Indice 1 Introducción: Como se desarrolla un sutra de la tradición mahayánica 2



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6 La Naturaleza, el Ser Humano y la Iluminación


En los dos últimos capítulos hemos tratado el tema de la protección. Primero los cuatro grandes reyes se presentan y prometen salvaguardar el sutra, y luego la gran diosa Sarasvati se compromete a proteger al monje que predique el sutra. Y este capítulo versa también sobre protección: vamos a tratar sobre la promesa de otra diosa de guardar el sutra.
La diosa que debería aparecer ahora es Sri, la diosa de la riqueza y la prosperidad; porque en el sutra, el capítulo de Sri va a continuación del de Sarasvatí. Sin embargo en este capítulo y por razones del hilo explicativo, vamos a introducir a Drdha - la diosa de la tierra - y a dejar apartada a Sri para el siguiente; en el que hablaremos de economía budista. ¡Por supuesto sin ánimo de enmendar la plana al sutra!
El último capítulo trataba de la gran diosa Sarasvatí y su promesa de proteger al monje que predicase el sutra, pero no decía una palabra sobre el susodicho monje; permanecía como una figura anónima a la que la diosa prometía proteger. En este capítulo, pretendo hacer una completa presentación de Drdha, la diosa de la tierra, pero también quiero decir algo sobre el monje que predica el sutra, el monje que es el medio de transmisión de la luz dorada. Y también diré algo sobre la propia luz dorada.
Pues bien, abordaremos primeramente a Drdha, luego al monje que predica el sutra y por fin la luz dorada o, en correspondencia con el título de capítulo, la naturaleza, el hombre y la Iluminación. Pero no por este orden. Miraremos primero hacia Drdha, la diosa de la tierra, o la Madre naturaleza, luego a la luz dorada de la Iluminación y, por último, al monje que predica el sutra - que es lo que contemplamos como el ser humano .
Para introducirnos, necesitamos observar las palabras iniciales del capítulo de Drdha. Es un comienzo abrupto: 'Y entonces Drdha, la diosa de la tierra, se dirigió al Señor'. Es decir: al Buda. De hecho, el capítulo octavo, el capítulo de Sri, empiezan de forma idéntica; no así el séptimo, el de Sarasvati, que comienza de manera totalmente diferente diciendo:
'Entonces, también Sarasvati, la gran diosa, cubierto un hombro con su vestimenta roja y con la rodilla derecha en tierra, hizo ademán de reverencia al Señor y se dirigió a él'.
La diferencia radica en que Sri, la diosa de la riqueza, y Drdha, la diosa de la tierra, no saludan al Buda. Sin embargo Sarasvati si lo hace; como lo habían hecho previamente los 4 reyes y Samjñana, el gran general de los yaksas que aparece en el capítulo segundo. Esto podría significar que Sri y Drdha, sean por naturaleza menos sensibles a la influencia de la luz dorada que Sarasvati. En otras palabras, que el mundo de la economía y el mundo de la naturaleza sean más difíciles de transformar que el de la cultura. Esto suena un tanto exagerado, pero seguramente hay significado que descubrir en muchos de los pequeños detalles del sutra.
Aunque prescinda del saludo, no por ello deja Drdha de hacer su promesa: y es una larga y bella promesa. En primer lugar promete estar presente allá donde el sutra sea expuesto. No sólo eso. Dice que ascenderá hasta el asiento del dharma - en aquel en que el monje que predica el sutra se sienta - con su invisible cuerpo sutil y pondrá su cabeza en las plantas de los pies del monje que predique el Dharma. Esto no se nos dice, pero el monje es de esperar que esté sentado con las piernas cruzadas y sobre uno de esos asientos del Dharma un tanto altos y con apariencia de trono; asiento de casi la altura de un hombre, como los que se siguen utilizando hoy en día en el Tíbet, o al menos seguían usándose recientemente. Al parecer, deberíamos imaginar a la diosa trepando al trono, e inclinando la cabeza hasta emplazarla en las plantas de los pies del monje. Y, por supuesto, podría acontecer que el monje se sentase al estilo occidental en una silla; en cuyo caso la diosa tendría su cabeza colocada justo debajo de sus plantas. No, ella no está presente en su tosca forma física; así que no tiene que ponerse sobre el suelo.
En ambos casos, esta escena recuerda la escena del conocido episodio de la vida del Buda, que sucede justo antes de la Iluminación. El futuro Buda, Siddharta - como era entonces todavía - estaba sentado en el vajrasana, el trono de diamante que es el trono que ocupan todos los Budas cuando alcanzan la Iluminación; y que es considerado en la tradición budista como el centro simbólico del universo. Y allí se sentó Siddharta. Sabía, con toda certeza, que su hora había llegado, que iba a alcanzar la Iluminación esa noche y, por tanto, se aposentó en ese lugar: en el centro del universo, en el trono de diamante. Y tan pronto como se hubo sentado, Mara, el malvado, apareció. Mara había estado acechando a Siddharta desde el mismo momento en que dejó su casa intentando encontrar un camino en su mente. En esa ocasión, le desafía preguntándole con qué derecho se sienta donde todos los Budas del pasado lo hicieron. Lo que viene a significar: '¿Porqué estás tan seguro de que te vas a Iluminar?'. Siddharta le contesta que tiene derecho porque ha estado practicando las paramitás, las perfecciones - generosidad, ética, paciencia, energía, meditación y sabiduría - no sólo en una vida sino en muchas; no en cientos sino en miles, en cientos de miles. Y que ahora está listo, dice, para ganar la Iluminación: que tiene derecho a tomar asiento en el trono de diamante.
