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Conócete a ti mismo como programa filosófico


Una de las veces que Platón cita este dicho, la del Cármides, lo hace en un párrafo en el que Criticas dice a Sócrates:

El dios dirige a los que llegan [al templo] un saludo muy superior al de los hombres, y así lo ha entendido el autor de la inscripción, si no me equivoco; en realidad, el dios les dice, a manera de saludo: sed sabios. Pero lo dice, en su calidad de adivino, en una forma enigmática; 'sé sabio' o 'conócete a ti mismo' es, en el fondo, la misma cosa, como se infiere del texto y como yo sostengo; pero es posible engañarse en ello, y esto es lo que les ha ocurrido a los autores de las inscripciones siguientes, nada en demasía' y 'la fianza llama la desgracia'; al ver ellos en el conócete a ti mismo' un consejo y no un saludo del dios, han querido aportar a su vez buenos consejos y han hecho de ellos inscripciones dedicadas.88


Este texto es importante, pues llama la atención sobre el sentido del apotegma. No se trata, dice, de un consejo o de una consigna moral, como la de «nada en demasía», ne quid nimis. Desdichadamente, ése es el modo como casi siempre se ha interpretado la expresión, a pesar de que hay muchas razones para desautorizarla. No se trata de un consejo moral, por más que esto parezca obvio. Y ello aunque sólo fuera porque el oráculo de Delfos nunca decía nada obvio. Para eso no hacía falta tanto ritual. El texto quiere decir algo más profundo. Si hemos de creer en los testimonios sobre el modo de hablar del oráculo, hay que decir que el texto debería contener una paradoja, y que por tanto debía ser una frase de doble sentido. Quizá por eso se halla tan asociado ese apotegma a la figura y el estilo de pensamiento de Sócrates. ¿Dónde está el doble sentido?
Volvamos al texto de Jenofonte. En él, Sócrates le llama la atención a Eutidemo sobre la sentencia de Delfos. Eutidemo, según dice Jenofonte en las páginas anteriores del relato, era un joven que creía haber alcanzado la sabiduría, después de dedicarse al estudio de los filósofos y los poetas. Eutidemo sabía que sabía. Sócrates le dice en un cierto momento: «te crees demasiado sabio».89 Y lo que Sócrates intenta hacerle ver a todo lo largo del relato es más bien lo contrario, que no sabe que no sabe. Conocerse a sí mismo es, antes que nada, ser capaz de ver y admitir la propia ignorancia. Al final del relato, Eutidemo confiesa: «Mi ignorancia me obliga a convenir en lo que dices, y reflexiono si no haría muy bien en callarme. Hablando francamente, parece que no sé nada».90 Y añade Jenofonte que Eutídemo «se retiró completamente desalentado, despreciándose a si mismo».91 El conócete a ti mismo ha acabado en un sé que no se nada y que he pasado mi vida en un perpetuo engaño. Sabe el que sabe que no sabe y no sabe el que sabe que sabe. He ahí el doble sentido, la paradoja. En el Fedro dice Sócrates: «Aún no puedo, según la inscripción de Delfos, conocerme a mi mismo, e ignorando todavía eso me resulta ridículo considerar lo que no me concierne».92
Como es de sobra conocido, ése es el método socrático. Sócrates es el pensador que nos ha enseñado que el tener conciencia de que no se sabe es el saber más importante. En la Apología de Sócrates, escrita por Platón, se lee lo siguiente:

Atenienses, no pretestéis ni aun que parezca que digo algo presuntuoso; las palabras que voy a decir no son mías, sino que voy a remitir al que las dijo, digno de crédito para vosotros. De mi sabiduría, si hay alguna y cuál es, os voy a presentar como testigo al dios que está en Delfos. En efecto, conocíais sin duda a Querefonte. Éste [ ... ] una vez fue a Delfos y tuvo la audacia de preguntar al oráculo [ ... ] si había alguien más sabio que yo. La Pitia le respondió que nadie era más sabio [ ... ] Tras oír yo estas palabras reflexionaba así: '¿Qué dice realmente el dios y qué indica en enigma? Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. ¿Qué es lo que realmente dice al afirmar que yo soy muy sabio? Sin duda, no miente; no le es lícito.' Y durante mucho tiempo estuve yo confuso sobre lo que en verdad quería decir. Más tarde, a regañadientes me incliné a una investigación del oráculo del modo siguiente. Me dirigí a uno de los que parecían ser sabios, en la idea de que, si en alguna parte era posible, allí refutaría el vaticinio y demostraría al oráculo: 'Éste es más sabio que yo y tú decías que lo era yo.' Ahora bien, al examinar a éste [ ... ] experimenté lo siguiente, atenientes: me pareció que otras muchas personas creían que ese hombre era sabio y, especialmente, lo creía él mismo, pero que no lo era. A continuación intentaba yo demostrar que él creía ser sabio, pero que no lo era. A consecuencia de ello, me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes. Al retirarme de allí razonaba a solas que yo era más sabio que aquel hombre. Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo.93


Muchos de sus contemporáneos creyeron ver en esta actitud de Sócrates un puro gesto teatral e irónico, debido a su arrogante conciencia de superioridad. Ese es el origen de la famosa «ironía» socrática.94 Fue frecuente que sus contemporáneos creyeran que les estaba tomando el pelo al decir que no sabía nada. ¿Acaso no se cuidaba de refutar sus argumentos? Eso no es propio de un ignorante, decían. Sin embargo, Sócrates siempre pensó que su método, la refutación, élenchos, era la consecuencia de su propia ignorancia. Lo dice expresamente después del texto transcrito:

En cada ocasión los presentes creen que yo soy sabio respecto a aquello que refuto a otro. Es probable, atenienses, que el dios sea en realidad sabio y que, en este oráculo, diga que la sabiduría humana es digna de poco o de nada. Y parece que éste habla de Sócrates -se sirve de mi nombre poniéndome como ejemplo, como si dijera: 'Es el más sabio, el que, de entre vosotros, hombres, conoce, como Sócrates, que en verdad es digno de nada respecto a la sabiduría'. Así pues, incluso ahora, voy de un lado a otro investigando y averiguando en el sentido del dios, si creo que alguno de los ciudadanos o de los forasteros es sabio. Y cuando me parece que no lo es, prestando mi auxilio al dios, le demuestro que no es sabio.95


Lo hasta aquí expuesto nos da una idea muy precisa de cuál era el método de Sócrates. Él no pretende convencer a nadie de sus puntos de vista. Dice que no sabe hacerlo. Esto debieron de tomárselo en serio algunos. Entre las sentencias de Menandro se encuentra una que dice: «Conócete a ti mismo cuando quieras reprender a los demás».96 Pero otros muchos creyeron que la negativa de Sócrates a darles la solución a sus problemas era una pura farsa. De ahí la «ironía» socrática. En el Menón dialogan Sócrates y Menón. Éste cree saber lo que es la virtud y en diálogo con Sócrates acaba descubriendo que no lo sabe. Confundido, dice a Sócrates:

Mira, Sócrates, ya había yo oído antes de conocerte que tú no haces otra cosa que confundirte tú y confundir a los demás; y ahora, según a mi me parece, me estás hechizando y embrujando y encantando por completo, con lo que estoy ya lleno de confusión. Y del todo me parece, si se puede también bromear un poco, que eres parecidísimo, tanto en la figura como en lo demás, al torpedo, ese ancho pez marino. Y, en efecto, este pez a quienquiera que se le acerca y le toca lo hace entorpecerse, y una cosa así me parece que ahora me has hecho tú; porque verdaderamente yo, tanto de alma como de cuerpo estoy entorpecido, y no sé qué contestarte. Y, sin embargo, mil veces sobre la virtud he pronunciado muchos discursos y delante de mucha gente, y muy bien, según a mí me parecía; pero ahora ni siquiera qué es puedo en absoluto decir. Y me parece que haces bien en no querer embarcarte ni viajar fuera de aquí; porque si siendo extranjero en otro país hicieras tales cosas, quizá te detuvieran por mago.97


