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El malestar en la cultura occidental


La obra de Freud es la consecuencia directa del descubrimiento del papel de las emociones en la vida humana. Esto, que puede parecer hoy un tópico, ha sido un hallazgo muy reciente en la cultura occidental. A veces no nos damos cuenta que nuestra tradición cultural ha tenido auténtico odio a los sentimientos y que les declaró, ya desde la época griega, una verdadera guerra sin cuartel. Lo más propiamente humano del ser humano es la razón, el logos, y todas esas otras dimensiones de la vida humana que se caracterizan por ser irracionales, como los sentimientos, las emociones, las pasiones, etc., son tenidas como inferiores y, por tanto, consideradas más propias de animales que de seres humanos. El resultado fue toda una estrategia de represión y anulación de los sentimientos. El ejemplo paradigmático de esto lo tenemos en la filosofía estoica, sin duda la de mayor influjo en la conducta práctica de los hombres occidentales hasta bien entrado el mundo moderno. Zenón, el fundador de la secta, escribió un tratado Sobre las pasiones en el que sostenía la tesis de que la pasión es un páthos o enfermedad, una enfermedad de la razón. «Las pasiones del alma humana son deformaciones de la razón y juicios errados de la misma», según el testimonio de Temistio.108
Muchos siglos después, en 1649, René Descartes publica otro libro de título similar, Las pasiones del alma.109 El titulo es prácticamente el mismo, pero el contenido es sensiblemente distinto. De hecho, se trata de toda una apología de las pasiones. El último capítulo del libro se titula «Sólo de ellas depende todo el bien y el mal de esta vida».110 Es el comienzo de la reivindicación moderna de la - vida emocional. En el siglo XVIII, por influencia sobre todo del pensamiento británico, el viejo término «pasiones» cede el lugar a otro más moderno, el de «sentimientos». Empieza a hablarse de la importancia de los sentimientos en la vida humana. Autores como Shafterbury y Hutcheson son auténticos pioneros de esta hazaña. Ello hará que a finales del siglo xviii la vieja división de las facultades o potencias del alma en memoria, entendimiento y voluntad, ceda el paso a esta otra: conocimiento, sentimiento, tendencia, o pensamientos, sentimientos, voliciones. Los sentimientos se sitúan por vez primera en el mismo rango que la razón.
Pero esto, que sucede tenuemente en filosofía, no pasa a la vida práctica. No es un azar que Descartes tuviera miedo a publicar su defensa de las pasiones en vida. De hecho, la ética del siglo XIX sigue fustigando las pasiones, conforme al esquema clásico. Ése es el contexto de la obra de Freud, el que explica toda su obra. Freud fue el gran develador de la patología generada por la negación y represión de la vida emocional. Si los estoicos habían caracterizado las pasiones como patológicas, Freud va a desenmascarar toda la patología que hay en la negación y represión de la vida emocional.
Laín Entralgo, como historiador de la cultura y de la medicina, y como filósofo y antropólogo, vio muy tempranamente la importancia de esta hazaña, que Freud expresa mediante el concepto de «libido». Uno de los puntos que destaca en su escrito de 1943 La obra de Segismundo Freud es la nueva importancia concedida a las emociones en la lógica propia de la vida humana.111 Con Freud se produce, afirma años después, «la estimación diagnóstica y terapéutica del componente instintivo de la vida humana [ ... ] Cualquiera que haya sido la ulterior interpretación psicológica, física y metafísica de la libido freudiana, Freud supo hacer ver que ese 'lazo' [de la vida psíquica] se halla constituido, vivencial y operativamente, por los sentimientos, impulsos e instintos vitales»112
Pero hay un segundo factor en la obra freudiana que Laín Entralgo considera fundamental. Es el valor terapéutico de la palabra. Freud es en ese sentido la antítesis de la medicina positivista. En la clínica positivista de la segunda mitad del siglo XIX, la palabra no jugó ningún papel importante. Su punto de partida era que durante la fase verbal de la relación clínica o anámnesis, el médico sólo podía acceder al conocimiento de las sensaciones subjetivas del paciente, lo que la medicina del siglo XIX dio en llamar «síntomas», que por definición son subjetivos, lo cual en el argot positivista significa tanto como no fiables. De ahí que el médico debiera pasar cuanto antes a la segunda y más importante parte del acto clínico, la exploración, que es muda, y en la que el médico accede, bien directamente, bien a través de instrumentos, al conocimiento objetivo de la enfermedad del paciente. El diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento debían basarse en signos objetivos, que eran los verdaderamente científicos. De ahí que, conforme a la sentencia que acuñó Virgilio y que recuerda Laín Entralgo al comienzo de su gran libro La curación por la palabra en la Antigüedad clásica, la clínica del siglo XIX fuera muta ars, arte muda.113 Con Freud esto cambia radicalmente. Hay una reivindicación de la importancia del síntoma, y con ello también de la palabra como vehículo de expresión de emociones, deseos, esperanzas, creencias, valores, etc. Eso es la vida humana, y eso es también la enfermedad. No verlo así es cerrar los ojos a la evidencia. Esa ceguera es, sin duda, una de las características más significativas de la cultura occidental a todo lo largo de su historia. Con Freud se produce, dice Laín,

