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Ignacio Otaño sm


ENSEÑAR PARA EDUCAR
EL ESPÍRITU MARIANISTA EN LA EDUCACIÓN


Servicio de publicaciones marianistas

Colección “Pedagogía marianista”. Nº 4

Madrid. 1998



ÍNDICE
INTRODUCCIÓN 3
CAPÍTULO 1

LOS ORÍGENES: CONTEXTO HISTÓRICO

1. En una sociedad nueva 4

2. La educación para salvar a un pueblo 5

2.1. Escuelas populares

2.2. Escuelas Normales

ELEMENTOS DEL ESPÍRITU MARIANISTA
CAPÍTULO 2

LA EDUCACIÓN ENTENDIDA COMO MISIÓN

1. Todas las tareas son importantes para la misión común 10

2. La psicología del educador en la misión educativa 12

3. Afrontar la tarea con actitud positiva 14
CAPÍTULO 3

SE EDUCA EN COMUNIDAD

1. Comunidad educativa 17

2. Educar al alumno en el sentido comunitario 20

3. Condiciones psicológicas del diálogo 22
CAPÍTULO 4

EDUCAR EN EL SENTIDO CRISTIANO DE LA VIDA

1. La escuela, espacio de crecimiento en la fe 25

2. Encontrar el sentido de la vida 27

3. Síntesis fe-cultura 29
CAPÍTULO 5

ESTILO MARIANO DE EDUCAR

1. Relaciones interpersonales: el espíritu de familia 32

2. Espíritu de familia y autoridad 34

3. Educar en y para la justicia y la paz 36

CONCLUSIÓN
APÉNDICE: SÍNTESIS 41

INTRODUCCIÓN
Este intento de expresar algo de lo que es el ideal marianista plasmado en la educación no quiere ser una especie de exposición de museo arqueológico, con valor histórico pero sin incidencia en el presente. Al contrario, lo que llamamos «espíritu marianista» tendría que ayudar a motivar, dar sentido e impulsar la tarea del educador que participa en la misión marianista.
Hablar del «espíritu» es más bien hablar de lo que se quiere vivir, del ideal hacia el que se desea caminar. Eso puede poner en evidencia una realidad todavía muy distante de esa aspiración. Cuando se ve nuestra vida cotidiana de educadores a la luz del «espíritu» que la debiera animar, aparecen grandezas y miserias, riquezas y carencias, luces y sombras. La explicitación del «espíritu» no debe llevar al desánimo por lo que todavía nos falta, sino que debe ayudar a orientarnos incluso en las circunstancias menos favorables.
Nadie posee el «espíritu marianista» en exclusiva. Con nuestras actitudes y nuestro diálogo nos podemos ayudar mutuamente a vivir la tarea de educadores con ese espíritu.



Si el trabajar con sentido, con un espíritu, es importante en cualquier actividad, lo es todavía mucho más en la tarea de educador. Aquí la frustración puede estar tocándose todos los días porque no se ven los frutos a corto plazo. Los resultados inmediatos, en comparación con los esfuerzos, son descorazonadores. A menudo, el desinterés y hasta la crueldad son la respuesta que uno encuentra, y se puede tener la sensación de estar sometido todas las horas del día a un «juicio público», a menudo arbitrario y caprichoso.
Nuestro trabajo necesita un sentido, un alma, un espíritu que, en medio de los esfuerzos y dificultades,

- por una parte, nos permita realizarnos como personas en nuestra vocación de educadores;

- por otra parte, esta armonía con nosotros mismos, nuestra coherencia y fidelidad, contribuirán a una eficacia educativa en profundidad. El educador enamorado de su vocación o, al menos, consciente del sentido de lo que está haciendo, será personalmente feliz y ayudará a sus alumnos a ser felices por el tipo de relaciones que establece con ellos.

En la vivencia del espíritu hay toda una gama o grados, nadie ha obtenido ya la meta, y se puede avanzar o retroceder. De ahí la necesidad de realimentar constantemente la motivación, el "sentido", el "espíritu".
Para la posible utilización de este libro, tanto personalmente como en grupo, se ofrecen dos instrumentos sencillos:
1. La síntesis del «Apéndice» quiere ayudar a tener una visión de conjunto de lo que se dice en el libro.
2. A lo largo del libro, en 19 sitios diferentes, se ofrecen cuestiones para facilitar la reflexión personal y en grupo (“CUESTIONES PARA DIALOGAR”). El modo de distribución permite utilizar el libro parcialmente, centrándose en un tema u otro, según la conveniencia y el tiempo de que se disponga.

