de medios de comunicación y la matrícula educativa siguen expandiéndose. La educación presenta mayores problemas en calidad que en cobertura, lo cual implica que la cobertura ha aumentado de tal modo que empiezan a cobrar mayor relieve otros desafíos educativos. La difusión de los medios de comunicación de masas permite hoy, en el grueso de los países de la región, que la gran mayoría de la población esté mejor informada y tenga mayor acceso a la producción cultural y al debate político. Nunca antes la región contó con la casi totalidad de sus gobiernos democráticamente electos, y hay mayor conciencia y vigencia de los derechos civiles y políticos, mayor valorización del pluralismo político y cultural, y cobra renovados bríos el tema de la ciudadanía y de los derechos sociales y culturales.

Por otra parte, hoy hay más pobres que a comienzos de los ochenta en la región; la distribución del ingreso no ha mejorado, y en algunos países se ha deteriorado claramente; la informalidad laboral, hecha a base de ingresos bajos y baja capitalización, crece y se constituye en el sector que más absorbe a las masas de trabajadores que van quedando al margen de la modernización productiva, o a la mayoría de jóvenes de baja capacitación que ingresan al mercado del trabajo; el sector rural tradicional se va haciendo cada vez más marginal respecto del resto de los sectores; y las sociedades se van fragmentando cada vez más por la acumulación de estos fenómenos, con impactos inquietantes en términos de inseguridad ciudadana, apatía política e incremento de la violencia.

Veamos algunos datos duros. De acuerdo a las estadísticas de la CEPAL, entre 1980 y 1990 el consumo privado por habitante en América Latina bajó 1,7% (1999). En el mismo período de tiempo, para la región de América Latina y el Caribe, el número de televisores por cada mil habitantes aumentó de 98 a 162 (UNESCO, 1998). Además, en ese período se reflejaron logros educativos acumulados en décadas precedentes, lo que implicó un aumento sustancial del nivel educativo medio de la población joven. Vale decir: mientras el acceso a conocimientos, imágenes y símbolos aumentó fuertemente, el consumo de bienes “reales” se redujo durante el mismo lapso. Países como México, Venezuela y Brasil tuvieron durante dicho lapso un aumento muy fuerte en industria mediática2 y en cobertura y logros escolares, y una evolución muy distinta en reducción de la pobreza o mejoramiento en la calidad de vida.

Si consideramos el período que va de 1970 a 1997, tenemos que el número de televisores por cada mil habitantes en la región aumentó de 57 a 205 (UNESCO, 1998), las horas de programación televisiva aumentaron geométricamente de lustro en lustro (y el promedio de horas de consumo televisivo de la población), el nivel educativo medio de la población joven de la región aumentó al menos en cuatro años de educación formal, pero el índice de pobreza de la región está hoy al mismo nivel que a comienzos de los ochenta, y los ingresos reales de la población urbana han aumentado modestamente en algunos países y han disminuido en otros (como es el caso de Venezuela). Así, el acceso al conocimiento, la información, la publicidad, tuvo un ritmo totalmente asimétrico en relación al acceso a mayores ingresos, mayor bienestar y mayor consumo.

Esta situación nos hace plantearnos otras preguntas respecto a la rearticulación entre la política y la cultura. En primer lugar, la mayor distribución de bienes simbólicos por sobre los bienes materiales puede trasladar la pugna distributiva, al menos parcialmente, hacia el lado de bienes culturales como son el acceso a conocimiento, información y educación oportunas. Esto no significa que desaparezcan, como objeto de negociación política, los temas clásicos del empleo, los salarios y los servicios sociales. Pero sí implica cambios en la composición de las agendas políticas, la publicidad política, los contenidos de la competencia por votos y en los temas-objeto de grandes consensos societales.

En segundo lugar, esta brecha entre bienes simbólicos y bienes materiales puede ser motivo de creciente conflictividad social y, por consiguiente, del devenir-político de dicha brecha. A medida que se expande el consumo publicitario, y permanece estancada la capacidad adquisitiva para responder a lo que ese consumo publicitario promueve, la sociedad se “recalienta” y esto impacta sobre la pugna distributiva y, por ende, sobre la gobernabilidad. El tema no es nuevo (brecha de expectativas), pero puede precipitarse por el incremento en la brecha: por una parte, la población joven tiene más educación y conocimiento, y más expectativas de consumo por su exposición a la industria cultural; y por otro lado los jóvenes duplican en desocupación al resto de la población, y la distribución del ingreso en la región es la peor del mundo.

