Inmediatismo



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INMEDIATISMO
Radio Sermonettes
Hakim Bey

Traducción: Carlos Barona

Virus Editorial c/ Vistalegre, 9 bajos 08001 Barcelona

PRÓLOGO -- Anarquía ontológica en pocas palabras
Puesto que absolutamente nada puede ser predicado con alguna certidumbre real acerca de la "verdadera naturaleza de las cosas", todos los proyectos (como dice Nietzsche) sólo pueden estar "basados en nada". Y aun así debe haber un proyecto --aunque sea sólo porque nos resistimos a ser categorizados como "nada". A partir de la nada haremos algo: el Levantamiento, la revuelta contra todo lo que proclama: "La Naturaleza de las Cosas es tal-y-tal". Estamos en desacuerdo, somos antinaturales, somos menos que nada ante los ojos de la Ley: Ley Divina, Ley Natural o Ley Social, escoge la que quieras. A partir de la nada imaginaremos nuestros valores, y por este acto de invención viviremos.

Mientras meditamos sobre la nada nos damos cuenta de que aunque no puede ser definida, a pesar de todo paradójicamente podemos decir algo sobre ella (incluso aunque sólo sea metafóricamente): --parece ser un "caos". Como mito antiguo y como "nueva ciencia" por igual, el caos está en el corazón de nuestro proyecto. La gran serpiente (Tiamat, Pitón, Leviatán), el Caos original de Hesiodo, preside el vasto y largo sueño del Paleolítico --antes de todos los reyes, sacerdotes, agentes del Orden, la Historia, la Jerarquía, la Ley. "Nada" empieza a tomar una cara --el suave, sin rasgos, rostro-de-huevo o calabaza del Sr. Hun-Tun, el caos-como-convertirse, el caos-como-exceso, la generosa efusión de la nada dentro de algo.

En efecto, el caos es vida. Toda confusión, toda revuelta de color, toda urgencia protoplásmica, todo movimiento--es caos. Desde este punto de vista, el Orden aparece como muerte, cesación, cristalización, ciencia ajena.

Los anarquistas han estado proclamando durante años que "la anarquía no es el caos". Incluso el anarquismo parece querer una ley natural, una moralidad interior e innata en la materia, una entelequia o propósito-de-ser. (No mejores que los Cristianos en este aspecto, o eso creía Nietzsche --radicales sólo en lo profundo de su resentimiento. El anarquismo dice que "el Estado debería ser abolido" sólo para instituir una nueva forma de orden más radical en su lugar. La Anarquía Ontológica replica en cambio que ningún "estado" puede "existir" en el caos, que todas las afirmaciones ontológicas son espurias excepto la afirmación del caos (que sin embargo es indeterminado), y por tanto que la gobernación de cualquier tipo es imposible. "El caos nunca murió." Cualquier forma de "orden" que no hayamos imaginado y producido directa y espontáneamente en pura "libertad existencial" para nuestros propios propósitos celebratorios es una ilusión.

Desde luego, las ilusiones pueden matar. Imágenes de castigo rondan el sueño del Orden. La Anarquía Ontológica propone que despertemos y creemos nuestro propio día -incluso en la sombra del Estado, ese gigante pustulado que duerme, y cuyos sueños de Orden metastatizan como espasmos de violencia espectacular.

La única fuerza lo bastante significativa para facilitar nuestro acto de creación parece ser el deseo, o como Charles Fourier lo llamó, la "Pasión". Igual que Caos y Eros (junto con la Tierra y la Vieja Noche) son las primeras deidades de Hesíodo, así también ninguna empresa humana ocurre fuera de su cosmogénico círculo de atracción.

La lógica de la Pasión lleva a la conclusión de que todos los "estados" son imposibles, todos los "órdenes" ilusorios, excepto los del deseo. No hay ser, sólo convertirse -de ahí que el único gobierno viable sea el del amor, o la "atracción". La Civilización meramente se oculta a sí misma --detrás de una delgada cobertura estática de racionalidad-- la verdad de que sólo el deseo crea valores. Y así los valores de la Civilización están basados en la negación del deseo.

