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Conflictos inconscientes y relación de ayuda



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Conflictos inconscientes y relación de ayuda


Freud sí advirtió al final de su vida, sin embargo, que alguien que quiere ayudar a los demás en su vida necesita tener antes resuelto el conflicto en el que quiera ayudar. Este es un tema importantísimo. Abramos uno de los últimos trabajos escritos por Freud, el titulado Análisis terminable e interminable. Es del año 1937, dos antes de su muerte. Es, pues, una de sus últimas obras, en la que expresa su pensamiento más maduro. Abramos el capitulo séptimo, el penúltimo. En él comienza Freud citando una conferencia dada por Sandor Ferenczi diez años antes, en 1927, en el Congreso de Psicoanálisis de Imsbruck, a propósito de la terminación del análisis. La tesis de Ferenczi es que el éxito de la terapia psicoanalítica depende de que el analista haya aprendido de sus propios «errores y equivocaciones» y haya corregido los «puntos débiles de su personalidad». Nadie puede ayudar a otro en un conflicto que él mismo no tenga resuelto. Como es bien sabido, este es el origen del llamado «análisis didáctico».
Tras esta introducción, Freud comienza su análisis del tema. Un terapeuta que no haya alcanzado un cierto nivel de normalidad no puede ser útil para los pacientes. Y eso es, piensa Freud, lo que sucede con demasiada frecuencia. Su tesis en este capítulo es que los psicoterapeutas no tienen muchas veces la madurez psicológica a la que intentan conducir a sus pacientes.

No puede negarse que los psicoanalistas no han llegado invariablemente en su propia personalidad al nivel dé normalidad psíquica hasta el cual desean conducir a sus pacientes.123


¿Podrán ayudarles o serles útiles en tal situación? Freud comienza buscando las razones para decir que si, que en esas condiciones también pueden ayudarles; más aún, que es bueno padecer la enfermedad o tener el conflicto del paciente para comprenderle en su padecimiento y poderle ayudar. Y escribe:

Con frecuencia los enemigos del psicoanálisis señalan este hecho con burla y lo utilizan como un argumento para demostrar la inutilidad de las técnicas psicoanalíticas. Podríamos rechazar esta crítica diciendo que presenta exigencias injustificables. Los psicoanalistas son personas que han aprendido a practicar un arte peculiar; además de esto, ha de permitírseles que sean seres humanos como los demás. Al fin y al cabo nadie mantiene que un médico es incapaz de tratar las enfermedades internas si no están sanos sus propios . órganos internos; por el contrario, puede argumentarse que existen ciertas ventajas en que un hombre que se halla amenazado por la tuberculosis se especialice en el tratamiento de personas que sufren esta enfermedad.124


Como se habrá advertido, Freud vuelve sobre el tema del médico sano o el médico enfermo, y dice que, en primer lugar, el médico no tiene que estar sano para curar al paciente, y en segundo, que el padecer la misma enfermedad del paciente puede ayudarle a entender a éste y poner remedio a su problema. Freud, pues, está a mil leguas de la vieja sentencia hipocrática de que el médico tiene que estar sano para poder infundir confianza al ,enfermo y de ese modo serle útil. En el orden propio de las enfermedades orgánicas o somáticas, el medice, cura te ipsum ha dejado de tener vigencia. Parece más bien lo contrario, que el haber sufrido la enfermedad del paciente puede ayudarle al médico en el proceso terapéutico.
Pero una vez dicho todo esto, Freud toma distancia respecto de la citada opinión y dice que si bien eso puede ser cierto en el orden de las enfermedades somáticas, no lo es, desde luego, en el de las psíquicas, y menos en el de las relaciones psicoanalíticas.

