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El «burn-out», los valores y la ética



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El «burn-out», los valores y la ética


Los datos actuales sobre la salud de los profesionales son ciertamente preocupantes. Tanto, que a mi modo de ver no van a poderse corregir con medidas coyunturales. No se trata sólo, ni quizá principalmente, de incrementar sus ingresos o de darles algunos minutos más por paciente. La cosa es, probablemente, más .grave. De lo que se trata es de cambiar viejos modelos, hoy obsoletos, y educar a los sanitarios de modo completamente nuevo y distinto. Se trata de que vuelvan a introducir en su área de actividad cosas que nunca debieron salir de ella, y que sean educados y entrenados en el manejo correcto de esas dimensiones, las más importantes que tenemos los seres humanos.
¿De qué estoy hablando? De los valores y de su correcto manejo. Un campo minado y de no fácil exploración. Ante los valores caben dos posturas contrapuestas, las más frecuentes y también las más .irracionales. La primera es la «imposición». Consiste ésta en considerar que los únicos valores auténticos son los propios, los de uno, y que los demás no tienen derecho a la existencia. Ha sido la actitud más frecuente, no sólo en medicina sino en la vida toda, y eso es lo que se conoce con el nombre de «paternalismo» médico. La actitud opuesta es la de «trivialización» o indiferencia. Sobre los valores no cabe disputa racional posible y, por tanto, lo único que cabe es la más absoluta neutralidad. No merece la pena meterse en ese campo. Basta con aceptarlo, aceptar los valores de cada uno y por tanto con mantenerse neutral ante ellos.
Pero hay otra actitud posible, que es la más madura y correcta. Frente a la «imposición» y la «trivialización», la «deliberación». Sobre los valores hay que deliberar, porque si bien no son completamente racionales, sí son y deben ser razonables. No es éste el momento ni el lugar de exponer en qué consiste la deliberación y cómo educar en ella.154 Pero si conviene dejar claro que sólo mediante el uso de esta técnica, el médico podrá manejar adecuadamente los conflictos morales, lo que le evitará una gran carga de angustia y le ayudará a mejorar la calidad de su práctica profesional. Educar a los profesionales en la deliberación sobre conflictos de valores y hacer posible que éstos incorporen esta técnica a su relación con los pacientes es, si no la única, sí, quizá, una de las principales armas que podemos ofrecerle para prevenir el desgaste profesional y toda la otra serie de patologías y adicciones que ese síndrome acarrea.
El año 1982 Mark Perl y Earl E. Shelp publicaron un artículo en el New England Journal of Medicine titulado «Consultas psiquiátricas que enmascaran dilemas morales».155 En él llaman la atención sobre el hecho de que cuando los médicos se encuentran ante conflictos que no están relacionados directamente con cuestiones técnicas de tipo diagnóstico, pronóstico o terapéutico, sino que más bien tienen que ver con las actitudes o los valores de los pacientes, con frecuencia intentan resolver esos conflictos a través de la interconsulta psiquiátrica. Ello se debe a que consideran, con razón, que el psiquiatra sabrá manejar mejor las relaciones emocionales con el paciente y será capaz de convencerle de aquello que la medicina considera que debe hacerse en ese caso concreto.
Este modo de proceder tiene varios puntos muy débiles. Uno primero, el creer que todo conflicto de valor -es decir, el hecho de que alguien tenga unos valores distintos de los nuestros e intente hacerlos valer en su relación con el médico- tiene en su base un trastorno mental más o menos profundo, como, por ejemplo, una depresión. Otro problema de este enfoque es que, como dicen los autores, pone al enfermo sobre la sospecha de que tiene un problema psicológico o mental, o que se halla en una situación de incapacidad o incompetencia para decidir. De aquí se deduce un tercer problema, éste del médico, y es creer que los problemas éticos son problemas técnicos mal planteados, o si no conflictos psicológicos no resueltos o trastornos mentales no bien manejados. Reducir los problemas éticos a enfermedades, y más en concreto a enfermedades mentales; o dicho en otros términos, patologizar la ética o psiquiatrizar su manejo es una de las peores cosas que pueden suceder, y que en mi opinión no obedecen más que a una causa, y es la propia angustia y la falta de conocimientos del profesional. Es importante distinguir con precisión lo que es un problema psicológico de lo que es un problema moral. Es comprensible esta confusión, ya que en el propio médico no hay duda que el problema moral acaba desencadenando un conflicto psicológico. De hecho, estos problemas que no sabe resolver le generan angustia, y con ella un enorme desgaste psicológico y profesional. Pero psiquiatrizar la ética es un reduccionismo por completo inaceptable.
Lo que sí es cierto es que una formación adecuada de los profesionales en el manejo de los conflictos de valor en general, y de los morales en particular, contribuirá decisivamente a disminuir sus niveles de angustia, a incrementar la calidad de su actividad profesional y a aumentar su satisfacción personal en el trabajo. Mi tesis es que se trata, sin duda, de un buen procedimiento para mejorar su salud física y psíquica y para controlar el síndrome de desgaste profesional.
Más complicado es el tema de cómo debe ser esa formación. En 1988 publicó David Bernard, profesor del Departamento de Humanidades Médicas de la Universidad de Pennsylvania en Hershey, un artículo en el que se preguntaba por qué los médicos tenían tantas dificultades a la hora de enfrentar los problemas éticos.156 La cosa es tanto más extraña, pensaba, cuanto que a lo largo de estas últimas décadas la bioética ha ido poniendo a punto técnicas y procedimientos para manejar los conflictos más importantes; así, los relativos a la expresión de voluntades por parte de los pacientes, consentimiento informado, instrucciones previas, órdenes de no reanimación, rechazo de tratamientos vitales, etc. Sin embargo, no parece que esto haya ayudado mucho a los profesionales. El autor se preguntaba por qué esta especie de fracaso en el manejo de los conflictos de valor en medicina. Y la respuesta que se daba era que ese fracaso tiene dimensiones técnicas, comportamentales y éticas, pero que tiene también otras que él llama existenciales. La medicina está en contacto con lo más problemático del ser humano, el fracaso, el dolor, la enfermedad, la finitud, la muerte. Manejar estas dimensiones sin gran desgaste exige no sólo madurez técnica, psicológica y ética, sino también humana, existencial. El médico ha de ser una persona muy sana espiritual o existencialmente, so pena de no poder ayudar a los demás en esos trances tan críticos. Freud dijo que nadie puede ayudar a otro en un conflicto que él no tenga previamente resuelto. Y el conflicto de la medicina es, a fin de cuentas, el conflicto de la vida humana.




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