Igualdad de género, capacidades humanas y derechos fundamentales



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IGUALDAD DE GÉNERO, CAPACIDADES HUMANAS Y DERECHOS FUNDAMENTALES
Cristina Monereo Atienza

Profa. Contratada Doctor

Área de Filosofía del Derecho

Universidad de Málaga

cmonereo@uma.es
SUMARIO: 1. Introducción: por qué la teoría de las capacidades en la cuestión de género. 2. El enfoque de las capacidades y los derechos fundamentales. 3. Capacidades y derechos económicos, sociales y culturales. 4. A modo de breve conclusión.
1. INTRODUCCIÓN: POR QUÉ LA TEORÍA DE LAS CAPACIDADES EN LA CUESTIÓN DE GÉNERO.
La cuestión femenina o cuestión de género plantea la inminente necesidad de terminar con la discriminación político-social de la mujer, considerándola un sujeto igual de derechos. Así pues, la pregunta principal es si cabe reconocer un único sujeto universal.

La respuesta del denominado “feminismo de la igualdad en la diferencia” es afirmativa en cuanto apuesta por la posible reconstrucción de un sujeto universal identificado con todos los seres humanos, sin distinción entre mujeres y hombres y, al mismo, tiempo, sensible a las diferencias individuales. Al contrario que el “feminismo de la diferencia”, considera positivo mantener las estructuras modernas pero reformulando el racionalismo universal a través del énfasis de las emociones junto a la razón, y del acento en la contextualidad frente al egoísmo y aislamiento del individualismo liberal. Igualdad y diferencia aparecen, entonces, como dos conceptos compatibles e indiscutiblemente ligados. De otra forma, el peligro puede estar en volver a caer en identidades esencialistas de género, nada favorecedoras para la lucha feminista por la igualdad.

En la línea del feminismo de la igualdad se encuentra la teoría de las capacidades de Amartya Sen y Martha Nussbaum, que valora las conquistas ilustradas de la libertad, la igualdad y la solidaridad en sus versiones formal y material, y tiene en cuenta el contexto complejo de diversidad cultural y personal a favor de una valoración positiva de un derecho a la diferencia.

Este enfoque puede considerarse una visión nominalista moderada o, en todo caso, realista no metafísica. Es decir, se define al ser humano a partir de una esencia común que hace alusión a unos constituyentes básicos no definidos de forma cerrada (Sen) o, incluso, fijados en una lista concreta aunque abierta al diálogo (Nussbaum).

La polémica histórica entre nominalismo y realismo pone de manifiesto la dificultad que encierra la intuición de esa “esencia común” y cómo esa esencia puede haber sido extraída y abstraída por los mismos individuos y, así pues, “nombrada” o “construida” de las formas más diversas. La propuesta del feminismo de la igualdad en su versión de las capacidades presume la reconstrucción del concepto de sujeto apartándose del “sujeto iniciático” masculino y elaborando una teoría encaminada hacía un “sujeto verosímil” que intenta alejarse del esencialismo metafísico tradicional y que, en cualquier caso, define al sujeto sóla y moderadamente, a través de unos mínimos comunes que no son inmutables (Amorós, 2008: 358 y ss.).

De hecho, no es lo mismo hablar de “igualdad” que de “identidad” (Valcárcel, A., 1997: 65). La identidad conlleva tratar a seres idénticos en sus características. El “feminismo de la diferencia” quiere definir de este modo al sujeto femenino: reconstruyendo lo femenino individual a partir de la búsqueda de la identidad femenina previa, luchando contra la razón y el sujeto modernos para explorar las imágenes que representan la experiencia femenina de proximidad al “cuerpo” de la madre, que abre la experiencia hacía lo místico y lo religioso (Irigaray, L., 2007: 208 y ss.; Braidotti, R., 2002:170 y ss.). Pero el orden simbólico diferencial acaba por ser un orden natural necesario de seres idénticos que amenaza en crear un modelo de maternidad esencialista igual de injusto que el patriarcal, donde tampoco se entiende qué relación debe haber entre los sexos. Por el contrario, la igualdad es homologación de los individuos en base a unas cualidades determinadas consensuadas como las más valiosas. La igualdad es un concepto normativo y valorativo referido a lo que se considera valioso para todos los seres humanos no de manera abstracta sino, antes bien, respetando la contextualidad y las diferencias y experiencias de cada uno de los individuos.

