Instituto de españa real academia nacional de medicina medice, cura te ipsum


Madurez emocional y control de la angustia



Descargar 392,56 Kb.
Página13/16
Fecha de conversión09.09.2017
Tamaño392,56 Kb.
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   16

Madurez emocional y control de la angustia


La tesis de Freud es que el analista ha de tener una aceptable salud psíquica, no sólo en su nivel consciente sino también en el inconsciente, lo que supone un grado considerable de madurez emocional y un control adecuado de la angustia, que le proteja contra la utilización de los mecanismos de defensa más irracionales y neuróticos. Para manejar muchos temas es necesario tener un inconsciente bastante oreado. Tienen que haberse abierto las puertas del inconsciente, permitiendo la entrada de aire fresco. La aireación la entiendo como el opuesto de la represión. Se reprime lo que no se es capaz de asumir, lo que nos domina, aquello que consideramos la parte oscura de nuestra personalidad. Esas partes oscuras en las que no entra la luz no ofrecen más que tinieblas. Y para los conductores de otros seres humanos son muy peligrosas.
Pues bien, la tesis que yo quiero defender aquí es que esto que Freud dice de los analistas hay que aplicarlo, mutatis mutandis, a los profesionales de la medicina. Y ello por la sencilla razón de que la medicina no es ni puede ser ya lo que el positivismo hizo de ella, aquello que Freud critica en el artículo antes citado, «Análisis profano». El positivismo nos enseñó a considerar las manifestaciones del paciente como «síntomas subjetivos», y los datos de la exploración física como «signos objetivos». Los historiadores de la medicina saben bien que estas definiciones de «síntoma» y «signo» no aparecen hasta la llamada «Escuela de París» de la primera mitad del siglo XIX. Sytoma y semeion son términos griegos, profusamente utilizados por los médicos hipocráticos. Pero su sentido era otro. Desde los hipocráticos hasta el siglo XIX, por signo se entendió siempre el dato que acompañaba siempre a una enfermedad, y que por tanto era patognomónico de ella, en tanto que se consideraba síntoma lo que podía acompañar o no al proceso morboso. Adviértase que aquí no aparecen por ningún lado los términos «subjetivo» y «objetivo». Éstos fueron introducidos por el positivismo. Este movimiento consideraba que había comenzado una tercera época en el desarrollo de la humanidad, tras la etapa mítica o primitiva y la especulativa o filosófica, que es la que habían inaugurado, precisamente, los pensadores griegos. Ahora se iniciaba la etapa positiva, gobernada por lo que Comte llamó el «régimen de los hechos». Por hechos se entendían los «hechos objetivos». Lo subjetivo era poco seguro y no podía ser objeto de tratamiento científico directo. Era necesario transformarlo en dato objetivo. Eso es lo que habían hecho las ciencias de la naturaleza desde la época de Galileo y Newton, y eso es lo que según Comte debían hacer las ciencias de la cultura, o las ciencias sociales. Si Comte es uno de los fundadores de la sociología como ciencia, es porque buscó elaborar una ciencia de la sociedad basada en hechos empíricos y objetivos, y no en meras especulaciones filosóficas.
Todo esto llegó a la medicina. La medicina positivista quiso seguir el modelo de las ciencias naturales. El título de la gran institución alemana de investigación científico-natural del siglo XIX, la Deutsche Gesellschaft fur Naturforscher und Árzte es buena prueba de ello. Por investigadores de la naturaleza, Naturforscher, se entendía los físicos, los químicos, los matemáticos, los biólogos, etc. En el siglo XIX se les añaden los médicos, Árzte, porque ellos han decidido seguir el mismo procedimiento. La medicina tiene que ser una ciencia como la física y la química. Y para ello van a fundar los grandes laboratorios de investigación experimental, en anatomía, en fisiología, en microbiología, etc. La clínica, por su parte, habrá de proceder conforme a un método estricto. Este método comienza del modo clásico, el que venía siendo usual desde el tiempo de los hipocráticos. De hecho, a las preguntas con que el clínico inicia la anámnesis, se las denomina «preguntas hipocráticas»: «Qué le sucede», «desde cuándo» y «a qué lo atribuye». Tras ellas, el médico investiga, también oralmente, los antecedentes familiares y personales del paciente. Todo muy clásico, como venía haciéndose desde hacía muchos siglos.
Pero a partir de ese momento, el estilo de la clínica cambia drásticamente. Se pasa a la llamada exploración física. Y ésta ya no tiene nada de clásico. El objetivo de la exploración es encontrar en el cuerpo del paciente signos físicos, mediante la inspección, palpación, percusión y auscultación, así como mediante las pruebas complementarias. Los datos aquí ya no se transmiten por la palabra, mediante el diálogo con el paciente, sino a través de los sentidos del médico y de instrumentos que amplían su capacidad de ver, de oír, etc. La exploración es básicamente muda. Y lo que nos da no son las sensaciones subjetivas del paciente, sino datos objetivos, signos físicos o químicos.
Pero lo más importante del método clínico positivista no está en eso, sino en la afirmación tajante de que las tres decisiones que ha de tomar el clínico, la diagnóstica, qué le pasa a este paciente, la pronostica, cómo va a evolucionar, y la terapéutica, qué puedo hacer por él, han de tomarse a la vista de los signos clínicos, es decir, de los datos ofrecidos por la exploración, y sólo a la vista de ellos. Esto es importante decirlo con un cierto énfasis, porque por lo general los clínicos no son conscientes de ello, a pesar de que lo estén practicando cotidianamente. El método positivista no permite que el clínico diagnostique a través de los síntomas, si se excluye la psiquiatría, e incluso en ella habría que hacer varios distingos. Al diagnóstico se llega mediante los signos físicos, no por los síntomas. Y cuando un paciente tiene síntomas pero somos incapaces de verificarlos mediante signos físicos, no podemos diagnosticarle de nada orgánico, y lo más que podemos hacer es remitirlo al psiquiatra.
Esto significa, cuando menos, dos cosas: que el método clínico positivista infravalora hasta límites insospechados el valor clínico del síntoma y de la palabra. Ahora bien, si algo intentó Freud con toda su obra, fue precisamente revalorizar ambos, el síntoma y la palabra; dicho de otro modo, el mundo del espíritu, el mundo del psiquismo. Eso tiene una enorme importancia en la vida de los seres humanos, y dejarlo de lado, como ha hecho la medicina, es cerrarse la puerta a la intelección cabal de la vida de los seres humanos, y por tanto también de su salud y de su enfermedad. Si se deja fuera todo ese mundo, sin duda el más importante, entonces el médico es un mero técnico al que no cabe aplicar el «médico, cúrate a ti mismo», ya que no tiene que conducir a los demás, ni ser su maestro, ni su modelo, ni tampoco su sacerdote o su gobernante. Pero en caso contrario, lo que hay que decir es que la salud de los profesionales sanitarios será muy baja, ya que al reducir su formación profesional a los aspectos puramente objetivos y técnicos, dejan fuera todo el mundo del espíritu, lo que probablemente les va a llevar a no saber interactuar correctamente con sus pacientes y a llenarse de angustia. Los médicos positivistas no necesitan una gran madurez psicológica; basta con que tengan una adecuada formación técnica. Lo que cabe preguntarse es sí los tales responden a lo que tradicionalmente se ha entendido por un médico y lo que la sociedad espera de ellos.