Entonces Mara replica: 'Queda muy bien argüir que has practicado los paramitás; pero ¿Quién te vio haciendo todas esas cosas maravillosas? ¿Quién es tu fiador?. Y Siddharta contesta: 'La tierra es mi testigo. Todas esas acciones han sido realizadas en el suelo de la tierra, por tanto, la diosa de la tierra ha sido testigo de ellas'. Y Siddharta, dio un golpecito en la tierra con las yemas de los dedos de su mano derecha. Y, al instante, la diosa de la tierra emergió de las profundidades y dijo: 'Sí. Lo he visto todo. Le he visto practicar todos los paramitás. Es realmente válido que tome asiento en el trono de diamante'.
Esta escena es representada frecuentemente en el arte budista. La diosa de la tierra aparece como una bella mujer en la madurez - no precisamente joven pero tampoco avejentada. Es de color oro viejo o verde oscuro y, habitualmente, sólo muestra la mitad superior de su cuerpo emergiendo de la tierra - como la Madre Erda en 'El anillo' de Wagner - y sus manos unidas en salutación. Pero a veces se la representa junto al vajrasana, o debajo de él, con la cabeza a los pies del Buda, al igual que la diosa de la tierra queda emplazada en El sutra de la Luz Dorada en relación con el monje que predica el sutra.
Este punto queda más realzado aun con el simbolismo de la cabeza contra los pies. Según la tradición india, incluida la vieja tradición budista, la cabeza es la parte más noble, la más valiosa de nuestro cuerpo. En sánscrito, 'cabeza', es 'utana augé' que significa el miembro, el limbo, superior. Los pies. por el contrario, son la más innoble y devaluada parte, porque allá, en la India antigua, la gente andaba descalza y sus pies estaban con frecuencia muy sucios. Si se quería mostrar respeto por alguien, se ponía la cabeza a sus pies. Lo que viene a significar subordinar lo que es más elevado en ti a lo más bajo en él. Si se trata de alguien realmente superior a ti, ésta sería la única forma posible de ponerse en contacto, de quedar verdaderamente receptivo a lo que sea que te pueda otorgar.
Hallamos un simbolismo similar en las prácticas meditativas en las que se visualiza al Buda o Bodhisattva Vajrasattva aposentado por encima de la propia cabeza; o cuando se visualiza el linaje del Guru sentados uno por encima de otro. Uno se hace receptivo a su influencia espiritual alineándose verticalmente con ellos. Es todavía un costumbre india tocar los pies de los hombres santos con los dedos y luego tocarse la frente. Esto se hace con la intención de tomar polvo de sus pies y ponérselo en la propia cabeza. Mucha gente muestra respeto de esta manera en India; no sólo a los hombres santos, sino a los padres, ancianos e incluso profesores. En los países budistas orientales queda mucho de esta tradición. La única diferencia es que en los países del Theravada no toman contacto físico. Lo que acontece es que los laicos saludan a los monjes, y los monjes a los monjes más viejos -a sus maestros - arrodillándose y tocando el suelo junto a sus pies con la frente. El principio es exactamente el mismo.
En India y otros países budistas orientales, hay muchas otras costumbres en relación a los pies y la cabeza. Por ejemplo: no se puede tocar la cabeza de alguien que es superior a ti y, por supuesto, mucho menos, hacerlo con los pies. Sería visto como inverso al orden natural de las cosas. Ni tampoco estar con las piernas estiradas y los pies apuntando hacia alguien al que consideras superior; por ejemplo: la imagen del Buda, especialmente ante el altar. Dicho comportamiento podría ser considerado grosero, irrespetuoso e indelicado.
Habiendo prometido postrarse con sus cabeza en las plantas del monje que esté predicando el Dharma, la diosa de la tierra se prepara para hacer una promesa más: promete que se alimentará del néctar del Dharma - o sea, que sacará alimento espiritual del Dharma, de la luz dorada. Promete que rendirá honor, que se regocijará, que incrementará el sabor de la tierra. Promete que fortalecerá la tierra; es decir: que los árboles, flores frutos y cosechas se harán más fuertes - no sólo fuertes sino también más hermosos y abundantes. No sólo esto, el hecho de que los frutos de la tierra sean más sabrosos, más bellos y más abundantes, afectará a los seres humanos que la habitan Su longevidad, su fuerza, su complexión y la potencia de sus sentidos aumentará; y les permitirá realizar los cientos de miles de actividades adecuadas para la tierra. Serán devotos, esmerados, harán las cosas que deben ser hechas con poderío. Y entonces todo Jambudvipa se volverá apacible y próspero. La gente será feliz y sus pensamientos tornarán entonces a El sutra de la Luz Dorada. Se acercarán a los miembros de la comunidad espiritual desde una mente pura y les pedirán que expongan el sutra.