En tercer lugar, el uso de la comunicación a distancia tiende a ser cada vez más importante para incidir políticamente, ganar visibilidad pública y ser interlocutor válido en el diálogo entre actores. Casos emblemáticos como el uso de Internet por parte de los Zapatistas resultan ilustrativos. Esto nos plantea un nuevo problema o dilema: si en la trama cultural se empiezan a politizar algunos problemas, vale decir, si ciertos temas que antes sólo se procesaban –o reprimían– “hacia adentro”, ahora interpelan políticamente, ¿cómo evitar las disimetrías de poder que se derivan del hecho de que unos actores culturales capitalicen tecnología comunicativa para hacerse presentes, y otros no? ¿Cómo promover los medios técnicos idóneos, y el saber-usarlos, para una “política democrática del sujeto”? ¿Cómo evitar que la nueva brecha entre informatizados y des-informatizados implique una brecha entre representaciones simbólicas que circulan por la red y pueden “hacer noticia”, pesar en decisiones y frenar abusos de poder, versus otras representaciones que por su “invisibilidad electrónica” devienen luego políticamente invisibles y, por ende, indefensas?

Esto nos trae a un corolario que quisiera proponer, al menos de manera provisoria, y contrastando las perspectivas más auspiciosas planteadas por los autores citados en el acápite anterior: si bien se politizan problemas que han sido tradicionalmente del ámbito restringido de la cultura, no es clara la “democracia simbólica” en estos casos, vale decir, cómo se distribuye la visibilidad pública de estos problemas y, sobre todo, de los actores culturales que están detrás. Y la visibilidad pública es la condición para que estos actores sean parte activa de la pugna distributiva, la negociación política y las decisiones que afectan, a nivel macro, el modo en que la igualdad de oportunidades se conjuga con el pluralismo de las identidades. Por lo mismo, una “política del sujeto” (o una articulación más efectiva entre cultura y política) nos retrotrae, finalmente, a un problema básicamente comunicacional: quiénes hacen oír su voz, y quiénes no.

La industria cultural como espacio de disputa en la articulación cultura-política

Quisiera ahora plantear una perspectiva que a mi juicio ha sido tocada por algunos de los autores citados, a saber: el campo decisivo de lucha en la articulación entre cultura y política se da cada vez más en la industria cultural, y dicha articulación no se decide tanto en “el modo de producción” como en las “condiciones de circulación”. En otras palabras, no es tanto en la producción de sentido sino en su circulación donde se juegan proyectos de vida, autoafirmación de identidades, estéticas y valores. En el campo de la circulación hoy día se desarrolla una lucha tenaz, molecular y reticular por apropiarse de espacios comunicativos a fin de plantear demandas, derechos, visiones de mundo y sensibilidades. En la circulación, mucho más que en la producción, la cultura deviene política. Y en la nueva fase de la globalización, dicha circulación se multiplica exponencialmente, rebasa las fronteras espaciales y los límites en el tiempo: los mensajes circulan globalmente a tiempo real. Una hiperpolitización de la cultura podría derivar del hecho de que toda producción de sentido puede circular sin límite e instantáneamente, contar con millones de receptores potenciales y competir con otros tantos “eventos simbólicos” en una red intrincada e hiperventilada que no descansa.

Se afirma que en la lucha por los símbolos hoy los lugares privilegiados no existen. Lo que cuenta son las capacidades de circulación. La tensión integración/subordinación puede expresarse de manera fuerte en los siguientes términos. Primero, es inconmensurable la fuerza integradora de la globalización cultural, y frente a ella no podemos sustraernos, como tampoco puede una nación sustraerse a la globalización comercial y financiera. El impacto de las industrias culturales hace hoy impensables las identidades colectivas como tipos “puros”, pues tal como lo han planteado con mucha fuerza García Canclini y Martín Barbero, no se puede pensar identidades sin mediarlas con el efecto de los mass-media o de otras formas de industria cultural. Segundo, es menos claro el carácter inexorable de la subordinación de las identidades locales (o nacionales o singulares) a la estandarización cultural que se deriva de los grandes poderes circulatorios de mensajes y símbolos.

