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El síndrome del «burn-out


En cualquier caso, cada día resulta más evidente que los médicos, y en general los profesionales de la salud, no saben cuidar de SÍ mismos ni ayudarse a si mismos. Eso es lo que viene a demostrar el llamado síndrome del burn-out. Hoy, como se sabe, es toda una epidemia. Conocemos que afecta más a los especialistas que a los médicos generales, llegando a cifras del 75 % en los grupos de residentes norteamericanos.134 En España afecta a los profesionales de modo diferente según la edad, el tipo de especialidad: (psiquiatría135, medicina de familia136, etc.), las condiciones de trabajo y otros factores, en un rango que va del 15 %137 al 66 % 138. En los países más desarrollados se alcanzaron cifras superiores al 50% hace aproximadamente una década.139 Esto es tanto más preocupante cuanto que padecer este síndrome posee devastadores efectos psicológicos en los profesionales, lo que tiene, entre otras consecuencias, la de un mayor número de errores técnicos.140
El síndrome del burn-out fue descrito por vez primera por el psicoanalista norteamericano Herbert J. Freudenberger en 1974.141 El término suele traducirse al castellano por «síndrome de desgaste profesional» (SDP), y se le conoce también con el nombre de «enfermedad de Tomás», en recuerdo del protagonista de la novela de Milan Kundera, La insoportable levedad de ser, un neurocirujano frustrado.142 No es que antes no existiera el término, ni que no se aplicara al desgaste profesional. Pero no tenia una caracterización precisa, y menos podía evaluarse mediante procedimientos objetivos. Freudenberger lo definió como «un estado de fatiga o de frustración que se produce por la dedicación a una causa, forma de vida o de relación que no produce el esperado refuerzo». No es exclusivo de los médicos, sino que afecta a todos aquellos que trabajan en profesiones de ayuda143 como los educadores144 o los trabajadores sociales, además de las enfermeras145 y en general, los profesionales sanitarios.146 El desgaste se debe a que estos profesionales reciben unas demandas excesivas por parte de las personal a las que atienden, que se ven incapaces de colmar. Poco a poco, se ven a sí mismos sobrepasados por las demandas a las que han de atender profesionalmente. En los años setenta ese síndrome empezó a ser muy frecuente. Y desde entonces las cifras no han hecho más que aumentar, hasta el punto de que hoy adquieren caracteres epidémicos en ciertos grupos profesionales. La situación es tan preocupante, que en distintos países de Europa, y en España en Cataluña, se han creado unidades dedicadas exclusivamente al manejo de los trastornos mentales graves (TMG), en especial drogodependencias, entre los profesionales sanitarios. El programa catalán, liderado por el Colegio de Médicos de Barcelona, se denomina «Programa de Atención Integral al Médico Enfermo» (PAIME).147 A pesar de su juventud, el centro se halla ya al borde de la saturación. La demanda es tal que no resulta fácil atenderla de modo adecuado. Se calcula que entre un 10 y un 12% de los médicos sufrirán problemas mentales o conductas adictivas a lo largo de su vida profesional.
El síndrome de desgaste profesional no debe confundirse, en cualquier caso, con otros limítrofes a él, como la «fatiga» profesional, la «depresión», o el «estrés profesional»148 y menos con el de enfermedad mental149, aunque sí puede actuar como desencadenante de cualquiera de ellos.150 Después de los trabajos de Perlman y Hartman151 y, sobre todo, de los de Maslach y Jackson152 este síndrome suele caracterizarse por tres tipos de factores, el agotamiento emocional (AE), la despersonalización de la actividad profesional (DP) y la menor esperanza de realización personal a través del trabajo profesional (PA). Estas variables son las que mide el cuestionario de burnout hoy más utilizado, el Maslach Burnout Inventory, o MBI. En cualquier caso, hay otro conjunto de escalas alternativas o complementarias, como la de clima social en el trabajo (WES), la escala de ansiedad y depresión hospitalarias (HADS), el índice de reactividad al estrés (IRE-32), el cuestionario de calidad de vida profesional (QVP-35)153, etc. Ni que decir tiene que cada uno mide dimensiones diferentes, y que las puntuaciones alcanzadas son también distintas.