Cuando el sutra sea expuesto, la propia Drdha con su séquito, se hará aun más fuerte y poderosa. Las palabras que emplea son casi las mismas que las de los cuatro grandes reyes, dice: 'En nuestro cuerpo se producirá un gran poder, fortaleza y fuerza. Brillo, gloria y fortuna penetrará en nuestro cuerpo'. Dice que estará satisfecha con el néctar del Dharma, que la tierra aumentará su sabor, se hará más potente. Los seres que dependen de ella aumentarán y crecerán; y experimentarán diversos placeres y gozos. Por todas estas razones, dice Drdha, todos deberán sentir gratitud hacia la tierra y hacia su diosa - que ha hecho todo ello posible Ella desea que todos escuchen el sutra con respeto, que hablen sobre él, regocijandose por el hecho de haber escuchado el Dharma, por haber adquirido méritos y por haber complacido a los Budas. Ellos también se regocijarán por haber escapado del renacer en mundos inferiores: no lo harán ni en el infierno, ni en el reino de Yama, ni en el de los animales, ni en el de los espíritus hambrientos. Se regocijarán también, según dice Drdha, de renacer entre hombres o dioses. Y no sólo eso. La diosa espera que, tras escuchar el sutra, la gente contará a amigos y vecinos cualquier cosa que recuerde de él. Y, al hacerlo, la tierra se hará aún más fuerte, la gente, aún más fuerte. Y serán bendecidos, Y gozarán de salud y felicidad, pero serán devotos de la libertad, la generosidad y tendrán fe en las Tres Joyas.
La promesa de la diosa se desarrolla en una forma circular. En primer lugar El sutra de la Luz Dorada es predicado, y esto alimenta a la diosa de la tierra. Alimentada ella, aumenta el sabor y la fortaleza de la tierra y, por tanto, las gentes que la habitan se hacen fuertes y prósperas. Al sentirse fuertes y prósperas son felices y, al sentirse felices, quieren oír predicar el sutra. Por ende, al ser predicado, la diosa se nutre y, cuando se nutre, la potencia de la tierra se incrementa y el proceso completo se repite.
No es de extrañar que la promesa de la diosa de la tierra siga este patrón circular, al fin y al cabo, es la diosa de la tierra, es naturaleza, incluso la Madre Naturaleza - y la acción de la naturaleza es básicamente cíclica. La diosa de la tierra representa así, cambio, mutabilidad; especialmente cambios cíclicos. Representa el proceso cíclico de la acción y reacción entre opuestos: es la existencia condicionada. El Samsara, la Rueda de la Vida.
Pero estamos yendo demasiado deprisa: aun no hemos terminado con la promesa de Drdha. Probablemente habréis notado que, a lo largo de su discurso, la diosa repite su patrón circular tres veces; pero cada vez se desliza hacia un plano más elevado. Al final del primero las gentes escuchan El sutra de la Luz Dorada. Al final de la primera repetición hablan a otros sobre el sutra y, al final de la tercera vez, desarrollan fe en las Tres Joyas. Es un movimiento circular que intenta formar una espiral. Y en cierto modo es una espiral, pero no una espiral auténtica. En la espiral auténtica, en el Sendero Espiral verdadero, cuando cruzamos el Punto sin Retorno, cuando somos Adentrados en la Corriente, el progreso espiritual es irreversible. En el círculo de la Rueda de la Vida no hay progreso espiritual, no hay progreso que permanezca, no hay progreso trascendental. Entre la Rueda y la Espiral está el sector del que hablamos. En esta zona, el progreso espiritual se produce, pero no es irreversible: podemos todavía volver a caer en el círculo, en estados en los que simplemente damos vueltas sin hacer realmente progreso alguno.
En el capítulo 7 Sarasvati promete que los monjes, monjas, laicos y laicas, que soporten los grandes sutras, incluído El sutra de la Luz Dorada, escaparán de la existencia cíclica. Pero la diosa Drdha no hace tal promesa. Ella sólo promete que renacerán en los mundos entre los dioses o los hombres; y que tendrán fe en las Tres Joyas. Ni siquiera promete que Irán al Refugio. La diosa de la tierra, dicho en otras palabras, tiene sus limitaciones: la naturaleza no puede llevarnos muy lejos.
Esto se confirma en lo que resta de capítulo. Tras la promesa hecha por Drdha, el Buda habla y dice que aquellos que hayan escuchado, aunque sea tan sólo un verso de El sutra de la Luz Dorada, renacerán entre los 33 dioses o en otros grupos de dioses. Que los que rindan honor al Sutra, renacerán, por siete veces, en cada uno de los palacios paradisíacos edificados con las siete joyas; y experimentarán inconcebibles bendiciones.