CAPÍTULO 1

LOS ORÍGENES: CONTEXTO HISTÓRICO

1. En una sociedad nueva
El Padre Guillermo-José Chaminade (1761-1850) funda los marianistas en una sociedad que está experimentando un cambio profundo. Él cree que, ante el cambio, no se trata de esconder la cabeza debajo del ala en un lamento constante sino que hay que dar una respuesta a las situaciones nuevas creadas.

Ha conocido aquella Francia del Ancien Régime. Era una sociedad de desigualdades flagrantes y en franca decadencia de valores, que se había ido pudriendo poco a poco y había extendido su podredumbre a todos los ámbitos sociales, incluido el de la Iglesia. Las personas con un mínimo de sensibilidad perciben la necesidad de un cambio: las cosas no pueden seguir así, hay que apoyar los movimientos que quieren una sociedad más justa y más humana. Y en este movimiento figura una parte del clero.

Entre los clérigos, algunos quieren el cambio por despecho contra la pobreza y las humillaciones que sufren como consecuencia de los privilegios del alto clero, o sea, de los obispos, canónigos y abades de algunos monasterios.

Pero una buena parte del clero quiere, apoya y promueve el cambio por solidaridad con su pueblo, cada vez más sumido en la miseria.
Este movimiento de reacción contra un estado de cosas insostenible desemboca en la Revolución francesa. El clero cercano al pueblo ha tenido un papel importante hasta el punto de hacer decir a la gente que «los párrocos han salvado a Francia... De hecho habían puesto en marcha la Revolución» 1.

Pero la Revolución se vuelve contra muchos de los que, en los inicios, compartían el ideal de una nueva sociedad más justa. En su afán de romper con todo lo anterior, la Revolución convierte a la religión en chivo expiatorio de todos los males anteriores y persigue violentamente a cuantos la representan. El P. Chaminade es una de las víctimas y, tras un tiempo de clandestinidad y riesgo, se ve obligado al destierro. Durante 3 años - de 1797 a 1800 - vive en Zaragoza compartiendo su vida con una numerosa colonia de sacerdotes franceses exiliados.

Como sucede en situaciones semejantes, hay que decir que las reacciones de los perseguidos son muy diferentes. Se pueden resumir en dos:

Los hay quienes, teniendo como exclusivo punto de referencia la propia situación, no ven nada bueno en el nuevo estado de cosas. Todo es malo en el régimen que les persigue, y, con él, todas las ideas nuevas que se están fraguando en aquella nueva sociedad son rechazables. La única solución es trabajar para que vuelva la monarquía y con ella los viejos tiempos. Es la única tabla de salvación.

Otros, sin embargo, creen que hay que superar viejos errores y que la solución no puede estar en un simple restauracionismo. Nadie niega los excesos aberrantes a que se ha llegado: ¡cómo los van a negar si los están sufriendo en sus propias carnes! Lo grotesco del caso es que esos excesos se están dando en nombre de los «derechos del hombre» y, por tanto, de la libertad, igualdad y fraternidad. A pesar de todo, estas personas, entre las que se encuentra el P. Chaminade, ven que la nueva situación requiere y enseña una mentalidad nueva:

Por una parte, se trata de una sociedad nueva y hay que vivir en ella, no fuera de ella. Y esto se tiene que traducir en un nuevo modo de situarse, un nuevo lenguaje, una creatividad para responder a las nuevas necesidades y expectativas. En caso contrario, estaremos siempre inadaptados y nunca lograremos dialogar con el hombre de hoy.

Por otra parte, esta necesidad de adaptación no es puro oportunismo. Hay que saber ver en la nueva mentalidad y en las nuevas expectativas, aun en medio de las mayores exageraciones y contradicciones, valores importantes que significan avances importantes desde el punto de vista humano y cristiano. Concretamente, en la aspiración a la libertad, igualdad y fraternidad hay un valor evangélico fundamental que es preciso fomentar.