Menón cree que Sócrates le está tomando el pelo. Y le advierte que fuera de su tierra puede pasarlo mal. No sabe que en su tierra también lo va a pasar muy mal, tanto que eso le va a llevar a la muerte. Menón compara a Sócrates con el pez torpedo, que entorpece la actividad de todos aquellos que se ponen en contacto con él. A Sócrates la metáfora no le gusta nada, porque el torpedo no está entorpecido, en tanto que él sí lo está:

Por mi parte, si el torpedo estando él mismo entorpecido es como hace que los demás se entorpezcan, me parezco a él; pero si no, no. Porque no es teniendo yo claridad como induzco a confusión a los otros, sino que es estando yo en mayor confusión que nadie como hago que lo estén los otros.98


En Sócrates no hay ninguna ironía. No se está riendo de nadie. Él habla muy seriamente. Nunca se toma su método en broma. Lo que pretende siempre es que sus interlocutores no se dejen atrapar por falsas ilusiones y saquen lo mejor de sí mismos, lo mejor que tienen en su interior. Si hemos de creer a Platón, Sócrates piensa que en el interior de cada ser humano está la verdad, que tiene carácter innato. De ahí procede la teoría platónica de la reminiscencia. Tras los párrafos anteriores, Sócrates le dice a Menón que llame a uno de sus criados. Y con él inicia el siguiente diálogo:

Sócrates: Dime entonces, chico, ¿tú sabes que un cuadrado es una figura así?

Esclavo: Sí.

Sócrates: ¿Luego un cuadrado es una figura que tiene iguales todas estas líneas, que son cuatro?

Esclavo: Desde luego.

Sócrates: ¿No tiene también iguales las trazadas por medio?

Esclavo: Sí.

Sócrates: ¿No puede un espacio así ser mayor y menor? Esclavo: Desde luego.

Sócrates: De modo que si este lado es de dos pies y éste de dos, ¿de cuántos pies será el todo? Pero plantéalo de la siguiente manera: si fuera por aquí de dos pies, pero por aquí de un pie solo, ¿no sería de una vez dos pies la superficie?

Esclavo: Sí.

Sócrates: Pero puesto que es de dos pies también por aquí, ¿no resulta de dos veces dos?

Esclavo: Si.

Sócrates: ¿Luego resulta de dos veces dos pies?

Esclavo: Sí.

Sócrates: ¿Y cuántos son dos veces dos pies? Haz la cuenta y dímelo.

Esclavo: Cuatro, Sócrates.

Sócrates: ¿Y no puede haber otra figura doble que ésta, pero del mismo tipo, con todas las líneas iguales, como ésta?

Esclavo: Sí.

Sócrates: ¿Y de cuántos pies será?

Esclavo: De ocho.

Sócrates: Vamos a ver, trata de decirme cómo será de larga cada una de sus líneas. Porque las del primero tienen dos pies, ¿pero y las de ese que es doble?

Esclavo: Es cierto, Sócrates, que serán dobles.

Sócrates: ¿Ves, Menón, cómo yo no le enseño nada, sino que se lo pregunto todo? Y ahora éste cree saber cómo es el lado del cual resultará el área de ocho pies; ¿o no estás conforme?

Menón: Si.

Sócrates: ¿Pero lo sabe?

Menón: Nada de eso.

Sócrates: ¿Y él cree que es del lado doble?

Menón: Sí.