el descubrimiento de la rigurosa necesidad del diálogo con el enfermo, así para el diagnóstico como para el tratamiento de su enfermedad. Antes de Freud, la patología había sido preponderante o exclusivamente visual: hasta los datos percibidos acústicamente eran referidos a imágenes y medidas vistas o visibles y de ahí el nombre de 'estetoscopio' que dio Laennec al aparato por él inventado. Desde Freud, en cambio, la patología es, a la vez que visual y táctil, también auditiva, atenta a zonas del ser y de la vida del hombre susceptibles de audición, comprensión e interpretación, mas no de intuición eidética. La histeria de Charcot fue siempre, hasta cuando se la miraba desde el punto de vista del mecanismo de sus síntomas, histeria ex Visu; la histeria de Freud, en cambio, fue desde el primer momento histeria ex auditu.114


Cuando se busca la prehistoria del psicoanálisis, suele acudirse inmediatamente a los autores alemanes de la época de la Naturphilosophie, y en especial a su elaboración del concepto de inconsciente. A mi modo de ver se trata de una soberbia simplificación del problema. El psicoanálisis hay que situarlo en un contexto histórico mucho más amplio, que hunde sus raíces en los mismos orígenes de la cultura occidental. Y a la vez en un contexto próximo más estricto, el de la crisis de la razón absoluta y especulativa que se produce inmediatamente después de la muerte de Hegel y da origen al surgimiento de una racionalidad concreta, situada, circunstanciada, más rica que la anterior, pero a la vez también más débil. Las denominaciones serán variadas según los autores: razón vital, razón histórica, razón emocional, razón situada, razón hermenéutica, razón débil, etc. El psicoanálisis carece de sentido alejado de ese contexto. A propósito precisamente de Freud, Laín Entralgo recuerda una frase de Hegel que resume perfectamente todo esto. Se encuentra en el prólogo a la Fenomenología del espíritu y dice así: «Lo verdadero es el torbellino de las bacantes, ése en el cual no hay miembro que no esté embriagado».115 Y es que para el hombre contemporáneo, como dice el propio Laín, «la vida humana» no es «racional».116 Es, o pretendemos que sea, razonable. Tal es el objetivo de la psicoterapia y tal también el de cualquier actividad específicamente humana.
Tomando el contexto cultural descrito como marco de nuestro análisis, veamos ahora el modo como lo desarrolla Freud. El objeto de su dedicación va a ser el mundo de lo inconsciente, es decir, de lo que se encuentra encerrado en la instancia que más tarde llamaría el Ello. Por eso denominó a su doctrina «Psicología profunda». Sólo más tarde comenzará a ocuparse de otra dimensión, la del «Yo», y únicamente al final de su vida, y de modo muy insuficiente, estudió el mundo de lo que llamó «Súper yo». El objetivo primario de la obra de Freud fue el análisis del inconsciente, es decir, de todas aquellas fuerzas psíquicas, fundamentalmente emocionales, que se caracterizan no sólo por no ser racionales sino por no ser ni siquiera conscientes, y que sin embargo juegan un papel fundamental en la vida humana. El análisis de lo humano inconsciente. Ése fue su objetivo. Es a partir de él como- más tarde se ocupará de los otros dos estratos del psiquismo humano, el Yo y el Súper-yo.

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