Implicaciones sociales del cambio tecnológico



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Cuadernos Políticos, número 32, México, D.F., editorial Era, abril-junio de 1982, pp. 5-20.
Elma Altvater

Implicaciones sociales

del cambio

tecnológico
LA TESIS
En el presente trabajo intentaremos discutir el problema de los "límites del crecimiento" al nivel de las teorías de "ci­clos largos" del crecimiento económico y de las teorías de Iris etapas del capitalismo. Aquí, la importancia mayor correspon­de al papel de la tecnología y la técnica. Se demostrará, no obstante, que éstas sólo pueden ser utilizadas adecuadamente si se toman en consideración las condiciones socioeconómicas y políticas para la implementación de la técnica. Puede de­cirse que al comienzo de la década de los ochentas existen innovaciones técnicas como precondiciones de un nuevo auge, pero que los procesos de reestructuración económica, social y política (una precondición de la implementación de innova­ciones técnicas) aún no han concluido. También se puede conjeturar que con respecto a la crisis del racionalismo europeo ―la cual, por ejemplo, se expresa en las cuestiones del medio ambiente natural― no es posible elegir estrategias basadas únicamente en criterios cuantitativos, de modo que las vías tradicionales para salir de la depresión (programas de intervención masiva para aumentar la producción están bloqueadas políticamente, al menos por ahora. Las políticas neo-liberales están tratando de eliminar estas limitaciones políti­cas con la ayuda de fuerzas de mercado brutales, incluso a riesgo de "soluciones exterministas".

I. LA CRISIS DEL RACIONALISMO EUROPEO

Después de la euforia de crecimiento y progreso técnico durante las décadas de los cincuentas y los sesentas, a media-dos de los setentas se impuso una tónica escéptica. Las espe­ranzas de que una automatización global de la producción reduciría la enajenación del trabajo (en el sentido de la curva-U de Blauner) y aumentaría la autodeterminación y la satisfacción con el trabajo, demostraron ser falsas. La po­sibilidad de controlar casi completamente el mundo y sus tendencias con la ayuda de la tecnología avanzada, que solía ser artículo de fe, no representa hoy día un factor de triunfo; por el contrario, se está convirtiendo cada vez más en un factor de temor de que no sean las personas quienes dominen la técnica, sino la técnica quien domine a las personas, e in­cluso de que la técnica pueda escapar a todos los controles y destruir a la humanidad. Al acuñar este término “exterminismo”, E. P. Thompson (1981) intentó señalar la perspec­tiva de tal sociedad global, cuyos bloques basarán su poderío económico y militar en la "progresividad" de sus respectivas tecnologías y que en consecuencia (desde el punto de vista del interés de la humanidad por sobrevivir) estarían someti­das al irracionalismo de una lógica que no puede ser contro­lada.
Paralelamente al fracaso de las esperanzas depositadas en la técnica, existe una clara comprensión de los aspectos ne­gativos de una tecnología masivamente introducida con el fin de despedir obreros y reducir el nivel de calificación para ahorrar en los costos de mano de obra. En muchos países capitalistas, ésta fue la base para la aparición de "nuevos movimientos sociales", que ya no se orientan hacia el des-arrollo, crecimiento y progreso racionales, sino que plantean nuevos criterios, basados en dar un sentido a la vida. Estrechamente vinculadas a estas tendencias se hallan nuevas orien­taciones más fáciles de evaluar mediante criterios cualitativos que cuantitativos, tales como las tasas del crecimiento econó­mico, la productividad del trabajo, las cantidades producidas por el mercado, el número de automóviles per cápita, etcé­tera.
Esto implica algo más que la elaboración o modificación de los índices empleados para evaluar comparativamente el crecimiento, el desarrollo y el progreso. Pues la cuantifica­ción es un resultado profundamente arraigado de las formas de socialización burguesa, una condición fundamental de los cálculos capitalistas de racionalidad y rentabilidad que, a su vez, representan una consecuencia del pensamiento y la ac­ción dirigidos hacia la eficiencia, para el "espíritu del capi­talismo" (Max Weber), y para una sociedad orientada hacia la eficiencia, que utiliza la técnica de forma muy definida e instrumental. Nada puede hacerse con las formas de repro­ducción social ―salarios, precios, ganancias, dinero y media­ción del mercado de estas categorías― excepto cuantificarlas para los objetivos de maximización y optimización. La cali­dad de la vida y los niveles de vida dependen de una determinada cantidad de dinero. El mercado ocasiona necesariamente una reducción en calidad y cantidad. Aquí llegamos al punto crítico: en sí mismo, el desarrollo de criterios cuali­tativos pone en tela de juicio a aquellas instituciones que ejercen lo siguiente: o bien el crecimiento deseado representa una mera fórmula, que será, en la práctica, impugnada con éxito por la realidad, o bien las instituciones de socialización deben sufrir un cambio; estamos hablando del mer­cado, los intereses y valores de la propiedad basada en el mercado en la esfera económica, y acerca de la democracia formal, basada en el principio de la maximización de votos. Esto toca una cuestión muy delicada, que no podemos desarrollar aquí en todas direcciones. Mencionaremos solamente que, ni al nivel del mercado ni al nivel del proceso democrático, es una cuestión de "abolición", sino más bien una cuestión de reforma institucional, que elimina las presiones hacia la cuantificación y permite que se tomen en conside­ración criterios cualitativos.
Realmente, la cuestión es: ¿por qué no es posible hoy día, como solía serlo en los siglos y décadas anteriores, conside­rar el crecimiento cuantitativo como suficiente para un me­joramiento del nivel de vida y para medir el progreso? Detrás de esta cuestión está el problema de la relación recíproca entre medios y fines, entre insumo y producto. La racionali­dad formal, en el sentido de Max Weber, es el principio fundamental, el imperativo categórico del pensamiento y la acción burgueses; es un resultado histórico de la "ética pro­testante". Insumo y producto son calculados y yuxtapuestos; cuanto más favorable sea su relación, mejor será para el "bienestar". Pero, en el capitalismo, esta medida se restringe aún más, porque también la rentabilidad tiene que ser tomada en cuenta. En su estructura, la rentabilidad es idéntica al cálculo abstracto de la racionalidad; al invertir capital, se tiene en mente la ganancia como un resultado del proceso de producción y de la extracción de valor. Sin embargo, el irracionalismo se encuentra ya contenido aquí. Porque los generalizados deseos individuales de máxima rentabilidad (la máxima tasa de ganancia) conducen, desde el punto de vista de la sociedad, a tasas de ganancia decrecientes o bien, si queremos expresar esto en términos más generales, a un em­peoramiento de la relación insumo-producto. Pero esta transformación de la racionalidad en su contrario no se limita al cálculo capitalista de la rentabilidad; transformaciones de ra­cionalidad en irracionalidad pueden ser observadas igualmen­te en otros contextos. A este respecto, señalaremos los siguien­tes puntos:


  1. En el capitalismo, la actividad racional es mediada por el mercado. Como "mecanismo racional de selección", como campo de prueba y error, cuyos procesos conducen a solu­ciones óptimas (guiadas por una "mano invisible") ―tal como quieren las teorías liberales y neoliberales― el merca-do no obstante funciona solamente cuando se hallan presentes las "señales" adecuadas, verbigracia, cuando existen relaciones de precios adecuadas. Pero éste no es nunca el caso, de­bido a los monopolios y a efectos externos de intervenciones estatales, de manera que las soluciones óptimas, en principio, no pueden obtenerse únicamente mediante la operación del mercado.




  1. Puesto que los horizontes de quienes toman individual-mente las decisiones son limitados, pueden aumentar su ra­cionalidad restringiendo los insumos para su producción (por ejemplo, a través de costos para la protección del medio am­biente) o planteando exigencias a los productos de otros pro­ductores (por ejemplo, haciendo uso de medidas estatales en el campo de la infraestructura). Aquí nos enfrentamos a as­pectos externos que, desde los tiempos de Marshall y Pigou, han venido introduciendo muchas notas disonantes en la ar­monía de los modelos. Debido a esos aspectos externos, un sistema aparentemente racional se convierte en fundamental-mente irracional. Porque, considerando la .estructura de in­tereses en que se basa la racionalidad, semejante modelo es totalmente incapaz de calcular todos los insumos y productos.



  1. De lo anterior se deduce que, en el capitalismo, la ra­cionalización implica necesariamente racionalización errónea (O. Bauer, 1931). Los insumos de costos privados y sociales nunca coinciden, ni siquiera cuando se suman todos los pri­vados. Esto se debe, y no en la menor medida, al hecho de que algunos costos no pueden calcularse cuantitativamente en modo alguno. Así pues, el criterio cuantitativo de racio­nalidad está limitado en sí mismo, porque la cantidad puede ser medida y comparada en términos monetarios (K. W. Kapp, 1958).




  1. Esto está relacionado con el hecho de que los procesos económicos no pueden ser descritos exclusivamente en térmi­nos de relaciones de insumo-producto; considerando el siste­ma de recursos naturales y humanos, éstos representan una especie de "producto intermedio". El crecimiento económico influye sobre los recursos y los daña, de manera que a par­tir de un punto dado, debido a los potenciales regenerativos de los sistemas de recursos naturales y humanos, éstos ya no pueden volver a regenerarse. Aquí surge el problema de los límites inmanentes a la sobrecarga, así como el efecto de sobrecargar los recursos traspasando los límites individuales y colectivos de percepción y conocimiento, de modo que esta sobrecarga puede ser concebida y tratada políticamente (cf. Altvater, 1969: Illich, 1974).