Por tanto, si bien es verdad que todo lo nuevo no es necesariamente bueno, también es verdad que no todo lo viejo era bueno. Ni rechazar sistemáticamente lo nuevo por el hecho de serlo ni asumir necesariamente todos sus postulados. En todo caso, ver lo que hay de bueno en las aspiraciones y valores de la sociedad y del hombre de hoy y potenciarlas. Dos frases del P. Chaminade resumen esta actitud:

- Hay que estar atentos al tiempo en que vivimos

- Nova bella elegit Dominus, en los nuevos tiempos, el Señor nos pide nuevas estrategias, nuevos métodos.
En el destierro, en Zaragoza, Chaminade se reúne con otros que se encuentran en su misma situación, no para lamentarse sino para ver cómo podrán conectar a la vuelta con la nueva mentalidad de la sociedad francesa. Y la adaptación a los tiempos nuevos será uno de los puntos programáticos de su proyecto de regeneración de Francia.
Así pues, en la biografía del Fundador, se dibuja ya una de las características que deberá permanecer en el espíritu marianista aplicado a la educación y, en general, a nuestra actitud ante el mundo: no tener una actitud hostil respecto a los tiempos en que vivimos. Ser crítico y luchar contra todo lo que deshumanice o socave los cimientos humanos y cristianos. Pero, al mismo tiempo, descubrir y ayudar a descubrir los valores positivos, ponerlos de relieve, potenciarlos empleando los medios adaptados.
CUESTIONES PARA DIALOGAR

* 1) ¿Qué aspectos positivos y qué aspectos negativos vemos en la sociedad y, sobre todo, en la juventud que educamos? ¿Cuál es nuestra actitud ante planteamientos «nuevos» en el campo social y educativo y ante las preocupaciones «nuevas» de los jóvenes de hoy? ¿Cuál debiera ser? (Ejemplos concretos significativos)

2. La educación para salvar a un pueblo
Cuando Chaminade vuelve a Francia, tras los tres años de destierro en Zaragoza, lleva una idea predominante: a este pueblo hundido hay que regenerarlo. Entre unos y otros lo han ido hundiendo en la miseria material, moral y espiritual.

Él cree que, para esa regeneración, es indispensable ocuparse de los jóvenes y de los pobres.

Empieza por reunir a los jóvenes que, en medio de tantas vicisitudes, habían mantenido viva la fe. Les hace ver que, para vivir la fe, hay que compartirla y, al mismo tiempo, abrirla a otros. Su congregación se convierte así en un lugar en que los jóvenes viven la fe y, al mismo tiempo, se abre a otros la posibilidad de vivirla. En una sociedad todavía fuertemente separada en estratos sociales, llama la atención su afán de reunir a personas de todas las clases sociales, tanto en la base como en los puestos directivos. Es un grupo, además, abierto: así, por ejemplo, a sus debates dominicales podían asistir todos los que quisieran, y llegaron a adquirir gran fama en Burdeos y fuera.

Las numerosas actividades que realizan muestran ese deseo de participar en la regeneración, y todas ellas llevan, de algún modo, un sello educativo. La educación era lo que estaba necesitando más urgentemente aquel pueblo.

Por Burdeos se veían numerosas bandas de chicos que no tenían acceso a la escuela por falta de medios económicos y que deambulaban por la ciudad metiéndose con los ancianos, insultando a la gente, entregándose al pillaje en el puerto, organizando batallas campales entre ellos y destrozando cuanto encontraban a su paso.

A toda esta población juvenil se juntaba la de los limpiachimeneas que cada primavera bajaban de las montañas para ejercitar su oficio en condiciones verdaderamente inhumanas. Carentes totalmente de instrucción y cuidado, deambulaban también por las calles apañándose como podían para malvivir 2.

Por eso, pronto surgen entre los propios congregantes personas que quieren consagrar su vida a la obra de la educación.
Cuando el P. Chaminade funda las religiosas y los religiosos marianistas - en 1816 y 1817 respectivamente - quiere asegurar una estabilidad al espíritu y la obra de aquellas congregaciones. Su idea es crear el hombre - y la mujer - que no muere. No pretende que el Instituto religioso tome el relevo de los laicos, sino que mantenga vivos, a través del tiempo, el espíritu y la obra iniciada.