Sócrates: Pues observa cómo recuerda él a continuación como hay que recordar. Y tú dime: ¿de la línea doble afirmas tú que se engendra la figura doble? Me refiero a una figura que sea no larga por aquí y corta por ahí, sino que tiene que ser igual por todas partes, como ésta, pero el doble que ésta, de ocho pies; y fíjate en si todavía te pare ce que resultará de un lado doble.

Esclavo: Si me parece.

Sócrates: ¿No resulta este lado doble que éste si le añadimos otro igual?

Esclavo: Desde luego.

Sócrates: ¿Y de este lado, afirmas tú, resultará la figura de ocho pies si hay cuatro iguales?

Esclavo: Si.

Sócrates: Tracemos, pues, cuatro iguales a él. ¿No resultará precisamente lo que tú afirmas que es el cuadrado de ocho pies?

Esclavo: Desde luego.

Sócrates: Ahora bien, ¿no hay en él estos cuatro, cada uno de los cuales es igual a éste, al de cuatro pies?

Esclavo: Sí.

Sócrates: ¿De qué tamaño resulta entonces? ¿No será cuatro veces mayor?

Esclavo: ¿Cómo no?

Sócrates: ¿Y es doble de lo que es cuatro veces mayor

Esclavo: No, por Zeus.

Sócrates: ¿Sino qué es?

Esclavo: Cuádruple.

Sócrates: Luego del lado doble, muchacho, resulta una figura no doble, sino cuádruple.

Esclavo: Es verdad.

Sócrates: Porque el de cuatro veces cuatro es de dieciséis, ¿no?

Esclavo: Sí.

Sócrates: ¿Pero el cuadrado de ocho pies de qué línea resulta? ¿De ésta no resulta cuádruple?

Esclavo: Eso digo.

Sócrates: Bien; pero el de ocho pies, ¿no es el doble que éste y la mitad que éste?

Esclavo: Si.

Sócrates: ¿No resultará de una línea mayor que ésta y menor que ésta? ¿0 no?

Esclavo: A mi parece que sí.

Sócrates: Muy bien; porque lo que a ti te parece es lo que tienes que contestar. Y dime: ¿no era de dos pies este lado y de cuatro el otro?

Esclavo: Si.

Sócrates: Luego es necesario que la línea del cuadrado de ocho pies sea mayor que ésta, que la de dos pies, y menor que la de cuatro pies.

Esclavo: Es necesario.

Sócrates: Trata, pues, de decir cómo es de larga, según tú.

Esclavo: De tres pies.

Sócrates: Así, si ha de tener tres pies, ¿no añadiremos la mitad de ésta y tendrá tres pies? Porque esto son dos pies y esto uno; y por aquí, igual, dos esto y esto uno; y resulta la figura que tú dices.

Esclavo: Sí.

Sócrates: Así, si tiene tres por aquí y tres por aquí, ¿la figura entera no resulta de tres veces tres pies?

Esclavo: Evidentemente.

Sócrates: Pero tres veces tres, ¿cuántos pies son?

Esclavo: Nueve.

Sócrates: Pero el cuadrado doble, ¿de cuántos pues tenía que ser?

Esclavo: De ocho.

Sócrates: Luego del lado de tres pies no resulta tampoco la figura de ocho.

Esclavo: Desde luego que no.

Sócrates: ¿Sino de igual? Trata de decírnoslo con exactitud; y si no quieres hacer números, muestra al menos de cuál.

Esclavo: Pues, por Zeus, Sócrates, que yo no lo sé.

Sócrates: ¿Te das cuenta otra vez, Menón, de por dónde va ya éste en el camino de la reminiscencia? Porque al principio no sabía, desde luego, cuál es la línea de la figura de ocho pies, como tampoco ahora lo sabe todavía, pero, en cambio, creía entonces saberlo y contestaba con la seguridad del que sabe, pensando no tener dificultad; mientras que ahora piensa que está ya en la dificultad, y, del mismo modo que no lo sabe, tampoco cree saberlo.

Menón: Es verdad.