El capitalismo, que afirma producir el Orden mediante la reproducción del deseo, de hecho se origina en la producción de la escasez, y sólo puede reproducirse en la insatisfacción, la negación y la alienación. Mientras el Espectáculo se desintegra (como un programa de Realidad Virtual que funcione mal) revela los huesos descarnados de la Mercancía. Como esos viajeros en trance de los cuentos de hadas Irlandeses que visitan el Otro Mundo y parecen comer delicias sobrenaturales, nos despertamos en un legañoso amanecer con cenizas en nuestras bocas.

El Individuo vs. el Grupo --el Yo vs. el Otro-- Una dicotomía falsa propagada a través de los Medios de Control, y por encima de todo mediante el lenguaje. Hermes --el Ángel-- el medio es el Mensajero. Todas las formas de comunicatividad deberían ser angélicas --el propio lenguaje debería ser angélico-- una especie de caos divino. En cambio está infectado con un virus autoreplicante, un cristal infinito de separación, la gramática que nos impide matar a Nadiepapá de una vez por todas.

El Yo y el Otro se complementan y completan mutuamente. No hay Categoría Absoluta, ni Ego, ni Sociedad --sino sólo una trama caóticamente compleja de relación-- y el "Atractor Extraño", la propia atracción, que evoca resonancias y modelos en el flujo del convertirse.

De esta turbulencia surgen valores, valores que están basados en la abundancia en vez de en la escasez, en el regalo más que en la mercancía, y en la mejora sinergética y mutua mejora del individuo y el grupo; --valores que en todos los aspectos son los opuestos de la moralidad y la ética de la Civilización, porque tienen que ver con la vida en vez de la muerte.

"La Libertad es una habilidad psicokinética"-no un nombre abstracto. Un proceso, no un "estado" --un movimiento, no una forma de gobernación. La Tierra de los Muertos conoce ese Orden perfecto ante el que lo orgánico y lo animado retroceden horrorizados --lo que explica porqué la Civilización del Resbalarse esta más que medio enamorada de la muerte cómoda. De Babilonia y Egipto al Siglo XX, la arquitectura del Poder nunca ha podido ser realmente distinguida de los túmulos de las necrópolis.

El Nomadismo y el Levantamiento, nos proporcionan posibles modelos para una "vida cotidiana" de Anarquía Ontológica. Las perfecciones cristalinas de la Civilización y la Revolución dejan de interesarnos cuando hemos experimentado ambas como forma de Guerra, variaciones sobre ese viejo y canado Timo Babilónico, el mito de la Escasez. Como el beduino escogemos una arquitectura de pieles --y una tierra llena de lugares de desaparición. Como la Comuna, escogemos un espacio liquido de celebración y riesgo en lugar del yermo helado del Prisma (o Prisión) del Trabajo, la economía del Tiempo Perdido, el rictus de nostalgia por un futuro sintético.

Una poética utópica nos ayuda a conocer nuestros deseos. El espejo de la Utopía nos proporciona una especie de teoría critica que ninguna mera política práctica ni filosofía sistemática pueden esperar desarrollar. Pero no tenemos tiempo para una teoría que meramente se limita a la contemplación de la utopía como "lugar sin-lugar" mientras lamenta la "imposibilidad del deseo". La penetración de la vida cotidiana por lo maravilloso --la creación de "situaciones"-- pertenece al "principio material corporal", y a la imaginación, y al tejido viviente del presente.

El individuo que percibe esta inmediatez puede ampliar el círculo del placer hasta cierto punto simplemente despertándose de la hipnosis de los "Espectros" (como Stirner llamaba a todas las abstracciones); y más aún puede ser logrado por el "crimen"; y más todavía por el duplicamiento del Yo en la sexualidad. De la "Unión de Egoístas" de Stirner pasamos al círculo de "Espíritus Libres" de Nietzsche, y de ahí a las "Series Pasionales" de Fourier, duplicándonos y reduplicándonos incluso mientras el Otro se multiplica en el eros del grupo.