Los marianistas reciben, desde un principio, la orientación de emplear todos los medios 3 que sirvan para regenerar a ese pueblo, con una atención especial a los jóvenes y a los pobres, como he dicho. No quiere limitar las posibilidades ni los campos de acción. Pero enseguida se da cuenta de que, en ese momento, el medio más profundo y más eficaz para transformar la sociedad es la educación. Las obras que va emprendiendo en este campo son muy significativas de la idea que él tiene de lo que debe ser la educación.

Como primer paso, empieza por aceptar un internado de enseñanza secundaria, lo que ya es dar a la enseñanza un puesto importante en los inicios del Instituto, cuando todavía no hay nada definido sobre las actividades concretas que va a emprender. Pero, desde un principio, advertirá que la Compañía de María no enseña sino para educar, y lo plasmará en un artículo de las primeras Constituciones 4.

Enseñar para educar no es una simple frase bonita. Se trata de educar, es decir, de ayudar a las personas a desarrollar lo mejor de sí mismas para que sean felices y contribuyan a un mundo más feliz: ése es el plan de Dios. Entonces, habrá que ir al encuentro de las necesidades reales de las personas y de la sociedad en que viven. Y ésa será una de las claves de las obras educativas que proyecta: no una enseñanza puramente teórica, sino una educación que tenga en cuenta el ambiente en que al alumno le toca vivir y que, por tanto, le proporcione, en la medida de lo posible, los instrumentos necesarios para, por una parte, afrontar con responsabilidad la vida real y, por otra, empeñarse en mejorar esa realidad. Dos tipos de obras muestran esta preocupación: las escuelas populares y las Escuelas Normales. Creo que las motivaciones que le llevan a desear cada una de esas obras pueden ser iluminadoras para los educadores de hoy, sea cual sea el nivel en el que enseñen. Vamos a verlas brevemente:

2.1. Escuelas populares
Son un medio para llegar a la gran masa del pueblo.

La realidad social de muchos pueblos de Francia respondía a esta descripción:
«No hay una enseñanza organizada para el pueblo. La mayor parte de las escuelas existentes son de pago. Por eso, los chicos de familias pobres no tienen acceso a estas obras y no reciben ni instrucción ni educación. Pero estos muchachos forman la mayor parte de los muchachos franceses y sus familias constituyen la mayor parte de las familias francesas» 5.
Esa situación llevará al Fundador a abrir escuelas en muchos pueblos con una intención que expresa también en las primeras Constituciones:
«llevar a más de tres cuartas de la población los principios de la fe a la par que los conocimientos humanos» 6.
La escuela primaria, en la que piensa el Fundador, ejerce su influencia no sólo en los muchachos sino también en sus familias y en la sociedad. En concreto, ve que la educación opera un cambio bien visible en aquellos alumnos que, según el Fundador,
«se convierten en apóstoles de sus padres».
Esa influencia que ve de los hijos en los padres le hace decir explícitamente que
«estas escuelas son un medio de reformar el pueblo» 7.
Naturalmente, eso significa que la labor educativa no se ejerce de cualquier modo. Hay, sobre todo, una preocupación por el alumno, por el que tiene dificultades, por el que se encuentra en situación particular. Así, por ejemplo, en Agen organiza una clase de «desdoblamiento» para los niños del campo, que no pueden asistir a las clases con regularidad, sobre todo en los períodos fuertes de faenas agrícolas, y para los alumnos de la ciudad con dificultad en los estudios primarios.

Él mismo se interesa porque se empleen los métodos más adecuados. Por ejemplo, apoya el método que consiste en dividir la clase en grupos de 10-12 alumnos, según su nivel, de los que el primero hace de monitor. Así el maestro puede ocuparse, al mismo tiempo, de toda la clase y de los que necesitan una atención especial. Hoy, ciertamente, habría inconvenientes en aplicarlo literalmente y necesitaría correcciones, pero creo que hay una idea básica válida, que es la corresponsabilidad del alumno en el aprendizaje no sólo de él mismo sino también de los compañeros. Una pedagogía constructiva y comunitaria más que individualista y competitiva.