Drdha vuelve a platicar. Repite su promesa y ruega para que los seres continúen escuchando el sutra y experimenten inimaginables placeres tanto divinos como humanos. Finalmente ruega para que puedan despertar a la suprema Iluminación perfecta. Pero es sólo una plegaria, no una promesa. Una plegaria en la que ve a los seres en la plenitud en un futuro infinitamente remoto. Desde el punto de partida del orden natural, la Iluminación es contemplada como un remoto acontecimiento divino; no como algo practicable aquí y ahora. Con esta plegaria concluye el capítulo de Drdha, la diosa de la tierra.
La diosa de la tierra en el sutra no es más que una figura en la sombra. No hay una descripción de Drdha; no hay para ella un himno de alabanza como lo hay para la gran diosa Sarasvatí y, por supuesto, para la gran diosa Sri en el capítulo previo. Permanece oscurecida, informe, irreconocible. En la India del hindú moderno ocurre lo mismo. Sarasvati es una diosa muy popular y venerada en toda India, especialmente por los estudiosos, escritores y estudiantes. Sri o Lakshmi es, si cabe, más popular: es más ampliamente venerada - en especial por los propietarios, comerciantes, hombres de negocios y especuladores de mercancías y acciones. Otras diosas también son veneradas: Durgà - la de los diez brazos que asesina al demonio búfalo -; Kali, la diosa negra, la que baila sobre el cuerpo postrado de su marido y que lleva una guirnalda de cabezas recién cortadas, cuyas rojas lenguas les cuelgan y cuyas bocas gotean sangre; está también Sitala, la aterradora diosa de las viruelas. Todas ellas son reverenciadas por millones de personas en India, todas tienen sus altares, sus imágenes y sus sacerdotes. Pero Drdha no es venerada; no tiene altares, ni imágenes, ni sacerdotes.
La omisión es, sin embargo más aparente que real. Hablando en general, todas las diosas son, en cierto sentido, diosas de la tierra; al igual que todos los dioses son dioses del cielo. Si se apea uno de la Unicidad, por así decirlo, y se toma esto como principio último, se puede considerar un primordial dualismo - basado en todas las antiguas filosofías, religiones y mitologías - que reduce, en la forma más simplista, el dualismo a esos términos. Como, por ejemplo, en la mitología clásica egipcia, en la que existen la tierra y el cielo representados por varias diosas de la tierra y varios dioses del cielo.
Desde luego que se puede encontrar figuras que suponen excepciones. Plutón es el dios del mundo subterráneo - aunque no de la tierra en la misma forma que lo es Drdha. Es un dios y vive bajo tierra gobernando el Hades, pero esto no le convierte en la contrapartida masculina de Drdha. Demeter es una diosa celestial, pero vive en la tierra. Dicho de otro modo: vivir en la tierra no es sinónimo de ser un dios o diosa de la tierra. En cuanto a Neptuno, el dios del mar, no da la impresión de corresponder a la versión masculina de la diosa de la tierra. Es mucho más semejante a su hermano Júpiter, que gobierna el reino del aire.
Se podría decir de Palas Atenea que no es una imagen de la madre tierra debido a su proximidad a Zeus. Según la mitología griega ella nació de la cabeza de Zeus -sin madre alguna - lo que la convierte en una extensión de la personalidad de Zeus con gran cantidad de atributos masculinos. Un erudito la compara con Mañjusri, el bodhisattva de la sabiduría, arguyendo que, como Palas Atenea, Mañjusri es todo intelecto y castidad - atributos difícilmente aplicables a la diosa tierra. Pero si Palas Atenea es una excepción, es la excepción que confirma la regla. Aunque técnicamente femenina, carece de los atributos habituales de las diosas terrenales.
Drdha es quizás la original diosa india de la tierra, y por supuesto la madre Tierra, antes de que sus varias funciones fuesen diversificadas. Se la compara con figuras similares de otras culturas: con las griegas Rhea y Demeter; con Isis y Hathor en Egipto; con Istas en Babilonia; con la Diana de los Efesios o con Erda o Hertha del norte de Europa. Y quizás podemos establecer un claro paralelismo con ciertas figuras anónimas llamadas Venus Neolíticas. Estatuillas con enormes pechos, nalgas y vientres (matrices), y sólo rudimentarias cabezas. Como ellas, Drdha, representa la realidad más primitiva bajo su sofisticada apariencia, representada también por algunas otras diosas.
Como cabría esperar, ella no es sólo una figura más borrosa que Sarasvati o Sri, es también mucho más humana. Ya he comentado que ellas tres representan tres aspectos de la actividad humana, y que sus promesas de proteger el sutra suponen la transformación de estas tres áreas de actividad para ponerlas al servicio de la luz dorada. En el caso de Drdha esto es sólo una verdad a medias. Su promesa de proteger al que predique el sutra tiene, en cierto modo, un significado más ambiguo. Las energías humanas que son parte de la naturaleza pueden ser puestas al servicio de la luz dorada. Pero la naturaleza, en si misma, no puede ser transformada. Lo más que podemos transformar es nuestra actitud hacia ella.