5. EL CONTEXTO PROFESIONAL: CUÍDATE A TI MISMO
«Sálvate a ti mismo», «cúrate a ti mismo», «conócete a ti mismo», «analízate a ti mismo». Parecería que con esto ya está todo. Pero aún falta algo más. Porque todo eso confluye en un último punto, el de saberse ayudar uno a sí mismo, el de cuidarse a uno mismo. Es el tema del cuidado del cuidador y en especial del autocuidado, hoy tan de actualidad. La relación de ayuda desgasta, y si no se sabe manejar muy bien, hace que los cuidadores tengan que abandonar su rol activo y convertirse en sujetos pasivos, necesitados ellos también de cuidados.
Si algo ha descubierto el último siglo es la importancia del «autocuidado». Y ello por una razón a la postre filosófica. Es que de no ser así, el sujeto cuidado asume un rol pasivo y, en tanto que tal, muy poco autónomo y humano. Los cuidados se han entendido tradicionalmente con criterios verticales, de cuidador y cuidado, el primero activo y con deber de mando, y el segundo pasivo y con deber estricto de obediencia. Ha sido una relación que, cuando se extrema, termina en conductas sadomasoquistas, del tipo yo mando/tú obedeces. Lo cual explica la frecuencia del maltrato en las relaciones de cuidado, tanto de niños como de ancianos.
Esto permite entender por qué a partir de mediados del siglo XIX la frase «médico, cúrate a ti mismo», ha comenzado a tener un nuevo significado, el de cuida de ti mismo, atrévete a ser autónomo, a tener cuidado de ti mismo y no endosar sobre los demás lo que son obligaciones tuyas.
No es un azar que Federico Nietzsche, el gran fustigador de la historia europea anterior, el pensador que otea una nueva época en la que el servilismo de periodos anteriores desaparecerá, escriba en Así habló Zaratustra: «Médico, ayúdate a ti mismo: así ayudas también a tu enfermo. Sea tu mejor ayuda que él vea con sus ojos a quien se sana a sí mismo».133




1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   16


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2019
enviar mensaje

    Página principal