En definitiva, se prefiere partir de unos mínimos esenciales para reconstruir el sujeto pero no quiere hacerse desde la abstracción, sin apelar a la historia y a la lucha de género. La esencia común de todos los seres humanos está adaptada a las circunstancias forjadas histórica y socialmente.

La crítica comunitarista tiene juicio al criticar la excesiva abstracción del individualismo liberal y defender a un sujeto situado. Ahora bien, la teoría de las capacidades es, sobre todo, una perspectiva liberal que no impone una determinada concepción del bien o la vida buena. El comunitarismo defiende el bien por encima de la justicia y los derechos. Pero tal imposición puede ir en contra de la diversidad personal y cultural. Esto no significa que se niegue cierta concepción del bien, siempre que sea débil o vaga. Efectivamente, así ocurre implícitamente en la teoría de las capacidades. Este enfoque va a retomar y matizar la idea del liberalismo rawlsiano y del “consenso entrecruzado” (Rawls, J., 1995) entre las diferentes doctrinas comprehensivas razonables para hacer ciertas concesiones importantes al comunitarismo en relación a la contextualización de los individuos, a la consideración de un concepto del bien y la conexión necesaria entre esfera pública y privada.

Esto quiere decir que la teoría de las capacidades surge de la aportación de teorías muy distintas que se combinan con cierta originalidad. Se origina a raíz de ese concepto de ser humano universal al que se añaden referencias kantianas y también aristotélico- marxistas. El ser humano tiene capacidad de autodeterminarse a sí mismo y, a la vez, tiene unos funcionamientos básicos que ha de desarrollar dentro de unas alternativas reales que conducen a la autorrealización personal y a la satisfacción de la dignidad humana (Nussbaum, M., 1995: 61).

El centro del enfoque está en los funcionamientos en relación con las capacidades entendidas como combinaciones alternativas que un individuo puede ser o hacer (Sen, A., 2002: 30), y como empoderamientos que permiten activar los distintos funcionamientos comunes a todos los seres humanos (así se desprende de la enumeración de las capacidades realizada por Nussbaum, M., 1995: 83 y ss.). Los funcionamientos no sólo reflejan lo más elemental de la vida humana, también se refieren a elementos complejos como, por ejemplo, ser capaz de utilizar los sentidos, de imaginar, pensar y razonar. Desde esta perspectiva se defiende que la mujer se ha visto obstaculizada en el desarrollo de sus capacidades básicas e imposibilitada para activar sus funcionamientos como ser humano.

Con todo, este enfoque no es fuertemente perfeccionista en cuanto distingue entre capacidades y funcionamientos de tal forma que son las personas quienes eligen qué funcionamientos desean realizar (sobre todo, en lo que respecta a los más complejos). En esta teoría de la justicia no hay una defensa de un concepto del bien o de la vida buena prefijado, aunque la defensa de la libertad como base social de una combinación de opciones reales y, más aún, de una lista de funcionamientos y capacidades a desarrollar para satisfacer los requisitos de una vida digna, determina ya un concepto vago (Sen) y vago-grueso (Nussbaum) del bien.

Por tanto, este liberalismo es una versión matizada y más rica en los que concierne al desarrollo de las capacidades del conjunto de individuos de una sociedad. Una sociedad si quiere ser justa ha de promover las capacidades de todos los individuos, mujeres y hombres, para que elijan su propio proyecto de vida de buena dentro de unos mínimos que permitan el perfeccionamiento de esas capacidades. Esto ofrece una alternativa que promueve los valores de la Modernidad e intenta corregir los defectos en el desarrollo de los valores inherentes al sistema liberal.

Gracias a este enfoque las personas son vistas como fines en sí mismas, lo que merece un consenso transcultural sobre unos mínimos. El ser humano es una criatura necesitada de una pluralidad de actividades vitales (Nussbaum, M., 2002: 319 y ss.) y la racionalidad es un aspecto de ese animal, pero existen otros. Las mujeres, tradicionalmente consideradas seres para el cuidado de los demás, han sido vistas como meros objetos instrumentales para el desarrollo de las capacidades de otros. Sin embargo, todos los seres humanos tienen en común unos funcionamientos y unas capacidades que han de potenciarse. Las mujeres son, también, fines en sí mismas.