  1. La irracionalidad de la cuantificación se intensifica ul­teriormente cuando los productos son medidos como unidades cuantitativas, sin consideración por la calidad. A esta esfera pertenecen los productos cuyos costos de producción incluyen daños al medio ambiente. El costo del producto social es aumentado por los gastos que deben hacerse para reparar los daños, cuando esto es posible. Por ejemplo: el cálculo del producto social incluye tanto la creación de valor por la in­dustria química como la "creación de valor" por aquellas plantas que limpian las aguas contaminadas; del mismo mo­do, los costos del bienestar son aumentados por los hospitales que atienden a los trabajadores víctimas de accidentes indus­triales, mientras que los costos de las empresas necesarias para prevenir accidentes disminuirán el valor creado (cf. Janicke, 1979).




  1. Paralelamente a la creciente sobrecarga sobre los re-cursos, que sigue a la industrialización y urbanización, hay un aumento tanto en los insumos no calculados como en los calculados. Ya no es improbable que se alcance ese punto en el que los costos marginales de crecimiento exceden a los beneficios marginales, de manera que el crecimiento cuanti­tativo ulterior sobre las bases sociales y tecnológicas existen-tes puede volverse irracional incluso según los criterios bur­gueses.




  1. La transformación de la racionalidad en irracionalidad como proceso social tiene como consecuencia una crisis en la autoconfianza burguesa, de modo que el "racionalismo de do-minar el mundo" (Schluchter) burgués entra directamente en crisis, basada en sus propias categorías. El progreso y la mo­dernización como criterio para la evaluación de todos los fe­nómenos de este mundo pierden su validez universal. El pro-ceso de rechazar el racionalismo, la fe en el progreso y la conciencia moderna tiene lugar dentro de la misma sociedad capitalista altamente desarrollada, donde asume muchas for-mas diferentes y, como proceso social, adquiere nuevos prota­gonistas: aquí encontramos el movimiento de los ecologistas, el movimiento contra la energía nuclear, el movimiento de liberación femenina, el movimiento de la juventud, proyectos alternativos tendientes a evitar el productivismo industrial, e incluso los nuevos mitos del mundo interno y el "éxodo" a un "retroterra" de salvación (Bahro) . Esta crisis de la racionalidad y la modernidad burguesas tiene una dimen­sión que podría ser llamada cultural-geográfica. La raciona­lidad en el sentido de Weber nació en Europa; después fue geográficamente exportada a todo el mundo en forma de do­minación imperialista del mundo, y siguiendo la tendencia del capital a propagarse, tal como fue descrita por Marx.


Cuando la racionalidad capitalista es puesta en duda no sólo como principio de cálculo sino también como momento cul­tural, eso también representa un reto al eurocentrismo.
8. Los defensores del racionalismo burgués solamente pue­den enfrentar este reto mediante la brutalidad de un merca-do irrestricto; también pueden intentar restringir la cultura política que sigue al mercado mediante el empleo represivo masivo del poder estatal para el mantenimiento del "orden". Si se quiere que las señales de los precios del mercado fun­cionen, todos los obstáculos deben ser eliminados (cf. Alt­vater acerca del neoliberalismo, 1981). Esto no es únicamente una cuestión de eficiencia técnica, puesto que las "señales" funcionan solamente cuando se garantiza una adecuada ren­tabilidad para las inversiones. Más adelante veremos cómo los economistas neoclásicos han utilizado este argumento para construir su teoría de los "ciclos largos". Si es posible reesta­blecer la función señaladora de las relaciones entre los precios, y si es posible aumentar la rentabilidad, entonces, con un uso irrestricto de la tecnología, se puede tender hacia un cre­cimiento cuantitativo.

En años recientes, sin embargo, ha resultado evidente que el "racionalismo de dominar el mundo" ha entrado en una crisis de múltiples aspectos. Esta crisis tiene ciertas conse­cuencias para el nuevo momentum económico que, al basarse en una "acumulación de inversiones" (Gordon, 1980, 26), no puede ahora expresarse libremente en una orientación hacia la técnica, la cantidad y la producción. La estructura social para el crecimiento cuantitativo ha cambiado, lo que se está convirtiendo en un problema desde el punto de vista de la superación de la presente crisis. A continuación inves­tigaremos este problema sobre el fondo que proporcionan las teorías de las etapas del desarrollo capitalista y de los ciclos largos de acumulación.