Además, en un tiempo en que se cree que "la letra con sangre entra", Chaminade prohíbe terminantemente en sus escuelas el castigo corporal con la tradicional palmeta o cualquier otro medio de represión humillante 8.
En la misma órbita de las escuelas populares, en su intento de llegar a la mayor parte del pueblo respondiendo a sus necesidades reales, habría que colocar su plan de escuelas conjuntas: pretendían unir la enseñanza primaria con la enseñanza práctica de un oficio. Se trataba de adaptar la enseñanza a la realidad en que vivían los alumnos y hacerles aptos para la agricultura, la industria o el comercio. La agricultura era el principal medio de vida de la mayoría y, por eso, hace hincapié en ese tipo de enseñanza, tanto en el aspecto del trabajo de las tierras como de la economía rural. Quiere que se les enseñen las técnicas apropiadas para sacar el máximo partido de las posibilidades reales de cada localidad para responder a sus necesidades.

Esta voluntad de adaptación a la realidad es perfectamente compatible con el progreso. Así, había que estar atentos a nuevos cultivos y a nuevas técnicas, para introducirlas si se consideraban eficaces.

Para reforzar ese carácter práctico de le enseñanza, propugna la creación de granjas de ensayo en cada escuela para que los alumnos puedan ejercitarse y llevar a cabo algún proyecto común 9.
En fidelidad a la idea de «enseñar para educar» y de educar para la vida, las escuelas populares no deben ser guetos sino deben estar en contacto con la sociedad para llegar a influir en ella. Por eso, por una parte, se estimulan las actividades extraescolares:
«lo que distingue a nuestras escuelas son las instituciones complementarias que nos esforzamos en acompañar» 10,
decía el P. Chaminade al rey Carlos X para obtener la aprobación gubernamental de su proyecto.

Por otra parte, por medio sobre todo de las congregaciones, se procura que haya una continuidad entre lo que viven en la escuela y sus responsabilidades de adulto en la sociedad.
CUESTIONES PARA DIALOGAR

* 2) ¿Cómo «educar para la vida» en nuestra enseñanza? ¿Cómo hacer en la programación y en el modo de enseñar cada materia para que exista esa relación? (Por ejemplo, cómo hacer entrar en nuestra enseñanza aspectos relacionados con la higiene y la salud, ecología, solidaridad, conocimiento del medio, adaptación a la propia realidad).

¿Existe una conexión entre nuestra educación y la sociedad?


2.2. Escuelas Normales
El P. Chaminade llega a la conclusión de que trabajar con los maestros es
«uno de los medios más sencillos, más directos y más influyentes para contribuir a la regeneración de Francia... La clase popular de Francia constituye las tres cuartas partes de la población de Francia. Formar a los maestros significa formar una generación que cambiaría la mentalidad y las costumbres de Francia» 11 .
La atención de las Escuelas Normales se dirige tanto a los nuevos maestros como a los antiguos, y pretende:
1º Cultivar y mantener vivo el espíritu de educador cristiano. En este terreno, Chaminade ve indispensable una formación religiosa que no esté desfasada sino seriamente fundamentada. En el siglo del racionalismo, la fe tiene que dar sentido a la vida de los hombres de ese tiempo y, por tanto, atender a sus interrogantes. Eso obliga al esfuerzo de presentarla de forma que su mensaje pueda ser entendido. Es un reto también para los educadores cristianos de hoy.
2º Asegurar la renovación pedagógica que permita educar adecuadamente en los tiempos que se están viviendo.
«Hay que estar atentos al tiempo en que estamos»,
decía Chaminade refiriéndose a la formación que se debía dar a los maestros.

Por eso, para los maestros ya en activo se celebraban quincenas pedagógico-espirituales que querían responder a ese doble objetivo. Algunas tandas reunían hasta doscientos maestros, que encontraban así un apoyo y estímulo a su labor cotidiana durante el año.
En resumen, se puede decir que las obras educativas marianistas pretendían, en sus inicios, penetrar en el pueblo, yendo al encuentro de sus necesidades, y así hacer revivir la fe y renacer una sociedad nueva, regenerada. No se quería que las instituciones educativas quedasen aisladas, sino que tuviesen una influencia social. Por eso, en torno a la escuela, se organizan actividades que permitan su integración en el pueblo.
En la carta al Papa, explicándole su labor en las escuelas, el Fundador manifestaba que con la educación se podía mostrar que
«el cristianismo no es una institución envejecida y que el evangelio puede practicarse hoy todavía como hace mil ochocientos años...» 12.




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