Se quiere enfatizar, no obstante, que es cierto que Nussbaum tiene frente a Sen una propuesta más comprometida con la justicia al estar algo más cercana al perfeccionismo y a la idea aristotélica del bien y del florecimiento humano (Sánchez Garrido, P., 2006, 115: 524-527). Su concepción realista no metafísica del sujeto y su noción de capacidades como potencialidades de acción de los individuos favorecen el deber de desarrollo de una vida digna para todos. Además, considera la razón práctica y la afiliación como funciones estructurales, de tal manera que se difumina la separación entre interés común e interés individual (Nussbaum, M., 1995: 85; Nussbaum, M., 2002, 124-125). Las capacidades no son, ciertamente, meros espacios de evaluación de la igualdad, la pobreza o calidad de vida, como lo pensaba Sen. Son, asimismo, auténticos principios políticos que han de ser garantizados por los poderes públicos de una sociedad determinada para la satisfacción de unas necesidades básicas (Nussbaum, M., 2002: 40, 112; Crocker, D. A., 1995: 170). La satisfacción de las necesidades permite el desarrollo de las capacidades. Las necesidades son instrumentos para la libertad y la participación social. Para poder satisfacerse y transformarse en capacidades necesitan condiciones favorables. En definitiva, la relación entre capacidades, derechos y necesidades es innegablemente estrecha.


2. EL ENFOQUE DE LAS CAPACIDADES Y LOS DERECHOS FUNDAMENTALES.
Tanto Sen como Nussbaum podrían compartir la concepción de los derechos del denominado “iusnaturalismo deontológico”. Desde esta perspectiva, los derechos son considerados como “derechos humanos”, esto es, propuestas morales que no están necesariamente legalizadas aunque deberían de estarlo para ser verdaderamente eficaces (Fernández, E., 1964). Esto quiere decir que se defienden unos principios morales que determinan la justicia (aunque no la legalidad) de las normas e instituciones sociales. Son principios que establecen parámetros de virtud moral cuya validez es universal e independiente de su reconocimiento jurídico. A través de estos principios se valora si un sistema político-jurídico es injusto moralmente aunque sea válido formalmente. Determinan la validez material de un sistema jurídico desde el punto de vista de una moral no necesariamente reconocida en normas jurídicas.

Dentro de los sistemas democráticos actuales, la noción de “derechos humanos” viene a coincidir con la de “derechos fundamentales” defendida desde la corriente del positivismo matizado. Es lógico que cualquier sistema democrático legalice el conjunto de valores que conforma la ética pública común como moralidad históricamente conformada y concretada en una serie de derechos fundamentales. Así, en los Estados sociales y democráticos, los derechos humanos son mejor entendidos como derechos fundamentales porque su fundamento está en la dignidad humana y, además, porque adquieren una jerarquía y función primordial dentro de los ordenamientos jurídicos al ser normas de reconocimiento o validación material del resto de normas jurídicas (Peces Barba, G., 1988; 1993; 1995). Esta es la concepción que concede un verdadero carácter jurídico y no sólo moral a los derechos. Ninguna norma en el sistema político-jurídico puede ir en contra de los derechos fundamentales como principios de justicia, además de que estos derechos han de ser promovidos positivamente por los poderes e instituciones públicas. La moral es entendida como algo universal pero mutable en el tiempo y en el lugar, y tiene sentido como principio de justicia social en su concreción contextual.

Quizás sea más acertado afirmar que solamente a través de la consideración contextualizada y legalizada de estos principios como mínimos universales se puede estar seguro respecto de un consenso común y de una ética pública a partir de la cual se pueda comenzar un diálogo real y no imaginario con otras culturas diversas. El enfoque de las capacidades afirma una lista de capacidades como mínimos universales básicos que conforma una ética pública concretada en el espacio y el lugar. Es decir, que las capacidades deberían conformarse como moral legalizada y fundamento de derechos fundamentales, y no de derechos humanos.

Por otra parte, el enfoque de las capacidades no es muy claro en relación a la posible jerarquización de los derechos. Esto es, no se precisa con claridad si sólo algunos de los derechos se fundamentan en las capacidades básicas y, por tanto, sólo ellos deben ser reconocidos y garantizados prioritariamente en la sociedad.