Examinaré nuestra actitud hacia la naturaleza bajo tres epígrafes: el primero el uso de la naturaleza - es decir los recursos naturales y el medio ambiente; el segundo el aprecio y gozo de ella; y el tercero la comprensión de la naturaleza.
'Uso de la naturaleza' significa el uso de los recursos naturales. Últimamente se habla mucho de ello. Empezamos a tener en cuenta que ciertos recursos naturales son limitados, que los estamos empleando a una velocidad alarmante y en forma sumamente derrochadora. Como budistas, como seguidores del Dharma, debemos ser muy conscientes de ello. Deberíamos intentar usar verdaderamente con muchisimo cuidado todo lo que tiene un origen natural y, además usar lo menos posible y en la forma más adecuada - es decir, en beneficio, verdadero beneficio, propio y de los demás. Lo mismo sirve para el medio ambiente. No podemos destruirlo o estropearlo en forma alguna, como por ejemplo contaminando; y, sobretodo, pensarlo mucho antes de llevar a cabo cambios irreversibles .
Esto revierte en el espacio común del pensamiento informado y responsable, y no hacen falta más elucubraciones. Sólo me interesa subrayar el principio general implicado: que el uso correcto de la naturaleza forma parte de la vida espiritual. Me gustaría sin embargo hacer una mención especial sobre una forma concreta de mal uso de la naturaleza que es de interés especial para los budistas: la contaminación, incluso profanación del medio ambiente con el ruido. Hay demasiado ruido. Esto es especialmente notable en grandes ciudades, pero los pueblos no están exentos. Los reactores los sobrevuelan y articulados camiones de 30 toneladas atronan a través de las pequeñas calles centrales. Bajo estas circunstancias la vida, y especialmente la meditación, se hace muy difícil. Por tanto los budistas debemos estar especialmente conscientes de ello y hacer lo posible por reducir el ruido, incluso apoyando a organizaciones que trabajan con este fin.
El segundo aspecto sobre nuestra actitud hacia la naturaleza que me gustaría resaltar es el aprecio o gozo de la naturaleza en un sentido estético, incluso contemplativo. No se trata de usar de ella o de hacer algo, sino sencillamente mirarla y apreciarla en sí misma, tanto si se contempla una montaña, una vasta extensión de mar, una pequeña flor o un grano de arena. Esta forma de estima hacia la naturaleza es comparativamente nueva en occidente. En Inglaterra, por ejemplo, era sólo común a los poetas románticos, especialmente Wordsworth y Coleridge. Su época fue la de la revolución industrial, en la que hubo un gran surgimiento del utilitarismo y cuando la naturaleza empezó a ser usada y maltratada más que nunca en la historia. Quizás el énfasis que los poetas románticos dieron al aprecio por la belleza de la naturaleza era necesario para restablecer el equilibrio; y este apoyo es todavía necesario, especialmente por la parte de aquellos que están intentando desarrollar su espiritualidad. No es necesario idealizar o romantizar la naturaleza, ni mucho menos volverse sentimental como a veces hace Wordsworth; pero no cabe duda de que el aprecio por la naturaleza, especialmente por su gran belleza, puede jugar un importante papel en la vida espiritual. Puede tener un gran efecto calmante, tranquilizador y hasta revitalizador, como el que sentimos al ir de retiro al campo o incluso con tan sólo dar un paseo por el parque en una buena tarde.
El tercer aspecto del que quiero hacer mención es la comprensión de la naturaleza. El tipo de entendimiento al que me refiero no es de tipo científico o filosófico, sino esencialmente espiritual. Un entendimiento espiritual que consiste en ver la naturaleza tal y como es. La naturaleza es estacional, cíclica, y, por tanto, samsárica. La naturaleza es la Rueda de la Vida, no como un fijado cuadro pintado en la pared, sino como un proceso perpetuamente recurrente.
En occidente estamos acostumbrados a pensar que todo tiene un comienzo definido. Incluso la naturaleza, incluso la existencia mundana, deben tener un inicio en el tiempo o, al menos, un comienzo con el tiempo. Los cristianos, por ejemplo, han creído durante siglos que el universo tenía un cominenzo definido, cuando Dios lo creó de la nada. De hecho hasta le pusieron fecha concreta, con una cierta convicción, en el 4004 a. de C., si bien parece haber sido revisada después.
Pero la idea de que hubo un principio, de que el mundo fue hecho en un determinado momento, no es el punto de vista budista. Es axiomático en el budismo que el Samsara no tiene principio o, mejor dicho, principio perceptible - la palabra clave aquí es perceptible. Donde existe un sujeto que percibe hay un objeto, o sea, hay un mundo. Por eso el sujeto no puede percibir el comienzo de ese mundo, sólo puede ir retrocediendo en el tiempo indefinidamente. Puede percibir un inicio y un final relativos, pero no un comienzo o un final absolutos. Puede llegar a percibir el inicio de un universo particular, pero anterior a él, puede descubrir otro; y otro aun anterior a este. Según la enseñanza budista, los universos evolucionan durante períodos de muchísimos millones de años de un estado sutil a uno tosco y, cuando alcanza la cima de su desarrollo, empieza el proceso inverso, es decir: la involución de un estado tosco a uno sutil, durante muchísimos millones de años. Así hay periodos de expansión y de contracción, inhalaciones y expiraciones del cosmos, igual a la respiración humana: adentro y fuera del cuerpo. Excepto en que, la respiración cósmica, dura millones de años. El Samsara es cíclico, la existencia condicionada también lo es.