En tanto es capaz de trabajar, un médico que sufra de los pulmones o del corazón no se halla impedido para diagnosticar y tratar enfermedades internas, mientras que las condiciones especiales del trabajo psicoanalítico hace que los propios defectos del analista interfieran en el correcto establecimiento por él del estado de cosas en su paciente y le impidan reaccionar de un modo eficaz. Por tanto, es razonable esperar de un psicoanalista -como parte de sus calificaciones- un grado considerable de normalidad y de salud mentales. Además, ha de poseer alguna clase de superioridad, de modo que en ciertas situaciones analíticas pueda actuar como modelo para su paciente y en otras como maestro. Y, finalmente, no debemos olvidar que la relación psicoanalítica está basada en un amor a la verdad -esto es, en el reconocimiento de la realidad- ya que esto excluye cualquier clase de impostura o engaño.125


«Un grado considerable de normalidad y de salud mentales»

En el orden de las enfermedades psíquicas no sucede, según Freud, lo mismo que en el de las somáticas. Aquí el terapeuta tiene que haber alcanzado el grado de normalidad al que quiere conducir a su paciente. Por tanto, ha de tener resueltos los conflictos en los que quiere ayudar a los demás. Aquí sí sirve el medice, cura te ipsum. Nadie puede ayudar a otro en aquello que él mismo no tenga resuelto. Un analista puede haber sido un neurótico, o puede haber tenido conflictos graves. Eso no sólo no es negativo en sí, sino que puede ser hasta positivo, en tanto en cuanto puede permitirle entender mejor la situación de su paciente. Pero es absolutamente necesario que haya salido de ahí antes de pretender ayudar a los demás en ese tema concreto. El analista tiene que haberse curado antes a sí mismo que a los demás. En caso contrario, les producirá más mal que bien.


Freud dice más en el párrafo transcrito. Dice que del terapeuta se espera no sólo que esté a la altura del paciente, o que tenga la normalidad a la que éste aspira, sino algo más. Freud dice que el terapeuta tiene que tener «alguna clase de superioridad», ya que va a ser para él «modelo» y «maestro». Este tema de la superioridad que se pide de él se explicita más ampliamente en el párrafo que sigue. En él trata de responder Freud a la objeción de que si se pone el listón tan alto, difícilmente va a poder superarlo nadie. A Freud esto le conmueve. Del psicoterapeuta se exige mucho, casi todo, o todo. Se le exige, casi, la perfección. Por eso dice de él que tiene su más sincera simpatía

por las exigentes demandas que ha de satisfacer al realizar sus actividades. Parece casi como si la de psicoanalista fuera la tercera de esas profesiones 'imposibles' en las cuales se está de antemano seguro de que los resultados serán insatisfactorios. Las otras dos, conocidas desde hace mucho más tiempo, son la de la educación y del gobierno.126


El texto no tiene desperdicio. Freud pone en relación el rol de analista con el del pedagogo y el del gobernante. De todos ellos se pide la perfección, la excelencia. Nadie puede enseñar a otro aquello que él no sepa y practique, ni puede gobernar a los demás si no sabe gobernarse a sí mismo. Esto es lo propio y característico de las «profesiones», término que utiliza el mismo Freud. En las profesiones, en esos roles sociales que tienen como objetivo la conducción no sólo del propio sujeto sino también de los demás, nada menos que la excelencia es de recibo. En ellas, pues, sí cabe aplicar el proverbio: «médico, cúrate a ti mismo». Como ejemplo de profesiones pone la de profesor y la de gobernante. Pero no son las únicas. Hay otras. Las tres profesiones tradicionales son las de sacerdote, gobernante y médico, a las que, efectivamente, se ha añadido siempre la de maestro o profesor. Quizá Freud ha excluido al médico de su elenco, dado que antes ha dicho de él que no tenla que estar sano para poder curar a sus pacientes. Tampoco parece que Freud le exija la salud psíquica. No hay más que leer otra de sus obras, Psicoanálisis y Medicina (Análisis profano)127 para comprender por qué. Freud considera que la medicina ha reducido su campo, desde la época del positivismo, al ámbito de los llamados signos físicos, los que el médico puede identificar en el proceso de exploración del paciente, minusvalorando hasta extremos inconcebibles tanto el síntoma, es decir, la sensación subjetiva del paciente, como la palabra, la comunicación verbal. De ahí que concluya:

No creemos deseable que el psicoanálisis sea devorado por la Medicina y encuentra su última morada en los textos de Psiquiatría, capítulo sobre la terapia, y entre métodos tales como la sugestión hipnótica, la autosugestión y la persuasión, que, extraídos de nuestra ignorancia, deben sus efectos, poco duraderos, a la pereza y la cobardía de las masas humanas. Merece mejor suerte, y hemos de esperar que la logre.128


No, Freud no cree que la Medicina, definida al modo del positivismo, convertida en ciencia positivista, reducida a esos escuetos límites, sea una «profesión imposible» o «profesión de excelencia», y que deba exigirse a sus miembros la aspiración a la excelencia y el equilibrio psíquico, la madurez psicológica y humana que son necesarias en la educación y en el gobierno. En la medicina, como ya hemos visto, no es hoy de recibo el medice, cura te ipsum. Cuando todo se convierte en pura técnica que maneja datos objetivos y mensurables, todo eso sobra. ¿Pero y si la medicina no fuera eso9 ¿Y si el concepto positivista de medicina necesitara una radical revisión, y fuera necesario revalorar los síntomas y reintroducir en el acto médico la palabra? ¿Y si el médico tuviera algo de sacerdote, de pedagogo y de gobernante, y no fuera un mero técnico que maneja hechos y cifras? En ese caso a lo mejor hay que reintroducir a la medicina en ese grupo de profesiones en las que Freud considera que es necesaria no sólo una profunda normalidad psíquica, sino también «alguna clase de superioridad». A este nuevo médico habría que aplicarle, prácticamente, lo mismo que Freud dice del analista. Lo cual significa, cuando menos, que sí le sería aplicable el medice, cura te ipsum. Más tarde reaparecerá el tema.
Sigamos con el estudio del capítulo séptimo de Análisis terminable e interminable. En el último párrafo que hemos comentado, Freud ha puesto al analista al nivel del pedagogo y del gobernante, y le ha exigido una cierta «superioridad», al menos, la misma normalidad psíquica a la que aspira conducir a sus pacientes. Pero pronto se da cuenta que exigiendo eso, va a ser difícil que alguien pueda desempeñar dignamente ninguno de esos roles. Freud se hace cargo de ello, y por eso añade acto seguido que no es preciso que el aspirante a terapeuta no tenga conflictos psicológicos. Lo que es necesario es que sea capaz de verlos como tales, como conflictos, que pueda elevarlos desde el inconsciente a la conciencia y, de ese modo, resolverlos. Por eso escribe:

Evidentemente, no podemos pedir que el que quiera ser psicoanalista sea un ser perfecto antes de emprender el análisis; en otras palabras, que sólo tengan acceso a la profesión personas de elevada y rara perfección. Pero ¿dónde y cómo adquirirá el pobre diablo las calificaciones ideales que ha de necesitar en su . profesión? La respuesta es: en un psicoanálisis didáctico, con el que empieza su preparación para su futuras actividades. Por razones prácticas este análisis sólo puede ser breve e incompleto. Su objetivo principal es capacitar a su profesor para juzgar si el candidato puede ser aceptado para un entrenamiento posterior. Habrá cumplido sus propósitos si proporciona al principiante una firme convicción de la existencia del inconsciente, si le capacita, cuando emerge material reprimido, para percibir en él mismo cosas que de otro modo le resultarían increíbles y si le muestra una primera visión de la técnica que ha demostrado ser la única eficaz en el trabajo analítico.129

Todo esto significa que para desempeñar ciertos roles, y concretamente el de psicoterapeuta, es preciso que la persona haya puesto en orden antes su casa, es decir su inconsciente, se haya sometido a un proceso de formación y maduración. No en vano el procedimiento que propone Freud se conoce con el nombre de «análisis didáctico». Se trata de un proceso de aprendizaje, en el que, dice, el candidato tome conciencia de su inconsciente y del material reprimido que en él habita, y conozca los mecanismos por los que se rige y la técnica de su manejo. En el capítulo segundo de «Análisis profano» (1926), Freud lo describe así:

Cuando damos a nuestros discípulos una clase teórica de psicoanálisis, observamos la poca impresión que en ellos hacen nuestras palabras. Escuchan las teorías analíticas con la misma frialdad que las demás abstracciones con que en su vida de estudiantes se los ha alimentado. Por esta razón, exigimos que todo aquel que desea practicar el análisis se someta antes él mismo a un análisis, y sólo en el curso del mismo, al experimentar en su propia alma los procesos postulados por las teorías analíticas, es cuando adquiere aquellas convicciones, que han de guiarle luego en su práctica analítica.130


La función del análisis didáctico es el proceso de análisis del propio analista, la terapia del propio terapéutica: de nuevo, bajo nuevo rostro, el «médico, cúrate a ti mismo»
Veamos más concretamente lo que el análisis didáctico implica. Es algo que Freud expone páginas antes, en «Análisis terminable e interminable». El inconsciente tiene su propia lógica, que desde luego es distinta de la del mundo exterior. El inconsciente busca la satisfacción emocional. La realidad exterior también tiene su propia lógica, que muchas veces es incompatible con la satisfacción de nuestros deseos emocionales. Entonces aparece el conflicto, el conflicto psíquico. Como escribe Freud, «el aparato psíquico no tolera el displacer, ha de eliminarlo a toda costa, y si la percepción de la realidad lleva consigo displacer, aquella percepción -esto es, la verdad- debe ser sacrificada».131 Este sacrificio es necesariamente una agresión a nuestro propio psiquismo. Y tal agresión hace que éste reaccione siempre del mismo modo, generando angustia. La angustia es el síntoma diana de la agresión psíquica, lo mismo que el dolor lo es de la somática. Lo que agrede nuestro psiquismo genera angustia; angustia, por supuesto, inconsciente. Y dispara, también de modo inconsciente, los que a partir de 1926 se llaman «mecanismos de defensa». El primer mecanismo que descubrió y describió Freud fue el de la «represión». La realidad exterior nos exige reprimir muchos de nuestros deseos. Esto hace que tengamos que reprimir continuamente nuestros impulsos más profundos. Pero la represión no sólo no es el único modo, o el único mecanismo de defensa que el psiquismo tiene para librarse de la angustia, sino que para el tema que a nosotros nos ocupa, no es el más importante. En las neurosis de la edad adulta, los conflictos no son tanto del ello con el yo, cuanto del super yo con el yo. Este es un tema que Freud no supo analizar bien, y sus discípulos menos, a pesar de la amplia literatura que existe sobre la cuestión de ética y psicoanálisis. El conflicto entre la conciencia moral y la realidad exterior genera angustia. El modo de protegerse contra las agresiones físicas es la. huida. ¿Hay algo así como una huida psíquica? Freud parece dudarlo:

Donde existen peligros externos el individuo puede ayudarse por algún tiempo mediante la huida y la evitación de las situaciones de peligro hasta que más tarde sea bastante fuerte para desplazar la amenaza mediante la alteración activa de la realidad. Pero no podemos huir de nosotros mismos; la huida no es un remedio frente al peligro interno. Y por esta razón los mecanismos defensivos del yo están condenados a falsificar nuestra percepción interna y a damos solamente una imagen imperfecta y desfigurada de nuestro ello. Por tanto, en su relación con el ello, el yo queda paralizado por sus restricciones o cegado por sus errores, y el resultado de esto en la esfera de los acontecimientos psíquicos sólo puede ser comparado al hecho de pasear por un territorio que no se conoce y sin tener un buen par de piernas.132


En el orden físico la huida es posible, y todos la practicamos ante situaciones de conflicto. El médico, también. Pero en el orden estrictamente psicológico la huida es imposible. Aquí no se arreglan las cosas con un buen par de piernas. No nos queda más remedio que protegemos distorsionando la realidad; es decir, «negándola». La negación es en el orden psicológico lo que la huida es en el físico: el rechazo de la realidad. La negación es el mecanismo de defensa más frecuente, el que se dispara antes. Cuando algo nos provoca angustia, inmediatamente lo negamos. Y cuando la negación deja de protegemos, como no podemos huir, lo más lógico es que plantemos cara al asunto e iniciemos una batalla, es decir, que agredamos. La agresión es otro mecanismo de defensa, generado por la angustia inconsciente que nos invade.




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