Las capacidades están vinculadas, sin duda, con la libertad como libertad negativa y libertad positiva. La libertad negativa es enfatizada por Sen ya que se necesita un ámbito de autonomía para elegir entre las diferentes combinaciones posibles de vida buena (Sen, A., 1985: 169 y ss.; Osmani, S. R., 2005: 205 y ss.). También tiene un valor intrínseco la libertad positiva porque las potencionalidades o empoderamientos de los seres humanos necesitan ser desarrollados para poder activar los funcionamientos básicos. Asimismo, la libertad positiva es fundamental porque permite la participación activa de los individuos en la deliberación social (Sen, A., 1997: 316; Sen, A., 1990). Esto significa que los derechos individuales, civiles y políticos son derechos fundamentales porque se fundamentan en las capacidades como mínimos universales básicos.

Nussbaum matiza esta visión limitada del enfoque de las capacidades y añade la necesidad de que, en su caso, los poderes públicos garanticen positivamente, a través del establecimiento de las condiciones materiales necesarias, el ejercicio de las libertades relacionadas con los funciones y capacidades básicas. La libertad es también, así pues, una libertad real. Nussbaum permite difuminar la dicotomía entre agencia y bienestar que Sen parece mantener (Nussbaum, M., 2007: 18). Los funcionamientos y las capacidades son términos muy estrechos. No es posible ejercitar la libertad sin disponer de los recursos materiales y no materiales necesarios. Por tanto, desde esta perspectiva, el Estado social y democrático tendría que desarrollar la libertad individual, enfocando el mercado hacía el desarrollo de las necesidades humanas. La finalidad de las políticas sociales es satisfacer las necesidades y desarrollar las capacidades básicas. La política social ha de garantizar, por tanto, las opciones vitales de los individuos como miembros de una comunidad. Ha de ofrecer auténticas oportunidades de participar en la forma de vida social.

La responsabilidad de cada cual es importante para evaluar críticamente las circunstancias y tomar las decisiones adecuadas. El papel del ser humano como agente implica reconocer a los individuos como personas responsables. A la vez, es legítimo defender que no se puede descargar toda la responsabilidad en los individuos. En este sentido, no se puede culpar a las mujeres por haber aprehendido la propia ideología patriarcal que les ha cerrado la gama de posibilidades de desarrollar sus capacidades y de elegir un proyecto de vida propio. Las instituciones político-jurídicas y sociales tienen que responder también ante las situaciones injustas promoviendo las condiciones materiales adecuadas para el desarrollo de las capacidades básicas.

En conclusión, no cabe distinguir entre derechos. Todos los derechos encuentran su fundamento en las capacidades básicas que conforman la ética pública o justicia relacionada con el concepto de dignidad humana. Las capacidades son fundamento de todos los derechos porque éstos conforman un conjunto inseparable. No es posible distinguir entre distintos tipos de derechos porque todos están igualmente fundamentados en la dignidad humana (Monereo Atienza, C., 2005: 268).


3. CAPACIDADES Y DERECHOS ECONÓMICOS, SOCIALES Y CULTURALES.
En la relación entre las capacidades y los derechos que se extrae del enfoque de las capacidades de Sen y Nussbaum, surge muy especialmente el problema de fundamentar los derechos económicos, sociales y culturales. En esta teoría se deja muy claro que la libertad es un valor primordial y que los derechos individuales, civiles y políticos se fundamentan en las capacidades básicas. Sin embargo, el fundamento de las capacidades no es tan diáfano en caso de los derechos sociales.

Sen no favorece la noción fundamental de los derechos sociales al separar los conceptos de agencia y bienestar (Sen, A., 1985: 169 y ss.; Cortina, A., 2009: 22). Con ello, da la impresión de que los derechos sociales son meros derechos instrumentales para la libertad y, por tanto, no auténticos derechos fundamentales. La agencia es lo que permite el bienestar. Sen parece primar, así, unos derechos (los derechos individuales, civiles y políticos) sobre otros (los derechos económicos, sociales y culturales).

Nussbaum es más acorde con una defensa integral de todos los derechos al no distinguir tan claramente entre agencia y bienestar (Nussbaum, M., 2007: 184). La libertad real está estrechamente conectada con el valor de la igualdad que es fundamento tanto de los derechos de primera (derechos llamados de libertad) como de los derechos de segunda generación (derechos mal denominados de igualdad). Sin duda, uno de los fundamentos de los derechos sociales es la libertad real. Los derechos económicos, sociales y culturales son, efectivamente, derechos de integración que permiten crear las condiciones para una participación efectiva de los ciudadanos en una sociedad democrática.