II. EL FINAL DE UN CICLO LARGO DE ACUMULACIÓN DE CAPITAL

No es en absoluto sorprendente encontrar, a mediados de la década de los setentas y al final de un largo periodo de prosperidad que comenzó después de la segunda guerra mun­dial, un renovado interés en los países capitalistas avanzados por las teorías de "ciclos largos" de coyuntura. Estas teorías tienen una larga tradición, comenzando con van Gelderen, y continuando con Trotsky, Kondratieff y Schumpeter (1961) hasta llegar a Forrester (1977), Wallenstein, Mandel (1972, 1980) a Phelps Brown (1975); éstos pretenden explicar no sólo las causas del momentum económico de los pasados 30 o 40 años y las crisis consiguientes, sino también las condi­ciones en que puede encontrarse una salida a la actual de-presión. Existen considerables diferencias entre las diversas teorías de ciclos largos. (Una bibliografía exhaustiva puede encontrarse en Barr, 1979.) Muchos teóricos encuentran en las-condiciones tecnológicas los factores responsables de los ciclos largos: creen que una acumulación de innovaciones tecnológicas en un periodo determinado abre nuevos merca-dos y estimula la producción y la demanda, lo cual significa que, debido a la rentabilidad de nuevos productos y técnicas de producción, estimula nuevas innovaciones, lo que podría ser responsable de un nuevo auge. Pero llega un momento en que los potenciales de nuevas innovaciones básicas y orien­tadas hacia el mejoramiento se agotan; al igual que la ley de la ganancia en economía, existe la "ley Wolf" de los límites del crecimiento técnico-económico, en el área de apli­cación de la técnica. De acuerdo con esta ley, quedan sólo "innovaciones aparentes", mientras que el gran momentum de innovaciones económicamente importantes se ha consumi­do. La actividad inversionista disminuye hasta reducirse ex­clusivamente a racionalizaciones en la producción, mientras que la prosperidad pasa a la fase de depresión, hasta llegar a un punto en que comienza un nuevo ciclo, prometiendo una vía de salida de este "callejón sin salida tecnológica" (Mensch, 1977).
Parece que este modelo relativamente simple de momen­tum exógeno (tecnológico) y dinámica económica como por­tador del progreso hasta el punto en que el momentum se debilita, puede ser verificado empíricamente, aunque no exis­te un consenso ni en cuanto a cómo fechar la frecuencia de la innovación ni en cuanto a la duración, y a veces ni siquiera en cuanto al carácter de las fases de desarrollo (cf. Mandel, 1979; Klenknecht, 1980). La misma imprecisión en lo tocante a determinar estas características se encuentra presente hoy día. Así, por ejemplo, Wallerstein ha señalado que Mandel (1980) y Dupriez (1978) interpretan los seten­tas como una fase de desarrollo con un "tono básico de es­tancamiento", mientras que Rostow (1978, a, b) describe la misma década como una fase expansiva (Wallerstein, 1979, p. 663). Sin embargo, Janossy (1968) ha intentado formular los largos periodos de prosperidad generalmente re-conocidos que aparecen en la actividad económica después de pausas largas y especialmente inducidas por la guerra; 61 piensa que "el fin del milagro económico" se produjo ya a principios de los sesentas, cuando el desarrollo real de las economías nacionales llegó al final de una Línea de larga duración en la tendencia del crecimiento potencial y subsi­guientemente perdió su dinámica. La línea de la tendencia de desarrollo se mantuvo aparte de todos los esfuerzos orien­tados hacia la acumulación: avanzó a través de una transformación lenta y gradual de la estructura de calificaciones del trabajador industrial no calificado durante un largo pe­riodo, así como a través de la conexión de desarrollo econó­mico, en su transformación en producción industrial, con la condición de que la fuerza de trabajo adquiera calificacio­nes adecuadas.
Lo que durante toda una década ha sido interpretado en formas diferentes e incluso opuestas, es claro que debe seguir siendo problemático. Esto está obviamente relacionado con la elección de índices y, en no menor medida, con el enfoque crítico-pesimista o bien afirmativo-optimista del autor y, co­mo escribe Wallerstein, con su "visión del mundo". Si echa­mos un vistazo a la periodicidad de los ciclos largos durante los últimos doscientos años, tal como aquélla es clasificada por distintos autores, encontraremos que la primera gran de-presión en el desarrollo industrial capitalista empieza en los años veintes del siglo pasado y provoca un nuevo resurgi­miento en los cuarentas. La segunda gran depresión empieza en los sesentas y dura hasta principios de los noventas. No hay consenso entre los distintos autores acerca de cómo fechar la tercera gran depresión, debido a los cambios estruc­turales en el mercado mundial debidos a dos guerras mun­diales y a la creación de la Unión Soviética en 1917. Sin embargo, podemos fechar el comienzo de la prosperidad de los cincuentas y los sesentas hacia mediados de los cuaren­tas, no sólo debido a la terminación de la guerra mundial, sino también debido a la subsiguiente reestructuración del mercado mundial, de la que finalmente los Estados Unidos emergieron como una potencia hegemónica a nivel econó­micos, políticos y militares. Su posición hegemónica fue la condición de la siguiente prosperidad; a medida que esa po­sición empezó a ser erosionada, su dinámica empezó también a debilitarse, conduciendo, en los setentas, a una nueva gran depresión, la cuarta.
Los ciclos largos parecen ser hechos indiscutibles (aunque puede observarse, en la construcción de ciertos índices, que fueron solamente los datos estadísticos los que llamaron la atención sobre el movimiento oscilatorio, como señaló Slutz­ky; cf. Spree, 1980); del mismo modo, la mayoría de los autores no pone en duda la importancia de la técnica que, por lo menos, representa el primer impulso que conducirá a un ciclo largo. Sin embargo, esta actitud es insatisfactoria porque no toma en cuenta explícitamente las decisiones de inversión de las empresas. La técnica debe ser empleada; pero es empleada solamente cuando el hacerlo parece rentable. Por consiguiente, habría que estudiar no sólo las inno­vaciones técnicas acumuladas (Mensch, 1977), sino también las condiciones a largo plazo para la rentabilidad del capital y sus consecuencias para las decisiones inversionistas de las empresas. Con el fin de analizar mejor el problema de los cirios largos, discutiremos a continuación tres tesis.


