Indice 1 Introducción: Como se desarrolla un sutra de la tradición mahayánica 2



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La segunda confesión: de la culpa a la franqueza
“Qué los Budas me vigilen con sus mentes atentas. Qué perdonen mis faltas con sus mentes entregadas a la compasión. Por el mal cometido por mi previamente, incluso durante cientos de eones, tengo una mente oprimida por la desgracia, la preocupación y el miedo. Con una mente infeliz continuamente temo los actos malos. No hay asueto para mi vaya a donde vaya. Todos los Budas son compasivos. Quitan los miedos a todos los seres. Qué perdonen mis faltas y qué me liberen del miedo. Qué los tathagatas me quiten la tacha de las impurezas y los actos. Y qué los Budas me bañen en el oleaje de las aguas de la compasión. Confieso todo el mal cometido por mí previamente y todo el mal cometido por mí en el presente lo confieso. Para el futuro, me comprometo a abstenerme de todos los actos hechos con maldad. No oculto mal alguno que yo haya cometido. El acto triple del cuerpo y el cuadruple con la voz, además del acto en tres modos con la mente, todo esto lo confieso. Lo que he hecho com mi cuerpo, lo que he hecho con mi voz, lo que he pensado con mi mente, el acto hecho en las diez formas, lo confieso todo. Qué evite yo los diez actos malos. Qué practique yo los diez actos buenos. Permaneceré en la décima fase. Me convertiré en un Buda excelente. Cualquier acto malo que haya cometido que traiga un fruto no deseado, lo confieso totalmente en la presencia de los Budas.”
Esto quizás nos tome por sorpresa, incluso nos sobresalte, pero la esencia de la confesión es que uno confiesa sin ningún sentimiento de culpa. De hecho, en la medida que uno siente culpa - culpa irracional y neurótica ­- es imposible la confesión genuina. Quizás sientas intenso remordimiento, una profunda vergüenza de lo que has hecho y enojo contigo mismo por haberlo hecho, pero si es una verdadera confesión no te sentirás culpable.
No es fácil decir que es la culpa; quizás sea significativo que la etimología del término anglosajón (guilt) no es conocida. Pero este complejo fenómeno tan extendido en la sociedad occidental puede ser descompuesto en tres factores.
Primero está la consciencia de haber obrado mal, o al menos de haber hecho algo que alguien no quería hicieramos. Quizás uno no piense que ha obrado mal, pero porque otra persona no quería que lo hicieras sientes que has hecho algo malo. Despúes está el miedo a ser castigado cuando te descubran. Si no has hecho todavía nada malo, está el miedo del castigo si lo hicieras y te descubriesen. El miedo a ser descubierto conduce a todo tipo de complicaciones: el secreto, el disimulo, el engaño, la falsedad, la hipocresia, las evasivas, el apartarse y la comunicación bloqueada. También está la severa incomodidad y frustración de no poder hacer libremente lo que uno quiere, por no mencionar el resentimiento que sientes.
Pero la naturaleza esencial de la culpa parece seguir siendo insondable. El tercer factor es posiblemente el más revelador de todos. La persona que no quiere que hagas algo quizás sea alguien a quien amas y que te ama. Alguien por quien sientes un fuerte apego, un apego posesivo e incluso violento; alguien de quien dependes emocionalmente, alguien sin cuyo amor sientes que no puedes vivir. Si haces lo que ellos no quieren, no sólo te castigarán; enojados, apartarán su amor de ti. En otras palabras, te condenarán prácticamente a muerte, el castigo más terrible de todos.
La culpa es pues la mala consciencia por haber hecho, o haber tenido intención de hacer, algo por lo que se nos hará perder el amor de la persona de la que somos dependientes emocionalmente. La culpa surge en la mayoría de nosotros muy temprano en la vida, cuando, por supuesto, el amor que tememos perder es el de la madre. Todos hemos sufrido de esto en alguna medida, y hay quien continua sufriendo por ello en su vida de adultos.