Pero debemos tener cuidado en no ser demasiado abstractos o distantes. En definitiva estamos todavía ocupándonos de la naturaleza, estamos ocupándonos de la diosa de la tierra. La tierra no es sólo cíclica o estacional, es también fría y oscura, no hay calor o luz en ella, la recibe de fuera de sí misma, del principio no sólo opuesto sino más elevado que ella. En términos de tierra, el principio superior es el cielo; en términos de naturaleza, Iluminación; en términos de cambio, inmutabilidad; en términos de condicionalidad, lo No-condicionado; en términos de lo mundano, lo trascendental; en términos del Samsara, el Nirvana; en términos de la oscuridad, la luz; y en términos de Drdha, la diosa de la tierra, es la luz dorada, la luz de la Verdad, la luz de la Realidad, el Buda. Es a este principio al que hace referencia el Buda en el Udana cuando dice:
“Hay, monjes, lo que no es nacido, lo que no es devenido, lo no hecho, lo no compuesto. Si no hubiera, monjes, lo que es no nacido, lo que no es devenido, lo no hecho, lo no compuesto, no habría aquí una evasión de lo nacido, de lo devenido, de lo hecho, de lo compuesto. Pero porque hay lo que es no nacido, lo que no es devenido, lo no hecho, lo no compuesto, hay, por lo tanto, evasión de lo nacido, de lo devenido, de lo hecho, de lo compuesto”
Tenemos, por tanto, dos principios: lo compuesto y lo no-compuesto, lo condicionado y lo Incondicionado, el Samsara y el Nirvana o, en términos del sutra, la naturaleza y la Iluminación: Drdha, la diosa de la tierra, y la luz dorada. Estos dos principios están separados y son independientes, al menos desde el encuadre del sujeto-objeto. Uno no proviene del otro ni puede ser reducido a él. El Samsara carece de un comienzo percibible en el tiempo; sin embargo, no hay un punto en el que pueda establecer una conexión con el Nirvana en este sentido. El Nirvana, va más allá del tiempo -así como del espacio. Por tanto, no hay un lugar en el que se conecte causalmente con el Samsara. La Vida Espiritual consiste en hacer la transición desde un principio al otro, desde el Samsara al Nirvana, de la naturaleza a la Iluminación, de lo condicionado a lo Incondicionado: consiste en abandonar la innoble búsqueda, por lo noble búsqueda, anariyapariyesana por ariyapariyesana. Por citar de nuevo las palabras del Buda Shakyamuni, consiste en lo condicionado tratando de alcanzar lo Incondicionado; no lo Incondicionado intentando lograr lo condicionado
Pero quién es quien hace esa transición. Quién es quien accede a la noble búsqueda. Es el ser humano, el monje que predica El sutra de la Luz Dorada. Como hemos observado, este monje es una figura anónima. En tres capítulos del sutra, una diosa aparece y promete protegerle, pero nada se dice de él -al menos en esos capítulos. Parece ser simplemente el gancho del que las diosas cuelgan sus promesas. Pero se dice algo sobre él en el capítulo 13, el de Susambhava, o mejor dicho, sobre el predicador del sutra, un monje llamado Ratnoccaya (que significa 'montón de joyas' o 'precioso acúmulo'). En él, el propio Buda narra la historia de una de sus vidas previas. Cuenta que había una vez un rey llamado Susambhava, que significa 'felizmente nacido' o 'nacido de la felicidad', que gobernaba todos los continentes. Una noche tuvo un sueño. Vio al monje Ratnoccaya brillando en medio del sol. Parecía ser incluso más brillante que él y estaba exponiendo El sutra de la Luz Dorada. Al despertarse del sueño y sintiéndose rebosantemente feliz, fue a buscar a los discípulos del Buda y les preguntó por Ratnoccaya. Por aquel entonces, Ratnoccaya, estaba por ahí, en una cueva, estudiando y reflexionando sobre El sutra de la Luz Dorada. Los discípulos llevaron al rey ante Ratnoccaya y Susambhava, arrojándose a sus pies y reverenciándole, le pidió que le expusiese el sutra; a lo que accedió el monje. El rey, muy contento, hizo todos los preparativos y Ratnaccaya lo expuso. No hace falta decir que el rey estaba muy impresionado, enormemente conmovido; tanto que le brotaban lágrimas de gozo; tanto que le ofreció todas sus pertenencias -que incluían, como sabemos, los cuatro continentes repletos de joyas - a la Orden de Ratnasikhin que, con el tiempo, sería el Buda. Habiendo contado la historia, reveló el Buda qué él mismo era Susanbhava y el Buda Aksobhya era Ratnaccaya.
