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El protoaforismo


Pero lo más importante no es tanto eso, cuanto el sentido de tales sentencias. La medicina es una téchne, es decir, un saber practico, y por tanto su razonamiento no es apodíctico o especulativo sino dialéctico o práctico. Esto es importante tenerlo en cuenta. Los médicos son conscientes de la falibilidad del arte médico. No es un azar que el protoaforismo hipocrático diga:

La vida es breve; el arte, extenso; la ocasión, fugaz; la experiencia, insegura; el juicio, difícil.66


Tantas veces hemos oído este aforismo que su contenido nos resulta por demás obvio. Y, sin embargo, no lo es. Él compendia de forma sentenciosa, extremadamente concisa y breve, toda la teoría de los aforismos. Las dos primeras afirmaciones, que la vida es breve y el arte extenso, muestra la desproporción entre el conocimiento del hombre y la realidad. No hay adecuación entre una y otra. Los griegos definieron la verdad como homoíosis, adaequatio tradujeron los latinos. Pues bien, no hay adecuación. Hay más bien una inadecuación profunda entre le mente y la realidad. La realidad siempre es mayor que todo lo que nosotros podamos pensar de ella. Y la realidad de la enfermedad, también. Por eso la vida es breve para la amplitud del arte médico, la téchne iatriké.
La adecuación perfecta no se da más que en ciertos saberes que tienen la característica de ser muy abstractos y especulativos, como la matemática. La teoría del triángulo tiene carácter apodíctico, puede demostrarse que es verdadera, y por tanto en ella existe una perfecta adecuación entre el entendimiento y la cosa entendida. Por eso del triángulo hay un conocimiento que Aristóteles llamó en su lógica «apodíctico.» Apódeixis significa en griego «demostración», y por tanto conocimiento apodíctico es conocimiento demostrativo. En él cabe demostrar qué solución es la verdadera, lo que obliga a considerar que todas las demás son necesariamente falsas. Las únicas valencias posibles, son, pues, verdad y error. Tertium non datur.
Ahora bien, en la clínica humana, como por lo demás en la mayor parte de los acontecimientos de la vida práctica, no es ese tipo de lógica el que funciona. Antes de actuar o tomar una decisión, todos damos razones de lo que vamos a hacer, pero esas razones no tendrán prácticamente nunca carácter apodíctico. Y ello porque nunca conseguimos la adecuación perfecta entre la mente y la realidad. Nunca conocemos completamente a una persona, ni exploramos perfectamente a un enfermo. Creo que era Leibniz el que decía que quien conociera perfectamente un grano de arena, sería Dios. No nos es posible conocer de modo exhaustivo ni un grano de arena. Cuánto menos un ser humano, o una enfermedad. De ahí que nuestros juicios clínicos, como por lo demás los jurídicos, los éticos, los políticos, no puedan aspirar nunca a la certeza total. Aquí juega siempre una tercera valencia entre la verdad y el error, que es la probabilidad. El propio Aristóteles lo dice. Los juicios prácticos no son verdaderos ni falsos sino probables o improbables. Por ser juicios, están basados en razones, pero esas razones no son apodícticas o demostrativas. Se trata de otro tipo de racionalidad o de uso de la razón, que no da verdad total sino una verdad limitada, parcial, que los griegos denominaron dóxa, término que los latinos tradujeron por oppinio, opinión. Cuando opinamos, damos razones. Pero esas razones no son de tal tipo que hagan imposible una razón alter-nativa e, incluso, opuesta a la anterior. Por eso siempre es posible que haya una opinión distinta, una parda-dóxa. Una sesión clínica, por ejemplo, es un diálogo racional en el que cada uno expone su opinión sobre el modo como debe diagnosticarse o tratarse a un paciente. Cada opinión tiene tras de sí una ciencia y una experiencia particular. Ninguna puede ser nunca absoluta. Nadie tiene la experiencia total, omnicomprensiva, ni tampoco la ciencia total. Por eso en este orden, el propio del razonamiento práctico, es importante contrastar las diferentes opiniones, a fin de tomar decisiones que nunca podrán ser del todo verdaderas, pero que al menos intentaremos que sean prudentes. Esa es la idea de phrónesis, de prudencia, fundamental en este tipo de razonamientos. Aristóteles llama a este tipo de razonamiento «dialéctico», a diferencia del «apodíctico». Es dialéctico, porque en él es fundamental el diálogo, entendido como intercambio de opiniones. Sólo de ese modo podremos enriquecer nuestro propio punto de vista y tomar decisiones más prudentes.