Aun con todo, hay que añadir a lo dicho por Nussbaum, que la igualdad es también fundamento esencial de los derechos sociales. Desde el enfoque de las capacidades, la igualdad es una igualdad de las capacidades básicas, esto es, una igualdad en la libertad o de las libertades o igualdad de oportunidades (Sen, A., 1989: 64). Se trata de una igualdad en el punto de partida que toma como variable comparativa las capacidades humanas básicas. La igualdad es un concepto normativo y valorativo y la teoría de las capacidades ha sido muy crítica con aquellas perspectivas que han tomado como variable de la igualdad las utilidades o los bienes primarios. La riqueza o los ingresos no son buenos en sí mismos, sino en cuanto son medios para promover las funciones humanas. Las teorías de la justicia como la de los bienes materiales de Rawls cosifican las relaciones humanas al comparar a las personas en base a sus bienes materiales. Para el enfoque de las capacidades, estos parámetros no son mucho más objetivos que las capacidades y, al mismo tiempo, les falta información para determinar si los individuos pueden ser capaces realmente de desarrollar sus funciones básicas.

Hasta aquí se puede estar de acuerdo. Sin embargo, el inconveniente de la igualdad en el punto de partida es que por sí sola no garantiza la igualdad en los resultados, es decir, que partiendo de posiciones iguales se tengan los mismos logros (Monereo Atienza, C., 2010). Hay circunstancias que pueden afectar a las decisiones de los individuos y que pueden pervertir injustamente la igualdad inicial. Esto sucede claramente en el caso de las mujeres donde las discriminaciones aparecen a muchísimos niveles. No basta con garantizar que las mujeres tengan un punto de partida igual a los hombres sino que la igualdad hay que garantizarla y mantenerla en todo momento. Por eso, hay que tener en cuenta la igualdad en los resultados porque sólo así se puede conseguir que al final todos logren una igual vida digna. La igualdad en los resultados será consecuencia del conjunto de medidas a tomar por los poderes públicos para apoyar continuamente una semejante calidad de vida.

En definitiva, Nussbaum ha acertado al desvanecer la distinción de agencia y bienestar y al hablar de “capacidades combinadas” (Nussbaum, M., 2002: 128-129), es decir, se debe destacar su énfasis de la libertad real que es también fundamento de los derechos sociales. No obstante, es criticable su punto de vista en cuanto defiende que los derechos sociales son derechos con mayores límites que los derechos de primera generación porque se ven afectados por la escasez de recursos que son necesarios para activarlos (Nussbaum, M., 2007: 184).

El punto de vista que entiende que los derechos sociales son derechos más limitados y dependientes de unos recursos materiales que son escasos, no deja de ser un punto de vista ideológico que ve los derechos sociales no como derechos “universales”(universalizables) de todos los individuos sino tan sólo como derechos que, dependiendo de las circunstancias político-sociales y socio-económicas, se pueden garantizar (y a veces ni eso) a aquellos más desfavorecidos. Esta idea no es defendible puesto que parece difícil negar la titularidad de los derechos sociales a quienes disponen de medios si, realmente, el fundamento del título de derecho es la existencia de una necesidad o un funcionamiento básico de todo ser humano (De Lucas, J., 1994b: 165). Al final, recurrir a la escasez no es más que una forma de defender un tipo de organización política que distribuye los recursos de determinada manera subordinando los objetivos sociales que persiguen los derechos sociales (Monereo Atienza, C., 2005: 273 y ss.). Por eso, hay que destacar que las injusticias económicas no son fruto de coyunturas económicas puntuales (López Calera,, N. M., 1994: 266; González Amuchástegui, J., 1994: 273 y ss.). Más bien, son el resultado de crisis estructurales permanentes referentes al sistema socio-económicos dominante que produce y distribuye los recursos de determinada forma.