Luego al menos algo ha sido dicho sobre el predicador del sutra o, al menos, sobre un predicador del sutra, lo cual destaca un punto en concreto. Que el predicador del sutra es siempre un monje, un bhiksu. Y todas las diosas prometen protegerle. Esto abre dos preguntas: ¿Qué es un monje? y ¿Por qué ha de ser concretamente un monje el predicador del sutra?
Debemos recordar que El sutra de la Luz Dorada es del Mahayana y que el Mahayana da, invariablemente, mayor importancia al espíritu que a la letra de las enseñanzas del Buda (aunque no significa que la ignore o sea negligente frente a ella). En cierto modo, considera más importantes las verdades de la vida espiritual que la apariencia. Para el Mahayana, monje no es aquel que observa ciertos preceptos disciplinarios, que se afeita la cabeza y que lleva el hábito amarillo aunque, por supuesto, pueda hacer todas estas cosas. Según el Mahayana, monje es aquel totalmente comprometido en la vida espiritual, en la noble búsqueda de lo Incondicionado. Y no sólo para su provecho sino para el beneficio de todos los seres vivos. El monje del Mahayana es el Bodhisattva -o, al menos, esa es su intención - incluso si aún no ha surgido el Bodhicitta.
Sólo un ser humano libre puede comprometerse. No se puede estar totalmente comprometido a no ser que se esté libre de las tareas y responsabilidades mundanas. Y las dos mayores responsabilidades mundanas, en tanto en cuanto le afectan al hombre, son, en primer lugar, una esposa y una familia y, en segundo, ganarse la vida. Ambos van con frecuencia juntos. El monje es, en cambio, célibe, soltero, sin familia, sin hijos, sin responsabilidades familiares. La palabra inglesa monje, significa alguien que está solo, sin casar, solitario, aislado 1. Pero esto no significa que un monje tenga que ser un eremita. Puede de hecho vivir como un miembro de la comunidad espiritual, incluso monástica. La idea de que un monje está sólo, se refiere a que no pertenece a ningún grupo; a lo que va unido a los puramente mundanos vínculos de sangre, dependencia emocional o mundanal interés común. En la comunidad espiritual uno puede estar sólo o estar con otros. En el grupo, por el contrario, no se está ni sólo ni con los demás.
También el monje carece de tarea mundana. No trabaja para vivir. No hace nada, no produce nada, no gana nada. Económicamente hablando es un parásito, un glorioso parásito espiritual, porque depende para alimentarse y vestirse de los demás - como será visto en el capítulo próximo.
Naturalmente estoy usando la palabra parásito de forma irónica, y os podríais estar preguntando cuán poco realista hay que ser para pensar en ser 'gloriosos parásitos espirituales ' en la sociedad occidental moderna. En la actualidad, no es realmente posible pensar en términos de ser un parásito en el sentido de vivir del estado. Incluso si se está en el paro, se está obligado a trabajar buscando trabajo. Y es aún más difícil ser un parásito espiritual, y aún muchisimo más un glorioso parásito espiritual. Un parásito espiritual, glorioso o no, es alguien que no está haciendo ninguna contribución económica directa a la sociedad y, sin embargo, está apoyado por ella.
Esto lleva a todo el asunto de salarios, pagos y mercantilismo. El ideal espiritual budista es dar lo que se puede a cualquier nivel, sin pensar en términos de 'quid pro quo', de pago en manera alguna, de tomar 'a cambio' lo que necesitas; es dar lo que puedas, indistintamente de que el obsequio sea material, cultural o espiritual. No forma parte del ideal budista ser un parásito si se entiende por ello alguien que toma y nunca da. Pero ciertamente no se trata de dar y recibir en forma de trueque del tipo 'si me das tanto apoyo material te daré tanto en guía espiritual'. Un parásito espiritual en sentido budista, sería aquel que toma de la sociedad lo que necesita para su subsistencia, sin dar necesariamente algo material a cambio, pero que, sin embargo, da genuinamente cuanto puede en otra forma; y no simplemente para justificar el ser mantenido.
Monje es aquel que lleva una vida puramente espiritual, que está absolutamente comprometido a ella, que no tiene vínculos ni responsabilidades mundanos, que vive lo que los escritores clásicos cristianos denominaban una vida angelical. Los monjes viven como si estuviesen en el paraíso, como ángeles. En el cielo no hay ni que tomar mujer ni que darse como consorte. Y tampoco que labrar, sembrar o cosechar. La vida monacal es así la vida feliz. Y puedo testificarlo desde mi propia experiencia y observación, al menos en lo que se refiera a los monjes budistas (no puedo hablar por los otros). No tengo reparo en decir que la vida monástica es la mejor y más feliz de las vidas. En India no sólo yo mismo vivía como un monje, sino que tuve contacto con monjes de muchas escuelas y muchos países (Theravada, Mahayana, Zen, Nichiren Gelupas, Nyingmapas). Algunos eran cingaleses, otros birmanos; había de Singapur, thailandeses, vietnamitas, de Laos, camboyanos, chinos, tibetanos y nepaleses; y todos eran notablemente más felices que los laicos, incluso los budistas laicos. Los laicos eran bastante felices pero los monjes aún lo eran más.