Medido en términos de propiedad sobre la industria cultural, América Latina, por ejemplo, ocupa un inequívoco lugar de subordinación al primer mundo y, muy especialmente, respecto de Estados Unidos. Pero es muy distinta la situación si consideramos el problema según cómo progresan las opciones de comunicación horizontal, redes Sur-Sur, alianzas contrahegemónicas Norte-Sur (Mato, 1999; Lins Ribeiro, 1999), ocupación de intersticios por parte de identidades locales para hacerse oír globalmente, irrupción de lo “latino” en el gusto y la estética del mundo anglosajón, y decodificación diferenciante de los mensajes desde los lugares singulares de recepción (hibridaciones, sincretismos, mestizajes simbólicos). En este último punto no importa tanto la propiedad sobre los grandes medios, sino la porosidad “rizomática” de la circulación de mensajes y conocimientos, el descentramiento del emisor, en fin, la fuerza centrífuga que pudiera ser constitutiva de la globalización comunicacional en su nueva fase. La integración tiene esta doble cara: concentra la propiedad sobre los grandes medios y, a la vez, abre las compuertas del diálogo planetario.

Existen, pues, poderosos motivos para ocuparse de las industrias culturales y de cómo operan. Hay que considerar no sólo que en las industrias culturales se juega mayoritariamente la lucha por difundir, defender, plantear e imponer sentidos. También esta industria es hoy el lugar central en la articulación entre dinámica cultural y dinámica productiva. Por ello, la lucha por estar presente en la industria cultural es una lucha elemental de identidad. Las industrias culturales constituyen la vía más importante de acceso al espacio público para amplios sectores privados de expresión en estos espacios, por lo cual la oportunidad de ser parte en el intercambio mediático es la nueva forma privilegiada en el ejercicio de la ciudadanía. La televisión, el video, las redes de información y telecomunicación, constituyen herramientas cuyos costos relativos descienden día a día, lo que permite que los excluidos encuentren mayores posibilidades de participar del intercambio cultural y de dar visibilidad pública a sus demandas. Cultura y política se encuentran en esta posibilidad.

Esta importancia de la industria cultural en distintos ámbitos (economía, identidad, ciudadanía) se corresponde con su espectacular dinamismo a escala mundial. Si se considera la industria de comunicaciones y de información como parte de este complejo industrial cultural, se trata entonces del sector de actividad económica que hoy día goza de los más altos ritmos de expansión. También en América Latina y el Caribe los mercados culturales tienden a crecer en el conjunto de la actividad económica, y a su vez la cultura se ve cada vez más permeada por la racionalidad mercantil. Las nuevas formas de articulación entre lo económico y lo cultural se traducen en estas dos caras complementarias. Primero, en el carácter rentable de los procesos de creación, distribución y consumo de un número creciente de obras culturales que entran, con o sin el consentimiento de sus autores, en el circuito de circulación mercantil-industrial de la cultura. Segundo, e inversamente, en la presencia cada vez más fuerte del componente cultural y estético en la actividad económica, donde las empresas discográficas, del espectáculo y la diversión crecen a un ritmo inédito, y donde la publicidad y el entretenimiento tienen que estetizarse sin tregua para seducir a públicos cada vez más estimulados.

Posiblemente esta última tensión es la más medular en el cruce entre cultura y política. Porque allí está en juego el tema original y recurrente de la modernidad cultural: el conflicto entre la ratio –o razón económica instrumental– y el sentido. ¿Nos integramos instrumentalmente o sustancialmente, en la “performance” o en el sentido? Con demasiada frecuencia se nos escapa esta problemática de fondo cuando, imbuidos en la lucha política por/desde la cultura, nos vemos envueltos en batallas quijotescas entre la cultura-mundo y las identidades locales, o entre el Macmundo y las culturas sumergidas.