Además de sentirse culpable en relación a una persona, podemos sentirnos culpables en relación al grupo al que por naturaleza pertenecemos. Tendemos a buscar la aprobación del grupo - la familia, el trabajo, la sociedad - y nos es difícil vivir con su desaprobación expresada o dada a entender. Mucha gente llega casi a cualquier extremo para reconciliarse con el grupo. Dirían cualquire cosa que les pidiesen decir, incluso confesar crimenes que no hayan cometido: esto es evidente en la vida política de los estados totalitarios. Algunas veces esa desgraciada y desafortunada gente incluso cree sus falsas confesiones. Al fin y al cabo, el grupo debe de tener razón. El tipo de confesión que se hace con miedo a la desaprobación del grupo es muy distinto del tipo de confesión cuyo significado espiritual estamos considerando.
El cristianismo y las demás religiones teístas, no obstante, explotan muchisimo este sentido irracional de culpabilidad. Según estos sistemas religiosos Dios es una persona, una persona en cuyo favor necesitamos estar todos. La persona religiosa ama a Dios, o al menos trata de hacerlo - y se le ha dicho que Dios le ama. Pero hay toda una serie de cosas que Dios no quiere que él haga, cosas que en efecto enojan a Dios, pero que el creyente quiere hacer, o incluso ya ha hecho. Luego él se siente culpable. Siente que porque ha ofendido a Dios, ya no le ama e incluso le odia. El creyente puede que empieze a odiar a Dios y a sentirse más culpable que nunca.
Pero el individuo verdadero no confiesa porque no pueda vivir sin la aprabación del grupo, o de su madre, o de Dios, sino porque quiere desarrollarse como individuo. El o ella no se pueden sentir culpables porque no dependen emocionalmente de nadie. En El sutra de la Luz Dorada Ruciraketu representa al verdadero individuo - o como mínimo, a alguien que trata de ser un verdadero individuo. El verdadero individuo es aquel que ha desarrollado consciencia reflexiva, quien no es sólo consciente, sino consciente de que es consciente. Es emocianalmente positivo - con mucha afectividad, alegría, compasión y equinimidad - y tiene una profunda y sincera fe en lo transcendental. Además, sus energías no están bloqueadas, sino libres, fluidas y unificadas. El es por consiguiente totalmente espontáneo y al mismo tiempo completamente responsable, consciente de las consecuencias de sus actos, tanto para él como para los demás, y actua de acuerdo con esa consciencia. Quizás, ante todo, el individuo no es miembro del grupo. El piensa, siente y actua por sí mismo; no es en modo alguno dependiente emocionalmente de la aprobación del grupo. Confiesa porque quiere deshacerse de todo lo que se interpone entre él y la realización de su ideal, no porque quiera ser acogido de nuevo en el grupo.
Esta claro que esto no es la base de la confesión en la Iglesia Católica, por ejemplo. En ella se anima a la gente a confesar sus pecados contra la ley de Dios por la culpa y el miedo al castigo. A los católicos se les insiste machaconamente en que si mueren en pecado mortal, sin confesión y absolución, irán directos al infierno y para siempre. Porque la confesión se hace al sacerdote, que representa al grupo a que ellos pertenecen (la Iglesia), los creyentes católicos cuando trasgreden la ley de Dios, no sólo incurren la cólera de Dios sino también la desaprobación del grupo que está representado por el sacerdote. Los hay que temen más al sacerdote que Dios, que pone al sacerdote firmemente en control del creyente. Este tipo de confesión quizás tenga algún elemento de valor psicológico - al menos sirve de válbula de escape - pero desde el punto de vista budista no tiene valor espiritual alguno.
Conocí en Bombay hace muchos años a un sacerdote católico indio, un hombre de edad madura que era un gran erudito y sabía muchas lenguas. Cuando le empecé a conocer, él comenzaba a rebelarse contra la iglesia a que pertenecía; “el fraude de Roma” como él solía llamarle. Le vi un día de Navidad y noté que parecía estar muy enfadado. Le conocía lo suficiente para preguntarle que le pasaba, y él me dijo que había pasado toda la Noche Buena oyendo confesiones. “Me siento absolutamente harto”dijo. No era que alguien hubiera confesado algo terrible - ni si quiera interesante. Era el catálogo normal de pequeñas faltas de honestidad y ligeras impurezas. Lo que le había asqueado era la atmósfera de miedo y culpa con la que había estado en contacto. Estaba asqueado de la necesidad desesperada de la gente por escapar el castigo y de colarse de nuevo en el favor de Dios, su disposición a arrastrarse y su alivio al sentirse librados gracias a unos pocos padresnuestros y avemarías.