Todo esto es lo que, de forma sentenciosa, dice el comienzo del primer aforismo hipocrático. En él está expuesta la lógica del razonamiento práctico, que es el propio de la clínica. Este tipo de razonamientos no son universales sino particulares, ni por tanto tienen carácter intemporal, sino que se hallan siempre afectados por el tiempo. Las verdades matemáticas tienen un carácter intemporal, sirven para cualquier situación, pero las decisiones del médico, por ejemplo, pueden ser correctas o prudentes en un cierto momento y no serlo en el inmediatamente ulterior. De ahí la tercera sentencia del protoaforismo: «la ocasión es fugaz». El texto griego tiene una fuerza que no puede transmitir la versión castellana. Ocasión se dice en griego kairós. También cabe traducirlo por oportunidad. Las cosas tienen su momento oportuno, su oportunidad. Y una misma decisión es correcta o incorrecta, según que se tome en el momento oportuno o no. Hay personas, excelentes por lo demás, que tienen la característica de ser inoportunas. Aristóteles dice que el inoportuno por exceso de rapidez es el precipitado o atolondrado, y el inoportuno por exceso de precaución el pusilánime, el que se demora demasiado, por miedo a tomar decisiones incorrectas. Ninguna de esas actitudes es prudente. La prudencia consiste en tomar la decisión correcta en el momento adecuado, y tanto los precipitados como los pusilánimes son imprudentes, no porque la decisión que tomen sea en sí incorrecta, sino porque lo es el momento en que la toman. De ahí que entre las Sentencias de Menandro puedan encontrarse éstas: «El momento oportuno tiene mucha más fuerza que las leyes», «El momento oportuno abole las tiranías», «Examina los asuntos en su momento oportuno, sí eres inteligente», «No te apresures en hacer lo que no debes ni te demores en lo que debes apresurarte a hacer», «¡Qué grande es lo pequeño si se da en el momento oportuno!», «Lo que da ahora, no lo da mañana. Porque el tiempo no es el mismo siempre para los hombres; así que, si dejas escapar una sola vez la oportunidad que se te presenta, no es posible atraparla pronto de nuevo».67
El protoaforismo añade una cuarta sentencia: «la experiencia, petra, es insegura.» De nuevo hay que acudir al texto griego. Experiencia es em-peiría. Aristóteles dice al comienzo de la Metafísica que la experiencia es el origen de la téchne. Los juicios prácticos son siempre y necesariamente juicios de experiencia. Y los juicios de experiencia son inseguros. No es posible alcanzar en ellos la seguridad total, por las razones ya aducidas. De ahí que en todas estas disciplinas prácticas, como en la clínica, y también como en la ética, sea posible que dos personas realicen dos juicios distintos y hasta opuestos entre sí, sin que por eso hayamos de concluir que uno de los dos es necesariamente falso. Lo mismo que ante un mismo caso dos jueces pueden dictar son sentencias distintas e incluso opuestas, sin que ello signifique que uno de los dos ha sido necesariamente imprudente.
Toda esta cadena de razonamientos acaba con la última sentencia del protoaforismo, que de algún modo es la síntesis y conclusión de todo este proceso. Dice que «el juicio, krisis, es difícil». Krisis puede traducirse también por decisión. La decisión es difícil. Aquí no cabe ningún tipo de petulancia. No hay nadie que pueda situarse al cabo de la calle, o que pueda estar de vuelta de las cosas. Ninguno domina por completo la realidad, ni conoce todo lo que le ayudarla a hacer juicios perfectos. El juicio práctico siempre es difícil y ha de estar, por ello, en continua revisión.
Era importante exponer esto para darse cuenta de las características del género aforístico, que es al que pertenece la sentencia objeto de nuestro estudio. Lo que estamos viendo ahora es que ese género aforístico fue amplísimamente utilizado en Grecia, dentro y fuera de la medicina. De hecho, el libro de los Aforismos es una muestra palpable de su importancia en medicina. Lo que se nos está diciendo es nada más y nada menos que el razonamiento clínico no es apodíctico sino dialéctico, que no se parece al de las matemáticas sino a ese modo de pensar que todos utilizamos cuanto estamos dialogando con otra persona, es decir, cuando estamos intercambiando información con otra persona con el objeto de enriquecernos mutuamente.

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