Las razones del «burn-out»


De lo hasta aquí visto parece deducirse que el síndrome de desgaste profesional existía con anterioridad a la década de los setenta, pero que entonces experimento un importante incremento, hasta exigir su análisis pormenorizado. ¿Qué pasó en los años setenta? ¿A qué se debe que en los últimos treinta o cuarenta años la salud de los profesionales sanitarias haya disminuido de forma tan preocupante? ¿Por qué los médicos están ahora tan llenos de angustia, y por qué esto les impide cumplir dignamente con los objetivos de su profesión de ayudar a los demás en sus enfermedades y padecimientos?
Caben varias respuestas. No deja, en cualquier caso, de resultar significativo que ese fenómeno coincida en el tiempo con un conjunto de acontecimientos de enorme relevancia histórica. El primero es, sin duda, la explosión técnica. A partir de los años sesenta nuevas técnicas, de eficacia casi milagrosa, invaden la medicina. Piénsese, sólo como ejemplo, en las llamadas técnicas de soporte vital, que exigieron la apertura de unas unidades nuevas, las llamadas unidades de cuidados intensivos. Ellas permitieron gobernar de modo nuevo las situaciones críticas, y con ello manejar con verdadero dominio, por vez primera en la historia de la humanidad, los límites entre la vida y la muerte. Hasta hace muy poco era la naturaleza la que ponía fin a la vida de los seres humanos. Se hablaba de «muerte natural». Hoy casi, ninguna muerte es del todo natural. Toda muerte es más o menos intervenida por la medicina, y en muchos casos ya no es la naturaleza la que decide cuándo y cómo debe morirse, sino los profesionales. Ahora bien, esto ya no es sólo un problema técnico sino también un problema moral. La nueva tecnología ha incrementado los conflictos morales en medicina, tanto en el final de la vida como en el origen de la vida y en sus etapas intermedias. Y los conflictos morales, sobre todo si no se sabe resolverlos, generan angustia y disparan los mecanismos de defensa del yo.
Pero en los años sesenta y setenta pasaron más cosas. Son los años de eclosión de los movimientos en pro de los derechos civiles. Recuérdese la lucha de Martin Luther King por conseguir el disfrute de los derechos civiles de las minorías de color. Es también la época del auge del feminismo y de otros muchos movimientos de minorías, o no tan minorías, que reivindican ser tratadas en igualdad con los demás ciudadanos. Y es también el tiempo de aparición de los derechos de los enfermos. Estos reivindican también sus derechos. Poco después surgirá el movimiento antipsiquiátrico, de reivindicación de los derechos de los enfermos mentales. Nueva fuente de conflictos. Ahora resulta que los pacientes pueden exigir a los profesionales que tengan en cuenta sus valores y sus creencias en los procesos de toma de decisiones. Esto, ciertamente, no entraba en el modelo positivista. Ser testigo de Jehová no era un signo físico a tener en cuenta a la hora de indicar o no una transfusión sanguínea. ¿Qué hacer con los valores y las creencias de los pacientes? ¿Cómo manejarlos? Se trataba de fenómenos subjetivos, no objetivos, y que además debían comunicarse verbalmente, ya que no habla otro modo de explorarlos. Tenían las dos características que la medicina positivista tanto había despreciado, el ser subjetivos y el comunicarse a través de la palabra. ¿Qué hacer con ellos? La ignorancia, el desconocimiento, generan siempre zozobra, insatisfacción y angustia. De nuevo se planteaban conflictos morales para los que el médico no tenla respuesta. Y como consecuencia de ello, la angustia y el disparo de los mecanismos de defensa más primitivos, la negación, la ira, la racionalización, la agresión, etc.
Hay una tercera razón que permite entender por qué a partir de los años setenta se han disparado todas las alarmas. En 1973 hubo una famosa crisis económica, a partir de la cual todos los sistemas previsionales de salud de carácter público entraron en números rojos. Los gastos comenzaron a ser mayores a los ingresos, y conceptos que hasta entonces nadie conocía, como los de «distribución de recursos escasos» o «explosión de costes», empezaron a ser normales. Es entonces cuando comienza a hablarse de la «doble agencia» del profesional, que además de cuidar de la salud de su paciente tiene que velar también por la gestión correcta del gasto sanitario. Nuevo problema moral. ¿Cómo manejar correctamente estos valores, de una parte el valor que es la vida y la salud del paciente, y de otra el valor económico? Nueva situación de desconcierto, nueva crisis de angustia y nuevo disparo de los mecanismos de defensa.

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