Ahora bien, la confesión genuina, la confesión tal y como se la entiende en el budismo, nunca resultará asquerosa. Al contrario, os resultará inspiradora - pues la confesión genuina se hace sin sentimientos de culpa. Sí, naturalmente, tememos las consecuencias kármicas de nuestros actos torpes. Pero esas consecuencias surgen naturalmente de lo que hemos hecho; no nos son impuestas por nadie como un tipo de castigo. La ley del karma es simplemente una descripción de como ocurren las cosas. Los actos tienen consecuencias. Si has cometido un acto torpe, tendrás que sufrir las consecuencias de ese acto. La ley del karma no está administrada por los Budas; no es asunto de ellos.
Por lo tanto, el Buda, contrariamente al Dios cristiano, no es el juez de las personas, no da castigos ni recompensas. Por la forma en que se nos ha educado, quizás nos acerquemos al Buda con una mente culpable y temorosa, concibiendolo como una figura paternal punitiva. Pero eso es entender completamente mal el carácter del budismo. Si les temes a los Budas, no les ves en absoluto como Budas. La compasión del Buda es totalmente inquebrantable. No es cuestión de pedirles perdón, aun cuán menos arrastrarse por su piedad. El Buda no es algo así como un Dios, una figura paterna que se enfade contigo y te castige. Podeis acercaros a él sin aprensión alguna.
Esto puede que nos sea difícil de aceptar. Si no concebimos al Buda como a un ser humano corriente y un tanto agradable, es posible que lo concibamos como a un Dios, con los atributos de un Dios, que incluyen la tendencia a encolerizarse y mandar a la gente al infierno cuando se le ha ofendido. Pero el Buda es un tipo de personaje muy distinto. Si nos sentimos culpables, quizás no podamos evitar sentir que en algún modo la actitud del Buda hacia nosotros ha cambiado, aunque sea un poco. Aun cuando sabemos que él no se enfada, puede que imaginemos que,al menos, está un poco reservado o distante. Es difícil darse cuenta de que hagamos lo que hagamos, los sentimientos del Buda hacia nosotros no cambiarán un ápice. Si le conocieramos personalmente, quizás nos hablase con severidad, pero su actitud hacia nosotros permanecería esencialmente igual.
Mucho es el sabor de esto en las primeras líneas del segundo verso de confesión de El sutra de la Luz Dorada. Ruciraketu les pide a los Budas que le “vigilen con sus mentes atentas”. Pero esto no se ha de entender como una llamada a los Budas para que presten atención. Los Budas están siempre presentes, por así decir, sus mentes están siempre atentas. Lo que dice realmente Ruciraketu es “que con mente atenta yo recuerde a los Budas”, recordandose estar consciente de que los Budas le vigilan. Similarmente, aunque le pide a los Budas que le “perdonen sus faltas”, esto es simplemente un recuerdo de la compasión de los Budas que nunca cambia.
Por otra parte, no es el caso que los Budas al perdonarnos en modo alguno sean capaces de apartar los efectos del karma. Qué confesemos nuestras malas obras no quiere decir que escaparemos a sus consecuencias. Incluso el Buda tuvo que sufrir ciertas cosas en su última vida, resultados de actos en vidas previas. Por tanto, cuando uno en el mantra de Vajrastava pide que su karma sea purificado, esto no quiere decir literalmente que el karma sea destruido. Es más bien que en virtud de la práctica se alcanza un nivel en que, aunque se experimenten los resultados del karma, no afectan realmente; ya no importan.