Sócrates: ¿No es, pues, ahora mejor su situación respecto del asunto que no sabía?

Menón: También me parece.

Sócrates: Entonces, al hacerle tropezar con la dificultad y entorpecerse con el torpedo, ¿le hemos causado algún perjuicio?

Menón: Me parece que no.

Sócrates: Un beneficio es lo que hemos hecho, sin duda, en orden a descubrir la realidad. Porque ahora hasta investigará con gusto, no sabiendo, mientras que entonces fácilmente hubiera creído, incluso delante de mucha gente y muchas veces, que estaba en lo cierto al decir acerca de la figura doble que debe tener la línea doble en longitud.

Menón: Sin duda.

Sócrates: ¿Crees, pues, que él hubiera intentado investigar o aprender lo que creía saber sin saberlo, antes de caer en la perplejidad, convencido de que no lo sabía, y de sentir el deseo de saberlo?

Menón: Me parece que no, Sócrates.

Sócrates: Fíjate, pues, en lo que desde ese estado de perplejidad va a encontrar también investigando conmigo, sin que yo haga otra cosa que preguntar, y no enseñar: y vigila ti a ver si me coges enseñándole y explicándole en vez de interrogarle sobre sus ideas.99
El diálogo sigue con preguntas de Sócrates y respuestas que van haciendo descubrir en el interlocutor, un esclavo iletrado, la verdad. La verdad está en el interior de cada uno. Pero descubrirla es tarea harto compleja. Estamos llenos de falsas ideas, de fantasmas irreales. Y Sócrates piensa que la función de la filosofía es rigurosamente terapéutica, consiste en hacerle a uno consciente de sus propios errores, a fin de poder ser más auténtico, y por tanto también más sano. Verdad, bondad y salud son predicados que se convierten entre si. Nadie que no se conozca a sí mismo hasta el punto de no dejarse seducir por sus propios fantasmas interiores, puede considerarse sano. Y quien no sea sano no puede ayudar a otros en ese mismo punto.
La filosofía tiene, pues, una función terapéutica. Este tema se inició con Sócrates y desde entonces no ha dejado de tener vigencia en la historia de la filosofía. Eso es lo que significa el arte mayéutica que nos describe Sócrates en el Teeteto.

Mi arte mayéutica tiene seguramente el mismo alcance que el de aquéllas, aunque con una diferencia y es que se practica con los hombres y no con las mujeres, tendiendo además a provocar el parto en las almas y no en los cuerpos. La mayor atracción de este arte es que permite experimentar a todo evento si es una imagen falsa, fecunda y verdadera, lo que engendra la inteligencia del joven. A mi me ocurre con esto lo mismo que a las comadronas: no soy capaz de engendrar la sabiduría, y de ahí la acusación que me han hecho muchos de que dedico mi tiempo a interrogar a los demás sin que yo mismo me descubra en cosa alguna, por carecer en absoluto de sabiduría, acusación que resulta verdadera. Mas la causa indudable es ésta: la divinidad me obliga a este menester con mi prójimo, pero a mí me impide engendrar. Yo mismo, pues, no soy sabio en nada, ni está en mi poder o en el de mi alma hacer descubrimiento alguno. Los que se acercan hasta mí semejan de primera intención que son unos completos ignorantes, aunque luego todos ellos, una vez que nuestro trato es más asiduo, y que por consiguiente la divinidad les es más favorable, progresan con maravillosa facilidad, tanto a su vista como a la de los demás. Resulta evidente, sin embargo, que nada han aprendido de mí y que, por el contrario, encuentran y alumbran en sí mismos esos numerosos y hermosos pensamientos.100


El arte de la mayéutica es similar, pues, a la de la comadrona, o a la del obstetra.