  1. Un grupo de autores del Instituto para el Estudio de la Economía Mundial, en Kiel (Glismann et al., 1978) utiliza un sistema neoclásico de categorización para demostrar que una disminución a largo plazo en la actividad inversionista constituye un indicador de un periodo de estancamiento, puesto que en los periodos de prosperidad económica hay deformaciones en los precios. Esto se debe a un aumento de los salarios más allá del producto final del trabajo, a un aumento en el consumo estatal, así como a los monopolios y al proteccionismo en el comercio exterior, puesto que tales medidas tienen un efecto negativo en la ganancia espera-da por las empresas. Aquí se implica la tesis de que un com­portamiento adecuado de los sujetos económicos, un compor­tamiento que no interfiere con la función señalizadora de los precios y que no tiene efectos negativos en las inversiones dependientes de la ganancia, puede ayudar a evitar depresio­nes de larga duración y a asegurar un crecimiento económico y niveles de producción superiores. Entre otras cosas, esta tesis sugiere la siguiente solución para superar la crisis: una reducción en los costos de mano de obra y de la participa­ción estatal en el producto social, con el fin de aumentar la ganancia y de tal forma estimular la inversión.


B] Mandel (1972, 1980) sitúa también la tasa de ganan­cia en la base de su análisis. La tasa de ganancia depende de la tasa de plusvalía y de la estructura del capital, así como de la velocidad a que circula el capital. Ciertos factores históricos específicos han influido en cada uno de los valores precedentes, ya sea positivamente, con la consiguien­te expansión duradera, o bien negativamente, con la consi­guiente depresión. Hay aquí una especie de asimetría. Según Mandel, los ciclos largos de crecimiento expansivo son causados siempre por factores exógenos. Sin embargo, el movi­miento hacia una fase de estancamiento es ayudado siempre por factores endógenos, debido a las contradicciones existentes y a su incremento en el proceso de acumulación de capi­tal. Los impulsos exógenos en las depresiones pueden deberse también a las nuevas tecnologías. Pero pueden conducir a una prosperidad duradera sólo cuando aumentan considera­blemente la tasa de plusvalía o cuando la composición or­gánica de capital disminuye sustancialmente, o cuando la velocidad de la circulación del capital aumenta sustancialmente. Para que se realicen inversiones, puesto que éstas siempre se acumulan al comienzo de periodos de prosperi­dad, es necesario también que haya en existencia fondos ade­cuados. Mandel piensa que éstos son medios monetarios lí­quidos. De hecho, durante las depresiones hay siempre abun­dancia de capital crediticio, como lo demuestra incluso hoy día el volumen de los mercados de crédito nacionales e in­ternacionales. Pero todo esto es solamente el lado monetario del fondo de inversión. Además, deben existir recursos reales obtenibles, sin los cuales la actividad inversionista cesaría a muy breve plazo. Ahora resulta claro que la rentabilidad de las inversiones está relacionada tanto con el aspecto del valor (esto es, monetario) y con las condiciones materiales para la acumulación de capital, como insiste Janossy, aun cuando sólo sea una relación unilateral, que consiste en una acentua­ción de la influencia ejercida sobre el desarrollo por la es­tructura de los requerimientos.
c] En una contribución que fue mal interpretada por Mandel, el presente autor (junto con J. Hoffmann y W. Semm­ler, 1979) trató de explicar la duradera prosperidad que siguió a la segunda guerra mundial mediante una situación asimétrica en la mitad del mercado mundial (países capitalistas desarrollados). La rentabilidad del capital era elevada en todas partes, pero por diferentes razones. Mientras que los Estados Unidos podían obtener ganancias extraordinarias sobre la base de su tecnología superior, en Europa y en el Japón los salarios eran relativamente bajos y la intensidad del trabajo elevada, de manera que también allí existían con­diciones favorables para realizar ganancias. El mercado mun­dial, al hallarse en expansión, tenía