No hemos de pensar en el karma como si de algo automático se tratara. Según algunos sutras budistas, las consecuencias que recojes están directamente relacionadas con los malos actos que has cometido - ojo por ojo, diente por diente - pero no se puede pensar en el karma como si se tratara de un libro cuentas. No pienso que podamos decir literalmente que si le das un puñetazo en las narices a alguien en esta vida, alguien te dará un puñetazo en las narices a ti en la próxima. De heccho, hay karmas menores que pierden su fuerza y no dan ningún fruto si no tienen la oportunidad de hacerlo en durante un cierto período de tiempo - si bien inevitablemente cosechamos las consecuencias de todos los karmas principales.
En resumen, cuando pides a los Budas que perdonen tus faltas, no les pides que liquiden las consecuencias de tus actos necios. Sabes que eso sería imposible, incluso para los Budas. Cuando dices “que perdonen mis faltas” no les pides que cambien su opinión y dejen de estar enojados contigo. Simplemente estás tratando de darte cuenta - por tu propio beneficio - de que la actidud de los Budas hacia ti no ha cambiado, y nunca cambiará hagas lo que hagas.
“Por el mal cometido por mi previamente, incluso durante cientos de eones, tengo una mente oprimida por la desgracia, la preocupación y el miedo.”
Aun no habiendo culpa irracional, es de igual importancia que uno no se sienta cómodo con sus actos torpes. Las palabras del sutra captan como se siente uno cuando ha cometio actos torpes y uno sabe que lo son. (Dejemos de un lado los cientos de eones, podría haber sido la semana pasada). Si has cometido un acto torpe deberás de sentirte culpable - es decir, deberás sentirte inquieto e incluso desdichado. Si alguien comete un acto sumamente torpe, como golpear a una persona, y cuando se le reprende dice “que derecho tienes tú a tratar de hacerme sentir culpable”, es victima de una confusión mental un tanto seria. Como budista, nadie puede imponerte dolor de consciencia por haber obrado mal. Pero cuando experimentas el darte cuenta dolorosamente, con la ayuda de otros o sin ella, eso es muy positivo y apropiado.
“Con una mente infeliz continuamente temo los actos malos.”
Así es como te sientes si te haces realmente cargo de que los actos tienen consecuencias - quizás porque ya has comenzado a experimentar las consecuencias. A veces lo que nos impide confesar no es la falta de confianza sino el no ser lo suficientemente consciente de que lo que hemos hecho es torpe. Com mucha frecuencia nos hemos habituado de tal modo a cometer ciertos actos torpes que nuestra consciencia se ha vuelto un tanto embotada. La solución es simplemente desarrollar más atención consciente - si bien esto se dice muy pronto. Digamos, por ejemplo, que has sido muy glotón en la cena. ¿Es eso algo que confesar? Depende de la fuerza con que lo sientas. Si piensas “He comido como un cerdo. Cualquiera que me haya visto se habrá llevado una mala impresión de lo que somos los budistas” - en ese caso confiesalo.
Necesitamos desarrollar más y más sensibilidad de este tipo. Es preocupante que haya gente incapaz de reconocer actos torpes, incluso los sumamente torpes. Hay bastante gente a la que no les importa mentir, aun cuando no se trate de una mentirilla. Hay gente a la que no le preocupa no cumplir sus promesas.
“No hay asueto para mi vaya a donde vaya.”
Si tu sensibilidad es lo suficientemente aguda, será así como te sentirás. Eres cosnciente de haber ejecutado actos torpes y quizás ya has comenzado a cosechar las consecuencias. Sabes que debido a los malos hábitos del pasado estás en peligro de ejecutar aún más actos torpes y de cosechar aún más cosecuencias desagradables; eso te preocupa. Sabes que no hay verdadero asueto para ti, porque no hay adonde escapar de las consecuencias de tu karma. Todo lo que puedes hacer es confesar y empezar de nuevo.
De ahí que la próxima línea del texto diga:
“Todos los Budas son compasivos. Quitan los miedos a todos los seres. Qué perdonen mis faltas y qué me liberen del miedo”
Lo importante no es escaparte de las cosecuencias de tus actos torpes - de hecho, eso es imosible - sino desahacerte de los sentimientos de culpa, miedo y preocupación. Eso lo puedes hacer confesando. Aunque seguirás experimentando las consecuencias de tus actos torpes previos, y no importará. Te dirás a ti mismo “vale, no importa. Estoy pagando mis deudas anteriores, no estoy acumulando ninguna más. Ahora voy hacia adelante.”