Esto podría parecer extraño. Al fin y al cabo los laicos tienen esposas, hijos, trabajo, dinero, coche, todo tipo de placeres y distracciones y, ciertamente, con frecuencia parecen relativamente desgraciados. Los monjes, por el contrario, habitualmente carecían de estas cosas. La mayoría de los que conocí tenían poco más que su ropa, su cuenco de mendigar, unos pocos libros, y, a veces, una pluma o una vieja cámara de fotos. Muchos de ello no comían nada sólido hasta después del mediodía, contentándose con un te - algunos eran tan estrictos que ni ponían leche en su te. Y todavía estaban francamente felices, contentos y amistosos. Era realmente un gozo estar con ellos.
Esto es lo que es un monje, realmente un monje -no aquel que lo es por el hecho de haber recibido formalmente una ordenación monástica. Aquel que está totalmente comprometido con la vida espiritual, que no tiene vínculos mundanos ni responsabilidades, que es célibe, que no está casado - sin esposa e hijos - que no trabaja para vivir sino que es mantenido por otros, que recibe comida y alimentos de otros. Aun más, es el que lleva una vida angelical, que es feliz. En otras palabras, es aquel que ha hecho la transición de lo condicionado a lo Incondicionado, del Samsara al Nirvana, de la naturaleza a la Iluminación; o que está inequivocamente en el proceso de hacerla. Monje es aquel que, al menos, se ha establecido en la noble búsqueda.
Puede parecer que haya mostrado una imagen idealizada de la vida monacal. Quizás sea porque, en mi interpretación del sutra, el monje representa al ser humano, como Drdha a la naturaleza y la Luz dorada la Iluminación. Lo que realmente muestro, es una imagen idealizada del ser humano. El monje sólo aparece como un monje. Es primigeniamente como el ser humano, como el ser humano comprometido con la vida espiritual, como el ser humano Yendo al Refugio.
Y por eso hablo de 'monje' en su verdadero significado. No como el de aquel que ha recibido formalmente una iniciación y es, por tanto, un monje en su sentido técnico. Hay muchos monjes en oriente que no responden al ideal porque, aunque han sido formalmente ordenados, no están realmente comprometidos a las Tres Joyas, al ideal de la Iluminación. Quizás sea bastante confuso que el monje del sutra sea denominado monje y a los que llevan hábitos amarillos pero no viven el ideal budista se les llame monjes también. Es sólo algo accidental en la historia.
Dicho esto, no resulta fácil hacer la transición de lo condicionado a lo Incondicionado, no es fácil dejar el Samsara atrás por infeliz que sea. No es fácil abandonar lo mundano: sobre todo porque el Samsara no está sólo fuera de nosotros, el mundo no es algo externo a nosotros sino también dentro de nosotros. El ser humano es un ser con una naturaleza dual. De un lado, es hijo de la tierra, de otro, criatura del cielo. Es parte de la naturaleza y, a la vez, la trasciende.; siente la atracción gravitacional de lo condicionado y el tirón gravitatorio de lo Incondicionado. El ser humano es un ser en conflicto, en conflicto consigo mismo, en conflicto en sí mismo. Podemos llegar a decir que es un campo de batalla de fuerzas opuestas, Hay una gran batalla produciéndose en cada ser humano: las fuerzas de la naturaleza en pugna con las de la Iluminación. Drdha, la diosa de la tierra contra la luz dorada.
El monje es aquel en el que el conflicto se ha resuelto, la batalla ha sido ganada. Sus energías naturales se han sometido a la luz dorada - en paráfrasis cristiana: el que ha superado el mundo. Resulta obvio ahora porqué el monje es el predicador de El sutra de la Luz Dorada y porqué la diosa de la tierra pone su cabeza a sus pies. El monje ha hecho la transición del Samsara al Nirvana, de la naturaleza a la Iluminación; o está en proceso de hacerlo. Se ha identificado con la luz dorada, se ha hecho uno con ella, al menos hasta cierto punto, y es capaz de predicar el sutra. En ultima estancia, es el propio Buda el que predica en sutra y el propio Buda el que es protegido.
En la actualidad, desafortunadamente, la diosa de la tierra se ha descontrolado. La naturaleza está fuera de control; y no me refiero a la naturaleza fuera del ser humano - excepto en tanto en cuanto es perturbada por el hombre mismo - sino a la naturaleza en el interior del hombre, la energía natural del ser humano. Hoy lo condicionado persigue lo condicionado implacablemente. Apenas nadie busca lo Incondicionado; el énfasis es casi exclusivamente hacia los valores materiales. Pero si la civilización no sufre un colapso, si la humanidad no se destruye a sí misma, habrá un énfasis mucho mayor hacia los valores espirituales. Debe haber un resurgir de la vida espiritual. Y por 'vida espiritual' entiendo no la vieja religiosidad convencional que hemos superado o deberíamos haber superado. Lo que necesitamos es un incondicional desarrollo del ideal monástico en su verdadero y mejor sentido.

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