Decíamos que resulta cada vez más difícil divorciar la creación artística de la producción de las industrias culturales. Si hace veinte o treinta años la crítica cultural pensaba que creación estética y producción industrial estaban en las antípodas, hoy habitamos un mundo en que esas antípodas no son tan claras y donde la creación es mediada, cada vez más intensamente, por las industrias culturales. En esta óptica recién planteada, la politización de la cultura se juega en la lucha al interior de las industrias culturales: entre una ratio generalizada que opera como “valor de cambio” y le imprime esa lógica a todo lo que hace circular en su interior, y un esfuerzo incesante por subordinar el “destino mercantil” de la cultura a la producción de sentidos. La lucha política se da allí, con fuerza inédita, entre economía y cultura.

Se podrá contraargumentar que esta es una falsa dicotomía y que la cuestión no está en la lucha de racionalidades sino de contenidos culturales. Sin embargo, creo que esta última posición nos coloca ante un riesgo, a saber: un amplio haz de símbolos producidos en el mundo de los subalternos o subordinados pueden ser “recuperados” por la gran industria cultural generando el espejismo de la democracia comunicacional, cuando en realidad lo que ocurre allí es que se reformatean símbolos y sentidos para devolverlos y hacerlos circular con la impronta de la racionalización mercantil. De manera que lo que se presenta, de forma esperanzada, como bondad de la globalización cultural, suele ser una metástasis de la monetarización en el campo de la producción de sentidos.

Quisiera en este punto plantear que “lo político” de la cultura no sólo pasa por una lucha entre identidades, sino ante todo por una lucha de subordinación entre “racionalización” y “subjetividad”, o bien entre ratio y “sentido”, o bien entre racionalidad económica y racionalidad cultural. ¿Quién aprovecha a quien? Esa es la cuestión. Esta tensión se da en la música, en el cine, en la artesanía, en el intercambio académico, en las letras y en el folklore, entre otros. Por un lado, la competencia más cruda de las editoriales, sellos discográficos, emporios televisivos y la industria del espectáculo en general, obliga a la permanente novedad y diferenciación en temas y estilos: allí lo “etno” entra como un componente de diferenciación, irrumpe mundializando súbitamente lo que permaneció silenciado y excluido por siglos. Pero al mismo tiempo, su circulación veloz va de la mano con la lógica de los mercados que impone una obsolescencia acelerada, un tratamiento banal, un formateo de escaparate o de jingle de publicidad. Al mismo tiempo se da la extroversión y la reducción a denominador común. Las culturas son rescatadas del silencio para luego ser masticadas por el ruido mediático.

Pero también se da el otro lado de la moneda: cada vez más gente en el mundo oye signos más variados, consume símbolos más diversificados, amplía su sensibilidad hacia voces, sonidos y metáforas que vienen de otras zonas y otros grupos. La transculturización viene dada allí como promesa de apertura mental, de mayor plasticidad de los cuerpos y mayor pluralismo en el espíritu. La democracia cultural es el reverso de la racionalización de los símbolos. Y la moneda sigue girando en su canto, sin saber todavía de qué lado dejarse caer. Por eso se trata de un campo de lucha: porque hay un amplio margen de incertidumbre respecto de los desenlaces que se van dando (no de una vez para siempre, sino todos los días) entre el triunfo de los sentidos o la sordera de la circulación mercantil.

Existen las tensiones entre un mercado que busca capturar la creatividad en aras del beneficio económico, y fuerzas creativas que desbordan la ratio mercantil por todos lados. Nuevos espacios abren las nuevas formas de producir cultura por vía de la industria cultural, y deben aprovecharse para que no sólo la racionalidad económica impere bajo el alero de las nuevas formas de producción. Llevado al extremo de colocar estas opciones en las antípodas, se trataría de elegir entre la máxima banalidad publicitaria y la posibilidad de estetizar el mundo a través de la creación artística; entre la comunicación real de los pueblos a través de sus creaciones más sublimes versus la estandarización de la cultura bajo el modelo de la obsolescencia acelerada y de la pura combinatoria de formas.