“Qué los tathagatas me quiten la tacha de las impurezas y los actos.”
Esto ha de ser entendido en modo muy similar a la idea de que el bodhisattva “coloca” a personas en el décimo bhumi, la fase más elevada del desarrollo transcendental antes de la cual se convierte uno en Buda. Esto literalmente no es en absoluto factible, se ha de comprender como una expresión retórica de la ambición heróica del bodhisattva. En cierto sentido, los Budas nos quitan las tachas constantemente, pero hemos de darnos cuenta de ello nosotros mismos.
“Y qué los Budas me bañen en el oleaje de las aguas de la compasión. Confieso todo el mal cometido por mí previamente, y todo el mal cometido por mí en el presente lo confieso. Para el futuro, me comprometo a abstenerme de todos los actos hechos con maldad.”
Esto es muy importante. No sólo es cuestión de confesar lo que has hecho. Has de hacer una firme resolución de pasar la página y no volver a cometer esos actos torpes de nuevo. Esto es, por supuesto, lo que ocurre más o menos cuando hacemos resoluciones para el año nuevo. El cambio de año es un buen momento para confesar y dejar atrás las necedades que has hecho. Quizás puedes aprovechar la oportunidad para escribir con claridad todas las cosas de las que te arrepientes haber hecho. Probablemente no has hecho cosas malvadas - la mayoría de la gente no tiene el estómago para eso - pero pdrías escribir todos las cosas necias, miserables y tontas que has hecho, o te hicieron hacer, o hiciste sin pensar. No importa el número de hojas de papel que necesites. Escríbelas y di “que no vuelva a hacer estas cosas en el año nuevo, que permanezca libre de todas estas cosas”. Seguro que te sentirás más ligero después de hacer eso. El valor de la confesión como práctica espiritual es que sacas algo a la luz, lo haces objetivo, y en esa medida te deshaces de ello, al menos por un tiempo. Si lo haces con sinceridad, te sientes limpio y más ligero que antes.
Por buena que sea la práctica de hacer resoluciones, para la práctica realmente efectiva de la confesión necesitaremos hacerla saber a otra persona. No, no a una figura de autoridad en su amario de madera. La confesión se hace lo más efectiva cuando se hace a otros individuos, otras personas que caminan sobre el camino espiritual igual que nsotros. Por supuesto, se puede hacer a aquellos que son individuos par excellence; los Budas y los bodhisattvas. En el sutra, Ruciraketu confiesa en presencia de todos los Budas. Pero la razón por la que Ruciraketu puede confesar a los Budas es que el los ve y los oye. En nuestra práctica recitaremos La puja de las siete etapas y confesaremos a los Budas, por así decir, pero raramente, o nunca, tendremos un sentido claro de la presencia real del Buda. Por lo tanto eso no es confesión en su sentido completo. La comfesión completa quiere decir confesar ofensas específicas - incluso las cometidas mentalmente - a otros de cuya presencia somos conscientes y que son conscientes de nosotros; alguien que oye y acepta nuestra confesión.
Además, necesitamos hacer nuestra confesión a personas en el mismo sendero espiritual que nosotros - nuestros amigos espirituales o maestros. ¿Pero por qué ha de ser esto así? ¿Por qué no confesar a alguien con quien nos encontramos en un autobus, o al menos a un amigo cualquiera? Hablando en general, hay dos razones principales. Primero, es necesario confesar a personas con las que podemos ser realmente francos y, segungo, nuestra confesión debe ser oída por personas que entienden la importancia que tiene para nosotros.
La primera de estas razones está señalada por una de las frases más importanates de este pasaje del sutra.
“No oculto mal alguno que yo haya cometido.”