La actividad de un grupo así llegará a reemplazar al Arte como nosotros, pobres cabrones posmodernos, lo conocemos. La creatividad gratuita, o el "juego", y el intercambio de regalos, causarán la extinción del Arte como la reproducción de mercancías. La "epistemología dadá" borrará toda separación fundiéndolas, y dará a luz de nuevo a un paleolitismo psíquico en el que la vida y la belleza no puedan ya ser distinguidas. El arte en este sentido siempre ha sido camuflado y reprimido a lo largo de toda la Alta Historia, pero nunca se ha desvanecido enteramente de nuestras vidas. Un ejemplo favorito: el encuentro para hacer colchas1, un diseñar espontáneo llevado a cabo por un colectivo creativo no jerárquico para producir un objeto único, útil y bello, típicamente como regalo para alguien conectado con el círculo.

La tarea de la organización inmediatista puede ser resumida como el ensanchamiento de este círculo. Cuanto mayor sea la porción de mi vida que pueda ser arrancada del ciclo Trabaja/Consume/Muere, y (de)vuelta a la economía del "encuentro", mayores serán mis oportunidades de placer. Uno corre cierto riesgo al frustrar así las vampíricas energías de las instituciones. Pero el propio riesgo forma parte de la experiencia directa del placer, un hecho conocido en todos los momentos insurreccionales --todos los momentos de despertar-- de intensos disfrutes arriesgados: el aspecto festivo del Levantamiento, la naturaleza insurreccional del Festival.

Pero entre el solitario despertar del individuo, y la anamnesis sinérgica de la colectividad insurreccional, se extiende todo un espectro de formas sociales con algún potencial para nuestro "proyecto". Algunas no duran más que un encuentro casual entre dos espíritus afines que pueden engrandecerse mutuamente por su breve y misterioso encuentro; otros son como festividades; aún otros como utopías piratas. Ninguno parece durar mucho tiempo --¿pero y qué? Las religiones y los Estados se jactan de su permanencia --que, como sabemos, es sólo una chorrada...; lo que significan es muerte.

No necesitamos instituciones "Revolucionarias". "Después de la Revolución" aún continuaríamos derivando, evadiéndonos de la instantánea esclerosis de una política de la venganza, y en cambio buscaríamos lo excesivo, lo extraño --que para nosotros se ha convertido en la única norma posible. Si ahora nos sumamos o apoyamos a ciertos movimientos "revolucionarios", seriamos ciertamente los primeros en "traicionarlos" si "llegasen al poder". El poder, después de todo, es para nosotros --no para algún jodido partido de vanguardia.

En La Zona Temporalmente Autónoma había una discusión de "la voluntad de poder como desaparición", enfatizando la naturaleza evasiva y la ambiguedad del momento de "libertad". En la presente serie de textos (presentados originalmente como Radio Sermonettes --Sermoncillos Radiofónicos-- en una emisora FM de Nueva York y publicados bajo ese titulo por los anarquistas del Libertarian Book Club) el foco se vuelve a la idea de una praxis de re-aparición y, por tanto, al problema de la organización. Un intento de una teoría de la estética del grupo --más que una sociología o política-- ha sido expresado aquí como un juego para espíritus libres, más que como una plantilla para una institución. El grupo como medio, o como mecanismo de alienación, ha sido reemplazado aquí por el grupo Inmediatista, dedicado a la superación de la separación. Este libro podría ser calificado como un experimento-de-pensamiento sobre hermandad festiva --no tiene mayores ambiciones. Sobre todo, no pretende hacer saber "qué debe hacerse" --el engaño de los aspirantes a comisarios y gurús. No quiere discípulos --preferiría ser quemado: ¡inmolación, no emulación!. De hecho prácticamente no tiene interés en el "diálogo", y preferiría atraer co-conspiradores más que lectores. Le encanta hablar, pero sólo porque hablar es una forma de celebración más que una forma de trabajo.

Y sólo la intoxicación está entre este libro y el silencio.
Hakim Bey

(Equinoccio de invierno de 1993)







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