Por supuesto, esta forma de presentarlo caricaturiza los términos. El complejo industrial-cultural es actualmente un campo de múltiples mediaciones en que se definen los actores del mundo simbólico: mundo que, a su vez, influye cada vez más sobre el mundo material mediante expectativas, gustos y exigencias, pero también mediante el desarrollo de la inventiva, la adquisición de conocimientos y el uso de la información. Estas mediaciones son, a su modo, campos de lucha por difundir sentidos, ideologías y sensibilidades. Desde una perspectiva crítica, y extremando los términos, podemos decir que hemos extendido la lucha de clases a la lucha de símbolos, la alienación en el trabajo a la alienación en el intercambio mediático, y la escasez de recursos a la sobreabundancia de imágenes (lo que no impide que para una gran parte del planeta, los recursos sigan siendo dramáticamente escasos). Desde una perspectiva alentadora, cabe pensar que hoy día la industria cultural provee nuevas alternativas de realización personal, incrementa de manera sorprendente las posibilidades de comunicación horizontal, y brinda oportunidades para que tantos actores, sumergidos por tanto tiempo, puedan hacerse visibles en el nuevo espacio público global.

Las asimetrías simbólicas de la globalización cultural3

¿Cómo entramos, en calidad de latinoamericanos, a la globalización cultural? ¿Con qué estatus nos integramos? Hemos planteado en los párrafos precedentes la tensión irresuelta entre racionalidad formal y producción de sentido como un eje claro en que se cruza la cultura con la política. Hay allí una lucha atávica de la modernidad que se hace más intensiva cuanto más se difunde la circulación mercantil de la cultura, y cuanto más se pluralizan los signos y los símbolos a escala global. Pero también es necesario plantear otra dimensión de esta lucha: la de las profundas asimetrías entre distintos sujetos para imponer su visión del mundo en la circulación mediática.

Si en la industria cultural confluye la lógica de la economía y el mundo de la cultura, no es de extrañar que en la concentración del poder mediático se juegue hoy el principal resorte del poder en el escenario de posguerra fría: el poder de los símbolos y de las ideas. Quien maneja el intercambio simbólico, incide sobre la construcción de la identidad. ¿Quién se apropia de la verdad y la difunde, quién contextualiza la información, quién presenta la contingencia local ante los ojos del mundo, quién impone tendencias en el consumo, en la música, en la estética visual, en el lenguaje? No es casual la dureza con que los Estados Unidos negocian en el GATT-OMC y en el NAFTA cuando abogan por suprimir las barreras de ingreso de su industria del entretenimiento en otros países, y objetan la subvención que otros Estados ofrecen a sus creadores.

El control de los grandes medios de comunicación, tanto en el espacio nacional como internacional, está en pocas manos. Como advierte la UNESCO, esta situación atenta contra el ideal de la diversidad cultural, pero además lo hace en un marco de profundas asimetrías entre quienes tienen el poder de transmitir mensajes y quienes no lo tienen (UNESCO, 1997). En el intercambio de naciones son los países industrializados más grandes quienes se hacen oír con más fuerza, mientras que al interior de nuestras naciones en desarrollo son los grupos económicos dominantes quienes se apropian de la prensa y la televisión. Como en todo proceso sujeto a la globalización comercial, la industria cultural también asiste a vertiginosas fusiones donde los más grandes compran a los más pequeños, hacen sus alianzas estratégicas y diversifican sus negocios en las tantas puertas de entrada que hoy ofrece el intercambio simbólico. Dicho de modo caricaturesco, la ética de la noticia la pone CNN, la estética juvenil la difunde MTV, y el cine se norteamericaniza tanto vía HBO como en las cadenas mundiales dominantes de distribución cinematográfica.