La experiencia de los que tienen relación conmigo es análoga a la de las mujeres en trance de dar a luz: sienten, en efecto, los mismos dolores, llegan al colmo de su perplejidad y los tormentos que les dominan de día y de noche son mucho más fuertes que los de aquellas mujeres. Y mi arte, precisamente, es capaz de despertar o de adormecer estos dolores, con ese tratamiento aludido.101


Aquí se ve bien el carácter terapéutico de la filosofía, al menos de la filosofía mayéutica.
Esta función terapéutica de la filosofía ha cobrado especial relieve en el último siglo. Una corriente de pensamiento, la llamada filosofía del lenguaje, sobre todo la de Cambridge, ha hecho bandera de esta cuestión. Ludwig Wittgenstein ha hablado repetidamente de la «tarea terapéutica» de la filosofía. Esa terapia tiene por objeto curarnos del «embrujo de nuestro entendimiento».102 En 1944 escribía: «El filósofo es aquel que debe curar en sí muchas enfermedades del entendimiento, antes de poder llegar las nociones de sano entendimiento común».103 La filosofía, pues, actúa como un fármaco.104 Sin ella es difícil conservar la higiene mental. Otro filósofo de Cambridge, John Wisdom, publicó el año 1953 un libro titulado Philosophy and Psycho-analysis. Su tesis es que el método del análisis filosófico permite desenmascarar muchos pseudoproblemas, y de ese modo, sanear o sanar la mente de las personas. El método analítico, pues, tiene una función terapéutica. Y, como no podía ser de otro modo, recuerda a Sócrates y cita el pasaje de Platón que antes hemos transcrito.105 Ya casi al final del libro, escribe: «Hemos visto algo de por qué la gente dice que uno se conoce a sí mismo de una forma que ningún otro puede conocerle. Pero es evidente también que es difícil verse a si mismo como uno ve a los demás, que el consejo 'Conócete a ti mismo' no es fácil de seguir. En psicoanálisis se ha procurado ayudar a este empeño con el auxilio de alguien más. Poco a poco van ensamblándose los distintos detalles, y el caos salvaje se empieza a transformar en orden y las sombras movedizas empiezan a cobrar forma. Pero hay fuerzas muy potentes que se oponen a ello».106 No se trata sólo de que muchos incidentes casi se han olvidado, sino que además uno selecciona, enfatiza y une datos, pero no otros. La batalla está, ya desde el principio, perdida. Pero eso no la convierte en inútil. Nunca acabaremos de conocernos. Pero conocerse es una obligación moral. Y el análisis filosófico que iniciara Platón puede ser de gran ayuda en ese camino. Ésa es la razón por la que últimamente se ha popularizado tanto la figura del consultor filósofo o filosófico, especialmente a partir del libro de Lou Marinoff, Más Platón y menos prozac.107 Conocerse a si mismo es un problema filosófico y psicológico. De ahí que ahora tengamos que pasar del análisis filosófico al análisis psicológico, más en concreto, al psicoanálisis.

4. EL CONTEXTO PSICOLÓGICO: ANALÍZATE A TI MISMO
La obra de Freud no es comprensible más que en el interior de su contexto. Freud tiene como pacientes a personas que han vivido en un medio determinado, la cultura occidental, que ha reprimido sistemáticamente los sentimientos y la sexualidad. Es un problema de valor que esa cultura ha resuelto de modo intelectualista y racionalista, aherrojando y negando la dimensión emocional. Freud ve las consecuencias de este estilo de, vida y describe los mecanismos por los que se producen los síntomas neuróticos. De ahí que entienda el psicoanálisis, en última instancia, como una terapia cultural o una terapia de valores. Es el tema de su libro Del malestar en la cultura. Lo que Freud está diciendo es que nadie puede curarse a si mismo si no es capaz de conocerse a sí mismo, -pero no sólo en su dimensión puramente intelectual, al modo del viejo Sócrates, sino también en la emocional. Ya no se trata de conocerse a sí mismo, sino de analizarse a sí mismo. Un análisis que no puede ser meramente intelectual sino también, y quizá principalmente, emocional.

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