A veces ocultamos cosas no sólo a los demás sino también a nosotros mismos. No nos gusta admitir que hemos hecho algo malo, que nos hemos equivocado. Sentir que uno no ha cumplido con la imagen que tiene de si mismo, es una humillación. Alguien dijo que cuando uno se sienta a escribir su autobiografía, lo primero de lo que te das cuenta es de todo lo que no va a incluir. Es casi inevitable no contar la historia completa. “Oh no, no voy a decir eso. Lo diré todo menos eso.” Estar contento con que te vean los demás exactamente como eres, con todos tus defectos, es muy difícil. Normalmente hay un rinconcito en tu carácter, tu vida o tu pasado del que no quieres que los demás sepan nada. Incluso uno mismo no piensa mucho sobre ello; se lo oculta a si mismo también. Nietsche dijo : La memoria dice que hice tal y tal cosa, el orgullo dice que no es posible que jamás lo haya hecho, y el orgullo gana.” Lo ideal, por supuesto, sería poder vivir una vida en la que pudieras ser franco con todo el mundo - lo ideal sería que la vida propia fuera un libro abierto. Pero la mayoría de las personas tienen como mínimo unas páginas, por no decir algún que otro capítulo, que prefieren que los demás no vean.
Es estraño relacionarse con los demás sólo con una parte de uno mismo, ocultando una parte que no se les permitirá nunca ver. Si no te relacionas con ellos en tu totalidad, no sabrán quien eres, o como mínimo no te conocerán del todo. Esto no quire decir que si has cometido un delito habrás de decirselo a todo el mundo - eso sería imprudente - pero ciertamente debería haber unas cuantas personas con las que uno puede ser completamente franco. Asumiendo que compartes con ellos un ideal espiritual común, para ti ellos serían la comunidad espiritual en su sentido más ampliol. Si no tienes amigos de quienes puedas fiarte totalmente, estás en una postura un tanto difícil.
Lo que nos impide a muchos confesar y ser generalmente más francos, es sentir que si los demás supieran como somos, ya no nos aceptarían. “Si la gente supiera realmente como soy, no querrían tener nada que ver conmigo”. Pero en el contexto de la comunidad espiritual si se te aceptaría, aun si se desaprueba fuertemente lo que tú hayas hecho. Quizá resulte difícil hacer esta distinción - en la práctica quizás sea difícil para tus amigos: pero en la comunidad espiritual se tratará de mantener el mismo sentimiento de metta por ti aun si sus miembros se sintiesen muy apenados por lo que tu hayas hecho. Para ser franco, has de tener ese tipo de confianza en los buenos sentimientos genuinos y básicos de los demás por ti, y que permanerceran igual bajo todas las circunstancias. Aun si te reprenden, eso será con buenos sentimientos.
Por supuesto, la cofianza - la confianza en que se tratará tomando como base el amor en vez del poder - no puede ser forzada, ni siquiera en la comunidad espiritual. La verdadera confesión no ha de ser ese tipo de procedimiento automático al que se le da el monbre de confesión en muchas partes del mundo budista. Has de estar en comunicación íntima y de confianza con la persona a la que confiesas. Además, sólo podrás confiar en los demás si sientes que no van a hacerte daño ni a aprevecharse de tu franqueza. En cierto sentido debes sentir que su actitud hacia ti es básicamente como la del Buda. Te perdonarán indistintamente de lo que hayas hecho. Su actitud básica hacia ti no va a cambiar; tendrán la misma metta aun después de que hayas confesado, cuando sepan lo peor sobre ti.
El tipo de franqueza desarrollado en la amistad espiritual es de un orden superior al que está presente en la amistad oridinaria, aunque la franqueza y la libertad en la comunicación al nivel humano ordinario prepara el camino para una comunicación de carácter espiritual. Sería un tanto sorprendente que alguien pasara directamente de no fiarse de otras personas a nivel humano ordinario a fiarse de ellos en términos de amistad espiritual. Uno no da tal salto normalmente, al menos que haya tenido una experiencia espiritual excepcional y radical.