Estas asimetrías del poder simbólico proyectan, hacia adelante, un panorama frente al cual no podemos permanecer pasivos. Visto desde la perspectiva de la propiedad sobre los medios, no basta con proclamar la porosidad en la base, pues no compensa la concentración refractaria en la cúpula. Grandes medios imponen su lectura del mundo en gran escala. A modo de ejemplo, el Observatorio Audiovisual Europeo mostró, en un informe de mayo de 1998, que de los primeros veinte grupos multimedia en el mundo, medidos por su facturación anual en dólares, ninguno pertenecía a la región iberoamericana: ocho eran de Estados Unidos, dos de Alemania, dos de Japón, dos de Francia, dos de Reino Unido, uno de Australia, uno de Holanda, uno de Canadá y uno de Luxemburgo. Once de ellos hablan, piensan y difunden en inglés, y buena parte de los otros adaptan sus lenguajes a un mercado donde cuatro de los cinco conglomerados más grandes provienen del mundo anglosajón. Tanto más alarmante es el mapa de la facturación global del sector audiovisual y su reparto según regiones: Estados Unidos se lleva el 55% del total mundial, la Unión Europea el 25%, Japón y Asia el 15%, e Iberoamérica apenas el 5% (Screen International, 1998; TV Business International Yearbook, 1998). Si estas cifras duras tienen correlación con el grado de influencia simbólica: ¿cuán audibles somos en el mundo? No se trata, pues, sólo de hegemonía en las visiones de mundo y en los enlatados. Se trata también, como se señaló antes, de una tendencia a la estandarización cultural que opera con la lógica del valor de cambio.

Pero esto no significa que nada se pueda hacer. Todo lo contrario: es allí donde se abre un nuevo campo político, vale decir, de lucha por la circulación. Porque pese a su ritmo de concentración, la industria cultural es cada vez más permeable por efecto de su carácter competitivo, compartimentado, globalizado y porque sus mercados dependen de los gustos de la gente. Necesita recrearse incesantemente y responder a las demandas de públicos muy diversos: no sólo diversos en las periferias del mundo, sino en los propios centros donde cada vez pesan más los públicos migrantes que traen sus propios gustos y lenguajes. Incluso las grandes cadenas flexibilizan sus estéticas y sus mensajes a medida que se difunden a audiencias diversas. El entramado de las comunicaciones se deja filtrar por voces divergentes.

Es tan dinámico el movimiento interno de la industria cultural, es tan vertiginosa su proliferación de signos y símbolos, que un movimiento en el margen puede rápidamente captar audiencias masivas. Además, la industria cultural es tan diversificada y multi-articulada, que entrar en un punto significa salir por muchos puntos. La conexión entre teléfonos, Internet, juegos y softwares cibernéticos opera con una lógica de red: no importa por dónde uno entre, sale por todos lados y circula en todos los espacios. Esta lógica se expande día a día hacia los medios convencionales que, para competir, tienen que operar re-edificándose. Importa, entonces, defender puntos de entrada, abrirlos y diversificarlos. Por último, el descenso en los costos y la flexibilización de componentes hace más accesible el poder de emitir mensajes. Si bien la producción de hardware y softwares se concentra mayoritariamente en Estados Unidos y Japón, el descenso en los costos de tecnologías audiovisuales favorece la mayor generación de mensajes desde nuestras culturas (y de nuestras diversas culturas).

La asimetría en el poder simbólico, vale decir, en el capital propio de la industria cultural, augura escenarios ambiguos, donde convive la hegemonía sobre dicha industria con inéditas posibilidades de minarla, subvertirla y desplazarla. La opción de mayor protagonismo en este concierto depende de la iniciativa de un conjunto de agentes de la sociedad civil. También el rol del Estado es crucial para pasar de “políticas culturales” convencionales y pasivas a una politización del problema de la cultura a partir de la centralidad que se le reconoce a la industria cultural en la formación de conciencia colectiva, en la danza de los símbolos y en la reformulación del espacio público.


A modo de cierre: la ciudadanía entre la igualdad y la diferencia

Por otra parte, asistimos a cambios en el ejercicio de la ciudadanía donde esta no sólo se define por la titularidad de derechos sino también por mecanismos de pertenencia, por capacidad de interlocución en el diálogo público y, cada vez más, por las prácticas de consumo simbólico. La democratización en la circulación simbólica es cada vez más un modo de extensión del ejercicio ciudadano.