En este sentido, no hay que olvidar que la solidaridad es fundamento de la adscripción y distribución de bienes y recursos según las necesidades. Se considera un deber cuyo obligado principal son los poderes públicos (De Lucas, J., 1993: 22; De Lucas, J., 1994ª: 9-88; Vidal Gil, E. J., 1993: 103). Las capacidades se refieren a individuos contextualizados que viven en una sociedad y que han de sentir también los intereses de otros como propios. El interés común no es, realmente, tan distinto de los intereses individuales. Indudablemente, la cuestión de las mujeres no es un “asunto de mujeres”. Es una cuestión de justicia social conectada con la dignidad humana y con los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad en todas sus dimensiones. Lo mismo ocurre con las cuestiones de pobreza.

En las cuestiones de la pobreza y la desigualdad se han de combinar diversos enfoques que enriquezcan las propuestas de solución. El enfoque de las capacidades añade otros factores que influyen en la privación de capacidades además de la falta de bienes. Por eso, los diversos estudios sobre la pobreza, la calidad de vida y el desarrollo humano se han completado con la dimensión de las capacidades humanas y los factores de desigualdad como las diferencias sexuales. Se ha empezado a valorar junto al bienestar de las mujeres, su “empoderamiento” o “agencia” como base para la mejora de la posición social y su autoestima personal. A través del énfasis del empoderamiento se buscan caminos estratégicos para facilitar el acceso de las mujeres a la participación y a la toma de decisiones en una democracia.

Además, el enfoque de las capacidades combinado con el enfoque del bienestar permite escapar de las críticas al Estado social que supuestamente generaliza la pasividad o dependencia de los individuos respecto de las ayudas e incentivos de las instituciones públicas. Realmente, estas ayudas están conectadas con la libertad y participación de los ciudadanos en la vida social. Eso sí, se ha de escapar de aquella dimensión patriarcal de las ayudas del Estado de Bienestar dirigidas a la suma de las mujeres al sistema establecido (Amorós, C., 2006: 278). No se trata de ayudar a las mujeres para que caritativamente se incorporen sin más a la esfera pública y del trabajo. Se requiere una transformación más profunda. No debe hablarse de caridad en las ayudas a las mujeres, sino de solidaridad y la justicia. Las diversas medidas tienen que estar coordinadas para luchar a la vez contra el sistema y la ideología patriarcales, que muchas veces han sido aprehendidos por las mismas mujeres. El objetivo es la transformación del Estado social en dirección a la igualdad entre sexos y el impulso de mecanismos para la satisfacción de una vida digna de todos, basada en la libertad, la igualdad y la solidaridad.


4. A MODO DE BREVE CONCLUSIÓN.
1. Las capacidades se conectan con los derechos cuyo fundamento es la dignidad humana concretada en los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad.

2. Las capacidades se convierten, si se prefiere, en fundamento del conjunto total de derechos, aunque más bien han de considerarse un enfoque complementario a los mismos.

3. El énfasis en la capacidad de ejercitar unos funcionamientos básicos tiene que ver con la libertad real que es fundamento de todos los derechos fundamentales entendidos como un conjunto inseparable.

4. Aunque no se defienda directamente desde este enfoque, la libertad real se ha de conectar, en añadidura, con la igualdad en los resultados. Esto resulta innegable si se quiere acentuar la libertad en relación con la dignidad humana que está concretada también en la igualdad y la solidaridad.

5. La teoría de las capacidades puede criticarse en varios aspectos, pero se debe reconocer que constituye una propuesta original para tratar los temas de desigualdad social entre mujeres y hombres.

5.a. Se debe destacar su énfasis por la libertad que comporta considerar a las mujeres como individuos potencialmente activos para elegir sus propios proyectos de vida.

5.b. Asimismo, resulta interesante porque apuesta por incidir en las circunstancias materiales básicas para desarrollar las libertades y presta atención, además, a otras circunstancias no materiales que puedan afectar a su desarrollo. La libertad real en continuidad con la igualdad conlleva establecer las condiciones materiales y no materiales necesarias para desarrollar las capacidades básicas de las mujeres.

5.c. Así, los individuos y los poderes públicos han de tomar las medidas necesarias para reformular el sistema patriarcal en su conjunto. El valor de la solidaridad exige una responsabilidad común. Los individuos no son seres aislados ni egoístas. Muy al contrario. Son sujetos comprometidos en un proyecto social que persigue la libertad y la elección dentro de la diversidad. Esto conduce a la defensa de una sociedad plural enriquecida por diferentes conceptos del bien o de vida buena.



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