dos efectos: en primer lu­gar, la inevitable nivelación de las condiciones de producción; en segundo, la obtenibilidad de ganancias extraordinarias. Esto explica el gran interés mostrado por los Estados Unidos por una liberalización amplia del comercio mundial. Pero a medida que los procesos de nivelación de las condiciones de producción proseguían su avance, la tasa de ganancia tenía que decaer a nivel mundial. Las ganancias extraordinarias en los Estados Unidos desaparecieron cuando la posición com­petitiva de otros centros del mercado mundial mejoró con res­pecto a los Estados Unidos (primero en Europa Occidental y luego en el Japón). Pero esto, como regla, sólo fue posible con la ayuda de inversiones que aumentan la productividad pero exigen una inversión intensiva de capital, lo que ha tenido como resultado un aumento en la composición orgá­nica del capital. Además, los salarios ―tanto individuales como sociales― aumentaron, junto con la llegada del pleno empleo. El cambio desde la fase de prosperidad a una fase de estancamiento era inevitable. Pero este cambio significa también el fin de la hegemonía de los Estados Unidos. La causa final, aunque parece tener múltiples aspectos, está en la disminuida rentabilidad del capital en las metrópolis capi­talistas (cf. "Zur Empirie der Profitbewegung", Hill, 1979). Estas tesis explicativas toman en cuenta la importancia de la tecnología, pero le dan un énfasis erróneo. En el modelo neoclásico, el problema se reduce a asegurar un sistema de mer­cado ―y economía― de precios relativos con el fin de esti­mular las ganancias y, consiguientemente, las inversiones. Si esto se consigue, el problema de los ciclos largos desaparece por sí solo, y es remplazado por un proceso de crecimiento constante y equilibrado. Según Mandel, las tecnologías, como impulsos exógenos, tienen una influencia determinante en aquellos componentes de la tasa de ganancia que pueden impulsarla hacia arriba. El movimiento hacia la fase de es­tancamiento se debe a la dinámica endógena del sistema capitalista de ganancia (superacumulación y tasa decrecien­te de ganancia). El argumento en la segunda tesis es similar al de Mandel, pero está ampliado de dos maneras: en primer lugar, refleja las condiciones materiales de las inversiones que son realizadas conjuntamente al comienzo de la fase de prosperidad y, en segundo, las condiciones desiguales en el mercado mundial son reflejadas porque las categorías de plusvalía extraordinaria y ganancia extraordinaria son introdu­cidas en la teoría del mercado mundial.
Parece apropiado discutir aquí brevemente las nociones "endógeno" y "exógeno". En su polémica con David Gordon (1980), Mandel (1980) critica a Gordon por querer endogenizar el "impulso" hacia la prosperidad. En nuestra opi­nión, detrás de esa crítica existe una concepción especial del ciclo largo ("onda larga") como de un movimiento cíclico a largo plazo de los factores socioeconómicos. Mandel acierta al declarar que no puede haber una "mecánica ondulatoria" en el sentido de un crecimiento sinusoide a largo plazo. En contraste, Gordon (1980) parte explícitamente de una con­cepción distinta de la "onda larga”: según su concepción, las fases largas de depresión son únicamente una fase de rees­tructuración de las instituciones tecnológicas, socioeconómicas y políticas de la sociedad (en realidad, no desarrolla totalmente este concepto; al final de su ensayo la "onda larga" es tratada simplemente como un ciclo de inversión de pro­yectos inversionísticos particularmente duraderos!) . Solamen­te un rompimiento de la estructura de aquellas relaciones existentes en la fase de desarrollo previa permite la nueva prosperidad que, consiguientemente, debe tener unas bases completamente distintas a las de la anterior ―así, pues, parece ser causada exógenamente, aunque fue provocada endó­genamente, por la dinámica de la crisis y la depresión. El énfasis de Mandel en el carácter exógeno de los impulsos se debe a una interpretación equivocada del carácter de la cri­sis y de la depresión como un momento necesario y por lo tanto endógeno del desarrollo capitalista.