De allí, pues, que el descentramiento de la emisión de mensajes en la industria cultural puede contribuir a la democratización de las sociedades latinoamericanas en la región. Si ya hemos alcanzado la democracia política en la vasta mayoría de nuestros países, la profundización democrática, fundada en el protagonismo de actores sociales diversos, puede beneficiarse con la difusión de las nuevas formas de la industria cultural-comunicacional. Existen hoy casos ilustrativos, en distintos países de la región, donde el uso de nuevos bienes de la industria cultural y comunicacional ha permitido la conexión horizontal entre grupos de base que padecen segregación sociocultural. De estos casos se pueden nutrir nuevas iniciativas en este campo, tales como la construcción de redes para incorporar demandas de sectores dispersos, la mayor conexión de etnias indígenas entre países de la región, la producción de programas de difusión de culturas autóctonas gestionados por los propios protagonistas, y otros.

Estos ejemplos ilustran sobre el potencial de las nuevas ramas de la industria cultural para incrementar el protagonismo de actores socioculturales dispersos. Este potencial se hace evidente en la amplia gama de opciones que se abren: de acceso a la información (sobre servicios, derechos y demandas compartidas); de influencia en la opinión pública (al disponer de estaciones radiales, acceder a redes informatizadas, difundir videocintas, etc.); y para trascender barreras de discriminación y censura mediante el uso de redes horizontales de circulación de información.

El campo de la ciudadanía se enriquece a medida que la porosidad de la industria cultural permite el reclamo y la promoción de derechos culturales. La bandera de la comunicación democrática se alza con toda su carga pulsional, y muchos sueñan con una nueva utopía que sustituye el viejo valor de la igualdad por el emergente valor de la diferencia. En lugar de clases sociales se invocan actores e identidades culturales cuyo potencial emancipatorio no sería universalizable, sino que radicaría en el juego democrático de las diferencias. Lo universal serían las reglas del juego que otorgan visibilidad a las diferencias, y que garantizan una relativa igualdad de condiciones en el ejercicio de la ciudadanía, sobre todo en lo relativo a derechos culturales.

En este contexto quisiera destacar una tensión propia de las democracias actuales. Por un lado se busca recobrar o redinamizar la igualdad, entendida sobre todo como inclusión de los excluidos, sin que ello conlleve a la homogeneidad cultural, a mayor concentración del poder político o a la uniformidad en los gustos y estilos de vida. Por otro lado, se trata de apoyar y promover la diferenciación, entendida doblemente como diversidad cultural, pluralismo en valores y mayor autonomía de los sujetos, pero sin que esto se convierta en justificación de la desigualdad o de la no inclusión de los excluidos. La integración sin subordinación pasaría por el doble eje de los derechos sociales y los culturales, en que una mejor distribución de activos materiales va de la mano con un acceso más igualitario a los activos simbólicos, con una presencia más equitativa de los múltiples actores socioculturales en la deliberación pública, y con un pluralismo cultural encarnado en normas e instituciones.

Frente a ello, importa compatibilizar la libre autodeterminación de los sujetos y la diferenciación en cultura y valores que se sigue de esta defensa de la autonomía, con políticas económicas y sociales que reduzcan la brecha de ingresos, de patrimonios, de adscripción, de seguridad humana y de capital simbólico. Se trata de promover la igualdad en el cruce entre la justa distribución de potencialidades para afirmar la diferencia y la autonomía, y la justa distribución de bienes y servicios para satisfacer necesidades básicas y realizar los derechos sociales.

Las políticas de igualdad deben conciliar la no-discriminación en el campo cultural con el reparto social frente a las desigualdades. Esto incluye a su vez políticas de acción positiva frente a minorías étnicas, y también frente a otros grupos de corte socioeconómico, cultural, etario y/o de género, que presentan situaciones de mayor vulnerabilidad. Las políticas contra la discriminación de la diferencia (que promueven derechos civiles, políticos y culturales) deben complementarse con políticas sociales focalizadas hacia aquellos grupos que objetivamente se encuentran más discriminados, vale decir, en condiciones más desventajosas para afirmar su especificidad, satisfacer sus necesidades básicas y desarrollar capacidades para ejercer positivamente su libertad.