La confesión es simplemente un aspecto específico de la propia franqueza general hacia las personas de las que uno se fía. En ese sentido no es nada especial; es la continuación de algo que uno hace todo el tiempo. Eso no quiere decir que la confesión sea un asunto superficial. Uno ha de tomar muy en serio el desarrollo de la franqueza con los demás y eso quiere decir tomar la confesión en serio también. En este mismo espíritu de franqueza, habrá ocasiones en que tengas que señalar sus faltas a un amigo espiritual, o él a ti las tuyas. En eso, no obstante, hay que proceder con gran cautela. No tratarás de señalar las faltas a otra persona al menos que estés bastante convencido de que se fía de ti, al menos hasta cierto punto, y dependiendo de la seriedad del asunto que señales.
Si ves que vacilas a la hora de revelar tus actos a alguien que crees genuinamente que está más desarrollado espiritualmente que tú, probablemente sea porque sabes que ellos pensarán que tus actos son torpes. Pero si te lanzas verás que cuanto más desarrollada esté la otra persona más fácil será para ti, en cierto sentido, asumir que tú estás relativamente poco desarrollado y abrirte a ella.
Lleva mucho tiempo llegar a sentir la suficiente confianza en otra persona para ser capaz de confesarle. También necesita mucho esfuerzo. No ocurre automáticamente, aun si pasas mucho tiempo con alguien; hay que hacer un esfuerzo definitivo. Es un alivio cuando se llega a ser genuinamente franco con alguien, y se sabe que no hay necesidad de ningún fingimiento porque serás aceptado por lo que eres. No todos tus actos serán aprobados, pero serás aceptado. Es mejor no tener nada que confesar, nada que ocultar, pero si hemos de esperar hasta alcanzar ese estado sin tacha antes de ser francos, la mayoría de nosotros tendría que esperar mucho tiempo. La prueba de la verdadera franqueza, la prueba de la verdadera amistad, es poder ser franco aunque haya cosas torpes que hubieras preferido no haber hecho. De hecho, si tú confiesas, tu amigo sabrá que te fías de él y muy probablemente se hará más sincero contigo. Si tú no puedes ser sincero con él, ni él contigo, no habrá realmente una amistad.
¿Pero por qué enfocamos la confesión con tanta cautela? ¿Por qué no ser sincero con todo el mundo? El problema principal es miedo de lo que piensen los demás. Esto en cierto modo es estraño. Al fin y al cabo, no está en su poder el causarnos algún daño. A no ser que hayas cometido un delito que pueda resultar en que vayas a la cárcel ¿Por qué no ha de saber todo el mundo que has estado haciendo? ¿Qué importa que sepa todo el mundo en la ciudad que te emborrachaste hace dos fines de semana? ¿Qué pasa?
Quizás también ocultamos cosa debido a una actitud que nos queda de la niñez. De niños, cuando empezamos a sentirnos más independientes, gozamos de ocultar cosas a nuestros padres. Pensamos con alegría pícara “si lo supiesen les daba unataque”. Por la razón que sea, nos sentimos muy astutos como si les hubieramos ganado. Esto puede ser que esté bien cuando somos pequeños, pero debemos de dejar atrás ese tipo de actitud. Si nos sentimos hacia el mundo entero como un niño hacia sus padres, es que no hemos crecido todavía.
Tendemos a depender mucho de lo que los demás piensan de nosotros. Queremos su aprobación, o como mínimo, queremos evitar su desaprobación. Es un tanto irónico que las cosas sobre las que no conseguimos ser francos son aquellas que menos interés suscitan en la mayoría de la gente. Quizás hayas tenido alguna vez la experiencia de tratar de decirle a alguien algo sobre ti que piensas que es terrible. Te resulta atrozmente difícil hacer mención de ello, pero te das cuenta de que no le dan mucha importancia a lo que dices porque para ellos es insignificante. Te imaginabas que iban a quedarse de piedra, quizás esperabas que se jadeasen horrorizados, pero simplemente dicen “ah, si” y empiezan a hablar de otro asunto. Ni se abruman, ni se espantan, ni se horrorizan. En otras palabras, le has estado dando excesiva importancia a lo que fuese que tú habías hecho.