III. LA CRISIS Y LA DEPRESIÓN COMO UN ROMPIMIENTO DE LA ESTRUCTURA Y UNA FASE EN LA REESTRUCTURACIÓN
Es generalmente sabido que en economía es posible iden­tificar ciclos de diferente duración. No deseo entrar aquí en las diversas causas de éstos, sino sólo llamar la atención so­bre sus dos aspectos. Primero: todos los ciclos deben poder reducirse a la contradicción interna en el mismo principio de la ganancia de la acumulación capitalista (a este respecto cf. Altvater, Hoffmann y Semmler, 1979). Segundo: según Kondratieff, los ciclos largos difieren de "otros" ciclos no sólo en su duración sino primordialmente en la profundidad, alcance y duración de la depresión que sigue a la fase de prosperidad. Al final de una prosperidad prolongada, al con­trario que al final de las crisis de los ciclos de corta o mediana duración, resulta claro que el modelo de acumulación del ciclo previo de Kondratieff ha llegado a su límite y que la nueva prosperidad puede presentarse únicamente si el sistema social es reestructurado. Tanto Mandel como Gordon señalan que estos procesos no afectan sólo a cambios econó­micos y tecnológicos en el sentido limitado, sino que inclu­yen todas las relaciones sociales y políticas. Sobre esta base se concluye que los ciclos de crisis serán causados primor­dialmente por factores sociales y políticos. Castells (1980) llega al punto de argumentar que la crisis no es de carácter económico, sino más bien social y político, y rechaza todos los demás enfoques como "economicistas". Phelps Brown (1975) y Salvati (1981) tratan de subsumir este problema de reestructuración social y política bajo los conceptos de la teoría de Kalecki (1943) de los ciclos políticos de coyuntu­ra. Salvati critica a Kalecki porque los límites sociales y po­líticos del pleno empleo en el capitalismo pueden explicar solamente las "ondas largas", pero no las oscilaciones a corto y mediano plazo. Porque es únicamente en los periodos lar­gos y en las crisis severas que tales influencias actúan sobre las actitudes y expectativas de valor y que las "reglas del juego" son puestas en duda de modo que puedan producirse cambios en el comportamiento (cf. Inglehart, 1977; Polanyi, 1979).
Yo no comparto las actitudes arriba mencionadas. Se sus­tentan en una concepción básicamente errónea de los medios y maneras por los que se reproduce la socialización capitalista. Su base es y sigue siendo la economía como el dominio de la propiedad privada de los medios de producción, de la obtención de valor para la propiedad y de la necesidad de la acumulación de capital, de la que dependen las condicio­nes del empleo y de los salarios. Por consiguiente, la "lógica del trabajo" (Lelio Basso) o bien depende de la "lógica del capital" o bien se opone a ella. Adam Przeworski (1980) lo entiende así cuando habla de posición estratégicamente cen­tral y favorable de los capitalistas que aparentemente contri­buyen al bienestar general (léase: crean nuevos empleos) cuando en realidad están extrayendo ganancias y acumulando capital. Esta es primordialmente una relación económica, que aparece particularmente poderosa en las crisis, cuando se opone a la lógica política del movimiento obrero.
No es en absoluto evidente por sí mismo que la acumula­ción de capital encuentre un obstáculo: el consenso de los explotados. Esto es posible considerando las mistificaciones contenidas en la relación del capital y considerando las ideo­logías creadas y reproducidas en el sistema burgués. Además, el lado material de este consenso es indudablemente impor­tante; se expresa en la multitud de compromisos institucio­nalizados entre el trabajo asalariado y el capital ―las que, como regla, son mediadas por el Estado. Este sistema de consensos y compromisos es, por una parte, precondición para una acumulación de capital sin estorbos y, por la otra parte, está en sí misma dirigida hacia el crecimiento, esto es, hacia un aumento de los salarios y el pleno empleo. Pero el sistema de acumulación de capital entra necesariamente en crisis, que es consecuencia de sus contradicciones económicas (hiperacumulación de capital), y no de la resistencia política. Sin embargo, los momentos de crisis encuentran formas de expre­sión sociales y políticas que, consideradas en conjunto, cau­san el derrumbe de la estructura; el derrumbe de la estruc­tura, pues, no es causado nunca sólo económicamente, sino que siempre, parcialmente, es causado políticamente. Este de­rrumbe tiene varios aspectos (cf. Altvater, 1981 b):


  1. El compromiso social de clase está sujeto al proceso de disgregación social. Este proceso es una consecuencia de las divisiones en la clase trabajadora entre los empleados y los desempleados y de las divisiones del mercado de trabajo en segmentos. Puesto que los capitalistas individuales son di­versamente afectados por la crisis, el proceso de disgregación también tiene lugar dentro de la clase capitalista, la cual deja de ser capaz de actuar políticamente en forma unificada.




  1. Por lo que respecta al Estado mismo, para él la crisis es primordialmente una crisis fiscal, que pone en peligro la realización de tareas sociopolíticas, en el supuesto de, que todavía se considere deseable conservar al menos parcialmente la función económico-política de apoyar la acumula­ción. De esta manera, la función, de la acumulación alcanza una prioridad indiscutida sobre la función de legitimación. En este tipo de situación, el aparato estatal exhibe una incre­mentada necesidad de actuar, que sólo puede ser satisfecha si las instituciones del sistema político y el aparato estatal son transformados y adaptados, por ejemplo, estableciendo restricciones a los controles parlamentarios en favor del for­talecimiento del poder ejecutivo. Como ya fue señalado por Gintis (1980) y Bowles, cuyos argumentos fueron seguidos por Salvati (1981), la contradicción entre democracia y ca­pitalismo se profundiza hasta llegar a la crisis política.: las tendencias democráticas sólo pueden realizarse si el pleno empleo es abandonado como meta; puede darse un intento de mantener el pleno empleo pero abandonando las estruc­turas democráticas.