La acción positiva debe extender los derechos particularmente a quienes menos los poseen. No sólo se refiere esto a derechos sociales como la educación, el trabajo, la asistencia social y la vivienda; también a los derechos de participación en la vida pública, de respeto a las prácticas culturales no predominantes, de interlocución en el diálogo público, etc. En suma, debemos apuntar hacia un concepto de igualdad compleja pasado por el filtro de la nueva sensibilidad democrática, del multiculturalismo y del derecho a la diferencia, sin que ello avale condiciones de producción y reproducción de la exclusión socioeconómica.

Aquí vuelve a plantearse problemáticamente la relación entre cultura y política. Porque tradicionalmente el tema de la igualdad ha oscurecido el tema de la diferencia en el debate político, en las negociaciones entre actores, en la construcción de consensos y en las respuestas del Estado a las presiones reivindicativas. El reclamo por un reparto social por vía de los salarios, los contratos y servicios, y los bienes estrictamente productivos, fue el eje en la relación entre la política y la sociedad bajo la égida valórica de la igualdad. ¿Qué ocurre cuando se quiere reformular la relación para que el valor de la diferencia sea igualmente activo en la articulación entre lo político y lo social? Una vez más, entramos al tema de la cultura, las reivindicaciones culturales y la redefinición de actores sociales qua actores culturales. Pero con la dificultad de que nuestros sistemas políticos y nuestro Estado Social (o lo que queda de él, si alguna vez lo hubo) entienden el lenguaje homologador de la igualdad, pero no el lenguaje más complejo de la diferencia.

 

Bibliografía

CEPAL 1999 Anuario Estadístico (Santiago: Publicaciones de la CEPAL).

Dagnino, Evelina 1999 s/d mimeo.

García Canclini, Néstor 1999 “Sobre la inutilidad política de la cultura”, mimeo.

Lins Ribeiro, Gustavo 1999 “Do transnacionalismo ao pós-imperialismo: para pensar a relação cultura e política”, mimeo.

Martín Barbero, Jesús y Ochoa, Ana María 1999 “Políticas de multiculturalidad y desubicaciones de lo popular”, mimeo.

Mato, Daniel 1999 “Cultura y transformaciones sociales en tiempos de globalización”, mimeo.

Mosonyi, Esteban 1999 “Etnicidad y política: la etnización de la política y la politización de las etnias”, mimeo.



Screen International 1998 December.

TV Business International Yearbook 1998.

UNESCO 1997 Nuestra diversidad creativa (Madrid: Ediciones UNESCO).

UNESCO 1998 en .
Notas

* Filósofo y ensayista. Investigador en desarrollo social de la CEPAL. Ha publicado artículos y libros en temas vinculados con la crítica cultural, el debate modernidad-postmodernidad y la cultura del desarrollo en América Latina, y sobre estos temas dicta cursos en universidades chilenas.

El presente artículo está incluido en la compilación de Daniel Mato Estudios latinoamericanos sobre cultura y transformaciones sociales en tiempos de globalización (Buenos Aires: CLACSO) junio de 2001.

1 En efecto, los borradores presentados por los integrantes del Grupo de Trabajo de CLACSO Cultura y transformaciones sociales en tiempos de globalización, reunido en Caracas en noviembre de 1999, del cual formo parte y en cuyo contexto institucional se inscribe este artículo, trasuntan este leitmotiv. Las tensiones entre integración y subordinación como aspecto central en que se da el vínculo entre cultura y política en la actual fase de globalización, aparecen, a mi juicio, en los borradores presentados allí por Daniel Mato, Néstor García Canclini, Jesús Martín Barbero, Ana María Ochoa, Esteban Mosonyi, Gustavo Lins Ribeiro y Evelina Dagnino. Mi intención, en las páginas que siguen, es dialogar con estos borradores a la luz del eje integración-subordinación en el marco de la globalización cultural.



2 Piénsese nada más en empresas del tamaño de Televisa en México u O Globo en Brasil, o la fortuna de Cisneros en Venezuela.

3 Esta parte del trabajo se basa en mi contribución a un texto todavía inédito de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) intitulado La creación iberoamericana: un reto estratégico para el siglo XXI.


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