Hace muchos años tenía un amigo que solía decirme: “si tu supieras realmente como era yo, no querrias tener nada que ver conmigo”. Esto seguió diciéndolo a lo largo de un par de años. Al final, cuando consiguió llegar a confesarlo - no era nada que hubiera hecho, sino algo que había pensado - me eche a reir. Durante dos años había estado convencido de que si yo hubiera sabido lo que el había pensado, yo no habría querido hablarle más. Era ridículo. Pero esta es frecuentemente la forma en que montamos cosas en nuestra mente.
Lo inverso a esto lo hemos visto antes: necesitamos tomar lo suficientemente en serio nuestro comportamiento hábil. Esto nos lleva a la segunda razón por la que confesar a un amigo que está sobre el mismo camino espiritual. Supongamos que haces tu confesión a un amigo cualquiera, uno que no participa de tus ideales espirituales. Supongamos, por ejemplo, que te bebiste demasiado durante el fin de semana, o que no has meditado durante toda una semana. Un amigo cualquiera no podrá comprender que significa eso para ti y no comprendera tu aflicción. Quizás te diga con sus mejores intenciones que te estás afligiendo sin razón. En ese caso no habría comunicación real, y por lo tanto tampoco confesión real. No podrías vomitar el mal y deshacerte así de él.
Necesitas confesar a amigos que entiendan que es el comportamiento torpe, no un compinche que dándote unas palmaditas en la espalda te diga: “eso lo hace todo el mundo”. Amigos de este tipo tienden a exculparnos con cierta facilidad, de modo que tu confesión con ellos no es gran cosa. Quizás no te sientas orgulloso de lo que has hecho, pero no sientes tampoco mucha vergüenza por ello. Aun con todo, este tipo de franqueza es mejor que su ausencia total. Por lo menos tienes la actitud de abrirte, siempre y cuando no estés presumiendo disimuladamente de algún aspecto interesante de tu oscuro pasado.
Ir a un psiquiatra o hablar con algún desconocido durante un viaje, llegando a admitir ciertas cosas íntimas - quizás por estar hablando con un desconocido - es probablemente un paso en la dirección correcta. Por lo menos lo has dicho en voz alta y quizás seas capaz de pasar de eso a hacer una confesión genuina. Pero es importante saber disitinguir entre admitir algo y confesarlo verdaderamente. Si confiesas dentro de la comunidad espiritual, la experiencia es un tanto diferente. Tus amigos espirituales sabrán de que estás hablando y mostrarán empatía e interés por tu aflicción. Pero además no estarán realmente preocupados, porque habrá comunicación verdadera y, por lo tanto, confesión genuina, además de medidas tomadas por ti para rechazar el mal que hay en ti.
Cuando no sepas seguro si has actuado torpemente o no, la solución será fácil: consulta a un amigo espiritual. Dile “Mira, ¿Tú que piensas? ¿He actuado torpemente? Dame tu opinión. Esta es una de las cosas para las que sirven los amigos espirituales.
Si confesar parece un desafio, mejor. Eso muestra que realmente estás confesando, en vez de tratar la confesión como una formalidad, que es en lo que se ha convertido en muchas partes del mundo budista. Pero si es demasiado desafio el acercarte a alguien y decirle que quieres confesar algo, puedes hacer lo que he sugerido antes: escribe tu confesión y ceremoniosamente quémala en el contexto de una puya. Eso estaría a la mitad de camino entre confesar al Buda y confesar a una persona. No necesitas ni enseñar la hoja de papel a nadie: el escribirlo quiere decir que reconoces lo que has hecho, lo has sacado a la luz como realidad objetiva. Alguien podría ver la hoja de papel. Has corrido el riesgo de dejarlo salir.
El mejor momento para confesar es cuando hemos actuado torpemente, cuando dolorasamente nos damos cuenta de que hemos cometido una metidura de pata en el comportamiento ético. Hasta el logro de la Iluminción, hay siempre algún tipo de mal u otro en nosotros de los que nos hemos de deshacer. Según la tradición del Mahayana, la confesión es, por lo tanto, parte de la vida. Hemos de confesarnos constantemente. Resumiendo, la confesión es esencial para la vida espiritual.
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