  1. Al mismo tiempo, durante las profundas y duraderas "crisis según Kondratieff", hay transformaciones en las orien­taciones sociales y actitudes de valor; ahí aparece algo seme­jante a una "cultura de la crisis". Esto está vinculado al fenómeno de que las perspectivas de vida dejan de estar pri­mordial o incluso exclusivamente enfocadas sobre el trabajo y la producción, sino que se enfocan sobre la vida misma. En la actual depresión, la apariencia y expansión de diversos movimientos sociales nuevos son una expresión de este fenó­meno (cf. Inglehart, 1977; Altvater, 1981 c).



  1. Los cambios tecnológicos que, en épocas de crisis, son introducidos en todas las áreas del proceso productivo social, tienen ciertas consecuencias para el trabajo mismo. Esto es aplicable no sólo a las calificaciones, sino también a las acti­tudes de valor de los trabajadores. En su libro Farewell to the Proletariat (1980), Gorz critica el productivismo y la ética de la acumulación, basándose en la dignidad y valor del empleo en la industria, y señalando la existencia de una "no-clase de no-productores". Esto es completamente erróneo y carece de toda perspectiva política. Pues, en la clase de los trabajadores empleados, a pesar de todos los obstáculos, hay una creciente necesidad de ser capaces de liberarse de las restricciones de la acumulación; está surgiendo un nuevo horizonte de un mundo del trabajo fuera de las estructuras capitalistas. Esta tendencia ha encontrado su expresión in­cluso en los programas de empleo de los sindicatos de Europa occidental.




  1. Paralelamente a esto hay una creciente desconfianza en las nuevas tecnologías, cuyas promesas simplemente ya no son creídas. Ya no se espera que el progreso "técnico" propor­cione un desarrollo de las fuerzas productivas hacia el socia­lismo, la satisfacción de las crecientes necesidades vitales, la simplificación del trabajo, o mejoras en el ambiente laboral y vital. Esto no se debe solamente a las transformadas acti­tudes respecto a la técnica y la tecnología, sino a los límites inmanentes de la técnica misma. Éstos sólo podrán ser supe­rados si la "lógica desarrollista" de la técnica misma es transformada.



La "crisis según Kondratieff", pues, es una quiebra estruc­tural de un desarrollo económico-social-técnico-político dado. Una renovada prosperidad a largo plazo se vuelve posible sólo cuando una reestructuración de todos los aspectos de la vida social cambia las condiciones de la acumulación econó­mica y de la reproducción sociopolítica. Pero, si considera­mos el significado de las depresiones para el desarrollo de la sociedad capitalista en todo el mundo, y si la depresión es entendida como una quiebra de la estructura y una reestruc­turación, entonces surge la cuestión de si la teoría de las "ondas largas" no debería ser rechazada en principio, en favor de la teoría de etapas o fases del desarrollo capitalista. Mandel, que aboga por la teoría de las "ondas largas", no ha observado que él mismo, al exogenizar los impulsos que pue­den conducir a la salida de largos periodos de estancamien­to, en realidad construye una teoría de etapas y ha abando­nado la "teoría de las ondas". A continuación, tal como se me pidió, trataré brevemente los problemas de la división en etapas del desarrollo capitalista y demostraré que en esta área se construyeron paradigmas completamente distintos de los que se construyeron en el área de la "teoría de ondas largas", aunque los puntos de referencia son indistinguibles.

IV. ONDAS LARGAS O ETAPAS DEL DESARROLLO CAPITALISTA?
En la medida en que piensan sobre ello de algún modo, los teóricos de las ondas largas conciben el capitalismo como un sistema social históricamente creado con leyes de desarro­llo únicas. Pero los teóricos de las etapas no están seguros acerca de esta cuestión. Pues, si el capitalismo se divide en diversas etapas de desarrollo, surge necesariamente el proble­ma de si a todas las etapas o fases se aplican idénticas leyes de desarrollo, esto es, de si la ley del valor deja o no deja de funcionar. Un tratamiento sistemático y completo de esta cuestión exigiría mucho espacio (cf. Gordon, 1980; Altvater, 1975; para la Escuela Japonesa de las Naciones Unidas véase Itoh, 1980). Por consiguiente, simplificaremos nuestra dis­cusión haciendo una revisión sistemática de los diferentes criterios de división en el problema de las fases de desarrollo del capitalismo (véase cuadro 1).

Cuadro 1

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